Sobre las palabras de Borges y Lugones

Prof. Dr. Luis Veres
Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas
Universidad Cardenal Herrera-CEU


 

   
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Quizás escribir sobre Jorge Luis Borges no sea otra cosa que repetir esa circunstancia según la cual el escritor mexicano Alejandro Rossi, en una artículo titulado "La página perfecta", lema que presidía no de manera casual uno de sus ensayos del Manual del distraído, señalaba que "escribir sobre la obra de Jorge Luis Borges es resignarse a ser el eco de algún comentarista escandinavo o el de un profesor norteamericano, tesonero, erudito, entusiasta; es resignarse quizá, a redactar nuevamente la página ciento veinticuatro de una tesis doctoral cuyo autor a lo mejor la está defendiendo en este preciso momento”1

Esta paradoja, que, teniendo en cuenta los más de diez mil títulos que sobre su obra se habían escrito hasta 1973, no carece de cierto fundamento en la verdad y supone la suma de las casualidades abismales y de las paradójicas situaciones llevadas al límite, existentes entre el fino filo que separaba al sueño de la razón sobre el que caminó Borges a lo largo de toda su vida. Desde 1973 esa cifra de títulos ha crecido abismalmente, como si la interpretación de su obra aspirara por sí misma a convertirse en una realidad de la Biblioteca de Babel imaginada por el gran escritor argentino en su relato incluido en El jardín de senderos que se bifurcan. Pero uno de los aspectos más oscuros de su vida y de su obra es la influencia de otro gran escritor argentino, Leopoldo Lugones.

En sus obras Lugones se acercó a todos los géneros literarios con una clara intención de representar el papel de genio de la cultura y ello es cierto si se piensa en los conocimientos de griego, latín, filosofía, mitología o historia comparada, necesarios para la redacción de algunas de sus obras2. Lugones en busca de la complicada sencillez escribió:

“Los organizadores del idioma, que son los escritores ciertamente, asumen por ello una categoría superior, y por descontado, la correspondiente responsabilidad que su conciencia debe imponerles y que la sociedad puede exigirles; toda vez que el mal escritor resulta entonces una calamidad pública. Y si bien se ve, mucho más ante la moral, que ante la estética. Toda expresión inexacta, lo que es decir torpe y fea, miente de suyo y enseña a mentir. Por el contrario, belleza, verdad y bien, son en arte la misma cosa.”3

En el conjunto de la obra de Lugones, su evolución presenta unas características bastante especiales. Aparentemente, las ideas estéticas del autor cambiaron de una manera algo extraña: de una etapa más o menos de vanguardia pasa a utilizar formas más o menos arcaizantes sin que esto suponga la eliminación de algunos rasgos innovadores. En este sentido Borges y Lugones sufrieron una progresión en su obra de características muy similares. El mismo Borges, iniciado en la aventura ultraísta, repudiará gran parte de su obra de vanguardia centrada en la lucha contra el rubenismo, reconociendo posteriormente los altos valores de la poesía del nicaragüense y realizando versos de muy distinta clase a los de sus años en la trinchera de los manifiestos de Prisma.

Por su parte, Lugones se interesó por seguir las huellas de los modelos intelectuales universalistas, de personajes del tipo de Leonardo da Vinci. También Borges se sintió próximo de modelos filosóficos con afán de explicación universal: la Cabala o la filosofía racionalista, de igual modo que pretendió cubrir todos los márgenes de la figura de escritor cultivando todos los géneros a excepción del teatro.

Según Jorge Torres Roggero, Lugones se nos presenta como un iniciado en ciencias ocultas, como un censor del positivismo y de las consecuencias sociales de su aplicación en el país, y como el predicador de una pedagogía, una estética y una moral4. Si colocamos frente a frente a ambos autores, podemos observar que estos tres caracteres del autor de Lunario sentimental, son perfectamente aplicables a la figura de Jorge Luis Borges. Sobradamente conocido es su interés sobre la Cábala y las teorías de los gnósticos. En segundo lugar, si entendemos por positivismo las teorías de Compte en las que se deduce que todo la utilidad del saber se obtiene de la experiencia, tanto Borges como Lugones se apartaron siempre de la búsqueda un conocimiento pragmático, lo cual se demuestra en la trayectoria política de ambos escritores. Por último, Borges también sigue a Lugones en ese sentido ético que preside sus cuentos y poemas, la presencia continua de una ética por la que el autor mantuvo una constante preocupación: valga como ejemplo el tema de la venganza que aparece en Emma Zunz o su inquietud por la cuestión de la evangelización y la crucifixión de Jesucristo que se manifiesta en diversas composiciones a lo largo de toda su carrera: Mateo XX;30, en El otro , el mismo, Juan 1;14, de Elogio de la sombra, El evangelio según san Marcos, de El informe de Brodie, o Cristo en la Cruz, de Los conjurados, junto con su interés por los evangelios apócrifos.

En frase del mismo Lugones, “escritor significa comunicador de ideas claras y sentimientos nobles, vale decir, de verdad, de verdad y belleza. Es así, uno que guía, ejerciendo en consecuencia ministerio social”5. En este sentido, destaca el gran número de reflexiones teóricas en torno a la literatura que publica en revistas y periódicos de la época y en las que insiste en armonizar fondo y forma como elementos inseparables de la obra literaria. Borges actuó de un modo muy similar: redactó numerosas reseñas en colaboración con Bioy Casares en la revista Sur junto con otras muchas en solitario6; fundió sus relatos con reflexiones acerca de la literatura inglesa hasta el punto de difuminar esa frontera entre lo que es el ensayo y la narración; se inspiró en numerosos autores para la confección de sus poemas y discutió en diversos textos la teoría de la metáfora, pues decía, tal como señala en el prólogo a El imperio jesuítico que “detrás de cada uno de sus libros hay una sombra tutelar. Detrás de Los crepúsculos del jardín, cuyo nombre ya es un poema, está la sombra de Albert Samain; detrás de Las fuerzas extrañas, la de Edgar Allan Poe; detrás del Lunario sentimental, la Jules Laforgue.”7

Pero la similitud de ambos autores reside ante todo en esa inquietud propia de la vanguardia por lo novedoso. Ambos, indiscutiblemente, fueron dos innovadores: Lugones, como puente entre el modernismo y el movimiento de avanzados, reunido en torno al círculo martinferrista, tal como lo sitúa Nelson Osorio y Borges como exponente pleno del vanguardismo argentino y como creador de un nuevo tipo de relato. Como Cervantes, Joyce, Proust o Kafka, el lector obtiene la impresión de que en sus libros se concentra la densidad de toda la literatura. Sin embargo, esta afinidad creo que sugiere unos orígenes que hay que buscar principalmente en dos autores: Darío y Walt Whitman, los cuales parecen influir en la riqueza de léxico, en la brillante adjetivación y en la innovación metafórica, puntos que sin duda alguna requerirían de un trabajo mas pormenorizado.

Con el Lunario sentimental, Lugones llega a su momento de plenitud literaria y supone, con esta obra, un notable avance respecto a la poesía que se escribía en Latinoamérica. El mismo Borges llega a reconocer:

“Yo afirmo que la obra de los poetas de Martín Fierro y Proa, toda la obra anterior a la dispersión que nos dejó ensayar o ejecutar obra personal, está prefigurada, absolutamente, en algunas páginas del Lunario (...) Fuimos los herederos tardíos de un solo perfil de Lugones.”8

A su vez Borges, como Lugones, se nutre del romanticismo tardío, especialmente de Hugo y Poe, y confiesa en una entrevista de 1985 a Fernández Ferrer:

"Yo sólo soy un tardío discípulo de Lugones, en mi país que fue, a su vez, un tardío discípulo de Poe".9

Como hemos podido ver, Borges ya en la madurez se confesó discípulo de Leopoldo Lugones. Con la publicación de sus primeros libros, Borges tomó durante los años veinte un posicionamiento estético próximo a los poetas jóvenes que por esos años publicaban en las revistas Proa y Martín Fierro. Ello no le impidió llevar los ejemplares de sus obras al mismo Lugones. Lugones también le llevaba sus libros. Pero entre ellos no existía diálogo, según relata Rodríguez Monegal en su Biografía. En una entrevista de 1967 a César Fernández Moreno, Borges recuerda alguno de estos encuentros describiéndolo como un carácter irascible:

"...un hombre solitario y dogmático, un hombre que no se daba fácilmente... la conversación era difícil con él, porque él resolvía todo con una frase que significaba un punto y aparte... Y entonces había un empezar, había que buscar otro tema... y ese tema era resuelto en otra frase más... Su tipo de conversación deslumbraba, pero era un poco fatigosa. Y a veces hacía afirmaciones que no correspondían a pensamientos de él, sino a la necesidad de decir algo extraordinario... Lo que él necesitaba era ser un dictador de la conversación. Todo lo que él decía era una última instancia. Y como nosotros sentíamos un gran respeto por él..."10

Ese recuerdo se mantendría hasta el final de sus días, pues a esa admiración literaria se unía el hecho de que su muerte había tenido lugar en el mismo año que la pérdida de su padre. Borges recordaría siempre a sus dos padres, el real y el literario, y este segundo se correspondería con no otro que Leopoldo Lugones:

“Desde luego heredamos cosas de nuestra sangre. Yo sé -mi madre me lo dijo que cada vez que repito versos ingleses, los repito con la voz de mi padre. (Mi padre murió en 1938, cuando se dio muerte Lugones). Cuando yo repito versos de Schiller, mi padre está viviendo en mí. Las otras personas que me han oído a mí, vivirán en mi voz, que es un reflejo de su voz que fue, quizás, un reflejo de la voz de mis mayores.”11

Al contrario de lo que se puede pensar, entre Borges y Lugones no siempre existió una relación de respeto mutuo, pero hay que entender que en esos años Lugones era el poeta consagrado, posiblemente el poeta más conocido de Argentina, mientras que el joven Borges era el neófito que había publicado unos pocos libros de poesía de claras reminiscencias lugonianas, uno de cuyos títulos remitía con nitidez al Lunario sentimental. Me refiero, claro está, a Luna de enfrente de 1925. Es por ello que me inclino a pensar que Lugones, a causa de su difícil carácter, reconocido por el propio Borges, debió de tener algún gesto de desaire hacia el joven poeta, produciendo un resentimiento que se prolongaría por muchos años. Aunque nos movemos en el ámbito de la conjetura, hay un hecho que de alguna manera puede justificar esta hipótesis: Borges contribuyó a una parodia de los Romances de Lugones que fue publicada en Martín Fierro el 8 de julio de 1926 bajo el seudónimo de Mar-Bor-Vall-Men que escondía los nombres de Marechal, Borges, Vallejo y Méndez. Según Rodríguez Monegal "hoy la parodia parece un juego estudiantil"12. Se jugaba con el nombre del afamado autor por medio de la variante "Leogoldo Lupones", subrayando así lo de goldo (gordo) y lupo (lobo). Lo cierto es que Lugones no era Gordo y no se parecía a un lobo. Sin embargo, no creo que semejante divertimento literario fuera muy del agrado de una persona de tan difícil carácter como parece ser que lo era Lugones.

Lugones sufrió también otro ataque. En 1925 realizó un discursó en Lima en el que aseguraba su desconfianza en los políticos y se mostraba a favor de los regímenes militares. Ha llegado la hora de la espada. Aunque los ultraístas no le atacaron por sus ideas políticas, es cierto que el grupo se distanció de él, ya que se hallaba más cercano del anarquismo que del autoritarismo. El desacuerdo también existía en la diferente concepción de lo que debía ser la poesía, ya que los ultraístas ya habían rechazado la Antología de Noé en la que se dedicaban sesenta y seis páginas a Lugones, mientras que treinta poetas se repartían las ciento veintiuno restantes. Borges sólo tuvo seis y media.

En el otro lado, la Antología de Hidalgo excluía a los poetas consagrados y se proponía ser un índice de la nueva poesía latinoamericana. Añadía tres polémicos prólogos, uno de los cuales, a cargo de Huidobro, atacaba la poesía establecida en los círculos literarios a los que pertenecía Lugones. Borges escribió el tercero. Resumía sus ideas sobre el ultraísmo, la metáfora y el nuevo idioma español que se escribía en Argentina. Allí existía una referencia poco amable a Lugones, describiéndolo como un extranjero con tendencia a que todo pareciera griego y que prefería vagos paisajes hechos exclusivamente de rimas.

En enero de 1926, Borges escribió una reseña sobre el Romancero de Lugones en Inicial, revista que dirigía Homero M. Guglielmini13. En dicha colaboración Borges ataca al poeta argentino con toda su violencia verbal:

“Puede aseverarse también que con el sistema de Lugones son fatales los ripios. Si un poeta rima en ía o en aba, hay centenares de palabras que se le ofrecen para rematar una estrofa y el ripio es ripio vergonzante. En cambio, si rima en ul como Lugones, tiene que azular algo en seguida para disponer de un azul o armar un viaje para que le dejen llevar baúl u otras indignidades. Asimismo, el que rima en arde contrae esta ridícula obligación: Yo no sé lo que les diré, pero me comprometo a pensar un rato en el brasero (arde) y otro en las cinco y media (tarde) y otro en alguna compadrada (alarde) y otro en un flojonazo (cobarde). Así lo presintieron los clásicos, y si alguna vez rimaron baúl y azul o calostro y rostro, fue en composiciones en broma, donde esas rimas irrisorias caen bien. Lugones lo hace en serio. A ver, amigos, ¿qué les parece esta preciosura?

Ilusión que las alas tiende
en un frágil moño de tul
y al corazón sensible prende
su insidioso alfiler azul.

Esta cuarteta es la última carta de la baraja y es pésima, no solamente por los ripios que sobrelleva, sino por su miseria espiritual, por lo insignificativo de su alma. Esta cuarteta indecidora, pavota y frívola es resumen del Romancero. El pecado de este libro está en el no ser: en el ser casi libro en blanco, modestamente espolvoreado de lirios, moños, sedas, rosas y fuentes y otras consecuencias vistosas de la jardinería y la sastrería. De los talleres de corte y confección, mejor dicho.”14

También Lugones objetó con rotundidad, según Rodríguez Monegal, el libro de ensayos de Borges El tamaño de mi esperanza. Consideraba que Borges se limitaba a confeccionar listas de metáforas mientras olvidaba otros aspectos como el ritmo o la rima.

Pero, para Rodríguez Monegal, a pesar de estos repetidos enfrentamientos, Borges siempre mantuvo un gran respeto hacia su maestro. Con la muerte de Lugones, Borges escribe para Sur en un artículo en el que reconoce su admiración por Lugones:

"Decir que ha muerto el primer escritor de nuestra república, decir que ha muerto el primer escritor de nuestro idioma, es decir la estricta verdad y es decir muy poco. Muerto Groussac, la primera de estas dos primacías le corresponde; muerto Unamuno, la segunda; pero los dos proceden de una comparación y eliminación; las dos nos dicen de Lugones y otros hombres, no de Lugones íntimo; las dos lo dejan solo. Las dos, en fin (aunque no incapaces de prueba), son vagas como todo superlativo."15

Sin embargo, en 1970, en “El duelo”, de El informe Brodie, Borges arremete nuevamente contra Lugones:

“Los diarios habían puesto a su alcance páginas de Lugones y del madrileño Ortega y Gasset; el estilo de esos maestros confirmó su sospecha de que la lengua a la que estaba predestinada es menos apta para la expresión del pensamiento o de las pasiones que para la vanidad palabrera.”

Sin duda alguna, Borges no quería tener en cuenta sus opiniones políticas. Una cosa son las ideas de un escritor y otra muy distinta su obra literaria. Así lo reconoce en una entrevista de 1985:

“He hablado siempre de Lugones... ahora está casi deliberadamente olvidado porque como comenzó siendo anarquista, luego socialista, luego partidario de los aliados en la Primera Guerra Mundial, es decir, demócrata, y luego se convirtió al fascismo, la gente lo juzga por esa última posición política suya, pero él jamás medró en alguno de esos cambios y era un hombre muy recto... juzgar a un escritor por sus ideas políticas es frívolo y superficial (...) La muerte de Lugones no sorprendió a nadie. ¿Era tan desdichado y desagradable! Tenía un sólo amigo, Alberto Gerchunoff. Él siempre desviaba su diálogo para de mi 'amigo y maestro Rubén Darío', porque Darío era un hombre muy querible al lado de él y Lugones era muy desagradable. Recuerdo que al mencionarle Bernárdez el nombre de Baudelaire le dijo 'No vale nada'. Yo me animé a hablarle de Paul Groussac y a mi me dio seis palabras y no tres: Un profesor francés. Punto. Ya lo olvidarán. Punto y aparte.' Uno se cansaba de que cuando estaba con una persona terminara todos los temas, salvo en el caso de los cuatro poetas esenciales para él: Homero, Dante, Hugo y Walt Whitman. Pero después a Walt Whitman lo suprimió, porque él creía que la rima era un elemento esencial y, como Whitman fue uno de los padres de lo que después se llamó verso libre, quedó excluido.”16

La admiración de Borges no deja de estar presente a pesar de sus reparos. De este modo, Borges justificaba sus bruscos giros políticos, ya que decía: "El hombre que es sincero y meditativo no puede no cambiar; sólo no cambian los políticos. Para ellos el fraude electoral y la prédica democrática no son incompatibles."17

Borges señala al mismo que las ideas de Lugones eran menos atrayentes que su retórica y que sus argumentos eran rara vez convincentes, aunque lo fuera su fraseología. También admite que Lugones tenía mal gusto pero lo justifica señalando que en ese momento no era tan excepcional. Y concluye:

"En vida Lugones era juzgado por el último artículo ocasional que su indiferencia había consentido. Muerto, tiene el derecho póstumo de que lo juzguen por su obra más alta."18

Indudablemente esta admiración por el máximo poeta del modernismo argentino, se tenía que manifestar de alguna manera en la obra borgiana. Así podemos ver a ese Lugones pseudocientífico en los inicios de muchos de sus relatos, en esos comienzos confeccionados a modo de ensayo, a la manera que suele aparecer en Las fuerzas extrañas. Además, si tenemos en cuenta que hasta la aparición de los cuentos de Borges, la narrativa hispanoamericana se caracterizaba por el sicologismo y realismo y es éste el que rompe con los parámetros del momento, si pensamos esto, tal como señala Alazraki en su libro La prosa narrativa de Jorge Luis Borges19, únicamente nos queda como antecedente precursor la obra de Lugones en el ámbito de lo imaginativo.

Por otra parte Borges dedicó varios escritos a la memoria de la poesía de Lugones entre los que destaca la colección de textos recogida bajo el título Leopoldo Lugones, de 1955, y las referencias a él abundan a lo largo de su obra. Es curiosa ésta en la que señala los puntos que distanciaban sus respectivas poéticas:

“Escribí docenas de sonetos y de poemas más largos, compuestos de cuartetas de endecasílabos. Pensé que había adaptado a Lugones como mi maestro, pero cuando los versos llegaron a conocerse, mis amigos siempre dijeron que lamentablemente, no se parecían a él. En mi poesía posterior se encuentra un hilo narrativo. De hecho llego a pensar en argumentos para poemas. Quizás la diferencia esencial entre Lugones y yo es que él tuvo a la literatura francesa como modelo y vivía intelectualmente en un mundo francés, mientras yo miraba hacia la literatura inglesa.”

Pero la influencia sería reconocida repetidamente por el mismo Borges: “Pienso que he tomado a Lugones como modelo, pero cuando los poemas estaban terminados mis amigos opinaban que, lamentablemente, no tenían nada que ver con Lugones.”20

A modo de prólogo para El hacedor, Borges escribió A Leopoldo Lugones donde relata el sueño de haber visitado a este escritor (que también había sido director de la Biblioteca Nacional) para darle un ejemplar de El hacedor. En el sueño Borges se convence de que Lugones hubiera recibido el libro de buena gana:

“Si no me engaño usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.”21

El texto concluye con palabras de esperanza respecto a ese juicio imaginado de Lugones:

"Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será me digo, pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado."22

Y es que, en conclusión, podemos decir que a Borges siempre le interesaron más las literaturas ajenas que la propia, aunque esto signifique también la inclusión de las vidas de los autores. Bioy Casares lo ha sabido expresar en sus inconclusas Memorias:

"Espero no morirme sin haber escrito algo sobre Borges. Lo que podría hacer es sólo contar cómo lo vi yo, cómo fue conmigo. Corregir algunos errores que se cometieron sobre él, defender a Borges y sobre todo, defender la verdad. Siempre tuve una superstición con la verdad, tal vez yo estuviera más atado a la verdad que Borges. Él a veces arreglaba su pasado para que quedara mejor literariamente. Es como si hubiera preferido realmente la literatura a la verdad. Podía tener cierta falta de escrúpulos que lo hacía reír muchísimo cuando uno la descubría y se la señalaba. Ocurre que él veía la realidad como una expresión de la literatura y ése es el mejor homenaje que se puede hacer a la literatura.23

 

BIBLIOGRAFÍA

-Alazraki, Jaime, La prosa narrativa de Jorge Luis Borges, Madrid, Gredos, 1983.

-Barei, Silvia N., Borges y la crítica literaria, Madrid, Tauro, 1999.

-Barnatán, Marcos Ricardo, Borges. Biografía total, Madrid, Temas de Hoy, 1995.

-Benítez, Jesús, “Introducción”, en Leopoldo Lugones, Lunario sentimental, Madrid, Cátedra, 1994.

-Bioy Casares, Adolfo, Memorias, Barcelona, Tusquets, 1994.

-Borges, Jorge Luis, “Prólogo”, en Leopoldo Lugones, El imperio jesuítico, Madrid, Hyspamérica Ediciones, 1985.

-Borges, Jorge Luis, Obras completas en colaboración, vol.2, con Bettina Edelberg, “Leopoldo Lugones”, Madrid, Alianza Editorial-Emecé, 1983.

-Borges, Jorge Luis, Nueva antología personal, Barcelona, Bruguera, 1982.

-Fernández Ferrer, Antonio, Borges de la A a la Z, Madrid, Siruela, 1991.

-Lugones (hijo), Leopoldo, “Prólogo”, en Leopoldo Lugones, Obras en prosa, México, Aguilar, 1962.

-Rodríguez Monegal, Emir, Borges. Una biografía literaria, México, Fondo de Cultura económica, 1987.

-Peicovich, Esteban, Borges, el palabrista, Madrid, Libertarias/Prohufi, 1995.

-Rossi, Alejandro, Manual del distraído, Barcelona, Círculo de Lectores, 1997.

-Sorrentino, Fernando, “Borges y Lugones: entusiastas ataques y reticentes disculpas”, en Espéculo, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, nº18, octubre de 2001.

-Torres Roggero, Jorge, La cara oculta de Lugones, Buenos Aires, Castañeda, 1977.

 

Notas:

[1] Alejandro Rossi, Manual del distraído, Barcelona, Círculo de Lectores, 1997, p.25.

[2] Jesus Benítez, “Introducción”, en Leopoldo Lugones, Lunario sentimental, Madrid, Cátedra, 1994, pp. 34-35.

[3] Leopoldo Lugones (hijo), “Prólogo”, en Leopoldo Lugones, Obras en prosa, México, Aguilar, 1962, pp. 43-44

[4] Jorge Torres Roggero, La cara oculta de Lugones, Buenos Aires, Castañeda, 1977, p.89.

[5] Cit. por Leopoldo Lugones (hijo), op., cit., p.42.

[6] Vid, Silvia N. Barei, Borges y la crítica literaria, Madrid, Tauro, 1999.

[7] Jorge Luis Borges, “Prólogo”, en Leopoldo Lugones, El imperio jesuítico, Madrid, Hyspamérica Ediciones, 1985, p.9.

[8] Jorge Luis Borges, Obras completas en colaboración, vol.2, con Bettina Edelberg, “Leopoldo Lugones”, Madrid, Alianza Editorial-Emecé, 1983, p.52.

[9] Antonio Fernández Ferrer, Borges de la A a la Z, Madrid, Siruela, 1991, p.171.

[10] Cit. por Rodríguez Monegal, Borges. Una biografía literaria, México, Fondo de Cultura económica, 1987, p..178.

[11] Recogido por Esteban Peicovich, Borges, el palabrista, Madrid, Libertarias/Prohufi, 1995, p.200.

[12] Ibídem, pp.178-179.

[13] Inicial, Buenos Aires, nº9, enero de 1926.

[14] Citado por Fernando Sorrentino, “Borges y Lugones: entusiastas ataques y reticentes disculpas”, en Espéculo, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, nº18, octubre de 2001, p.1. En este mismo artículo Fernando Sorrentino señala que el mismo Borges le afirmo: “Bueno, es muy difícil hablar de él sin calumniarlo.”

[15] Cit. por Rodríguez Monegal, op.,cit., p.290.

[16] A. Fernández Ferrer, op.,cit., p. 172.

[17] Cit. por Rodríguez Monegal, op.,cit., p.291.

[18] Ibídem.

[19] Jaime Alazraki, La prosa narrativa de Jorge Luis Borges, Madrid, Gredos, 1983.

[20] Citado por Marcos Ricardo Barnatán, Borges. Biografía total, Madrid, temas de Hoy, 1995, p.264.

[21] Jorge Luis Borges, Nueva antología personal, Barcelona, Bruguera, 1982, p. 89.

[22] Ibídem, p.80.

[23] Adolfo Bioy Casares, Memorias, Barcelona, Tusquets, 1994, p.115.

 

© Luis Veres 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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