Juan Bonilla:
“El cuento no se merece el olvido en el que está”

Santiago Velázquez Jordán


 

   
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Desde su primer conjunto de relatos, El que apaga la luz (1994), las solapas de los libros de Juan Bonilla sólo dan cuenta de su obra literaria y nada dicen de sus peripecias vitales. Así que es difícil saber qué ha hecho, dónde ha trabajado o dónde ha vivido, precisamente porque a Juan Bonilla lo que más le interesa de un escritor son sus obras y no si trabajó repartiendo pizzas o sirviendo copas en un motel de carretera. No es extraño, pues, que uno de sus autores predilectos sea J. D. Salinger, ese oscuro, mítico y misterioso escritor norteamericano, que ha concedido tan pocas entrevistas y apenas ha sido visto por nadie.

Juan Bonilla acaba de ganar el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral con una novela excelente titulada Los príncipes nubios. En ella, el escritor jerezano (1966) cuenta la historia de Moisés Froissard, un joven cínico e impasible, que decide convertirse en cazador del Club Olimpo y salvar las vidas de gente aplastada por la pobreza, la hambruna, la guerra o la bancarrota económica. Los cuerpos más bellos son entregados al Club, pasando a ser auténticas máquinas sexuales que complacen los deseos y caprichos de la gente adinerada.

Es autor de las novelas Nadie conoce a nadie, Cansados de estar muertos y de la nouvelle Yo soy, yo eres, yo es, además de los conjuntos de relatos de El arte del yo-yo, La compañía de los solitarios y La noche del Skylab. También ha publicado libros de ensayos y reportajes periodísticos, así como dos poemarios: Partes de guerra y El Belvedere.

Cuando nos acercamos al hotel Green Lope de Vega de Madrid en el que hemos quedado para hacer la entrevista, vemos a Juan Bonilla posando para un fotógrafo y a una periodista de una revista femenina aguardando su turno para hacerle unas preguntas. Nos dicen que lleva dos días concediendo entrevistas sin parar. Son las siete y media de la tarde, hace un día desapacible, frío y lluvioso. A las nueve, el escritor tomará el AVE a Sevilla para continuar con la promoción del libro. Así que le decimos que seremos breves, aunque nos gustaría estar conversando de literatura con él hasta bien entrado el amanecer. Juan Bonilla se muestra afable, nada reticente, aunque un poco cansado. En el hall del hotel hay un pequeño habitáculo que hace las veces de biblioteca. Pasamos y comenzamos la entrevista.

Más que una novela sobre la inmigración, Los príncipes nubios es la historia de la metamorfosis de un canalla, ¿no?

Cuando recibí el premio, yo empecé la rueda de prensa diciendo que ésta no era una novela sobre la inmigración, y al día siguiente los periódicos titulaban la noticia con "Juan Bonilla gana el Biblioteca Breve con una novela sobre la inmigración". Todo un ejemplo de periodismo de rigor. Yo insistí en que cuando se escriban novelas sobre inmigración en España las harán los hijos de los inmigrantes, y tendremos a nuestros Kazuo Ishiguro y Hanif Kureishi. He utilizado la inmigración como telón de fondo para escribir la historia de un personaje. Lo sustantivo de mi novela es el personaje y lo adjetivo es la inmigración. Que ese personaje sea un canalla o no, eso ya es un juicio particular de cada lector.

Bueno, no lo digo yo. Lo dice el padre del protagonista.

Sí, y él incluso lo acepta y dice que se va a hacer una tarjeta de visita donde lo ponga. Moisés Froissard se mira así mismo con la suficiente distancia como para conseguir un tono irónico y distante, un tono de voz que no cambia pese a que le ocurren cosas terribles y violentas. Aparte de esto, no deja de narrar su propia peripecia como si no le quedara más remedio que la perplejidad de ser como es.

¿Se puede decir que es una novela esperpento, en la línea de Valle-Inclán?

Sí, la referencia esencial de esta novela es la del esperpento. Contra la idea de Sthendal de que la novela debe ser un espejo colocado a lo largo del camino, yo juego a que ese espejo sea deformante, un espejo como los que utilizaba Valle-Inclán.

Moisés Froissard me recordó, en cierto modo, a Fausto Urpí, el protagonista de su anterior novela, por el hecho de que ambos "están cansados de estar muertos".

La verdad es que nadie me lo había hecho notar hasta ahora, seguramente porque nadie ha leído Cansados de estar muertos. Ahora que lo dices, y aunque yo tampoco lo había pensado, algo de eso hay sin duda. Algo tienen que ver. Sin embargo, Moisés Froissard es más valiente, toma medidas contra la realidad en la que está, mientras que Fausto Urpí es más cobarde.

La novela está escrita en un tono corrosivo, con un humor negro e irónico que le lleva a decir al protagonista en un momento dado que ha hecho dos descubrimientos: las pipas de girasol y Nietzsche.

Yo siempre he escrito con humor, pero nunca ha sido tan corrosivo y tan constante. El humor da el tono de la novela, y en absoluto me molestaría si alguien dijera que es una novela humorística. De hecho, sin este tono festivo no hubiera podido acabar la novela. Empecé a escribirla en Roma y vi que aquello no iba a ninguna parte, así que la tiré. Pasó un año y medio, y cuando me puse de nuevo a escribirla, vi que lo que fallaba en la primera redacción era que no tenía ese tono de humor.

¿Suele reescribir sus novelas con frecuencia? Recuerdo ahora mismo que Cansados de estar muerto la empezó a escribir en primera persona, y finalmente tuvo que rehacerla para narrar en tercera persona.

Sí, tengo esa habilidad para equivocarme con las primeras redacciones. Eso está bien, someterse a esa prueba, porque así ves si de verdad funciona lo que estás escribiendo. Los príncipes nubios, al final, me salió del tirón por el hecho de haber estado trabajando muchos meses en ella.

Los príncipes nubios es una novela muy bien construida, de estructura muy fluida y hábil.

Por utilizar un símil cinematográfico, la he filmado muy rápidamente, pero ha habido una labor muy paciente en la mesa de montaje. La construcción ha sido sosegada y muy meditada.

Moisés Froissard dice que el nuevo superhombre es aquel que se levanta todos los días para ir al trabajo y aguantan diez horas de trabajo, soportan al jefe, a los compañeros, el atasco, las aglomeraciones, y al día siguiente vuelta a empezar. Vivimos en la sociedad de los superhombres, ¿no cree?/P>

Ésa idea es de Adorno, y estoy de acuerdo con él cuando dice que el ciudadano medio es el superhombre. El mero hecho de vivir en Madrid es insoportable, al menos para mí. Estoy dos días en Madrid y estoy nervioso, crispado, se me va el alma por la boca, no puedo dormir, me duele la cabeza. Hay cuatro millones de personas que lo pueden hacer todos los días, y yo no. Son auténticos superhombres.

De las tres novelas que ha escrito, ¿con cuál de ellas se queda?

De Nadie conoce a nadie, me gusta mucho el comienzo. Sé que al final se deshincha un poco, que se debió a un apresuramiento editorial, aunque en la edición del Círculo de Lectores traté de corregirla. Los príncipes nubios me parece la mejor de las tres, por razones personales es en la que me veo más reflejado. A la que trato de cuidar más al hablar de ella es Cansados de estar muerto, por todo lo que ha padecido. De las críticas que recibió, el 90% fueron demoledoras.

En sus novelas desempeña un papel muy importante las metáforas y los símbolos. ¿Es algo premeditado?

Sí, pero también van surgiendo a medida que voy escribiendo. En mis novelas hay pocos elementos que estén ahí sin una previa reflexión, para qué va a servir tal símbolo o qué función va a desempeñar. En Los príncipes nubios, Moisés Froissard se va en avión y cuando mira por la ventanilla ve la ciudad de Málaga completamente inundada de basura. O en Cansados de estar muertos, la figura del perro tiene también un valor metafórico importante.

Y también los detalles, algo heredado de Nabokov, que tanto le gusta.

Sí, en efecto. Aquello que decía Nabokov de que las novelas no se hacen con pensamientos o ideologías, sino con detalles. Un detalle bien puesto puede describir la geografía de un alma mucho más que cuarenta páginas sesudas de pensamiento.

Aparte de Nabokov, ¿qué otros autores son referencia para usted?

En el tono de voz de Moisés Froissard, pesa bastante la admiración que tengo por alguien como Martin Amis. Teniendo en cuenta el tono de voz de Dinero, de Tren Nocturno o Campo de Londres, no me enfadaría si alguien me dijera que planea la sombra de Martin Amis por mis páginas. En Nadie conoce a nadie tuve como referencia a Roberto Arlt, en el sentido de unos personajes que pretenden empresas grandiosas y descabelladas. Cuando la escribí buscaba eso, una historia inverosímil y estrafalaria, algo muy alejado de la novela realista que se estaba publicando por entonces.

¿Y cómo ve el actual panorama narrativo español?

Hay voces muy interesantes. Javier Marías es uno de esos escritores que busco sus libros en cuanto salen. Justo Navarro me parece un narrador excelente. De mi edad, destacaría a Antonio Orejudo y a Lorenzo Silva, que son dos narradores de raza.

¿Piensa que el género del cuento está ganando adeptos?

Yo creo que sí. Espero que se imponga la sensatez y que vayamos creando tradición. Me parece absurdo que se relacionen los cuentos con las novelas, y que cuando publicas un libro de cuentos te digan que está bien, pero que hasta que no escribas una novela, no demuestras lo que vales como escritor, como si a estas alturas no hubiera existido Borges. El cuento se adapta muy bien a nuestra manera de vivir. Además, tiene unas reglas muy difíciles y es un género complicado. No se merece el olvido en el que se le tiene. La gente joven sí que es adepta al cuento.

 

Santiago Velázquez Jordán es periodista, licenciado en la UCM. Ha escrito dos libros de relatos y una novela. Con esta última ganó el Premio Joven y Brillante en el año 2000. Otras entrevistas suyas publicadas en Espéculo son las de Luis Mateo Díez, Rosa Regás, Luis Landero y Dulce Chacón.

 

© Santiago Velázquez 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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