La comunicación poética y política de la ciudad
Análisis de la ciudad como argumento de información política electoral,
frente a Las ciudades invisibles de Italo Calvino


Concha Mateos
Especialista en Comunicación y Gestión Política (UCM)
cmateos@ull.es


 

   
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Un cubano cruza en coche la ciudad de Soria. Lleva cuatro horas en España y es la primera vez que sale de su Cuba natal. Son las seis de la tarde, de un día de noviembre. En el vehículo le acompañan y le conducen dos amigos españoles. Detienen el coche a la puerta de una cafetería. Hay ocho personas en la barra y otras cinco sentadas en dos mesitas. Se ve pasar por la acera a algún paisano, a alguna señora con su madre del brazo, a unos escolares, a un chaval con ropa de trabajo de mecánico, a un abuelillo, a otra señora... ¿Dónde está la gente? -pregunta el cubano-. ¿Qué gente? -se sorprende el amigo de Madrid. La gente -explica el extranjero. ¿Por qué no hay gente en la calle?

Al parecer, la ciudad española le habla poco al cubano. No le habla. Le habla silencios, ausencias urbanas.

Una ciudad es ante todo un cúmulo, un tumor de la naturaleza, producido por la migración enfermiza de los hombres que huyen de su condición silvestre. Asustados.

La ciudad amontona cuerpos y entre ellos enciende ficciones. Espejismos de futuros posibles.

Una primera característica de la ciudad, como nos cuenta Toynbee, es que no sirve, es incapaz, de abastecer a sus habitantes. Por contraste con el entorno rural, la ciudad se declara anti-auto-suficiente. Depende del exterior, por eso sus días de autarquía están contados. Por eso sus vecinos presienten siempre una amenaza indescifrable que les acompaña como una sombra. ¿Qué hacemos aquí? ¿A quién esperamos? Godot nunca viene.

La ciudad reúne a los cuerpos y los amedrenta. Y ese estado de miedo difuso será su clave, su bastón de mando para ordenar las corrientes de miedo, los vientos que rompen sueños y arrancan gemidos a las cajeras de supermercado, a los fontaneros, a los hijos de los ministros, a los policías. Todos lloran alguna vez.

Pero no nos perdamos.

Esto es un ensayo. Poético, pero un ensayo. Y nos acucian respuestas a interrogantes que aún no hemos formulado.

Quien recorre este texto sabe de sí mismo que es valiente. Que nada ni nadie podrá arrancarle definitivamente la sensación de estupidez por haber nacido.

Un ensayo poético es un canto de reflexión que se tortura ante la falta de respuestas y arremete contra la lógica y el orden argumental para encontrar razones diagonales -retazos de posibilidad de que algún discurso pueda construirse allá donde la razón nos abandona-.

Así pues, sigamos. El ensayo ha empezado. Nuestra yema de huevo es la ciudad. Y su gramática. Y la metáfora espejista con que Calvino la circunda.

Pero también la arquitectura política del discurso electoral sobre la ciudad, un discurso que anega sus calles-canales-informativos en los tiempos en que estas líneas se redactan, los primeros tiempos de 2003, los últimos tiempos del mes de febrero, preámbulos de convocatoria electoral para las regidurías de los ayuntamientos del estado español.

Pero sí, sigamos.

Allá dejamos al cubano. Wladimir lo llamaremos.

Ahora vamos a tres horas antes. Pongamos cuatro. Pongamos cinco y tres mil kilómetros de distancia. Sí, eso, Túnez, Zagouan, los municipios rurales a treinta kilómetros de la capital. Un sendero entre dos caminos, cuatro niños van. Otros cinco, veinte pasos más atrás. En el otro sendero, el que cruza, se ve un goteo colorido de niños incontables. Y allí, en el camino del otro lado de la carretera, dos mujeres. Un hombre más atrás. Otro hombre. Siempre en medio del campo. La gente caminando hacia casa. O desde casa. Caminando. Cruzando el espacio como palabras escurriéndose en el texto de la tierra. Son ciudad, las personas, y la sintaxis de sus vidas nos habla. Siempre hay gente circulando, cruzando el campo. En Túnez, la vida sabe andar por donde no están las calles. Delante de Wladimir, las calles de Soria se preguntan por la pregunta de Wladimir que no encuentra gente, suficiente gente, pisando la calle. ¿En qué idioma están trazadas las calles, las ciudades, las pisadas, las rutas que las personas hacen a diario en su vida cotidiana para ir a trabajar, ir al colegio, ir a ver a sus hermanos?

Las calles de La Habana, las de Soria, las de Túnez, entienden cosas distintas cuando decimos gente, cuando decimos bastante, cuando decimos ruta, cuando decimos calle.

Es Méjico. Es otro lado del Atlántico. Es DF. Veinte millones: la mitad tiene miedo. La otra mitad lo causa o lo olvida. Los que tienen miedo se lo causan también a sí mismos. Dos millones tienen coche, vehículo, camioneta o lo que sea. Pero dos turistas no lo tienen. Y es el centro, la puerta del Teatro de Bellas Artes. Y es de noche. Ya se ha terminado la función. Los dos extranjeros buscan un taxi. ¿Qué taxi? ¿A la aventura? Sí, a la aventura, ¿por qué no? ¿Cómo a la aventura? ¡No, hombre, no puedes tomar un taxi cualquiera¡ ¿Por qué? Vaya, ¿cómo que por qué, es que no lo ves? No sé. El extranjero sí ve, pero no sabe cómo ha de leer lo que ve. La ciudad le habla, pero en otro idioma. No ve el peligro, la función del teatro ha sido tan bonita...

La palabra peligro significa cosas distintas en las distintas ciudades del mundo. Hay lugares donde agua del grifo es peligro. Peligro de muerte. Y comida es dolor de tripa y diarrea de tres días para un extranjero en la ciudad de Méjico. Y en la de Lima, y en la de San José, y en la de Caracas, y en la de Bogotá.

Y cuando el autor de este texto escribe estas líneas entran por la ventana gritos de manifestación. Habrá que hacer una pausa. Miles de personas ya están en la calle, organizadas, desplegando sus pancartas, sus yembés, sus panderetas. Hay manifestación por la paz. No a la guerra. La amenaza norteamericana de atacar Irak a comienzos del año 2003 va a sacar hoy, sábado, a millones de personas a las calles de las ciudades del mundo para denunciar las guerras de la avaricia. “Que vayan los banqueros a las guerras del dinero”, dice la calle. La calle, que suena con voz de multitud. Ensayo de consignas, la manifestación va a arrancar. “Dentro de un año, macdonal en Bagdad” denuncia cantando la calle calentando motores de manifa.

Y ahora quien escribe este ensayo poético tiene que detenerse en la escritura: actuar también es un ejercicio del intelecto. Y la paz bien vale un punto y aparte. Incluso abrir luego un epígrafe nuevo. Por tanto, pausa. Cerramos el ordenador. Porque además la pregunta que iba a asaltar en estos momentos las líneas del ensayo es de difícil respuesta: ¿Y si macdonal se instala en Bagdad, los iraquíes también sufrirán tantas diarreas como los turistas que comen en las calles del DF, de Lima, de San José, de Caracas, de Bogotá? ¿Evitarán macdonal los iraquíes como los yanquis evitan beber el agua del pueblo y la comida de las calles del pueblo de Latinoamérica?

 

Las ciudades invisibles

En las ciudades invisibles nada es lo que parece. (Entre otras cosas, porque lo que es invisible difícilmente logra parecer algo). Y, sin embargo, dos personas contrastan sus pareceres sobre ellas, respecto a ellas, y siempre desde fuera de ellas. Marco Polo y Kublai Can.

¿Seguro?

Hombre…, pues…

Cuidado. En las ciudades invisibles hay que tener mucho cuidado con lo que se afirma. Y mirarlo siempre muy bien por delante y por detrás.

Los párrafos que siguen a éste que estás leyendo tratan de contener el resultado de una mirada a “Las ciudades invisibles”, de Italo Calvino, el resultado contado. Míralo bien y te darás cuenta de que siempre, siempre, vemos visiones.

 

Los poliedros invisibles y los sentidos deslizantes

Ninguna vida recorre todas las calles de una ciudad. No llega. No le llegan los ojos. Ni los días.

La ciudad siempre prolifera. Y siempre estamos arribando a su comprensión. Y siempre, por tanto, descomprendiéndola.

La ciudad es una conversación que tiende a infinito. Los mensajes rebotan de emisor a receptor y de receptor a receptores y vuelta y otra vez. Rebotan y se bifurcan y se colapsan. Y se refractan.

La verdad de la ciudad no reposa en ningún plano. Es poliédrica. Hija de millones de ojos que la portan y la exportan.

Ahora vamos a oír a unos personajes que no existen. Vamos a hablar del libro de Calvino a través de unos personajes que no existen ni en el libro de Calvino, en ningún libro. Han nacido para este ensayo poético y los vamos a usar, vamos a aprovecharnos de ellos. Oyéndoles oímos lo que quizá pensábamos cuando leíamos el libro de Calvino. Precisamente nuestro ensayo imposible se define por este rasgo, porque se acerca desde un espacio-hipótesis a la realidad del libro Las ciudades invisibles usando como herramienta de análisis a unos seres inventados, poéticos. Por eso, es el momento: bájese aquí, en este punto del ensayo, quien espere un análisis de método gramatical, semiótico, simbólico, cuántico...

- ¡Basta¡

- Oh, alguien nos grita. ¡Nos regaña! Cuado nos ve escribiendo esto último. Pues, ¿qué tiene? - preguntamos-.

- ¡Basta! -insiste-. No sigáis pretendiendo describir lo que algo es mediante la enunciación de lo que no es. ¿Pero dónde se os ha enseñado semejante disparate?

- Sí, claro -pensamos-. Mejor empecemos. Ya veremos después si encontramos mejor momento para definir lo que un ensayo poético puede llegar a ser.

(Pero, en todo caso -y también por si acaso-, aprovechamos que la voz ha cesado y les adelantamos que todo lo que viene a continuación no es un resumen de Las ciudades invisibles, de Calvino; es una invitación a verlas. Y después, un análisis de los rasgos visibilizados de un discurso político que persigue ganar electores a favor de un partido en una ciudad española de... Pero vamos, vamos, luego daremos más datos, no vaya a ser que vuelva la voz atronadora y...)

 

Primer diálogo invisible

Dos personas hablan. Una desea el libro de Italo Calvino, Las ciudades invisibles; otra desea que la primera no lo desee.

No es una guerra ni una competición. Simplemente confrontan ideas, ponen sus ideas unas frente a las otras, contrastan, no luchan.

Escuchémosles, es este primer Diálogo Invisible:

—¿Por qué ése?

—Porque es sugerente.

—¿El qué es sugerente?

—El título. ¿No lo crees?

—No. No lo creo.

—Las ciudades invisibles es algo que te llama, te provoca.

—A mí, nada.

—Pues a mí, sí.

—Pero, si son invisibles, ¿cómo se puede hablar de ellas?

—Vaya, qué bobada dices. Los libros están llenos de cosas que no se ven, y hablan de ellas.

—No. Tú sí que dices bobadas: los libros están llenos de cosas que se ven, palabras. Las palabras se ven. De hecho, los libros están hechos para ser vistos, para ser mirados, ¿no?

—Ya, claro. Pero yo, cuando leo un libro, no veo las palabras, veo lo que cuentan.

—Ves las palabras.

—No, no veo las palabras, veo algo más, otra cosa. Las palabras sólo son una pista, de lo otro.

—Ves las palabras. Lo otro no lo ves, lo inventas.

—Veo lo que veo.

—Bueno, ves lo que ves según tu visión del asunto. Pero, siendo realistas, ¿qué se puede ver de las ciudades invisibles?

—¡Anda tú, pues para saber eso quiero leer el libro¡ Para ver lo que cuenta. Quiero ver lo invisible. Para ver lo visible no me hacen falta libros.

Primer paradigma invisible, inferido de la conversación que han mantenido ante nuestras narices esos dos personajes-herramienta de nuestro ensayo poético: lo invisible provoca cuentos al autor y los cuentos provocan visiones a los lectores.

 

Primer deslizante (Ilusión)

El libro empieza con un viajero. Porque las ciudades sólo se pueden recorrer viajando. Es imprescindible el movimiento. Si se quiere llegar de un punto a otro, de una ciudad a otra, hay que recorrer una distancia, salvarla.

Ahí está la primera ilusión: viajaremos sin viajar. El libro se abre y se inaugura una ilusión de movimiento, de trayectoria. De viaje.

Pero todo nuestro viaje se reduce al paso de las hojas, del libro: pasa una, pasa otra, y otra, y todas ocupan un rato el mismo lugar, el mismo plano ante nuestros ojos, nada se traslada, sólo se sustituyen, se suceden, una tras otra, manteniendo fijo el eje lateral, el del lomo del libro. No hay trayectoria. Ilusión.

Ilusión: viajero igual a lector. Pero no igual a lector, porque leer es perpendicular y viajar es horizontal.

El viajero-personaje-de-Calvino también tiene ilusión.

Este primer habitante del libro Las ciudades invisibles en Diomira, la primera ciudad, siente envidia. El viajero es descrito por algo que no posee: envidia "a los que creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices" (Pág. 22).

El viajero envidia. Lo dice claramente el texto: envidia a los que…

Envidia, por tanto. No hay duda.

Envidia a otros. ¿A quiénes?: a "los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices".

El viajero envidia a otros que creen algo. Que creen haber vivido algo. No sabemos si lo vivieron o no. Sabemos tan sólo que lo creen y que por ello son envidiados por el viajero, envidiados por creer, porque creen.

Entonces nos podemos preguntar: ¿el viajero envidiador, qué es lo que envidia de ellos, que vivieron algo o que creen haberlo vivido? ¿Les envidia por lo que creen o por lo que vivieron? ¿Envidia su creencia o su vida pasada?

En cualquier caso, hay otra ilusión: haber vivido o creer haber vivido. Y nada en el texto dirime la dicotomía.

En Diomira, esta primera ciudad del libro, recorrida en un solo párrafo, queda inaugurado el juego de lo que es y lo que parece ser. El juego de la duda, de la ilusión óptica, el engaño de los sentidos y de la confusión del sentido. El sentido, inaprensible, desenfocado, superpuesto, corredizo.

Se desliza.

Se desliza ya desde el principio.

Y no parará de deslizarse en todo el resto del libro. En las ciudades invisibles, el sentido ha pisado una alfombra de jabón.

Queda instaurada la atmósfera poliédrica.

A partir de ahí, el lector empieza a tener demasiado trabajo para darse cuenta de nada, las pesquisas se han disparado, se han proyectado, búsquedas de sentido, quiere saber el lector, va a la segunda ciudad, se repite el encabezado: “Las ciudades y la memoria”, ¡ah!, sigue, piensa el lector, y hay un hombre que cabalga: ¿será el viajero de antes? ¿será otro? ¿pasará algo?

En la segunda ciudad hay un jinete -también en cierto modo es un viajero, ¿no?-. Se confirma el movimiento continuo con el paso de una ciudad a otra.

El lector avanza confiado, detecta elementos estables, que permanecen, desde la primera ciudad (el sujeto viajero, el problema del sentido, el enigma de la verdad) y luego detecta elementos nuevos. Los estables le permiten distinguir a los nuevos: la ciudad se llama de otra forma, ésta es Isadora, aquí hay escaleras de caracol, se fabrican violines y… ¡también hay un gallo, varios!, pero estos se pelean, no son de oro, como en la primera, estos sangran. ¡Vaya! El lector titubea. No sabe a qué carta quedarse.

Aquí el viajero-jinete-personaje tiene un deseo, un sueño, Isadora es la ciudad de los sueños: otra vez, el hombre es descrito por su carencia, por lo que desea. Y además, ¡oh, fatalidad! en un instante, un párrafo no más, el viajero pierde hasta lo que no tiene, pierde el deseo, porque se le convierte en recuerdo. "Los deseos ya son recuerdo" (Pág. 23).

Zas.

Otra ilusión. No ha sido más que otra ilusión.

Sigamos: tercera ciudad. “Las ciudades y el deseo”.

Vaya -piensa el lector, que siente ya un poco de desasosiego impronunciable- a ver si le descubro la lógica. Y se adelanta un poco, avanza páginas leyendo sólo los encabezamientos que aparecen al comienzo de cada ciudad. Pero no descubre la lógica: memoria, memoria, deseo, memoria, deseo, signos, memoria, deseo, signos, sutiles.

Y tan sutiles. ¡Va, estos encabezamientos seguro que no siguen ninguna lógica!, -desiste el lector-.

Sigue.

¿Y qué sigue? Otra indeterminación, pero además esta vez explícita: "De la ciudad de Dorotea se puede hablar de dos maneras: decir (…una descripción física…); o bien decir como el camellero que allí me condujo (…un relato vivencial…)". En la primera manera se dan datos, contables y contados, de carácter material. Y en la segunda se cuenta la experiencia del camellero. Esas dos cosas son las que se pueden decir de esta ciudad: nada que ver la una con la otra. ¿Se trata entonces de la misma ciudad? -se desgarra de interrogación el lector-viajero-perpendicular-clavado-en-las-palabras-.

Y el relato de la ciudad de Dorotea concluye.

¡Pobre lector!

Zaira es la cuarta ciudad. Y Marco dice que podría decir de ella esto y lo otro, pero que sería como no decir nada.

A esta altura del libro no queda en pie ninguna estructura visible de sentido estable o previsible. Laberinto.

Por saturación, la curva ascendente de la interrogación inaugural del lector empieza suavemente a moderarse, ya se ha hecho demasiadas preguntas inútiles y empieza a entender que no sirve de nada, que el juego es otro, ¿pero, cuál es el juego?

Ilusión.

Siguen las ciudades.

Zaira, su historia está escrita en sus líneas. Contiene su pasado. Como todas las ciudades (Pág. 25).

Anastasia (Pág. 27): "Debería hablarte de... pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia… la ciudad… como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte" (Pág. 27).

Tamara: "El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas" (Pág. 28), signos. Es como páginas escritas: "La ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes" (Pág. 29). "Qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido" (Pág. 29).

Zora. Ésta es lo que es, permanece invariable. ¡Por fin, una ciudad que es lo que es!

¡Bien para el lector! ¡Algo, al fin, es lo que parece ser y es! ¡Bien para el lector!

Pero cuando el lector empieza a celebrar este hallazgo, zas, ¿qué le ocurre a Zora? Que muere. Vaya, precisamente la ciudad que es lo que es, va y desaparece por ser lo que es. El encabezado de esta ciudad dice “Las ciudades y la memoria”. Habla, pues, de las que ya no son. "Obligada a permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languideció, se deshizo, desapareció. La tierra la ha olvidado." (Pág. 31) Cuando, por fin, el viajero, que por cierto ya ha desaparecido como tal, encuentra una ciudad que es lo que es, resulta que ya no es.

Ilusión.

Siguen las ciudades.

Despina: es una ciudad diferente según por donde llegues a ella.

Zirma es redundante, se repite. Pero no es Zirma la que se repite o permanece estable, en realidad la que se repite es la memoria: "La memoria es redundante: repite los signos para que la ciudad empiece a existir". O sea, que en la memoria sí hay algo estable, pero es que en la memoria lo que hay es justo lo que ya pasó, lo que ya no es. En la memoria, ese cubo de la basura de la historia, está lo que ha quedado, por tanto resquicio de lo que fue, que ya es para nosotros inaccesible. (¡Vaya mala suerte, para una cosa que parecía estable!)

Ha sido una ilusión, parecía que por fin se nos hablaba de algo unívoco, con sentido cohesionado. Pero no, no nos dejemos llevar por ilusiones: se nos hablaba tan sólo de un producto residual, un fósil memorizado.

La ciudad, al final de la primera parte, carece de consistencia clara, no hay certeza ni sentido estable sobre lo que es y sobre cómo es.

Todo parece falsa apariencia, ideas confundidas.

Se ha sembrado el espejismo por todas partes. El lector ya vive con normalidad este clima especular, la atmósfera poliédrica de las apariencias donde no se puede determinar exactamente qué es lo que es.

El texto está ya perfectamente instalado en la supraestructura de los signos, despegado de la tierra, del suelo, de la superficie carnosa de la realidad en la que las cosas son, no significan, son.

Así es que, claro, al empezar la segunda parte "Quizá el imperio, pensó Kublai, es sólo un zodíaco de fantasmas de la mente" (Pág. 37). Conjunto de emblemas. Y para Kublai, ahora el reto del poder no está en conquistar las ciudades (la carne), sino el sentido (el signo), "El día que conozca todos los emblemas -preguntó a Marco- ¿conseguiré al fin poseer mi imperio?".

Sorprendente: si el imperio es suyo, será que lo posee, ¿no? Sin embargo, parece que no lo posee, que no siente que lo posea. Y presiente que no lo posee porque siente que no entiende su sentido, su significado. Y sabe que sin entender, sin conocer, como él dice, no lo poseerá.

En fin, lo mismo que ocurre con la persona amada cuyo cuerpo muchas veces se puede tener entre las manos a merced nuestra sin lograr sentir que se la posee simplemente porque se permanece muy lejos de entenderla. Pero quizá ésta no sea reflexión de este ensayo.

De momento, siguiendo con nuestro hilo argumentativo, señalaremos que ese escurrimiento (deslizamiento del sentido) se mantiene a lo largo de todas las ciudades del libro. No vamos a agotar las posibilidades de exhaustividad pero, antes de pasar al segundo diálogo invisible, veamos algunos casos:

Maurilia: en postales se muestra la que es y la que fue. Ella y su imagen.

Fedora: plagada de modelos de fedoras contenidos en esferas de vidrio que guardan posibles futuros de ayer.

Zoe: la ciudad que cada hombre lleva en su mente, hecha de diferencias, una ciudad sin fisuras que cada ciudad particular rellena. La imposibilidad de distinguir entre la ciudad pensada dentro y la contemplada fuera.

Zenobia: la satisfacción mutante, que corre hacia otro lado siempre.

Eufemia: donde los recuerdos se intercambian en cada solsticio y en cada equinoccio.

Todas son ciudades contadas, ciudades significadas. Son una cadena de sonidos, están hechas de sonidos, palabras sonadas. Hechas de algo (palabras contadas) que nos conduce a pensar en otra cosa que el sonido mismo. Son, por tanto, lo que no son, el significante, el signo, de lo que no son; el detonante provocador de sí mismas. Una ilusión.

Kublai y Marco dialogan. Sus diálogos se reflejan en breves secuencias que aparecen en cursiva al principio y al final de cada una de las nueve partes. Las descripciones de las ciudades flotan en un espacio literario intemporal, suspendido en ningún momento, sin evolución, sin conexión. Las ciudades se suceden en la disposición del libro, pero cada una de ellas constituye una estampa aislada, autónoma, independiente.

Los relatos de los diálogos entre Kulbai y Marco sin embargo dan ligeras pistas de una evolución de la relación entre ambos. Se siente al tiempo atravesando esa relación entre los dos hombres. Por ejemplo, "Con el paso del tiempo, en los relatos de Marco, las palabras fueron sustituyendo a los objetos y los gestos (…) El extranjero había aprendido a hablar la lengua del emperador, o el emperador a entender la lengua del extranjero" (Pág. 53). La relación evoluciona y hay un orden temporal: hay sucesos que pasan antes o después que otros.

Las secuencias del emperador y Marco tienen por tanto un hilo -muy sutil- conector entre ellas. Las secuencias descriptivas de las ciudades no lo mantienen.

En las secuencias de ellos dos predomina la interpretación y la reflexión. En las de las ciudades predomina la descripción, distanciada además, en tercera persona.

Los limites del mundo-libro Las ciudades invisibles están definidos.

(De momento.)

 

Segundo diálogo invisible

Las dos personas siguen hablando.

Una ya ha aceptado que la otra disfruta leyendo el libro de Calvino. Pero, aunque lo acepta, sigue acusando ese sentimiento inquietante que le produce hablar de lo invisible. Para esta persona, invisible es como inaprensible, inútil, tramposo, engañoso. Es decir, está poco favorablemente predispuesta a apreciar lo invisible. A fin de cuentas, ver siempre se ha considerado vulgarmente prueba indudable de veracidad: ¡Es verdad, yo lo he visto¡ Y hay testigos visuales que han provocado sentencias a muerte de los reos.

En fin, que… no es baladí la cuestión, ¿no creen?

—¿Y de qué ciudades habla? ¿Habla de Turín?

—No, creo que no. Pero…

—Nunca he estado en Turín

—… pero… Sí, también.

—¿También qué?

—Que también de ésa.

—¿De cuál?

—De Turín, ¿no has dicho Turín?

—Te he dicho, te he preguntado, que si el libro también habla… ¡no, también, no! También lo has dicho tú. ¡Me lías! Lo que yo te he dicho es que si el libro habla de Turín.

—Y yo te he dicho que también habla de Turín, porque habla de todas, de todas las ciudades.

—Eso no puede ser, porque si habla de una no habla de otra.

—Depende.

—¿Depende de qué?

—Hombre, depende, se puede hablar de las plazas, de las plazas de las ciudades que tienen plaza, de las casas o de los habitantes de las ciudades, o de las ciudades que tienen canales de agua y de las que no los tienen pero tienen pasadizos subterráneos…

—Ya, pero ¿habla de alguna ciudad en concreto, alguna ciudad con nombre propio?

—Claro, todas lo tienen, cada una su nombre.

—¡Pues entonces no puede hablar de todas las ciudades! O habla en general o habla en particular. Y si habla de ciudades particulares con nombre propio, es que no habla en general.

—¿Acaso lo general no puede aparecer en cada una en particular? ¿Eh? ¿Qué me dices? Lo general, lo esencial y lo eterno de las ciudades, aparece en cada una de ellas, y mostrándome cada una de ellas, viendo lo particular de cada una, yo voy viendo lo general de las ciudades.

—No sé. Me parece que me haces trampa cuando me hablas de ese libro. O cuando me hablas simplemente.

—Pues yo no te engaño. Aunque… tampoco yo sé qué es lo que tú entiendes de lo que yo te digo. Quizá te engañe tu propio entendimiento.

Segundo paradigma, también extraído de esta invisible conversación-herramienta de nuestro ensayo poético: el entendimiento a veces ve visiones; y a veces no las distingue de lo que no lo son.

 

Segundo deslizante (Confusión)

Los limites del mundo de Las ciudades invisibles llega un momento en que se rompen, son atravesados, algo los cruza.

Lo vamos a ver. Pero aún nos queda mucho que atravesar del libro para llegar a ese derrumbamiento del sentido de las palabras fuera y dentro.

Las ciudades invisibles es un viaje por la arquitectura del sentido de la existencia humana. Es una búsqueda del sentido.

En las ciudades de Marco: las estructuras se transforman; los objetos cambian; las construcciones se reflejan en lagos, en mares, en superficies subterráneas, en el cielo… Todo ser torna reflejo o dualidad, copia, reproducción, eco de otra ciudad.

Zobeida: los habitantes recorren la ciudad para atrapar un sueño, pero lo pierden, y tratan de construir una ciudad como en el sueño, y la hacen. Y los que llegan, los recién llegados, nunca entienden "qué era lo que atraía a ese gente a Zobeida, a esa ciudad fea, a esa trampa" (Pág. 59).

Ipazia: la ciudad del lenguaje que engaña, porque "no hay lenguaje sin engaño" (Pág. 62).

Armilla: abandonada antes o después de haber sido habitada.

Valdrada, a orillas de un lago, se refleja en él, así son dos ciudades y "viven la una para la otra, mirándose constantemente a los ojos, pero no se aman" (Pág. 68).

Eso, en cuanto a la dualidad en la descripción (visita) de las ciudades.

Veamos ahora algo sobre los espacios de texto en que reflexionan los dos personajes y la relación entre ellos.

Al final de la tercera parte: Kublai ha soñado una ciudad y la describe a Marco. Toma la palabra. El que habla -reflejo- (y acaba de describirse a Valdrada, la ciudad que se refleja en el lago y se mira siempre con su otra Valdrada) escucha ahora, y el que escuchaba, habla. Hay un intercambio de funciones entre los personajes. El papel del que miente, el papel del que conduce las conversaciones… se deslizan.

Kublai, al comienzo de la quinta parte, le dice a Marco "tus ciudades no existen… ¿Por qué te solazas en fábulas consoladoras?" (Pág. 73).

Y Marco le explica que siempre hay un poso de infelicidad ineludible, y que conviene conocerlo. Tienes que conocerlo, porque sólo así "no errarás desde el principio los cálculos de tu proyecto" (Pág. 74). Es decir: saber tiene un coste; pero también saber resulta imprescindible para ser lo que queremos ser.

Así se cierra el libro: hay un infierno antes del final, y hay que detectarlo, conocerlo, y también hay lo que no es infierno, y hay que detectarlo, conocerlo y hacerle hueco para dejarlo ser. En el saber va la cara y la cruz; y se requiere de ambos y con ambos hay que vivir.

Han pasado cosas entre ellos dos cuando empieza la parte IV. Y además ocurre algo nuevo: en la descripción de la ciudad primera de esa parte, Olivia, entra en primera persona Marco hablando: "Nadie sabe mejor que tú, sabio Kublai, que no se debe confundir nunca la ciudad con las palabras que la describen. Y sin embargo, entre la una y la otra hay una relación. " (Pág. 75)

Al margen de lo que dice Marco -que es bastante ilustrativo y condensador de la atmósfera lógica sembrada por los relatos hasta aquí- al margen de ello, lo que acabamos de presenciar con esta entrada en primera persona de Marco dentro de la descripción de una ciudad es lo siguiente:

Ahora ya ha hablado Kublai, ocupando el puesto del contador de ciudades invisibles. Por tanto, ha desplazado de esa función a Marco.

Y Marco, a su vez, se ha desplazado también, porque ha hablado dentro de las descripciones de ciudades, ha salido de las secuencias en las que él dialoga con Kublai (en cursiva y de contenido reflexivo, recordémoslo) y se ha colado en las secuencias descriptivas de las ciudades. Marco se ha metido dentro de lo contado (por Marco o por Calvino) y además se ha metido dentro de lo contado justo para decir que no hay que confundir las palabras que cuentan con las cosas de las que se habla. Marco se ha desplazado. Y para colmo este desplazamiento de marco ha desplazado a su vez al narrador que habitaba en los espacios de descripción de las ciudades, un narrador anónimo omnisciente y desconocido, que hasta este momento era quien nos conducía de un enclave a otro.

En definitiva, aquí, casi a mitad del libro, se han cruzado algunas fronteras. Los fuera y los dentro empiezan a dar muestras de tener fisuras.

A partir de aquí se van a ir confundiendo continuamente. A la vez que empiezan a llegar descripciones de ciudades que se duplican en otras iguales a ellas que quedan fuera de ellas, o se expanden sin límite y sin posibilidad de determinar cuándo terminan, o ciudades que engendran otras ciudades dentro de ellas mismas, o ciudades que tienen la periferia en el centro, o que carecen de centro y de límites.

Al mismo tiempo, la reflexión ha entrado en el espacio de la descripción y la descripción en el espacio de la reflexión.

Por último, como tirabuzón rococó de estas interferencias, podemos considerar que el contenido mismo de las reflexiones ha empezado a hablar de que las palabras y las cosas tienen sus límites pero no los tienen. Veamos.

En esa primera intervención en primera persona de Marco dentro de una descripción de ciudad, Marco ha dicho: una cosa son las palabras y otra las ciudades.

Vale. Aceptamos.

Es el comienzo de la ciudad de Olivia, una descripción que termina así: "La mentira no está en las palabras, está en las cosas" (Pág. 76)

O sea: una cosa son las palabras (vehículos convencionales del mentir) y otra las cosas, es decir, hay fronteras, pero resulta que son las cosas las que mienten. ¿Sí? ¡Entonces, también la mentira se ha desplazado: de las palabras a las cosas¡

Ése es el gran escurrimiento que producen todos esos sentidos flotantes del libro. A mitad del relato, todo se empieza a mover (las funciones de los personajes, los personajes, las conjugaciones de los verbos, los géneros -descriptivo, reflexivo- , el domicilio de la mentira…) El resultado final de este terremoto es que todo termina pudiendo estar en cualquier sitio, en todos los sitios.

Por eso, rápidamente aparece en el libro Sofronia, ciudad compuesta de dos mitades, que se van desmontando y montando continuamente en otro sitio. Porque en toda verdad hay una parte de mentira. No será sólo en Sofronia.

Eutropia no es una ciudad, sino muchas, "no es una sino todas las ciudades al mismo tiempo" y los habitantes las van poblando, los mismos habitantes, sucesivamente, cuando están cansados se van a otra Eutropia y allí cada uno desempeña ahora otro papel, otra ocupación: las ocupaciones permanecen pero los ocupantes cambian. Son los mismos pero no son ya los mismos. La ciudad es así siempre igual, con las mismas escenas, pero en otro sitio. Se ha desplazado.

Las ciudades invisibles, de Calvino, es una propuesta de secreto que nunca se descubre. Es un laberinto. El lector lo recorre buscando la salida, el sentido, pero qué quiere decir es un enigma, un secreto nombrado, una obviedad oculta, invisible.

Zemrude: es según se mire, según lo que quieras ver en ella. Según tu humor. Por tanto, no es ella sino el reflejo del que mira. Es la obra de quien la contempla.

Aglaura: son dos ciudades y es una; son la ciudad que es nombrada, la que se habla y la otra, la que existe o es vivida.

Kublai se desasosiega con estas intuiciones. Por eso demanda ser él quien nombre las ciudades y que Marco verifique.

Kublai sufre esa ubicuidad del sentido. Y la quiere amarrar.

Lo que es y lo que no es.

Acaso todas son lo mismo y ninguna igual a sí misma.

Kublai siente el peso de la ciudad, del objeto ciudad, y empieza a anhelar la ligereza, anhelar librarse de ese peso. Por eso crece su deseo de ligereza, de aligerar el asunto, su asunto, su sentido de sí mismo y de su imperio.

Y por eso la quinta parte se abre con Octavia, la ciudad telaraña suspendida en el aire, una red ligera, que hace que los habitantes sean conscientes de que su propia resistencia es escasa. Y -paradoja- quien sabe que es poco consistente resulta más consistente que quien es inconsistente y lo ignora.

Y se suceden ahora varias ciudades ligeras: una es tan sólo la maraña de hilos de parentesco (Ersilia); otra está sostenida sobre zancos, separada de la tierra (Bancis); otra, medio volátil, porque la componen los dioses que se van trasladando siempre y los que siempre se quedan (Leandra); otra, que siempre permanece igual a sí misma, pero en la que hay también cambios, aunque la vida de un habitante no permite verlos por ser demasiado breve (Melania).

Todas ellas encierran una tensión entre lo contingente y lo esencial, lo que permanece y lo que cambia, lo profundo y lo superficial, lo eterno y lo efímero.

Esmeraldina: ciudad acuática, los infinitos recorridos posibles no hay mapa que pueda reflejarlos.

Fílides: ciudad que se sustrae a la mirada, y en la que ves según lo que quieres ver. Lo mirado depende de quien lo mire. Por tanto, al mirar la ciudad es uno quien se mira. Ubicuidad.

Pirra: ciudad no vista sino imaginada a través de su nombre. Y, una vez vista, su nombre ya no puede ser suyo, porque a su nombre asociamos lo que era y lo que es no es su nombre. Mirar, nombrar, ser: cada vez que hacemos algo de eso desplazamos su significado.

Adelma: otra vez ver significa verse, porque en Adelma uno ve lo que ya conoce y lo que no conoce aunque esté delante no lo ve. Por eso, en Adelma se ve a los muertos conocidos en el rostro de los vivos desconocidos. Por eso, lo vivo, lo que es, resulta invisible. Así es que, conclusión: nada está donde parece estar, nada está en su sitio, todo se ha desplazado.

Eudoxia (una de “Las ciudades y el cielo”): es ella y un tapiz que la dibuja, a imagen dictada por el cielo, que, luego, cambia según le va dictando el tapiz. Es decir: de nuevo la confusión entre el reflejo, lo que causa el reflejo y lo reflejado. Los cambios se dictan en ambos sentidos: somos lo que creemos ser y lo que creemos ser nos hace.

La distancia, el punto de vista, el efecto del que mira sobre lo mirado, el influjo reflejo, el sentido huidizo y duplicado, han agitado interrogantes en Kublai, y una nostalgia: Kublai ve que Marco cuenta lo que cree haber visto por tanto lo que lleva en la memoria, y que ha ido tan lejos para viajar en realidad muy cerca de sí mismo.

Lejos, cerca, dentro, fuera. Al final de la sexta parte sabemos que mirar necesita una distancia, una distinción, por tanto, entre lo que es fuera y dentro, una separación, y que no se recorre viajando por las ciudades (que además son todas la misma ciudad), sino por dentro de uno mismo.

Kublai necesita a Marco para atrapar el sentido. En estas dos últimas partes que restan ya parece claro. Kublai se ha movido en lo real y Marco en la palabra, en los signos.

Kublai se ha dado cuenta, por eso dice ahora "Tampoco yo estoy seguro de estar aquí" (Pág. 115). Kublai no sabe dónde está, lejos o cerca, fuera o dentro: los límites de su conciencia se han rasgado.

Esa conciencia de su propio perdimiento se hace cada vez más palpable.

Por eso aparecen ciudades como Clarisa, que decae y se vuelve a hacer pero no se sabe nada de la primera Clarisa ni si la hubo. O Eusapia, una copia idéntica de su ciudad bajo tierra, pero no se sabe si es la copia la que copia al original o el original copia a la copia; por tanto no se sabe quién dicta, quién es copia. Igual que ocurre en Bersabea, que tiene dos dobles. O Leonia, que se hace todos los días y tiene un sentido siempre mutante.

Kublai se va desprendiendo de su postura inicial: el que escucha, el que se mueve en lo real, el que existía, guerreaba y conquistaba. Y él mismo va siendo consciente de este deslizamiento. Dice al final de la parte séptima: "Tal vez este jardín sólo asoma sus terrazas al lago de nuestra mente" (Pág. 127).

Todo parece sólo puro juego, reflejo, ilusión, del pensamiento.

La conclusión en este punto es: nada existe más que en la medida en que es pensado por nosotros. Incluidas las ciudades conquistadas, los guerreros que las conquistan, los campamentos, la fatiga, la lucha... Sólo existen porque ellos dos lo piensan. Si no lo piensan es que no existen.

Pero eso no les conviene a ellos mismos porque si no piensan a otros ¿cómo saber que ellos mismos existen, pues no son otra cosa que lo que piensan?

Así es que el final de esta parte es totalmente paradigmático: "Kublai: Hemos demostrado que si existiéramos, no estaríamos aquí. Polo: - Y aquí estamos" (Pág. 127).

En este punto del libro se inscribe por tanto la máxima tensión del interrogante que lo recorre en todo momento y lo estructura: ¿qué sentido tenemos, qué sentido tiene todo, la vida, existir, las ciudades?

La parte octava dilata esa tensión con un recorrido por el doble sentido, lo cerca y lo lejos, desde dentro desde fuera… siempre por tanto sobre el eje de la perspectiva y redundando sobre asuntos ya trazados en páginas anteriores.

Y finalmente se da paso a la última parte.

Todas los apuntes se repiten y lo hacen para trazar una idea: la respuesta está dentro del que se hace la pregunta. Igual que la ciudad que lleva dentro de sí a su otra ciudad o igual que el que mira determina lo visto, o "Lo que comanda el relato no es la voz: es el oído" (Pág. 145) o "el que escucha sólo retiene las palabras que espera".

La lección para Kublai es: está en ti, Kublai, la respuesta a tu pregunta está en ti. No tenemos certeza de que exista el objeto, el fuera, la ciudad, la realidad, lo otro, lo visto, lo nombrado… "Hace horas que avanzas y no ves claro si estás en medio de la ciudad o todavía fuera" (Pentesilea, pág. 164). "Pentesilea es sólo periferia de sí misma… fuera de Pentesilea, ¿existe un fuera?" (Pág. 165). No tenemos certeza de que exista nada fuera de nosotros. Al mirar, creamos lo visto; al nombrar, creamos lo nombrado.

Entonces…

"Dice (Kublai): - Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la ciudad infernal" (Pág. 171).

Pero Marco le consuela con una encomienda: no todo es infierno, y la solución es saber, es decir, procurar el conocimiento, "buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio".

Y el libro se termina.

Nosotros, sin embargo, seguimos ahora con la comunicación política de la ciudad. Pero antes de pasar al último epígrafe de nuestro ensayo poético, retengamos por un memento una enseñanza de cierre que nos ha dejado Marco-Calvino.

Sólo hay una pregunta, como sólo hay una ciudad invisible. Y la respuesta es una que incluye a todas: entregarse a la búsqueda del conocimiento, como se entrega uno al viaje por las ciudades. Y así distinguiremos el infierno.

 

Tercer diálogo invisible

(frases totalmente invisibles ya)

—Pero, si son invisibles, ¿quién puede hablar de ellas para contar cómo son?

—Marco Polo, que las ha visitado.

—No se pueden visitar los lugares invisibles.

—Quizá no se puedan visitar con el cuerpo, pero se pueden visitar. ¿O es que crees que Marco Polo miente?

—No. Quizá no mienta Marco Polo.

—Claro que no miente. Él, viajero incansable, le cuenta a Kublai Jam cómo son las ciudades.

—¿Y Kublai Jam le cree?

—Pues a veces sí y a veces no. Cuando Marco Polo le dice lo que quiere oír, sí le cree. Y cuando le cuenta lo que no quiere oír, no le cree. Incluso no quiere ni escucharle.

—Pero, si sólo escucha cuando le dicen lo que quería oír es que no quiere escuchar en realidad. No quiere saber, sino confirmar, lo que ya esperaba, lo que ya sabía. Y eso es porque él tampoco cree en las ciudades invisibles, él quiere que Marco le cuente lo visible.

—No, no lo creo. Kublai escucha a Marco. Le escucha, y en la imagen de las ciudades invisibles ve su imagen, la de su imperio.

—Pues eso, que no le escucha, que sólo atiende, o sólo entiende lo que ya sabía antes de que Marco le contara cómo son las ciudades invisibles. Kublai no ve las ciudades, ve lo que quiere ver, y en los retratos que Marco le hace de las ciudades Kublai se refleja, ve un reflejo de sí mismo y de su imperio, simplemente. Las palabras de Marco son para él un espejo no una lente. No le acercan nada, le acercan a sí mismo... ¿Eh?

(risas)

—¿Eh? ¡Dime! ¿Por qué te ríes? ¿Te ríes de lo que estoy diciendo?

—Sí, claro, ¡cómo no!

—¿Y de qué te ríes?

—De que acabas de ver las ciudades invisibles y al principio dijiste que no se podían ver. Has terminado viéndolas.

—No, he terminado viendo lo que tú me cuentas. La fantasía que tú me cuentas. Y la alegría con la que te crees todas esas mentiras.

—¿Qué mentiras? ¡Marco no le mentía a Kublai, te he dicho!

—Yo no sé si Marco le mentía a Kublai o no. Y creo que tú tampoco puedes saberlo, porque no eres Marco ni Kublai.

—Vaya, qué ocurrencia.

—Claro, ¿tú que me has contado?

—Yo te he contado lo que Marco le contaba a Kublai.

—No, tú me has contado lo que Italo Calvino te ha contado que Marco le contaba a Kublai. Y lo que no sabemos es si Italo Calvino te ha engañado. Porque Marco y Kublai son invisibles, tú nunca los has visto, son contadores invisibles. Crees que los has visto, pero no los has visto, Calvino te ha engañado.

—Depende. A lo mejor lo que ha pasado es que te he engañado yo a ti contándote lo que Calvino me ha contado a mí. —>

Tercer paradigma: apenas lo vemos. Tenemos que adivinarlo entre la bruma que dejan en el aire nuestros personajes-herramienta-de-análisis. Se están yendo. Se van. ¡Adiós, personajes herramienta! ¡Adi...

Vaya. Se fueron del todo.

Ahora tendremos que escribir el tercer paradigma, pero ya no será científico, porque nos lo vamos a inventar, ya no nos lo van a inducir nuestros herramientas. Pero, en fin, inventemos, todo sea por completar el ensayo poético. Aunque quien redacta estas líneas advierte a los lectores que ya no hace responsable de la calidad científica de este tercer paradigma, porque se ha deducido fuera de nuestro método de ensayo.

Tercer paradigma: a veces los contadores de cuentos se inventan a sí mismos y entonces al lector le resulta muy difícil seguir siendo real él mismo porque el propio cuento casi le absorbe a él también para incorporarlo al relato y convertirlo en lector-personaje-inventado.

Es decir: que si escuchamos a los cuentistas en cierto modo renunciamos a nosotros mismos, corremos el riesgo de dejarnos desrealizar.

Y ahora ya, pasemos al último apartado: la ciudad enunciada por el hambre electoral.

 

El tercer deslizante: la ciudad enunciada (del discurso político electoral)

2003, año electoral en España (sur de Europa). Desde que la democracia y los medios de comunicación inauguraron sus prácticas fornicantes desaforadas (fuera del foro) casi todos los años son electorales; cada año se alumbra una elección, a veces de parto múltiple. La liturgia democrática de las urnas renueva su protocolo incansablemente, se vuelven a abrir las guerras intestinas por los liderazgos dentro de los partidos, se vuelven a abrir las agendas de contacto con las plataformas ciudadanas, las rondas (y rondallas) de consulta a la sociedad civil: qué queréis, qué os gusta, cómo es la ciudad que os hace falta... En definitiva: qué queréis que os digamos para que nos votéis. O más matizadamente: qué queréis que os digamos para que al oírlo vosotros creáis que decimos lo que vosotros pensáis.

El discurso electoral se enfrenta a la ciudad con un diagrama de formulario. El discurso político ante los medios informativos aborda el ítem ciudad de forma simplificada, reduciéndolo a un catálogo de ofertas clasificadas en áreas: circulación de vehículos, vivienda, parques... Nos situamos en una ciudad media española (en torno a los 300.000 habitantes) a falta de tres meses para celebrar elecciones a la alcaldía. La voz pública representada en los medios (gobierno municipal, partidos mayoritarios, empresarios, sindicatos mayoritarios y organizaciones vinculadas al poder consolidado) se enreda en el día a día con un escueto menú de asuntos: falta policía, no hay suficientes aparcamientos, varias vías resultan intransitables, los comercios no tienen apoyo del ayuntamiento, ¿qué pasa con el medio ambiente?... Salpicando el catálogo de planteamientos generales sobre tránsito, comercio, seguridad ciudadana y etcétera. También aletea informativamente alguna disputa sobre alguna obra, algún edificio, alguna calificación de terreno que condiciona la construcción de más edificios.

Las promesas electorales de 2003 en estas ciudades del sur de Europa desoyen a Kublai y a Marco. (Seguramente en el norte de Europa también, pero decimos sur de Europa para evitar repetir de nuevo el nombre de la patria. Amén). Los candidatos del 2003 municipal español, estos nuevos caudillos del nacionalismo, del liberalismo, el neoliberalismo, el ultramegaliberalismo plus o de la socialdemocracia, nunca han repartido encuestas electorales entre los habitantes de Diomira, Adelma, Esmeraldina, Eudoxia, Zelrude, Aglaura, Valdrada... Estos alcaldes, alcaldesas y alcaldables, aspirantes todos, trabajan con encuestas, con guerras de convocatorias a los medios de comunicación (programación y contraprogramación de actos y ruedas de prensa), y con programas electorales divididos en capítulos más o menos ajustados al organigrama de gobierno de la cosa (concejalía de urbanismo, concejalía de cultura, concejalía de turismo, concejalía de seguridad ciudadana, de juventud...). Pero pocas, muy pocas veces recorren la ciudad como Marco o como Kublai para desentrañar la perspectiva de vida posible que queda entre los trazos de todas esas infraestructuras megalómanas que ellos pretenden levantar con su buena gestión de los dineros públicos.

En ese contexto aterrizamos de nuevo en otra ciudad concreta. Santa Cruz de Tenerife, Canarias.

“Las ordenanzas fiscales de Santa Cruz aprobadas por unanimidad. La concejala de Hacienda destaca que la presión viene disminuyendo desde 1995”.1

“El Ayuntamiento incumple varias medidas de seguridad. Un informe del consistorio desvela carencias que ya habían denunciado los sindicatos. (Se trata de carencias de los edificios respecto a medidas preventivas de seguridad: escaleras de incendios, rampa que elimine las barreras arquitectónicas para las personas que se mueven con sillas de rueda, etc).2

“La policía local de Santa Cruz viene registrando un balance de cerca de ochenta objetos perdidos cada siete días en la oficina destinada al efecto.”3

“El ayuntamiento suspenderá hoy las licencias urbanísticas en varias zonas de la capital”.4

“Ayuntamiento y constructores optan por consensuar las licencias urbanísticas. Los empresarios están tranquilos porque serán indemnizados por las obras que se suspendan”.5

“El edificio Alsaca, a la espera de un nuevo estudio de sus pilares. Una empresa madrileña despejará la incógnita de si es posible la salvación del inmueble”.6

“El Ayuntamiento aprueba para 2003 un presupuesto de 241 millones. Las partidas de mayor cuantía estarán destinadas a la RPT (relación de puestos de trabajo) y a Asuntos Sociales”.7

“La instalación de torres de refrigeración se controlará para evitar la legionellosis”.8

“El municipio genera una media de 1,1 kilos de basura diarios por persona. En 2002 se recogieron en el municipio un total de 98´66 toneladas de residuos, un 47´5% más que en 1989, un incremento que no se corresponde al de la población. Los embalajes y el crecimiento económico son las principales causas.”9

“El Ayuntamiento dice que el turismo en Santa Cruz aumentó el año pasado”.10

“La ejecución del proyecto de Las Teresitas costará 15 millones menos”.11

“Más de 900 edificaciones serán catalogadas en el PGO (plan general de ordenación). La protección del medio ambiente es una de las características a estudiar”.12

“La Sociedad de Desarrollo de Santa Cruz constata un continuo ascenso en la creación de empresas en el municipio”.13

“El Ayuntamiento modificará el PGO para que el puerto construya un hotel. Se levantará una altura por encima del rasante de la avenida y albergará a 400 personas”.14

“La gerencia de urbanismo inicia los trámites para la demolición de dos edificios”.15

“Añaza contará en un año con las instalaciones de la piscina cubierta”.16

“El Ayuntamiento ubicará la iglesia de Cabo Llanos frente al auditorio”.17

“Una comisión decidirá de que manera distribuir el dinero del 31 M."18 19

“El apuntalamiento del edificio Alsaca cuesta 240.000 euros”.20

Y en ese mismo día y misma página: “El Ayuntamiento crea las bases de la Fundación Santa Cruz Sostenible para proteger el medio ambiente”, “Las obras del Centro Social de la Tercera Edad de El Tablero avanzan a buen ritmo” (dos titulares que proceden casi textualmente de la nota de prensa emitida por el ayuntamiento el día anterior) y “La candidata del PP visita la Zona Rambla y presenta sus ideas para la mejora del comercio en el área.

Esta candidata días antes ha dado rueda de prensa denunciando que faltan policías. Y la semana siguiente el alcalde y otras autoridades han asistido -previa convocatoria a los medios de comunicación, especialmente fotógrafos y televisiones- a un entrenamiento público de los nuevos equipos de policía.

El acto no encerraba una información muy notable, como se puede deducir. Los agentes adiestrados de policía, con sus trajes flamantes e impecables, corrieron, gritaron, pisaron fuerte el suelo con sus botas, dispararon balas de fogueo ruidosas y humorosas y, en fin, demostraron su capacidad de guardar la seguridad de los ciudadanos. Algo que, conviene que resaltemos, ya habían hecho días unos diez días antes también ante los medios gráficos de comunicación y ante las autoridades. Y que posiblemente tendrán que volver a repetir si más candidatos de la oposición dieran más ruedas de prensa denunciando falta de agentes de policía. Así es la lógica: unos denuncian faltas, otros sacan a desfilar las superpotencias policiales. Y los agentes tendrán que hacer tantos ejercicios públicos de entrenamiento con balas de fogueo como fuegos artificiales informativos programen los candidatos a arrebatar la alcaldía al alcalde. Con lo cual cabría preguntarse ¿a quién defienden realmente estos policías? Pero esa pregunta y su consiguiente respuesta corresponderían a otro ensayo, quizá ya no poético, de otro título.

Nosotros vamos a dejar tal sugerencia y retomaremos nuestro hilo.

La situación es que tenemos un alcalde, nacionalista, a quien se le ha presentado una emergente rival política, mujer, conservadora y virgen electoral, que cada dos días da una rueda de prensa para decir que los ciudadanos están preocupados sobre todo por la seguridad ciudadana, que lo indican las encuestas, que faltan policías, que todo se arreglaría con 500 agentes nuevos. Como hemos visto, el alcalde, astuto, responde a estas algarabías informatoides poniendo a los nuevos equipos de policía municipal a hacer maniobras de entrenamiento ante los medios de comunicación, con convocatoria previa y apagón de otras posibles convocatorias rivalizantes. En el cuadro se perfila una arena política encharcada con tres temas estrella: que no hay policía, que no hay bastante policía y que faltan policías.

En este escenario bajamos un día a la calle, pongamos el martes 18 de febrero de 2003 y leemos esto en la primera del diario de mayor distribución: en titulares, “Cámaras móviles vigilarán Santa Cruz”. Y como texto, “El alcalde de Santa Cruz, Miguel Zerolo, adelantó ayer que el ayuntamiento planea sacar a la calle cámaras de vídeo-vigilancia móviles, que se podrían trasladar de ubicación en función de la conflictividad de las diferentes zonas de la capital. Hasta ahora, los únicos dispositivos instalados tenían como objetivo el control del tráfico. Los planes municipales están pendientes de la conclusión de un informe legal”.

El proyecto prevé instalar sistemas de vigilancia automática en todo el municipio. La ciudad plagada de ojos delatores. No ojos de mirada no de placer, sino de mirada práctica, útil. La ciudad ojeada. La ciudad vigilada. No vigilante. La ciudad controlada. Los ciudadanos se dejarán vigilar con tal de conseguir vigilar a los otros. La ciudad desconfiada. La ciudad que no se mira, pero se vigila. La ciudad que está atascada de tráfico pero que compra vehículos. La ciudad recorrida con prisa, recorrida a ciegas, sin tiempo de mirar otra cosa que no sean los escaparates, pero vigilada; y no recorrida en absoluto por aquellas zonas en las que no se han instalado escaparates.

El regidor promete ojos para los que no se ven. Ojos que no sabe si son legales, pero sospecha que son rentables. Ojos mecánicos que espantan el miedo automático. La ciudad de los consumidores con prisa y los vigilantes con cámara.

“El plan municipal está a la espera de un informe que ha sido encargado al ex miembro del Tribunal Constitucional y del Tribunal Supremo Rafael Mendizábal, y que establecerá los criterios legales que han de tenerse en cuenta a la hora de poner en marcha una iniciativa de estas características”

La ciudad vigilada puede que resulte inconstitucional, pero de momento ya se ha instalado en los periódicos, en las radios, en las televisiones locales, y está buscando acomodo en las conversaciones de la gente, en las convicciones de los electores, en el mapa de factores de miedo de los vecinos. ¿Y si no permiten el proyecto, quién nos va a vigilar?

Y llegados a este punto, cerramos un periplo de nuestro ensayo poético: de lo invisible a los visto (por la cámara vigiladora). Frente a las ciudades invisibles de Calvino nos hemos chocado con la ciudad visibilizada de Miguel Zerolo, un alcalde de una ciudad del Sur de Europa a comienzos de año 2003. Un alcalde que pronto tendrá que pasar examen, elecciones, una especie de ITV21 política. Un alcalde a la defensiva, preventivo. Un alcalde que procura que se vea lo que espera que le beneficie de cara a la consideración que tienen de él los ciudadanos.

En esa ciudad vigilada se va a saber la verdad; la cámara vigiladora va a registrar la verdad y los ciudadanos ya podrán quedarse tranquilos. Si algo pasa, estará la cámara.

Ya hemos desmenuzado los ángulos de visión de nuestros dos polos de análisis, la ciudad invisible y la ciudad visibilizada. En la atmósfera de este ensayo flotan numerosas observaciones dispersas que ha llegado el momento de esquematizar. A continuación presentamos en un cuadro los rasgos contrastados de los dos universos ciudadanos que hemos analizado: la ciudad de Kublai, el conquistador, y la ciudad de Zerolo, el candidato.

  Ciudad invisible - Kublai     Ciudad visibilizada - Zerolo
K escucha (relatos) Z habla (noticias)
K atiende Z pide atención
K aspira al conocimiento Z aspira al poder municipal
El intermediario de K, Marco, le trae (relatos de ciudades, imágenes de ciudades) El intermediario de Z (el periódico en este caso, pero también podría haber sido la radio, la televisión...) es usado por Z para que lleve imágenes (noticias) a otros, a los ciudadanos.
En las ciudades de K todo evoluciona, cambia, se transforma, se refleja, se hace y se deshace, se reconstruye... En las de K se trata de evitar la ambigüedad, se dan datos, se afirman cosas, se cuantifica y se valora en cifras, se enumera, se concretiza...
En Las ciudades invisibles finalmente averiguamos que nada existe más que lo que pensamos. K se pregunta ¿Realmente, qué es lo que existe? En las informaciones que promueve Z se afirma, se trata de disipar dudas, se procura reducir al discurso que hace dudar.

Y aquí hacemos una pausa en este ejercicio de contraste porque la línea de observación nos hace toparnos con algo en lo que ambos, K y Z, coinciden: ambos saben que sólo existe lo que se piensa. Pero esta ley que ambos comparten es utilizada por cada uno para fines diferentes: K procura pensar por sí mismo y Z procura pensar por los ciudadanos, darles lo pensado ya pesado y, por tanto, evitarles pensar. Su propuesta de colocar cámaras para que vean la ciudad es en realidad una propuesta de sustitución: ellas vigilarán por vosotros, ciudadanos, quedaos tranquilos. Por tanto: no vigiléis, no observéis, ya lo harán las cámaras por vosotros y ya os suministro yo los datos de lo que la ciudad es y está viviendo.

En algo han coincidido K y Z, pero ha sido una coincidencia para la divergencia.

Sigamos con el cuadro de contrastación:

  Ciudad invisible - Kublai     Ciudad visibilizada - Zerolo
K: al pensar, somos. ¿Qué sentido tenemos existiendo? Pensar y pensarnos. Z: no penséis, dejaos pensar. (Por tanto, no seáis)
K y Marco: la respuesta está dentro del que se pregunta.Las personas se enfrentan a sí mismas, se miran. La respuesta está fuera, en las cámaras, ellas dirán lo que ha pasado realmente.Se pone a los ciudadanos ante la cámara, se les enfrenta a la cámara, son mirados.
La ciudad eres tú que la ves. La ciudad te ve.
El ciudadano es sujeto activo. El ciudadano es objeto pasivo.
La persona hace humana a la ciudad viéndola, la subjetiviza. Las cámaras de la ciudad, sus objetivos, objetivizan a las persona.
Las cosas se humanizan.Las personas se cosifican.
Se hace persona a la ciudad. Se hace cosa a las personas.
Predomina la persona. Predomina la cosa (la imagen).

Y de nuevo encontramos un punto de coincidencia. Vamos a ver si ahora no se abre en divergencia posteriormente.

Marco termina metiéndose en sus propios cuentos o relatos y metiendo también a Kublai. Y en la ciudad de Zerolo también las personas terminan metidas en los relatos (relatos audiovisuales) que suministran las cámaras.

Estamos ya a un punto de cerrar nuestro ensayo poético. ¿Es lo mismo entonces la ciudad invisible y la visibilizada?

Antes de terminar, de forma rápida veamos algunas enseñanzas que el recorrido hasta esta pregunta nos ha dejado en nuestra maleta de potenciales candidatos a alcaldía, es decir, enseñanzas que el viaje por las ciudades invisibles aporta a los políticos a la hora de nombrar la ciudad para ganarse la adhesión electoral de sus ciudadanos.

Se trataría de algo así como la guía invisible de la comunicación política sobre la ciudad. Y está, como todo lo invisible, dotada de dos caras, pues se trata de una hoja de doble filo.

1. La ciudad de Zora nos enseñó que si permanece inmóvil, invariable, muere. Por eso, el discurso del candidato habla siempre de novedades, de regeneraciones, de transformaciones. Siempre la quieren cambiar, confiando en que con eso inmortalicen su nombre.

2. La ciudad de Tamara no se puede ver. Se ven sus signos. En realidad, Calvino la describe como “verdaderamente, la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o qué esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido”. Se trata, por tanto, de una ciudad suplantada por su significante, por los rasgos que la nombran. Y la descripción que supuestamente sirve para mostrarla, en realidad la vuelve invisible, desplaza a la visión. Parecido a lo que ocurre con Maurilia, que se conoce visitándola o viéndola en tarjetas, y “Puede ocurrir que para no decepcionar a los habitantes, el viajero elogie la ciudad de las postales y la prefiera a la presente”. Así, los políticos describen su ciudad, hablan de ella en todas partes, y con su descripción intentan suplantar la visión personal que cada ciudadano puede tener de la ciudad. El que describe primero siembra visiones, y desplaza, condiciona, las visiones propias de otros, visiones personales, independientes. El que describe primero induce primero.

3. Tamara, la convertida en signo. Y signo es representación de algo que no está en el signo, de otra cosa. Plagando la ciudad de símbolos, la ciudad real desaparece a la vista de los ciudadanos. Entre el signo y lo significado se extiende un largo camino de incertidumbre. Si el político realza sus signos, significa la ciudad, los ciudadanos ya no sabrán a ciencia cierta qué pensar de ella. Como en Tamara.

4. Dorotea es la ciudad que se puede ver o vivir. Los aspirantes a regidores, conscientes de esta dualidad, tratan de ofrecer a los ciudadanos una experiencia vicaria sobre la ciudad, les invitan a que la vean, por tanto no a que la vivan. Les invitan a que les parezca suficiente verla, por tanto, a que eviten vivirla. Porque vivirla mediáticamente es precisamente eso, vivirla sin vivirla ellos mismos, vivirla a través de un medio, que se pone en medio.

5. Acostumbrados a los símbolos, los ciudadanos terminan desconociendo que la verdad existe o puede existir. O puede ser exigible. La orgía de discursos sobre la ciudad, la proliferación de visiones y versiones, quizá deja hueco para sospechar que alguna de las versiones vertidas ha de ser mentira, pero, en todo caso, tal inflación de símbolos ahoga la demanda de versión-verdad. El versionismo afloja la presión de las demandas.

6. Zirma, la ciudad redundante, que se repite, enseña a los lectores que no es realmente ella la que se repite, sino la memoria, "la memoria (...) repite los signos para que la ciudad empiece a existir". Así, el político sabe que ha de aspirar a ser la memoria del ciudadano, repetir y repetir lo que quiere que se instale en la memoria de los que habrán de votarle.

7. Zoe confirmó que cada uno ve lo que uno es, porque Zoe era la ciudad que cada hombre lleva en su mente y estaba hecha de diferencias. Y esta ciudad instauraba en los hombres la imposibilidad de distinguir entre la ciudad pensada dentro y la contemplada fuera. Cada uno rellenaba su esquema mental con el contenido que se le ofrecía ante los ojos. Por eso, el político puede llegar a saber que se trata de dejar a cada uno creer que esa ciudad de la que les está hablando él es justo la ciudad que cada uno de ellos tiene en su mente. Discurso camaleónico.

8. En Zobeida, los habitantes recorren la ciudad para atrapar un sueño. Los aspirantes lanzan sueños para atrapar a los ciudadanos, para mantenerles ocupados en la ensoñación. Sueños abiertos, generales, con los que difícilmente se puede estar en desacuerdo: “Vamos a hacer una ciudad segura, habitable, transitable...”. En los sueños indeterminados encuentran acomodo todos los sueños de cualquiera.

9. Uno ve lo que ya conoce, lo descubrimos en Adelma. Limitando el conocimiento de los vecinos, limitamos su capacidad de reconocimiento. Los políticos procuran controlar lo que los ciudadanos saben de la ciudad para así evitar que tengan conceptos que desvelen cosas, conceptos reveladores. Si alguien no sabe qué cosa es un tornillo, aunque lo vea en la calle tirado en el suelo no se preguntará de qué máquina o cerebro se ha soltado, porque no podrá deducir que se trata de una pieza férrea que está fuera de sitio. Lo que no se sabe no se ve aunque se vea.

10. En toda verdad hay una parte de mentira, dice Marco. Piensen los lectores cuántas veces reconocen los aspirantes la parte de mentira de sus verdades. Y analicen si acaso no reconociéndola ayudan a no distinguir la verdad de la mentira.

Los paradigmas inducidos en nuestro ensayo poético trazan un cuadro de interpretación en el que los cuentistas pueden desrealizar a los que escuchan.

Recordemos:

1. Primer paradigma: lo invisible provoca cuentos al autor y los cuentos provocan visiones a los lectores.

2. Segundo paradigma: el entendimiento a veces ve visiones; y a veces no las distingue de lo que no lo son.

3. Tercer paradigma: a veces los contadores de cuentos se inventan a sí mismos y entonces le resulta muy difícil al lector seguir siendo real él mismo, porque el propio cuento casi le absorbe a él también para incorporarlo al relato y convertirlo en lector-personaje-inventado.

Cuanto más se aproximan los aspirantes a candidatos a la proyección electoral de los paradigmas, más se desrealizan los ciudadanos. Menos ven por sí mismos, menos saben, menos se saben, menos son.

Por eso, no resulta en absoluto recomendable que los aspirantes a regidores municipales sean contadores. No resulta recomendable desde la lógica del proyecto de ser que tiene cada ciudadano, aunque quizá si resulte muy recomendable desde la lógica de proyecto de tener poder que tienen los candidatos.

La democracia se cura, se sana, se desarrolla, con el saber, ese saber que al final de Las ciudades invisibles nos recomienda Marco: un saber que permite distinguir dónde están los infiernos y "buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio".

Para eso, los hombres y las mujeres que habitan las ciudades necesitan saberlas, vivirlas, recorrerlas, pisarlas, olerlas, escucharlas, penetrarlas... mirarlas, porque no son invisibles, y porque no se puede delegar en una cámara vigilante móvil el placer de ver a las ciudades visibles.

Así es que contestemos ya por fin a la pregunta que hemos dejado trazada más arriba: ¿Es lo mismo entonces la ciudad invisible y la visibilizada?

No, no es lo mismo, porque aunque en ambas no tengamos más remedio que dejarnos meter en el cuento, en una lo hacemos como sujetos conocedores o que pueden conocer, y en la otra lo hacemos como objetos que pueden ser conocidos o reconocidos. Nunca será lo mismo perseguir el conocimiento que ser expulsado de él por la vía del exilio audiovisualizante.

 

Bibliografía

Augué, Marc. 2001. Ficciones de Fin de siglo. Barcelona: Gedisa.

Augué, Marc. 1996. Los “no lugares”: espacios del anonimato: una antropología de la modernidad. Barcelona: Gedisa.

Bachelard, Gaston , 1974. La poética del espacio. 2ª ed. México: F.C.E.

Calvino, Italo. 1990. Las ciudades invisibles. Madrid: Siruela.

Echevarría, Javier. 1994. Telépolis. Barcelona: Destino.

Sartori, Giovanni, 1998. Homo videns: la sociedad teledirigida. Madrid: Taurus.

Stocker, Guerry (ed.) 2000. La participación de los ciudadanos en al vida pública local: informe del comité Director para la Democracia Local y Regional (CDLR) / preparado en colaboración con el profesor Guerry Stocker. Madrid: Instituto Nacional de Administraciones Públicas.

Toynbee, Arnold J. 1999. Ciudades en marcha. Madrid: Altaya.

 

Notas

[1] Página 10 del martes 12 de noviembre de 2002, La Gaceta de Canarias

[2] Página 6 del jueves 14 de noviembre de 2002, Diario de Avisos

[3] Página 15 del viernes 13 de diciembre de 2002, El Día

[4] Página 12 del viernes 13 de diciembre de 2002, El Día

[5] Página 6 del miércoles 18 de diciembre, Diario de Avisos

[6] Página 7 del miércoles 18 de diciembre de 2002, Diario de Avisos

[7] Página 8 del martes 31 de diciembre de 2002, Diario de Avisos

[8] Página 12 del miércoles 8 de enero de 2003, Diario de Avisos

[9] Página 13 del miércoles 8 de enero de 2003, Diario de Avisos

[10] Página 6 del martes, 28 de enero de 2003, Diario de Avisos

[11] Página 6 del 31 de enero de 2003, Diario de Avisos

[12] Página 6 del martes 11 de febrero de 2003, Diario de Avisos

[13] Nota de prensa del Ayuntamiento de Santa Cruz emitida el viernes 14 de febrero de 2003

[14] Página 6 del viernes 21 de febrero de 2003, Diario de Avisos

[15] Página 6 del viernes 21 de febrero de 2003, Diario de Avisos

[16] Página 6 del viernes 21 de febrero de 2003, Diario de Avisos

[17] Página 8 del martes 25 de febrero de 2003, Diario de Avisos

[18] Día en que un temporal de lluvia causó graves destrozos y un muerto en la ciudad

[19] Página 8 del martes 25 de febrero de 2003, Diario de Avisos

[20] Página 7 del martes 25 de febrero de 2003, Diario de Avisos

[21] ITV se refiere a la Inspección Técnica de Vehículos, un examen requerido por el gobierno para garantizar que no circulen vehículos en condiciones o con deficiencias técnicas que pongan en riesgo la seguridad de los demás vehículos, conductores o pasajeros que usan las vías públicas.

 

© Concha Mateos 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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