De desmemoria y símbolos

Julia Otxoa


 

   
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Horrorizada estos días ante los desastres de la guerra contra Irak, ante la visión de esa impresionante maquinaria bélica para la muerte, me preguntaba si esos miles de soldados que esperaban no hace mucho en el desierto la orden para invadir Irak, tomando cerveza y salchichas, sabían que ese lugar al que iban a atacar por tierra mar y aire, fue en otro tiempo la antigua Mesopotamia, territorio comprendido entre los ríos Éufrates y Tigris donde se desarrolló bajo la cultura sumeria, aproximadamente hacia el 3500 años antes de Cristo, la primera civilización urbana, donde entre otros muchos logros del pensamiento humano tuvo lugar el comienzo de la escritura, la astronomía, las matemáticas...

Esa primera escritura cuneiforme sobre tablillas de arcilla tuvo en un principio un carácter ideográfico para evolucionar mas tarde hacia un tipo de escritura mas esquemática basada en cuñas y clavos que representaban sonidos. Este modo de escritura se realizaba incidiendo sobre el soporte arcilloso con un palo afilado en su extremo. Estos primeros documentos se refieren a transacciones, listas de reyes, temas religiosos, gramaticales, científicos y también relatos literarios.

Un rey acadio, Sargón el grande, unificó por la fuerza las ciudades estado sumerias en el 2300 antes de Cristo creando el primer imperio de la Historia, será precisamente su hija Enheduanna quien dejará los primeros textos que pueden atribuirse a un autor concreto.

El sistema de escritura sumerio fue adoptado no solo por todos los pueblos de la región sino también por toda el Asia Occidental hacia el año 2000 antes de Cristo. No deja de ser una metáfora cruel que la terrible maquinaria de destrucción bélica desconozca totalmente que Irak antigua Mesopotamia fue la cuna de nuestra civilización.

En contraposición a esta visión de barbarie y desmemoria cultural leo estos días con verdadero gozo "El diccionario de Símbolos" de Juan Eduardo Cirlot,. (Barcelona 1916-1973) Este libro reeditado por quinta vez por editorial Siruela en 2001 es todo un hito en el estudio del universo del símbolo. Desde los egipcios la simbología ha sido la gran ciencia de la Humanidad, en Oriente perduró hasta bien entrado el siglo XX y en Occidente inspiró todo el arte medieval y en gran medida el renacimiento y el barroco, hasta que el descubrimiento del inconsciente volvió a revivir los símbolos en ámbitos y maneras muy distintas.

Juan Eduardo Cirlot, fue autor entre otras obras de los poemarios En la llama (1945), Cordero del abismo (1946), Ochenta años (1951), El palacio de plata (1955)," Diccionario de ismos (1949), El mundo del objeto a la luz del surrealismo (1953), El ojo en la mitología. Su simbolismo (1954), Tapies (1960), El Espíritu abstracto desde la Prehistoria a la Edad Media. Escribió así mismo incontables artículos y escritos de carácter estético, sus dos obras esenciales son Diccionario de Símbolos (1958), y Bronwyn (1966-1971).

El Diccionario de Símbolos es una obra fundamental que dio a su autor proyección internacional, trata del poderoso alcance universal de los símbolos. La tradición mitológica que empapa a través de los siglos el imaginario colectivo, va tejiendo ese otro tiempo poético paralelo a los calendarios, conformando ese lenguaje simbólico en el que las palabras representan cual puertas de otros mundos, un camino iniciático en el enigma. Tigre, luna, fuego... lo onírico, lo cósmico, poético y religioso componen al fin la narración del mundo. Cirlot concibe cada una de las definiciones de este diccionario como algo abierto, variable. No podía ser de otro modo en alguien que como él creía firmemente en la dualidad interrelacionada de las cosas, el pensamiento binario, A y no A existiendo al mismo tiempo como muestran los ejemplos que expone sobre complementariedad e incertidumbre.

El pensamiento borroso lo llamaba, en las profundidades de lo sencillo yace el misterio, "simpatizó con Poe y Nerval ellos se lanzaron al océano de la bruma de lo imaginario, de lo perdido para siempre".

Por eso admiraba a Blake, Shakespeare, Lovecraft, Trakl, Breton, Joyce..., autores que perciben la realidad como un dominio complejo mucho más amplio que lo admitido por literatos o científicos. Cirlot busca indagar en ese mundo ignoto tras lo aparente del mero existir, habitado por elementos desconocidos que escapan a toda lógica, el símbolo sería para él la herramienta adecuada para aprehender lo oscuro, lo inconsciente, lo que aún carece de nombre.

Los sueños como fuente constante de símbolos en los que indagar mejor aun que en los libros de Historia, de ahí su distinción entre símbolos culturales y naturales, según pertenezcan al equipaje cultural de la Humanidad, hayan sido estudiados y clasificados o se produzcan espontáneamente, en sueños, poemas o meras visiones o imaginaciones.

La realidad como cartografía del misterio, "estamos más íntimamente unidos con lo invisible que con lo visible", afirmará como Novalis. Ser en la niebla, inexistente frontera entre materia y espíritu.

Mi reino es lo enterrado donde siempre, o lo ingrávido, estéril, no finito...

Para Cirlot como para otros escritores postmodernos como Borges, Calvino o Perec la deconstrucción es esencial como posibilidad metafísica de interpretación de la realidad. Toda su obra es un paisaje estructuralista, metafísico, romántico, una batalla contra la muerte, una integración de esta con la vida.

El centro es el lugar donde la imagen habla de su doble transparente.

Indagación del lenguaje a través de la integración de la vanguardia y la tradición, la forma de su expresión viaja desde un castellano casi místico a lo San Juan de la Cruz hasta poemas visuales, fonéticos... Toda la obra sintetiza los dos mitos esenciales del autor, el de la vida muerta, y el del amor situado en ese lugar mental en el que lo irreal se torna verdadero por la poesía.

La irrealidad me lleva dulcemente.

El lenguaje de la negación, su predisposición a lo no, como a él le gustaba afirmar, le lleva a traspasar los límites del lenguaje mediante torsiones y deformaciones sintácticas, frases inacabadas como representación de esa fragmentación, de ese respirar en lo oscuro que era para él asistir a la vida. Utilizará para ello toda suerte de herramientas culturales, literarias y lingüísticas.

Para finalizar esta breve aproximación al libro quiero transcribir aquí la hermosa cita de Salustio con la que comienza este diccionario "El mundo es un objeto simbólico", toda una declaración de principios, que en definitiva no hace si no reivindicar esa mirada poética en el conocimiento de las cosas, esa razón poética en la percepción de la realidad de la que hablaba la filósofa Maria Zambrano. El descubrimiento de la belleza en la sutil transparencia de las alas de una libélula, la visión de un incendiado óxido sobre una roca... esa mirada que recorre el mundo indagando en él, más para expresar el enigma que para analizarlo desde una fenomenología abierta basada en el principio de sensibilidad, cuya dinámica siempre en transformación da lugar a infinitas posibilidades interpretativas.

Quede el recuerdo de esta razón poética ante el mundo contrapuesta a esa otra razón de la fuerza con la que la barbarie adornada desde los comienzos de la Humanidad con diferentes falsedades ha pisoteado la memoria cultural de todos los pueblos de la Tierra.

 

 

© Julia Otxoa 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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