Soldados de Salamina:
Indagaciones sobre un héroe moderno

Carlos Yushimito del Valle
Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima, Perú)


 

   
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“Desde allí, refugiado en un agujero, oía los ladridos de los perros y los disparos y las voces de los milicianos, que lo buscaban sabiendo que no podían perder mucho tiempo buscándolo, porque los franquistas les pisaban los talones. En algún momento mi padre oyó un ruido de ramas a su espalda, se dio la vuelta y vio a un miliciano que le miraba. Entonces se oyó un grito: ¿Está por ahí?” Mi padre contaba que el miliciano se quedó mirándole unos segundos y que luego, sin dejar de mirarle, gritó: “¡Por aquí no hay nadie!”, dio media vuelta y se fue”.
Soldados de Salamina*, Javier Cercas.

 

Un hombre viejo, exiliado en un geriátrico de Fontaine-Lès-Dijon: su nombre es Antoni Mi-ralles. Con él, la búsqueda del periodista y escritor frustrado Javier Cercas, personaje narrador de la novela Soldados de Salamina, ha llegado a su final: tiene delante al miliciano anónimo que salvó la vida de Rafael Sánchez Mazas (“poeta exquisito, ideólogo fascista, ministro de Franco”). Esta entrevista cierra el círculo indagatorio de una novela, que, en palabras de Javier Cercas (Cáceres, 1962) se construye “no porque uno escribe acerca de lo que quiere, sino de lo que puede”, es decir, sometido a la caprichosa voluntad de la realidad, ese organismo fascinante que, lejos de responder dócilmente al cálculo metódico o a la búsqueda planificada, entrega lo que decide que se cuente, convirtiendo de esta manera al escritor en un mero instrumento que ejecuta su memoria.

En efecto, a caballo entre la no ficción de Truman Capote y Norman Mailer, la búsqueda inicial ha mudado de perspectiva, obedeciendo a una secreta e involuntaria vuelta de tuerca hacia una reflexión más profunda y universal sobre la condición humana. Frente a Miralles, las respuestas para entender una época llena de contradicciones (la Guerra Civil española y todas sus consecuencias históricas, propósito inicial del libro), quedan opacadas por aquella otra inquisición, mucho más compleja, emotiva e irresoluble, que se reduce a las preguntas acerca del individuo, sintetizadas en la figura del héroe.

A grandes rasgos, la novela de Cercas explora los complejos hilos que controlan los actos humanos, no como la armonía impuesta por una organización colectiva, sino por la voluntad y las motivaciones, muchas veces contradictorias, de los individuos. El proyecto (desconocido hasta las últimas páginas de la novela) se reduce finalmente a la confrontación de las obras de dos hombres paralelos, partiendo de esta revelación intelectual: que la vida de un hombre se puede definir a través de su complemento. La fina y aristocrática brutalidad del intelectual franquista, con la del burdo miliciano que luchó todas las guerras posibles para salvar a la civilización, aunque no se diera cuenta de ello. El mismo hombre que bailaba a solas un paso doble en el campo de refugiados, y que Sánchez Mazas, condenado a muerte en una decisión apurada y confusa, miró poco antes de ser trasladado a una zona boscosa de Cataluña para su fusilamiento. ¿Qué pasó por la mente de Miralles -o de un hombre como Miralles-, en esa hondonada boscosa de Collell, cuando miró al ideólogo fa-langista mojado por la lluvia e indefenso frente a su arma? ¿Por qué no disparó? Las respuestas a estas preguntas, finalmente universales, no son otra que la ambiciosa perspectiva del relato: los móviles que forman ese mecanismo extraño que maneja nuestras decisiones, lo que nos hace vivir (y morir), y lo que puede explicarnos tanto el lado sublime de la naturaleza humana como la más abyecta e inútil de todas.

 

1. Los intelectuales al servicio de la barbarie

Rafael Sánchez Mazas, un hombre cultivado, aristocrático, poeta esteticista, intelectual, ha provocado, posiblemente, junto a sus compañeros fundadores de Falange, la guerra fraticida más “triste” de todas. Ideólogo del fascismo, ha encarnado la idea del Caudillo en la figura de José Antonio Primo de Rivera, y con posterioridad, en la personalidad llena de gestos y parloteo egocentrista de Francisco Franco. ¿Cómo explicarse esta contradicción? ¿Qué ha motivado a Sánchez Mazas y a ese grupo de intelectuales refinados fundadores del falangismo, a soliviantar la “orgía de sangre” que por tres años se derramó en España, y que estableció en el poder a un grupo tiránico y representante de todo lo opuesto a lo que defendían?

Aunque es una contradicción esencial (pues los intelectuales deberían, al menos en el papel, constituirse en los ojos bien abiertos de las sociedades para prevenir los peligros que amenazan su existencia), no es extraño que esta contradicción se realice con frecuencia en el seno de las instituciones democráticas. Probablemente porque muchas veces la igualdad no es literaria ni poética, y sí lo es, en cambio, el deslumbramiento de los discursos épicos de las guerras y la aparición de un caudillo tutelar. En el caso de los intelectuales del falangismo, y esta vez sí, en el caso particular de Sánchez Mazas, esta fascinación se enraizaba además en la cautivadora necesidad por mantener intacto un sistema colectivo minoritario, apremiado por un movimiento político que iba en contra de los principios que definían su naturaleza misma. Como el libro de Cercas se encarga estupendamente de describir, a través de la participación directa de Sánchez Mazas en la Historia, el surgimiento de la Guerra Civil se debió en gran medida a una revuelta de corte antisocialista: una alianza de Falange (movimiento minoritario animado por fuerzas monárquicas y de vieja estirpe aristocrática), con militares y agrupaciones políticas más conservadoras.

La historia de estos artistas e intelectuales aristocráticos se asemeja mucho, aunque desde una perspectiva dinámica y bastante más perjudicial, a la en cambio pasiva determinación del Príncipe Fabrizio de Salina, protagonista de El Gatopardo. Es más fácil entender esa suerte de “Guerra de Marfil” librada entre discusiones nocturnas en un cafetín elegante y que finalmente se extendió a las calles y en una escala nacional a la luz de sus ideas: “las cosas deben de cambiar para que continúen siendo iguales”. Esta frase de Lampedusa define perfectamente las profundas convicciones de los falangistas originarios, cultivados señorones entre los que se encontraba Rafael Sánchez Mazas, delicado poeta que escribía versos gatopardescos no sólo en su contenido -arraigado en un tiempo pasado mucho mejor y en amenaza frente a la fea, igualitaria sociedad por venir en manos de los republicanos socialistas-, sino también en su estilo idílico y manierista, en los que no fluía el tiempo y se evitaba la abolición de un orden de jerarquías establecidas que ante el peligro de su exterminio debía asumir su lucha personal y extenderse para que cambiaran y siguieran siendo las mismas, en el futuro, una vez que el peligro pasara.

Rafael Sánchez Mazas, este antihéroe moderno que rezuma tanta mediocridad humana y cobardía, resulta interesante (y necesario) por dos motivos: el primero, porque simboliza a todos los intelectuales y artistas que fascinados por el poder y guiados por una ambición política (extensión equivocada de la imaginación, realización que escapa a la literatura) contribuyeron en algún momento a crear o a justificar la barbarie, precisamente lo opuesto a todo lo que el ejercicio mismo del intelecto y la creación artística deberían defender, empleando la belleza creativa, la seducción de la poesía y la fuerza de su retórica, para envilecer las mentes de los jóvenes con ideas de sangre e intolerancia. La segunda razón, la más importante acaso, escapa a su naturaleza misma y se proyecta desde fuera: Sánchez Mazas es importante para la historia por las muchas personas que se cruzaron en su camino mientras estuvo amenazado y que le salvaron la vida. Es decir, es importante por ese lado complementario al suyo: el lado impulsado, no por la convicción de una causa colectiva, sino por el simple, generoso ejercicio de los instintos humanos.

 

2. El traidor y el héroe: Miralles, un héroe borgiano

Tal como lo entendía Borges, el héroe de Cercas parece encarnado por quien, en el ejercicio pleno de su libertad individual, decide actuar motivado por sus propias convicciones y no condicionado en cambio por un grupo colectivo (léase, algún tipo de ideología). También coincide con la individualidad que se ampara en un principio universal, pese a convertirse, con ese acto refractario, en una acción traicionera. En efecto, según la perspectiva de quien mire la anécdota, el acto del miliciano Miralles es una traición explícita a una orden y a una convicción justificada en la Historia. El argumento válido para corroborar esta versión flota en el diálogo final entre Miralles y el narrador Javier Cercas, una tentación provocativa:

“Además, reconocerá usted que, si alguien mereció que lo fusilaran enton-ces, ése fue Sánchez Mazas: si lo hubieran liquidado a tiempo, a él y a unos cuantos como él, quizá nos hubiéramos ahorrado la guerra, ¿no cree?”

Más adelante se reafirma esta misma interrogante:

“-(...) ¿Para qué quería encontrar al soldado que salvó a Sánchez Mazas?

Sin dudarlo contesté:

- Para preguntarle qué pensó aquella mañana, en el bosque, después del fusilamiento, cuando le reconoció y le miró a los ojos. Para preguntarle qué vio en sus ojos. Por qué le salvó, por qué no le delató, por qué no le mató.

- ¿Por qué iba a matarlo?

- Porque en la guerra la gente se mata -dije-. Porque por culpa de Sánchez Mazas y por la de cuatro o cinco tipos como él había pasado lo que había pasado y ahora ese soldado emprendía un exilio sin regreso. Porque si alguien mereció que lo fusilaran ése fue Sánchez Mazas”.

Desde un punto de vista borgiano (veamos el caso de Tema del traidor y del héroe, o Tres versiones de Judas, por ejemplo), el mismo acto refractario del miliciano que no delató ni disparó su arma contra el enemigo, es decir, el acto en sí mismo, sin convalidaciones éticas de por medio, estaría definido como un acto heroico. El acto estaría siendo replanteado a través de la realización del libre albedrío del soldado, opuesto, como un impulso secreto, tal vez instintivo, a la grupal determinación del bando republicano.

Ahora bien, queda claro en la lectura de la novela, que el dilema mayor, que el móvil que intenta descubrir Cercas (la razón que hizo que Miralles no disparara) es mucho más sobrecogedor partiendo del hecho de que el bando republicano era el correcto y que el nacionalista, que devino del falangismo, era el incorrecto. El primero, defendido por Miralles, era una lucha por la civilización, mientras que el segundo era un alegato abierto (y tal vez no comprendido del todo) en favor de la barbarie. A la luz de este desciframiento de la Historia (personalmente creo correcto), el acto de Miralles, a la par que doblemente desconcertante sería doblemente traicionero. En otras palabras, sería una felonía a la civilización misma. A no ser por un hecho que se pasa por alto, y que vale considerar aquí: que tal vez, a esas alturas (cuando Sánchez Mazas estaba siendo llevado al paredón y posteriormente, cuando se hallaba recogido en el bosque, a la espera del disparo), su muerte ya no significaba nada en la guerra, perdida ya ante los ojos de los soldados que poco después emprenderían la retirada y largos exilios hasta la recuperación de la democracia en España, en 1979. Es im-portante notar, pues, que este acontecimiento se produjo en las postrimerías de la guerra, cuando las tropas de Franco tenían la victoria casi asegurada. Y por lo tanto, ya no solamente desde un punto de vista ético superior o universal (que cualquier vida humana vale más que una ideología), sino desde un punto de vista básico, aunque igualmente humanitario, la muerte de Sánchez Mazas no se justificaba en absoluto.

En cualquier caso, la obligación de los actos aquí considerados como heroicos, parecen decididos por el ejercicio de un instinto, un acto heroico que no surge de la constancia y el reconoci-miento clásico de una personalidad predestinada a la guía tutelar de los grupos humanos (como por ejemplo, en el imaginario épico defendido por Sánchez Mazase inspirado curiosamente por el concepto de héroe que manejaba Carlyle -ideólogo anticipado del futuro nazismo-, se buscaba en un todopoderoso caudillo), sino de un acto instintivo recargado de lo más noble e irracional que habita en el espíritu humano, animado en esos momentos de “locura heroica” por una universalidad que defiende la vida a costa de cualquier racionalización cultural o política.

 

3. El héroe anónimo y la guerra impersonal

A diferencia de los héroes que instalamos en nuestra tradiciones, y que tanto Emerson y Carlyle han estudiado y clasificado en su momento, la idea de héroe que Cercas configura en su novela no responde al prototipo caudillista o ejemplar de corte clásico. Más bien, todo lo contrario, nos ofrece una definición de heroicidad que se define como excepcional, como un instinto que brota de manera esporádica y sin la conciencia plena de su ejercicio:

“-¿Y qué es un héroe?”

...

-No lo sé- dijo. Alguien que se cree un héroe y acierta. O alguien que tiene el coraje y el instinto de la virtud, y por eso no se equivoca nunca, o por lo menos no se equivoca en el único momento en que importa no equivocarse, y por lo tanto no puede no ser un héroe. O quien entiende como Allende, que el héroe no es el que mata, sino el que no mata o se deja matar. No lo sé...”

El héroe de este modo, no es el perpetuo ser sublime y sin defectos, que más bien pertenece a la mitología social humana; el valor más profundo de la heroicidad se halla reducido a un sólo instante en que la decisión correcta califica con posterioridad sus actos. A diferencia de la imagen llena de parafernalia de Sánchez Mazas (inmortalizado en una calle de Bilbao), el héroe Miralles adolece su vejez y su exilio en un país extranjero, sin que nadie lo recuerde, ni recuerde al anónimo soldado que representa, el que defendió la libertad y a la “civilización” ante las fuerzas de Franco y posteriormente ante la amenaza totalitaria del Eje Nazi-Fascista, en su inagotable itinerario bélico a las órdenes del general Leclerc.

Ese minúsculo y desarrapado escuadrón que iza “la bandera de la libertad”, en su agotador periplo africano, recuerda por extensión a una moderna Salamina, en que las fuerzas civilizadoras griegas se sobrepusieron a la voracidad persa; no es curiosamente la intelectualidad de los ideólogos refinados y cultos quienes la defienden, sino un grupo desvalido, y entre ellos ese básico Miralles, que ignoraba por completo la acción de su gesta, motivada probablemente por la errancia y la pasividad, nunca tan alejado de la convicción de estar llevando a cabo un acto que salvaría la civilización. El hombre simple y anónimo que actúa por un impulso instintivo, sin comprender, sin intuir siquiera, remotamente, que ese acto a los ojos del futuro está destinado a convertirse en un acto heroico.

Sin embargo, por sobre todo ello, Javier Cercas esboza la reflexión más profunda y conflictiva de todas las posibles: que la guerra, aún la que se lleva a cabo en nombre de un acto universalmente válido como la libertad y la civilización tolerante, está matizada por lo impersonal. La respuesta de Miralles, en un nuevo contexto, profundamente humano, personalizada por la emotividad del recuerdo, entonces, se apuntala como una lanza que no puede esquivarse y que cae limpia y sin respuesta posible:

“...Así que lo que andaba buscando era un héroe. Y ese héroe soy yo, ¿no? ¡Hay que joderse! ¿Pero no habíamos quedado en que era usted pacifista? ¿Pues sabe una cosa? En la paz no hay héroes, salvo quizás aquel indio bajito que siempre andaba por ahí medio en pelotas... Y ni siquiera él era un héroe, o sólo lo fue cuando lo mataron. Los héroes son sólo héroes cuando se mueren o cuando los matan. Y los héroes de verdad nacen en la guerra y mueren en la guerra. No hay héroes vivos, joven. Todos están muertos. Muertos, muertos, muertos...”

Recordando a sus amigos muertos, dice:

“Eran tan jóvenes... Murieron todos. Todos muertos. Muertos. Muertos. Todos. Ninguno probó las cosas buenas de la vida: ninguno tuvo una mujer para él solo, ninguno conoció la maravilla de tener un hijo y de que su hijo, con tres o cuatro años, se metiera en su cama, entre su mujer y él, un domingo por la mañana, en una habitación con mucho sol ...”

El héroe se configura entonces como el sacrificio necesario que hace posible la continuación del orden universal, pese al olvido que deviene frente a su sacrificio, por parte de la sociedad en su conjunto. Miralles envejece y pronto morirá del todo: “porque nadie lo recordará”; y al igual que él, muchos otros morirán o habrán muerto ya, embalados en mortajas impersonales. La vida humana se robustece, filtrada por las experiencias del héroe: cobra valor, encuentra belleza en una época de la que participa lateralmente, sólo como testigo de la felicidad que ofrecen ahora estúpidos juegos de concursos en la televisión o el sonido libre de voces y saltos infantiles que cruzan su panorama desde el geriátrico de Fontaine-Dès-Dijon. El mundo que ha dejado su lucha, es hermoso y libre, en plenitud, aunque su tiempo para vivirlo es asimilado como postrero y casi póstumo: el mundo que vive, en parte (como esa media mitad detenida en el cuerpo de Miralles, marcado por la explosión de una granada) está paralizada, anhelando haber muerto con sus contemporáneos. De este modo, su vida se asume escindida en dos etapas, la segunda sin asimilarse por completo pese a haberla ayudado a su fundación.

El narrador Javier Cercas finiquita sus indagaciones con la revelación de una verdad esencial, aún más importante que la proyectada en su búsqueda originaria. No importa realmente ya si Miralles es el mismo soldado anónimo que salvó la vida de Sánchez Mazas, esa tarde lluviosa, en un bosque del Collell, al noreste de España. A esas alturas, pese a su perseverante negativa, el milicano anónimo no puede tener ya otro nombre que no sea el de Antoni Miralles. La construcción del héroe moderno, que ha luchado al igual que los héroes de Salamina, olvidados por la historia universal, e igualmente reducidos a una impersonal categoría de guerreros civilizadores, ha llegado a su final con esa entrevista. Ella también le ha resumido su búsqueda con la misma respuesta que lo empezó todo; la misma respuesta que, una tarde, en un bosque lluvioso del Collell, alejó a los republicanos, haciendo por primera vez conciente el lado personal de la guerra, frente a ese indefenso miope recogido contra una hoya. Como Antoni Miralles, aunque desde una perspectiva menos humana, o precisamente por ello, tan humana como la propia guerra o la compasión frente a la vida, la historia responde, mirando a sus héroes anónimos, soldados de guerras de antemano perdidas: “Por aquí no hay nadie”; hasta que alguien que indaga en sus injusticias, los encuentra, los redime y no los deja morir con el olvido.

 

Notas:

[*] Soldados de Salamina, Javier Cercas. Tusquets Editores S.A. Barcelona, 2001

 

© Carlos Yushimito del Valle 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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