Las palabras son objetos
y además proyectiles peligrosos:
actos de habla y “lingüística popular”
en las defixionum tabellae romanas

Alberto Villamandos Ferreira
University of Ottawa


 

   
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“Unable to discriminate clearly between words and things, the savage commonly fancies that the link between a name and the person or thing denominated by it is not a mere arbitrary and ideal association, but a real and substantial bond which unites the two in such a way that magic may be wrought on a man just as easily through his hair, his nails, or any other material part of his person.”1

Así caracterizaba lingüísticamente Frazer al “salvaje” ya en 1918, como un individuo incapaz de diferenciar entre palabra y cosa. Sin embargo, ese vínculo tan estrecho entre signo lingüístico y referente también parece persistir en la mente del “civilizado” a pesar de las teorías saussurianas de principios de siglo que decían que “el signo no une una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen acústica.” De esta manera “en el significado del signo se encontraban únicamente los rasgos distintivos que lo caracterizaban con relación a los demás signos de la lengua, y no una descripción completa de los objetos que designaba”.2

Más allá de estas teorías, el “hablante ingenuo”, es decir, aquel que no reflexiona expresamente acerca de su lengua, mantiene una relación con el lenguaje que se aleja del afán científico. No nos es extraño en nuestros días el tabú de la muerte, que intentamos evitar con variados eufemismos (“fallecer”, “pasar a mejor vida”, “dejar de existir”), el tabú del sexo o cualquier realidad penalizada por lo políticamente correcto. El eufemismo supone la plasmación de esa creencia de que la palabra implica directamente la cosa, de que se comprenden mutuamente y por tanto se hace necesario el interponer otro término o renovar el ya existente, que se encuentra “infectado” por el significado negativo.

Sin embargo existen estructuras lingüísticas que no sólo abarcan la realidad sino que la transforman, como los conjuros, las bendiciones, los exorcismos, los rezos. Incluso el enigma que acaba por desentrañar el héroe supone conseguir el reino y la mano de la princesa. En ese caso una sola palabra es literalmente la llave (key-word, clé, clave<CLAVEM>llave) que abre la puerta del misterio y demuestra la valía del protagonista. Este aspecto nos acerca a J.L. Austin y su teoría de los actos del habla cuando dice que “utterances can be found [...] such that: A.They do not describe or ‘report’ or constate anything at all, are not ‘true’ or ‘false’; and B.The uttering of the sentence is, or is a part of, the doing of an action, which again would not normally be described as, or as ‘just’, saying something...”3

Los enunciados de maldiciones, bendiciones, exorcismos, parecen salirse del corpus de ejemplos que aporta Austin (“I name this ship the Queen Elizabeth”) pero durante siglos la misma emisión de esas palabras suponía una acción irremediable, ya positiva, ya mortífera. Si una maldición contenía la fuerza de hacer el mal influyendo en la realidad, su estructura lingüística se comprendía como un “proyectil,” idea mental que Lakoff y Johnson llaman gestalt. Las maldiciones no simplemente se “emiten”, se “lanzan”.

 

Las defixionum tabellae o maldiciones romanas.

Define Manuel Díaz y Díaz las defixionum tabellae como “textos mágicos escritos, generalmente, sobre plomo, pero también sobre bronce, estaño, mármol o terracotas, en que un individuo maldice y entrega a las divinidades infernales un competidor amoroso, un rival o la facción enemiga en los juegos del circo, un ladrón, la persona amada si desdeña, etc.”4

Estas tablillas, destinadas a una existencia secreta y prohibida, se convirtieron en una de las fuentes más importantes para el estudio del latín vulgar debido a que se conservaron gracias al material sobre el que se esbozaban y a que eran lanzadas a pozos, tumbas y cimientos de las casas, para que llegaran con prontitud al conocimiento de los dioses infernales. Su estilo es entrecortado, repetitivo, agramatical en muchos casos debido a la rapidez con que se escribían, y muestra unas convenciones estructurales propias: “Se pone el nombre del maldecido, pero nunca el del maldiciente. Abundan las descripciones personales y las repeticiones, así como palabras cabalísticas y combinaciones de letras -especialmente griegas- con fines mágicos.”5

Algunos ejemplos de defixionum tabellae:

 A.  
Malcio Nicones oculos A Malcio Nicones ojos
Manus dicitos bracias uncis manos, dedos, brazos, uñas
Capilo caput pedes femus venter cabellos, cabeza, pies, fémur, vientre,
Natis umlicus pectus mamilas ombligo, pecho, pezones,
Colus os bucas dentes labias cuello, boca, morros, dientes, labios,
Me[nt]us oclos fronte supercili barbilla, ojos, frente, cejas
Scaplas umerum nervias ossu espalda, hombros, nervios, huesos,
Merilas venter mentula crus [merilas], vientre, polla, piernas
Quastu lucru valetudines defico toda su riqueza, su salud maldigo
In as tabelas.6 en esta tablilla.7

 

  B.  
Rufa Pelica manus detes A Rufa Pelica manos, dientes,
Oclos bracia venter mamila ojos, brazos, vientre, pezones,
Pectus osu merilas (¿?) venter pecho, huesos, [merilas], vientre
... crus os pedes frontes ...piernas, boca, pies, sienes
uncis dicitos venter uñas, dedos, vientre,
umlicus cunus ombligo, coño,
ulvas ilae Rufas Pelica defi[c]o vulva, a Rufa Pelica maldigo
in as tabelas.8 en esta tablilla.

 

 C. Minturnae, s. I d.C.   
Dii iferi vobis comedo si quicua sa- A vosotros dioses infernales os encomiendo si
Ctitates hbetes ac tadro Ticene algun poder tenéis asi digo que a Ticene
Carisi quodquid acat quod icidat de Carisio todo lo que haga le resulte
Omnia in adversa. Dii iferi, vobis en su contra. A vosotros, dioses infernales
Comedo ilius memra, colore, encomiendo sus miembros, salud,
Ficura, caput, capilla, umbra, cereb- figura, cabeza, cabellos, sombra, cerebro,
ru, frute, supe[rcil]ia, os, nasu, frente, cejas, boca, nariz,
metu, bucas, la[bra, ve]rbu, vitu- barbilla, morros, labios, lengua,
colu, iocur, umeros, cor, fulmones, cuello, ojos, hombros, corazón, pulmones,
itestinas, vetre, bracia, dicit- intestinos, vientre, brazos, dedos,
os, manus, ublicu, visica, femena, manos, ombligo, vesícula, coño,
cenua, crura, talos, planta, suciedad, talones, plantas de los pies,
ticidos dedos de los pies.
dii iferi si ellud videro...tabescete Oh dioses infernales si la viera ...consumirse
vobis sanctu ilud lib[e]ns ob anu- a vosotros libación por aquel santo
versariu facere dibus par- aniversario haria a los dioses familiares de aquel... ...
entibus ilius... ... una ofrenda tendrás...
peculiu tabescas...9

 

A pesar de las variantes diatópicas y diafásicas, en las tablillas de maldición suelen aparecer una serie de características comunes que se acercan a la convencionalidad de un género discursivo, con estatutos propios. Algunas de esas convenciones genéricas del texto “maldición,” por otra parte cercanas al género epistolar, las señala Díaz y Díaz, como la de escribir el nombre del maldecido y no el del que maldice, la inclusión de algunas palabras en griego con un sentido cabalístico (seguramente en zonas en donde el griego se había convertido en una lengua muerta y el propio desconocimiento de la población le otorgaba una consideración de arcano). Otros rasgos genéricos eran

- el encabezamiento, dirigido a los dioses infernales,

- la enumeración morosa y detenida de cada una de las partes del cuerpo del maldecido,

- el verbo performativo (“comedo”),

- el cierre al fin de la tablilla (“in as tabelas”).

La relación con el género epistolar se encontraría fundamentalmente en el hecho de que se trata de un texto dirigido a un interlocutor del cual se supone la existencia (un dios infernal) y que sirve de medio para poner en práctica un daño a otra persona. El hecho de que aparezca un verbo performativo adscribe este tipo de discursos a la teoría de los actos de habla de Austin, que tambien trata la necesidad de unas convenciones para completar la capacidad del enunciado:

Speaking generally, it is always necessary that the circumstances in which the words are uttered should be in some way, or ways, appropriate, and it is very commonly necessary that either the speaker himself or other persons should also performs certain other actions, whether ‘physical’ or ‘mental’ actions or even acts of uttering further words.”10

Searle, crítico en otras ocasiones con las teorías de Austin, coincide con este último en este punto: “There are a large number of illocutionary acts that require an extralinguistic institution, and generally, a special position by the speaker and the hearer within that institution in order for the act to be performed.”11

Se refieren ambos estudiosos a una institución que emite el enunciado como elemento primordial para su efectividad performativa. En el caso de las defixionum tabellae el emisor estaría dotado de una cierta “institucionalidad” en cuanto desea provocar un mal a otro y conoce las normas discursivas que sigue una maldición romana en toda regla. Sin embargo, muy importantes son también para la efectividad del objetivo que se busca el material que se utiliza (bronce, madera, barro), el “canal” por el cual se establece la comunicación con los dioses infernales (el pozo), y sobre todo las mismas convenciones genéricas, para hacer efectiva la maldición. No sólo el verbo performativo soporta la carga de todo el discurso, sino que se encuentra complementado por otras instancias lingüísticas para que se produzca el contacto con el mundo infernal. Esta ritualidad no es específica de una época y de una cultura determinadas. En la Europa latina medieval Teófilo, mayordomo del obispo de Cilicia, vende su alma al diablo por medio de un contrato legal, según adapta al castellano del siglo XIV Gonzalo de Berceo12. Incluso las fuerzas maléficas deben cumplir una burocracia. Los textos escritos implicarían por otra parte una mayor capacidad mágica más difícil de cambiar o anular que el texto oral, ya que la idea de que scripta manent, verba volunt persiste a través de las épocas.

A pesar de este marco ritual se observa una cierta variedad en las tres tablillas ya que no se sigue la enumeración de las partes del cuerpo sino que hay excepciones. En general nos encontramos con un modelo de descripción de la cabeza a los pies (de arriba abajo) y de extremidades al tronco (de afuera adentro). El primer esquema se demora más en el rostro, como en la tablilla C que parece estar dirigida a una mujer, de cualidades envidiadas por el o la maldiciente, según podemos deducir. El segundo esquema tiene un sentido creciente en cuanto se dirige finalmente a órganos vitales, aunque para la mentalidad romana incluso la sombra fuera un elemento importante de la persona.

El verbo performativo, que no es “maldecir” sino que tiene más de petición a las deidades infernales, por medio de las cuales se cumple la acción, entraría, según la teoría de Austin dentro de los verbos “exercitives,” una de las clases de verbos que muestran fuerza ilocutiva: “An exercitive is the giving of a decision in favour of or against a certan course of action, or advocacy of it.”13 El mismo reconoce que es una categoría muy amplia, que va desde la orden al consejo, pasando por el ruego y la excomunión. Searle, en su crítica a las ideas de Austin a propósito de los actos de habla, propone unos actos ilocutivos “directivos”: “The illocutionary point of these consists in the fact that they are attempts (of varying degrees, and hence, more precisely, they are determinates of the determinable which includes attempting) by the speaker to get the hearer to do something.”14 En este caso la “direction of fit” va del mundo a las palabras y no viceversa.

Ya “exercitive” o directivo, el verbo utilizado en la tablilla junto el resto del enunciado supone la realización de un acto lingüístico con consecuencias físicas en la realidad. La idea lingüística subyacente sería que palabras y cosas están vinculadas directamente, y que puede llegar a existir una causalidad entre unas y otras. Las palabras “desatarían” las fuerzas de la realidad. Esta concepción lingüística iría en contra de la teoría de Saussure de la arbitrariedad del signo, de la relación entre significante y significado, teoría que por otra parte se entroncaría con toda una tradición que se remonta a la Edad Media con la escuela “terminista”. Esta escuela distinguía radicalmente dos relaciones posibles entre la palabra y la realidad no lingüística: la significatio, entre las palabras y las representaciones intelectuales (“blanco” significaría la idea de blancura) y la suppositio, la relación entre una palabra y un objeto exterior.15

En las defixionum tabellae se manifiesta una de las principales ideas de la llamada “lingüística popular”. A propósito de las palabras mágicas y tabuadas, Herbert Brekle afirma que hay ciertos actos de habla que hacen uso de una fuerza sobrenatural en la expresión: conjurar, exorcizar, blasfemar, ofender, injuriar, el oráculo. Para estas actividades mágicas se hace necesaria la enunciación. Los emisores asumen la idea de que existe una identidad entre el nombre de una cosa y la palabra misma16. Una idea lingüística que supusiera la relación directa y natural entre palabra y cosa aceptaría la causalidad de significante y significado, como sistema rígido en el que a su vez entraría el concepto de “objetividad” del lenguaje. Este sistema, propio del “hablante ingenuo”, incluso hasta nuestros días, según Foucault habría sufrido un cambio con la mentalidad del XVII. En ese momento de irrupción del racionalismo “se ha deshecho la profunda pertenencia del lenguaje y del mundo.[...] Las cosas y las palabras van a separarse”.17

Se advierte en las tablillas de maldición como recurso importante el de la enumeración de las partes del cuerpo de la víctima. Partiendo de la cabeza hacia abajo, demorándose en el rostro, las vísceras y los genitales, el maldiciente busca provocar el mayor mal. Subyacente a este recurso se encuentra la misma creencia que ya documentaba Frazer a propósito de las palabras tabuadas: palabra y cosa se encuentran firmemente unidas. De esta manera los términos que designan las partes del cuerpo serían las partes del cuerpo mismas.

La identificación de la palabra como una acción, por una parte, y con el objeto que designa, por otra, nos lleva a suponer el mismo texto de la maldición como un objeto discursivo que se convierte en proyectil. De esta manera se “lanza” una maldición, y la misma metáfora supone el reconocimiento de esa característica material en cuanto a su consecuencia palpable y temible. Para Lakoff y Johnson este concepto lingüístico se denominaría gestalt, como forma mental que configuramos según la experiencia de la realidad que tiene nuestra cultura, de la cual formamos parte. En su obra se cita un ejemplo de estas metáforas conceptuales, aportado por Michael Reddy en la que “las ideas o significados son objetos”, “las expresiones lingüísticas son sus envoltorios” y “comunicar es llevar algo”18. En las defixionum tabellae la consideración del emisor hacia el texto es doble, por una parte es una petición, con un cierto carácter religioso, a los dioses infernales y por otra es una amenaza para la víctima, a quien se lanza la maldición.

El recurso de enumeración de las partes del cuerpo según Lakoff y Johnson supondría la plasmación de una idea lingüística que podría considerarse también propia del “hablante ingenuo”. Cuanto mayor fuera el significante del enunciado, mayor sería su significado. Lakoff y Johnson lo sistematizan de esta forma: un nombre representa un objeto, y la abundancia del primero supondría la del segundo. De manera similar ocurriría con los verbos (que representan una acción) y con los adjetivos (que representan una propiedad). El principio que mueve al emisor de la tablilla es que cuantos más términos, más se asegura el efecto. Una maldición que sólo se refiriera al nombre de la persona (como la persona misma) tendría un efecto menor que una maldición que atacara todas y cada una de sus cualidades positivas o parte de su salud. Por medio de la enumeración se aumenta el poder mágico de la tablilla, y al no dejar resquicio discursivo no deja resquicio material.

 

Algunas consideraciones sociales de las defixionum tabellae:

Si bien el análisis de los actos de habla nos puede señalar una trayectoria que incluye filosofía, lingüística cognitiva y retórica, no pueden dejarse de lado alguna consideración de tipo social de estos textos de maldición. El mismo hecho de que fueran textos personales y su misma realización secreta les daba un carácter muy definitorio en cuanto eran dirigidos a una instancia de la que se suponía la existencia (los dioses infernales) y de la que no se esperaba respuesta verbal sino material. La circulación de estas tablillas les daba un carácter de discurso marginal, de no-discurso debido a las prohibiciones que pesaban sobre ella durante el Imperio Romano. Estos elementos textuales, englobados en la superstición y la magia, y de cuya existencia con seguridad la población tenía conocimiento, eran vistos como amenazantes para la religión y el orden político y social y por tanto su práctica estaba condenada19. Aunque se orientaban a objetivos principales individuales, como conseguir el amor de alguien, lograr justicia o venganza, también se aplicaban a las rivalidades colectivas, como las que se daban entre grupos del circo o del teatro.

El grupo social de los emisores de las maldiciones parece ser el de la plebe, en donde debieron de tener más difusión estas prácticas, de más fácil aplicación que otras vertientes mágicas. ¿Se trataba entonces de una manera de canalizar la ansiedad y la frustración social, frente a las clases poderosas? Las víctimas no parecen formar parte de grupos más elevados en la jerarquía social, por lo que la violencia tendría un carácter intraclasista. Sin embargo también hay pruebas de maldiciones dirigidas del grupo de los esclavos a los de los libres.20

Podría considerarse, pues, como una práctica “inocua” socialmente porque no socavaría la autoridad de la clase poderosa. Sin embargo el mismo hecho de participar de estas costumbres al margen de la religión oficial supondría un resquebrajamiento de la “conciencia nacional” latina, que se basaba en la pietas, el respeto a los dioses del panteón tradicional, a los antepasados y a la patria. El mismo Eneas, símbolo del espíritu nacional, surgido de la mano de Virgilio bajo los auspicios políticos de Augusto, se caracterizaba por el adjetivo pius, y nunca hubiera sucumbido a practicas religiosas consideradas no romanas. Se consideraba la magia como una verdadero peligro porque podía tener efectos concretos que afectaran incluso a los patricios, como en la muerte de Germánico, hijo adoptivo de Tiberio, en el año 19 d. C. Según el relato de Tácito el mismo Germánico se creía envenenado y habría encontrado en el suelo y las paredes de su casa maldiciones, su nombre escrito en tablillas, cenizas mezcladas con sangre21. El gobernador de Siria, el principal sospechoso, necesitó de todos los recursos legales a su alcance para evitar una sentencia que hubiera sido muy severa.

Frente a ritos mágicos mucho más elaborados y complejos a las que tenían acceso las clases poderosas, en una época (prácticamente todo el Imperio) en la que la religión nacional perdía adeptos en beneficio de las orientales, las defixionum tabellae se podrían considerar como objetos propios de la cultura popular, ya que eran uno de los pocos medios del ámbito de lo sobrenatural al que podía acceder plebe. Sin embargo su origen parece encontrarse también en las provincias orientales, de las que llegarían a través de los ejércitos romanos, de mercaderes, magos y adivinos que pululaban por el corazón del Imperio, la ciudad de Roma. Se trataría de una practica “vulgarizada” y asimilada por la población.

Como elemento cultural y social, llevaría implícita una visión del “otro”, que en este caso se realiza por medio de la enumeración de las partes del cuerpo. Con este recurso retórico no solo se identifica al “otro” sino que se le da una forma física, genérica, social, de una manera adversa. El “yo” crea al “otro” pero, por el contrario, esa misma formación de identidad de lo externo crea al “yo”. En palabras de Bajtin “como el cuerpo se forma inicialmente en el seno materno, así la conciencia del ser humano despierta inmersa en la conciencia ajena”22. Si bien el teórico ruso tenia en mente un dialogismo de signo positivo, creador, en este caso habría que adjudicarle un valor destructivo. El emisor crea al “otro” pero por otra parte el “yo” se define a contrariis por lo que no es, por aquello de lo que carece, por lo que envidia del “otro”. Así, el “yo” se va definiendo por su odio que indica una ansiedad y una conciencia de estar incompleto.

 

Las defixionum tabellae como género discursivo:

Hemos señalado algunas de las características comunes que muestran estos ejemplos, dentro de lo una gran variedad formal. Estos mismos rasgos más o menos constantes nos hablan de la conformación de un género discursivo, a la manera como lo explicaba Bajtín. Para el teórico ruso “el enunciado refleja las condiciones específicas y las cualidades de cada uno de los dominios, no solamente por su contenido temático y su estilo sino, sobre todo, por su constitución composicional. Estos tres elementos de fusionan indisolublemente en un todo que constituye el enunciado, y cada uno de ellos está marcado por la especificidad de una esfera de intercambio. [...] Cada esfera de utilización de la lengua elabora sus ‘tipos relativamente estables’ de enunciados, y es lo que llamamos ‘géneros del discurso’.”23 Para Bajtín las lenguas serían los medios por los cuales se ponen de manifiesto una serie de formas genéricas más o menos estables. El enunciado al que se refiere es de carácter oral, principalmente, que se plasma en el diálogo, el género discursivo por antonomasia, génesis de los demás y objetivo principal de cualquier lengua: comunicarse con el otro.

Siguiendo con su teoría, existirían un primer género (simple) y un segundo género (complejo) que se da en la literatura, al combinar los simples24. “Una función dada [...] y las condiciones dadas, específicas para cada una de las esferas del intercambio verbal, engendran un género dado, un tipo de enunciado, relativamente estable desde el punto de vista temático, composicional o estilístico.”25 Las tablillas de maldición muestran una serie de convenciones formales (su estructura de encabezamiento, enumeración, verbo performativo, fin), estilísticas (repetición de términos, no ya la agramaticalidad), temáticas (la maldición en sí). En esta misma enunciación se da un interlocutor supuesto (el dios infernal), que responde a la petición por medio del mal de la víctima. Es plausible, por tanto, defender a las defixionum tabellae como un género discursivo, relacionado con la oralidad y con lo escrito.

 

Conclusiones:

En las tablillas de maldición se observan unas rasgos comunes que nos hacen pensar en un género discursivo determinado: encabezamiento y ruego a los dioses infernales, petición del mal para la víctima, enumeración de las partes del cuerpo y el final. Se puede considerar un acto de habla, según la teoría de Austin y Searle, en cuanto presenta un verbo performativo y el texto mismo supone una acción posterior. Por otra parte se encuentra implícita la idea, propia de la “lingüística popular”, de que palabra y cosa están fuertemente vinculadas, idea que se relaciona con las teorías de Lakoff y Johnson acerca de los esquemas mentales metafóricos a partir de los que organizamos nuestras experiencias (“Las palabras son objetos que se pueden lanzar”).

Finalmente, se puede completar el análisis de estos textos teniendo en cuenta al emisor y las circunstancias culturales y sociales en las que surge. Las tablillas acabarían siendo, entonces, “espejos” en donde aparece el reflejo de un “yo” en negativo.

 

Bibliografía

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Bajtín, Mijaíl M. “Les genres du discours.” Esthétique de la création verbal. París: Gallimard, 1984. 263-308.

———. Yo también soy (Fragmentos del otro). Trad. T. Bubnova. México: Taurus, 2000.

Beard, Mary, John North and Simon Price. Religions of Rome. A Sourcebook. Vol. I y II. Cambridge: Cambridge UP, 1998.

Berceo, Gonzalo de. Milagros de nuestra señora. Ed. Michael Gerli. Madrid: Cátedra, 1985.

Brekle, Herbert E. “La linguistique populaire”. Histoire des idees linguistiques, I. Ed. Sylvain Auroux. Liege-Bruxelles: Mardaga, 1989. 39-44.

Díaz y Díaz, Manuel C. Antología del latín vulgar. 2ª. ed. Madrid: Gredos. 1962.

Ducrot, Oswald y Tzvetan Todorov. Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje. Trad. Enrique Pezzoni. México: Siglo XXI, 1978. 4ª ed.

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Frazer, Sir James. The Golden Bough. A Study in Magic and Religion. Herfordshire: Wordsworth, 1993.

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Lakoff, George et Mark Johnson. Les metaphores dans la vie quotidienne. Trad. Michel Defornel et Jean-Jacques Lecercle. Paris: Minuit, 1985.

Searle, J. R. “A Taxonomy of Illocutionary Acts.” Expression and Meaning. Cambridge, Eng.; New York: Cambridge University Press, 1979.

 

Notas:

[1] Frazer 244.

[2] Cit. en Ducrot y Todorov 287.

[3] Austin 5.

[4] Díaz y Díaz 73.

[5] Díaz y Díaz 73.

[6] Díaz y Díaz 74.

[7] Las traducciones al español son mías.

[8] Díaz y Díaz 74.

[9] Díaz y Díaz 75.

[10] Austin 8.

[11] Searle 13.

[12] Berceo 155-6.

[13] Austin 155-6.

[14] Searle 13.

[15] Vid. Ducrot,y Todorov 288.

[16] Brekle 42.

[17] Foucault 50.

[18] Lakoff y Johnson 20.

[19] Vid. Beard et alii 260.

[20] Beard et alii 266.

[21] En Beard et alii 234.

[22] Bajtin, 2000 162.

[23] Bajtín, 1984 265.

[24] Bajtín, 1984 266.

[25] Bajtín, 1984 269.

 

© Alberto Villamandos Ferreira 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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