Espéculo

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Avelino Hernández:
La señora Lubomirska regresa a Polonia
 

Madrid, Espasa, 2003, 141 pp.


 

SOBRE LA NOVELÍSTICA DE AVELINO HERNÁNDEZ1

Dr. Luis Veres
Universidad Cardenal Herrera-CEU (Valencia)

Existen algunos escritores que han conseguido revitalizar la novela rural en España. Desde Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio, José María Merino, hasta Julio Llamazares. Contemporáneo de éste último es Avelino Hernández (Soria-1944), escritor extraño, autor de literatura infantil, de relatos rurales, un hombre en definitiva que rebusca en el acervo popular la esencia de sus historias, cargadas con un simbolismo y una intensidad poco usual. Estas virtudes le fueron reconocidas con el Premio Miguel Delibes, pero su obra ha continuado edificándose con títulos como Donde la vieja Castilla se acaba (1984), Historia de San Kildán (1987), La Sierra del Alba (1989), El día que lloró Walt Whitman (1994) y Una casa en la orilla de un río (1998). De estos títulos destaca el último, en el cual Avelino Hernández construye una historia de lo cotidiano alrededor del milagro de vivir y en donde aparecen algunas de sus constantes novelísticas, la memoria, la insistencia en el aprovechamiento vital y el alejamiento de la civilización como razones que fructifican en la grata existencia.

Con Los Hijos de Jonás, Avelino Hernández sitúa a una familia que habita un molino en el seno de un pueblo mítico denominado Campo del Agua y que tiene como referente real los campos de su Soria natal. En ese mundo se insertan un conjunto de relatos orales repletos de un aire legendario, primitivo y supersticioso que consiguen seducir al lector desde las primeras líneas. La historia de la familia pasa así a un plano paralelo con el conjunto de estas historias que se desarrollan a modo de cajas chinas y que consiguen desentrañar la esencia de la leyenda de un pueblo alejado de las urbes y de la cultura que en ella germina. El mayor mérito del libro reside en el carácter genuino de estas historias, en su sencillez, en la placidez con que resultan contadas. Por ello, Los Hijos de Jonás es un libro para disfrutar de la literatura con el sabor de los viejos relatos.

Pero el relato más ambicioso des este escritor soriano se sitúa en su última entrega. La señora Lubomirska regresa a Polonia mantiene ese tono insertado en lo mítico, en la magia, en las historias irreales que mantienen un sabor diferente del grueso de relatos confeccionados en España en los últimos años y que caracteriza la novelística de Avelino Hernández. Porque esta última historia es un monólogo de la agonía, un soliloquio que sirve, a partir de la presencia de una anciana en su lecho de muerte, para reconstruir la historia de Europa del S.XX acompañada de todas sus miserias. Pero la novela se nos muestra como un objeto fractal, un discurso que puede ser visto desde múltiples ángulos: como una novela de misterio que oculta desde el principio la razón de los rencores de la protagonista, testigo de las masacres que sufrió su país, un diálogo imaginario que conduce hasta los fondos abisales de una realidad convertida en infierno. De ello que el relato de Helena Lubomirska no se pueda ajustar a los márgenes de la novela histórica, pues su autor renuncia voluntariamente a tal propósito, ajustándose exclusivamente a lo estrictamente necesario para que el relato progrese con amenidad. Por ello Avelino Hernández renuncia a cualquier costumbrismo, a los detalles históricos, a la linealidad, lo cual, junto al fragmentarismo, son sus peculiaridades más destacables.

La novela indaga, de este modo y con gran maestría en los grandes temas universales que recorren el S.XX: la soledad, la guerra, la memoria y la imposibilidad de cambiar el pasado, la vejez, las envidias que pueblan la existencia. Todo ello consigue levantaren un sorprendente edificio narrativo cuya cimentación es un elemento de extremada sencillez, la psicología de una anciana que va a morir. La incrustación en este tema existencial de holgada hondura se encuentra marcada por un profundo pesimismo, a veces acorde al de alguna novela de Onetti, Quizás el viento nos lleve al infinito o La vida breve, que viene acompañado de cierto caos y confusión nada desestimables, cualidades que penetran en aquella sentencia de Barthes presente en su obra maestra, S/Z, cuando “la verdadera obra de arte se pierde en su propia significación”.

 

Notas:

[1] Este artículo forma parte de la investigación del Plan Nacional I+D “Literatura e imaginarios sociales en Latinoamérica y España” (Fg/jac) financiada por la Oficina de Ciencia y Tecnología de la Generalitat Valenciana


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2003