TALANTE Y ESCRITURA:
MAESTRO HUIDOBRO DE JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO

Teresa Domingo y Benito


 

En la misma naturaleza del hombre está su necesidad de comunicarse con los demás y su afición a contar.

Parece que no necesita demostración que cada hombre se interesa o se desazona por unos asuntos y no por otros. Estos temas nutren sus pensamientos y, a la hora de expresarlos, toman una forma, la que el emisor considera adecuada.

Y es también evidente que, cuando un hombre se transforma en escritor, escucha y transmite, en un género determinado, aquello que le preocupa, le sorprende o le atrae, sin que llegue a la esquizofrenia -en el sentido etimológico del término- entre su ser y su estar. Porque, si como asegura Vizinczey:

“ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero";

también parece cierto que acabamos interesándonos por alguien con quien compartimos unas preocupaciones básicas y haciéndonos eco de quienes nos han educado.

Así que en el mundo novelístico de un autor se advierten transcendidos los temas de los que se ocupa en sus ensayos -si los escribe-, sus modelos literarios y a quienes han conformado su mentalidad.

Tanto más amplio será el universo narrativo cuantas más sean las lecturas de los grandes y más se haya visto la necesidad de releerlas y repensarlas, porque:

"Escritor -dice José Jiménez Lozano- es alguien que escribe y que, en su escritura, logra sacarnos de nuestra vida diaria y hacernos vivir otras vidas, andar por otros mundos, pensarnos y repensarnos, y nos asoma al fulgor de la hermosura, o al otro lado de la realidad que nosotros no queremos o no podemos ver"

Y ese hacernos vivir otras vidas es, a mi juicio, básico porque, si se logra, esas vidas se integran en la nuestra.

Y todo esto es lo que, en definitiva, quiero mostrar con este trabajo. He elegido, para ilustrarlo, Maestro Huidobro .

Una novela breve, como suelen ser las del autor, pura fabulación, en la que acota un espacio real que casi es la tierra del Preste Juan, dado que en el mundo actual sólo cuentan las grandes urbes y sus habitantes. Los topónimos son, en su mayoría, reales, ficticias las distancias: la proximidad o lejanía es afectiva.

Se narra la vida de un personaje a punto de morir, pero para sus discípulos, uno de los cuales actúa como narrador, está bien vivo; de nuevo el mundo interior se adueña de las coordenadas exteriores objetivas.

Y la historia comienza, investigando en los legajos del enfermo la fundación del pueblo que tras varias opciones vino a llamarse Alopeka, y, dado el topónimo, no extraña su trazado:

"Pusieron unas estacas y una cuerda de estaca a estaca, y en seguida se pusieron a edificar casas en línea recta, e hicieron una calle; y luego cuando vino otra mucha gente por la estepa, como ya había casas y los árboles y el regatillo eran como un jardín, también se quedó, e hizo otra calle, pero no paralela a la anterior, sino perpendicular porque eran de ideas contrarias respecto a cómo tenían que darles el sol y el aire [...]" -p.14-,

es decir, como construyeron los romanos Ávila: un Decumanus Maximus , un Cardo Maximus y, luego, otros cardines.

Los Huidobro constan en un árbol genealógico sorprendente: uno de ellos fue el juez que otorgó nombre al lugar, otro fue a América cuando el Descubrimiento y otro fue tocador de viola triste; pero lo novedoso es que algunas de las cartelas de las mujeres florecen y dan fruto, y, también, que le gusta tener el agua próxima; es decir, es un árbol vivo.

El nacimiento del niño Idro fue avisado, antes de su concepción, por un marino misterioso que aportó dones: como ocurrió con Isaac o con Jesús.

El pueblo es un universo casi autónomo, todos los oficios de antaño se ejercían en él: el señor Abel era el tejero, la señora Esperanza la encendedora de fuego -mientras los vecinos están en la misa dominical-, el señor Martín el pocero, el señor Ruzo peón caminero, el maestro, el párroco, el médico, el boticario, el veredero...; así se rescata la memoria de las ocupaciones otrora de nuestros paisanos cuyos nombres son significativos.

* El maestro don Austreberto señalará las coordenadas básicas para la instalación de los niños en el mundo.

*Don Asclepíades es el médico, su apelativo denota la relación con la medicina clásica; mientras que quien le atiende al final será sólo "el médico joven" -p.118-.

* El señor Asterio, "ebanista-carpintero", sorprendía a los niños con su respeto a los nudos de la madera, igual que les fascinaba el olor a viruta de su taller. Vecino de Idro, al infringir éste la prohibición de visitarle determinado día, los chicos conocieron algo terrible: que allí se fabricaban, también, ataúdes.

* El señor Benedicto el trajinero contaba historias fantásticas de sus viajes y allí iba el niño a escucharlas. Su mujer, la señora Silvina, siempre tejía

"un jersey que no acababa nunca, porque cuando ya llevaba mucho hecho cambiaba de idea respecto a las cenefas que quería hacer en él, y lo deshacía para comenzar desde el principio" -p.46-.

Desde luego los viajes le ponen en relación con gentes insólitas:

"unas monjas que iban en una tartana [...] y una de ellas se pasaba casi todo el día escribiendo en un cuaderno, mientras la otra hacía punto y suspiraba" -p.43-;

si la referencia aquí a Teresa está clara, la siguiente nos relata un caso tan incomprensible, en nuestro mundo, que se toma por loco al protagonista:

"aquel hombre que se encontró en otro mesón, al que llevaban al manicomio, porque era viejo y había dado en enamorarse y escaparse a los países fríos del norte, donde los días son igual que las noches más claras, y las noches como los días más oscuros, y hay más constancia e igualdad de sentimientos en aquellos corazones." -p.44-.

* Como inconcebible es para los científicos que el señor Martín, el pocero, tuviera una cabra

"que llamaba algo la atención porque, en vez de cuernos, como de ordinario tienen todas las cabras, sólo tenía uno en medio de la frente, era blanco como de marfil y relucía un poco por la noche," -p.56-

pero, como aduce don Asclepíades: de su existencia, "yo tengo a la historia universal y a las bellas artes por testigos " -p.57-, y, por si quedara duda, después el pastor Eumeo tenía de estas cabras especiales -p.105- en su rebaño.

*La sobrina del señor Martín, Elena, era compañera de escuela de Idro, espigaba

"porque era muy pobre y necesitaba coger aquel grano para las diez gallinas que estaban en su corral, y un pato" -p.31-.

El niño la asocia con la espigadora de las vitaminas Lorenzini, con Ruth la asocia el lector quien, por otra parte, no puede dejar de pensar que cuando Idro y sus amigos robaron las manzanas de oro del señor Ruzo y recibieron doble castigo, por parte del maestro y de Mosén Pascual, ya Idro selló el enamoramiento de Elena. Y de ahí que, estando en el colegio de Arévalo, don Dioscórides coligiese que era un gran helenista porque

"había esculpido a punta de navaja un corazón atravesado por una saeta, y encima de ésta ponía en letras griegas Elene " -p.73-.

En este mundo mágico, todo es posible. El padre de Idro conservaba una máquina aritmética del siglo XVII -pp.20 y 25-, y fotos de una sirena que trajeron unos titiriteros de gira:

"era una muchacha guapísima que [...] siempre respondía a todo, allí mismo, dentro del agua porque, cuando hablaba se formaban burbujas que eran letras y luego se ordenaban." -p.55-.

En la escuela, don Austreberto llevó a los niños de viaje a La Granja. Sólo que no tomaron el tren adecuado y fueron a dar al "Parque Municipal de Isola", situado entre los ríos Tigris y Éufrates, en el que el guía fue el señor Virgilio -pp.36-41-. Ahí encuentran un mundo maravilloso, que posee toda la flora y la fauna exóticas que han oído nombrar al maestro. En la memoria del protagonista permanecerá como el "Paraíso Terrenal" y al final de sus días aún preguntará por él -p.105-. Con este viaje culmina la infancia de Idro, en el que descubre la hermosura en el exterior, concorde con la de su pueblo. Más adelante, como Lázaro, tendrá que valerse por sí mismo pues solo está. Y, como es consciente de ello, lo muestra queriendo despojarse de su mundo mientras dura la primera etapa del segundo viaje -camino del colegio-: el desplazamiento en carro hasta llegar al tren. Descubrirá entonces un mundo exterior hostil, ajeno.

Su soledad es notoria durante la corta estancia en el centro religioso. Allí entra en relación con un concepto de la cultura como acumulación de datos convencionales, una cultura fósil. Allí la biblioteca

"no tiene libros excitantes, ni alfombra, ni almohadones para leer" -p.66-

ni hay atlas, ni esferas, ni telescopio, ni rompecabezas, ni soldaditos de plomo, ni se respeta la intimidad de la correspondencia; todo aquello que había conformado su vida en Alopeka: bien en la escuela, bien en casa de las coronelas.

Su modo de valerse será la imaginación, desarrollada desde su bagaje cultural, y o bien trazará los caminos de Transilvania que recorrió el conde Drácula, o bien se aliará con la marioneta Barbarroja, regalo de las señoritas Acuña que vive escondida en el baúl de sus pertenencias -casi su almario-.

* Y aquí conviene hablar de otras vecinas de Idro, las señoritas Clemencia y Constancia Acuña, las coronelas. Ya hemos dicho antes cómo contribuyen a su instrucción, no menos lo hacen a su educación. Estas señoras -cuyos nombres coinciden con los de las protagonistas de otro relato del mismo autor-, dadas sus convicciones abren al niño mundos nuevos: en ocasiones, representan una escena de Hamlet, la crucial; le inculcan la libertad de conciencia -cf. p.53- y, en consecuencia, le preparan para vivir en sociedad respetando a los demás y siendo libre. Son las únicas receptoras de las cartas de Idro y, con los exiguos datos suministrados, rehacen imaginariamente el viaje.

El joven, amenazado tras esa "guerra que hubo" -cap. 16-, emprende un tercer viaje, muy largo y que dura muchos años. Ahora el que se ha vuelto hostil es su mundo. Es ya un viaje de instalación en la madurez y de confirmación de un itinerario sentimental con base cultural. Porque es casi un exilio físico, que no espiritual, no se dice cómo partió. Deambuló por París (donde se enamoró de Sonia que compraba un ejemplar de Las flores del mal -p.83-, la reencontró en un café de Viena -p.84- y luego ya, profesa, en un monasterio ruso). Fue a Rusia -¿acaso podría no ir a la patria de Tolstoi y Dostoiewski?-, a Leningrado y Moscú, donde lo enviaron para "darle educación política" -p.85-, esto es, adoctrinarle. Y contempla los restos de toda una tradición cultural tan seria que, como Dios, "cómo no iba a resistir al frío y a los camaradas" -p.89-, por eso pudo residir en un monasterio y conseguir un icono -pp. 83, 90-. Por su equipaje, a la vuelta, se sabe que anduvo por Islandia e Italia. Pero las coronelas imaginaban que también visitó Praga, Budapest, Lisboa, "y luego junto al Ganges" -porque si alguien amplió los ámbitos culturales y asumió la cultura de otros ése, sin duda, fue Alejandro. Quizá por eso, cuando marchó al colegio, las señoritas le recomendaban "no te olvides de Alejandro" -p.61-.

Pasado mucho tiempo, Isidro Huidobro volvió a su pueblo, que ha cambiado mucho pero sigue sin tren, "vestido de negro, con un sombrero y paraguas". Lo esperaba casi el único de los amigos superviviente -quitando la señora Ágatha- Mosén Pascual, ya nonagenario. Y traía mucho equipaje, pero inusual "cajas, arcones, maletas, bolsos y jaulas" -p.91-. Y, con este material, funda la Akademia y se transforma en lo que será para el narrador: Maestro Huidobro.

Mosén Pascual es un conocido de los lectores desde la niñez de Idro. Predicaba siempre de Job o de Noé, muy por extenso, por eso se necesitaba a la señora Esperanza. Castigó a Idro y sus compinches cuando lo de las manzanas y con un libro que rezaba en la tapa "Augustinus" les hizo confesar el delito y copiar doscientas veces "nequissimi adulescentuli, scelleratissimae manus" -pp. 34-35-. Después de la guerra, los venga-libertadores, tras matar a don Austreberto y al señor Asterio, preguntaron a Mosén por el "niñito", y aquél contestó al modo bíblico: "¿Acaso soy yo guardián suyo?" -p.76-, formulando así su juicio sobre la contienda. Un episodio capital en nuestra reciente historia que ha llevado al autor reflexionar sobre él en repetidas ocasiones. Para las señoritas Acuña era "un santo, pero un troglodita teológico" -p.51-, para el lector es entrañable y también para el narrador que transmite esta imagen de él. Los niños en la Akademia lo asocian con el señor Pascal -p.98-, por paronomasia, a quien ya conocerían a propósito de la máquina aritmética.

Probablemente la experiencia escolar de Idro y el sistema de enseñanza vigente mueven a Isidro Huidobro, tras su periplo europeo, a abrir, en Alopeka, "una escuela de conversaciones" -p.99-, donde se trata de que los alumnos, como en la griega, recuerden, comprendan -la geometría euclidiana, p.ej.-, y sepan que el señor Platón, mote de Aristocles por sus anchas espaldas, tenía un esclavo, y que la señora Ágatha y la gata se llevaban peor que el señor Sócrates y la señora Xantipa -p.98-. Un modelo de instrucción clásico que parte de las vivencias del niño y asocia a ellas las grandes cuestiones. Porque si el saber no se incorpora a la vida es inane y está muerto.

Un método de enseñanza no muy distinto del que Idro había seguido en la escuela y del que habían practicado con él las coronelas: vincular la experiencia y el saber. Así, jugando sobre los atlas con soldaditos de plomo, aprenderá el niño la estrategia empleada en la batalla de Salamina o en Isos y el espíritu que propició la victoria. De los invernaderos y la observación de la naturaleza, la Botánica. Por eso los escolares, luego, jugaban a la batalla de Lepanto -p.33-.

Durante la convivencia, Mosén comunica a Maestro Huidobro su decisión de iluminar la iglesia, lo que da pie a que el protagonista emprenda su último y definitivo viaje, un viaje éste sintético. Le mueve la intención de volver al lugar que conoció en el primero.

Lo hace en una mula "mansa y paciente" y con un paraguas rojo, pretende, también, buscar un pintor que pueda plasmar en la parroquia las ideas de Mosén, quien muestra sus reparos:

"-¡Veremos qué Paraíso! ¡Veremos qué Juicio!

Él no repararía en gastos, pero no quería aquí ningún Picasso, él quería un Miguel Ángel" -p.102-

y, seguramente, eso consiguió cuando contrató al "Etíope", el que andaba pintando otra Capilla Sixtina: San Baudelio de Berlanga; pero eso fue tras un largo e intenso viaje.

Y aquí lo que importa es el camino. Primero se encuentra con el pastor Eumeo cuyo rebaño de ovejas y cabras procede de los animales del Parque, también su perro -tan peligroso como Cervero- que propone acertijos a quien a él se acerca -mejor no pensar en Edipo y el enigma-. Según él, del parque no queda nada.

Después se acercará a Rello, donde visita a un viejo amigo, el señor Espinosa, antes especiero, ahora lector. Tan amigo del protagonista como Spinoza lo es del autor con quien también "habla de las cosas del mundo" -p.110- Dado que, según Mosén, es "Gran pulidor de lentes y azote de necios y de políticos" -p.94-, algunos de los temas de conversación son imaginables. Ambos parten hacia "un jardín de las delicias" -p.109-, el que el niño había visto por los contornos. Pero observan que el lugar está muy venido a menos y "se había ido aquella hermosura antigua" -p.110-. Este deterioro del entorno es algo que preocupa a nuestro autor porque piensa, como H. Arendt, que: "Si la naturaleza muere, también morirá la cultura, y con ella todos los artefactos de nuestra civilización" y, en definitiva, toda memoria de hombre.

En San Baudilio de Berlanga halló al pintor y cerraron el trato; pero en la "Fonda Miramar" tuvo un encuentro decisivo con la hermosa dama "directora de Ferrocarriles Exteriores" -p.114-, la que le escribirá advirtiéndole de su visita a Alopeka, poco después, y lo visitará en el hospital -p.120-. Toda la impresión da de que esta dama tan distinguida es la muerte.

Aún pernoctará una noche en la "Venta del Verdugo", que en la lejanía le pareció la "cúpula de San Sergio" -una alucinación quijotesca-, donde oirá la triste historia de unos amantes "Paolo y Francesca" -tan desgraciados como los dantescos-. Una venta como las que conoció George Borrow, otro de los amigos del autor.

Poco sobrevivirá Maestro Huidobro al cuarto viaje en el que volvió a tomar contacto con toda la belleza del mundo, quizá lo venció la melancolía como al hidalgo manchego y no lo sustentaba ya, como al otro don Alonso, el hombre que vivía junto al antiguo Paraíso, ni siquiera la llegada de una carta -p.40-.

Los cuatro viajes de Maestro Huidobro marcan etapas decisivas en su vida, unidas por una línea de conducta y por unos amigos, inmortales, que lo acompañarán siempre.

El saber que han adquirido Maestro Huidobro, y el autor, han de comunicarlo a su vez, porque forma parte inalienable de su ser hombres. De ahí, la Akademia y el rescatar la memoria del ayer, y el incorporarla a sus juegos los muchachos, y a su relato el autor, con la intención de que el lector "se sienta zarandeado en su inteligencia y en su corazón por una sola página de una historia que el escritor le ha contado".

Autor y personaje comparten su educación sentimental, sus cómplices librescos y la idea de que ética y estética son dos caras de una misma moneda.

En resumen, tres temas vertebran este relato: la cultura como parte de la vida, la naturaleza como guardiana de la memoria y sostén de la hermosura del mundo y la necesidad de mantener la autonomía de la conciencia frente a cualquier poder. Tres temas que han sido objeto de numerosos ensayos del autor. Porque sentados los tres: "El mundo es muy hermoso" -p.110-.

 

NOTAS:

1.Verdad y mentiras en literatura. Seix-Barral, Barcelona, 1989; p.13.

2. J.JIMÉNEZ LOZANO y G. GALPARSORO. Una estancia holandesa. Conversación. Anthropos, Barcelona, 1998; p.11.

3. Anthropos, Barcelona, 1999.

4. J.Jiménez Lozano, Destino, Barcelona, 1988; p.30.

5. De su teoría estética, dice "No tengo nada que teorizar. Miro simplemente a los griegos y las historias de la Biblia, y me digo: ésta es el agua clara que me gusta." Estancia, p.23. De ahí proceden muchos de los nombres empleados.

6. "Oficios", en El Semanal, 13 de febrero de 2000.

7. Obsérvese que su nombre propio coincidirá con el de su amigo el mercator que visitará al final.

8. Confróntese "Invitación a dos antiguos españoles", ABC, 15 de abril 1998.

9. Las señoras. Seix-Barral, Barcelona, 1999. Tampoco difieren sus principios. Y aquí se declaran, en repetidas ocasiones: "agustinianas, demócratas, republicanas, anarquistas y reaccionarias"

10. De donde la cultura se revela como base para la libertad del individuo. También conviene recordar "lejos de Amsterdam!", ABC, 24 de enero de 1997.

11. Recuerda a Unamuno, uno de los autores amigos de Jiménez Lozano. Lo ha estudiado en una introducción y edición de La tía Tula. -cf. Segundo abecedario, Anthropos, Barcelona, 1992; p.132- Ha resucitado a su personaje Blasillo de San Manuel Bueno, mártir, convertido en Blas Civicos en Las sandalias de plata, Seix-Barral, Barcelona, 1996.

12. Con instrumentos de medir, libros y, además, "había traído esos pájaros de todos los lugares del mundo, comprados en las pajarerías más famosas, para que conocieran Alopeka, y la casa y a los pájaros de esta tierra, y luego volvieran a las suyas a contarlo; e iba a soltarlos." -p.91-

13. Recuérdese Duelo en la Casa Grande, también aparece en sus relatos, en su conversación de la Estancia holandesa y en sus ensayos.

14. De la misma manera que el pasado cultural se torna coetáneo nuestro en Relación Topográfica, Anthropos, Barcelona, 1993.

15. Casi como la que transporta a fray Juan en su último viaje. Vid. El mudejarillo., Anthropos, Barcelona, 1992.

16. Como el joven Azorín.

17. "mi amor a la pintura, mi fascinación por ella, y su implicación en la historia y en la vida humana" confiesa el autor en Una estancia holandesa -p.52-.

18. Confróntese Guía espiritual de Castilla. Ámbito, Valladolid, 1993.

19 Cf. Los tres cuadernos rojos. Ámbito, Valladolid, 1986; p. 148.

20. Entre amigas. Correspondencia (1949-1975). H. Arendt y M. McCarthy. Lumen, Barcelona, 1998; p.347.

21. Personaje en Un hombre en la raya, Seix- Barral, Barcelona, 2000.

22. Cf. la conferencia del autor dictada el 4 de julio de 2000, en la Residencia de Estudiantes: Cuentas con uno mismo, o lo expuesto por Kafka a propósito de cómo debe ser un libro en carta a su amigo Oscar Pollack, (vid. la referencia en Los tres cuadernos rojos, p.156).

 

© Teresa Domingo y Benito 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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