Arte y realidad en ”La creación”, de Agustín Yánez


Dr. Manuel Llanos de los Reyes


 

   
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Dentro de la novela general hispanoamericana, la mexicana se hizo eco del tema de la Revolución durante varias décadas posteriores. En 1966 el gran historiador Carlos D. Hamilton escribía: “La novela mexicana tiene esta característica peculiar y general: de ser un eco artístico de la gran revolución que conmovió al pueblo y la tierra de México hasta nuestros días”. Y citaba algunos títulos significativos: Los pies descalzos, de Luis E. Erro, el relato Un niño en la Revolución mexicana, de Andrés Idearte y la novela reciente de Armando Ayala (1959).

La Revolución de 1910 que acabó con el gobierno establecido de Porfirio Díaz produjo un gran impacto asimismo en Agustín Yáñez (1904-1980), moviéndole a reflejar en sus escritos determinados aspectos, matices, evocaciones, de aquella tremenda experiencia vivida en su niñez. Sus posteriores análisis quedaron plasmados en las que se consideran sus novelas más importantes: Al filo del agua (1947), que inicia el ciclo continuado con La creación (1959), y posteriormente con Ojerosa y pintada (1960), en el cual el autor nos ofrece un mosaico de la vida mexicana a raíz de la Revolución; igualmente se percibe este ambiente en La tierra pródiga (1960) y Las tierras flacas (1962).

En La creación la acción transcurre en la época inmediatamente posterior a la Revolución. Ahora, los intelectuales, que en la novelística de Mariano Azuela habían visto desvanecerse sus ilusiones ante la irrupción de aquella tragedia, se presentan aquí en lucha abierta por abrirse camino de nuevo en el arte. Así lo reconoce uno de ellos, Gerardo, en esta novela: “-La revolución, ya nadie lo duda, fue beneficiosa para el arte mexicano: le dio contenidos y formas, lo liberó del mimetismo extranjero, le ha dado alientos incontenibles; pero de pronto, fue un corte brusco, que nos ha hecho andar a tientas largo trecho, adivinándonos, tomando contactos, buscando agarraderas…”

La creación supone un gran esfuerzo por parte de su autor para reflejar el mundo artístico mexicano subsiguiente al nuevo periodo político, dando a luz a unos personajes que hablan, piensan y sufren imbuidos de su propia condición de artistas. Muchos de ellos procedentes de Al filo del agua; otros, figuras de la realidad: Clemente Orozco, Diego Rivera, Ramón López Velarde, Antonieta Rivas Mercado, Silvestre Revueltas, el Dr. Atl...

La obra presenta una estructuración sinfónica. Dividida en cuatro extensos apartados denominados movimientos: andante, creciente, galopante y vehemente, se halla asimismo repleta de términos o acepciones musicales motivadas por el oficio de compositor del protagonista. Si nos fijamos podemos percibir con facilidad el tono in crescendo en el orden de los movimientos. Cada uno de estos apartados aparece caracterizado en su acción por el rótulo que le precede. Así la lentitud narrativa del andante en el que la técnica retrospectiva es empleada con mayor frecuencia que en los siguientes apartados, marca un tempo lento en el hilo narrativo. Esta forma de novelar va muy bien al subjetivismo y nos permite conocer el pasado de los personajes con suma claridad.

En este primer movimiento, Yáñez nos presenta a Gabriel Martínez, el protagonista, que a bordo de un barco regresa a su patria. Gabriel recuerda pasajes de su vida a través de los cuales nos da noticias acerca de María y Victoria, las dos mujeres que le han protegido y a las que tanto debe. Cobra aquí singular importancia el empleo del monólogo interior que Yáñez maneja con gran maestría. Es así como nos enteramos de las relaciones que unen a Gabriel con aquellas dos mujeres. Gracias a ellas llega al Conservatorio de Barcelona y sigue su carrera por Europa, donde compone sus primeras obras. “La música era Victoria. Tal vez María”, dirá.

Gabriel es un espíritu sensible, emotivo, enamorado en su adolescencia de Victoria -viuda hermosa, pero de más edad que él-, que vuelve, por fin, a México, donde la Revolución ha cambiado las antiguas estructuras. Viene descorazonado, con la única intención de, en la tranquilidad de su tierra, componer sus mejores obras y triunfar definitivamente. María está dispuesta a ayudarle; Gabriel intenta componer sin éxito. Yáñez viene a decirnos que si bien la libertad del artista es siempre necesaria, la creación no siempre la acompaña. Esta es una característica más del arte: la posibilidad de crearse en cualquier momento obedeciendo a determinada inspiración. Porque, en definitiva, toda obra de arte necesita de la combinación en un instante singular -el que motiva la inspiración-, del mundo de la realidad visible, de la plástica, de los pensamientos y sentimientos del autor. Es casi exactamente así como Gabriel lo define: “Esquivar la realidad, adivinándola, sustituyéndola: esto es el arte: crear una realidad a nuestra imagen, semejanza y gusto”.

Pero Gabriel en México sólo encuentra lo puramente tradicional. Sus ilusiones se desvanecen en su enfrentamiento con los valores adquiridos y no con los revolucionarios que él busca. Por eso el compositor va a sentir la necesidad de libertad entendida como independencia, como aventura personal. Comienza a relacionarse con artistas que no han triunfado, que buscan el éxito. Terrible paradoja la que nos ofrece el autor, mostrándonos a Gabriel abandonando su fácil camino hacia su consagración como artista académico, encorsetado, prefiriendo la búsqueda de hallazgos más sinceros y originales.

El segundo movimiento, creciente, se halla presidido por esta temática de libertad vital, acentuándose el contraste entre la realidad y la ficción que alcanzará su momento culminante en el tercer movimiento. Gabriel entra en contacto con Gerardo, el pintor, por cuya boca Yáñez nos narra las penalidades de todo artista para triunfar. De nuevo insiste en la libertad creadora como algo que se impone sobre todo lo demás:

“-Yo soy hombre libre. Por ningún precio me arrastrarán las camarillas de los elogios mutuos y las intrigas. Mi obra, si vale, se impondrá por sí sola…”

Gabriel es comisionado para extender la cultura en el medio rural. Su viaje por la tierras michoacanas le inspira su Itinerario, que escribe pensando en Victoria a quien hace tiempo que no ve. El compositor inserta una nota en los programas del estreno a través de la cual Yáñez nos ofrece las siguientes consideraciones acerca del arte:

“Arte significa creación. Por tanto, la música mexicana con rango artístico no debe ser la imitación o el zurcido más o menos bien disfrazado de nuestra música popular, sino la invención de formas en que se expresen, por vías diferentes, los mismos motivos nacionales en que se origina lo popular. De otra parte, la música no es traducción de la pintura ni de la literatura; sus medios expresivos son absolutamente independientes”.

Gabriel, a partir de su Itinerario, deja de componer, introduciéndose en el mundo de la bohemia, entre artistas de teatro, pintores, escultores..., abandonando su carrera. En una de estas reuniones conoce a la actriz Virginia de Asbaje que le hace experimentar algo parecido a lo que sentía por Victoria y María, subyugándole, convirtiéndose en la tercera mujer en la vida del músico.

En este segundo movimiento la incorporación del diálogo es cada vez más frecuente, disminuyendo la utilización del monólogo interior.

En el tercer movimiento, galopante, la cuestión acerca de qué es el arte -uno de los temas que se plantean en la obra y que se resuelve como impulso expresivo que manifiesta la realidad más honda y auténtica del hombre- llega incluso a alcanzar la noción de lo inconsciente, donde se apoya el superrealismo. Todo este apartado es, en realidad, una fantasía onírica del protagonista. Su borrachera de la fiesta anterior, donde conoció a la Asbaje, le traslada al mundo de las musas, identificándolas con momentos y pasajes de sus vida. Fantasía y realidad en íntima fusión. La efervescencia mitológica de las musas se asocia en Gabriel con la realidad que le rodea: María, Victoria. Entre las musas quiere identificar a aquellas dos mujeres, saber cuál fue la primera que le inspiró. Las musas se lo disputan. Alguna de ellas comienza a identificarse con una tercera mujer: Virginia, la décima musa, que quiere ocupar en él el puesto de las otras. He aquí una nueva paradoja, la de que sean las musas las que rivalicen para inspirarle -tal y como sucede con el protagonista de buen número de obras de la Antigüedad- y no que él acuda a ellas en demanda de ayuda.

Este movimiento puede calificarse de superrrealista. El motivo del sueño permite pasar de una situación a otra casi automáticamente, saltando sobre el hilo de lo irracional. Hay también en él una mayor rapidez en la narración, con incrustación de frecuentes diálogos, compuestos de frases más largas que las contenidas en los dos movimientos anteriores.

En el cuarto movimiento, vehemente, el músico arrastra una vida escandalosa, limitándose a caricaturizar obras clásicas: “el aria de Bach en tiempo de jazz, un rondó de Mozart en aire de danzón y pasajes de Scarlatti traducidos en blues.”

Vuelve a Victoria y a María y compone su sinfonía Erótica. En las consideraciones que Gabriel hace sobre la génesis de su sinfonía vemos la necesidad sentida de encontrar una adecuación entre el tema real y la creación musical, que contrasta con lo que dice en otra parte de la novela acerca de que no existen los temas en la obra de arte. Desde luego el arte musical de Gabriel no es informal, no rechaza, sino que se construye sobre las imágenes, es más, necesita de éstas para existir, aunque se apoya también en vehemencias y palpitaciones primordiales.

Una vez concluida su sinfonía, Gabriel renuncia definitivamente al valimiento de aquellas dos mujeres. Cuando un cambio político abre las puertas a los artistas mexicanos, Gabriel vuelve a ser llamado y estrena. Restituye a la actriz Virginia de Asbaje. En la enumeración de las actuaciones de ésta nos ofrece Agustín Yáñez su gusto teatral: Esquilo y O`Neill, Shakespeare, Lope y Racine, Ibsen, Meterlinck, DÀnnunzio, Shaw, Claudel y Cocteau.

Gabriel estrena sus mejores obras. Con el corazón rebosante de nostalgia visita a Victoria, encontrando una mujer envejecida que todavía sigue siendo su mejor admiradora. Es este un emocionado pasaje, lleno de lirismo, en el que ambos personajes evocan todo lo que se han dado mutuamente. Gabriel ya no renuncia al éxito. La novela termina con la absoluta convicción de su triunfo: “Mi dimensión es la grandeza”.

La creación es una densa narración en la que el propósito fundamental de su autor es reflejar la psicología del artista, su concepción del arte y el ambiente que le rodea. Para ello Agustín Yáñez, el gran novelista de la revolución mejicana, se muestra muy original en el uso de determinados procedimientos técnico-narrativos y estructurales, se sirve con brillantez del monólogo interior, se muestra superrealista en ciertos pasajes, ofreciéndonos un continuo contraste entre idealismo y realismo, lirismo e intelectualidad.

 

© Manuel Llanos de los Reyes 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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