José Martí y su vocación pedagógica

Inés Izquierdo Miller
periodista
ines.izquierdo@laprensa.com.ni


 

   
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Toda la creación martiana tiene un indudable valor pedagógico, no en balde el propio Rubén Darío en varias ocasiones lo llamó Maestro, reconociendo de esa forma la noble tarea educadora de Martí, que no sólo se circunscribió al carácter didáctico de muchos de sus discursos, artículos periodísticos o su revista infantil La Edad de Oro, sino que caló más profundamente, ya que el poeta cubano vivió la experiencia extraordinaria de ejercer como profesor durante su estancia en el exilio.

De ahí, que con amplios conocimientos sobre el tema expuso de una manera u otra en diversos escritos la necesidad de transformar los sistemas de enseñanza obsoletos y memorísticos que imperaban en la educación de su tiempo, “las escuelas son meros talleres para memorizar, donde languidecen los niños año tras año en estériles deletreos, mapas y cuentas (…) donde el tiempo se consume en copiar palabras y enumerar montes y ríos, donde no se enseñan los elementos vivos del mundo en que se habita (...) Contar sí, eso se lo enseñan a torrentes”. Ante ese panorama, el maestro exige lo siguiente: “el mundo nuevo requiere la escuela nueva” y para ello la solución sería “cambiar bravamente la instrucción primaria de verbal en experimental, de retórica en científica, enseñar al niño a la vez que el abecedario de las palabras el abecedario de la naturaleza. Divorciar al hombre de la tierra es un atentado monstruoso”

Martí también fue maestro de obreros; cuentan que en un casa de la calle 74 de Nueva York se fundó en 1890 la “Sociedad Protectora de Instrucción La Liga” junto al tabaquero Rafael Serra, en esta liga cierran filas hijos de Cuba y Puerto Rico que constituyen una avanzada de hombres sencillos y abnegados que quieren la independencia de sus patrias. En medio de esta liga, Martí crea una escuela donde blancos y negros; obreros e intelectuales; todos unidos convierten a la Liga en una colmena de saberes, donde Martí ratifica su nombre de Maestro con mayúsculas porque así lo llamaban aquellos hombres de manos callosas que asistían a las aulas de La Liga.

Allí llegaba Martí todos los jueves de nueve a diez y media de la noche, después de terminar su clase de español en la escuela nocturna donde se ganaba la vida. Siempre a su arribo al aula se sentaba en su mesa a corregir los trabajos que le habían dejado sus alumnos obreros. Martí distribuyó armoniosamente y con suma ternura el maná de la enseñanza en el fértil terreno abonado de sus alumnos obreros.

Esa vocación de enseñar se transparentó también en sus escritos, sobre todo en la revista La Edad de Oro donde trasmite a los niños y niñas, las hermosas doctrinas y valores humanos que él fomenta a través de cuentos, poemas y artículos diversos.

Creo que la labor pedagógica de Martí se manifiesta mejor y trasciende más por su rectitud moral y su ejemplar conducta como líder; al respecto se entremezclan múltiples anécdotas, pero hay una que siempre recuerdo porque demuestra con notoriedad ese desprendimiento y honesta rectitud que signaron la vida de José Martí. Dicen que en una noche de Navidad andaba Martí con su levita raída tiritando de frío y hambre por las calles neoyorquinas, hasta que un compatriota lo encuentra y se lo lleva a su casa; al llegar recoge la vieja chaqueta para colgarla y se asombra ante el manojo de billetes que guardaba en sus bolsillos; al comentarle al Maestro, este le responde que sencillamente ese dinero no era de él, sino de las donaciones hechas por los humildes tabaqueros y otros obreros cubanos que entregaban su pequeña contribución para la causa revolucionaria, por tanto aunque pereciera de inanición jamás tocaría ni siquiera un centavo de ese dinero. ¡Qué lección de honestidad para muchos de nuestros líderes, políticos y empresarios que hacen del dinero ajeno su panacea!

A 150 años de su natalicio debemos volver a José Martí y reconsiderar su legado magisterial porque aún en nuestros días, llenos de adelantos científicos y tecnológicos, en muchas de las aulas de cualquier nivel subsisten maestros que dictan, y enseñan memorísticamente a sus alumnos cuentas y datos, sin volcarse a la Naturaleza, a la experimentación, a la Vida.

 

© Inéz Izquierdo 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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