El eterno Bécquer

Marta Spagnuolo
Universidad de Buenos Aires


 

   
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En pleno siglo XIX, el audaz “romántico” se atreve a poetizar la idea del sexo virtual y simultáneo acordado por una pareja, práctica hoy habitual mediante el chateo por la red.

 

Siempre me ha sorprendido la dificultad de comprensión que, desde jóvenes estudiantes hasta avezados lectores, manifiestan ante la siguiente “rima” de Bécquer:

Sabe, si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada.

Quien lee poesía la oye, en especial si es métrica Y en esa rima el peso de los dos últimos versos es tal, que arrastran el oído y la conciencia, los retienen, y no los dejan atender a los dos primeros. Los borran, en fin, como si no existieran. Ello se explica por el fuerte tono de sentencia de esos dos versos finales, que los hace sonar como oración independiente (cuando en realidad son una subordinada en función de objeto directo, dentro de la única oración compuesta que constituye el poema). Por otra parte el nexo “que”, diluido en la sinalefa, no contribuye a ligarlos al verbo principal “sabe” y debilita el peso de la condicional intermedia. Así, lo que queda sonando es lo sucinto e impersonal propios de toda sentencia: el alma que hablar puede con los ojos/ también puede besar con la mirada.

Con una sentencia sólo se puede estar o no de acuerdo. Pero cualquier intento de explicación del sentido será tautológico. En efecto, cuando se trata de indagar por el sentido de todo el poema, las respuestas pueden resumirse en ésta: “Lo que dice es que una mirada expresiva puede transmitir el deseo de besar” (o “puede transmitir un beso”). Como vemos, no sólo repiten con otras palabras la supuesta sentencia, sino también conservan el tono generalizador y la forma en tercera persona que la distancian del enunciador hasta despersonalizarla por completo.

En otros términos, al desaparecer del oído (y hasta de la vista) el núcleo verbal “sabe”, desaparece también el sujeto tácito “tú” al que el verbo apostrofa: “Sabe tú… que…”, y ello impide a la comprensión dar el salto de lo objetivo a lo subjetivo, donde se halla el corazón del poema. Desaparece, en suma, la conciencia de que a partir de esa forma imperativa se conforma el verdadero sentido que, más que una orden es allí un aviso, una advertencia a la amada, para que “ponga atención” a lo que el poeta va a decirle. Entre ese llamado de atención y los dos últimos versos media la condicional “si alguna vez tus labios rojos quema invisible atmósfera abrasada” que, aunque sintácticamente ancilar, es semánticamente fundamental. Pues es justamente esa condición la que, una vez cumplida, hará efectiva esa especie de amenaza erótica que el ardiente amante se atreve a hacer a la mujer desde su más incontrolable subjetividad.

Así, si prosificamos el poema, o, más claro aún, si esto que dice Bécquer lo dijera un quisque mortal y para ello usara el vulgar rioplatense, resultaría, palabras más, palabras menos, lo siguiente: “Mirá”, “te aviso”, “para que lo vayás sabiendo”, “si alguna vez sentís que un aire caliente te quema los labios, soy yo que te estoy besando”.

No es ésta la única rima de Bécquer en que se manifiesta, más o menos embozada por palabras como “alma”, “espíritu”, “corazón”, la idea del sexo virtual. De hecho, también la expresan “Si al mecer las oscuras campanillas…”, “Cuando entre la sombra oscura…”, “¿No has sentido en la noche…” y “Si copia tu frente…” Pero aunque su sintaxis es más simple que la de ésta que aquí me ocupa; aunque las cuatro son poliestróficas y permiten un desarrollo in crescendo de la idea; aunque incluyen palabras e imágenes más “atrevidas”; aunque todas adoptan la actitud del apóstrofe lírico, las envuelve un aire de ensueño que sugiere una amada “de cuerpo ausente”, un “tú” ideal, que nunca sabrá lo que el poeta le está “diciendo”. Pero en esta rima, ese “sabe” tan rotundo e imperioso que la inaugura instala por su sola fuerza la presencia de una mujer de carne y hueso, capaz de “oír” y de aceptar la invitación a descubrir el placer mediante el contacto imaginario de los cuerpos. Por mi parte, confieso que no pude “ver” el carácter claramente sexual y onanístico de las otras cuatro, hasta que no pasé por la repetida y obligada experiencia de inducir una y otra vez la comprensión de esta sola estrofa excepcional que, adelantádoseles un paso, convierte el onanismo solitario en onanismo compartido.

Aunque ello parezca un oxímoron, tan escabrosa práctica es de hecho posible desde siempre, en presencia, por la sola facultad del habla y/o de la vista, entre dos amantes que la acuerden. En ausencia, sólo halló formulación por medios tecnológicos. El papel y la tinta sirvieron a la carta, de efecto diferido. La simultaneidad llegó con la invención del teléfono o más tarde, cuando pudo garantizarse la privacidad de la charla telefónica. Y hoy, siempre que se le tenga afición, es más habitual que nunca para quienes se erotizan entre sí chateando por Internet.

No es menos escabroso el sentido de esa rima de Bécquer, que en cuatro versos sintetiza no sólo las formas anteriores sino también las por venir, por más que su genio consiga distanciarlas de la procacidad transformándolas en poesía. “Besar con la mirada” es sin duda poético, apenas tiernamente preliminar del completo acto amoroso; pero el “poder” hacerlo incitando a otro a co-sentir ese poder, faculta para mucho más.

Prescindiendo de las dificultades sintácticas mencionadas que explican su inaccesibilidad para el lector poco entrenado, creo que esta revelación es tan difícil de hallar también para el entendido en literatura, por otro motivo: el prejuicio del encasillamiento de Bécquer en el romanticismo, donde el amor carnal nunca encuentra concreción, generalmente por obra de la muerte y, si ésta falla, por cualquier otra causa disponible para arruinarlo todo. A veces el héroe y la heroína alcanzan a sellar su labios con un beso, a estrecharse en un abrazo, a mirarse embriagados, pero ¡ay!, siempre algún trance apurado interrumpe la efusión, que por lo común no vuelve a repetirse. Cuesta, pues, imaginar que en un romántico del siglo XIX, que no sólo suena “simple” sino que también aparenta sublimarlo todo, yazga esta obscenidad rayana en la perversión, según el consenso moral de la mayoría social.

Como siempre, el eterno Bécquer nos ofrece un Bécquer nuevo para admirar. Su modernidad es un portento.

 

© Marta Spagnuolo 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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