La enseñanza de la Literatura
y las Nuevas Tecnologías de la Información

 

Dr. Joaquín M' Aguirre Romero
Profesor Titular
Dpto. Filología Española III
Facultad de Ciencias de la Información
Universidad Complutense de Madrid


 

   
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[El presente texto formó parte de la conferencia impartida en el I Congreso “Aplicación de la Nuevas Tecnologías en la docencia presencial y e-learning”, celebrado en Valencia (15-16 de noviembre del 2001). Agradezco a las Autoridades académicas y organizadores de la Universidad Cardenal Herrera-CEU su amable invitación para compartir dicho foro académico. Esta es una versión ampliada en su parte teórica y de la que se han excluido los casos prácticos vistos entonces, destinados al coloquio posterior.]

Intervención previa a la lectura de la conferencia: Me alegra que la programación de la jornada haya hecho que mi intervención se realice tras una exposición sobre la simulación de laboratorios de prácticas de química y biología. En el caso que acabamos de ver el objeto material de la práctica es sustituido por un objeto virtual. Los elementos químicos que mezclan los alumnos en el laboratorio virtual no son elementos químicos, sino su representación simbólica. La naturaleza del objeto experimental se ve alterada, sustituida: el símbolo sustituye a la materia. No sucede así en nuestro caso. Los textos no se ven alterados en su naturaleza, que es informativa, sígnica o semiótica; el texto está compuesto por signos; el hipertexto también y mantiene la misma información. Este aspecto -la no alteración del objeto textual- es fundamental en la consideración tanto teórica como pedagógica y será uno de los fondos de nuestra argumentación.

 

1.- Introducción.

De todas las materias que componen nuestras enseñanzas, quizá sea la Literatura la que mantiene unas relaciones más peculiares con las perspectivas que abren las nuevas Tecnologías de la Información. Esto obedece a un motivo claro que expondremos desde este mismo inicio: la Literatura se identifica de forma directa con los "libros". En otras materias -la Geografía, la Historia, la Matemáticas, la Física, etc.- percibimos claramente que los libros son tan solo vehículos portadores de unos contenidos, unos soportes de la información. Esto no sucede con la Literatura. Cuando alguien dice que es "escritor", entendemos que lo es de "libros" y que estos, con casi toda probabilidad, son de "literatura". Si alguien escribe un libro de matemáticas o de geografía sigue siendo matemático o geógrafo; si lo hace de literatura es "escritor". La Literatura es la escritura y la escritura son los libros. Esta asignación, asentada firmemente, condiciona nuestra percepción de la situación abierta con las Tecnologías de la Información.

De alguna forma, el "libro" y el "ordenador", la pieza axial sobre la que giran estas Nuevas Tecnologías junto con las Telecomunicaciones, se han constituido como los elementos enfrentados a través de los que se percibe la lucha entre dos formas de Cultura, una tradicional -de corte humanista- y otra tecnológica emergente.

Sirvan estas someras explicaciones para tratar de señalar desde el principio que la enseñanza de la literatura -nuestro objetivo-, tal como hoy la entendemos, gira alrededor del contacto con el libro. Sin embargo, el libro no es más que un dispositivo (tecnológico también) de almacenamiento, como decíamos, un objeto que posibilita la inscripción, transporte y lectura de los textos. Pero el “libro" se ha ido construyendo como un icono cultural. El "libro" es, pues, algo más: es el símbolo de una forma de Cultura.

Queremos señalar que el problema de la renovación pedagógica a través de las Nuevas Tecnologías de la Información se vive en el campo literario de una forma diferente a como se está desarrollando en otros ámbitos de la vida académica o cultural. Los tintes dramáticos que adquiere aquí se encuentran, en la percepción de muchos, en un plano de lucha o resistencia casi míticas contra esa barbarie tecnológica deshumanizadora. Y esto lo hace más complicado.

Cualquier modificación en el sistema educativo es un proceso que debe empezar por el cambio de las mentalidades. Sin este cambio previo, será difícil que el sistema se modifique. Trataremos de exponer aquí algunas formas de abordar la renovación.

Una observación previa: es difícil realizar cualquier propuesta o plantear cualquier línea de actuación sin definir previamente a qué nivel del sistema educativo nos estamos refiriendo. Presuponemos aquí que dirigimos nuestras propuestas al sector universitario y teniendo en mente principalmente la situación existente en las universidades públicas españolas. Nos limitaremos pues a este sector del sistema educativo, aunque muchas de las cuestiones que se planteen sean de tipo general aplicables a cualquier otra situación.

 

2.- Una reflexión previa sobre la enseñanza de la Literatura.

Antes de introducir cualquier idea sobre la enseñanza a través de las Nuevas Tecnologías de la Información deberíamos dedicar unos instantes al paso previo. Cualquier afirmación sobre la enseñanza y las herramientas disponibles tiene que partir de un par de cuestiones: qué se debe enseñar y cómo se debe aprender. Sin tener claras estas cuestiones, la incorporación de cualquiera de estas tecnologías será un ejercicio vacío, un trabajo sin sentido, una especie de exhibicionismo tecnológico. En el campo de la enseñanza -como en cualquier otro- es un despropósito avanzar o introducir tecnologías sin incorporar, a su vez, unas metodologías didácticas y una serie de objetivos claros a los que llegar a través de ellas.

Mucho me temo que, contagiados por lo vertiginoso de la tecnologías, estemos olvidando pensar en el qué y en el cómo de nuestra tarea docente. Por ejemplo, cuando observamos la producción de materiales o el diseño de estrategias de incorporación de Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación hasta el momento, percibimos un claro desajuste entre lo que las herramientas permiten y los presupuestos didácticos que deberían presidirlos.

Tratándose de principios, lo lógico es comenzar por la pregunta más básica, aquella que muchas veces se evita: ¿qué creo que los alumnos deben aprender en el ámbito de mi materia, en este caso, la Literatura? Desgraciadamente la respuesta más extendida si realizáramos una encuesta sería: lo que determinen nuestros programas. Sin embargo, cualquiera que reflexione mínimamente sobre la peculiaridad de su materia percibirá que esos contenidos que los programas definen no son más que unos ladrillos con los que se pueden construir muchas casas distintas, una más habitables que otras. Desgraciadamente, la fórmula más sencilla en esta construcción es la que se basa en la mera transmisión de contenidos o informaciones. Proponemos unos determinados contenidos y pensamos que lo importante es su paso del docente al discente. Cuando los críticos dicen que las bases de la enseñanza apenas han cambiado en dos mil quinientos años, no deja de asistirles cierta razón. Deberíamos aprovechar este momento de renovación tecnológica para repensar todo nuestro sistema educativo. Siempre es preferible, si vamos a construir, asegurarnos del estado del terreno, no sea que resulte ser pantanoso y nuestra nueva construcción no sea tan estable como pensamos.

La selección de cualquier tecnología o herramienta tecnológica se debe hacer desde dos supuestos básicos: 1) elegir aquellas que nos permiten realizar un menor esfuerzo; y 2) elegir las que nos permiten hacer cosas nuevas. En el primer caso podemos poner como ejemplo el uso de la calculadora, que nos ahorra el largo proceso mecánico del cálculo de las operaciones. Con la calculadora no aprendemos nada, simplemente ahorramos tiempo. El segundo caso es el de todas aquellas tecnologías que nos amplían el campo operativo permitiendo plantear nuevas formas de aprendizaje.

Creo que, para la enseñanza en sí, estas segundas son las tecnologías más interesantes. Las primeras nos ahorran tiempo, pero es con las segundas con las que podemos ampliar nuestra base experimental, es decir, mejorar la forma de aprender. Creo que el auténtico aprendizaje es aquel que combina la transmisión de conocimientos con la posibilidad de construcción o reelaboración de otros nuevos. Es decir, aquel que se centra en un término que hoy está en los programas de todas las Universidades, Ministerios y empresas: innovación. La innovación es un proceso complejo, especialmente porque no es programable en el mismo sentido que la simple transmisión de conocimientos. Innovar es buscar nuevas aplicaciones a lo ya existente. La innovación es lo contrario de la repetición, y la repetición ha sido y sigue siendo la base de nuestros sistemas educativos.

Innovación parece una palabra reñida con el campo de las Humanidades. Parece que es un término reservado a los campos científicos y técnicos. Esta percepción es precisamente la que ha llevado a gran parte de las Humanidades al estado de anquilosamiento en que se encuentran en todos sus niveles. La Humanidades caminan orgullosas de sus orígenes hacia un futuro que, en el mejor de los casos, podemos considerar incierto.

Para hacer más evidente este estado, podemos establecer un contraste con nuestro pariente más cercano: la Lingüística. La Lingüística se ha convertido en un campo importante de innovación. Sus aplicaciones se mueven en terrenos como los de la computación, la inteligencia artificial, la psicología, la comunicación, las lógicas formales, etc. Los lingüistas -algunos- forman hoy parte de gran cantidad de equipos multidisciplinares y trabajan codo con codo con ingenieros, programadores, psicólogos, etc. Han sido capaces de abrir campos de aplicación a su trabajo. Un detalle significativo: en la enseñanza de las lenguas se han incorporado siempre las tecnologías para realizar innovaciones en los métodos de aprendizaje sin demasiados problemas: de los primeros laboratorios de idiomas a los actuales CD-ROM para el autoaprendizaje. ¿Por qué no sucede en la misma medida esto con la Literatura?

Evidentemente tienen muchos objetivos distintos, pero la respuesta tiene bastante que ver con un concepto erróneo de tradición, con un cierto tipo de mentalidad desarrollada a lo largo del tiempo y vertido en usos y prácticas específicos del área de la enseñanza literaria.

Desde mi punto de vista -absolutamente personal, por cierto- no solo es posible sino absolutamente necesario que la idea de que es posible la innovación en el campo de la enseñanza de la Literatura se vaya abriendo camino por el bien de las Humanidades mismas. Esto no es fácil y, como dijimos al inicio, se observa cierta resistencia y problemas que podremos analizar después. En alguna que otra ocasión he calificado esta actitud resistente como "suicida", y así sigo pensándolo.

Como en tantos otros casos se ha señalado ya, el principio de esta renovación pedagógica se sitúa en el cambio de eje de la enseñanza al aprendizaje, en el paso del énfasis en la línea vertical de transmisión del profesor al alumno a los procesos horizontales. Para empezar, hay que romper con ese respeto reverencial que sacraliza el texto y convertirlo en la materia central de la actividad educativa. De la misma forma que nunca se entiende mejor una obra teatral que cuando se pone en escena, es posible hacer algo similar con los textos literarios, ponerlos en escena..El texto no debe ser un elemento distante, sino un objeto próximo.

La enseñanza tradicional fija el texto, lo inmoviliza y lo sitúa en una corriente a la que se deben sumar los receptores de la formación. En realidad, no se forma en los textos, sino en su tradición y eso es la antítesis de la idea moderna de aprendizaje. La mayor parte de los manuales y libros de texto no nos llevan hacia las obras, sino que, en muchos casos, nos evitan tener que acercarnos a ellas. Precisamente lo que necesitamos es justo lo contrario: un movimiento sobre los textos, un desplazamiento por su interior, de la misma forma que podemos aprender mucho recorriendo una reconstrucción virtual de una catedral medieval o del Coliseo romano. Creo que la aplicación de las Tecnologías de la Información puede ser un revulsivo en este terreno, ya que permiten aplicar enfoques nuevos a un material inamovible: el texto.

Debemos pasar de un concepto de Literatura como adición de conocimientos estáticos a una idea de la Literatura como experiencia, es decir, como un espacio de experimentación dinámico. Para que esto suceda debemos cambiar nuestra mentalidad pedagógica y, volvemos al principio, pensar la Literatura desde el punto de vista de los que reciben la enseñanza. ¿Para qué les sirve la Literatura? ¿Qué justifica su inclusión en un programa educativo hoy en día? Si el aprendizaje de la Literatura se centra exclusivamente en poseer unos determinados conocimientos históricos sobre autores y textos y en la lectura de un número reducido de obras anualmente, respuesta que desgraciadamente es la que se da en la mayoría de los casos, no necesitamos ningún tipo de innovación tecnológica. Nos basta con lo que tenemos. Por el contrario si concebimos la Literatura como una actividad, sí podemos proceder a buscar nuevos caminos y las Nuevas Tecnologías pueden ayudarnos.

La Literatura, en su sentido más amplio, es el arte de la escritura expresiva, o si se prefiere de la expresión a través de la palabra escrita. Nuestro sistema educativo ha abandonado desde hace mucho tiempo la escritura como eje del aprendizaje. Curiosamente, hemos convertido a nuestros alumnos en seres pasivos, en receptores, y no en productores. "Expresar, para el sujeto hablante," -decía M. Merleau-Ponty- "es tomar conciencia; no expresa solamente para los demás; expresa para saber él mismo lo que se propone." Esta actividad expresiva ha sido el centro de otros modelos educativos foráneos. En estos se considera que la capacidad de expresarse, de saber construir argumentaciones sobre las ideas propias es un elemento angular de toda la educación, es decir, que a través del contacto con los textos, se puede obtener una enseñanza no solo teórica sino práctica que sea beneficiosa para el resto de las materias que conforman la educación y, sobre todo, beneficiosa para el propio alumno receptor. En su desarrollo moderno, las Humanidades dejaron abandonadas por el camino las artes retóricas, que eran artes comunicativas, que se ocupan precisamente de estas cosas, en beneficio de unas concepciones esteticistas y aislacionistas del texto literario que lo separaban de cualquier sentido pragmático. Nuestra fragmentación racionalizadora y el aislamiento de las áreas de conocimiento separan lo que debe estar unido en la mente del que lo recibe. Los estudios realizados periódicamente detectan en nuestros alumnos las carencias expresivas y comprensivas de los textos: vocabulario reducido, falta de articulación del pensamiento, estructuras sintácticas simples y repetitivas... son algunas de las lagunas que se detectan periódicamente. Es decir, falla la capacidad de expresión, entendiendo ésta como algo no desvinculado del pensamiento y la comprensión. No vamos a buscar culpables, que hay hipótesis para todos los gustos, pero tratemos de centrar la Literatura en su vinculación directa con la escritura como un intento de resolver estas carencias.

Quizá un cambio de estado, el paso de lo sólido a lo energético, en los textos que manejamos pueda servirnos para hacer cosas nuevas con ellos y esas nuevas prácticas, posibilitadas por la tecnología y sus herramientas, permitan un mejor y más completo desarrollo de las personas, objetivo último de cualquier educador o sistema educativo que considere a las personas como tales y no como piezas de una maquinaria superior.

 

3.- La escritura electrónica y el texto virtual.

Cuando un texto se digitaliza sufre un cambio de estado y pasa a poseer una serie de características especiales. En la medida en que lo que tenemos es su presencia virtual se pueden realizar sobre él una serie de operaciones que en su representación material o analógica no eran posibles o lo eran de otra manera.

La principal característica es su maleabilidad. El texto pasa a ser algo totalmente manipulable, plástico, gracias a su virtualidad, a su falta de consistencia. Además, adquiere algo sobre lo que no se reflexiona bastante: la posibilidad de acoger múltiples dimensiones. Como objetos, los textos están limitados a sus dimensiones espaciales. Como textos electrónicos, su propio carácter virtual, no material, amplia las líneas que pueden recorrerlo, atravesarlo, descomponerlo... sin que por ello se vea alterada su sustancia y unidad textual.

Igualmente desarrolla una asociatividad explícita. Las modernas teorías literarias hablan de las constantes llamadas que un texto realiza a sus lectores, es lo que se ha denominado el empleo de la enciclopedia, es decir, la necesidad que el lector tiene de incorporar sus conocimientos para la comprensión del texto. Leer comprensivamente implica poseer un nivel de competencia determinado, una serie de conocimientos que han de ser puestos en marcha, activados para poder comprender el texto. Un texto contiene implícitamente muchos más conocimientos que aquellos que los signos reflejan; cada palabra, cada frase están cargadas de significaciones que no son solo las del diccionario, sino las de la enciclopedia que el autor y su época poseen en el momento de la escritura. Leer supone acercarse a esa enciclopedia que fija los sentidos tras unos vertiginosos movimientos mentales en los que, en su caso, se establecen los vínculos o interconexiones entre texto y enciclopedia. El texto digital puede acoger, como decimos, varias dimensiones o capas en las que en cualquier momento se puede abrir la puerta que da paso a lo que estaba implícito para hacerlo manifiesto en su superficie. Lo explícito da paso a lo implícito, lo manifiesto a lo latente. Que el texto pueda acoger su enciclopedia, que pueda hacer explícitos los conocimientos supone, desde la didáctica, una gran ventaja.

Esta conectividad es posible gracias a ese carácter asociativo del texto electrónico. El sueño de Vannevar Bush, el Memex, la máquina capaz de manejar los conocimientos almacenados se ha hecho realidad con la aparición del Hipertexto. El Hipertexto es una estructuración del conocimiento a través de enlaces que tejen trayectorias múltiples, posibles vías de recorrido. Es una de las herramientas más sencillas, pero a la vez más poderosas, que las Nuevas Tecnologías han posibilitado. Permiten, como decíamos, hacer manifiestos los vínculos que están en la base de todo texto y, por extensión, de todo el sistema cultural en el que se inscriben.

El Hipertexto acoge la complejidad. El poder pensar y, lo más importante, representar que los textos no son unidades cerradas, sino que forman parte de estructuras complejas interrelacionadas es ya de por sí un avance pedagógico importante. La simplicidad, el esquematismo, merman la riqueza textual; hemos estado trabajando, en gran medida, con una tendencia reductora que ha descarnado nuestro material textual reduciéndolo en muchas ocasiones a un pobre esqueleto. Lo condensado de nuestros programas, la abundancia de asignaturas, la reducción del número de horas, etc. nos han condenado a la superficialidad y al esquematismo, por lo que el efecto sobre la enseñanza ha sido claro: la preeminencia de los manuales condensados en nuestra enseñanza. Ni una palabra más de las mínimamente necesarias. Resúmenes, cuadros, esquemas, diagramas son los modelos imperantes en nuestra enseñanza y sus efectos empobrecedores son conocidos por todos. El Hipertexto permite recuperar gran parte de esa complejidad inherente a las obras que manejamos. Lo que estamos trazando son mapas mentales que acogen, en cada caso, los niveles requeridos de complejidad.

Desde el punto de vista didáctico, podemos utilizar hipertextos elaborados con este fin, pero lo auténticamente formativo es su práctica, su realización en el ámbito de las actividades docentes. Hemos definido anteriormente el espacio virtual como un lugar para la experiencia, como un lugar en el que construir. Por encima de su valor informativo, el valor formativo reside en ser una herramienta a través de la cual se aprende la construcción del conocimiento, en definitiva, la constitución del tejido fino de la Cultura. Cuando se dice que el Hipertexto está más cerca del funcionamiento real de la psique, se está haciendo referencia al concepto de Red, a la constante interconexión de los datos que poseemos almacenados. A través de estas redes somos capaces de comprender y también de generar nuevos conocimientos.

Aunque el Hipertexto es una construcción que puede ser desarrollada en cualquier área específica estableciendo estructuras de conocimientos, en el caso de la enseñanza de la Literatura tiene sus peculiaridades específicas que se derivan de las propias del texto literario que: a) genera universos de ficción; y b) representan la vida, es decir, albergan aspectos de la totalidad de la enciclopedia, requieren que se pongan en marcha conocimientos de todos los campos: la Historia, la Geografía, la Sociología, la Psicología, la Física, la Química, la Literatura misma... Abro al azar el libro más próximo sobre mi mesa -El peso de la noche, de Jorge Edwards- para comprobarlo, y en el primer párrafo que encuentro se habla de "armonía preestablecida", del "equilibrio del universo", de "péndulos", de “leyes de compensaciones"... La enciclopedia se tiene que poner en marcha.

Gracias a esta nueva forma hipertextual de estructurar la información se pueden hacer explícitas esas conexiones que existen durante la lectura y a través de ella. Aprender Literatura es aprender a leer comprendiendo estas conexiones que el texto establece y demanda. Es decir, la lectura es una forma de re-escritura, una recomposición textual en la que primero tenemos que encontrar las piezas identificándolas, clasificándolas en interpretándolas en su nuevo contexto. En este sentido, el Hipertexto es en sí mismo un instrumento pedagógico en el que su sencillez funcional contrasta con la complejidad estructural que puede llegar a reflejar, que no sería otra que la del texto mismo devuelto a su plenitud semiótica.

De la misma manera que escribir un texto supone convertir en palabras el mundo representado, convertirlo en hipertexto supone realizar un movimiento intelectual de reconstrucción y, a la vez, crítico. Construir un hipertexto a partir de un texto existente es realizar una escritura inversa. Descubrir su entramado es una de las mejores formas de acercarse a la escritura literaria. Comprender que los textos son maquinarias compuestas de palabras que trabajan de una determinada manera es importante. Nos permite conectar con las modernas teorías textuales de una forma práctica. Los textos pueden ser comprendidos y tratados como terrenos compuestos por capas en cada una de las cuales se acumulan restos culturales. El análisis de la escritura tiene mucho de búsqueda arqueológica y gran parte del trabajo posible tiene que ver con la identificación de esos restos que nos vamos encontrando y sacando a la luz.

Situar el Hipertexto en el centro de la práctica educativa literaria me parece de gran valor. Supone, inicialmente, trabajar de otra manera. Se ha señalado reiteradamente el carácter aglutinador que este tipo de práctica de escritura posee. Los hipertextos, en este sentido, son fórmulas ideales para los trabajos con grupos y permiten la implicación efectiva de los participantes en el proyecto conjunto. Los tipos de prácticas que permiten son variados y dependen de la imaginación del docente en el diseño de las actividades y de los propios participantes con sus aportaciones.

Además tienen un importante valor añadido: reducen la distancia entre la enseñanza teórica y la enseñanza práctica al permitir incorporar todos los conocimientos en un mismo espacio estructural. Este tipo de fracturas, a las que estamos habituados en la enseñanza, son peligrosas por la descontextualización del conocimiento que producen. La construcción del hipertexto precisamente supone buscar la pertinencia, la vinculación, de tal forma que todo quede integrado en la estructura.

Si lográramos que este tipo de prácticas fueran realizadas, probablemente se modificarían positivamente los resultados de nuestra enseñanza. No solo se comprenderían mejor los textos, sino el comportamiento textual, con lo cual la enseñanza se habría convertido en aprendizaje, es decir, habríamos dado a nuestros alumnos la capacidad de desarrollar con una mayor eficacia sus capacidades textuales. Habríamos pasado de la lectura superficial de los textos literarios y el almacenamiento de una información complementaria paralela, que es la situación actual, a un trabajo con los textos y desde los textos.

 

Epílogo (¿esperanzado?).

La Literatura tiene una gran ventaja sobre algunas otras materias: es inagotable. Enseñar Literatura no puede ser la demostración de lo contrario. El objetivo de la enseñanza no puede ser poner límites para hacerla más manejable, reduciendo su alcance. Los objetivos que se fijan son absolutamente contrarios al que debería ser el único de cualquier disciplina humanística: la comprensión del mundo y, a través de esto, la comprensión de nosotros mismos. Tecnificando nuestra experiencia lectora a través de los formalismos o reduciéndola a eso que denominamos “cultura general”, olvidamos que la función de la Literatura es el aprendizaje de la vida y nuestra maduración como sujetos. Esto solo se produce a través de la comprensión efectiva y no del reduccionismo informativo y repetitivo de los textos al que hemos llegado.

Nuestro afán en que se lea mucho nos hace leer mal, convirtiendo la lectura en un proceso contrario al que debería ser. Cada texto es un mundo; un mundo que hay explorar, lleno de recovecos, de zonas de luz y de zonas de sombra; un espacio en el que muchas veces la brújula no funciona y hay que arriesgarse para encontrar las salidas. Al convertirla en materia evaluable, nos obligamos a reducirla a contenidos “objetivos” que sean susceptibles de evaluación, desechando lo que precisamente se busca con la lectura: el ejercicio de la subjetividad. Nuestros sistemas educativos abominan de la singularidad. Pero toda nuestra experiencia de lo relacionado con el Arte solo tiene valor en la medida en que se apoya en nuestra propia experimentación. Por decirlo con claridad: para la mayoría de nuestros alumnos las obras literarias son “importantes” simplemente porque están en los programas de las asignaturas. Si se les pide que expliquen por qué, nos recitarán el listado de méritos que nosotros mismos les hemos señalado. Creo que como docentes, hemos tenido esta experiencia o sensación casi todos.

Creo que se debería leer menos y mejor, que no hay que inflar los programas con textos que se leerán necesariamente mal. Tenemos que volver a aprender a perder un día con un verso y una semana con un poema. Si así lo hacemos, habremos ganado el objetivo principal: habremos formado gente capaz de disfrutar con la lectura, gente que sea capaz de leer el resto de su vida y no por aburrimiento, sino porque encuentre en la Literatura (en la buena, ya que aprenderá a distinguir críticamente) la materia que le haga madurar como persona en la dirección en que su propia vida le lleve.

El hipertexto no es una panacea; es un instrumento útil en la medida en que permite la explicitación de los mecanismos internos de los textos y la incorporación activa. Si se entiende como una reescritura, como una práctica a la vez genealógica y productiva, servirá desde el punto de vista de la formación. Si, por el contrario, se aplica desde los criterios vigentes, meramente informativos, su efecto será el mismo que tenemos y no merecerá la pena. Como toda herramienta puede ser utilizada de muchas formas y para muchos fines. En cualquier caso, sería bueno que experimentáramos. Ni el victimismo ni la complacencia son buenas actitudes.

 

© Joaquín Mª Aguirre 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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