Comentario al poema A un poeta futuro
de Luis Cernuda

Roberto Augusto Míguez
Universidad de Barcelona


 

   
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1. Introducción

En este artículo comentaremos el poema titulado A un poeta futuro de Luis Cernuda; esta composición se encuentra en el libro Como quien espera el alba (1947), obra situada entre los últimos escritos de este autor. Este poemario está caracterizado por el dolor del exilio, circunstancia vital que marca de manera fundamental su producción literaria y que hace que su poesía sea nostálgica, llenando su universo poético de evocaciones de la infancia y de la tierra natal; el horror por la guerra y la esperanza de que ésta acabe es otra de las circunstancias vitales que marcaron a Cernuda en la redacción de Como quien espera el alba. Podemos hablar, por lo tanto, de una obra en la que se percibe desesperanza y desilusión frente al pasar del tiempo. Hemos elegido este poema porque consideramos que es representativo de este autor, ya que en él se encuentran puntos clave para entender el fascinante universo poético de uno de los mejores escritores de su generación.

2. Comentario del poema

El título nos remite a una proyección en el tiempo. A un intento de testimonio para alguien, un poeta, que posiblemente aparecerá más adelante, en el futuro. Así, de esta forma, ya se nos revelan dos motivos interpretativos claros: el tiempo y el ansia de testimonio para la posteridad. Todo ello al hilo del intento de dejar constancia de un momento para todos los lectores que algún día se asomen a la obra del escritor.

El poema, ya en una visión superficial, ofrece una total simetría estructural. Consta de ocho estrofas de número prácticamente igual de versos: la segunda y la quinta de once; la primera, la tercera, la cuarta, la sexta, la séptima y la octava de doce. Este hecho contribuye a la uniformidad que hemos señalado. Dicha ponderación puede verse claramente en el número de sílabas de cada verso, donde predominan los endecasílabos y los alejandrinos, con mayor preponderancia de los primeros. Este uso coloca al poeta al hilo de una tradición ya clásica en nuestra lengua; no en vano estas métricas son las más usadas en castellano.

Destaca el uso de los encabalgamientos, que contribuyen a darle al poema la sensación de que la lengua poética se funde con la realidad, es decir, con el registro coloquial. Éstos no son nunca violentos y están en esa línea ponderada que he señalado. Aunque hay que decir que su uso siempre consigue un ritmo que logra aumentar la capacidad expresiva.

Esta estética clásica no constituye ninguna limitación a la hora de tratar los problemas que se narran, al contrario, contribuye a hacer más asequible una serie de imágenes de gran profundidad y a veces de difícil interpretación. A continuación comentaré de una forma más detallada los aspectos formales e interpretativos.

La estrofa inicial ya nos da las claves que se desarrollarán posteriormente. El primer verso: «No conozco a los hombres», nos sitúa en esa incapacidad de conocer a sus contemporáneos. Esa deshumanización que él siente en los que le rodean hace que se proyecte en ellos una visión subjetiva negativa al ser vistos como cuerpos y no como personas, de ahí que se les defina como formas «Evidentes, de brusca carne y hueso». Dichas formas son frágiles, sometidas a la necesidad y a la llegada imparable de la muerte, son formas que pueden ser «Súbitamente rotas por un resorte débil / Si alguien apasionado les allega»; revelándose en estas palabras la fragilidad de la existencia del hombre. En el verso siguiente entra en juego una idea importante. El poeta afirma que comprende mejor a los hombres si están «muertos en la leyenda». El hombre, una vez que ha conseguido la inmortalidad del recuerdo, en este caso a través de la poesía, es cuando puede ser entendido en sus palabras, buscado entre sus propios versos mostrándose su espíritu más diáfano al lector.

En el verso diez aparece por primera vez el otro al que se dirige en el verso veintitrés como «imposible amigo» y que utiliza en todo el libro donde está enmarcado este poema. Todos los verbos en segunda persona se referirán a él, al que más adelante se verá que es un lector futuro en el que el poeta vivirá para siempre, ese poeta al que se refiere en el título. En los versos once y doce se adelanta la metáfora que se desarrollará en la estrofa siguiente: el río como fluir del tiempo y de la vida, como destino irrefrenable que tiene que desembocar en la muerte; es inevitable aquí la referencia a Jorge Manrique.

En la segunda estrofa se repite la estructura de la primera frase dándose una mayor carga simbólica al cambiar esa incomprensión que el poeta siente en los hombres por la figura de un río. El río, también podría ser interpretado en sentido heraclitiano, como símbolo del pasar y de la inconstancia de una vida que agoniza a cada instante en la imposibilidad de atrapar el tiempo que, en expresión de Shopenhauer, se nos escurre entre los dedos.

En los siguientes versos: «Con prisa errante pasan / Desde la fuente al mar, en ocio atareado, / Llenos de su importancia, bien fabril o agrícola», se resume la concepción del poeta respecto a cierta forma de entender la vida. Una manera de vivir en la que la gente está inmersa en una «prisa errante»; el adjetivo aquí subjetiviza esa visión dándonos su propia opinión. Es una prisa que no sabe a donde va, sin sentido, inmersa en la vorágine característica del mundo moderno y del hombre que pasa su vida (el paso de la vida como paso de la fuente al mar) en ocio atareado, llenos de una importancia a la que el poeta le resta peso calificándola de fabril o agrícola.

Entre los versos dieciséis y veintiuno hay una recreación en esa metáfora del mar como futuro en el que «Duermen las formas posibles de la vida». Es decir, en el que descansan los hombres del futuro que todavía no han nacido. Dichos versos son interpretables de diversas formas, una de ellas podría decir que ese terreno es la imaginación donde descansan todas las ideas posibles, todas las formas que en la vida pueden llegar a existir. También podría interpretarse como el más allá, la región de lo etéreo, de lo místico; el otro mundo donde habitan todos los hombres que aún no han nacido y que ya nos han abandonado. Ese simbolismo hace que pueda interpretarse de varias maneras, aunque todas apuntan en la misma dirección, ya que al final de la estrofa: «Y entre los seres que serán un día / Sueñas tu sueño, mi imposible amigo.» se ve claramente que se refiere a ese lugar en el que habitan los hombres del futuro, «los seres que serán un día».

En la primera frase de la tercera estrofa se repite la estructura de las dos anteriores pero sin esa metáfora de la segunda, se sustituye la incapacidad de conocimiento de los hombres por la imposibilidad de comprensión; consiguiéndose, de esta forma, enfatizar el ritmo gracias al uso de la anáfora. Sin embargo, los versos siguientes parecen desmentir esa rotunda primera frase y abren un hueco a la esperanza, ya que el poeta dice a ese , que presumimos que es su amigo futuro, que a él sí le comprendería, igual que el poeta entiende lo que le rodea: «Los animales, las hojas y las piedras»; esta esperanza da la sensación de ser más un sentimiento interno que no una certeza racional; ese «algo» remite a lo emocional, personificado en este caso en la contemplación de diversos elementos del mundo.

En los versos siguientes de esta estrofa hay una reflexión sobre el tiempo muy acorde con el tema que se trata. Se resalta su importancia: «Todo es cuestión de tiempo en esta vida» debido al hecho de que nosotros, los seres humanos, vivimos en una realidad pobre, corta y débil, para emplear sus propios adjetivos, en relación al tiempo cósmico que nunca se detiene. Y se afirma, haciendo una referencia mítica a la inmortalidad de los dioses, que si el hombre no estuviese destinado a la muerte, a ese «mudo auditorio» que perfectamente podría recordarnos a un cementerio, que el poeta y su amigo conseguirían pervivir en esa nota que puede ser identificada con la vida, la poesía o, quizás, con el recuerdo. Los últimos cuatro versos son de gran belleza plástica y de gran carga metafórica sometible a distintas interpretaciones, pero todas girando alrededor de la idea de fugacidad de la vida humana.

En la cuarta estrofa se acentúa la referencia autobiográfica. El poeta afirma que no intenta ser desconocido entre sus contemporáneos; es decir, reconoce una voluntad explícita de perdurar, de adquirir una inmortalidad que al escritor puede proporcionarle la fama y la pervivencia de la obra, tal como se verá en la estrofa siguiente más claramente.

Sin embargo, eso no significa una identificación con los demás que él se encarga de desmentir interponiendo una barrera entre su persona y los otros. El cuerpo del poeta es distinto porque es «De tierra loca que pugna por ser ala / Y alcanza aquel muro del espacio / Separando mis años de los tuyos futuros». Esa ala, que nos remite a lo etéreo, al vuelo, al aire, en todo caso, a la imaginación que intenta traspasar el muro de nuestra dimensión como hombres y transportarnos a lugares lejanos con el poder de nuestra creatividad. Así, de esta forma, es como podemos traspasar el tiempo y alcanzar el futuro, el recuerdo a través de la obra, a través del poema.

En los versos cuarenta y dos y cuarenta y tres nos habla de la búsqueda de la amistad: «Sólo quiero mi brazo sobre otro brazo amigo, / Que otros ojos compartan lo que miran los míos». Diciéndole más adelante a ese la imposibilidad que éste tendrá de conocer su labor poética. Esta referencia se ve clara en los versos finales de la estrofa: «A ordenar mi pasión según nueva medida». Esa medida se refiere a la métrica y el ordenar su pasión al poema como racionalización sobre lo emocional. Esa búsqueda está enmarcada en un «abismo blanco»; aquí el adjetivo está colocado claramente en una referencia al vacío, a la blancura de la hoja previa a la escritura.

En la quinta estrofa se continúa esa referencia autobiográfica en la que el poeta nos confiesa su éxito alcanzado: «Ahora, cuando me catalogan ya los hombres / Bajo sus clasificaciones y fechas». Sin embargo, manifiesta su queja por lo que él considera unas críticas injustas: «Disgusto a uno por frío y a los otros por raro, / Y en mi temblor humano hallan reminiscencias / Muertas». Esto es debido a la incomprensión de los que no entienden que su obra estaba inspirada en el amor: «Nunca han de comprender que si mi lengua / El mundo cantó un día, fue amor quien la inspiraba». De esta forma se continúa ese distanciamiento con sus contemporáneos, tal como he señalado anteriormente.

En los cinco últimos versos de esta estrofa nos expresa su incapacidad para comunicarle a ese su esfuerzo por pervivir, «Para que mi palabra no se muera / Silenciosa conmigo». En el último verso se introduce el tema del recuerdo, tema clave en Luis Cernuda y sobre el que vuelve en múltiples poemas. Dicha temática es clásica en la historia de la literatura y del pensamiento, y se inicia en la cultura occidental en Platón y Aristóteles. En el primero el recuerdo servía para rememorar lo visto en el Mundo de las Ideas; en el segundo sirve para fijar el conocimiento aprehendido por los sentidos. Cernuda recoge todo este rico legado y muestra la memoria como una forma de sobrevivir a la muerte a través de la obra.

En el principio de la sexta estrofa comunica a ese lector futuro su valentía en la poesía, en la que se decide por no contar lo que él califica de «inútiles desastres». La palabra «olvido» del verso sesenta y uno podría colocarse en contraposición con el concepto de recuerdo vertido al final de la estrofa anterior. El poeta reniega de contar lo desastroso intentando recordar lo bello con elegancia y serenidad expresiva. Esta actitud estética no tiene que conllevar necesariamente un rechazo y una falta de compromiso con los problemas del mundo. Tiene que entenderse como una opción artística que busca, no un regocijo en el dolor y en la miseria, sino que persigue un intento de exaltación de una serie de elementos para conseguir una visión positiva de la realidad que nos envuelve.

En la segunda parte de esta estrofa (versos del sesenta y cinco al setenta) se explota una idea filosófica en la cual la soledad que se siente en el presente será a su vez sentida por otros: «Cuán míos habrán de ser los hombres venideros, / Cómo esta soledad será poblada un día, / Aunque sin mí, de camaradas puros de tu imagen». El hombre, que puede ser entendido aquí en un sentido cósmico, es testimonio siempre de esa soledad inherente a su naturaleza. El abismo puesto por el tiempo será salvado, según el poeta, en la memoria: «Si renuncia a la vida es para hallarla luego / Conforme a mi deseo, en tu memoria». El recuerdo es lo que asegura la pervivencia para siempre.

En la séptima estrofa el poeta se sitúa en un marco de reflexión arropado por la lluvia, tradicionalmente interpretada como una cuna de tranquilidad que invita al recogimiento, caracterizada en este caso por una metáfora de carácter negativo que aumenta la angustia introspectiva: «la lluvia, pesada tal borracho / Que orina en la tiniebla helada de la calle». En ese clima de calma se hace una serie de preguntas de carácter existencial: «Los elementos libres que aprisiona mi cuerpo / ¿Fueron sobre la tierra convocados / Por esto sólo? ¿Hay más? Y si lo hay ¿adónde hallarlo?» Esta serie de cuestiones son las que preocupan al poeta, un hombre consciente de su soledad, tanto física como existencial. Aquí Cernuda no intenta escapar a la realidad, sino que se enfrenta a ella con gran capacidad de crítica, tanto filosófica como religiosa. Crítica esta última sintetizada en su negación de otro mundo: «No conozco otro mundo si no es este». Este malestar culmina con la llamada de amor que hace a su lector futuro, tal como él a amado la obra de otros poetas ya desaparecidos: «Ámame con nostalgia, / Como a una sombra, como yo he amado / La verdad del poeta bajo nombres ya idos».

La última estrofa explicita elementos que han estado presentes en todo el poema dándonos las claves interpretativas del mismo. Esa segunda persona se identifica con la persona de un lector futuro: «lleve el destino / Tu mano hacia el volumen donde yazcan / Olvidados mis versos, y lo abras, / Yo sé que sentirás mi voz llegarte». Sin embargo, la estrofa comienza con una referencia que puede ser muy interesante a la hora de entender el sentido global que se nos quiere trasmitir: «Cuando en días venideros, libre el hombre / Del mundo primitivo a que hemos vuelto / De tiniebla y de horror». Estos sucesos de los que aquí se lamenta son, sin lugar a dudas, los acontecidos durante la Segunda Guerra Mundial, época en la que está escrito este poema y el libro que lo engloba, titulado Como quien espera el alba que, según el propio Cernuda hace referencia a la esperanza del fin de la guerra. El poema acaba con el deseo de ser oído y comprendido por la posteridad, para pervivir en el tiempo: «Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre / Que tú dominarás. Escúchame y comprende». Lográndose de esta forma aceptar la muerte en una vida futura en el recuerdo de la obra: «Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos / Tendrán razón al fin, y habré vivido».

3. Conclusiones

El poema, una vez leído, destaca por la profundidad de sus imágenes y por la reflexión metapoética que en él se efectúa y que se puede ver en otros poemas de Como quien espera el alba; obra considerada por muchos críticos como una de las mejores de Cernuda. En él no sólo se habla de la posibilidad del fin de la guerra, tal como he señalado antes, sino que ese alba señala también una nueva etapa de un hombre desterrado. Dicho libro constituye la primera profundización de la voz madura cernudiana; y se caracteriza por el carácter introspectivo de muchos de sus poemas que puede verse también claramente en A un poeta futuro.

 

A UN POETA FUTURO

No conozco a los hombres. Años llevo
De buscarles y huirles sin remedio.
¿No les comprendo? ¿O acaso les comprendo
Demasiado? Antes que en estas formas
Evidentes, de brusca carne y hueso,
Súbitamente rotas por un resorte débil
Si alguien apasionado les allega,
Muertos en la leyenda les comprendo
Mejor. Y regreso de ellos a los vivos,
Fortalecido amigo solitario,
Como quien va del manantial latente
Al río que sin pulso desemboca.

No comprendo a los ríos. Con prisa errante pasan
Desde la fuente al mar, en ocio atareado,
Llenos de su importancia, bien fabril o agrícola;
La fuente, que es promesa, el mar sólo la cumple,
El multiforme mar, incierto y sempiterno.
Como en fuente lejana, en el futuro
Duermen las formas posibles de la vida
En un sueño sin sueños, nulas e inconscientes,
Prontas a reflejar la idea de los dioses.
Y entre los seres que serán un día
Sueñas tu sueño, mi imposible amigo.

No comprendo a los hombres. Mas algo en mí responde
Que te comprendería, lo mismo que comprendo
Los animales, las hojas y las piedras,
Compañeros de siempre silenciosos y fieles.
Todo es cuestión de tiempo en esta vida,
Un tiempo cuyo ritmo no se acuerda,
Por largo y vasto, al otro pobre ritmo
De nuestro tiempo humano corto y débil.
Si el tiempo de los hombres y el tiempo de los dioses
Fuera uno, esta nota que en mí inaugura el ritmo,
Unida con la tuya se acordaría en cadencia,
No callando sin eco entre el mudo auditorio.

Mas no me cuido de ser desconocido
En medio de estos cuerpos casi contemporáneos,
Vivos de modo diferente al de mi cuerpo
De tierra loca que pugna por ser ala
Y alcanzar aquel muro del espacio
Separando mis años de los tuyos futuros.
Sólo quiero mi brazo sobre otro brazo amigo,
Que otros ojos compartan lo que miran los míos.
Aunque tú no sabrás con cuánto amor hoy busco
Por ese abismo blanco del tiempo venidero
La sombra de tu alma, para aprender de ella
A ordenar mi pasión según nueva medida.

Ahora, cuando me catalogan ya los hombres
Bajo sus clasificaciones y sus fechas,
Disgusto a uno por frío y a los otros por raro,
Y en mi temblor humano hallan reminiscencias
Muertas. Nunca han de comprender que si mi lengua
El mundo cantó un día, fue amor quien la inspiraba.
Yo no podré decirte cuánto llevo luchando
Para que mi palabra no se muera
Silenciosa conmigo, y vaya como un eco
A ti, como tormenta que ha pasado
Y un son vago recuerda por el aire tranquilo.

Tú no conocerás cómo domo mi miedo
Para hacer de mi voz, mi valentía,
Dando al olvido inútiles desastres
Que pululan en torno y pisotean
Nuestra vida con estúpido gozo,
La vida que serás y que yo casi he sido.
Porque presiento en este alejamiento humano
Cuán míos habrán de ser los hombres venideros,
Cómo esta soledad será poblada un día,
Aunque sin mí, de camaradas puros a tu imagen.
Si renuncio a la vida es para hallarla luego
Conforme a mi deseo, en tu memoria.

Cuando en hora tardía, aún leyendo
Bajo la lámpara luego me interrumpo
Para escuchar la lluvia, pesada tal borracho
Que orina en la tiniebla helada de la calle,
Algo débil en mí susurra entonces:
Los elementos libres que aprisiona mi cuerpo
¿Fueron sobre la tierra convocados
Por esto sólo? ¿Hay más? Y si lo hay ¿adónde
Hallarlo? No conozco otro mundo si no es este,
Y sin ti es triste a veces. Ámame con nostalgia,
Como a una sombra, como yo he amado
La verdad del poeta bajo nombres ya idos.

Cuando en días venideros, libre el hombre
Del mundo primitivo a que hemos vuelto
De tiniebla y de horror, lleve el destino
Tu mano hacia el volumen donde yazcan
Olvidados mis versos, y lo abras,
Yo sé que sentirás mi voz llegarte,
No de la letra vieja, mas del fondo
Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
Que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y habré vivido.

Luis Cernuda, Como quien espera el alba, 1947.

 

BIBLIOGRAFÍA

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- VILLENA, L. A., Luis Cernuda, Omega, Barcelona, 2002.

 

© Roberto Augusto Míguez 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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