Espéculo

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Mario Vargas Llosa

El lenguaje de la pasión

    

 

Más periodismo de Vargas Llosa

Jaime Muñoz Vargas

La vida periodística de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) ha caminado cerca, codo con codo, de la literaria, su prioridad. Desde 1960, el andino ha hecho crecer ficciones aplaudidas unánimemente por la crítica especializada y por el lector de a pie. Es, con merecimiento y junto a Fuentes y a García Márquez, el autor latinoamericano vivo más exitoso, y desde hace bastante tiempo no es posible pensar en las letras contemporáneas sin pasar revista a sus novelas, esa geografía literaria donde destacan montañas como Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo. Una sola obra de ese calibre, la que sea, serviría para prestigiar de por vida a cualquier otro escritor, pero parece que incurrir en la genialidad se ha convertido en una práctica común de Vargas Llosa, y ya a nadie le asombra.

Entre esos libros hito, pues, el peruano ha incrustado otros de diversa índole, todos ellos periféricos, menores con respecto de los ya mencionados, aunque no desdeñables. Es el caso de los artículos, algunos de ellos verdaderos ensayos, agrupados en los tres volúmenes de Contra viento y marea, o de Desafíos de la libertad, títulos hermanados con El lenguaje de la pasión, la más reciente selección del periodismo escrito por el autor de La ciudad y los perros. El racimo en este caso basa su unidad en la columna “Piedra de toque” publicada en el diario El País, de Madrid, de 1992 a 2000, y a diferencia de los engarzados en Desafíos de la libertad, cuya vértebra es el tema político que sugiere dicho título, los de El lenguaje... transitan por varias rutas y gracias a eso lo convierten en un libro radiografía: en cerca de cuarenta apuntes vemos de cuerpo entero al Vargas Llosa de los innumerables intereses, a ese octópodo de las ideas que sin escatimar cuartillas ase decenas de asuntos y los examina con hondura y buena -demasiado buena para figurar en los periódicos- prosa.

El lenguaje... responde a ese género de títulos que desde hace muchos años, casi desde el surgimiento del periodismo como profesión, los editores arman sin dificultad alguna, y menos en esta época de escritura en Word y de fácil acumulación de documentos virtuales. Estos libros ordenan temática o cronológicamente los artículos que primero se distribuyeron en los kioscos, y convierten al desperdigado y efímero texto periodístico en un objeto menos perecedero. Por supuesto, lo que suele ser exhumado de esta forma es el producto de aquellos escribidores cuya capacidad de convocatoria garantiza un número gordo de lectores. Así podemos recordar varios libros de Gabo (Cuando era feliz e indocumentado, Textos costeños), de Manuel Buendía (La ultraderecha en México), de Elena Poniatowska (Todo México) o de José Joaquín Blanco (Función de medianoche), por no mencionar los incontables más que han sido organizados a partir del periodismo escrito, entre tantos otros, por Julio Scherer, Carlos Monsiváis, Salvador Novo, José Alvarado, Renato Leduc, Germán Dehesa y decenas más. Incluso intelectuales de calibre subido, como Umberto Eco, han condescendido a este tipo de libros (Diario mínimo i y ii), acaso menos impulsados por su propia necesidad que por la voracidad de sus editores. El fenómeno, pues, no es nuevo: del periodismo, piénsese por caso en las novelas de folletón, han surgido incuantificables libros, y aunque es cierto que no son obras que transformaron ni transformarán al mundo, en muchos de ellos late la viveza característica del comentario a vuelapluma, el zarpazo veloz y espontáneo de quienes historian lo inmediato, como lo hace Vargas Llosa en su más reciente pieza bibliográfica.

De Octavio Paz se desprende el título elegido por el peruano para este nuevo panal con artículos de fondo. Parece una buena definición, dada la tendencia al boxeo verbal que define el hacer de Vargas Llosa, escritor que nunca se ha calzado los guantes de la crítica sólo para exhibir un bello esgrima. Más bien, es muy conocida su educada beligerancia, su gusto por el debate, la defensa ardiente de sus viejas y de sus nuevas filias, así como la detestación inclemente, a veces tupidamente encorajinada, de todo aquello que no embona en sus opiniones. Estemos de acuerdo o no con el sudamericano, es incontrovertible su presencia ubicua en occidente como atizador político y cultural, como icono del pensamiento en la cultura de nuestro tiempo.

Un prólogo, una reflexión sobre la columna “Piedra de toque” y 46 artículos componen El lenguaje... En todos brilla la expresión feliz, el inteligente, aunque muchas veces cuestionable, enfoque crítico de este autor que, como pocos, ha logrado vaciar su erudición en recipientes de divulgación periodística. De todo parece saber Vargas Llosa, y, como las moscas, esto dicho sin agraviar, tiene la capacidad de ver periscópicamente a cualquier rumbo y a cualquier época, todo ello enunciado con un español que raya en lo perfecto, como si el idioma ya no tuviera secretos para él.

El terreno donde parece más cuestionable, y precisamente donde siempre ha provocado roncha más ardorosa entre politólogos, economistas y sociólogos de todos los pelajes, quienes lo acusan de apresuramiento y ligereza, es en el de la dualidad política-economía. Sin mirar hacia ningún otro rumbo, Vargas Llosa sólo parece encontrar la felicidad del hombre en el mercado y la sociedad abiertos, y de la socialdemocracia para abajo a todo lo considera peligrosa enfermedad. No faltan aquí, eran de esperarse, puyazos al endemoniado Castro -su enemigo favorito, como lo demuestra en “Italia no es Bolivia”- y a todo lo que se mueva por el rumbo de lo progres, calificado rudamente en sus proclamas como “perfecta idiotez”. Por cierto, nuestro sub Marcos no se salva de aquella tirria.

Fuera del tema político hay un Vargas Llosa igualmente apasionado, rijoso y a veces fulminante. Lucen una esplendidez inmejorable sus comentarios sobre arte, y de verdad merecen elogio textos como “Caca de elefante”, donde cuestiona sin ambages, por falaces, las supersticiones de la pintura y la escultura modernas. Lo mismo puede elogiarse en sus apuntes biográficos sobre artistas como Veermer, Monet, Frida Kalho, Brecht, Octavio Paz y Vidia S. Naipaul, entre otros.

Hay dos textos ineludibles, dignos de antología, por lo implacablemente bien escritos y por lo emotivo de su tratamiento; son “La isla de Mandela” y “Los pies de Fatamauta”. En ambos, la prosa del peruano-español trasciende las márgenes del periodismo y se instala -con el lujo estilístico que es timbre del mayor novelista latinoamericano de toda la historia- casi en la literatura. Luego de recorrer esos dos artículos el lector mira de manera distinta la figura de, en el caso de Mandela, los luchadores sociales que resisten la brutalidad de los déspotas, y, en el de la negra Fatamauta -cuya azarosa e infortunada vida se ha regido por el hambre y la ignorancia-, de aquellos migrantes que lo arriesgan todo para salir del infierno en el que tuvieron la desgracia de nacer y del cual, legítimamente, tiene derecho a huir; para ellos, como bien acota Vargas Llosa, “morir trágicamente es morir de muerte natural”.

Poliédrico, espinoso, divertido y descaradamente bien escrito, El lenguaje de la pasión es un libro que vale la pena despachar. Estemos o no de acuerdo con su autor -probablemente no en muchos casos-, es irregateable su talento como observador de la realidad mundial y su maravillosa capacidad para conciliar, y proseguir con la famosa crisis de los géneros, la fugacidad del periodismo con la permanencia de la literatura, dos formas de escritura que aquí fraternizan al grado de parecer mellizas.

Torreón, 23, mayo y 2002

 

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2002