Cantando en la luz: la poesía de Fernando Delgado

 

Juan María Calles
Biblioteca Valenciana
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Poesía es biografía, el poeta y el autor

Los tiempos y la crítica parecen sugerir que es necesaria una revisión de los presupuestos tradicionales del lenguaje poético a principios del siglo veintiuno. Esa discusión y esa polémica viene avivando los foros de la poesía española durante las dos últimas décadas, aunque quizás los frutos creativos no se correspondan con la fogosidad verbal de las diatribas. También, al parecer, Harold Bloom decía que la crítica “es el arte de conocer los caminos escondidos que van de poema a poema” (Manifiesto a favor de la crítica antitética). En estas líneas pretendemos trazar una sencilla senda que nos ayude a leer los poemas de Fernando Delgado desde el diálogo de su obra con la poesía y el arte de nuestro tiempo.

La poesía contemporánea se configura como un mundo complejo y a veces desbocado en el que se suceden las tentativas creativas y editoriales, y en el que no siempre el autor se encuentra con el lector. Parece que existía una disyuntiva insoslayable en la poesía española del siglo veinte: por un lado, aquella poesía que ha efectuado el pacto con la realidad; por otro, la poesía que se materializaba a través de un lenguaje cuasi místico e inmaterial. Tal vez somos inevitablemente modernos y contemporáneos, y tal vez sea imposible escapar a este debate tantas veces estéril en el que las ideas poéticas se confunden con las posiciones de poder en la institución literaria (Calles 1994b y 2000).

La modernidad de la poesía de Fernando Delgado, pasa, desde luego por el acercamiento del lenguaje al lector para que se produzca esa magia del deslumbramiento, que no es anterior a la realidad ni al poema, sino que es el poema y que sólo existe en la lectura.

La aparente sencillez de la poesía de Fernando Delgado es un camino de ida para el lector; es, desde la atalaya de estos tiempos, el signo de accesibilidad que el autor respetuoso traza cortésmente hacia el probable lector. Y, desde la autenticidad testimonial, los poemas se revelan como retazos de una apasionada biografía que va encontrando su forma y su clave entre los versos. Como nos enseñó “otro Fernando”, Fernando Pessoa, “el poeta es un fingidor”. Entender la naturaleza ficticia del discurso poético, con la misma naturaleza ontológica, aunque partiendo desde las diferencias que los géneros históricos nos aportan, parece un elemento característico de nuestra actual concepción literaria (Calles 1998b y 2000a).

Por cronología, Fernando Delgado pertenece a la poesía de los años setenta, aunque sus versos no responden a la estética dominante en aquellos momentos, la estética “novísima”. Como otro poeta canario, Lázaro Santana, entronca más bien con el grupo generacional anterior, y desarrolla una obra independiente y ajena a las modas y modismos culturales, con marcados tonos narrativos cuyos versos evocan una sentida meditación de la experiencia personal. En realidad, y por aproximación a estos dos artistas canarios, las obras de Lázaro Santana y Manolo Millares responden a un mismo intento: la recuperación de la normalidad cultural en la posguerra dentro de la llamada “segunda vanguardia”.

En la poesía de Delgado el modelo realista sigue siendo el molde dominante. De hecho, entronca con Lázaro Santana en poemas como “Sin amor y sin nadie”; o con la obra pictórica de Manolo Millares desde poemas emblemáticos como “Clamor de la arpillera”, que bien podría relacionarse con cuadros muy conocidos de Santana, sea “Colgado en Madrid” por su rica ambigüedad interpretativa desde dos artistas isleños afincados fuera del espacio natal.

Existe también un entronque, más reciente, con la actual poesía valenciana, legible desde las dedicatorias a Francisco Brines y Vicente Gallego. Presumible también en la presencia no nombrada de Carlos Marzal. Además, esta nutrida presencia de autores, muchos de ellos amigos, de lecturas y presencias literarias y artísticas, demuestran que la poesía en el caso de Fernando Delgado no es fruto de una casualidad ni un capricho, sino que certifican la existencia de un trabajo serio, de que existe eso que algunos críticos llaman el “taller” del poeta.

Luis Antonio de Villena ( en el “Prólogo: Búsqueda, pasión e incertidumbre”) señala como características esenciales de su poesía el vitalismo, que surge de la meditación de la experiencia personal, no de un optimismo vacuo; el equilibrio entre el tono irracionalista y la búsqueda metafísica:

“El claroscuro que Rembrandt heredó (a su modo) de Caravaggio, suele ser el tinte de la poesía de Fernando Delgado. Una poesía de voz abundante, de querencia buscadora, indagadora, y siempre contraponiendo (como pesquisa) la luz y la sombra, como raramente lo son en nuestras vidas.” (“Prólogo”, p. 10)

Entre las cualidades generales, cabría destacar su sensibilidad estética, su especial sentido del ritmo, y una especial unidad de sentimiento entre lo leído, lo contemplado y lo vivido que dota al poema de una singular textura artística. Siempre la sensibilidad va ligada al sentimiento, pero no reñida con la inteligencia; como nos enseña Agnes Heller, sentir es estar implicado en algo. En la poesía de Fernando Delgado, el poema es un proceso que se recrea con cada acto de lectura (diverso, múltiple, multiforme); de modo que cada poema es una poderosa re-creación donde hay una poderosa unidad del mundo representado.

Es, desde la voz poética, una poesía que se adentra en la modernidad de la experiencia y de la expresión de los conflictos de la poesía postcontemporánea, mediante una curiosa escisión entre el yo escénico que visita el poema y el otro yo extrañado que asume la voz, que se pregunta y reflexiona. Es una obra de honda tensión dramática, entre un antes rememorado y un ahora expresado, entre la realidad y el deseo (Cernuda dixit), entre la vigilia y el sueño, porque esa escisión y esa dualidad vienen configurándose como alguna de las claves de nuestra cultura.

 

Presencias de ceniza

La selección poética de toda su obra anterior, Presencias de ceniza, no es una colección miscelánea de poemas (ése es el peligro de toda antología), sino un complejo libro de poemas que se organiza como una densa polifonía a tres voces. Es, en toda regla, una relectura y una reordenación global de toda su producción poética que nos suministra una clave de lectura. Existe un elaborado orden, pero no viene dado por la cronología biográfica o la fecha de edición de poemarios y poemas anteriores. Se trata, he aquí la novedad, de una organización y disposición de carácter temático, con tres constantes y tres variantes expresivas. Como el mismo autor nos da cuenta en la “Explicación del autor” de su selección poética:

“He agrupado aquí una parte de mis poemas, en tres grupos de aproximación temática, con la intención de ofrecer una posible manera de lectura, distinta a la que los libros originales ofrecen por sí solos. He querido que sea lo más unitaria posible dentro de la evolución de mi obra, sin atender al orden cronológico de su escritura ni al de su publicación, como suele hacerse en las antologías. Supongo que es una selección y ordenación tan lícita como cualquier otra y con la misma suerte de provecho para el lector.” (op. cit., p. 7)

En realidad, lo que nos ofrece el libro son distintas propuestas de lectura que surgen de tres mundos temáticos íntima y profundamente relacionados: la madre, el amor y el arte (preferentemente, la plástica pictórica).

Hay, en primer lugar, una poesía donde domina el componente espacial. Se centra en el tema mítico, pero desde un tratamiento contemporáneo. Son los poemas que giran en torno al mitema del origen y del espacio natal. Este espacio se concreta particularmente en los dos últimos poemas de la serie “Origen”: “Clamor de la arpillera” y “Drago”. En ellos aparece el yo de la “intrahistoria” en forma reflexiva abundando en el espacio mítico y familiar, incluso asumiendo una plástica textura arbórea:

“La antigua voz de barro así recobra
universal acento.
El humillado recupera la voz intemporal del arrogante
conquistador de espacios que ahora mira,
sin inmutarse, el cuadro.

Como una historia ajena en la que el héroe hubiera de ser otro.

Cínico y descansado, contemplas tu victoria.”
(Clamor de la arpillera. Meditación ante un cuadro de Manolo Millares, p. 28)

 

“Por eso te saludo como parte de ti,
sustancia que te enciende
desde mi apagada condición de muerto,
al tiempo que me elevo
contigo en mis cenizas
y comparto contigo
la vida vegetal que nos alumbra, drago.” (Drago, p. 30)

En el segundo bloque “II. Museo personal” el autor se centra en el espacio vital del arte como elemento de reflexión. A la memoria nos vienen poemarios como “A la pintura” de Rafael Alberti. Entre los versos encontramos algunos auténticos poetas/pintores como el Turner de “Visión bíblica” organizado en torno a una marina del pintor. El elemento argumental se centra en meditaciones sobre determinados espacios artísticos que duplican especularmente la superficie del poema: un cuadro, un fresco, un retablo, etc. donde una y otra vez asoma el arte como reflejo y como construcción artificiosa de la realidad. Como nos recuerda la cita de Rilke “Todo ángel es terrible” y el poema “Ángel espantado / Paisaje de Cristino de Vera” nos parece uno de los más destacados del conjunto:

“Pero otra rosa hay: y es polen que dibuja
todo el silencio intenso que se aviva
con la ayuda del aire;
florecilla que al lienzo
conduce su rosa incomprendido,
amarillo que llega silbando con el viento,
borrado de las dunas donde el sol se apagara,
y buscando una estrella se acaba en la retina
de un ángel espantado.” (“Ángel espantado”, p. 42-3)

Y de nuevo el tema de las luces y los espejos concretado en los dos poemas finales: “Noche de noviembre en Amsterdam/ Evocación de Rembrandt” y “Tríptico de las sombras / Homenaje a Francis Bacon”. Este maridaje de poesía y pintura es ya una constante en la mejor poesía del siglo XX, desde los poetas del Modernismo, pasando por los del grupo del 27 hasta la poesía de postguerra, y Fernando Delgado profundiza en ese hermanamiento espacial, pero también filosófico en el que el poema (figurativo) y la figura (textualizada) se unen en poemas de alto vuelo.

La poesía de Fernando Delgado alcanza regularmente hacia el final de los poemas ese vívido crepitar de la llama antes de ser ceniza, presencia del ser y del canto temporal que viene siendo la poesía en la Modernidad. Pero es una poesía que no pierde de vista la diferencia entre el fuego (la vida) y la ceniza (el arte). Como nos enseñó Oscar Wilde:

“Ya hice mi elección, ya viví mis poemas
y ahora que la juventud se diluye en días vanos,
prefiero la diadema de mirtos de los amantes
a la corona de laureles del poeta.” (“Flor de amor”)

Encontramos, desde luego, en la poesía de Fernando Delgado, poeta-ciudadano, a la “musa vestida con vaqueros”, como dejó dicho Luis García Montero, y el sujeto poético que recorre las páginas de Presencias de Ceniza no tiene apariencia de héroe ni de santo, sino más bien de un ciudadano perplejo que asume dignamente la complejidad del mundo y la menesterosidad de la condición humana. Ésta no es poesía a la moda, que se traiciona a sí misma a la vuelta del verso. Son poemas que, en su conjunto, nos invitan al viaje y al trayecto sin retorno que cada uno de ellos traza con su vuelo, desde la sombra a la luz, desde el fuego a la ceniza. Como nos enseñaba Juan Carlos Suñén: “Sobra decir que la oscuridad no es lo contrario de la claridad, sino su sombra y, a menudo, el único signo visible de su paso por nuestas vidas.”

Ni esteticismo ni diletantismo. El poeta que firma estos poemas sabe que todavía están en pie todas las grandes preguntas y sus posibles respuestas, que somos seres dignos de asumir y de vivir nuestras contradicciones, y que la libertad individual es inseparable de la responsabilidad social. Y el poeta sabe y mantiene que la poesía puede enseñarnos todavía muchas cosas, si sabemos leer entre los signos de las cenizas.

Uno se estremece ante esta poesía matérica y visual, imaginativa y lúcida; una poesía inteligente que se renueva a sí misma en cada lectura, que es una nueva iluminación sobre la condición -feliz y desdichada, emocionada y sarcástica, cínica y solidaria, del hombre contemporáneo.

Valencia, junio de 2002

 

Notas:

[1] Cfr. nuestro concepto de “autor lírico” en Calles, Juan María: “Antonio Machado desde la Modernidad literaria: el “autor literario” en los poemas machadianos.”, LAZARILLO, Ediciones Colegio de España, Salamanca, nº 14, Enero-Junio 1998, pp. 21-30.

[2] Nota biobliográfica. Fernando Delgado nace en la isla de Tenerife en 1947. Se traslada a Madrid en 1971. Es Licenciado en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense. Ha escrito los siguientes libros de poemas: Proceso de adivinaciones (Madrid, Hiperión, 1981); Autobiografía del hijo (1995) Presencias de ceniza (Selección poética), Tenerife, Identidad, 2001.
Es autor del libro de artículos y ensayos Cambio de tiempo (1994); y ha publicado las novelas Tachero (1973), Exterminio en Lastenia (1980), Ciertas Personas (1989), Háblame de ti (1993), La mirada del otro (1995), No estabas en el cielo (1996) y Escrito por Luzbel (1998). Ha recibido los premios “Benito Pérez Armas 1973”, “Pérez Galdós 1979”, “Europa (Salerno, Italia, 1986), “Planeta 1995” y el Ondas Nacional de Televisión de ese mismo año. En la actualidad dirige y presenta el programa “A vivir que son dos días” en la Cadena SER los fines de semana.

[3] García Montero, L. “Una musa vestida con vaqueros”, en Ínsula, nº 565, Enero 1994, pp.24-25.

[4] Suñén, J.C. “Lo difícil y el bien”, Ínsula, nº 565, Enero 1994, pp. 33-34.

 

BIBLIOGRAFIA

Calles, J. Mª. (1991a) “Una nueva sentimentalidad en la poesía española contemporánea” en España Contemporánea (Revista de Literatura), Universidad de Ohio, Columbia, U.S.A., tomo IV, nº 1, , pp. 85-96.

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——— (1991c) “En torno a la literatura y los actos de lenguaje (Hacia un enfoque pragmático en la teoría de la modalización lírica) en Ribalta (Cuadernos de Aplicacion Didactica E Investigación), nº 4.

——— (1994a) “Acerca de la ruptura generacional en la poesía española contemporánea”, en Ribalta (Cuadernos De Aplicacion Didactica E Investigacion), nº 7, 1994.

——— (1994b) “La poesía española en 1992”, en diablotexto, Revista de crítica literaria, Departamento de Filologia, Universidad de Valencia, 1994.

——— (1998a) “Antonio Machado desde la Modernidad literaria: el “autor literario” en los poemas machadianos.”, Revista LAZARILLO, editada por Ediciones Colegio de España, Salamanca, nº 14, Enero-Junio 1998, pp. 21-30.

——— (1998b) “El pacto lírico”, en Moenia, Revista lucense de lingüística y literatura, Univesidad de Santiago de Compostela, vol. 4, 1998, pp. 113-124.

——— (2000a) “Estrategias comunicativas en el discurso poético: el ‘pacto literario’”, en José de Bustos Tovar et alteri (ed.), Lengua, Discurso, Texto (I Simposio Internacional de Análisis del Discurso), Madrid, Visor Libros, 1331-1446.

——— (2000b) “La renovación del paradigma de la teoría literaria: algunas notas sobre pragmática, semiótica y comunicación literaria”, en Mosaico, Nº 3, Revista de difusión cultural para la promoción y el apoyo de la enseñanza del español, Bruselas, pp. 23-27.

García de la Concha, V. (1987) La poesía española de 1935 a 1975, Madrid, Cátedra, 2 vol.

Gombrich, Ernst H., Historia del arte, Madrid, Alianza, 1979.

López-Casanova, A. (1994) El texto poético. Teoría y metodología, Ediciones Colegio de España, Salamanca.

 

© Juan María Calles 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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