LA RELACIÓN ENTRE EL ESPACIO PÚBLICO Y PRIVADO
EN DEMONIO DEL MEDIODÍA

 

María Elvira Luna Escudero-Alie
Harvard University
Elgobira@yahoo.com


 

   
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Demonio del mediodía (Lima, 1999) es una encantadora novela que captura nuestro interés a lo largo de sus 454 páginas. Alonso Cueto nos presenta la historia de tres personas con características muy divergentes entre sí; y sin embargo irremediablemente unidas por razones laborales y por una pasión que cambiará el curso de sus vidas. Cada una de ellas es el inesperado vértice de un triángulo amoroso que determinará la infelicidad, la desgracia, y en última instancia la tragedia.

La historia de Celia Carlessi, Renato La Hoz, y Ricardo Borda se desarrolla en Lima, durante finales de los años 80 y continúa hasta finales de los 90, época clave en la historia contempóranea peruana. Cueto dibuja en forma puntual el trasfondo socio-político de estos años cruciales en el Perú; las acciones terroristas de Sendero Luminoso, la ineficacia del gobierno de Alan García para combatirlas, la galopante crisis económica, la controvertida campaña electoral del entonces desconocido ingeniero Alberto Fujimori contra el notable escritor Mario Vargas Llosa en 1990, los estragos del gobierno de Fujimori-Montesinos convertido en dictadura desde 1992 cuando cerró el Congreso, etc.

La novela gana en verosimilitud con este espacio socio-político-histórico que es presentado en forma muy cuidadosa. Los políticos peruanos de esos años aparecen con sus verdaderos nombres y asociados a las acciones más características que realizaron en el espacio político. Los atentados más resaltantes, por sanguinarios, cometidos aviesamente por Sendero Luminoso también son referidos en la novela, como es el caso del ataque en Tarata, Miraflores, a principios de la década de los 90. Recordemos aquí el hermoso cuento de Alonso Cueto, Pálido Cielo- dedicado a Vargas Llosa- que tiene como trasfondo precisamente el bombardeo en Tarata, Miraflores.

Demonio del mediodía no sólo nos brinda una visión panorámica del Perú de esa época sino también un retrato en primera plana de los distintos estratos socio-económicos que existen ahí, de los prejuicios y odios que se generan en cada uno, y de la dinámica en las relaciones en el espacio interpersonal en una sociedad violenta, compleja y jerárquica. En efecto, cada uno de los tres personajes principales es representante de un grupo socio-económico diferente.

Celia es una joven abogada, inteligente, hermosa, un tanto ingenua en cuestiones de amor, y perteneciente a la clase media-media. Renato, es un abogado inteligente y tímido de 30 años, logrado a través de un meticuloso esfuerzo, obsesivo, de origen provinciano y de clase media-baja. Ricardo es un renombrado abogado, inteligente, apuesto, mujeriego, y bien vinculado, miembro de la clase alta o clase media-alta. Él es el dueño del buffete de abogados donde los tres trabajan, y donde se delinea a pulso el triángulo pasional. Celia, Ricardo y Renato son los tres vértices de esta relación triangular, simbolizando a su vez en un plano socio-económico, cada uno de los estratos sociales del Perú (clase baja o media-baja, clase media-media, y clase alta o media-alta) que convergen en una sociedad donde la desigualdad es la norma. Cabe señalar que el triángulo: Ricardo-Renato-Celia, si bien es el más importante, no es el único en esta historia. Hay muchos otros aunque de menor trascendencia y a los que me referiré más adelante.

La novela nos presenta a Ricardo Borda con pretensiones políticas; ha decidido empezar su campaña para alistarse en las filas del Fredemo como senador, bajo la cuota política de Acción Popular.

‘’ (…) Debía reunirse con gente del Fredemo. Vargas Llosa y Ricardo apenas se conocían. Vargas Llosa había basado su identidad pública en su energía y su sentido moral. Sus creencias éticas lo habían convertido en una figura ejemplar. Ricardo necesitaba asociarse a él. En unas encuestas recientes Vargas Llosa iba primero, aunque Barrantes podía alcanzarlo.(…)El mismo Ricardo, en parte, veía a Vargas Llosa como el salvador”.

El mismo protagonista Ricardo Borda hace las siguientes reflexiones políticas sobre el presidente del Perú en aquellos años caóticos:

“Alan García es un tipo más fácil de clasificar y de entender.

Entre Alan y Belaúnde, el arquitecto es mil veces preferible.

Por lo menos es fiel a sus errores. A pesar de su enfermedad (una psicosis maniaco depresiva que trata con litio periódicamente, según todas las informaciones), Alan es más fácil de interpretar precisamente porque sabemos que de él puede esperarse cualquier impulso. Su coherencia está hecha de reacciones vehementes y contradicciones extremas. El impulso y la inteligencia se complementan, igual que el bien y el mal.

Es una criatura esencialmente amoral; tiene una adicción erótica hacia su ego que busca trasladar a la masa. Es un ególatra disperso y caótico. Su egolatría es el motor de su brillantez oratoria. Logra someter a una masa de gente en la plaza a través de un ritual de exaltación sexual que arranca gritos y suspiros. La sumisión delirante a la que puede llevar a la masa en un mitin le es conveniente pues con ella disfraza y altera la percepción de los peores desastres de su gobierno. Usa su extraordinaria inteligencia para hacer de titiritero, siempre distrayendo a gente a la que en el fondo considera un grupo de niños o de enfermos.

Todos los rumores que corren sobre su vida privada, su donjuanismo, su apetito insaciable de desayunos con lomo y papas fritas, sus pantagruélicas coimas personales, sólo pueden entenderse como olas expansivas de una personalidad que quiere ser más grande que el mumdo, el maremoto de una mente enardecida, el pirómano que en todos los objetos y personas sólo ve madera y kerosene”. (págs. 221-222)

La prosa efectiva, flexible, ágil, cadenciosa, elegante y en muchas instancias lírica de Alonso Cueto, con adjetivos siempre muy precisos, muy bien pensados, se manifiesta también como acabamos de leer, en esta ambiciosa y bien lograda novela. Es interesante resaltar que la prosa varía muy bien en intensidad, textura y tono de acuerdo al contexto presentado, y a los espacios narrativos expuestos. A diferencia de otras novelas, y cuentos de Alonso Cueto, vemos en Demonio del mediodía, otras técnicas narrativas que no figuraban, o figuraban menos, en por ejemplo: La batalla del pasado (Madrid, 1983), Los vestidos de una dama (1987), Tigre blanco (Lima, 1985), Deseo de noche (1993), Amores de invierno (1994), etc. En Demonio del mediodía, Cueto emplea de manera efectiva juegos con el tiempo, distintas voces narrativas, monólogos interiores, situaciones ambiguas, variadas perspectivas, y un desarrollo de la trama más relacionado que nunca con un contexto familiar influyente, acaso agobiante, y en algunos casos incluso decisivo. Como lo afirmó una vez el propio Alonso Cueto, refiriéndose a su magnífico cuento Pálido Cielo, a él le interesan sobre todo las relaciones familiares, el espacio familiar. La influencia del ámbito familiar y la carencia de afectos en este espacio fundamental está en la génesis de la elección profesional de Ricardo Borda:

“Ricardo había decidido la carrera de Derecho ante la tumba de su padre.

Pero no había heredado sus escrúpulos morales ni su concepción estricta de la profesión. A diferencia de su padre, no quería apenas mantener un nombre. Quería apoderarse de la sociedad de Lima, abrumarla con su profesionalismo, distinguirla con su figura, hacer que se rindiera a él con alegría y veneración. Su padre y su madre le habían dejado un atroz desafío: recuperar de algún modo el amor perdido. Si sus padres se lo habían negado, la ciudad de Lima se lo iba a dar: él iba a poseerla con su exquisitez y su elegancia, para sentarse a esperar el diluvio de retribuciones. El amor, la admiración, el reconocimiento”. (págs. 136-137)

Hay en Demonio del mediodía, un espacio público compartido por Celia, Ricardo y Renato que es obviamente la oficina. En este espacio laboral cada uno sin embargo, actúa de acuerdo al rol que cree estar interpretando, papel que le es dado como consecuencia de las dinámicas del espacio privado. Celia, por ejemplo piensa que su actitud discreta con respecto al romance que tiene con Ricardo, la ha mantenido a salvo de sospechas y chismes de los compañeros de trabajo. Ricardo a su vez imagina que nadie está al corriente de su aventura con Celia, o en todo caso le importa poco que se sepa, mientras no llegue a oídos de su elegante esposa María Luisa.

Por otro lado, Renato en su timidez e inseguridad utiliza el espacio laboral público para poner en práctica sus tácticas, para intentar concretar su quimérico futuro con Celia, esa arquitectura minuciosa que lo absorbe hasta la obsesión en su espacio privado. No sospecha en lo absoluto que Celia y su jefe Ricardo Borda mantienen una relación pasional ilícita. Las negativas cordiales de Celia frente a los medrosos avances de Renato no lo desaniman en absoluto, dada su escasa experiencia con el sexo opuesto y el imperio de sus deseos que nubla toda lógica. Es así que cegado por sus ilusiones, Renato se construye explicaciones plausibles para estas suaves negativas. Al fin y al cabo, él está dispuesto a absolutamente todo con tal de ser aceptado no sólo por Celia sino por la sociedad que lo ha instalado en la “otredad” para poder ignorarlo sin remordimientos ni remilgos. En este espacio laboral y público, Renato, mendigo de amor, en su obsecada búsqueda creerá poder impresionar a Celia presentándose ante ella como el amigo solícito, el abogado bien informado y organizado siempre dispuesto a ayudar.

Ha sido el espacio público laboral el que le ha servido a Ricardo para conquistar a Celia, es ahí donde ella ha admirado sus dotes de buen abogado, su elocuencia, su poderío y su inteligencia. Celia, por su parte podría haber impresionado positivamente a cualquier jefe por su inteligencia y eficacia en el trabajo, sin embargo no serán esas virtudes precisamente las que Ricardo ponderará más. Como mujeriego empecatado, Celia representa para él uno de los múltiples objetos de sus primarios e incansables deseos, de su desenfreno y lujuria, por lo menos al inicio del romance.

En el espacio privado, Ricardo también le demostrará a Celia cierto afecto y así despertará un genuino amor en ella.Ricardo acostumbrado a aventuras fuera del matrimonio y por lo tanto a mentiras, y cinismos le recitará a Celia, el manido discurso del pobre marido incomprendido y desantendido por una esposa fría y distante. La inexperta Celia caerá en esa trampa calculadamente preparada para su belleza y juventud, y su amor por Ricardo seguirá incrementándose en el océnao de su ingenuidad. De plano en el espacio del juego desprestigiado del amor fuera del matrimonio y dispuesta a jugarse el futuro, Celia apuesta todas sus cartas a ser la próxima señora Borda:

“ (…) Con esa dureza, su matrimonio es apenas un pacto minado.

Quisiera arrullarlo, que él vuelva a su infancia y que yo pueda recuperarme y recuperarlo en la madre que lo acepta, quisiera que se deje ir conmigo, que no quiera seguir siendo quien dirige nuestros encuentros. Extender los brazos como un manto, y permitir que él se asiente en la plataforma que le tiendo. Este deseo mi religión. La tierra prometida al final del desierto: Ricardo y yo juntos, en el salón de la casa, jugando con los niños, la música al fondo.” (pág. 203)

El espacio privado y familiar de Celia es también como en el caso de Renato; pero con menos patetismo, una oportunidad para diseñar los próximos movimientos en el espacio público con Ricardo. Renato vive solo y es en general una persona solitaria, un marginado social, un ser apocado; pero con una inmensa determinación y una capacidad de violencia nada despreciable. Esta faceta perniciosa de Renato sólo aflora cuando se sabe cercado; cuando se entera que su amada e idealizada Celia, no es esa chica celestial, una Celia-talismán que podría llegar a amarlo con empeño, su ángel de la guarda sino más bien y nada menos que la amante de su jefe, una más entre tantas. Este descubrimiento le socava los esquemas a Renato, lo instala en el pathos, lo arroja de súbito a una desdibujada realidad minada por esa desaforada variable que no estaba considerada en su puntual y aplicada estrategia. Renato se queda sin estratagemas posibles, y su ethos ya no tiene sentido ni razón de ser. El discurso del deterioro se posesiona irremediablemente de Renato.

Si Ricardo es el protagonista de esta historia, Renato es sin duda, el antagonista. Ricardo representa para Renato todo lo que su origen humilde, la discriminación socio-económica y racial y su propio resentimiento social le impiden ser; ese espacio en la sociedad al cual, no obstante su ingenio como abogado, nunca podrá acceder, esa élite que siempre lo despreciará y humillará sólo porque él es el “otro”. Renato odia a Ricardo respondiendo a esa fórmula trasnochada según la cual, el odio es el amor no correspondido. En realidad, la relación de Renato con respecto a Ricardo es una típica relación unilateral (para Ricardo, Renato prácticamente no existe) de amor-odio. Renato quisiera ser como él; un abogado famoso, un triunfador, una promesa política, un hombre asediado por bellas mujeres, una constante y admirada presencia en las páginas sociales.

‘’ Lo odiaba en cada uno de sus recuerdos. Desde el fondo de su infierno, a través de una cortina fría de llamas, con la minucia de un fanático, Renato no dejaba de pensar en él.” (pág. 20)

Los sentimientos de Renato con respecto a Ricardo son análogos a los de Lucifer hacia Dios. De acuerdo a la hermeneútica dualista persa, Lucifer, por amar demasiado a Dios quiso convertirse en Él. De esta manera también, Renato admira tanto a Ricardo que anhela ser igual a él, y al no conseguirlo, entonces todo ese inmenso afecto frustrado, se transforma en inquina furibunda que se plasma, concretiza y canaliza a través de la destrucción. Este deseo de eliminar a su jefe que no aprecia ni pondera sus talentos, se convierte en urgencia ineludible cuando es claro para Renato que Ricardo no sólo es el embajador de esa raza, de esa clase social que imposibilita su ascenso y aceptación social, sino también el “ladrón” de la mujer amada, el usurpador no sólo del presente de Renato en un mundo posible (en una sociedad más igualitaria), sino también el disipador de sus sueños, el devastador de su vida futura con Celia.

“ <<El resentimiento y la envidia forman un fuego blanco, un monstruo silencioso que me va erosionando. Desatan una pasión extraña y contradictoria, quiero ser igual a la persona que odio. (…) si sigo con el doctor Borda, se debe a una oportunidad preciosa: la de estar cerca de la mujer a la que amo>>, había escrito.” (pág.21)

Ricardo es pues en apariencia un hombre que lo tiene todo; un triunfador, alguien que ha llegado a la cima de su carrera y que ahora intenta trasladar a las arenas movedizas de la política, su discurso de macho victorioso. Tiene una esposa bonita y discreta, un artículo decorativo para llevar a las cenas y compromisos; y aun así una enorme insatisfacción lo persigue por doquier. El espacio familiar de su infancia no fue en definitiva un lugar feliz:

‘’El doctor Ricardo Borda reconocía en secreto que la figura inicial de su infancia, un ser remoto, de respiración inmóvil, rostro hierático como el de una esfinge de cera, explicaba su obligación de saberse insaciablemente amado por las mujeres. […]

La imperiosa necesidad de buscarla en su dureza, de rehusar su indiferencia, de imponerse en cobrar su afecto lo había marcado desde el comienzo. Ricardo le llevaba cajas de Monopolio y Damas Chinas que su madre sonriendo se negaba a abrir; le señalaba trabajos de pintura de su clase con Miss Horna que ella observaba y descartaba; le escribía dedicatorias y poemas aprendidos en la clase de lenguaje. Amparado en la protección de Amalia, Ricardo se replegaba para tomar fuerzas antes de volver a la conquista de ese territorio polar, el espíritu de su madre. “ (pág. 133, 135).

Celia representa para Ricardo, al comienzo de su aventura, una bella conquista, una más para su larga colección, después, la ternura y generosidad de Celia irán avasallando ese campo minado, el corazón lúdico de Ricardo. La familia nuclear de Celia es pequeña, está formada por su madre, una hermana mayor Marissa, también abogada que vive en E.E.UU., y ella. Celia tiene una buena relación familiar con su madre y su hermana; pero no es una relación transparente como si existe entre ella y su amiga Carolina, a quien le confía plenamente su relación secreta con Ricardo Borda. Quizás la ausencia de un padre en la vida de Celia sea una explicación, entre muchas, para entender su atracción hacia un hombre que le dobla la edad:

“Luego de algunos romances de poca importancia, me siento por primera vez, verdaderamente involucrada y comprometida. Tengo la misión de salvar a un hombre. El sufrimiento maquillado de Ricardo me conmueve”. (pág. 202).

Y una líneas más adelante Celia sigue reflexionando sobre su amor por Ricardo:

”No me imagino volver sin él a la rutina del mundo. Inexplicable haber vivido estos años sin conocerlo. Apenas tengo fragmentos de mi vida anterior.Lo amo como ahora entiendo que es el amor: reconocer los defectos de la persona amada y sin embargo organizar la vida a su alrededor”. (pág. 203)

Celia hastiada de tanta falsedad, y frente a la perspectiva inminente de un viaje intercontinetal con su jefe que pondría en evidencia su aventura, decide confesarle de una vez por todas a su madre la verdad sobre su relación con Ricardo Borda. Carente de argumentos para disuadir ese amor aturdido, su madre se ve obligada a revelarle el secreto de Marissa, la razón de su viaje precipitado a EE.UU. Celia se entera sólo así que Ricardo también fue amante de su hermana, que ella incluso estuvo embarazada y que Ricardo encontró en el aborto la solución para una situación incómoda que le complicaría la vida. Marissa apostó a la fuga, al exilio para auto-castigarse, a la distancia geográfica para sosegar sus arruinadas ilusiones. Si los triángulos que Celia forma con María Luisa y Ricardo, y Julieta-Ricardo y ella, e incluso el triángulo principal: Ricardo-Renato-Celia, no son razones suficientes para terminar su relación con Ricardo, este nuevo triángulo incestuoso del pasado: Marissa-Celia-Ricardo, sí lo es.

Renato por otro lado también tiene una buena relación con su hermano Eugenio a quien quiere bien; pero su amigo Filomeno, un boxeador venido a menos, conocido en el mundo del ring como King-Kong Carrasco, será el depositario de sus confidencias, sus recónditas frustraciones, sus sueños más secretos. King-Kong será también de alguna manera, el inspirador y cómplice de Renato en su carrera precipitada hacia la destrucción de su jefe que significará igualmente su propia destrucción.

El espacio de la amistad es también el más importante en el vacuo universo de los afectos de Ricardo. Serafín es su mejor amigo, su confidente y compañero de farras; hasta que Ricardo descubre que su bella esposa María Luisa y Serafín son amantes. Aquí tenemos otra relación triangular: María Luisa- Serafín- Ricardo. Otra presencia capital en la vida de Borda es su amiga-amante Julieta, nombre que de por sí lleva una indudable carga romántica y trágica. Julieta es la novia eterna de Ricardo Borda, la única mujer que lo conoce bien, y que lo ama entrañablemente. Julieta es un ángulo de otro triángulo en el cual los otros vértices son María Luisa y Ricardo; pero también es parte de otro triángulo: Ricardo-Celia-y ella. Julieta es esa amiga fiel, que se metamorfosea cuando hace falta en hermana, madre, esposa, consejera, conspiradora, y amante, para sustituir el desierto afectivo de Ricardo don Juan:

”Está hecha para disfrutar y hacer disfrutar a los demás. El placer de dar placer, una droga, pone a su disposición las emociones ajenas.

Por eso, creo, Julie es una adicta y una experta en ofrecer todas las formas posibles de la felicidad. Organiza fiestas, invita a cenar, seduce a hombres mayores, ofrece la compañía de sus chicas. Es amiga de muchos hombres. Pero yo soy su pareja.” (pág. 227).

Es interesante comprobar que Ricardo es un vértice en todos los triángulos excepto uno: Fermín- su esposa-María Luisa. Hay definitivamente en Demonio del mediodía, conexiones cruciales entre el espacio privado y el público. Las dinámicas que se desarrollan en el espacio privado definen el espacio público en la vida de Celia, Renato y Ricardo, y el espacio privado de la amistad resulta en los tres casos más importante e influyente que el espacio familiar. Si bien es cierto que es especialmente en el espacio familiar donde se forma la personalidad, se tejen los temores, se perfila el carácter, se diseña la voluntad, y donde se dibujará la materia prima para las relaciones afectivas del futuro. Tanto Celia, como Renato y Ricardo han tenido graves carencias afectivas durante los años de desarrollo en su espacio familiar, y esta ausencia de cariño se vuelve con el tiempo una cicatriz que se agudiza con cada relación fallida. Celia busca en un hombre mayor, quizás la seguridad y el apoyo de un padre que le hace falta. Ricardo logra desesperada y lúdicamente avasallar a mil mujeres para sentirse finalmente querido y aceptado y compensar así la oquedad que le dejó en el alma la indiferencia de su madre. Podemos aquí insertar otro triángulo incestuoso y simbólico que estaría formado por la madre de Ricardo, por él: Ricardo-Edipo, y en el tercer ángulo: todas las mujeres que Ricardo conquistó en su búsqueda desolada del amor de Yocasta, el único amor que le fue negado, tan distante en el tiempo pero tan determinante en su vida. Renato inventa en su amor por Celia una compensación para su condición marginal, un velo que disimule su soledad, una fuerza que lo impele hacia el futuro y que lo ayude a disipar las nieblas de su pasado.

Hay en mi opinión, en esta interesante novela también una cierta visión utópica, optimista de la vida y de las relaciones humanas, pues de alguna manera la historia de cada uno de los personajes tiene un final feliz. Es como si todos tuvieran una segunda oportunidad en la vida, una segunda opción de enmendar los errores, de vivir amores posibles, recíprocos, de enfrentarse a los misterios de su existencia con más lucidez.

Celia se recupera de su amor por Ricardo, se casa con Sergio, un compañero de trabajo del Bufete de abogados Borda, es madre de un par de niños, le va bien profesional y también económicamente. Por su parte Renato en un arrebato pasional intenta matar a Ricardo Borda, por lo que es encarcelado durante unos años. En la cárcel empieza a tener fe en sus propios talentos, y confianza en su capacidad organizativa al sentirse aceptado y admirado por otros reclusos que le agradecen su asesoría legal. Al salir de la cárcel le es fácil conseguir trabajo y avanzar profesionalmente, además ahora el espacio del amor no se le escabulle como antes; se ha enamorado de una buena mujer con la cual se casará. Por otro lado Ricardo es abandonado por María Luisa que huye con su mejor amigo Serafín, y los hijos toman partido por la madre y no quieren saber nada de él. Además le diagnostican un cáncer avanzado y tiene los días contados. Con la ayuda de su leal amiga-amante Julieta, Ricardo, nacido para mandar al fin y la cabo, diseña su propia muerte. Totalmente opuesto a la ley de la parsimonia o al razonamiento de Ockham; no espera que la naturaleza emplee los medios posibles más simples para obtener su objetivo, sino que él mismo se erige como el ejecutor de su fin. Al optar por el suicidio en sus propios términos, burla su destino aciago, y es a su manera estoico, libre y feliz porque no tiene que sufrir los dolores ocasionados por un cáncer terminal, y posee hasta el último instante el control de su vida y de sus emociones. Su muerte aparece en los periódicos y su entierro es un acontecimiento social resaltado por el suicidio estrepitoso de Julieta, su alma gemela, durante el velorio.

Tanto Celia, como Renato y Ricardo se han rebelado ante los juegos sinuosos y las determinaciones caprichosas de su destino; los tres se han embarcado en algún momento en el juego prohibido de intentar imposibles, de buscar como Don Quijote utopías, han jugado a ser dios. Celia ha puesto su energía en cambiar a un hombre mucho mayor que ella, a un mujeriogo orgulloso de ser tal, utilizando como única arma su ingenuo amor. Renato ha pretendido enfrentarse a una clase social superior, a un orden casi milenario que lo ha rechazado siempre, empleando en su lucha su amor por Celia y su odio por Ricardo y la casta que representa. Ricardo ha luchado denodadamente contra el fantasma de su madre; ese amor negado y perdido, y finalmente ha logrado al menos, diseñar el espacio de su propia muerte. Los tres son seres empeñosos, esforzados, que se han enfrentado al destino que les ha sido trazado con la vehemencia ciega y sórdida de la pasión y han intentado por todos los medios de socavarlo, torcerlo, dirigirlo. Ellos se han aferrado al amor como a una energía inmanente, como a una respuesta a la soledad, han convertido ese amor imposible en la única razón para vivir, han luchado por amor y finalmente al cabo de los años y el beneficio de la experiencia, han encontrado la tranquilidad de un hogar, la estabilidad de un buen trabajo profesional, la paz de los recuerdos y una muerte sin sorpresas, en el caso de Ricardo. Acaso este final de alguna manera feliz, de amores convencionales y vida equilibrada, compense la angustia y el dolor por la ardiente pasión que no pudo ser.

Espero que estas líneas hayan generado interés por leer esta novela sobresaliente de Alonso Cueto, esas 454 páginas que nos cuestionan y nos estremecen incesantemente. ¡Recomiendo sin objeción alguna su inmediata lectura!

 

BIBLIOGRAFÍA

—Cueto, Alonso, Demonio del mediodía, Lima, Peisa/Arango, 1999.

 

© Mª Elvira Luna Escuderio-Alie 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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