ENTREVISTA A MIGUEL CATALÁN

 


Siempre me vivifica
cambiar de género de escritura

 

  

Antonio Rodríguez Jiménez


 

   
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Miguel Catalán (Valencia, 1958) acaba de publicar su segunda novela, una obra intensa y poliédrica titulada El último Juan Balaguer (Algar & Taller de Mario Muchnik, 2002). Catalán, que es también autor de libros de relatos y ensayos, ha atendido a las preguntas de Cuadernos del Sur. Este es un extracto de la conversación.


 

-Una parte de El último Juan Balaguer enfoca la vida del exilio español desde una perspectiva anónima y casi coral.

-La suerte de los intelectuales y políticos españoles exiliados tras la guerra civil en diferentes países es, en efecto, bastante más conocida que la de los exiliados anónimos por los campos de Francia, que es lo que yo he novelado. Pero esos casi medio millón de obreros, campesinos y empleados que cruzaron la frontera pensando que iban a ser acogidos fraternalmente en “el país de la libertad”, como ellos llamaban a Francia, hubieron de sufrir los campos de concentración y luego bregar en las industrias de guerra o las unidades de trabajo para fortificar la Línea Maginot en 1940 ante el avance alemán. Su destino fue, la mayor parte de las veces, terrible. Hasta para los supervivientes.

-Aunque el sujeto sea más bien colectivo, ¿hay elementos biográficos en esta novela?

-La sociedad valenciana ha sido, en buena parte, tradicionalmente republicana, y son frecuentes las familias con algún antepasado en el exilio. Los ecos de una época a la vez aciaga y heroica resuenan en las conversaciones oídas en casa durante mi infancia. Quizá a ese tiempo se remonta el origen de una parte de la novela. Por otro lado, desde un punto de vista literario siempre me han interesado más las personas corrientes que las excepcionales; sus virtudes y sus defectos nos enseñan más sobre la naturaleza humana que ese camelo en que suele consistir la excelencia de los notables.

-¿Cuánto tiempo ha invertido en escribir El último Juan Balaguer?

-Unos cinco años. Pero la novela conoció dos versiones previas antes de llegar a la definitiva; los borradores se han sucedido en todo este tiempo.

-Precisamente uno de los aspectos más llamativos de la novela es su compleja estructura narrativa, con tres planos temporales que van formando una trenza conforme avanzan. La trama comienza poco menos que en nuestros días, con la visita de un pintor medio mago a un joven periodista. Pero en el siguiente capítulo se desenvuelve el diario de un prisionero en la playa de Argelès, un campo de concentración francés en 1939. Y en el tercer capítulo asistimos un relato aparentemente científico sobre la vida de ciertos peces grises en el Pacífico.

-Balaguer es algo así como un poliedro transparente que incluye un amplio sistema de resonancias entre distintas épocas. En cierto modo, desemboca en una breve historia de la humanidad, vista desde la perspectiva de quien ha tenido que abandonar su país para seguir viviendo. He procurado que esas resonancias sean sutiles y a la vez claramente perceptibles, como ocurre con el sonido del cristal de ciertas copas al ser golpeado por la uña.

-Hay un misterio sobre la identidad del pintor desde el principio.

-Sí. Un misterio que es nominal y existencial a la vez. Un misterio que se va resolviendo poco a poco, pero sin declaraciones bruscas ni descubrimientos detectivescos.

-Hablando de nombres, El último Juan Balaguer no tiene dedicatoria.

-Quizá hubiera sido redundante. Toda la obra está, en sí misma, dedicada a la memoria del exilio español por los campos de Francia. Un exilio anónimo y después olvidado con quien tanto Francia como España tienen contraída una deuda inmensa.

-¿Se puede hacer frente todavía a esa deuda?

-Por los síntomas, ninguno de los dos países tiene la menor intención de hacerlo. La suerte de los derrotados desde 1939 en los campos de concentración de Francia, pero también de España, fue ignominiosa. Sólo ahora los familiares se atreven a pedir que abran las fosas comunes para poder enterrar dignamente a sus muertos.

-En distintos pasajes de la novela, incluyendo la pintura de Millet, destaca poderosamente la idea de la dignidad humana.

-Es que aquellos desterrados, salvo excepciones, no fueron tratados como seres humanos. Sí en ocasiones por los franceses de a pie, pero nunca por las autoridades. Durante el crudo invierno de 1940, a 15 grados bajo cero, en la línea Maginot las autoridades reservaban a los mulos en sus tibias cuadras para que los obreros españoles llevaran las cargas pesadas bajo la nieve. En el Macizo Central les hicieron cavar con las manos desnudas hasta que sangraban. La Cruz Roja francesa nunca entró a socorrer a los españoles enfermos o moribundos en los campos de Francia. Muchos fueron devueltos a la España de Franco contra su voluntad, porque el gobierno de Pétain colaboró con el español en la identificación y entrega de republicanos sólo por el hecho de serlo; Francia también entregó a los nazis a muchos españoles, que poblaron los campos de exterminio de Alemania y Austria. El campo de Mauthausen fue llamado “de los españoles” por motivos obvios. Y, sin embargo, la inmensa mayoría se comportó con una dignidad inesperada precisamente en unas condiciones tan precarias. Muy pocos se alistaron en la Legión Extranjera francesa, porque consideraban que combatir por dinero era cosa de mercenarios. Pero muchos sí lo hicieron gratis, en la Resistencia, y murieron defendiendo la Francia libre. Los que sobrevivieron a Dunkerke acabaron bajo vigilancia en la Inglaterra de Churchill (eran considerados revolucionarios peligrosos por un gobierno al fin y al cabo conservador) o devueltos a la Francia ocupada.

- ¿Qué representa esta novela respecto a su producción narrativa anterior?

- Es difícil hablar de la propia evolución, pero mi sensación como escritor ha sido la de haber dejado a un lado cierta timidez autorial que se manifestaba en mi primera novela, y de haber expresado las cosas en la forma en que quería hacerlo. Sigue divirtiéndome cuando lo hojeo, no obstante, mi libro de relatos humorísticos Sólo por si acaso; es una ficción que volvería a escribir aproximadamente como lo hice en su momento.

-Por último, usted cultiva tanto la literatura como el pensamiento. ¿Se considera más bien escritor, o más bien filósofo?

-Ambas cosas. En otras tradiciones europeas, como la francesa o la anglosajona, esta deriva de la escritura se considera un mérito. En España, por motivos que nunca he terminado de entender, sucede más bien al contrario. Quizá por ese tipo de pensamiento excluyente del “O esto, o lo otro”, que ha hecho tanto daño en otros ámbitos. Pero supone, desde luego, una limitación de nuestra experiencia. Ciertos autores sólo dieron lo mejor de sí cultivando la ficción y el pensamiento: Nietzsche, Unamuno o Chesterton; ahora Susan Sontag en un plano menor. Pero mi tradición de hibridez es más bien la francesa; en el XVIII, Diderot y Voltaire fueron notables novelistas y filósofos, así considerados como tales; esa consideración social fue la que hizo posible a Sartre o Camus dos siglos después.

-¿Cómo vive el cambio de género cuando se pone a escribir una cosa y otra?

-Como una liberación. Es un movimiento en pos del placer, como decían los utilitaristas. Siempre me vivifica cambiar de género de escritura, y cuando termino una novela no quiero saber nada del mundo de la ficción; tengo que volver a fichar, criticar, conjeturar y argumentar. Lo mismo ocurre a la inversa. Son dos formas de vida; dos dioses a los que sacrificar distintas víctimas, partes diversas de uno mismo.

- Para terminar, ¿qué espera de El Último Juan Balaguer?

- A diferencia de otras ficciones previas, ésta ya se ha cumplido con terminarla. Es un sentimiento intenso y a la vez muy preciso. K. R. Popper tenía razón cuando hablaba de la solidez de los objetos hechos por la mano del hombre, incluyendo los libros. Balaguer ya está cumplido; es este objeto encuadernado lo que justifica el trabajo de los años.


Entrevista publicada anteriormente en Cuadernos del Sur (suplemento cultural del Diario de Córdoba), 19-XII-2002, p. 3.

 

© Antonio Rodríguez Jiménez; fotografía: Fermín Juan 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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