Espéculo

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Juan J. del Rey Poveda
C.E.O. Leoncio Rodríguez (Tenerife)

 

Para Chicho

La escritura del tinerfeño Isaac de Vega es peculiar, tiene peso propio, un sello de identidad, es especial. Además, sigue una línea coherente desde que publicó Fetasa (1957). Línea tanto en su forma de escribir como en sus contenidos: un lenguaje para que el personaje se encuentre a sí mismo en un mundo novelesco caótico y hostil. Escritura, pues, existencialista.

Lenguaje y contenido crean ficción, novela o cuento. La palabra literaria construye un universo de significados, de personajes, de acciones que le interesan al novelista. Cada palabra es un bloque del edificio y por eso la importancia de cada una: no sobra nada, todo es esencial. Isaac de Vega escoge sus vocablos para ir contándonos lo que le importa, y nada es gratuito o superficial. Estamos, por otra parte, lejos del realismo del siglo XIX, que era un espejo que dificultaba ver el interior de los personajes y las cosas. Ahora se trata de analizar con profundidad, desde la literatura, al ser humano y que éste se vea como realmente es.

El tiempo no es cronológico; el espacio es un laberinto en el que hay que encontrar la salida. Los elementos que constituyen lo real se adaptan, se transforman en las novelas de nuestro escritor. Éste crea un universo literario.

El cafetín sorprende al lector y le intriga: éste quiere saber qué ocurrirá al final, si David saldrá de su problema. La novela es la búsqueda de la verdadera identidad de un personaje a través de una larga noche. O tal vez no sea una noche, sino la conciencia oscura (dolorida) del protagonista. Tema, pues, clásico, de siempre: lo que el hombre siempre ha buscado y seguirá buscando.

Estamos, pues, ante una escritura de ideas más que de acción, que también la hay, aunque supeditada a aquélla. El final de la obra resume lo que es: “Por fin contempla absorto su propia, auténtica imagen”. La contemplación es el primer paso hacia el autoconocimiento, hacia la libertad.

No es una novela que no llame la atención continuamente: las acciones y los personajes constantemente nos sorprenden. Igual que el lenguaje, tan rico y bien construido. Todo ello crea una literatura sólida, llena de palabras y de significados, a la vez alejada y unida al realismo. Una literatura para disfrutar y pensar, porque sin filosofía o visión del mundo no es posible ningún arte.

El lenguaje es la materia prima de la literatura. Isaac de Vega lo combina a su gusto y el resultado es magnífico, deslumbrante. Con él crea su universo ficcional, poblado de diálogos, descripciones, reflexiones del narrador y de cada personaje. La riqueza del vocabulario va unida a la riqueza de los contenidos, porque los dos elementos son interdependientes. Las palabras son manejadas con soltura y precisión, y describen cada cosa, por insignificante que sea. Hay un gusto por una amplia descripción, con su abundante adjetivación. Como ejemplo, lean con cuidado la descripción de las casas y las habitaciones por las que pasa el protagonista: todo es descrito con mucha minuciosidad, porque es importante para el libro. No se puede conocer un universo sin describirlo con detalle.

El protagonista -David- se encuentra atrapado por un espacio hostil, laberíntico, inhumano: “Está dando vueltas en círculo a este maldito barrio del que no logra escapar”. Este espacio es, a la vez, enemigo y dador de una salida. Consecuentemente, David se pierde por sus calles en busca de un café, el lugar de encuentro por excelencia en nuestra sociedad. El espacio novelesco, como cualquier elemento de esta obra, es algo imposible, lo contrario de la vida. En él puede aparecer cualquier personaje, cualquier objeto: una imagen de la Virgen, un cadáver, un cuadro robado, basura, un libro muy valioso, etc.

Los espacios se alejan de la normalidad, igual que los personajes. El protagonista entra en ellos pero se siente asfixiar y tiene que huir. Sólo el cafetín le atrae una y otra vez, a pesar de las dificultades para encontrarlo. El bar es un lugar de encuentro con los demás y, en el caso que nos ocupa, consigo mismo. El final del libro representa el término de la angustia de David, cuando puede contemplarse tal cual es gracias al espejo o la conciencia. A partir de ahora podrá vivir y no sufrir pesadillas. Lo importante es sentirse como es uno mismo y vivir en consonancia con esta realidad.

Los espacios son algo claustrofóbicos y, también, maquinan, tienden redes para atrapar y torturar a los personajes. Son algo negativo que dificulta la normalidad, la acción sosegada de los personajes. En ellos no pueden habitar sino personajes problemáticos, inseguros o malvados. En especial, la especie de laberinto que es el barrio donde transcurre la acción. Un barrio en que los personajes pueden estar tranquilos, donde no hay amor, sino crueldad y otras desgracias.

Llama la atención el hecho de que la mayoría de los personajes son marginados (el mendigo, la ramera) o se hallan dominados por la intransigencia ideológica (el fanático), la pedantería (el filósofo y su amigo), el egoísmo (el escritor) y la escasa cultura. Todos se agreden entre sí y no pueden llevar una vida normal. Así, el protagonista es un personaje perdido en un laberinto de calles, en un laberinto de ideas. Necesita una salida para escapar de su “noche caótica”, metáfora apropiada a su terrible estado de ánimo. Teme la soledad, de ahí que entre en comunicación con cualquiera, para que no le domine el miedo. Su característica principal es la necesidad de observarse continuamente para conocer su realidad física. Es consciente de la gravedad de lo que le sucede, algo difícil de explicar: “Esto que le está ocurriendo no cabe en un mundo normal, este mundo está en su cabeza”. Se sitúa, pues, al margen de lo que se considera corriente. Tiene miedo a su mente, porque ésta crea “mundos indeseados”, de ahí que sufra alucinaciones que le hacen creer que tiene treinta años, la juventud y en su caso el poder. Y trata de agarrarse a esta creencia como náufrago a la tabla. Todo esto le hace pensar que “tiene que aclararse, saber quién en el fondo es”. Vean la importancia del verbo saber en esta novela. El resto de los personajes le ayudan a conocerse, pero sólo él se convencerá, gracias a un espejo, de la realidad tal cual.

¿Realmente hay más de un personaje en esta novela? David reflexiona sobre esto: “Tiene la agoniosa sensación de que todos esos personajes [...] son variaciones de uno solo, de aquel oculto que en vano su mente quiere aclarar”. En verdad, el universo novelesco gira en torno al protagonista, y se puede decir que existe gracias a él.

Exterior e interior a la vez, la acción conduce a una meta imprescindible: la huida del laberinto. David camina con este deseo, que a veces le parece imposible de conseguir porque vaga por unas calles sin encontrar lo que ansía. Hay sólo una acción, que es el encuentro consigo mismo, lo demás que se cuenta son anécdotas, algo que se justifica únicamente por el hallazgo de la meta.

El narrador declara que “algo raro pasa con el tiempo, con los años, un caótico desorden que no puede explicar”. El protagonista, alejado de un tiempo y un espacio ordenados, está confuso, vacilante. La acción de la novela transcurre en una noche larguísima, no medible con el reloj. Las horas pasan, la noche -¿tiempo o conciencia?- permanece con sus turbulencias. La estirada noche no tiene fin hasta que David encuentre salida a su laberinto interior, hasta que se reconozca a sí mismo y abandone sus fantasías.

Existe el miedo a la acción del tiempo sobre el cuerpo; el temor a “esa asquerosa decrepitud en que ya se vio transformado”. Es el triunfo de una cultura en que el físico joven es el valor máximo, y lo demás es secundario y no se valora. Otro símbolo o ídolo del siglo XXI.

Un tema es la crítica a cierta cultura dominada por actos oficiales y subvenciones, en que el deseo de ganar dinero es más importante que crear arte. En El cafetín hay un retrato muy realista de un personaje -y hasta de dos- que representa esta cultura dominada por el dinero y el poder.

El cafetín es una novela que agradará a un lector ávido de contenidos y, a la vez, palabras. Pero no de contenidos aventureros, sino reflexivos. Es una obra para un mundo difícil de soportar y comprender, pero al que hay que llenar de contenidos e ilusiones. Realista y fantástica, es una metáfora de la sociedad actual, escindida entre lo que es y lo que desea, y que busca una salida digna.

 


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2002