Un testigo del siglo veinte: entrevista con Mario Monteforte

Edward Waters Hood
Northern Arizona University


Mario Monteforte Toledo (n. Guatemala 1911) se describe como “un testigo del siglo veinte”. A lo largo de su vida se ha desempeñado -tanto en el exilio como en su país- como novelista, dramaturgo, sociólogo y político. Aunque vivió 35 años exiliado de su país, con largas estancias en Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Ecuador y México, tuvo mucha participación en la vida política de Guatemala entre 1946 y 1951. Fue durante mucho tiempo académico de la UNAM, donde su trabajo le ameritó el Aguila Azteca, el máximo reconocimiento del gobierno mexicano a los extranjeros que han enriquecido la cultura nacional.

En cuanto a su quehacer literario, ha sido llamado el segundo novelista más importante de Guatemala después del premio Nobel Miguel Ángel Asturias. Entre sus obras narrativas se incluyen novelas -Anaité (1948), Entre la piedra y la cruz (1948), Donde acaban los caminos (1952), Una manera de morir (1958), Llegaron del mar (1966), Los desencontrados (1976)- cuentos -La cueva sin quietud (1950), Cuentos de derrota y esperanza (1962), Casi todos los cuentos (Antología, 1982), Pascualito (cuento para niños 1991), La isla de las navajas (1992), Cuentos de la Biblia (2000)- y teatro -Los gringos (1976), El santo de fuego (1976), La noche de los cascabeles (1987). Seymour Menton dedica un capítulo de su estudio Historia crítica de la novela guatemalteca (2ª ed., 1985) a la novelística de Monteforte. En el capítulo “Mario Monteforte Toledo y el arte de narrar”, Menton dice que cuatro novelas de Monteforte, Anaité, Entre la piedra y la cruz, Donde acaban los caminos y Una manera de morir, “marcan cuatro fases básicas en el desarrollo de la novela hispanoamericana: el criollismo; el nacionalismo; el estudio psicológico revestido de experimentación estilística; y el estudio de tendencias universales” (273).

Monteforte también se ha destacado como ensayista y autor de unos 18 tratados de sociología, incluyendo Los principales: Guatemala-Monografía sociológica (1959-1965), Centroamérica, subdesarrollo y dependencia (1983), Literatura, ideología y lenguaje (1983), Mirada sobre Latinoamérica (1975), Las piedras vivas (1965), Los signos del hombre (1984), Las formas y los días - El barroco en Guatemala (1989) y Palabras del retorno (1992).

En esta entrevista, realizada en marzo de 2001 durante el IX Congreso Internacional de Literatura Centroamericana, en Belize City, el autor habla de su vida y presenta su perspectiva sobre el arte y los cambios socio-políticos y económicos que han vivido los países de Latinoamérica desde la segunda mitad del siglo XX. Monteforte es fuerte y optimista. Sigue fomentando la cultura en su país, y su último libro, Cuentos de la Biblia (2000), ya en su segunda reimpresión, ha sido un éxito editorial.


 

Ed Hood: ¿De dónde saca usted fuerzas para escribir y promover cultura y hacer equitación a la española a su edad?

Mario Monteforte: Un poco de mi cuerpo de asceta pecador, otro de mi voraz curiosidad de descifrar los enigmas de lo desconocido y otro de esa especie de mesianismo que tenemos muchos intelectuales de mi época para considerarnos obligados a emancipar y mejorar a la gente -en especial a la de nuestro país. Esto no se puede sentir en Europa, donde todo ya está hecho.

¿En cuánto a las letras?

El culto mayor de mi vida es la búsqueda de la libertad y el sentido de la realidad y lo de adentro del ser humano; esa lucha no es un deporte sino una necesidad intelectual y física constante y creciente. Escribir es la actividad más frustrante, menos reconocida y más absorbente que se pueda elegir. Yo escribo porque es lo único que sé medio hacer y segundo porque soy testigo o protagonista de muchas de las cosas ocurridas en siglo veinte y creo que deben conocerse mejor. No pretendo ni transmitir experiencias útiles porque los consejos no se siguen y todos andamos cometiendo los mismos errores de nuestros antepasados.

Usted conoce a casi todo el mundo y ha vivido más de la mitad de su vida en el extranjero. ¿Cuál siente que sea su patria?

Dolorosa pregunta. Soy de Guatemala; allí están todos mis muertos y la mayor parte de mi vida y mi trabajo político y la gente que amo; también está allí mucho de lo que más detesto -tal vez porque lo tengo tan cerca. Pero no me siento sólo de allí; también soy latinoamericano, debo la mayor parte de mi formación al Mediterráneo y a México y no puedo comprender al Hombre sino dentro de una solidaridad universal. Creer que lo bueno está en la patria y lo mal afuera es una estupidez; los seres dignos y respetables e inteligentes y los malos y nocivos y pendejos están en todas partes.

¿Es por eso que ha viajado tanto?

Sí, pero no para huir; y porque las dictaduras me han exiliado treinta y ocho años de Guatemala.

¿Qué es lo peor del exilio?

El retorno, y encontrar que las mujeres que uno ama son abuelas o ya aman a otro.

¿Cómo sintetizaría usted su ideología, sobre la cual como elemento socio- histórico ha escrito tanto?

Creo en la democracia participativa, no en la equivalente a elecciones sino en la participación del pueblo en el sistema de poder; la violencia sólo es legítima cuando se opone a la violencia. Respeto todo lo sagrado y quizá haya algo religioso en lo que escribo; pero no tengo ni profeso religión alguna. Creo que la conducta humana debe regirse no por el temor de ir al infierno sino por el honor, la práctica y la defensa de la verdad, la solidaridad humana y el respeto a quienes respetan a los respetables. Estoy contra todas las ortodoxias, los gobiernos anti-populares, los imperialismos y los sistemas o prácticas entre cuyos valores no figura el respeto a la libertad, la creatividad y la dignidad del ser humano. Estoy más cerca del socialismo que de ninguna rama de la izquierda, cuya unidad me parece la única esperanza de transformar estructuralmente las sociedades por media de una fuerza real.

¿Qué piensa de la relación entre el arte y la literatura, por un lado, y la política por otro?

Los autores deben solidarizarse con todos los pueblos que luchan por su libertad, pero no convertir su obra en panfleto. Pienso que eso del “arte por el arte” sólo ha servido para respaldar a las ideologías de extrema derecha.

En resumen: mi ideología es compleja, como el mundo en que vivimos. Mis ideas políticas están más cerca del socialismo que de ninguna otra rama de la izquierda.

¿Cómo le ha dado tiempo de escribir su literatura independiente y al mismo tiempo dedicarse a la política de su país?

Eso es cuestión de orden, rigor y cuidado en el uso del tiempo. Y desde luego, de pasión por el oficio.

Nadie podría decir que en ninguna época de su vasta creación haya sido surrealista. Pero usted mismo ha dicho que su reciente obra Cuentos de la Biblia utiliza el rico surrealismo de la Biblia.

El surrealismo no es sólo francés o europeo; en Latinoamérica lo tenemos desde las culturas precolombinas y especialmente entre los mayas. Eso de “realismo mágico” que aplica Carpentier para clasificar la reciente narrativa latinoamericana no es sino otro nombre del surrealismo. La imaginación, el toque poético y los acontecimientos surrealistas pertenecen a la gran literatura que también forma parte de ese libro religioso, honra de la humanidad.

¿No se prestan esos cuentos a que se piensa que ofende a tres religiones?

No hay nada que no se preste a que se le vea el lado malo. Si uno escribiera pensando en el qué dirán cambiaría su oficio. La Biblia es uno de los mayores monumentos de la creación humana; ninguno de los libros sagrados se le compara desde el punto de vista literario. Aparte de lo religioso contiene filosofía de inmensa profundidad como el Eclesiastés, historia, anécdotas con sentido del humor, crítica social y sobre todo poesía; nadie ha escrito cantos de amor más eróticos y maravillosos que el Cantar de los Cantares. Tenía razón Erasmo: a la fe debe llegarse sólo por la inteligencia, no por la idiotez. Los temas bíblicos más inspiradores para un escritor laico son los surrealistas: un pueblo tan inteligente como el judío hace una torre para llegar al cielo; Noé construye un barco de 50 brazas para salvar del diluvio a todos los animales del mundo -incluyendo a los mastodontes y los dinosaurios sobrevivientes-; con su garganta del tamaño de un tubo de agua, una ballena se traga a Jonás y lo vomita en alguna playa, por curiosa una mujer se transforma en estatua de piedra; Moisés parte el mar con una vara mágica, Salomón tenía trescientas esposas y setecientas concubinas... No faltará quién vea en mis cuentos un homenaje a esta prodigiosa imaginación.

¿Cree usted que la globalización puede afectar o desnaturalizar la literatura y el arte?

El arte y la literatura siempre han estado afectados por lo social, lo técnico y lo económico de su lugar y de su tiempo. Es difícil que a la larga, y si logra implantarse, la globalización no afecte el mercado para esa producción, de la misma manera que el mercado la afecta ahora; muchos creadores, más de los que uno quisiera, realizan sus obras pensando en la venta y en gustos de compradores y lectores.

¿Puede defenderse la literatura?

No. A eso se debe la monstruosa cantidad de libros que se editan; tengo la impresión de que en ese ramo el negocio hoy es tener las prensas ocupadas todo el tiempo. El costo de producción de los libros se defiende con los best sellers; hay toda una técnica para producirlos. El costo de esta situación para la literatura es la mediocridad y el rebajamiento de la calidad.

¿Cómo ve Guatemala ahora?

Como veo al mundo entero. Pero en fin... Mal: por una parte, entre lo peor y por otra dominada por un evidente progreso comercial y una abundante riqueza entre los sectores dominantes. Pero los niveles de pobreza y de atraso social son inmensamente mayoritarios, muy poco mejores que los de Haití. Este abismo ya genera en el campo una agitación que puede estallar pronto si se siguen postergando las soluciones. Pero no hay fuerzas para sacar a las derechas del poder por la vía pacífica; ahí permanecerán todavía unos quince años.

¿Cómo andan la ciencia, las artes y las letras en Guatemala?

Todavía resentidas por la desinformación y la horrenda dictadura que duró 36 años. Nada serio se hace para formar los técnicos que necesita el desarrollo capitalista; ni las universidades ni los bancos hacen investigación. Se ha perdido hasta extremos alarmantes el hábito de la lectura. Aunque en pequeñas ediciones, se publican muchos libros. Proliferan el cuento y la poesía; poca novela buena. Media docena de jóvenes escritores de promesa. Teatro astracán erótico político. Desde hace cinco años hay dos gruesos premios de cuento y novela. Sin la menor duda, la vida de la cultura superior en el país es intensa, y se debe casi exclusivamente a la iniciativa privada y directa de los creadores.

Voy a hacerle la obligada pregunta tonta: ¿Qué recomendaciones les haría a los jóvenes escritores?

Humildad: todo lo grande que ya está hecho en letras es muy superior a lo que hoy hacemos (comprensión de que ya no hay “vanguardia” posible); profundo estudio del pasado de donde vienen; interminables horas de lectura y práctica; conjugación de la lealtad nacional y la solidaridad con el mundo, el sentido del individuo y el de los que merecen y necesitan su adhesión; activa politización, conciencia de que la originalidad es meta flaca y equivocada (todos, absolutamente todos, venimos de otros); y por último, paciencia, paciencia y máximo esfuerzo para comprender que se están formando y que no urge publicar: entre los libros que se editan en la tierna juventud hay muchos que luego avergüenzan al verdadero escritor. Por último, les recomiendo que no me hagan caso; cada quien sabe cómo mata sus pulgas y a quién le echa la culpa de sus fracasos.

 

© Edward Waters Hood 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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