Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Lennard J. Davis

Resistirse a la novela.
Novelas para resistir.
Ideología y ficción

    

El nuevo lector

Resulta bastante significativo que Lennard J. Davis comience el primer capítulo de su obra con la siguiente cita de D. H. Lawrence: “En lo que al novelista respecta, normalmente es un baboso embustero.” El autor, que se describe como “crítico literario de izquierdas” se alinea provocadoramente con los puritanos anti-literatura del siglo XVII, puntualizando que “no estoy defendiendo quemar los libros; estoy defendiendo resistirse a ellos”.

La tesis principal de esta obra es clara y polémica: la novela es un género literario inherentemente ideológico, es decir, la carga ideológica de la novela no sólo se encuentra en su contenido, sino también (y eso es lo que importa en este caso) en su mera forma.

Para fundamentar su tesis, el autor hace previamente una breve reconstrucción de la historia del concepto de ideología (partiendo de Marx y Engels) y hace énfasis en la estructura defensiva de las formaciones ideológicas. Davis (que también ha escrito un estudio sobre el origen de la novela inglesa en el siglo XVIII titulado Factual Fictions), relaciona las condiciones del surgimiento de la sociedad moderna con el papel ideológico defensivo de la novela.

Desde este punto de vista, Davis dedicará un capítulo al análisis de cada una de algunas de las principales convenciones de la estructura de la novela (con ejemplos de obras clásicas de Jane Austen, Daniel Defoe, Henry James, Charles Dickens...): la localización, el personaje, el diálogo y el argumento.

En el caso de la localización, Davis llega a la conclusión de que los escenarios novelescos están relacionados con las explicaciones ideológicas acerca de la posesión de la propiedad. La convención de la localización proporcionó a la sociedad del siglo XVIII un modo de justificar la posesión de determinados tipos de propiedad (colonialistas). Y para apoyar su tesis hace una lectura de Robinson Crusoe con la que pretende mostrar que la ocupación política requiere justificación ideológica.

El personaje es uno de los elementos clave del análisis ideológico de las novelas al poner en juego el concepto de identificación, muy importante para explicar el mecanismo mediante el cual la ideología se incorpora a la personalidad del lector. Davis sostiene que la necesaria simplificación de la personalidad proporciona a los lectores la fe en que la personalidad es comprensible y, además, susceptible de transformación racional. Por eso, la novela promete en la esfera personal la superación de la alienación y la soledad.

Al tratar el elemento de la conversación, Davis hace énfasis en demostrar que el diálogo novelístico es una representación muy distorsionada de la conversación real y que tiene como objetivo ideológico el crear una comunidad de seres escogidos lingüísticamente en la que se puedan integrar los lectores más allá de sus diferencias sociales de clase. Además, la conversación novelística contribuye a dar prioridad al lenguaje sobre la acción, por lo que distrae de adquirir compromisos con las condiciones reales. De nuevo, este elemento resulta ser un mecanismo de defensa contra la alienación y refuerza el individuo contra el grupo.

Por último, al ocuparse del argumento, el autor destaca que está marcado por el proceso de mercantilización de la narrativa. El mercado demanda argumentos originales y entretenidos, que involucren al lector. Además, el argumento tiene la función ideológica de canalizar la idea de cambio lejos de las instituciones sociales, en el ámbito de la transformación personal, psicológica y moral.

En general, la crítica de Davis está encaminada a señalar los límites de la mímesis novelesca (por ejemplo, la imposibilidad de definir realmente un rostro, un paisaje o una acción colectiva) y la orientación ideológica de esta limitación. La ideología de la novela está dirigida a la defensa del sujeto moderno de la nueva sociedad industrial, caracterizado por su marcado individualismo1.

Las objeciones que se pueden plantear a la obra de Davis son numerosas: la arbitrariedad al elegir las convenciones literarias a analizar, lo paradójico que resulta el encontrar numerosas excepciones que pueden aducirse ante las supuestas características “formales” de la novela, etc. Pero deberíamos atender a lo que Davis nos dice en la conclusión del libro: que su obra es sólo un esbozo y que, aunque no puede afirmar haber sido exhaustivo, su intención principal es la de afirmar una orientación general hacia una cierta teoría novelística.

Davis termina preguntándose “¿acaso no ha llegado ya el momento de inaugurar un análisis que nos libre de las barreras de protección entre el texto y sus márgenes?

Para entender mejor las implicaciones de la orientación de Davis, fijémonos a continuación en el nuevo lector que queda propuesto en su investigación.

Si Davis se situaba del lado de los puritanos al comienzo de la obra, su relación con la postura platónica ante la poesía mimética resulta también evidente. Su obra puede leerse como una nueva variación de la formulación de la expulsión de los poetas de la república. Davis insiste una y otra vez en que la mímesis novelística no representa la realidad.

Las novelas son engañosas y cumplen un papel pernicioso en la formación de los individuos y, por tanto, a nivel político: por eso debemos resistirnos a ellas. Dice Davis:

Puede parecer injusto tener que cargar con un lastre tan pesado por la simple diversión de leer una novela, pero hacemos muy poco por nosotros mismos y por el mundo si cerramos los ojos a las complejas implicaciones de los simples placeres.

El placer de la novela ha de supeditarse a esas “complejas implicaciones” de la lectura. La pregunta que Davis se formula al final de su ensayo es la siguiente: ¿puede la novela (a pesar de su orientación ideológica conservadora del statu-quo) utilizarse con fines progresistas? Davis señala una oportunidad para la novela:

La resistencia política comienza con la conciencia. Conociendo la función de nuestros mecanismos de defensa colectivos podemos fortalecernos para levantarlos y erradicarlos. Es más, hay un sentido en el que las teorías de la recepción nos proporcionan esta posibilidad, ya que el texto es solo parte de una transacción y cambiando el lector podemos cambiar el texto. Resistirse a la novela y emplear la novela para resistir puede entenderse como alejarse de cierto tipo de lector implícito para construir otra variedad de lector más informado; alguien que no solo sea competente en cuestiones literarias, sino también en toda una gama de habilidades afectivas, políticas y defensivas. De modo que resistirse a la novela y emplear la novela para resistir puede ser de hecho una forma de reformar también la novela.

El nuevo lector al que apela Davis, ese nuevo lector “más informado”, es el que puede transformar el carácter ideológico de la novela, un lector consciente del pesado lastre que trae consigo el plac1er de la lectura.

Pero hablar de una lectura más informada puede chocar con las reivindicaciones de la autonomía de la literatura. ¿Hasta qué punto una lectura más informada destruye la especificidad de la obra literaria? ¿Y hasta qué punto afecta al placer de la lectura?

Bourdieu, al comienzo de Las reglas del arte 2, dice que “el análisis científico de las condiciones sociales de la producción y de la recepción de la obra de arte, lejos de reducirla o destruirla, intensifica la experiencia literaria”. Esa es su experiencia tras el estudio de la obra de Flaubert. Por otra parte, Edward Said, en la introducción de Cultura e imperialismo3 (obra dedicada a analizar la cooperación entre cultura y política que produce un sistema de dominación en el que está comprometida la imaginación de los dominadores y los dominados) afirma que su análisis de algunas novelas “más que condenar o desdeñar su participación en lo que constituye una incuestionable realidad en sus respectivas sociedades, sugiero que lo que aprendemos acerca de este aspecto hasta ahora real y verdaderamente ignorado enriquece nuestra lectura y comprensión de estas obras”.

La obra de Davis representa una voz más en el debate acerca del enfoque de los estudios literarios, principalmente en el de las diferencias entre los estudios literarios tradicionales y los estudios culturales. ¿Hasta qué punto merma el placer “puramente” literario un análisis que rompa las barreras de protección del texto? ¿Y hasta qué punto afecta a la valoración “estética” de la obra? El enriquecimiento de la lectura del que hablan Bourdieu y Said, ¿no es más bien teórico, en lugar de literario? ¿Pero se pude prescindir a estas alturas de la aportación de la crítica ideológica de la literatura?

Marta Gordo García

 

Notas

1. La crítica norteamericana Nancy Amstrong en su obra Deseo y ficción doméstica defiende que las novelas y manuales de conducta del siglo XVIII crearon al “individuo moderno”, que en primer lugar fue una mujer. Amstrong afirma que el concepto de individuo moderno (cuya identidad y valor se cree que provienen de los sentimientos y las características personales, no del lugar que ocupa en la jerarquía social) se desarrolla y se amplía en las novelas y otras formas de discurso que ensalzan los sentimientos y las virtudes privadas.

2. BOURDIEU, P., Las reglas del arte, “Preámbulo”, Anagrama, Barcelona, 1995

3. SAID, E. W.: Cultura e imperialismo, “Introducción”, pág. 15, Anagrama, Barcelona, 1993


 El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/resistir.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2002