Un cierto Max Aub

Juan María Calles
Direcció General del Llibre, Arxius i Biblioteques
Conselleria de Cultura / Generalitat Valenciana
juan.calles@cultura.m400.gva.es


 

   
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1. La significación de Max Aub en el siglo XXI: 1903-2003

“Callar nunca fue bueno”
Sala de espera

En el laberinto equinoccial del nuevo siglo, parece que el ‘papel’ del intelectual en la sociedad va a ser definitivamente decorativo, dado el incremento de intervención e influencia de la soldadesca en el nuevo orden internacional. Max Aub siempre luchó por dar el paso desde el esteticismo asocial y deshumanizado de buena parte de la literatura española de los años veinte, hacia una literatura testimonial de raigambre crítica. Al hilo de la efeméride aubiana del centenario del nacimiento, parece que caminemos hacia la triste restauración de un pasado gris contra el que luchó toda una generación de artistas, intelectuales, escritores... todo un pueblo que defendió con las armas la legitimidad y los principios de una cultura democrática.

Seguro que Max Aub estaría militando activamente en contra del resurgimiento de nuevas formas de fascismo. Aub nos legó la herencia del trabajo por un modelo de intelectual comprometido y de escritor humanista que convierte su obra en testimonio crítico y revelador frente a una realidad hostil e injusta.

La humildad no es un buen compañero de viaje para un escritor español que pretenda conseguir un público contemporáneo, triunfar entre los grupos literarios de su generación y perpetuarse en la breve eternidad libresca. La balbuceante crítica suele adolecer de esa querencia tan española de no reconocer en otros el talento; y, en el agitado presente de la actualidad editorial, el reconocimiento de la propia obra siempre es gravoso e incierto. Max Aub es un escritor humilde y sencillo, terreno y material, para quien los pequeños detalles son trascendentes en la medida en que nos revelan la sagrada humanidad de nuestros semejantes. La obra aubiana nos depara siempre la posibilidad de nuevas sorpresas y lecturas, propiciadas por su voluntad renovadora y su energía creativa, que se iba transformando y actualizando a través de sus textos y sus infinitas reediciones. Con el progresivo conocimiento de esos textos, en los últimos años, ha ido adquiriendo valor un Max aparentemente olvidado y menor, hábil tipógrafo y ocasional frecuentador de los lugares inhóspitos de la vanguardia, poco apreciado en esos momentos por los defensores del realismo. Había una parte de su obra inédita desconocida para el gran público, y otra parte de su obra editada, que venía siendo incomprensiblemente ignorada por la historiografía y la crítica literarias.

Tanto la vida como la obra de Aub se caracterizan por su alto grado de conciencia histórica. Aub fue recorriendo los principales acontecimientos del siglo XX desde la atalaya de un intelectual socialista comprometido, primero en el contexto sociocultural de la República española y después en el largo exilio de los republicanos españoles. En efecto, como otros autores e intelectuales de su generación vivió un período clave de la historia contemporánea que desembocó en una irreversible concepción del hombre y su ‘estar en el mundo’. A través de sus escritos encontramos una y otra vez esa conciencia de pertenecer a un pasado próximo que es susceptible de iluminar y dar lecciones al presente. Frente a otras obras con carácter fundacional, en la obra aubiana predomina el gesto testimonial y crítico sobre una realidad y una historia que él supo convertir en obra estética a través del juego de la ficción narrativa, lírica y dramática.

En 2003 se cumplen cien años de su nacimiento. Sin duda, la experiencia de la guerra civil española y el exilio contribuyeron a fundamentar su convicción de pertenencia a una generación y una época clave; y fomentaron su responsabilidad y su decisión de constituirse en ‘ejemplar’ testigo de la misma.

Desde las obras de Max Aub pertenecientes a las vanguardias artísticas y literarias de principios de siglo, hasta aquellas obras en las que aborda los problemas y la dinámica del arte moderno, tales como la figura del artista y del creador, la simulación del arte y sus relaciones con la ficción, las relaciones entre la literatura y las artes plásticas, la relación del artista y su compromiso con la sociedad, el realismo, etc., José-Carlos Mainer ha incidido en esa “ética del testigo” que constituye a Max Aub en autor y analista privilegiado de nuestra historia reciente, Max es el hombre que muere por no saber callar, pero al mismo tiempo es el escritor que se salva escribiendo, convirtiendo el ejercicio de la literatura no sólo en una personal lucha contra el olvido de la barbarie contemplada, sino en una forma de supervivencia. Max Aub es uno de nuestros supervivientes y, como tal, se convierte en símbolo y síntoma del intelectual no sólo español sino europeo que recorre la barbarie de la historia de Europa y del mundo en buena parte del siglo XX, desde la Primera Guerra Mundial hasta esa particular “sala de espera” de la violencia que constituye la Guerra Fría. Max es un pensador incómodo y nada acomodaticio, que gusta de opinar jugándose el tipo: “Este país no tiene remedio. Lo buscaron muchos y se rompieron la crisma. O se la rompieron” (Las vueltas); es un socialista exiliado que habitualmente disiente de los socialistas y de los exiliados españoles en México, donde definitivamente fijó su residencia desde su llegada a mediados de los años cuarenta hasta su muerte: “La Segunda República fue una mezcla de buena fe, equívocos y equivocaciones, justificables las últimas por las ilusiones que, de buenas a primeras, envolvieron a los mejores” (Hablo como hombre).

Nos encontramos ante un escritor que recorre los laberínticos caminos del siglo XX intentando estar a la altura de los tiempos, con una mirada crítica sobre la realidad y con un compromiso ético y cívico, que lo convierten en testigo privilegiado de la historia y la cultura contemporáneas. Aub es un escritor de ironías y de matices, de sutiles juegos de conceptos y de palabras: “La palabra ‘independencia’ ha hecho mucho daño al mundo: nadie es independiente. No lo es el hombre; menos las naciones. Todos somos solidarios” (Hablo como hombre).

En la literatura que va del modernismo a las vanguardias, y desde la experimentación y el esteticismo al compromiso, Max nos muestra su taller de trabajo ejemplar a través de su variada aproximación a los distintos géneros y a la tradición de las formas literarias: Max poeta, cuentista, tipógrafo, autor y director de teatro, guionista de cine, ensayista, traductor, ensayista, novelista... Es el Max múltiple y proteico, comprometido desde la crítica y desde la ironía, en un continuo proceso de desinstalación con respecto a los subterfugios del pensamiento conservador y los tópicos de la izquierda tradicional. Es el Max ‘amigo incómodo’ de muchos con su dolorosa verdad a cuestas. Es el Max siempre sorprendente e inesperado para quien la cultura no es un lujo, sino una de las necesidades primordiales, como la educación, la sanidad y los alimentos básicos. Es el Max que lucha por hacerse oír y por expresarse durante todo un exilio con los ojos abiertos, esperando desesperanzadamente en el absurdo ciego de esa “Sala de Espera” común a Ionesco, a Beckett, a los grandes autores literarios e intelectuales del siglo XX que nos devuelven las preguntas eternas con una mirada nueva y un lenguaje renovado, sabiendo que una de las misiones del intelectual es precisamente esa, la de formular preguntas, cuyas respuestas son tantas veces incómodas, pero con una energía y una fe en el hombre por encima de todo quebranto, a pesar de la experiencia de dos guerras mundiales y una guerra civil: “Sólo el que se declara vencido, perece” (Sala de espera).

Max fue un intelectual incómodo, caracterizado por una verbalidad poco diplomática tal y como demuestra con la publicación de La gallina ciega (1969), que hacía temblar a su editora, Carmen Balcells, por las posibles repercusiones de los allí aludidos. Como él mismo nos dejó escrito, hay tres clases de hombres: “Tres clases de hombres: los que cuentan su historia, los que no la cuentan, los que no la tienen” (Paremiología particular).

 

2. Una biografía “ejemplar” en el siglo1

Aub pertenece, por obra y por cronología, a nuestra Edad de Plata, dentro de esa amplia Generación de la República que integra numerosos grupos y tendencias literarias, generación que en estos momentos está sometida a un profundo y necesario proceso de revisión (Calles 2003). Español por decisión y exiliado por destino, su peripecia biográfica corre íntimamente ligada al crecimiento orgánico de su obra. Max Aub Mohrenwitz llega a Valencia con once años, en 1914. La familia, afincada en París y de origen judío (francés por la familia materna, y alemán por la familia paterna) venía huyendo de las repercusiones de la Primera Guerra Mundial, para lo que fija su residencia en Valencia. Su madre era oriunda de Sajonia, hija de comerciantes bien situados. Su padre, Friedrich Aub era nacido en Múnich (Baviera), mayorista de bisutería, proveniente de una familia burguesa. Max cursa la enseñanza secundaria en el Instituto de Valencia, donde establecerá amistades fundamentales en su trayectoria intelectual: la familia Gaos (José, Vicente, Alejandro...) a la que, entre 1916 y 1921, Max visita a menudo; Manolo Zapater, quien lo iniciaría por las tierras castellonenses del Alto Palancia; Fernando Dicenta; Juan Gil-Albert; Juan Chabás; Leopoldo Querol; Genaro Lahuerta; Pedro de Valencia; y muy especialmente con el magistrado y sociólogo castellonense José Medina Echavarría, a quien debemos dedicar también este año de 2003 una atención especial... En 1920 acabó el Bachillerato y, en contra de la voluntad de su padre (quien hubiese preferido que estudiase Derecho), Max decide ayudarle y seguir sus pasos profesionales, viajando como representante por Levante, Aragón, Cataluña y Almería. A partir de 1922, y durante catorce años, recorre Cataluña con sus mercancías, viviendo en Barcelona cuatro meses al año, donde asiste a tertulias como la de López Picó, Salvat Papasseit y la de Gasch. Empieza a escribir poesía y teatro experimental: Momentos, El desconfiado prodigioso, Crimen, Una botella, El celoso y su enamorada, Espejo de avaricia y Narciso.

En diciembre de 1923, con la lotería que le tocó en Murcia, viaja a Madrid por primera vez con su amigo José Medina Echavarría, y se presenta, con la tarjeta que le dio Jules Romains, al crítico literario Enrique Díez-Canedo. A principios de 1924 conoce en París a Joan Miró y empieza a contactar con los escritores de su generación, amistades que mantendrá epistolarmente, y que ampliará en una actitud clave de conexión con la cultura interior española, después de la guerra civil: Alberti, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, José Bergamín, Francisco Ayala, Gerardo Diego, Juan Gil-Albert, Esteban Salazar Chapela, Alejandro Casona, Paulino Masip, Juan Larrea, Guillermo de Torre, Juan Chabás, Emilio Prados, José María Quiroga Pla, Vicente Gaos, Juan Rejano, Pascual Pla y Beltrán. Desde 1925 publica regularmente (Los poemas cotidianos, 1925; Caja, 1926...) Destaca su presencia en Madrid durante trece años, con visitas a las tertulias literarias, como la del café Regina donde conocería a Domenchina, Azaña, Vayo, Araquistáin, Negrín, Marañón y Valle-Inclán.

En 1933, publica en la Imprenta Moderna de Valencia Fábula Verde. Escribe artículos para el periódico Luz de Madrid. Realiza un viaje a la Unión Soviética para asistir a los Festivales de Teatro con su amigo José Medina Echavarría. En 1936 dirige El Búho, teatro universitario de Valencia, igual que Federico García Lorca lo hizo con La Barraca. Publica obras fundamentales como Luis Álvarez Petreña y Yo Vivo. En 1935 escribe en Valencia Jácara del Avaro para las Misiones Pedagógicas. En sus habituales viajes a Barcelona frecuenta el café Oro del Rhin acompañado de sus amigos Luys Santamarina y José Jurado Morales, por eso junto a Valencia y Madrid, Barcelona será una de sus ciudades predilectas.

En febrero de 1936 participa en la campaña electoral de apoyo al Frente Popular con la representación de obras de teatro como El agua no es del cielo y estrenando en el Teatro Principal Las dos hermanas. En septiembre se representa en el altar mayor de los Dominicos, en Valencia, una versión reducida del auto Pedro López. Dirige en Valencia el periódico socialista Verdad en su primera época. Es socio con el nº 3 de la Alianza de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura. Su compromiso y su actividad como escritor y como intelectual se intensifican a medida que pasan los meses y se polariza la vida cultural y política española.

Desde diciembre del 36 hasta julio del 37 es Agregado Cultural de la Embajada de España en París con el embajador Luis Araquistáin. Como subcomisario de la Exposición Universal de París encargó, por orden del Gobierno Español, a Picasso el Guernica, por un importe de 150.000 francos. Organiza el II Congreso de Intelectuales Antifascistas en Valencia y Madrid. Es secretario general del Consejo Nacional de Teatro, cuyo director era Antonio Machado. Hasta finales de enero de 1939 dirige con André Malraux -por encargo del gobierno español- la película Sierra de Teruel basada en la novela de aquél L'Espoir.

En Francia llegarían las sucesivas detenciones y su internamiento en los campos de concentración (Rolland Garros, Vernet... hasta el definitivo de Djelfa). De esos años datan los poemas de su libro de poemas, Diario de Djelfa, grandioso fresco poético de sus vivencias y de la reciente guerra española. Tras una complicada huida, consigue llegar en octubre de 1942 a México. En 1943 se afilia al Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica, y en 1944 es nombrado secretario de la Comisión Nacional de Cinematografía. Escribe intensamente completando el ciclo novelístico de El laberinto mágico, publica poco y con muchas dificultades. A fines de enero de 1947 el Instituto Nacional de Bellas Artes de México le nombra Consejero de la Comisión de Repertorio del Departamento de Teatro, cargo efímero. Colabora en la prensa mexicana de los años cuarenta y como guionista de cine, trabajando en varias ocasiones con Luis Buñuel. Colabora con grupos de teatro de aficionados y sigue escribiendo mucho. Se nacionaliza mexicano en 1955 y a partir de 1954 puede viajar a Europa con una acreditación del gobierno de México. Posteriormente, fue profesor de filmografía en el Instituto Cinematográfico de México, de historia del teatro en la Universidad Autónoma de México, y asesor técnico de la Comisión de Cinematografía. Pero su obra literaria es ingente, editada en España antes de 1939 y después en México, hasta finales de los años setenta, en que empieza a publicar en nuestro país con una cierta normalidad no exenta de censura.

En la última década de su vida fue director de la Radio Televisión de la UNAM (1960-1966), lo que le procuró la oportunidad de algunos viajes por Europa, que son también los años en que idea y edita la revista Los Sesenta. En 1969 asiste al Primer Congreso de Intelectuales en La Habana, experiencia de donde resultaría su diario Enero en Cuba. Su primera vuelta a España data de un breve viaje efectuado entre agosto y noviembre de 1969, con la experiencia ingrata de que la España que había mantenido viva en sus recuerdos del exilio había desaparecido definitivamente: La gallina ciega es la historia de ese doloroso desencuentro. Aub disfrutó de otra estancia en 1972, en donde pudo volver a ver y despedirse de muchos viejos amigos. Tras pasar unos días en París y en Inglaterra (con una de sus hijas y sus nietos), la muerte le sorprende en su casa de Ciudad de México el 22 de julio de ese mismo año. Según testimonio de su hija Elena, recogido por Ignacio Soldevila (1999: 58-59), Aub fue sepultado en el Cementerio de los Españoles al día siguiente, en un espacio rodeado entre tumbas de niños. En su testamento rogaba que no se le pusieran flores ni se pronunciaran discursos, y su voluntad fue respetada. Como casi todo, la noticia llegó tarde a España y, penúltima ironía valenciana entre otras muchas, en Valencia su muerte pasó desapercibida por el jolgorio de la multitudinaria Feria de Julio. De entre los muchos retratos aubianos, él prefería tal vez este de Manuel Durán que tuvo a bien reproducir en su libro Versiones y subversiones (1971):

“Sí, ahí está en nosotros, ante nuestras miradas asombradas, ese inacabable desdoblarse, esa infinita bifurcación (y en el fondo la fuente, la razón de todo, el manojo apretado en forma de gran corazón, la unidad de tanta diversidad). Ahí está Max, el novelista. Max Aub, el crítico de cine. Max, el viajero incansable. Max, el humorista. Max, cuentista. Max, biógrafo. Max, traductor de cuentos y poemas apócrifos (...) Y sobre todo -en la base, en la piel tierna- la última máscara no es ya más que humana realidad: Max amigo, Max ser sincero y generoso, Max el que siempre tuvo tiempo para los demás. Y no es que le haya faltado tiempo para lo suyo. Lo suyo fue, desde el principio, la vocación de escritor.”

 

3. Más allá del olvido: Aub ‘testigo’ en el siglo XXI

“-Te haremos un homenaje, el día que cumplas cien años.
-Es posible y hasta si quieres que diga la verdad: no dudo.
¿Y qué? Lo más triste es que no tiene nada de nuevo.”
La gallina ciega

La guerra española empezó en el llamado Desastre del 98 y acabó en tragedia en julio de 1936. Max fue consciente de que no supimos aprender el ejemplo de la Primera Guerra Mundial, de que nuestro sistema político fue incapaz de afrontar las reformas necesarias para modernizar un país abocado a la violencia y a la sinrazón de las armas. Contradictoriamente, fue una España de gran esplendor cultural, la ya conocida como Edad de Plata. Vuelven a coincidir extrañamente momentos históricos críticos y floración cultural. Y Aub se inicia en la experimentación vanguardista para evolucionar hacia una poética y una actitud cada vez más comprometida, primero con la cultura republicana, después con la lucha antifascista. Después vendrán años de exilio, campos de concentración y olvido. Su biografía es una biografía de sufrimiento y entrega, como la de tantos otros españoles en los duros años de la postguerra. Su voluntad de supervivencia le ayudó a escapar de los campos de concentración franceses en el norte de África, adonde fue enviado mediante falsas denuncias. La dureza de aquellos años nos da el tono de un autor europeo a la altura de las circunstancias, como testimonia su poemario Diario de Djelfa, auténtico relato de las condiciones extremas sufridas en aquellos días, prueba de nuevo de que la sinrazón humana no tiene límites. Su compromiso es un compromiso universal, por encima de razas, lenguas y naciones: “Inútil decir que ufanarse de la historia patria es gratuito. El nacionalismo -ese racismo- está en plena floración” (Enero en Cuba).

Y Max nos ha contemplado todos estos años desde el espejo sabio e irisado de sus libros. Fue consciente de que la misión del intelectual y del escritor del siglo XX fue mantenerse alerta desde una actitud autocrítica, sin concesiones, sabiendo que su misión consistía, precisamente, en ser testigo de la sinrazón y la barbarie de las armas y del exterminio para que nunca más vuelvan a repetirse. Su legado nos recuerda que en todo hombre existe ese fondo de violencia y egoísmo al que las circunstancias pueden convertir en partido y sistema político, pero que existe la confianza y la esperanza por encima de todo el mal sufrido: “Creo una vez más, en el progreso, en el arte y en la amistad” (Hablo como hombre). Su riquísimo fresco novelístico y cuentístico de El laberinto mágico, constituye la obra narrativa más relevante y cuantiosa en torno a la guerra civil española. Su copioso y relevante epistolario (que empieza a editarse poco a poco) le relaciona con la más señalada intelectualidad europea y americana de la segunda mitad del siglo XX. No podemos olvidar que Max, amigo de las bromas literarias y siempre gustoso de los juegos de identidad, había inventado algunas de las bromas más significativas de la literatura española del siglo XX: su novela vanguardista Luis Álvarez Petreña, su apócrifo ingreso en la Academia Española (datado el 12 de diciembre de 1956 y consignado en un librito que imitaba la tipografía habitualmente usada en los escritos de dicha institución), en una Academia en la que reemplazaba en un imaginario sillón a Valle-Inclán (quien nunca ingresó en la Academia) y donde aparecían como académicos aquellos escritores que hubieran sobrevivido a la muerte o al exilio: García Lorca, Cernuda, Bergamín, Guillén, Salinas, Domenchina, Moreno Villa, Altolaguirre, Sender, Corpus Barga, Miguel Hernández, Prados, Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez... ¡qué gran Academia española sin guerra civil tal vez! Su desmitificación del mundo de la literatura y del arte se amplía también a su invención de Jusep Torres Campalans (1958), un pintor y su obra; y uno de sus últimos esfuerzos autoriales: Buñuel. Novela (1984). Una y otra vez aflora en sus escritos el tema de la responsabilidad del escritor, de su diálogo con el pasado, el presente y el futuro, con la tradición y con la sociedad en la que vive, sabiendo que lo que un literato escribe es cualquier cosa menos literatura.

Aub representa y ejemplifica como síntoma las condiciones de un escritor en el exilio, con una obra aislada y marcada por el fracaso literario. En cuanto a las editoriales, plantea la situación de imposibilidad de que los libros lleguen con normalidad hasta el público para el que estaban destinados, especialmente durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta. Por otra parte, los libros se agotan y no hay reediciones, tal y como se queja Max continuamente en sus Diarios y en La gallina ciega. Aub conseguirá editar en España un volumen censurado, Mis páginas mejores en 1966; junto a textos y fragmentos en la revista de Camilo José Cela, Papeles de Son Armadans desde 1958, aunque la edición y recuperación de su obra es un lento proceso que se inicia después de su muerte en 1972. Las dificultades editoriales implican la ausencia de lectores reales, y de un contacto con ellos; al tiempo que la distancia espacial contribuye a la ausencia de recepción y a la adecuada resonancia de las obras de un escritor de su generación y de su talla artística. La falta de éxito le obliga a asumir el convertirse en un autor de minorías, al mismo tiempo que va creciendo la desconfianza hacia la calidad de la propia obra, junto a la certidumbre de que él y toda la generación de exiliados republicanos, han sido borrados del mapa literario por la España oficial.

Por esto mismo, para la cultura española Aub forma parte de un imprescindible patrimonio cultural, perteneciente al exilio español (a los largos exilios culturales españoles desde los tiempos del liberalismo decimonónico), que ya se ha venido reivindicando, recuperando, editando y estudiando. Trabajando en la adecuada recepción de ese patrimonio del exilio cultural español, hace poco editábamos en Valencia el primer número de la revista Laberintos (anuario de los exilios culturales españoles), dedicado monográficamente a Max Aub con motivo del centenario de su nacimiento. La Biblioteca Valenciana ha venido desarrollando una política de recuperación de archivos y bibliotecas particulares de exiliados republicanos valencianos (Guillermina Medrano, Rafael Supervía, Vicente Llorens...) que se ha completado con la donación realizada por Jesús Martínez Guerricabeitia de su archivo, biblioteca y hemeroteca privados, que incluye buena parte de los fondos documentales de la editorial Ruedo Ibérico, dirigida en París por su hermano José.

Precisamente, esa aguda conciencia del fracaso constituye uno de los fundamentos de la excepcional obra creativa de Aub en todos los ámbitos del humanismo, tal y como sugiere Sebastiaan Faber2. Si el fracaso de un escritor es no ser leído, Aub ha ido ganando progresivamente esa batalla a sus principales enemigos: el tiempo y el olvido, padres del desaliento. La dictadura franquista no logró borrar del mapa ni su obra ni la figura de otros tantos exiliados españoles, la mayoría de los cuales murió sin ver restaurado en nuestro país un régimen democrático de libertades. La conmemoración del centenario de Max Aub debe centrarse en la recuperación y potenciación de su figura y de su obra, de su actitud ejemplar ante el exilio inclemente que llevó a tantos compañeros a una vida llena de injusticias y a una muerte amarga. Atravesados los umbrales del siglo XXI, más de sesenta años después de la proclamación de la Segunda República, la sociedad democrática española está obligada moralmente a conmemorar no sólo aquel acontecimiento histórico, sino a recuperar el gesto ético, civil y personal de aquellos hombres que demostraron una entereza de ánimo y pensamiento, y un corazón fuera de lo común, más allá de la cultura del simulacro y del espectáculo de autopublicitación de las instituciones.

Desde hace unos años, la personalidad de Max Aub ha quedado íntimamente ligada a la identidad valenciana al constituirse la Fundación Max Aub, con su correspondiente Archivo y Biblioteca, en la ciudad de Segorbe, de cuyo Patronato forma parte la Excelentísima Diputación Provincial de Castellón, junto a la de Valencia y la Generalitat Valenciana. Su exilio en México nos ha legado una obra literaria e intelectual copiosa, cuya significación se revisará en el próximo Congreso Internacional “MAX AUB: TESTIGO DEL SIGLO XX”, que se celebrará en la Biblioteca Valenciana del 7 al 12 de abril, y que se complementará con una exposición plástica y bibliográfica, entre otras muchas actividades que coordina el Patronato de la Fundación. La celebración de su centenario tiene especial significación desde el sentido de la recuperación de una parte fundamental de nuestro exilio cultural que, a través de la Fundación Max Aub, con sede en Segorbe, es ya patrimonio de todos los españoles. Esta conmemoración quiere ayudar a reconstruir, sin duda, pensando en el futuro de nuestra sociedad democrática, la historia de nuestra tradición política, artística, intelectual y literaria republicana, sin cuyo conocimiento una parte del patrimonio de nuestro presente y de nuestra identidad no estará del todo completo.

Recordemos que una de las grandes aspiraciones de los artistas y escritores exiliados españoles no fue sólo volver físicamente, sino que su obra fuese conocida: “La mayoría de mis libros no han llegado a España. Hoy, agotados en su mayoría tampoco pueden, naturalmente, hacerlo si las condiciones fuesen otras, que no lo son” (Diarios). La Generalitat Valenciana, a través de la Institució “Alfons el Magnànim” y de la Biblioteca Valenciana, con la colaboración de la Fundación Max Aub, está editando el conjunto de la obra completa de Max Aub, de la que se llevan editados seis tomos, que abarcan la obra poética, el ciclo novelístico de El laberinto mágico (con todas las novelas en torno a la guerra civil española) y buena parte de su teatro. La obra aubiana nos ilumina y nos denuncia: nos devuelve nuestra historia reciente desde el compromiso crítico para ayudarnos a ser mejor nosotros mismos y a ser mejores, con la experiencia del pasado que ilumina las sombras de nuestro presente. Aub construye su obra desde la validez universal del símbolo que es todo texto literario “Usted es español... Es otra cosa. Usted me entiende. En España la comprendieron enseguida y le pusieron el único remedio: ¡expulsarlos! ¡expulsarlos! ¡Echarlos al mar! ¡Que no quede ninguno! Yo no digo que los maten, pero que los echen a la basura.” (“Pequeña historia marroquí”, Ciertos cuentos).

Una de las obligaciones de una adecuada política cultural es conservar y promover la figura y la obra de aquellos autores que se convierten en arquetipos, sea por la especial riqueza de su obra, sea por la significación de su vida en el contexto histórico valenciano y español. Ambas circunstancias se dan en nuestro caso. Aub pertenece a un grupo de intelectuales y escritores, junto a Apollinaire, Machado, Cocteau, Dos Passos, Faulkner, Gide, Malraux, Unamuno, Pirandello, Kafka...que se constituyen en síntomas y símbolos emblemáticos de su tiempo. Pero para el autor literario, siempre es necesaria la conquista de un público. Max lo tuvo siempre difícil, dadas las circunstancias en que se desarrollaron su vida y su obra. Él buscó siempre ese equilibrio entre la libertad creativa y de conciencia, junto con la necesidad de encontrar lectores en el futuro inmediato, dada la imposibilidad de encontrarlos en el presente siempre incierto de un escritor trasterrado y exiliado. Por cronología pertenece a la Generación de la República, ese grupo de escritores crecido a la sombra de la Institución Libre de Enseñanza, recriados en la Residencia de Estudiantes y en la lectura de España y Revista de Occidente, que asumió la responsabilidad de la política cultural de la Segunda República española, y luchó en la guerra civil por mantener la legalidad vigente hasta ofrecer su último esfuerzo por lo que estimaban una utopía posible: “¿Te representas, padre, lo que será España? Todo será de todos. Y todos trabajaremos para los demás, y los demás para uno. Todos sabrán leer y no habrá injusticias” (Campo abierto). Aub vivió, como otros tantos exiliados españoles durante años, toda la vida y toda su muerte, con la esperanza de que el sueño era posible, como testimonian una y otra vez sus escritos: “Pero un día vendrá la libertad” (De algún tiempo a esta parte), con la conviccion de que tanta sangre, tanto dolor, tantos esfuerzos de hombres anónimos y notables no habían sido inútiles. La actual democracia española es deudora de ese esfuerzo, conseguido con dolor y con constancia, asumiendo un destino difícil lejos de la patria y la familia, condenado a una tierra de nadie que acabó asumiendo como carne propia.

Max Aub encarna el ejemplo del escritor que vive con la pluma en la mano, humano y demasiado humano hasta el compromiso final. Es un hombre y un intelectual paradigmático en la historia cultural española del siglo XX, cuyo nacimiento conmemoraremos este año recuperando su memoria para el patrimonio cultural valenciano y español, que ya es decir universal, y del que vale recordar como último gesto aquellas palabras de amor de sus diarios que nos dan la clave de su “interesado” esfuerzo como escritor y como hombre: “Acepte estas páginas: están hechas de amor hacia usted y hacia España” (La gallina ciega). Su obra ubicada en el difícil exilio de un escritor apenas conocido hasta el año 1939, y después situado en el no-lugar de los tachados por la historia oficial española, participa de ese dilema básico, la imposibilidad de la recuperación y ordenamiento del pasado desde ese lugar inexistente que es el exilio3. Max es múltiple y proteico porque esa realidad y esa historia se le escapan de las manos, carece de una perspectiva global que le permita ordenar su memoria, de modo que poco a poco va convirtiéndose en prisionero de sus recuerdos convertidos en ficciones. Su discutido “realismo” va más allá del tradicional realismo histórico y supera las posiciones del conocido realismo crítico, porque su autobiografía es un camino constante de ida y vuelta entre la realidad y la ficción, desde los presupuestos de la autenticidad y de la verdad histórica, sin renunciar a la rica subjetividad personal que se incorpora permanentemente en todos sus escritos. Sus textos son siempre problemáticos e inclasificables, desmienten provocativamente cualquier versión y cualquier retórica oficial, hasta el punto de dar cuenta de la más dura de las verdades históricas de aquellos españoles, el fracaso político del exilio. Precisamente esta constatación del fracaso no fue bien vista ni recibida por los compañeros exiliados ni por los líderes políticos españoles de aquellos años, S. Faber nos recuerda cómo en 1954 describe en su diario una celebración en honor del poeta León Felipe, donde admite que el mundo ya ha olvidado a los exiliados de la República:

“Fracaso. Los comunistas, con su hostilidad de siempre; los mexicanos, sorprendidos de mi brutalidad al decir lo que creí conveniente sacar a luz, a los quince años de destierro, acerca del olvido en que han caído, en sí mismos, los exiliados. Ni de revulsivo sirvió. Nadie -casi nadie- me felicitó, ni siquiera los de rigor. La emigración, como tal, está liquidada”.4

Aub supo asumir ese destino de todo intelectual que no puede faltar a la verdad, excéntrico y anacrónico, separado filosóficamente de los hechos históricos por la evidencia del exilio, incapacitado para la acción en un país que no acababa de ser el suyo, participante de esa vida irreal del exilio cuya verdad está siempre en otra parte, tal vez en el pasado que no fue, en la esperanza de un futuro imposible que no llega nunca (Calles 2003b). Como sabemos, al final de su vida Aub vino a España -1969- pero “no volvió” (“he venido pero no he vuelto”). Aub sigue creyendo en los ideales republicanos de libertad, democracia y justicia social, herederos -sin duda- de la Ilustración, al tiempo que cree en el poder emancipatorio de la cultura y de la educación, y en la necesidad de una adecuada política económica que saque a las bases del país de la miseria. Pero España es también su espejo, nuevo Callejón del Gato en donde la propia imagen también adquiere dimensiones trágicas. El acercamiento del sistema político mexicano y el español a principios de los setenta eran evidentes, y no era fácil de reconocer para un exiliado español que había sufrido treinta años de exilio. Aub se da cuenta de que Gabriel García Márquez vive en España lo que él vive en México. Como apunta S. Faber, ambos han de buscar la libertad en el extranjero para poder criticar al gobierno de su patria. Ambos ilustran una paradoja común a muchos intelectuales del siglo XX, para los que la libertad del exilio tiene un precio. Aub es consciente de las contradicciones del exiliado español durante los años sesenta, mientras contempla dolorosamente cómo un lento goteo de compañeros empieza a volver hasta una España todavía en manos del dictador, pero cada vez más abierta al exterior, y en cuyo seno empieza a vislumbrar la posibilidad de un final democrático.

Aub no pudo alcanzar a ver la España de hoy, construida sobre los fundamentos democráticos de un estado de derecho. Pero el presente del que disfrutamos los españoles nos convierte en deudores de su sacrificio y su ejemplo.

Es hora de que Aub deje de pagar ese precio y disfrute, a través de su obra y sus deseados lectores, de una eternidad libre y democrática para su patria y para los suyos, a los que amó intensamente como puede leerse en cada una de las líneas de sus escritos. Desde la perpleja atalaya del siglo XXI Max Aub nos contempla sabiendo que ahora se le lee tanto como se le cita, se le quiere tanto como se le respeta, se le recuerda tanto como se le añora, se le critica tanto como él hubiera querido, desde una nueva generación de escritores, artistas e intelectuales, de ciudadanos libres que empiezan poco a poco a conocerlo.

 

BIBLIOGRAFÍA

Aznar Soler, M. (1996) “Política y literatura en los ensayos de Max Aub”, en Alonso, C. (ed.) Max Aub y el laberinto español, Actas del Congreso Internacional, Valencia, pp. 568-614.

Faber, S. (2002) “Max Aub o la aporía del exilio”, en Laberintos (Anuario de estudios sobre los exilios culturales españoles), nº 1, Valencia, Biblioteca Valenciana, pp. 5-23.

Mainer, J.-C. (1981) La Edad de Plata (1902-1939). Ensayo de interpretación de un proceso cultural, Madrid, Cátedra.

——(1988) Historia, literatura, sociedad. Madrid, Espasa-Calpe.

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Notas:

[1] V. I. Soldevila, El compromiso de la imaginación. Vida y obra de Max Aub, Fundación Max Aub, Segorbe, 1999.

[2] V. S. Faber: “Max Aub o la aporía del exilio”, en Laberintos, 1, Valencia, Biblioteca Valenciana, 2002, pp. 5- 23.

[3] V. Michael Ugarte, Literatura española en el exilio. Un estudio comparativo (Siglo XXI), Madrid, 1999.

[4] V. Max Aub, Diarios, Ed. Alba, p. 238.

 

© Juan María Calles 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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