Un bosquejo de Nâzim Hikmet
en el centenario de su nacimiento

Jesús Villalta Lora *
jesusvlora@yahoo.com.ar
Departamento de Estudios Árabes e Islámicos
Universidad Complutense de Madrid


 

   
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La obra del poeta turco Nâzim Hikmet ha sido estudiada por miles de críticos literarios, llorada por infinidad de poetas y amantes de la literatura, y censurada también por no pocos intolerantes y envidiosos de su actitud humana o poética (en Hikmet, Vida y Obra son entonces inseparables).

Aunque Nâzim Hikmet, en verdad, nació en Salónica en noviembre de 1901, la fecha de su partida de nacimiento, a saber, el 15 de enero de 1902, es la que preferentemente se ha tenido en cuenta en la determinación de éste. Murió en Moscú en 1963 de un ataque al corazón.

Durante sesenta años, Nâzim Hikmet vivió abismado en una periódica odisea de injustos encarcelamientos, ahogadores de sus proclamaciones comunistas -caracterizadas naturalmente por un deseo de igualdad social. Así, Hikmet compuso gran parte de su obra asediado por la pétrea vigilancia de tiranos muros; en auxilio del derrumbamiento de su inclemencia, retumbaron de esta guisa las protestas de muchos intelectuales y artistas, tales como Picasso, Neruda, Sartre, Aragon...

Mas los instantes que este poeta turco vivió en libertad tradujéronse como meros ecos de su encarcelamiento: perseguido y vigilado constantemente por un Gobierno turco que desprecia el bienestar humano, Nâzim Hikmet vióse obligado a exiliarse a Rusia, Polonia (donde se nacionalizó a principios de los cincuenta alegando la ascendencia polaca de su abuelo) y otros países europeos. En el exilio escribió poesía, teatro, guiones cinematográficos, y sobre todo, luchó por la Justicia, pregonándola por todo el mundo en calidad de administrador del Consejo de la Paz Mundial. En 1950 fue galardonado con el Premio de la Paz que ese Consejo concedía, y aproximadamente una década después, en Cuba, él mismo otorgará semejante premio a Fidel Castro.

La adolescencia de Nâzim Hikmet quizá sea el periodo durante el cual gozara de una libertad desnuda de aparencias represivas. En tanto fue abrazado por su acomodada familia de artistas (su abuelo fue poeta y su madre la reconocida pintora Celile Hanim) y educábase además en el Liceo Francés de Galatasaray, en la Universidad de Moscú (ciudad en la que conoció al poeta Mayakovski, quien le influyó en sus intentos de libre versificación) y en la Escuela Naval de Turquía (de donde echaron un año después de su graduación a causa de sus precoces problemas de salud), no creemos en consecuencia, que -por aquel entonces- hubiera vislumbrado siquiera qué íbale a deparar su destino preñado de reclusiones, exilios y casamientos.

La nostalgia es sin duda uno de los conceptos esenciales de la obra de Nâzim Hikmet; yo diría que el “Concepto” por antonomasia: el exilio y las reumáticas prisiones padecidas le enlodaron en un estado de tristeza que, ocasionó que la remembranza mudárase en la arteria por la que iba a brotar la pasión de su pasado alegre, ilusión de su presente ceniciento.

En efecto, la vida de Nâzim Hikmet fue el débil parpadeo de un sonámbulo encadenado a las tinieblas de la soledad: la soledad que aislábanle unas rejas de orín; esa oscuridad de la lejanía que alquitrana esperanza cualquiera de libertad humana. No obstante, la aptitud de Hikmet para salvar no su vida, la cual desgraciadamente estaba ya subordinada al hado de unos latidos casi mudos, sino la vida del Hombre; esta generosidad por tanto por sacrificar su existencia en beneficio de la Otra -de la Humana-, suspenderá su pesadumbre con unas alas cósmicas que le eternizarán en el Afuera, liberándole de las cadenas de su absurdo en pos de la poetización de la realidad exterior: Será la resurrección del Hombre-Poeta, de la Poesía:

“Sucede
que estamos en la cárcel
sucede
que nos acercamos
a los cincuenta años,
y que faltan dieciocho más
para ver abrirse las puertas de hierro.
Sin embargo, hemos de seguir viviendo con los de fuera
con los hombres, los animales, los conflictos y los vientos,
es decir, con todo el mundo exterior que se halla
tras el muro de nuestros sufrimientos”
                                 (“Acerca del Vivir”)1

A partir de este momento, Nâzim Hikmet será el vaivén de un mundo de luces y sombras, de poesía y rutina -la confrontación del activo y el pasivo-, agonizante entre la seductora pasión y una razón verdugo de su anhelo de utopía:

“Él sigue andando,
cantando
una marcha fúnebre enardecida de luz”
                                 (“El Hombre que Anda”)

Nâzim Hikmet no huirá entonces de la Conciencia como “Hombre que Es”, como “Ser de su irremediable mortalidad”; todo lo contrario. Precisamente, la combatirá con el alfanje de su pluma universal, compasando así la arritmia humana; versándola, ritmándola en definitiva con miles de versos de respeto prójimo:

“Has de tomar en serio el vivir.
Es decir, hasta tal punto y de tal manera
que aun teniendo los brazos atados a la espalda,
y la espalda pegada al paredón,
o bien llevando grandes gafas
y luciendo bata blanca en un laboratorio,
has de saber morir por los hombres”
                                 (“Acerca del Vivir”)

Quisiera acabar este esbozo enfatizando la belleza metafórica del poema titulado “El Sauce Llorón”, donde genialmente, descríbese la asfixia progresiva de la luz, el resuelto amanecer de la noche (la anunciación de la Muerte): esa susodicha lucha de contrarios que atormentó toda la vida a Hikmet.

“Corría el agua
reflejando a los sauces en su espejo.
En el agua los sauces lavaban su cabellera.

Golpeando encendidas espadas desnudas contra los sauces
los caballeros rojos galopaban hacia donde el sol se hunde.

¡De pronto,
como un pájaro
tocado en el ala,
un jinete herido se desplomó de su caballo!

No gritó.
No pidió que tornaran a los que seguían.
¡Solamente, con lo ojos llenos de lágrimas, contempló
las herraduras centelleantes de los caballos que se alejaban!

¡Ay qué triste
qué triste es para él
no poder ya inclinarse sobre el cuello espumoso
de los caballos galopantes,
no blandir ya el sable tras los blancos ejércitos!

El rumor de las herraduras se apaga poco a poco.
Los jinetes se pierden ahí donde el sol se hunde.
Caballeros, caballeros rojos caballeros,
cuyos caballos tienen alas de viento,
caballos con alas de viento
caballos de viento
caballos
caballo
como los caballeros con alas de viento la vida ha pasado!

Enmudeció el agua que corre.
Sombras cayeron sobre las sombras.
Se borraron los colores.
Velos negros descendieron
Sobre sus ojos azules.

¡Se inclinaron los sauces
sobre
sus rubios cabellos!

¡No llores, sauce,
no llores!
No implores ante el espejo del agua negra,
no implores,
no llores!”

“El Sauce Llorón” es un cuadro coloreado por la intensidad de una puesta de sol: el frenético entristecimiento de un paisaje violado de su luz diurna.

El cielo matutino huye despavorido de un aullido abismal que ansía engrasar su virginidad; he aquí entonces el repliegue de una tropa de luces fiel a las órdenes de su general Soleado, galopando sobre caballos de nube de “cuello espumoso y alas de viento”. Porque efectivamente, esta tropa de “Caballeros, caballeros rojos caballeros” es el apéndice luminoso de su Superior, el escudo que recibe las primeras babas de voracidad ensombrecedora del enemigo: La noche.

Mas en qué retreta no es víctima de la ceguedad o, en esta composición, de la muerte alegórica del resplandor, de la vida -“Sombras cayeron sobre las sombras. / Se borraron los colores”-, algún caballero de la zaga, es decir, el postrero aliento de luz del día abatido por la incompasiva noche:

“¡De pronto,
como un pájaro
tocado en el ala,
un jinete herido se desplomó de su caballo!

No gritó.
No pidió que tornaran a los que seguían.
¡Solamente, con los ojos llenos de lágrimas, contempló
las herraduras centelleantes de los caballos que se alejaban!

¡Ay qué triste
qué triste es para él
no poder ya inclinarse sobre el cuello espumoso
de los caballos galopantes,
no blandir ya el sable tras los blancos ejércitos!”

De este modo, somos partícipes de la génesis de la deformación de la armonía -el acorde fragante de la Vida- a causa de la irrupción de lo confuso, de la sombra y el silencio-Noche, esto es, la Muerte:

“El rumor de las herraduras se apaga poco a poco.
Los jinetes se pierden ahí donde el sol se hunde.
Caballeros, caballeros rojos caballeros,
cuyos caballos tienen alas de viento,
caballos con alas de viento
caballos de viento
caballos
caballo
como los caballeros con alas de viento la vida ha pasado!

Enmudeció el agua que corre”

La desilusión al fin ha vencido al postrero rayo de esperanza: aquel caballero de ojos de cielo y cabellos tocados de sol:

“Velos negros descendieron
sobre sus ojos azules

¡Se inclinaron los sauces
sobre
sus rubios cabellos!”

Obsérvese a más de esto la impresionista perspectiva del poema: Tras la lectura de los tres primeros versos, “Corría el agua / reflejando a los sauces en su espejo. / En el agua los sauces lavaban su cabellera”, descúbrese fácil que nuestro miramiento de los sauces nace de su límpido reflejo en el agua, todavía acariciada por una luz que muy pronto dará síntomas de apagamiento. Por consiguiente, Nâzim Hikmet poetiza este ocaso alternando su mirada del agua al cielo y del cielo al agua, aunque en ocasiones es difícil distinguir dónde reposa ésta debido a la ambigüedad de los dos espacios pintados: un espacio celeste y otro acuático, reflejo del primero, que, en cierta forma, origina una realidad bidimensional. No obstante, en los versos últimos del poema, su mirada, como expulsada de su trance poético, tropieza finalmente con la cruda realidad.

Consecuentemente, la visión de los versos “Golpeando encendidas espadas desnudas contra los sauces / los caballeros rojos galopaban hacia donde el sol se hunde”, resulta de su imagen proyectada en el agua: esas “encendidas espadas desnudas contra los sauces” se me antojan reverbero de los punzantes rayos de sol, y, el gerundio “Golpeando” y el imperfecto “galopaban” metáfora del fluir del agua. El hecho de que “Corría el agua”, supone en efecto que el curso sedoso de ésta, en un momento dado, vióse alterado por el viento (el galope de las nubes sobre las que montan los “caballeros rojos caballeros” hácenos creer entonces que fue éste el culpable); por tanto, no es descabellado afirmar que las acciones de “golpear” y “galopar” correspóndense con la superficie golpeada -de tímidas olas- por Eolo y presurosa de ese agua que “Corría”= galopaba.

No está tan claro sin embargo, dónde Hikmet, en los siguientes versos, descansa con precisión su mirada,

“¡De pronto,
como un pájaro
tocado en el ala,
un jinete herido se desplomó de su caballo!

No gritó.
No pidió que tornaran a los que seguían.
¡Solamente, con lo ojos llenos de lágrimas, contempló
las herraduras centelleantes de los caballos que se alejaban!

¡Ay qué triste
qué triste es para él
no poder ya inclinarse sobre el cuello espumoso
de los caballos galopantes,
no blandir ya el sable tras los blancos ejércitos!

El rumor de las herraduras se apaga poco a poco.
Los jinetes se pierden ahí donde el sol se hunde.
Caballeros, caballeros rojos caballeros,
cuyos caballos tienen alas de viento,
caballos con alas de viento
caballos de viento
caballos
caballo
como los caballeros con alas de viento la vida ha pasado!

Por ejemplo, en “¡Solamente, con los ojos llenos de lágrimas contempló / las herraduras centelleantes de los caballos que se alejaban”, podríamos conjeturar que, la contemplación en el agua revuelta de la tristeza del ideado caballero herido, inspiró a Hikmet la metáfora “con los ojos llenos de lágrimas”. Así, tales lágrimas que imaginamos corren ligeras por las mejillas solares del caballero, equivaldrían también al trepidante fluir del agua; y las “herraduras centelleantes de los caballos que se alejaban”, a los miles de reflejos que la luz despide sobre su irrefrenable curso. Por otro lado, y de aquí la dificultad de diferenciar los “adóndes” de la mirada del poeta, “con los ojos llenos de lágrimas”, podría interpretarse igualmente, como apunté más arriba, como las “primeras babas de voracidad ensombrecedora” de la noche-muerte una vez el caballero cae “herido”. En otras palabras, esas lágrimas simbolizarían así las inaugurales gotas del rocío-la infantil saliva de una muerte hambrienta de vida.

La totalidad de estos versos que sobrevienen después de “los caballeros rojos galopaban donde el sol se hunde”, parecen empero una continuación de lo recién acontecido, conque la acción del poema seguiría de este modo transcurriendo “sobre el agua”. Sin embargo, podría ser además la consecuencia de un brusco cambio de mirada hacia el cielo, atenta siempre -con el objetivo de plasmar de inmediato su reflejo en el agua- a las repentinas transformaciones atmosféricas. Por tanto, la ambigüedad de estos versos impídenos aseverar cuándo el poeta mira en concreto arriba y cuándo abajo. Quizá débase todo a una comunión de las dos miradas, resultado de los delirantes cabeceos del poeta ansioso por espiritualizar la vida fugaz -que “Corría”- y finita; o bien, al paréntesis de una introversión motivada por el oscurecimiento inminente de la vida-luz: “como los caballeros con alas de viento la vida ha pasado”.

No obstante, la progresión fatalista del poema no se ha visto en absoluto interrumpida por ese “paréntesis introspectivo”, sino que impertérrita, ha dirigídose hacia la consecución de su plenitud cegadora. En un instante, desvanécense así los pensamientos del poeta, el cual es despertado por los fríos susurros de la Realidad: “Enmudeció el agua que corre. / Sombras cayeron sobre las sombras”. Los espejismos poéticos de Nâzim Hikmet, en conclusión, son tiznados por su embarazosa Realidad, que, con sus tristes perfiles, ha pringado a la fuerza la mirada de nuestro poeta.

Nâzim Hikmet en definitiva, debido a sus sobresalientes inclinaciones humanas y poéticas, bien merece nuestro recuerdo, sobre todo en este año -que ya vence- del centenario de su nacimiento. Espero por consiguiente haber despertado a lo largo de este humilde bosquejo el interés y la memoria de muchos.

 

* Jesús Villalta Lora: Doctorando del Departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Complutense de Madrid. Su tesis consiste en estudiar las “Relaciones entre las poesías árabe y española de la Generación del 27”.

 

BIBLIOGRAFÍA2

http://www.nazimhikmetran.com
http://rehue.csociales.uchile.cl/rehuehome/facultad/publicaciones/autores/na…/nazim0.htm
http://www.franceweb.fr/poesie/hikmet1.htm
http://www.stanford.edu/~percin/Nazim_Hikmet.html
http://www.atamanhotel.com/nazim.html
http://www.atamanhotel.com/nazimhikmet/strangest_creature.txt
http://www.atamanhotel.com/nazimhikmet/plea.txt
http://www.atamanhotel.com/nazimhikmet/angina.txt
http://web.tiscalinet.it/ansal/1943.htm
http://web.tiscalinet.it/ansal/1944.htm
http://web.tiscalinet.it/ansal/1947.htm
http://web.tiscalinet.it/ansal/1949.htm
http://web.tiscalinet.it/ansal/stoccolm.htm
http://www.stanford.edu/~percin/Nazim_Hikmet.html
http://www~personal.engin.umich.edu/~ulsoy/Horseman.html
http://www.yugantar.com/fall98/nazim.html
http://www.armony.com/~thrace/ev/siir/nhikmet.htm
http://cmgm.stanford.edu/~ahmad/hikmet.html
http://www.franceweb.fr/poesie/hikmet3.htm
http://www.ataman.com/nazim.html
http://www.franceweb.fr/poesie/hikmet4.htm

 

NOTAS:

[1] Para un lectura en español de la obra poética de Nâzim Hikmet, véase Salom, Solimán: Antología Nazim Hikmet, Editor Alberto Corazón, Madrid, 1970. Consúltese también,

[2] Existe una gran cantidad de antologías, trabajos científicos, traducciones, artículos literarios... en torno a la persona y obra de Nâzim Hikmet, conque tan sólo he indicado una serie de páginas de web que incluyen información panorámica suficiente como para incentivar la realización de estudios más detallados.

 

© Jesús Villalta Lora 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/hikmet.html