Espéculo

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Felipe Garrido


La primera enseñanza

             

 

La primera y sonriente enseñanza de Garrido

Jaime Muñoz Vargas
Universidad Iberoamericana Torreón (México)

Tal vez no haya género más movedizo que la novela. Por su extensión, por el misceláneo tratamiento estructural que posibilita, por la cantidad de persona-jes que admite, por su facilidad para engullir otros discursos prosísticos y has-ta poéticos -recordemos El cumpleaños de Juan Ángel, novela de Benedetti escrita en verso-, por todo eso y más la novela es una especie de glotona de la realidad y de la fantasía. En ese recipiente cabe prácticamente todo, y su regla principal, si se pudiera legislar un poco en dicho caso, es que no tiene regla. Esto no significa que su cláusula fundamental sea el caos. Al contrario (y es allí, de hecho, donde puede estar escondida una modesta clave para saber lo que es una novela): por muy anárquica que parezca, por muy experimental que pretenda ser, en el fondo de toda creatura novelística debe respirar un propósito que la vertebre. En otras palabras, una novela es novela cuando independientemente de su transgresividad insinúa lazos comunicantes entre sus capítulos, cuando hay, así sea tenuemente expresado, un río subterráneo que la irriga. Este es el caso de La primera enseñanza, obra de Felipe Garrido que comprueba una vez más la poliédrica complexión que puede adquirir el objeto novelesco y la sutil enhebración que el autor debe dar a sus historias.

En su más reciente obra, La primera enseñanza, lo primero que atrapa la atención del lector es, precisamente, el título. De lejos da la impresión de ser un libro didáctico, escrito con solemnidad y tesura. Es sólo una finta para distraer el lector. A partir del título, el autor ha engarzado 53 breves capítulos donde en efecto hay intención didáctica, misión edificante, filo moralista, pero todo esto enunciado con una actitud ubicada a caballo entre la seriedad y la socarronería, entre las burlas y las veras. De allí pues la necesidad de repensar el título de esta pieza y concluir que bien podría denominarse La primera y sonriente enseñanza de Felipe Garrido. He aquí el más notable acierto de este libro: estamos acostumbrados a decir o escuchar "enseñanza", "educación", "sabiduría", "superación personal", "paz", "armonía con la naturaleza", “formación valoral” y rápido dibujamos en el rostro el gesto de la trascendencia. Nos almidonamos el alma para hablar de aquellos pensamientos superiores, doblamos muy bien cualquier jovialidad, la colgamos en el closet y encorbatados desmenuzamos esos Grandes Temas con actitud de dómines. Pensemos, por ejemplo, en la caterva de motivadores profesionales y su enorme máquina de embustes, puro sentido común medianamente estructurado y dicho con mala prosa y siglas mnemotécnicas y bobaliconas: sopa (Sistema Operativo Propulsor de Actitudes), vamos (Valoración Auténtica de Mecanismos Optimizadores de Seguridad).

Garrido se prohibió esas sequedades desde el capítulo inaugural: muestra que quiere ser edificante (su paráfrasis al Génesis y de muchos relatos bíblicos lo hace ver así), pero de golpe se instala en una historia que con sorna nos aventará verdades a lo largo de La primera enseñanza. Una larga concatenación de pinceladas sarcásticas del marinero protagonista se anuda al trasfondo filosófico que humedece todo el libro. La combinación no podía ser más novedosa: para no ser tomado como un aleccionador cejijunto, la estrategia narrativa consiste en desacralizar, en quitarle las sandalias al marinero ilustrado y ponerle un par de tenis. En otras palabras, los voceros de las cuatrocientas verdades (el marinero, el cantinero, el hijo músico, el carnicero, Elizabeth y todos los que alguna vez cuentan algo en este libro pletórico de subrelatos) son seres ordinarios, no profetas hieráticos de barba blanca y túnica desgarrada. La reflexión sobre lo trascendente, pues, en esta novela ha tomado la calle, la playa, el bar, dice albures, bebe ron, echa habladas y nunca se enuncia como dogma, sino escépticamente, con toda la relatividad que puede tener lo afirmado por un falible ser humano.

La sutil compactación de La primera enseñanza no radica en el embonaje de un argumento apretado; casi pudiera decirse que no hay una historia, sino tantas como trancos tiene la novela. Algo recuerda la fragmentariedad de La feria, esa hermosa obra de arte esculpida por don Juan José, o La cruzada de los niños, de Marcel Schwob. En otros sitios radica la unidad: por supuesto que en los personajes, empezando con el marinero que regresa a la isla para que su verbo haga de las suyas. Pero no es sólo allí donde la novela se hace novela, bella novela: la atmósfera es la misma en todo el conjunto de cuadros, y, junto a ella, el tono narrativo oscilante de lo serio a lo jocoso le da originalidad y macizura. Ese tono narrativo basa su eficacia en la oralidad: los personajes desenvuelven su discurso con viveza y, por ello, uno siente leerlos más con las orejas que con los ojos. Por ejemplo, aquel hermoso pasaje, el número 21, donde el marinero explica (y ojo con la insistencia en el verbo decir, clave del estilo oral que atraviesa a todo el libro):

Una noche, el marinero ilustrado estuvo elocuente. Cuando por fin se bajó de la mesa en que estaba hablando, vio que alguien se había bebido su vaso de ron. Un velo apacible, sin embargo, cubrió su mirada:

-Nada es más importante -dicen que dijo- que saber que nada es mío. Para comprenderlo necesito olvidarme de mi persona y sentir la unidad del universo. Yo quedo en un segundo plano, pero el universo es mío; no hay diferencia entre el universo y yo. Todo me pertenece y todo es de los demás.

Dicen que después, en voz baja, dijo que, sin embargo, él no podría hacer nunca lo que el bienaventurado con los ladrones. De cualquier forma, tuvo que pedir otro vaso de ron, y procuró no perderlo de vista.

He aquí un momento paradigmático: “dicen que dijo” el marinero (todo es recordado por la tradición oral en esta isla) que “nada es mío” y “todo es de los demás”. Mientras habla, el marinero pierde de vista su vaso de ron, se lo roban, y al final de aquella alocución en su tribuna, que es la mesa del bar, aunque todo sea de todos solicita otro ron y procura no perderlo de vista. Parece, es, una contradicción, una inconsecuencia del marinero ilustrado. No lo es. Lo que significa, en esencia, es que la verdad no puede ser absoluta, que debemos relativizar un poco para no morir aplastados por el dogmatismo. Por eso el marinero pide su ron y ahora sí decide custodiarlo, evitar que algún otro piense que también es de él.

Ese humor asordinado quizá tiene alguna resonancia de la sonrisa de Juan Rulfo, pero mientras allá en el hacedor de Comala hay una sonrisa visceralmente atornillada a las pasiones humanas, en La primera enseñanza la sonrisa surge del cerebro, se hace filosofía sin solemnidad ni mamotretos ni verdades acabadas. No es conocimiento, en suma, sino sabiduría expresada campechanamente, desde la cantina, como en este momento (“Los ladrones y el bianaventurado”, tranco 25):

-Hombre santo en verdad -dicen que dijo el marinero ya tarde, cuando quedaban unos cuantos parroquianos-, el que conocí en un puerto de otros mares.

“Una noche, dos ladrones entraron a su casa con unos costales. El hombre los veía, desde su habitación, pero no hizo nada por detenerlos ni por pedir ayuda. Hasta que uno de los ladrones, con hambre, tomó una pieza de pollo de un plato que estaba en la cocina. Entonces el santo salió de su cuarto, tranquilizó a los muchachos y les dijo: -Todo se los regalo. Pero no coman de ese plato. Allí comió un enfermo grave y pueden contagiarse.

Felipe Garrido ha señalado que “La primera enseñanza es aprender a dudar lo que se nos dice, cuestionando el hecho de que la verdad es absoluta y que ésta puede tener cuatrocientos rostros y, si alguien mira intensamente uno de ellos, puede llegar a percibir una verdad relativa”. La primera enseñanza nos enseña, con humor y personajes ordinarios y la prosa espléndida de siempre en Garrido, que vivimos en un mundo con millones de cabezas. Justo es que aprendamos a relativizar un poco para no terminar matándonos, para más bien terminar en el amor sin palabras ni explicaciones, en el amor a secas que Elizabeth le dedica al marinero en el ocaso del libro. Esta es, en fin, una novela sobre la tolerancia con miles de nobles ideas levantadas por seres ordinarios y falibles y sin rostro adusto. No es ocioso invertir un poco de tiempo en ella, leerla, disfrutarla. Seguramente los lectores terminarán agradeciéndola a su autor.

 


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2003