La pregunta por la identidad en el ámbito literario
de América Latina: el caso de México

Yoon Bong Seo
Universidad de Guadalajara (México)


 

   
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Introducción

Un individuo encuentra su identidad cuando halla un conjunto de valores con los cuales se puede compenetrar plenamente. De la misma manera, una cultura descubre su identidad y logra su más alto desarrollo cuando obtiene un conjunto de valores que la tipifican, y su madurez consiste en llevar este conjunto de valores hasta sus últimas consecuencias.

La definición de América es una de las tareas principales que asumen historiadores, filósofos y ensayistas alrededor de los años cuarenta en México. Destaca entre ellos Edmundo O'Gorman. El campo preferido de las meditaciones de O'Gorman es el descubrimiento de América y sus historiadores inmediatos; pero son igualmente importantes sus estudios de filosofía de la historia y sus trabajos sobre Fray Servando Teresa de Mier y Justo Sierra, en relación con los orígenes de la Universidad: La idea del descubrimiento de América, La invención de América, Seis estudios históricos de tema mexicano, Hidalgo en la historia, Cuatro historiadores de Indias y La supervivencia política novohispana.

Octavio Paz incursiona con el tema en el ámbito del ensayo literario y publica en 1950 El laberinto de la soledad, en el que proporciona “un enfoque literario y crítico de México, historia y mitología”. Monsiváis agrega: “El libro fija un criterio cultural en su instante de mayor brillantez, y su lenguaje fluido y clásico transmite la decisión de aclarar y de aclararse una sociedad a partir del examen (controvertible) de sus impulsos y mitos primordiales.”(1) En esta obra, Paz considera al mexicano como un hombre que ha vivido todas las formas imaginables de deshumanización. Dicha situación lo ha sumido en una vida de zozobra, angustias y soledades. A través de ella, en tanto que otros hombres han vivido también estas formas de existencia, habrá de revelarse la posibilidad de comprensión entre todos los hombres.

Pero podemos señalar el año de 1935 como punto de partida en el que una nueva generación de pensadores y artistas siente que la admirada y respetable labor de los miembros del Ateneo de la Juventud ha sido una brillante labor intelectual, aunque ha resultado insuficiente para solucionar los problemas de fondo, porque la cultura que forjaron siguió siendo ajena a la realidad concreta de la nación. Frente a esa circunstancia, la nueva generación considera que para superar el desgarramiento interno en todos los planos, la única solución está en volver a los orígenes; esto es, empapar el espíritu en las tradiciones fundamentales de la nación y en tomar conciencia plena de las circunstancias vitales del presente.

Parece comprensible que este regreso a las fuentes no se inspire en un rechazo indiscriminado de lo nuevo ni de la cultura europea, sino que represente el temor de reincidir en trasplantes no asimilables a la realidad nacional, como ya había ocurrido en el caso del positivismo, por ser extraños al hombre y a la sociedad mexicanos. Así pues, en este texto nos acercaremos, en primer término a la reflexión sobre el tema de la definición de América Latina y, a partir de ella, el caso de México, en términos de su relación con la literatura.

 

La búsqueda de la identidad en América Latina

Bien se puede llamar a América Latina lugar de conflicto en la búsqueda de la identidad nacional. La variedad y la indeterminación de los elementos y de los conceptos nos ponen frente a un complejo cultural con el que no se puede especular sin los referentes de las culturas metropolitanas pasadas o presentes, como centros de los cuales depende o dependió, y de las culturas nativas como un fuerte componente popular. El conflicto se plantea en el momento mismo del reconocimiento entre los dos polos. Alfredo A. Roggiano dice a este respecto: “El problema de la identidad cultural de Iberoamérica, como el de cualquiera otra comunidad humana, está inevitablemente ligado al problema de su autonomía (económica, política, etc.), proclamada en manifiestos fundacionales desde los años en que se cortaron nuestros lazos con España, pero nunca lograda realmente, sino soslayada y encubierta, en la teoría y la práctica, por un cosmopolitismo idolátrico con pretensiones de contemporaneidad en la historia de paradigma europeo”.(2)

El problema de la identidad no se manifiesta como tal mientras no aparece una diferencia entre la propia cultura y las otras; porque, como señalan varios críticos, la afirmación de la identidad es, más que todo, una autodefensa, una forma de protección frente al posible despojo de lo que se considera privativo y específico.(3) Por esta razón, las sociedades primitivas que vivieron aisladas no se plantearon este problema hasta sentirse amenazadas, ya que antes no había una confrontación entre sistemas culturales diferentes que las obligara a definirse a sí mismas. La identidad cultural podría ser, según Miguel León-Portilla, “una conciencia compartida por los miembros de una sociedad que se consideran en posesión de características o elementos que los hacen percibirse como distintos de otros grupos, dueños a su vez de fisonomías propias”.(4)

La amenaza a lo que se pretende como integridad propia se hace patente por las diferencias que los otros resaltan. Por eso se habla más de identidad cultural en las sociedades que ven en peligro lo que ellas consideran específico de su historia -como es el caso de los países latinoamericanos- que en las sociedades tradicionalmente exportadoras de creaciones culturales, como las europeas y, más recientemente, la norteamericana. Raúl Dorra señala: “La América ibérica aprendió a preocuparse por su identidad y siguiendo la vía de esa preocupación aprendió el temor a la dependencia cultural. Por lo tanto, responder al problema -o al reto- de la identidad significó sustraerse y defenderse de quien le había enseñando a formulárselo. Situada en la periferia de la cultura occidental, es decir en los márgenes de Europa, la América ibérica encontró que su búsqueda de identidad no había de ser expansiva sino defensiva, no había de seguir un itinerario de semejanzas sino de diferencias. Debía mostrar en qué no era europea y formarse a partir de dicha negación, debía moverse entre la prohibición y el rechazo”.(5)

Algunos críticos se refieren a este problema con el término “alteridad”. Especialmente algunos críticos europeos que consideran que la cuestión de la identidad cultural, en cualquiera de sus dimensiones (regional, nacional o continental) en América Latina, es una idea muy gastada en los últimos tiempos: “El criterio que rige la geografía cultural nacional e internacional latinoamericana, antes que la identidad, es la alteridad. Cada minoría cultural se identifica a sí misma, más que todo por las diferencias con las culturas que la rodean, lo otro [la alteridad] es lo que, a consecuencia de una actitud etnocéntrica, le da la posibilidad a cada uno de aparecerse a sí mismo como miembro de una comunidad cultural distinta”.(6) Es decir, se propone tomar la alteridad como punto más accesible a la exégesis, y a la identidad como el problema de fondo.

La identidad es siempre una cualidad relativa, inexacta o incluso circunstancial. La importancia que se adjudica al concepto de identidad cultural es relativamente reciente y se ha impuesto a partir de una noción dinámica del desarrollo no centrada exclusivamente en la economía. La primera definición se la debemos a Aristóteles, quien en su Metafísica dice: “En sentido esencial, las cosas son idénticas del mismo modo en que son unidad, ya que son idénticas cuando es una sola su materia o cuando su sustancia es una. Es, por lo tanto, evidente que la identidad de cualquier modo es una unidad, ya sea que la unidad se refiera a pluralidad de cosas, ya sea que se refiera a una única cosa”.(7)

La definición de identidad, hoy en día, luego de su tránsito por la historia del pensamiento occidental, ha quedado en una concepción que se basa en un criterio convencional. No se puede afirmar de una vez por todas el significado de la identidad o el criterio para reconocerla, pero se puede, en un ámbito determinado, establecer de modo convencional y apropiado tal criterio.

La última concepción tiene su base en el hecho de que tanto los pueblos como los individuos necesitan una definición de identidad para poder representarse frente a sí mismos y ante los demás. Estamos ante el problema de la cultura que mira y cultura que es mirada: el diálogo entre culturas. Diálogo que es el punto de partida para dar cuenta una de la otra, para conformar la imagen de cada una de ellas.

Las diferencias culturales y en algunos casos lingüísticas de los sectores que conforman los países de América Latina, han constituido un obstáculo para el diálogo entre las instancias en los diferentes niveles: diálogo en el nivel local, en el nivel de comunidad latinoamericana y diálogo en el nivel internacional, especialmente con las metrópolis de la cultura occidental. La realidad pluricultural de América, que en muchos casos se vive en una escisión de sus componentes, lo impide.

Se puede hablar entonces de que en la actualidad se da un principio de diálogo, gracias al cual se concilian la ruptura y la continuidad en formulaciones sobre la tradición de ruptura o la tradición de lo nuevo, o se manifiestan distinciones entre la identidad por semejanza de caracteres, la identidad de un fundamento y la identidad de un propósito. Justamente, en esta última tendría cabida lo imaginario, entendiendo éste como el universo de las representaciones, individual y colectivo,(8) ya que América Latina no debe comprenderse como un concepto determinado desde el principio y con características definidas para siempre, sino más bien como algo que ha ido haciéndose o inventándose en la medida en que ha adelantado en ese proceso. Y es en este proceso, como varios críticos lo han señalado, donde la aportación de los novelistas hispanoamericanos en la línea de la búsqueda de la identidad con la realidad histórica es absolutamente decisiva.

 

Sobre la identidad en el ámbito literario

Julio Ortega aporta su definición: “Fluctuante, inquieta y enigmática, la identidad es la dimensión comunitaria de la experiencia cultural”. Y señala que la memoria, la tradición oral, la transcodificación de la cultura occidental hacen nuestras culturas plurales, pero también “la incorporación creativa de la escritura como instrumento para señalar nuestra propia diferencia en la página”.(9)

La literatura es, a la vez, reflejo y configuración de esa concepción global que toda cultura conlleva. Es el lugar donde la identidad cultural se imprime, se organiza y se expresa como una experiencia viva, como un diseño simbólico capaz de involucrar un mundo total en movimiento según pautas de percepción, de acción y de conocimiento propias de cada sociedad. En la literatura es donde mejor se registra la idiosincrasia cultural, donde se ve cómo la mentalidad entrama el acaecer personal con el colectivo, cómo los procederes empíricos se imbrican con las inclinaciones imaginarias, cómo la subjetividad se relaciona con la realidad externa. “Ningún otro arte tiene tal capacidad de representar tanto mundo como totalidad en un acto”, dice Saúl Yurkiévich y, para los latinoamericanos la literatura es, además y sobre todo, el lugar del reconocimiento.

En la narrativa de América Latina a partir de los años cuarenta, las formas novelescas se renuevan tanto en el plano lingüístico como temático. Obras como Yawar fiesta (1941) de José María Arguedas, El luto humano (1943) de José Revueltas, Al filo del agua (1947) de Agustín Yáñez, El señor presidente (1946) y Hombres de maíz (1949) de Miguel Ángel Asturias, por ejemplo, dan una nueva dimensión a la literatura de temática “indigenista” -con todo lo discutible que puede ser este término- mediante la incorporación de mitos, creencias, alegorías y símbolos profundamente enclavados en el pensamiento de este sector cultural.

El novelista da un paso más allá de las apariencias para ensanchar los límites de lo real y para incluir tanto lo que se ve, como lo que no se ve. Si aquí hemos privilegiado la narrativa es porque, dada su naturaleza, constituye el lugar literario donde más declaradamente se proyectan los problemas y los mitos colectivos.(10)

Sin embargo, también el ensayo se ha hecho presente siempre de manera decisiva en la literatura hispanoamericana y, como dice Rosalba Campra, la novela sufre contaminaciones ensayísticas y el ensayo a su vez adquiere proporciones novelescas: “novelistas, ensayistas y poetas se expresan en todos los espacios posibles, a la búsqueda de una forma para la identidad”.(11)

 

El caso de México

En el caso de México, en lo que se refiere al género ensayístico, José Luis Martínez ha realizado el trabajo de selección y compilación sobre el ensayo mexicano moderno, y en el prólogo a esta obra señala que un repertorio representativo de ensayos franceses o ingleses nos ofrecerían reflexiones sobre cuestiones estéticas, filosóficas, políticas, morales o creaciones y juegos puros de la inteligencia y el ingenio, y sólo en casos excepcionales los ensayos se limitarían a los problemas nacionales. En México, por el contrario, “nuestros ensayistas se inclinan insistente y tenazmente a explorar una sola interrogante, la realidad y la problemática nacional, cualquiera que sea su personal perspectiva y disciplina -filosófica o histórica, científica o literaria- y su ideología”.(12) El tema constante en la mayoría de los ensayos modernos es México: “México en su totalidad o algunos de los asuntos que interesan a la formación del país: su historia, su cultura, sus problemas económicos y sociales, sus creaciones literarias y artísticas, su pasado y su presente”.(13)

Pero este interés por la nación no es un tópico privativo de México ya que se extiende a los demás países latinoamericanos, según señala José Luis Martínez, desde los años de Sarmiento, Bello y Altamirano hasta hoy en día. El ensayo hispanoamericano se preocupa por tres problemas principales: “la cultura de nuestros países; los problemas raciales, políticos y económicos y la emoción de lo histórico, cauces que confluyen en lo más vasto de la problemática nacional”.(14)

Sin embargo, la preocupación por esa problemática estuvo y continúa dividiendo en dos o más grupos a quienes se ocupan de ello. En un grupo, los que defienden una cultura sólo a partir de la hispánica y frente a ellos, los que buscan en el pasado prehispánico las raíces de la mexicanidad. Los que optan por el mestizaje de una forma u otra se ubican igualmente en alguna de esas tendencias. Luis G. Urbina, en su ensayo titulado “Origen y carácter de la literatura mexicana”,(15) se pronuncia abiertamente en contra del “tópico gastado” de que la literatura mexicana, y todas las demás de Hispanoamérica, son únicamente “un reflejo de la peninsular”. Y en un tono que llega a lo irónico, rechaza la idea de que se considere la literatura de estos países como “una familia de aquella antigua y nobilísima matrona, en cuyo seno se amamantan todavía incapaces de nutrirse por sí mismas, estas literaturas novicontinentales”.(16) Más adelante, Urbina argumenta su opción por el mestizaje: “Se sabe que la mezcla de dos razas, la aborigen y la conquistadora, que ha constituido el tipo del mexicano, del mestizo (llamémosle con el nombre evocador), ha producido alteraciones fisiológicas que los sabios estudian ahora en el fondo de sus gabinetes”, y apoyándose en los resultados que los científicos han obtenido, Urbina señala: “fisiológicamente no somos ya éste ni aquél; somos otros, somos nosotros; somos un tipo étnico diferenciado y que, no obstante, participa de ambas razas progenitoras. Y una y otra luchan por coexistir, por sobrevivir en nuestro organismo”. Ante estas deducciones, él mismo se cuestiona: “Pues bien me interrogué, ¿por qué lo que acontece en el mundo fisiológico no ha de haber acontecido en el psicológico?”.(17)

Este ensayo parece contestar con muchos años de anticipación, al planteamiento de España como “madre” que Andrés Iduarte expone en un ensayo que publica en el año de 1951, y que lleva por nombre “España: hija, hermana, madre”. Iduarte señala que “en el orden permanente de la cultura llamamos ayer, con razón, madre a España: de allí vino la lengua. Madre de la nuestra es ¡qué duda cabe! la lengua española del XVI”, y enseguida, denomina como “hijos suyos” a los “clásicos del español en América: Garcilasso el Inca, Juan Ruiz de Alarcón, Sor Juana...”.(18) Luego, agrega: “Hija, y hermana, y madre nuestra es España, como la América lo es de ella. Hay ya una concepción madura, ecuménica, ajena a peleas de parroquia, opuesta a la de quienes confunden lo que es España con españoles de nacimiento, opuesta también a la de quienes equivocan América con hispanoamericanos de nación”.(19) Y con ello deja en claro la postura hispanista que aparece de nuevo reflejada en su ensayo “Cortés y Cuauhtémoc: hispanismo, indigenismo” (1948).(20)

Resulta interesante considerar que en estos años de profunda preocupación por lo nacional ocurren dos hechos que marcan notablemente el momento: el primero de ellos de manera más decisiva en la historia de México. El antes llamado Partido de la Revolución Mexicana (PRM), y luego Partido Nacional Revolucionario (PRN), surge con el nuevo nombre de Partido Revolucionario Institucional (PRI) el 18 de enero de 1946, bajo el lema “Democracia y justicia social”. El PRI sigue postulados planteados desde el PRM, como son la continuación de la reforma agraria, la igualdad cívica de la mujer, la intervención del estado en la economía, etcétera, aunque eliminando toda alusión al socialismo. Se retira a las asociaciones gremiales -Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM), Confederación Nacional Campesina (CNC) y Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP)- la capacidad de escoger a sus candidatos, función que asumen los órganos directivos del partido. La constitución del Partido Revolucionario Institucional como tal, en el año 1946, no deja de ser significativa si consideramos que el PRI se mantuvo en el poder ejecutivo hasta el año 2000 y desde la consumación de la Revolución Mexicana.(21)

El segundo hecho, ocurrido en el año 1947, es más su importancia ocasional pero no por ello menos atendido por los intelectuales. En ese año, gracias a unas reparaciones en el Hospital de Jesús, se hallaron los restos de Hernán Cortés. Los hispanistas expresaron su regocijo en artículos periodísticos e incluso en libros, y hasta pidieron una estatua para el conquistador de México que simbolizara el reconocimiento al “fundador de la nacionalidad”. Por el contrario, los indigenistas atacaron la idea y todo pareció quedar en nada ya que el gobierno hizo oídos sordos a este asunto. El artículo de Andres Iduarte que antes mencionamos toma como centro de interés la anterior circunstancia. El ensayo inicia diciendo: “La reciente exhumación de los restos de don Hernando Cortés y su inhumación subsecuente son, simplemente, característicos episodios de la historia política sobre la Conquista de América y, en consecuencia, nuevos hitos de la integración del espíritu hispanoamericano”.(22)

En lo que respecta al ámbito de la narrativa, es importante señalar que la Novela de Revolución, en la que se incluyen Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Nelly Campobello, Gregorio López y Fuentes, Agustín Vera y José Revueltas, entre otros, posterga la reflexión sobre la identidad mexicana que surge inevitablemente del proceso en marcha y que la Revolución parece haber concretado en una nación de rasgos originales y propios. Son los autores de una generación posterior, como Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Elena Garro, Jorge Ibargüengoitia, y los más jovenes en ese entonces como Fernando del Paso y Elena Poniatovska, quienes enjuiciarán críticamente -y a veces con sórdida ironía- esa identidad forjada alrededor de ideales revolucionarios que han terminado institucionalizados, en el Partido Revolucionario Institucional, entonces en el gobierno de México.

En las obras de la narrativa mexicana de las décadas de los cuarenta y cincuenta, época en que se pone en evidencia el problema de lo nacional, la nación ya no se representa como espacio integrado, sino como una fragmentación simultánea dotada de todo tipo de infracciones temporales que apuntaban a poner en primer término la presencia del discurso nacionalista.

Este problema de lo nacional se erige en el marco del género novelesco conduciendo a nuevas propuestas en el plano de la forma, especialmente, que remueven la institución literaria mexicana. Una de las primeras manifestaciones es la irrupción del plurilingüismo. Entendemos por plurilingüismo, según lo plantea Bajtín, como la apropiación por parte del discurso novelesco de estratos (géneros y estilos) no literarios del lenguaje social de su tiempo, y en la reelaboración de estratos del lenguaje provenientes de la tradición literaria actual y pasada en torno a aquella zona de contacto con el presente en devenir.(23) Esta transformación del lenguaje de la novela sólo pudo llegar a producirse gracias a la cultura oral de los grupos marginados muchas veces por la cultura escrita.

 

Consideraciones finales

El vigésimo segundo Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, celebrado en París en la sede de la UNESCO, del 13 al 17 de junio de 1983, se consagró al tema de la “Identidad cultural de Iberoamérica en su literatura”. Una selección de las ponencias presentadas la realizó Paul Vedevoye, profesor emérito de la Sorbona, y se publicaron bajo la coordinación de Saúl Yurkiévich, en 1986, bajo el mismo título del congreso.(24)

Cinco de los artículos están dedicados a la literatura mexicana. Uno trata de Terra Nostra de Carlos Fuentes; otro, toma el epistolario de Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña; uno más se ocupa de un momento de la literatura colonial mexicana, y otro sobre la literatura de la independencia mexicana, y el último, estudia la legitimación indígena en Balún Canán de Rosario Castellanos y en Hombres de maíz de Miguel Angel Asturias (Guatemala).

En el mismo año de 1986, Fernando Aínsa publica su largo estudio Identidad cultural de Iberoamérica en su narrativa en el que incursiona por la narrativa de América Latina y Brasil tras el motivo del cuestionamiento de la identidad.(25) Si bien Aínsa toma en cuenta la narrativa mexicana contemporánea, no llega a un análisis completo de ninguna obra en particular, ya que el desarrollo de su obra obedece a una metodología que atiende a tópicos y motivos más que a obras concretas por países o épocas.

Así pues, aún queda por realizar un estudio más profundo de la narrativa mexicana, especialmente la contemporánea, en el momento de efervescencia filosófica e histórica sobre la identidad nacional.

 

Notas

1. Carlos Monsiváis, “Notas sobre la cultura mexicana en el siglo XX”, en Historia general de México. Versión 2000, El Colegio de México, México, 2000, p. 1025.

2. Alfredo A. Roggiano, “Acerca de la identidad cultural de Iberoamérica. Algunas posibles interpretaciones”, en Identidad cultural de Iberoamérica en su literatura, Saúl Yurkiévich (coord.), Alhambra, Madrid, 1986, p. 14.

3. Cf. Fernando Aínsa, Identidad cultural de Iberoamérica en su narrativa, Gredos, Madrid, 1986, especialmente el capítulo introductorio. Esta idea aparece perfilada ya en su libro Los buscadores de la utopía. La significación novelesca del espacio latinoamericano, Monte Avila, Caracas, 1977. Y David Brading asume una postura en los mismos términos en Los orígenes del nacionalismo mexicano, Era, México, 1988.

4. Miguel León-Portilla, “Antropología y culturas en peligro”, América Indígena, vol. 35, 1975, p. 17.

5. Raúl Dorra, “Identidad y literatura”, en Identidad cultural de Iberoamérica en su literatura, Saúl Yurkiévich (coord.), op. cit., p. 50.

6. Jacques Lafaye, “¿Identidad literaria o alteridad cultural?”, en Identidad cultural de Iberoamérica en su literatura, Saúl Yurkiévich (coord.), op. cit., p. 22.

7. Aristóteles citado por Nicola, Abbagnano, Diccionario de filosofía, (1a. ed. italiana, 1961), trad. Alfredo N. Galletti, FCE, México, 1987.

8. Sobre el concepto de “imaginario”, véase el artículo de Pierre-Henri Pageaux, “De l’imagerie culturelle a l’imaginaire”, en Précis de littérature comparée, Pierre Brunel e Yves Chevrel (coord.), Presses Universitaires de France, París, 1990, pp. 133-160.

9. Julio Ortega, Crítica de la identidad. La pregunta por el Perú en su literatura, FCE, México, 1988, p. 9.

10. Cf. Rosalba Campra, América Latina: La identidad y la máscara, Siglo XXI, México, 1987. Véase también el libro de Fernando Aínsa, Identidad cultural de Iberoamérica en su narrativa, op. cit.

11. Rosalba Campra, op. cit., pp. 24-25.

12. José Luis Martínez (ed.), prólogo a El ensayo mexicano moderno, 2 t., FCE, México, 1971, [2a. ed. refundida y aumentada. 1a. ed. del tomo 1, 1958; 1a. del tomo 2, 1968] p. 17.

13. Idem.

14. Ibid., p. 18.

15. Luis G. Urbina publica “Origen y carácter de la literatura mexicana”, en La vida literaria de México, en Madrid, 1917. Posteriormente, Antonio Castro Leal lo publica de nuevo en la Colección de Escritores Mexicanos, de Porrúa, en 1946. Nos interesa sobremanera la fecha en que esta obra se rescata, y la inclusión del ensayo en la edición de José Luis Martínez, op. cit., pp. 99-100, de donde citamos enseguida.

16. Ibid., p. 99.

17. Ibid., pp. 102-103.

18. Andrés Iduarte, “España: hija, hermana, madre...”, en Hispanismo e hispanoamericanismo, Joaquín Mortiz, México, 1983, pp. 57-61. [Publicado por primera vez en Hoy México, 12 de mayo de 1951].

19. Ibid., p. 60.

20. Andrés Iduarte, “Cortés y Cuauhtémoc: hispanismo, indigenismo”, en El ensayo mexicano moderno, t. 2, José Luis Martínez (ed.), FCE, México, 1984, pp. 268-280.

21. Después de aproximadamente 70 años en el poder, el PRI se mantiene en el poder hasta el año 2000 en que asciende a la presidencia de México Vicente Fox, del Partido Acción Nacional.

22. Ibid., pp. 268-269.

23. Cf. Mijail Bajtín, Teoría y estética de la novela, trad. Helena S. Kriúvkova y Vicente Cazcarra, Taurus, Madrid, 1989, especialmente el capítulo “La palabra en la novela”, pp. 77-86, sobre las formas del lenguaje social en el discurso del personaje.

24. Saúl Yurkiévich (coord.), Identidad cultural de Iberoamérica en su literatura, Alhambra, Madrid, 1986.

25. Fernando Aínsa, Identidad cultural de Iberoamérica en su narrativa, Gredos, Madrid, 1986.

 

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© Yoon Bong Seo 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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