NOTICIAS DE EL PAIS ILUMINADO:
utopías y ciudades de un poemario virtual...

 

Erasto Antonio Espino Barahona, Ms.
Universidad Santa María La Antigua

peespino@canaa.usma.ac.pa


 

[Conferencia inaugural pronunciada en el marco de la Semana de la Literatura organizada por la Escuela de Español del Centro Regional Universitario de Bocas del Toro del 24 al 28 de septiembre de 2001]

 

¿Existe un futuro sin sueños?
¿Qué haríamos sin horizontes, sin auroras o atardeceres?
¿Qué hay más allá de la línea donde se juntan mar y cielo, cordillera y firmamento?
¿Los límites de nuestras realidades son inmutables?
¿Pueden y/o deben existir formas superiores de convivencia social?

Raúl Leis

 

 

O. Preludio

En pleno de proceso de elaboración de esta comunicación, me percaté de inmediato de la osadía que estaba cometiendo. Explico: El país iluminado es un texto en cierto modo inédito, al menos, en cuanto a los usos tradicionales de publicación. De hecho, conseguirlo en formato “libro” es casi imposible y su existencia pertenece más al campo de lo virtual y de la Informática que aquél de las páginas impresas. En efecto, es el primer libro digital publicado por un panameño. El país iluminado de Manuel Orestes Nieto es, sencillamente, un e-book (véase http://www.librosenred.com/manuelorestesnieto.asp).

Por ende, voy a hablar de un libro desconocido -probablemente- por todos y todas, ya que además de su formato, ha circulado en su versión impresa sólo en un círculo estrechísimo de allegados al poeta. Y puede darse el caso de que -además- por razones de mercadeo y de incomunicación literaria, se conozca poco la obra de Orestes. Para terminar de armar el preludio de la “osadía” de la que hablaba arriba, debo advertir que El país iluminado forma parte de una saga, de una trilogía de la cual es la segunda parte y cuyo inicio no es otro que El mar de los Sargazos, con el cual Orestes ganó el Miró 1996.

Sin embargo, estoy convencido de la urgencia de instalar y dinamizar las redes de intercambio y comunicación de objetos culturales. Es necesario romper el aislamiento que a veces campea entre nosotros y hacer circular las voces, los textos y los mundos que crea sin cesar nuestra literatura, hoy afortunadamente en pleno auge de creación y de lectura…

Diré, entonces, un par de cuestiones esenciales sobre Orestes, sobre su obra y en particular propondré una interpretación -esto es, una clave de lectura- sobre su poemario El país iluminado:

  1. Manuel Orestes Nieto es -actualmente- la voz más autorizada, madura y sólida de la poesía panameña de la posvanguardia. He merecido el premio Ricardo Miró en tres ocasiones (1972,1983, 1996), mención honorífica y premio Casa de las Américas en 1975. Entre sus obras más conocidas se encuentran: Reconstrucción de los hechos, Dar la cara, Panamá en la memoria de los mares y El mar de los Sargazos. En septiembre de 2000, el INAC lo distinguió con el Premio Pedro Correa Vásquez a la excelencia literaria por el conjunto de su obra poética.

  2. La obra de Orestes recoge inicialmente el reto de la lucha anticolonialista por la recuperación de la Zona del Canal, retratando el drama humano y no sólo político que supuso el enclave zoneíta en la mentalidad y los usos y costumbres de los panameños. En los últimos años su obra se articula en una escritura más pendiente de la misma palabra poética y de los mundos posibles que esta crea y plantea a la conciencia lectora. Hay, pues, en su discurso una feliz síntesis de lo ético y lo estético.

  3. El país iluminado del cual empiezo a hablarles es un lugar-texto singular. Uno lo lee y olfatea algo que no es lo usual. Con esto no quiero decir que sea original, pero sí que -fuera de estar bellamente escrito- se sale de los cauces genéricos consuetudinarios. ¿Poesía? ¿Narración? ¿Relato poético? Creo que la tipología discursiva donde mejor se instala el texto es el poema en prosa.

A partir de esa prosa que narra menos con la anécdota que con la enunciación, el poeta nos describe un mundo insólito, hermoso y fuerte. Un “país tornasol” generado “en un abrir y cerrar de ojos, como un segundo de la historia”.

 

1. Pistas para leer un país

Un texto es siempre algo más allá de sí mismo. Signo de otras presencias. Voz de otros territorios que no son los evidentes, el texto literario -sobre todo el poético- parece estar siempre en lugar de algo que es -y no es- distinto del texto. Por ello se dice que el texto es un signo. Un objeto complejo, un “vicario” que delata una ausencia... En El país iluminado -primer poema en prosa y uno de los últimos inéditos de Orestes Nieto- hay mucho de lo anterior.

En efecto, el mismo exige un lugar; su escritura es a la vez una convocatoria que postula y reclama un espacio, una presencia.

Este es el majestuoso país de las cumbres terrenales, sin el vértigo del fin de los caminos, siempre más allá, como duplicándose, en la curvatura del horizonte azul.

¿Cuántos senderos hay que andar para encontrarle?

El poema habla de “un mundo sin límites”, intensamente utópico y al mismo tiempo necesariamente real:

Era como un país en el borde del cielo. O, mejor, era una nación en la cúspide de la tierra. Muy lejos del mar y demasiado cerca de la bóveda celeste. Un pañuelo zurcido entre las nubes bajas que al amanecer parecen algodones en las crestas de la alta cordillera. Una delicada alfombra multicolor que flotara en el vaivén del tiempo. La fascinante canción esparcida en la transparente luz que se posa en la copa de los árboles y en las cabelleras esmeraldas de las montañas.

Detrás de las imágenes deslumbrantes y del léxico de orfebre, aparece -a una mirada que no vea sólo la (colosal y maravillosa) superficie- una propuesta de mundo, un deber ser. Viene a la luz una sociedad deseada, un tiempo y un espacio por construir, un planeta por habitar. Aparece -por tanto- un “no-lugar”, una utopía desde la cual generar un proyecto de ciudad, de polis, de nación.

Un vasto país como de rocío. O, más bien, la morada sin límites donde se construyen los sueños.

El ensayo / exégesis que despliego en esta comunicación busca pues, “ir más allá” y explorar El país iluminado con el objeto de encontrar las propuestas éticas, políticas y estéticas convocadas en el poemario y entretejidas en su escritura. De este tenor son las “Noticias” que debo comunicarles en torno al “país iluminado”:

 

1ª noticia: No se murieron las utopías…

La impresión que va ganado terreno a medida que avanza la lectura es abrumadora. El texto opera una suerte de revelación o mejor, de invasión interior. La seducción es tal que uno puede exclamar con Elsie Alvarado de Ricord: “Es real y de este mundo”.

Este hogar sin entornos y sin murallas es un aposento que una mirada humana no alcanza a ver en toda su inmensidad, (...) Este es el majestuoso país de las cumbres terrenales, sin el vértigo del fin de los caminos, siempre más allá, como duplicándose, en la curvatura del horizonte azul. (...) Una lontananza en la bruma tendida entre los pliegues de la piel de los montes. El vuelo de las mil alas de un pájaro escarlata rumbo al alba fosforescente.

La belleza textual subyuga a cualquiera. Por entre los pliegues de esta belleza se cuela la verosimilitud, la imperiosa necesidad de creerle a este “mundo posible” su rotunda y deslumbrante existencia. Esto es, se hace presente ya en la factura léxica del texto, la utopía.

Pero, ¿qué entiendo aquí por “utopía” y con qué fundamentos utilizo esta categoría filosófica y literaria para leer El país iluminado? La utopía es una construcción humana, un sueño colectivo, una apuesta por el futuro. A caballo entre la razón y la imaginación, la utopía no es quimera, ni evasión, sino propuesta de un mundo posible que va más de la contingencia o de lo que la realidad inmediata puede ofrecernos. Extraigo del ensayo de Raúl Leis, Acerca de preguntas fundamentales y utopías, algunas pistas al respecto:

El gran desafío es ir construyendo la visión de mundo que queremos habitar, las relaciones sociales y humanas que queremos sostener, la economía que debe satisfacer nuestras necesidades, el proceso que expandirá nuestras capacidades humanas, individuales y colectivas. Un croquis panameño y latinoamericano sin utopía es un croquis yerto, conjunto de coordenadas y meridianos rayados sobre una superficie inanimada.

La utopía es cómo el horizonte -exclama Fernando Birri- está allá lejos y yo camino dos pasos y ella se aleja dos pasos, el horizonte se aleja… y yo camino diez pasos y ella se aleja diez pasos. ¿Para qué sirve? Sirve para eso. Para caminar”.1

Los habitantes del “país iluminado” tienen la dicha de habitar la utopía, ellos encarnan el sueño y lo viven. Conscientes de una misión que los supera pero no los arrastra sino que los lleva en su propio ímpetu. Paso a paso. Generación en generación… se saben conectados con un origen, con una experiencia fundante:

El país amado que sus ancestros construyeron con las manos en el tiempo del latir, animados por tocar el paso tibio del aire sin dejar de posar sus pies en la tierra extrema del planeta.

El sitio que fundaron, la estirpe reunida, (...) Ellos -que vinieron desde tan lejos- levantaron este lugar para que una alegría sagrada pudiese pastar y cabalgar; piedra a piedra, nube a nube, hoja a hoja, en el epicentro, en el corazón, en la báscula de una inefable profecía:

“Allí, donde el cielo y la tierra se unen, en el definido espacio

donde lo visible y lo invisible son sólo uno, vivirás por siempre;

en tu cuerpo y en la plenitud del recuerdo, en tu sangre y en el hierro candente de la memoria, te multiplicarás; no habrá para ti distancias imposibles y podrás, al mismo tiempo, caminar y volar. No te lacerará la muerte y nunca acabará el porvenir.”

La intertextualidad bíblica se impone. ¿No resuena aquí la imagen de un paraíso originario del cual estaba excluida el temor, la muerte y el odio? ¿No asoma aquí también la ardua misión humana de trabajar la tierra y dominarla para que produzca frutos perennes de amor, justicia, vida y alegría?

El texto habla de una ciudad que es el culmen de un proceso colectivo donde se conjugan lo más hermoso, noble y sublime de cada habitante. Como si lo mejor del hombre se potenciara al máximo de lo que la Historia y la Naturaleza permitan y diera origen a un estadio superior:

Ellos hicieron este país tornasol en un abrir y cerrar de ojos, como un segundo de la historia, cuando la espasmódica lucidez de la vida fue horneándose en el ascenso, pulidas las generaciones, afilados los sentidos y fundidos en el torrente de las edades, como un acontecimiento sin par en la coronación de un mundo iluminado.

Una de las primeras significaciones que genera la lectura de El país iluminado es esta: una renovación de la fe, una efervescente esperanza. El futuro comienza dentro de nosotros cuando nos atrevemos a postular algo que no es, pero que puede llegar a ser. El poemario lo hace no de modo textual, sino de modo metafórico. Nadie pretende un mundo real replica de aquél que propone El país iluminado, pero el texto sí se atreve a soñar una calidad de mundo que no sólo supera cualquier expectativa presente sino que despierta lo más genuino de nuestras energías para la construcción humana y feliz de un futuro.

La sola existencia de un objeto cultural como el que hoy nos convoca justifica la pervivencia de una mirada que sabe levantarse sobre las ruinas evidentes de nuestra modernidad acosada por temibles fantasmas de guerra y de malogradas convivencias. Una mirada, un sentimiento y un pensar que me repite y les repite: que la utopía no está muerta sino que vive dentro de nosotros.

 

2ª noticia: De ciudades y naciones

Los habitantes del “país iluminado” no viven aislados. No son alegres seres encerrados en una minúscula felicidad personal. Son ciudadanos de la más varia especie, que conviven unos con otros, comparten un espacio, una cierta organización, en medio de un hábitat natural cuya belleza es proporcional a la altura espiritual alcanzada por los moradores de “la ciudad eterna”, espacio que el texto presenta como la capital de este país-mundo “iluminado”.

Vista desde abajo, se diría que flotara entre la ilusión y los fragmentos del día. Vista de cerca, crece su ensueño en la prolongación de la cima y sólo entonces se descubre que allí, en el primigenio lugar de la tierra donde comienzan los desfiladeros, contenida en una delicada mano de mujer extendida, está enclavada la fabulosa y desconcertante capital de un país único e irrepetible que se abre a los confines.

Esta ciudad, “infalible y dueña de sus dominios”, está sin duda a salvo de aviones suicidas y de vengativas invasiones. En ella la convivencia ha alcanzado cuotas de excelencia humana posibles, pero aún poco conocidas. Allí los sables, las balas, los misiles no existen. Y la luz que la invade no deja dudas de la luz que debe imperar en el corazón de sus habitantes. La “ciudad eterna” es

Una fortaleza sin soldados y sin armas, como dibujada milímetro a milímetro, teñida por el rojo sol de sus amaneceres, por el amarillo de sus mediodías, por el carmesí de sus tardes y alumbrada por antorchas de luz naranja al arribar la noche.

En ella hay más que la admirable capacidad creativa de Orestes. Se sabe que en literatura, las ciudades son de un simbolismo tremendo y fértil. Por ejemplo -como señala acertadamente Rosalba Campra- aquellas en las que “la literatura erige (…) sus propios espacios, esos que no existen en ninguna otra parte sino en las páginas de los libros. Esas tipografías ficticias proyectan su sombra -o su luz- sobre el espacio en el que nosotros deambulamos, lectores y caminantes, habitantes de ciudades, y nos dan una forma nueva de realidad”.2

Por ende, estamos ante una ciudad que es también un modelo de convivencia social, un modelo de polis y por lo tanto, un modelo de nación, de organización política, si por Política entendemos el arte de gobernar y conducir la vida de los hombres y de las mujeres en sociedad. La “ciudad eterna” no sólo es

La mágica ciudad de todas las posibles ciudades.

Si no que su misma estructura es como la suma de todas las aspiraciones y sensibilidades. Modelo plural en el que la diversidad de los materiales que componen la ciudad señala una relación ciudadana donde los contrarios no sólo conviven sino que se integran:

Piedra y musgos, terrazas de magnolias, cascadas de violetas, promontorios suaves como miradores orientados a un abismo amable y estremecedor que desciende hasta un valle donde el río se desliza por las laderas de los montes y, más allá, otra cresta de montañas.

Una nación, sin embargo, es también una realidad cultural y espiritual. El territorio, la organización política y la misma población necesitan un imaginario compartido, una visión de mundo y una simbología que la acomune.

Acá, su bandera -“El emblema de cinco puntas como un amanecer”- no es un emblema que se saca a pasear cíclicamente en ciertas fechas patrióticas sino que es símbolo “que une a todos los habitantes” y contra distingue la infraestructura urbana y el espíritu de sus ciudadanos, “grabado en sus tres puertas y en sus almas febriles”. Tierra de paz donde la muerte ha sido vencida, en ella vemos “la bandera púrpura flameando por siempre, sin arriarse nunca”. Todo reflejo de un pueblo unido que ha sido fiel a sí mismo y ha sabido resistir con dureza y valentía: “destello de una patria de obsidiana y de la honda raíz del árbol primero que dio frutos”, dice el poeta.

El poemario continúa y nos sigue revelando y diciendo de un “país iluminado”… donde las casas en vez de ser sitio de indiferencia y exclusión describen una escena más genuina, feliz y deseada. Casa, ciudad, nación donde cada uno se siente parte viva de la historia desde su más remoto comienzo:

Las puertas de roble, la entrada familiar, la cobija, las historias asombrosas de antes del tiempo, las leyendas de pavorosos gigantes que estremecieron el mundo, la extinción en los mares de lava y otra vez el comienzo.

Acá no hay desencuentro entre las generaciones, por el contrario:

Los balcones y las buhardillas de los niños y los ancianos, parecidos unos a otros, allí donde crecieron, en años distintos que después se unieron, donde dijeron adiós al partir a las tierras lejanas que hicieron el país y donde fueron abrazados en una inusitada ternura.

El poemario postula una ciudad que comparte mucho con la Ciudad de Dios de Agustín de Hipona o con la Jerusalén Celestial del Apocalipsis de Juan. Sin duda, es una invitación a construir una polis donde no haya exclusión, sino que sea el espacio donde todos quepan: “La ciudad de todos, la que pertenece a los primeros y a los que vendrán, la traslúcida y la encantada estancia”.

El país iluminado es un texto ancho pero no ajeno, cercano a las más altas preocupaciones humanas y a los más excelsos sueños de cualquier hombre y mujer. Lo aquí presentado no es más que un viaje en torno a algunas de sus ciudades y regiones. Sé que peco de no haberles hablado de “la vastedad de las montañas”, de “Leoncar, hijo del tiempo”, de “las abejas del solsticio de verano”, de esa mujer espléndida que es “Nahe, hija del sol” o de su caudillo “Oreth, hijo de la luna”, entre muchos y hermosos personajes y destinos que habitan este mundo sin limites que bien quisiéramos habitar. La provocación es que se animen a visitarlo y a dejarse trasnochar y seducir por su existencia ficcional, su belleza alucinante… en fin por su apuesta rotunda en favor de la palabra y de la vida.

Voy a terminar con una palabra final que es una reflexión, un rito y una necesidad. Reflexión porque los invito a escuchar un canto del poemario titulado “Fragmentos de dolor” y a pensar qué tiene que decirnos cuando el dolor, el límite, la muerte tocan a nuestra puerta. Un rito porque en el inicio de la historia humana, la lectura no fue nunca un acto solitario, sino una acción colectiva, un rito de la tribu convocada, un gesto comunitario que suscitaba la comunión. Una necesidad porque no podría terminar esta intervención sin compartir -por entero- un fragmento del “país iluminado”.

 

FRAGMENTOS DEL DOLOR

La noche del eclipse, la lenta sombra oscureció la luna llena;

la redonda negritud, como sobrepuesta sobre ella, se mantuvo así por unos minutos y después, también despacio, fue desplazándose hasta que volvió a aparecer la luz cilíndrica y los cráteres y cicatrices parecían más marcadas en la piel del satélite inerte.

El fenómeno no era desconocido y, de tiempo en tiempo, la luna opaca causaba sensaciones misteriosas entre los seres que esperaban con curiosidad para observar el guiño de la luna, el abrir y cerrar del inmenso ojo celestial y se retiraban a sus casas en silencio, sin hablar, sin comentar lo sucedido, como si el evento, aunque inofensivo, fuese un críptico mensaje, algo que se ve pero no se sabe por qué ocurre, ni de dónde vienen las sombras y hacia dónde van después.

Tanto movimiento en el firmamento, destellos, cometas, astros, y planetas, como Venus en la mañana, la Osa Mayor, las figuras táuricas, incluso lunas diurnas y, a veces, un sol burlón, eran espectáculos normales entre tantas fascinaciones; pero el eclipse total de luna era una forma huraña de comportamiento del cielo que no producía alegría.

En esa ocasión, Oreth le habló al pueblo en la penumbra

y les dijo:

“Las sombras sobre la luna son reales, pero sobre todo, son hijas de nuestra imaginación, de nuestros pesares, residuos y fragmentos del dolor.

La luz no desaparece, está detrás de lo oscuro que viene de nosotros, de aquí de la tierra, es un reflejo y la lección de que aún lo brillante puede ceder ante lo opaco, y volver a brillar.

Mucho hemos cuidado a la hermosa vida, no hay en nosotros la mascarada ni armas fratricidas, ni emboscamos con impunidad ninguna aldea; hemos abonado la bondad, sentido la satisfacción del desprendimiento, pero no siempre fuimos así.

Aunque se ha ido limpiando nuestro ser, costras secas quedan aún en nosotros, como en la luna, grabadas por el impacto de lluvias de meteoros; el eclipse es una forma de espejo y por eso no nos agrada y callamos.

El cielo es la escritura del bien y el mal, como lo que fuimos y decidimos no seguir siendo; ese péndulo oscila sobre nuestro planeta, porque estamos vinculados a los engranajes del reloj del universo, que también ha sido aluvión de desastres y crujido estelar de explosiones en las que han perecido civilizaciones enteras muy superiores a nosotros.

El mal se vestía de azar y engañaba, por eso el amor prefirió empozarse en el corazón y recorrernos por dentro, como una nave que nos fue purificando y pudo ser labios, abrazos y gestación deseada.

La luna es la gran piedra cercana, una hermana orbital, no tiene enigmas, no hay entristecerse en noches así, más bien habría que celebrar las victorias que otros, antes de nosotros, lograron sobre la bestialidad, esa indeseable práctica del daño irreparable. El cielo será una vez un hogar como éste y más placentero aún.”

Ellos le escucharon y comprendieron.

Oreth habló a propósito porque ya había llegado el tiempo de saber lo que esconden las sombras, y al hacerlo depositó en ellos una especie de atracción imparable por el espacio sideral que los iría envolviendo con la rapidez vertiginosa de un halcón en la amplitud del cielo”.

 

Notas:

[1] Leis, Raúl. Panamá: luces y sombras hacia el siglo XXI. Panamá: INAC, 1997, pág. 17-18.

[2] Campra, Rosalba. La ciudad en el discurso literario en SyC N°5. Buenos Aires: Facultad de Filosofía y Letras (UDEBA), mayo 1994, pág. 21

 

.BIBLIOGRAFÍA

1. Campra, Rosalba. "La ciudad en el discurso literario" en SyC N°5. Buenos Aires: Facultad de Filosofía y Letras (UDEBA), mayo 1994.

2. Leis, Raúl. Panamá: luces y sombras hacia el siglo XXI. Panamá: Edit. Mariano Arosemena, INAC, 1997.

3. Nieto, Manuel Orestes. El país iluminado. Panamá: La Rama Dorada, 2001. Puede consultarse en formato de libro electrónico en http://www.librosenred.com/manuelorestesnieto.asp

 

© Erasto Antonio Espino Barahona 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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