La mujer en los textos de Rosa Chacel (1898-1994)


Cora Requena H.
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Las opiniones de Rosa Chacel sobre el tema de la mujer, vertidas tanto en sus textos de ficción como en sus conferencias, artículos y entrevistas, han causado, por lo general, una desconfianza desmedida en los críticos de su obra: si bien por un lado la autora insiste en la urgencia de insertar a la mujer en el mundo cultural y político en el que vive, por otro, sus personajes novelescos critican la pasividad y el escaso interés intelectual que se esconde tras el concepto de lo “femenino”. Ambas ideas, sin embargo, no son contradictorias, menos aun excluyentes, sino que, como se verá en este artículo, forman parte de una misma concepción del problema, ya que mientras la segunda hace alusión al análisis de la autora sobre la situación cultural en que se halla la mujer a principio del siglo XX, la primera es su propuesta concreta para superar dicho estado.

Aunque Rosa Chacel fue la única mujer en el grupo de novelistas que integraron la Generación de 1925 (también llamada Generación de 1927), convivió con algunas mujeres que, al igual que ella, formaron parte del ambiente cultural español del primer tercio del siglo XX, concretamente aquellas que pertenecieron al Grupo poético del 27 y las que desarrollaron su obra en torno a él, Concha Méndez, María Teresa León, Ernestina de Champourcin, María Zambrano o Maruja Mallo, entre otras. Como ellas Chacel frecuentó aquellos lugares que fueron epicentro de nuevas ideas, de polémicas y debates en pleno florecimiento de las vanguardias españolas, como el Ateneo de Madrid y la Residencia de Estudiantes; participó en las tertulias artísticas y literarias del café La Granja de Henar y el café Pombo, y publicó en revistas como La Esfera, Revista de Occidente, La Gaceta Literaria, Caballo verde para la poesía, y más adelante, en El mono azul y en Hora de España (con manifiestos y proclamas antifascistas). En este ambiente cultural y político Chacel comienza a desarrollar su idea de la mujer, vertiendo muchas veces opiniones que, debido a su característica intransigencia, provocaron el rechazo inmediato en algunos círculos intelectuales, como fue el caso de su célebre descalificación del Movimiento Feminista. Lo cierto es que al revisar sus planteamientos parece claro que Chacel luchó siempre por hacer participar a la mujer del pensamiento filosófico, científico, político y artístico de su época y que algunas de sus opiniones son difícilmente entendibles fuera de su contexto histórico. Constancia de ello ha quedado en sus novelas Estación. Ida y vuelta(1930), Teresa (1941), Memorias de Leticia Valle (1954), La sinrazón (1960), Barrio de Maravillas (1976), Acrópolis (1984) y Ciencias Naturales (1988); en sus diarios: Alcancía. Ida (1982) y Alcancía. Vuelta (1982); en su autobiografía Desde el amanecer (1972); en sus cuentos; en sus libros teóricos Saturnal (1972) y La confesión (1971); y en algunos de sus artículos y conferencias, como Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor, La mujer en galeras, etc. Y es que, como ocurre frecuentemente con Chacel, para entender sus ideas y encontrar la clave de su poética es imprescindible echar un vistazo no sólo a sus novelas sino también a lo que la autora escribió en sus textos teóricos y en sus comentarios, no siempre literarios, pues la obra chacelina, en esencia autobiográfica, posee una unidad asombrosa lograda, en gran medida, por el continuo intercambio de información entre los textos, ficcionales o no, que la autora publicó de manera alterna durante su vida.

Así pues, en las novelas de Chacel pueden encontrarse fácilmente dos visiones contradictorias sobre la mujer. La primera de ellas es la que se representa por medio de lo que los personajes entienden por feminidad, cuyos rasgos principales son, en estricto orden de aparición, la “pasividad”, la “entrega exclusiva a las labores domésticas” (principalmente al tejido), el “escaso ejercicio intelectual”, el “chismorreo” y la “envidia”. Aparecen en estas novelas numerosos personajes que reproducen esa imagen de mujer, personajes generalmente secundarios con los que las protagonistas deben convivir y que sirven de espejo a una sociedad tradicional y retrasada. Estas mujeres poseen todo lo que las protagonistas chacelianas rechazan: las “pequeñeces mujeriles” como la confidencia (“el componente más genuino de la vida femenina”), la falta de inteligencia y la inactividad intelectual. Por eso, por ejemplo, en Memorias de Leticia Valle a la pequeña Leticia le aterroriza abandonar sus lecturas y sus estudios pues ve en su falta de cultivo el embrutecimiento de su género. Como contrapartida, la actitud masculina de algunas mujeres se identifica continuamente con una mayor capacidad intelectual, así ocurre con las adolescentes de la trilogía La escuela de Platón, Isabel y Elena, que llegan a preguntarse si la inteligencia de una de sus profesoras se debe a su inconfundible aspecto varonil.

La segunda idea de mujer se encarna principalmente en los personajes protagónicos dotados de una inteligencia superior, de habilidad, fortaleza de carácter y conocimiento. Se trata aquí de personajes en eterno conflicto consigo mismas, de mujeres y niñas en busca de su identidad, de mujeres libres, independientes y creativas, y con, al menos, las mismas oportunidades de desarrollarse como sujetos que los personajes masculinos.

Estos dos tipos de mujer tienen un referente real en la autobiografía de Chacel, Desde el amanecer, donde aparecen los mismos planteamientos en voz de la narradora pero percibidos desde el punto de vista de la pequeña Rosa, una niña de gran vivacidad y cultura, que se siente y se sabe inteligente, creativa y lo suficientemente fuerte como para guiar su vida. Así, Rosa niña es exactamente lo que no logra ser ni su madre, demasiado débil para decidir su vida, ni sus tías, envidiosas ante el más mínimo triunfo de cualquier mujer de la familia. Se establece, por tanto, nuevamente el paralelismo entre la mujer tonta y la inteligente, pero esta vez con la aparición de un elemento nuevo, la belleza de la madre, ya que la belleza es un bien que la niña no posee y, sin embargo, anhela con todas sus fuerzas; es también, al mismo tiempo, lo que salva y pierde a su madre, pues si bien la belleza la rescata de la mediocridad del medio en que vive para convertirla en una artista en potencia, delicada y frágil, también es la razón del desprecio que la niña siente por ella, ya sea por envidia, ya porque es el refugio en donde reside la fragilidad llorosa de su madre. La belleza, o la falta de ella, es así un elemento importante en la formación de esta conciencia infantil, pues al sentirse Rosa privada de ella opta por desarrollar la inteligencia. Este problema, en principio anecdótico, aparece, sin embargo, en gran parte de los libros de la autora; es, por ejemplo, uno de los temas recurrentes en sus diarios, y es lo que provoca que Chacel se refugie siempre, de manera conciente, en su capacidad intelectual. Es significativo, en este contexto, que todas las protagonistas de las novelas chacelianas sean además de inteligentes, bellas, pues, al parecer, ambas cualidades no se contraponen, como podría parecer a simple vista, sencillamente porque la belleza física no forma parte de lo que la autora entiende como negativo en la mujer, es decir que no es parte de lo femenino, sino sólo una carencia dolorosa que la novelista intentó subsanar por medio de sus personajes. Se debe tomar en cuenta, sin embargo, que en la concepción chaceliana del mundo la belleza no sólo atañe al aspecto físico del ser humano sino que abarca cada una de las facetas que lo componen, llegando incluso a trascender lo propiamente humano. En este sentido, la belleza física no es una cualidad importante en la configuración de los personajes o al menos no lo es tanto como la belleza que emana del interior de ellos, de sus principios, de sus emociones e incluso de la forma en que perciben el mundo: percepción ligada en todo momento al concepto de lo apolíneo.

Lo mismo ocurre con el eros, en tanto potencia creadora, cuya presencia se extiende a todos los ámbitos de lo humano: cultural, artístico, sexual, etc. En las novelas de Rosa Chacel el erotismo, en el sentido más próximo a lo sexual, se halla indudablemente marginado en cada una de las historias, al menos en lo que concierne a las relaciones heterosexuales, pues los momentos de mayor tensión erótica se desarrollan normalmente entre mujeres como, por ejemplo, cuando Teresa (Teresa) y Elfriede (La sinrazón) son observadas desnudas por otras mujeres o cuando Teresa sueña con desnudar y acariciar el cuerpo de su protectora. Tal vez la única excepción a estas conductas homoeróticas sea la relación, física y mental, que mantiene Leticia con su profesor, Daniel, pues aunque la niña nunca llega a confesar en su relato que existió el contacto físico entre ambos sí existen algunas escenas colmadas de erotismo desperdigadas a lo largo de toda la novela. Esta relación, sin embargo, no involucra sólo a Leticia y a Daniel sino también a su esposa Luisa, tercera integrante de este triángulo amoroso de asombrosa intensidad erótica, y son precisamente los celos de Daniel por la ambigua relación de “sus dos mujeres” lo que desencadena el drama.

En el año 1921 Rosa Chacel escribe su primer artículo sobre la mujer, tema que no habría de abandonar hasta la década de los ’90 en la que muere. En sus sucesivos artículos la escritora intentó formalizar estas ideas que se desprenden de sus novelas modelándolas de acuerdo a su experiencia vital. En ellos buscó las causas de la situación de la mujer en el siglo XX y formuló su aporte a lo que entendía como la misión, o más bien la tarea, que la mujer debía realizar, polemizando muchas veces con las ideas en boga y algunas otras, no pocas, contradiciéndose, aceptando nuevas perspectivas y profundizando en sus puntos de vista.

Para Chacel la diferenciación entre hombres y mujeres, como se desprende de sus novelas, no se basa en la existencia de un espíritu distinto para ambos sexos, lo que equivaldría a aceptar que la existencia de la mujer tiene bases distintas a las del hombre; por el contrario, mujeres y hombres comparten la misma constitución espiritual que hace de cada ser humano un ser único e irrepetible, independientemente del sexo con el que se identifica. Aceptar la diferenciación espiritual significaría, en cambio, admitir que la mujer posee una espiritualidad inferior, pues sugeriría que las mujeres no han experimentado históricamente los mismos procesos espirituales que los hombres.

«[...] hasta ahora toda aportación cultural ha sido realizada por algún individuo con aquella su individualidad, enteramente irrealizable para el resto de los hombres, de modo que puede decirse que la razón de ser de cada uno es realizarse, logrando simplemente con esto algo que hasta tanto nadie había realizado; en materia de espíritu no podemos admitir, en verdad, más que la individualidad irreductible de cada ser.»1

Este razonamiento sobre la diferenciación del espíritu, peligroso por la ingenuidad que lo encubre, oculta un deseo implícito de expulsar a la mujer de la cultura, en la medida en que se pretende hacerla poseedora de una espiritualidad femenina incapaz de integrarse en un contexto cultural determinado. Por el contrario, según Chacel, la mujer no sólo participa de este universo espiritual común de la cultura, sino que ha ratificado su adhesión a él justamente porque ha sido capaz de rebelarse contra él en el momento histórico en que la rebeldía era una de las tendencias culturales de mayor actualidad. Así:

«[...] la única diferencia posible entre el hombre y la mujer, será una diferencia de grado en la evolución de esa espiritualidad que poseen, idéntica en índole y esencia, porque no es verosímil que las dos mitades de la especie humana se encuentran en diferentes estadios de su evolución vital.»2

En cualquier caso el convencimiento de Chacel de que la mujer debe apropiarse del patrimonio cultural de la humanidad, no significa que ésta deba renunciar a producir cultura desde su ser mujer específico, desde sus propias “intensidades y cualidades”, a lo más deja traslucir la fe ciega que tuvo en los cambios que experimentaba la sociedad a la que perteneció y, sobre todo, la fe en que ellos traerían por fin la liberación y la integración de la mujer en la sociedad del pensamiento; algo parecido a lo que ocurrió con Simone de Beauvoir en relación al existencialismo y, sobre todo, al socialismo, con la diferencia de que Beauvoir finalmente se adhirió al Movimiento para la Liberarión de la Mujer, mientras que Chacel nunca aceptó el feminismo por confiar en que las revoluciones de los hombres incluirían finalmente también a la mujer.

Los personajes protagónicos de las novelas de Chacel dan cuenta de esta indiferenciación esencial de los sexos, pues ya sea que se trate de mujeres, e incluso niñas, o de hombres, todos ellos se caracterizan por ser personajes complejos, incompletos, personajes que, en suma, se hallan envueltos en la búsqueda permanente de aquello que les define como individuos. Por esto no importa muchas veces que posean un nombre propio, como es el caso del protagonista de Estación. Ida y vuelta, como tampoco tiene importancia que el lector identifique, en las novelas que cuentan con más de un narrador, al personaje que habla, si es mujer o si es hombre, si es joven o si es vieja, pues todos comparten, por un lado, el rasgo de lo fragmentario y, por otro, el ser distintos momentos de la conciencia de su autora. Esto porque, como afirmó Chacel, ella es cada uno de sus protagonistas, no importa de quién se trate.

El problema de fondo no radica, en consecuencia, en el hecho de que la mujer no se sienta, o no forme parte de la cultura en la que se halla inserta, sino en que su participación en ella ha sido históricamente pasiva. Las razones de esta inactividad son de origen biológico ya que la mujer ha sido, por necesidades de la sociedad, secularmente relegada al terreno de lo doméstico; mientras, por un lado, ha sido la responsable de la reproducción, por otro, su constitución física la ha obligado a desempeñar el trabajo doméstico. En esta asignación de actividades, según Chacel, la mujer ha participado en conformidad con el hombre pues de ello dependió en algún momento el progreso de la sociedad; pero su conformidad con la organización social y cultural, que a la larga le ocasionó una serie de trabas, no se debe, como piensa Simone de Beauvoir, a la comodidad la docilidad o la cobardía, sino que dicha conformidad representa, para Chacel, su aportación a la cultura. No se desprende de todo esto, sin embargo, la negación del sometimiento histórico de la mujer, a quien Chacel llegó a calificar de “la esclava”, sino que se trata de una explicación, como cualquier otra, del origen de la asignación de roles que a la larga ocasionó la desvalorización de la mujer; así entendido, mujeres y hombres deben compartir la culpabilidad de haber transformado lo que en principio fue una simple organización en beneficio de la especie, en una cultura donde la mujer ha sido relegada, pospuesta en favor del hombre.

«La mujer nunca hizo otra cosa que desempeñar el papel que en razón de verdad le correspondía. Y con esto no quiero decir que resignadamente supiese juzgar su escaso merecimiento. No, sino que teniendo la intuición exacta de todos los porqués ideales de su época, y quedando cifrada en éstos tal o cual norma de actuación para ella, la admitía sin rebelarse, porque el progreso cultural había llegado en dicho momento a tal punto de desenvolvimiento.

Con esto parece que acepto como bueno el plan de cultivo que ha venido siguiendo la mujer. Nada de eso, creo con todos sus defensores que el espíritu de la mujer ha sido cohibido por el peso de prejuicios religiososociales que la han abismado en sus innatas trabas fisiológicas; pero difiero de todos ellos, en creer que la causa de esto estribe en el egoísmo del varón ni en que haya pugna de interés ni predominio de fuerzas. En este asunto, como en otros muchos, no hay más causa ni más enemiga que la pequeñez y obtusidad humanas, patrimonio equitativamente repartido entre los dos sexos.»3

Ahora bien, las mismas razones que impiden a la mujer participar en la sociedad como productora de cultura, son las que permiten al hombre hacerlo. La división de tareas que ha asignado al hombre el ámbito de lo público y a la mujer el de lo privado es la que ha impedido el desarrollo intelectual de esta última al negarle la oportunidad de meditar en soledad y libertad, ya que cuando una mujer ha querido entrar en el espacio de la producción de pensamiento siempre ha tenido que hacerlo desde, parafraseando un texto de Virginia Woolf, refugiándose en “su cuarto propio”, entendido aquí negativamente, como un lugar que no por ser más productivo es menos privado que el doméstico. En este sentido pareciera que Chacel se interesa principalmente por el aspecto moral que entraña el sometimiento de la mujer, pues por lo general, salvo quizá en algunos artículos más tardíos, se mostró impasible, o distante, ante las propuestas más reivindicativas de los movimientos de mujeres, tal vez porque nunca experimentó la marginación y, por tanto, no la comprendió.

«El detrimento que la mujer pueda haber sufrido a causa de la opresión que forzosamente tuvo que soportar durante siglos es sólo de orden moral, por lo tanto difícilmente comprobable. Ni siquiera los casos patentes de carga material desmedida, partos numerosos, esclavitud al trabajo casero y demás horrores, ni siquiera esos casos dan como resultado la depauperación de la mujer. [...] Hoy día las leyes se modifican porque lo forzoso ahora es modificarlas: el engranaje no funcionaría si una rueda quedase atascada, y la autonomía económica más la general y obligatoria higiene darán a la mujer todas las posibilidades de emancipación concebibles.»4

El daño al que aquí alude Chacel tiene su origen en una reglamentación moral de la sociedad que afecta a ambos sexos y cuyos objetivos son, principalmente, conservar la especie, la familia, y conducir a las generaciones venideras por el mismo camino; reglamentación que con el tiempo derivó en la posterior falta de libertad de la mujer y en su abdicación ante el hombre. Por esta razón, antes de sufrir su falta de libertad para, por ejemplo, elegir una profesión o una situación social determinada, la mujer sintió a lo largo de la historia de la humanidad la falta de libertad para algo tan básico como es elegir marido (o para no hacerlo), a la vez que el matrimonio significaba el único resguardo de su vulnerabilidad ante el hecho de engendrar un hijo contra su voluntad o, peor aún, la única garantía para no ser violada. La mujer aceptó el trato, pero guardó para sí su más dramática libertad: la posibilidad de mentir en lo que atañe al sexo, es decir, ocultar su deseo en un cuerpo donde los genitales no se hallan expuestos, fingir deseo ante el otro y conocer sólo ella la procedencia del hijo.

«[...] el hombre quiso saber que sus hijos eran suyos y ¿qué medio emplear para saberlo?... Para saberlo ninguno, pero para prevenirlo, para tener cierta probabilidad de estar seguro... solamente amedrentar a la mujer con todo género de cadenas. Empezando por el palo y llegando a la moral y a la religión -sin que esto excluyese el palo, en todos los casos.»5

Es precisamente esta única libertad, permitida por no poder prohibirse fácilmente, la que establece el concepto del honor en la mujer en estrecha relación con su conducta sexual.

«Si, como es sabido, las leyes que esclavizaron a la mujer durante siglos fueron escritas, y cumplidas, no es dudoso que los hombres que las escribieron -pues esto sí es cierto, la escribieron los hombres- contaban a todas horas con la existencia de unos seres humanos que no eran hombres y que tenían con ellos ¡tales, tan enormes, tan fundamentales e inesquivables, deseables y temibles relaciones!... que tenían que aguzar cláusulas en las leyes para no dejar que ellas anduviesen sueltas, para que no fuesen jamás ignoradas en sus posibles desmanes... Los desmanes es lo que se suele legislar.»6

Aquí se halla la razón de que Chacel negara frecuentemente, al menos en sus primeros artículos, la marginación de la mujer, pues esto significaría su exclusión de las leyes morales, es decir, su exclusión del clan en lo social, en lo religioso o en lo racial, lo cual, según su razonamiento, no ocurrió nunca, pues de lo contrario sería un contrasentido. En vez de ello, la mujer fue esclavizada, privada en gran medida de la cultura, porque sólo el acceso a ella podría haber hecho de la mujer un ser libre. Por eso, según la autora, la mayor libertad que ha podido alcanzar la mujer en el siglo XX es el reconocimiento del derecho a su realización sexual.

De la misma manera en que no se puede fundar la esencialidad de la mujer en la diferencia espiritual de los sexos, tampoco puede hacerse, como de hecho ha ocurrido, basándose en categorías igualmente esenciales como la contraposición mujer-hombre que se desprende de las conocidas oposiciones binarias a las que se referiría más tarde Hélène Cixoux: concretamente, belleza-inteligencia o eros-logos.

Aun cuando en un primer momento pueda resultar un tanto extemporáneo pensar en la belleza como una característica exclusiva de la mujer, no es difícil encontrar hoy en día actitudes, ideas o teorías que dejan traslucir la creencia más o menos encubierta en este tópico. Chacel, pese a su absoluta lealtad a lo bello, creyó que tras ese argumento se escondía una de las mayores y más peligrosas ofensas que se han podido hacer a la mujer, pues no sólo contrapone la belleza a la inteligencia sino que recluye a la mujer en la belleza síquica lo cual significa reducirla al mundo de la infancia y de la inocencia, entendido, a priori, como un lugar exento de problemas, cuestionamientos, tormentos o fantasmas; implica además que la mujer no es un ser consciente, y que por tanto, no se basta a sí misma para enfrentarse al mundo real puesto que vive sumergida en las fantasías de su psique.

«No creo posible excluir a la mujer de esa esfera abismática del espíritu en que residen el suicidio o la depravación de cualquier género. Atendiendo, por descontado, a éstos no como vicisitudes psíquicas, sino a su causa y esencia, a su posibilidad de ser y acontecer, que radica en su origen en la “primera reversión de la vida sobre sí misma” en tanto que causa de las represiones vitales.»7

Este tipo de percepciones ideales, según Chacel, parece olvidar que la «preponderancia de vida psíquica no implica en absoluto belleza psíquica, pues es notorio y proverbial que en el mundo psíquico, rico pero caótico de la mujer, habitan todos los morbos con sus huestes de monstruos y aberraciones.»8 Ahora bien, es necesario tener presente que, como se ha dicho antes, para Chacel el sustantivo “mujer” y su correspondiente genérico“femenino” son ideas que no siempre hacen referencia a una misma realidad, aun cuando en ocasiones ella misma los confunda puesto que la feminidad no es un atributo connatural a todas las mujeres sino sólo a algunas de ellas. Lo femenino encarna, así, características más o menos negativas, según el caso, como la pasividad y la falta de cultivo del intelecto, por no decir en ciertas ocasiones directamente la estupidez; a pesar de ello Chacel insiste en que es igualmente una equivocación calificar lo femenino de esencialmente bello. Una crítica necesaria que debe hacérsele a la escritora, y no sólo a ella, concretamente en este punto, es no haber recuperado para la mujer el desprestigiado adjetivo de “femenino”, habiendo asumido por el contrario toda su carga cultural para hacerle blanco de sus ataques más violentos.

El segundo aspecto es el que relaciona lo femenino con el eros y lo masculino con el logos, entendidos ambos como potencias esenciales en cada uno de los sexos. Por tercera vez, por tanto, se trata de un argumento cuyo principio se fundamenta en la esencialidad, esta vez la de lo masculino y la de lo femenino, ya que presume que éstos son atributos que sólo pueden llegar a realizarse cabalmente en el hombre y en la mujer respectivamente. En este caso, como en los anteriores, Chacel objeta, al igual que Simone de Beauvoir y más tarde Julia Kristeva, cualquier diferenciación sexual que se base en algún tipo de esencialismo radical, pues todas estas creencias no cuentan con un argumento inexpugnable, o al menos comprobable, como sí es el caso de la diferenciación basada en lo netamente fisiológico, con el agravante de que en esta teoría resulta absurdo siquiera pensar que a la mujer le es tan desconocido e inalcanzable el mundo del intelecto (logos), como al hombre le es el del erotismo (eros).

«Sin duda, está demostrado hasta la evidencia que ningún principio cuyo fundamento sea la esencialidad de lo masculino o lo femenino puede realizarse con pureza en el hombre ni en la mujer.» 9

En esta idea de las oposiciones duales o binarias Chacel sigue el razonamiento de Carl G. Jung, quien, luego de asignar dichas potencias esenciales a cada sexo, da por sentado que éstas no se realizan únicamente en el sexo que le corresponde, es decir, mujer-femenino-eros, hombre-masculino-logos, sino que acepta que se encuentran en estado recesivo en su contrario, a lo que denomina “último término”. Esto significa que en el caso de la mujer el último término sería lo masculino y el logos, y en el caso del hombre, lo femenino y el eros; siempre y cuando estos últimos términos se mantengan en estado recesivo, pues, en palabras de Jung, quien «vive lo sexualmente opuesto, vive en su propio último término y pierde lo sustancial y peculiar.»10

Lo significativo de todo esto es que Chacel no se opone a la asignación que hace Jung del logos a lo masculino, y por extensión de la inteligencia, ni tampoco descarta que éste pueda ser un atributo de la mujer, nunca de lo femenino, siempre y cuando se mantenga en ella como una particularidad, no necesariamente recesiva, de la masculinidad. No ocurre lo mismo, sin embargo, con la potencia sexual del eros, pues a diferencia de Jung para Chacel ésta pertenece con toda propiedad a lo masculino en la medida en que es el impulso creador de lo erótico el que ha permitido al hombre escribir literatura, filosofía, etc, en otras palabras, hacer cultura. Aquí radica ciertamente el aspecto más polémico de la visión chaceliana de los sexos, pues al intentar integrar a la mujer al mundo de la producción de cultura, legitima los mismos argumentos que la postergan, transformándola en una simple imitación del hombre. Y es que, como ya se ha dicho, pese a que este artículo fue escrito en 1931, Chacel fue incapaz de rescatar para la mujer las ideas de feminidad y erotismo (negativas únicamente por el uso cultural interesado que se ha hecho de ellas), tal como sí lo hizo más adelante, por ejemplo, Luce Irigaray, que en su interpretación de lo corporal y lo táctil, reivindicó la relación erótica de la mujer con su propio cuerpo; tampoco entendió Chacel que la verdadera liberación de la mujer incluía crear el mundo con los atributos que le son al menos tan connaturales como al hombre. Resulta, en consecuencia, contradictorio, una vez más, que en las novelas de Chacel sean sólo las mujeres las que posean fuerza erótica, e incluso homoerótica, aunque estas mismas mujeres son las que poseen a su vez inteligencia y, por tanto, las han abandonado el mundo de lo femenino para adentrarse en el mundo masculino de la creación, aun cuando esto no se plantee de forma tan explícita en sus novelas.

«Cuando en la mujer la feminidad es disminuida por derivación de la energía hacia el intelecto, la verdadera causa es que aquella feminidad se era a sí misma insuficiente y necesitaba el refuerzo de energías intelectuales -recursos inteligentes-, esto es, el adiestramiento de las facultades conscientes para lograr una apariencia de vitalidad en su parte miserable, mediante la simulación o copia de un módulo femenino ya establecido, objetivado. Es inocente suponer que ese encanto del ser femenino es extensivo a todo el sexo, en ese caso dejaría de ser gracia para ser mera aptitud. La lucha verdaderamente vital se libra en la mujer que posee esa gracia, en la que conoce su índole inalienable y no teme perderla, sino que la considera ya, como principio, jerárquicamente perdida.»11

En conexión con la idea anterior, Chacel fundamenta en lo erótico la relación entre los sexos, entendido aquí como consustancial al problema del ser. Puesto que la formalización práctica del amor se basa en la idea de la reproducción y en la de la satisfacción de los instintos primarios, el ser humano acata el pacto del comercio amoroso y su limitación para salvar su individualidad contra la que el eros atenta. Esta represión del movimiento erótico crea, por medio de la idealización y de la restricción, una imagen del amor y de la sexualidad suficientemente apetecible por el hombre, en tanto éste ya no siente amenazada su individualidad por el eros, pues

«Por lo que el hombre no quiere pasar es por el trance de amar a otra individualidad categóricamente idéntica a la suya, por saber a su yo prisionero de otro cuya conciencia idéntica, acaso reconocidamente superior, pueda enjuiciar su sentimiento. Y, en fin, por sentirse vitalmente ligado a otro ser con el que es preciso compartir [...] del universo, precisamente aquella misma parte a que tienden los propios impulsos y apetitos, aquello por lo que el hombre lucha desde su primer momento.»12

Ya que la posibilidad de que exista esta rivalidad entre los sexos es real, hombres y mujeres han acatado históricamente, y de común acuerdo, la repartición de valores y la fijación de actitudes sociales que la conducta heterosexual establece, lo cual en último término posibilita la creación de una heteroespiritualidad que “subsana ese trance difícil y esencialmente dramático, que es el amor del alma individual”. En este sentido, y puesto que el sujeto sólo puede aspirar al conocimiento del otro si logra percibirlo como un alma individual distinta de la propia, Chacel explica el secular rechazo social del amor homosexual, porque implica el incumplimiento de la formalización ideal y restrictiva que salva la individualidad del hombre; de ahí también que el hombre tema el desarrollo espiritual de la mujer, pues acabaría con las formalizaciones ideales que le confieren su individualidad inalienable.

«Trato, en suma, de probar que toda diferenciación genérica de los sexos, todo lo que delimite los reductos psíquicos de uno y otro, siguiendo el módulo de la diferenciación sexual orgánica que determina la función de cada uno, lejos de vitalizar la lucha erótica le proporciona solamente un falso derivativo. El «amor por el alma individual» sólo puede realizarse cuando la individualidad de ese alma se nos revela como secreto absoluto, sin vía de acceso manifiesta. Todo atributo o determinación que haga a ese alma relativa a algo, la desposee de su esencial virtud de ser ella misma. Pues bien, este prurito de hallar el alma individual exenta de toda posible clasificación o jerarquización que no estribe en su singular esencia, es el verdadero móvil íntimo de nuestra época, como jamás lo fue en aquéllas que se diputaron de individualistas.»13

Finalmente, como se desprende de todo lo anterior, Chacel asigna a la mujer la tarea de producir cultura, es decir, de crear. Ahora bien, la contribución de la mujer a la cultura y al conocimiento no se restringe a la producción de literatura sino que involucra, principalmente, la creación de una visión del mundo expuesta a través de la ciencia, la filosofía y la religión, en la que puedan observarse y, sobre todo, con la que puedan involucrarse íntimamente todos los seres humanos. En este sentido, como se ha dicho, Chacel no sólo no diferencia esencialmente a la mujer del hombre, sino que rechaza esta idea precisamente porque, de existir tal división, la mujer no podría intervenir el mundo del hombre, como de hecho ha sucedido históricamente, de la misma manera que no podría ocurrir a la inversa. No puede haber, por tanto, producción, ni cultural ni literaria, femenina o masculina, sino sólo buena o mala literatura, filosofía o pensamiento, puesto que lo que, en definitiva, marca el contraste entre ambos sexos es una patente diferencia vivencial.

«Porque ¿a qué llamamos tendencia creativa? No, por mi parte, a productos literarios -prosa o verso- que naturalmente traen noticia de lo biográfico, tan importante y tan fatalmente personal, sino a la visión del mundo, a la que no se puede acercar el hombre -ni la mujer- sin adhesión; a la ciencia, a la filosofía, a la religión que está en la base de las dos, y cuyos avatares son unánimes... Toda diversificación entre los productos-¿mentales, intelectuales, creacionales?- de los dos sexos relega a la mujer a una zona paupérrima... ¿Por qué?, dirán... Porque el hombre sólo puede enriquecerse paulatinamente si lleva consigo su milenario capital. Así, pues, la mujer, si no endosa la misma carga, tiene que empezar ahora..., tiene que estructurarse sobre una experiencia de... ¿despego, desamor, rebeldía?... En una palabra, de resentimiento.»14

En 1929 Virginia Woolf escribía que las autobiografías habían pasado de moda en la literatura producida por mujeres, puesto que éstas ya no necesitaban expresar su rabia, su amargura ni su protesta al escribir. En 1930, sin embargo, Rosa Chacel emprendía su extensa obra, autobiográfica y universal, demostrando que la escritura íntima y biográfica, pese a la opinión de Julia Kristeva, puede alcanzar categoría de auténtica expresión artística.

 

NOTAS

[1] CHACEL, Rosa, [1931], “Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor”, en Obra Completa, 1993, 453.

[2] Op. Cit, 451.

[3] Op. Cit, 456.

[4] CHACEL, Rosa, [1956], “Comentario tardío sobre Simone de Beauvoir”, en Obra Completa, 1993, 511-512.

[5] CHACEL, Rosa, [1980], “Comentario a un libro histórico”, en Obra completa, 1993, 539.

[6] Op. Cit, 536-537.

[7] CHACEL, Rosa, [1931], “Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor”, en Obra Completa, 1993, 453.

[8] Op. Cit, 454.

[9] Op. Cit, 458.

[10] Cita tomada de: Op. Cit, 459.

[11] Op. Cit, 461.

[12] Op. Cit, 475.

[13] Op. Cit, 468.

[14] CHACEL, Rosa, [1980], “Comentario a un libro histórico”, en Obra completa, 1993, 546.

 

© Cora Requena H. 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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