El Día domingo de Vargas Llosa
y El espejo roto de Hedayat

María Elvira Luna Escudero-Alie
Literature_courses@yahoo.com


 

   
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¿Qué hay en común entre el cuento del mejor escritor peruano de todos los tiempos: Vargas Llosa (Arequipa, 1936 - ): “Día domingo”, y la narración: “El espejo roto”, de quien es considerado por muchos como el mejor escritor iraní del siglo XX: Sadegh (también Sadeq que en persa significa: “honrado”) Hedayat (Teherán 1903, París 1951)?

Sadegh Hedayat se suicidó a los 48 años en París, ciudad en la que también vivió Vargas Llosa. Pero el suicidio de Hedayat en París fue en 1951 y Vargas Llosa viajó por primera vez a Europa, a París en 1958. No hubo entonces, ninguna oportunidad de que se conocieran, aunque sí se podría hablar de puntos de contacto, de alguna manera transitivos. Ambos autores acusan en sus obras la influencia del pensamiento existencialista de Jean Paul Sartre (1905-1980). Sadegh Hedayat tradujo textos de Sartre, y Vargas Llosa era un lector apasionado de este filósofo francés hasta el punto de que los amigos de sus años universitarios sanmarquinos lo llamaban: “el sartresillo valiente”.

Albert Camus (1913-1960) escribió en “El mito de Sisifo” que el problema más serio que la filosofía debía contemplar era el suicidio. Parece que Sedayat se hubiera propuesto con sus obras e incluso con la forma trágica en que firmó su propia muerte, ratificar la radical afirmación de Camus. En efecto, la muerte ronda y habita todas las obras de Hedayat quien de hecho vivió obsesionado por este fantasma, fascinado por la muerte, cautivado por ella. Esta preocupación permanente está latente en todos sus textos, entre los que existe incluso un ensayo titulado precisamente: “La muerte”. Sadegh Hedayat sucumbió finalmente a la tentación que lo embrujaba y perseguía desde muy joven, y le puso punto final a su vida en París, ciudad a la que amaba profundamente. Sin embargo, debo señalar acá, que hay aún cierta controversia al respecto y no todo el mundo está de acuerdo en la forma en que murió. Dado que Hedayat no compartía la política opresiva del régimen iraní, hay quienes creen que fue asesinado por agentes del Sha, a quien éste aborrecía.

Vargas Llosa y Hedayat, además de haber leído y admirado a Jean Paul Sartre, compartieron otras lecturas fundamentales: Khayyán, Rilke, Chejov, Maupassant, y Kafka; una de las grandes influencias de Hedayat. “Día domingo” de Vargas Llosa, y “El espejo roto” de Hedayat tienen temas, y estructuras narrativas similares, y también un tono común que anuncia una tragedia, que no se llega a plasmar en el caso de “Día domingo”; pero que sí se concretiza en su total dimensión en el: “El espejo roto”.

Los dos cuentos son de alguna manera, “historias de aprendizaje”, historias de “educación sentimental“, que enseñan una lección de vida, del paso de la niñez-adolescencia, a la juventud. Las dos historias son protagonizadas por adolescentes enamorados de su primer amor, en el que sienten que les va la vida, y por tanto se enfrentan contra todas las fuerzas que los amenazan para conquistar el derecho de vivir este amor desmesurado, liberador, y constitutivo de su identidad.

En el cuento de Hedayat: “El espejo roto” (“Ayné-Yé-Chékasteh”, en persa), uno de los cinco cuentos reunidos bajo el título de: “El abismo” (“Guerdáb”, en persa), la adolescente francesa Odette, es la vecina parisina del joven extranjero, iraní: Jamchid, quien embelesado la observa diariamente desde su ventana, ubicada frente a la de ella. Odette suele tocar el vals; “Giselle” en su violín, y Jamchid puede oírla encantado desde su ventana. Un día conversan, se hacen amigos y se frecuentan. Por un pequeño malentendido; una niñería de Odette, Jamchid, haciendo alarde de inmadurez y conducta machista se enfada unos días con ella.

Durante esos días no se hablan, y cuando Odette abre su ventana, Jamchid cierra la suya. Al cabo de unos días se encuentran casualmente otra vez y conversan y Jamchid se disculpa por su alejamiento. Odette le comenta que tiene un espejo roto a consecuencia del impacto de la caída de su cartera; cuando Jamchid se la tiró por la ventana el día del malentendido. Odette le expresa a Jamchid su preocupación por el espejo roto, ya que según sus creencias esto trae mala suerte; pero Jamchid descalifica el comentario de ella riéndose incrédulo. Él le comunica que viajará por un tiempo a Londres y que antes de hacerlo hablará con ella. No sucede así; Jamchid no tiene tiempo de hablar con Odette y se va a Londres como estaba planeado. Al cabo de un mes de estar ahí, recibe una carta larga y desgarrada de Odette donde menciona nuevamente el espejo roto y el mal presentimiento que tuvo entonces, su inmensa soledad, su amor por él y su determinación de suicidarse. Jamchid le contesta dos cartas sin respuesta, y cuando vuelve a París la busca en su casa; pero sólo encuentra en ella un aviso de alquiler, y en la casa del frente, en la que vivía él antes de viajar a Londres, había un estudiante chino silbando el vals “Giselle”.

La narración de Vargas Llosa, presenta a dos adolescentes limeños de la clase media-alta miraflorina: Rubén y Miguel, quienes se disputan el amor de la bella Flora. Miguel es más tímido y menos fuerte y popular que Rubén; pero aparentemente más sensible y decidido. Miguel descubre que Rubén planea adelantarse a Miguel en declararle su amor a Flora, y le tiende una trampa para evitar que lo haga. Miguel desafía a Rubén a beber cervezas, hasta que se rinda el que no pueda beber más. Aunque Rubén prefiere irse al encuentro con Flora, no puede ignorar el desafío público de su amigo, a riesgo de parecer cobarde, y por tanto quedar en ridículo. El orgullo machista de Rubén es mayor que su intención de exponerle su amor a Flora, y entonces acepta el desafío. En medio del entusiasmo producido por el alcohol, y el coro de las risas y arengas de los amigos que participan en la contienda, Rubén se atreve a retar a Miguel a una carrera de natación en el mar. Los amigos intentan infructuosamente disuadirlos; y entonces, a pesar del invierno limeño y de las aguas frías del Océano Pacífico, Rubén y Miguel se lanzan a una peligrosa competencia que puede terminar en tragedia. Rubén, fiel a los códigos machistas de su sociedad, le propone a Miguel que el ganador se quede con Flora. Ambos adolescentes están ebrios y el aire frío del mar les produce calambres, y naúseas; pero a pesar de todo continúan en la disputa. Cuando parece que ambos muchachos pueden morirse ahogados, o que en el mejor de los casos, sólo el más fuerte de los dos y que además es el mejor nadador: Rubén, se salvará, sucede lo inesperado. Miguel es quien termina no sólo ganando el desafío, y con ello el amor de Flora, sino salvándole la vida a Rubén.

El cuento de Hedayat está narrado en primera persona y desde la perspectiva de Jamchid, y está contado desde el recuerdo. El narrador, Jamchid empieza describiendo la belleza natural de Odette, y el efecto de la misma en sus sentimientos más íntimos:

“Odette était fraîche comme les fleurs du début du printemps: deux yeux gris, couleur du ciel et des mèches blondes dont une partie tombait toujours sur sa joue: avec son profil fin et pâle, elle s’asseyait, de longues heures, devant la fenêtre de sa chambre. Elle croisait les jambes, lisait un roman, racommodait ses bas ou brodait: surtout lorsqu’elle jouait, sur le violon, la valse de «Griserie», mon cœur se brisait.”
(Hedayat, Sadeq. L’abîme, José Cortí, París, 2da edición, 1992, traducción de Derayeh Derakhshesh)

El narrador destaca la frescura del rostro de Odette y su parentesco cercano con el paisaje natural: “ojos grises, del color del cielo”, cabello rubio que acaso simboliza el sol, rodeando un rostro pálido, esta palidez es una alusión a la transparencia, a la pureza, tal vez a la luna y en un sentido trágico también alude a la muerte. Odette representa en conjunto la primavera, el despertar del amor. El rol de la música es muy relevante en esta historia. Odette toca constantemente desde su ventana en el violín el vals “Giselle”, del poeta francés Theophile Gautier, y el compositor también francés: Adolphe Adam, que fue inspirado en las leyendas populares germánicas recogidas por Heinrich Heine.

Es interesante señalar una analogía frecuente: Giselle es en el mundo del ballet, lo que Hamlet en el teatro. Tanto la Ofelia de Hamlet en la obra de Shakespeare, como la Giselle de Gautier, son jóvenes enamoradas, de Hamlet e Hilario, respectivamente. Este sentimiento de amor que ambas creen que no es correspondido las llevará a la locura y luego al suicidio. Giselle se suicida con una daga, y Ofelia que toca el laúd lo hará lanzándose a un arroyo de agua, tras cubrirse de flores y hierbas naturales, y con la cabellera al aire libre. Odette toca en su violín repetidas veces el vals “Giselle”, y termina como Ofelia, también ahogándose por decisión propia en el mar. Hamlet es enviado a Inglaterra mientras crece la melancolía en el espíritu de Ofelia que luego se transforma en locura. La partida de Jamchid-Hamlet a Inglaterra en el cuento de Hedayat también desencadenará una profunda soledad y melancolía en la joven Odette-Ofelia que en última instancia la empujará a la misma muerte buscada por la Ofelia de Shakespeare, y por las mismas razones; un amor que cree unilateral.

El primer párrafo del cuento de Hedayat brinda una síntesis de la historia; ya anuncia la tragedia que ocurrirá después. La descripción del cabello suelto de Odette, su comparación con las flores, la primavera y la naturaleza en general, es una clara alusión a la belleza, la libertad, y desde luego también a la Ofelia de Hamlet. Al identificar a Odette con Ofelia, o a Odette con la protagonista del vals que suele tocar, ya tenemos una clave de lo que ocurrirá con ella. Odette toca en su violín nada menos que el vals “Giselle” que nos trae a la memoria de inmediato la imagen triste de una chica adolescente enamorada de su primer amor, y que enloquece en cuanto cree percibir que este amor afiebrado, razón de su vida, no es correspondido, y entonces, opta por la muerte. La tragedia también está susurrada en las palabras finales del párrafo dichas por Jamchid: “mi corazón se partía”.

Hay de hecho muchas conexiones entre Giselle y Ofelia, y entre ambas y Odette. La Ofelia de Hamlet, toca el laúd, la Odette de Hedayat toca el violín. Hamlet, príncipe danés, es enviado a Inglaterra, Jamchid, estudiante iraní, viaja a Inglaterra también. Este viaje que representa un alejamiento temporal del ser amado, es interpretado en ambas historias como prueba de falta de amor, y por tanto es el elemento que perfila la tragedia. Giselle, Ofelia, y Odette se sienten traicionadas por el hombre que aman hasta el delirio y hallan en la muerte una forma de apaciguar una angustia que las consume, que las atormenta, y nos le deja respirar; las tres se suicidan para terminar su martirio. Ofelia y Odette acaban su tortura sumergiéndose en las aguas profundas.

Sobre el simbolismo del agua, Cirlot tiene unas líneas muy pertinentes:

“[…] Por otro lado, el agua es el elemento que mejor aparece como transitorio, entre el fuego y el aire de un lado -etéreos- y la solidez de la tierra. Por analogía, mediador entre la vida y la muerte, en la doble corriente positiva y negativa, de creación y destrucción. Los mitos de Caronte y Ofelia simbolizan el último viaje. ¿No fue la muerte el primer navegante?”
(Cirlot, Juan-Eduardo. Diccionario de símbolos. p. 55. Ed. Labor, novena edición, Barcelona, 1992)

El cuento de Vargas Llosa está narrado desde la perspectiva de Miguel, uno de los adolescentes que compite por el amor de Flora. El primer párrafo de “Día domingo”, nos presenta también buena parte de lo que ocurrirá en la historia. La narración es en tercera persona, es un narrador omnisciente el que nos presenta la historia a medida que va ocurriendo:

“Contuvo un instante la respiración, clavó las uñas en las palmas de sus manos y dijo, muy rápido: «Estoy enamorado de ti». Vio que ella enrojecía bruscamente, como si alguien hubiera golpeado sus mejillas, que eran de una palidez resplandeciente y muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión ascendía por él y petrificaba su lengua. Deseó salir corriendo, acabar: en la taciturna mañana de invierno había surgido ese desaliento íntimo que lo abatía siempre en los momentos decisivos [..]”
(Vargas Llosa, Mario. Obra reunida, p.70, Alfaguara, Madrid, 1999)

En el primer párrafo del relato de Vargas Llosa hay una referencia a la mujer amada, cuyo amor tendrá más protagonismo que ella misma en la historia. Se describen también las mejillas de Flora, cuyo nombre obviamente alude a la naturaleza, como pálidas, es decir blancas, inmaculadas; puras. La revelación del amor desdemido de Miguel tiñirá la palidez de Flora con el rojo de la pasión.

Veamos lo que dice Cirlot sobre el color rojo:

“[…] Insistimos también en el simbolismo del arte cristiano medieval: negro (penitencia), blanco (pureza), rojo (caridad, amor). […] En alquimia, blanco-rojo es la conjunción de los contrarios, la coniunctio solis et lunae. […] En alquimia aparece también la extraña rosa blanca y roja, simbolizando la unión del agua y el fuego.”
(Cirlot, Op. Cit. p. 140)

Miguel es un adolescente “típico” cuyas emociones lo dominan; no puede controlar su timidez, y el mundo de los sentimientos es el que prima en él. Se siente torpe y asustado al declararle su amor a Flora; pero aun así lo hace. Como Flora le pide más tiempo para pensar su respuesta, ingenia una estrategema muy audaz para evitar que su rival Rubén, muy popular entre las chicas, le declare también su amor a Flora, mientras ella sigue pensando qué responderle a él. Es así como Miguel al desafiar a Rubén a beber cervezas, impide que éste salga al encuentro de Flora, a confesarle su amor. En medio del entusiasmo nacido propiamente del desafío de las cervezas, Rubén le apuesta a Miguel una carrera de natación en la que se jugarán el amor disputado de la bella y pálida Flora.

Tanto el cuento de Hedayat, como el de Vargas Llosa logran pintar muy bien el clima de la adolescencia, y proyectan ambos una atmósfera de tensión y de angustia experimentada por los adolescentes frente al sentimiento amoroso, esa inseguridad característica de esa edad; siempre a horcajadas entre dos mundos.

En ambas historias, los amigos juegan un papel influyente, como es propio del mundo adolescente. Las amigas de Odette se burlan de ella cuando Jamchid no regresa de Londres, porque esto contradice la versión de Odette, quien se había jactado de las promesas de Jamchid de llevarla a su país. Ella le reclama a Jamchid en su carta su larga ausencia que se traduce en un ridículo doloroso para ella frente a sus amigas. En “Día domingo”, son también los amigos quienes maniobran los hilos de las acciones de Rubén y Miguel. Si no hubiera sido por la presión de los amigos, Rubén no hubiera aceptado el reto de las cervezas de Miguel. Son los amigos también los que han planeado todo para ayudarle a Rubén a quedarse a solas con Flora, y así declararle su amor. Miguel también se beneficia con la infidencia de un amigo, y de esta manera se entera del plan de Rubén, y sólo así puede impedirlo. Los amigos son también los que acompañan a Rubén y a Miguel a lo que puede ser una muerte segura para ambos en el mar, y al no poder evitar el peligroso desafío, se quedan con ellos hasta el final.

La muerte de Odette que fue un suicidio, ocurrió en el mar, como ya se ha mencionado; ella escogió ahogarse en las aguas del mar, que son como un espejo, como el espejo roto que se partió en su cartera. Rubén y Miguel pudieron morir y precisamente lo hubieran hecho ahogados en el mar. Si hubieran muerto, habría sido un suicidio también, porque se aventuraron al mar en invierno, de noche y totalmente ebrios. Este suicidio habría sido motivado asímismo por amor, como en el caso de Odette.

Cirlot reflexiona de la siguiente manera sobre el simbolismo del espejo:

“[…] Se ha relacionado el espejo con el pensamiento, en cuanto éste -según Scheler y otros filósofos- es el órgano de autocontemplación y reflejo del universo. […]”
(Cirlot, Op.Cit. p. 194)

Si de acuerdo a uno de los simbolismos del espejo éste refleja el universo, la Odette de “El espejo roto”, tuvo una acertada revelación al identificar la rotura de su espejo como un mal presagio. Si el mundo que Odette debe construir ya está roto, no le quedan por consiguiente muchas avenidas transitables a ella. La rotura del espejo de la bella Odette adelanta la tragedia que se apoderará de su vida. El espejo roto de Odette es un símbolo de su universo dominado por su amor a Jamchid, y en consecuencia es también un símbolo de su corazón destrozado. De alguna manera estamos frente a un destino ineludible y a todas luces trágico.

Flora es casi una figura decorativa e inspiradora en el cuento de Vargas Llosa. Ella cumple muy bien con el rol de ser bella y discreta, que le fue impuesto al nacer, como correspondía a una niña decente de su clase social y época. Flora va a misa donde es vista sin ver, y donde es como una diosa secreta adorada en silencio, es una hija obediente que no osa desafiar la autoridad de su madre. Su belleza y el amor que ha despertado sin proponérselo en Rubén y Miguel, y la rivalidad que este sentimiento genera entre ambos, es el motor de la historia; que transcurre al margen de la misma Flora, que por su parte, ni se entera. Odette por otro lado, no es sólo una chica que ama, sino que además tiene la audacia de confesar su amor, y tomar una decisión radical y trágica en nombre de ese mismo amor que la consume. Odette es la amante que ama, la heroína que muere, la que no puede controlar su destino infausto de Odette-Ofelia-Giselle, y se entrega a su desdicha.

En la narración de Hedayat, hay un espejo roto, ilusiones despedazadas, corazones partidos, y una vida muy joven autrodestruída, y otra, la de Jamchid que quedará sin duda marcada para siempre por la tragedia. El cuento “El espejo roto” es a todas luces una tragedia, en tanto que; “Día domingo” es un cuento dramático. En ambas historias sin embargo, hay una gran tensión dramática, y momentos de inolvidable lirismo que reverberan muy adecuadamente el alma rebelde y frágil de los adolescentes. Odette en su carta de despedida a Jamchid, le pinta sutilmente el cuadro de su melancolía profunda y sin sosiego, y luego ya más serena, e incluso envuelta en un lirismo cándido y nostálgico le anuncia lo que hará:

“[…] Si tu savais comme ma peine et ma douleur sont grandes à cette heure ! Je déteste tout; je suis dégoûtée de mon travail, alors que ce n’était pas comme ça autrefois.[…] Puis, je verai l’eau bleue de la mer. Cette eau lave tous les malheurs; à chaque instant, elle change de couleur et avec ses murmures tristes et enchanteurs, elle se jette sur la côte sablonneuse. Elle mousse, le sable goûte l’écume et l’avale.

Et puis, ces mêmes vagues emportent mes dernières pensées avec elles: avec son sourire, la mort attire celui à qui elle sourit. […]
(Hedayat, Sadet. Op. Cit. p.141)

Vemos en estas líneas de despedida que retratan muy bien el mundo afectivo de la adolescencia, cómo Odette ha asumido ya totalmente su destino trágico de Giselle-Ofelia. Hedayat abre para nosotros, con la ternura y delicadeza de su cuidadosa pluma, el mundo atormentado de los adolescentes, de estos seres pequeños y grandes que son los eternos incomprendidos de la sociedad. Los adolescentes como muy bien reflejan las historias de Hedayat y Vargas Llosa son aquellos que viven acongojados en medio de las contradicciones que los martirizan; del miedo, el valor, la angustia, la soledad que combaten, la libertad por la que luchan sin cuartel, la incomunicación, la melancolía, el amor y la muerte.

Las dos historias están narradas desde el punto de vista adolescente, y expresan esa especie de alienación en la que viven estos jóvenes en transición entre dos espacios que se rechazan. Los dos relatos expresan muy bien esa característica adolescente de encerrarse en el propio mundo subjetivo queriendo construir su destino frente a toda la incomprensión y la adversidad del mundo. Los adolescentes de ambas historias desean estructurar sus existencias en torno al sentimiento auténtico y puro que sienten; esperan vivir por el amor que respiran, aun cuando todo en la sociedad les diga a cada paso que el amor no es suficiente, y acaso ni siquiera importante. Sin embargo, los personajes de: “Día domingo” como los de; “El espejo roto”, no se amilanan ante nada. Odette pierde su vida por amor, y Miguel y Rubén arriesgan las suyas por el amor de Flora:

“[…] A cada brazada veía con un ojo a Rubén, nadando sobre la superficie, suavemente, sin esfuerzo, sin levantar espuma ahora, con la delicadeza y la facilidad de una gaviota que planea. Miguel trataba de olvidar a Rubén y al mar y a la reventazón (que debía estar lejos aún, pues el agua era limpia, sosegada, y sólo atravesaban tumbos recién iniciados), quería recordar únicamente el rostro de Flora, el vello de sus brazos que en los días de sol centellaba como un diminuto bosque de hilos de oro, pero no podía evitar que, a la imagen de la muchacha, sucediera otra, brumosa, excluyente, atronadora, que caía sobre Flora y la ocultaba, la imagen de una montaña de agua embravecida, […]”
(Vargas Llosa. Op.cit. páginas 87-88)

Los relatos de Vargas Llosa y de Hedayat han logrado evidenciar a través del lenguaje empleado, el alma adolescente; estos relatos han conseguido transportarnos a los momentos angustiosos que los jóvenes de “Día domingo”, y de “El espejo roto” atravesaron en sus intentos azarosos por diseñar su propio espacio existencial. Veo en “Día domingo”, como en “El espejo roto”, una influencia sartreana porque ambos cuentos plantean que el mundo no está hecho, que no es un producto final, que es un proyecto que cada cual diseña a su medida, y de acuerdo a sus posibilidades y circunstancias. Los adolescentes quieren construirlo en base a sentimientos auténticos, tomando en cuenta, el más puro de los sentimientos: el amor. Los adolescentes de estas historias nos dicen que el amor es tan importante y único, que es fundamental luchar denodadamente por conseguirlo, y si es preciso, arriesgar incluso la vida en el intento.

De acuerdo a los postulados existencialistas “el hombre está arrojado al mundo”, no fue consultado para venir a este mundo; y sin embargo está aquí, obligado a escoger a cada instante, impelido a buscar su libertad, a estructurar su vida, a construir su propio territorio existencial. Los adolescentes de tanto “Día domingo”, como de “El espejo roto”, reflejan dramáticamente esta visión del joven, que recién empieza a vivir; pero que sin embargo, ya está condicionado, lanzado a su propia suerte, a buscar incluso su propia identidad.

El amor visitado por la muerte es uno de los grandes temas de estos dos cuentos magistrales. En “Día domingo” el mensaje no es tan pesimista; incluso el título implica un tono festivo. Cuesta trabajo amar, y luchar por el amor que uno siente, parece decirnos: “Día domingo”; pero vale la pena hacerlo porque existe la posibilidad concreta de construir una relación amorosa, que puede ser tal vez precaria; pero aun así queda plenamente justificada esta búsqueda del absoluto amoroso. El héroe del relato de Vargas Llosa surge triunfador de las pruebas, dejando así constancia de merecer el amor de su amada:

“Sobre la espalda de Miguel, que se había vestido sin secarse, llovieron las palmadas de felicitación.

-Te estás haciendo un hombre-le decía el Melanés.

Miguel no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al parque Salazar; todo Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente a él, un porvenir dorado.”
(Vargas Llosa, Op. Cit. p.93)

En “El espejo roto” en cambio, Hedayat parece plantear que el amor si bien es un sentimiento existencial hermoso que merece buscarse, e incluso arriesgar la propia vida en dicha búsqueda, acaso sea imposible lograrlo en el mundo tal cual. Hedayat nos dice que amar no es lo imposible en realidad, sino más bien la imposibilidad radicaría en lograr la esperanza de una perfeccción, de una felicidad basada en el amor; lo imposible es la realización del amor mismo: que ocurra esa feliz coincidencia de amar y ser amado, sería el sueño imposible.

No hay duda alguna del amor de Jamchid por Odette, y tampoco de los sentimientos amorosos de Odette hacia él, y sin embargo la felicidad amorosa entre ellos fue efímera para luego convertirse en tragedia. Jamchid describe así lo que sentía por su bella vecina Odette, aun antes de haber intercambiado palabra alguna con ella:

“[…]Que de minutes, d’heures, ou peut-être de dimanches, je l’ai regardée de derrière ma fenêtre ! […] Si un jour je ne la voyais pas, c’était comme si j’avais perdu quelque chose.[…]”
(Hedayat, Sadeq. Op.Cit. p.133)

Odette por su parte, aun amando a Jamchid tanto como lo ama, y precisamente por ese amor ilimitado y apasionado opta por la muerte, cuando cree que Jamchid ya no le corresponde. Odette le cuenta en su carta cómo se aferra desesperadamente a los recuerdos, a la imagen de una fotografía, y a las memorias que la música del vals “Giselle” le ofrecen:

“[…] Je joue toujours la valse de <> en ton souvenir; la photo que nous avons prise au bois de Vincennes est sur ma table de chevet, quand je la regarde, cela me console: je me dis: «Non, cette photo ne me trompe pas!»
(Hedayat, Sadeq. Op.Cit. p. 140).

Definitivamente, “El espejo roto”, nos habla de las ilusiones deshechas, rotas, y por tanto anula toda esperanza; no es posible ser feliz en el mundo en que vivimos. “Día domingo”, nos deja en cambio, un resquicio de esperanza; el amor y con ello la felicidad, así como la libertad son factibles a pesar de todo, siempre y cuando se esté dispuesto a librar mil intrépidas batallas en su nombre.

 

Bibliografía consultada

Bashiri, Iraj. The Fiction Of Sadeq Hedayat. Mazdá Publishers, Lexington, Kentucky, 1984.

Cirlot, Juan-Eduardo. Diccionario de símbolos. Ed. Labor, Novena edición, Barcelona, 1992.

Sadeq Hedayat. L’abîme. José Corté, París, 2da edición, 1992.Traducción del persa de: Derayeh Derakhshesh.

Vargas Llosa, Mario. Obra reunida. Ed. Alfaguara, Madrid, 1999.

 

© María Elvira Luna Escudero-Alie 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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