Los límites del espejo:
cultura es naturaleza

Patricio Eufracio
El Colegio de Puebla (México)


 

   
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En la cultura colombiana provocación es antojo, de ahí su expresión “me provoca un tinto” cuando el aroma del café los impulsa a beberlo sin importar el momento o la temperatura ambiente. En ese sentido discursivo de provocación y antojo (maravillosa hiperposibilidad, multitextualidad semántica de nuestro idioma), me atrapa y libera el artículo de Joaquín Aguirre: “La mujer descabezada. Representaciones de la Gorgona en la poesía de mujeres”, publicado en esta edición de Espéculo.

Por un lado, me atrapa su interpretación de la posmodernidad como un equilibrio (dinámico, espero) entre discurso y construcción con la que define el universo simbólico en que nos hemos transformado teniendo a la cultura y la naturaleza como los referentes que determinan nuestro ser, dinamizado, a su vez, entre animalidad (naturaleza) y humanidad (civilización); y, más bien, civilidad, entendida ésta como el cauteloso tempero equilibrado entre la cortesía y el zarpazo a que nos impulsa nuestra lucha cotidiana, circunscrita entre la oferta y la demanda.

Por otro lado, el discurrir de Joaquín me libera al reconocerme como producto natural con denodada aspiración cultural que, al igual que él, considera al Lenguaje como la moneda de canje corriente entre los hechos y las ideas, y, por extensión, entre mis hechos e ideas con los tuyos, acto éste de suprema amabilidad entre dos seres pensantes que nos permite definir y, por fortuna, redefinir los discursos con los cuales hemos pretendido entendernos a nosotros mismos y comprender a los otros.

El inteligente recorrido del Dr. Aguirre que muestra y demuestra las raíces del poder embozado en las estructuras eternas y despóticas de un Pater mandamás y egoísta, lo mismo en la familia que en el estado, desemboca en una denuncia no sólo de la aberrante lapidación social que las mujeres sufren en distintos grados, según hayan nacido en África, Asia, América, etcétera, sino sobre todo de la responsabilidad, casi complicidad, que los hombres tenemos en ello.

Líneas adelante el autor propone y sustenta, la invocación del mito de la Medusa, furia mortal y mortífera, como un camino para aproximarse a la obra de las mujeres poetas empeñadas en provocar: “una deconstrucción del sentido subyacente de determinadas formas culturales que han constituido el acervo simbólico, narrativo y poético occidental ya sea a través de los mitos grecolatinos o de los cuentos populares, leyendas, etc.” Para delimitar el justo espacio de su interpretación Joaquín convoca en su apoyo a lo horrendo: “es el mal que causa el mal, aquello de lo que es necesario estar prevenido, la amenaza permanente”; y, al combate sempiterno del yin y el yang, aquí referido por la historia de Perseo que ilustra la posición de las mujeres poetas cuyo ejemplo y leitmotiv reflexivo de Aguirre recae en la persona de la poeta Tina Suárez.

Los pormenores de este texto de Joaquín María es mejor disfrutarlos con deleitoso interés en su versión original, así como los poemas en el libro de la propia Tina. Sin embargo y no obstante estar de acuerdo con lo planteado, la provocación y el antojo iniciales que despertó la lectura de este texto no me quedaban satisfechos. En la relectura encontré el por qué: no se profundiza en el papel del espejo (no por falta de recursos especulativos sino quizás, tan sólo, debido a la ineludible tiranía del espacio de la página); espéculo, artefacto sin el cual Perseo no habría vencido, Medusa continuaría con vida y las poetas referidas necesitarían de algún otro mito para florecer teóricamente.

Soy borgiano por circunstancias geográficas, anímicas y temporales, y, más aún, personaje del realismo mágico de la cotidianeidad encantada latinoamericana y, por lo tanto, no puedo soslayar la provocativa riqueza que representa colocarse frente a esa pulida superficie reflejante que no puede mentir y por ello, nos impulsa a suavizar sus verdades con la fantasía de creernos, por querernos, mejores que nuestro reflejo, al grado de, en ocasiones, no reconocer los límites que el propio espejo nos impone.

Consecuencia, el antojo y la provocación dirigen y acaso tiranizan, las siguientes reflexiones sobre el espejo, el reflejo y la dolorosa ecuación de que “cultura es naturaleza”.

 

El espejo

De todas las historias y mitos, pasados y actuales, en los que un espejo es personaje central (Narciso, con su espejo de agua; el terrible espejo pictórico de El retrato de Dorian Gray; y en estos tiempos de Harry Potter, el espejo en el que este brujo infante y heroico logra mirar a sus padres aniquilados por el malvado Voldemort), el relato de Perseo y Medusa es, sin duda, uno de los más atractivos pues en él se equilibran la razón del héroe y el triunfo de la humanidad sobre los demás seres que pueblan nuestra terrícola orfandad universal, pero, sobre todo, porque nos muestra la fascinación que encierran los espejos de ser copistas fieles y sin embargo, intangibles de la realidad que tienen frente a ellos: certeza y duda a un mismo tiempo, nítida e inaprensible, como los sueños y las nubes; espejos: sobre capacidad de nuestros ojos que nos permiten la exploración de los propios rostros y espaldas, de la incipiente calvicie, de la tripa y celulitis; de nuestra vejez.

Un atractivo adicional del encuentro entre Medusa y Perseo lo constituye la transformación que la mirada maligna de la Gorgona sufre al tocar la limpidez del espejo, perdiendo en su pulida superficie su capacidad destructora; lo horrendo se trastoca en inofensiva mirada gracias a la magia atrapada en esa unidimensionalidad reflejante. ¿Acaso en ello se encuentra la clave para acabar con la malignidad del mundo, trastocar en un único plano su tridimensionalidad natural reduciendo con ello su capacidad destructiva? Es posible, pues sabemos que en la unidimensionalidad de la televisión y el cinematógrafo, tanto las guerras como los grandes amores (destructores de la calma marital), se desdibujan al encenderse las luces de la sala o cambiar de sintonía.

Siendo así, ¿quién resulta, en resumidas cuentas, ser el héroe: Perseo o el espejo? Y no es fácil la respuesta asegurando que el espejo es una cosa y Perseo un ser, pues en la mitología contemporánea que Borges nos ha legado existe un relato en el cual dos puñales, enemigos jurados, obligan a matarse a hombres que no se conocen y menos se odian. Y a estas fechas de la galopante globalización y los espejos (mirrors) con los que la Internet reproduce hasta el infinito sus contenidos ¿sería menos verosímil Jorge Luis que cualesquiera de los poetas del mundo antiguo? No lo creo; o, al menos, no lo deseo; no se lo deseo a los jóvenes y niños, hijos de la cibertecnología de este siglo cuya realidad, o irrealidad, según quiera interpretarse, aún no ha terminado de despuntar.

Algo más sostiene y existe detrás del espejo: su manufactura humana; es decir, el triunfo de la civilización sobre la animalidad que se evidencia lo mismo desde el modesto ejemplo del espejo de mano que nos permite inspeccionarnos entre los apretones del tren subterráneo cada mañana, hasta los magníficas aparatos tecnológicos compuestos por espejos y lentes (primos hermanos de aquellos) que nos permiten escudriñar las entrañas de los microbios y del cosmos. Y qué decir del láser, formado por cilíndricos espejos de rubíes, arma imprescindible en las batallas de la cinematografía intergaláctica de George Lucas o inapreciable aliado localizando y destruyendo miasmas malignos en nuestros cuerpos enfermos. Vence Perseo a Medusa con la ayuda que le proporcionan los anónimos humanos que crearon la espada y el espejo. Es decir, victoria conjunta de la naturaleza (física, anatómica) y la cultura (manufactura, tecnología) en la que ha nacido Perseo.

 

Espejo: símbolo y discurso

Siguiendo la línea reflexiva del Dr. Aguirre, intentaré abordar al espejo como símbolo y como discurso.

Para iniciar elijo la propuesta interpretativa de Ricoeur sobre el símbolo, que hallé en un texto editado por la Universidad Ramón Llul:

Todo símbolo tiene una dimensión poética que se refiere a aspectos y valores que no pueden expresarse con el lenguaje directamente descriptivo; apunta y orienta hacia aquello que tiene que ser descubierto (...) Ricoeur define el símbolo como un signo o conjunto de signos dónde un sentido primario o literal expresa otro sentido indirecto o figurado que sólo puede ser dicho y aprehendido a través del primero. El sentido segundo que se manifiesta en lo literal y se alza sobre él, es lo importante, pero no puede ser expresado si no a través de lo literal (eso distingue el símbolo de la alegoría). (La relación filosofía-fe y la interpretación del lenguaje religioso, 2003).

Simplificando diré que para Ricoeur las dos unidades fundamentales de un texto son la palabra y el discurso. A éste último le atribuye la tarea de mediar entre el orden de los signos y las cosas; o sea, entre las palabras y su orden implícito, y las cosas a las cuales les hemos asignado, arbitrariamente a decir de Saussure, las palabras en su acción significativa. Discurso así sería la mágica mediación que se logra obtener entre las cosas y yo -y entro yo y los otros- gracias a una lengua dada.

Por su parte, una palabra (en cuanto significado) se modifica en símbolo cuando uno o más de sus posibles interpretaciones se sublima y es más que la propia palabra. “Dios” es, sin duda, el ejemplo supremo de esta sublimación.

En este orden de ideas ¿qué en el espejo es símbolo y qué discurso?

 

Discurso

A mi entender el artefacto que denominamos espejo posee la capacidad simultánea de ser objeto y sujeto. Según sea el caso, su posibilidad discursiva cambia.

Encuentro que el objeto espejo es, por un lado, discurso y, al mismo tiempo, posibilidad de discurso. Abundo con la intención de aclarar.

El objeto espejo (vidrio, película argéntica, biseles, marcos, etcétera) se constituye en un vehículo para el discurso entre dos seres o, si sólo yo me contemplo en su superficie, posibilidad de discurso entre mi yo y mi reflejo; a pregunta expresa un amigo filósofo definió esta última acción como un encuentro entre mi ente y mi mente. En este sentido el espejo únicamente participa como mediador al facilitar, a través del código del reflejo, el discurso.

Por el contrario, cuando el espejo se trastoca en sujeto (reflejo, interpretación luminosa, etcétera) adquiere por sí mismo la capacidad de discurrir; o sea, de ser discurso. Esto sucede cuando lo reflejado, por distintas y múltiples razones, no resulta fiel a aquello que se capta en su superficie, de tal suerte que la imagen reflejada dice, discurre, su propia interpretación de lo que tiene enfrente. El ejemplo más llano que se me viene a la memoria es el asombroso discurso que en las ferias itinerantes nos proponen los salones de espejos cóncavos y convexos en los que nuestro reflejo adquiere dimensiones y volúmenes sorprendentes que mueven a la risa. Otro ejemplo más y que me maravilla desde crío, es el calidoscopio; fascinante juguete compuesto por tres espejos inmersos en un tubo de cartón que por efecto combinado de la luz, el reflejo y algunos trozos de vidrios y papeles de colores forman a los ojos del atisbador un discurso mágico, efímero e irrepetible.

Visto así, ya objeto ya sujeto, el espejo es sin duda discurso.

 

Símbolo

En cuanto a la capacidad simbólica de los espejos creo cabalgar en terreno reflexivo más apisonado y apasionado.

Así como la copla denomina a los ojos como el espejo del alma, a mi juicio, la literatura y en particular la poesía, se constituyen en el espejo, al menos uno de ellos, del espíritu. La capacidad metafórica de la lengua, cualquiera de ellas, permite sublimar al espejo -objeto o sujeto- en nicho simbólico.

Retomando la copla mencionada diré que el simbolismo encerrado en ella es la capacidad anímica de transformar la función fisiológica de los ojos de captar el entorno lumínico y dimensional del mundo exterior en una acción inversa que permite al observador atisbar el alma de una persona a través de los ojos de ella misma. En ese sentido el espejo simboliza la capacidad compartida por los ojos, tanto del observador como del observado, de reflejar el ánimo interior de una persona. Preguntando a algunos conocidos hallé que, en ejercicio de esta acción simbólica señalada en la copla, lo que cada quién intentamos percibir es el destello de vivacidad espiritual que se anima en los ojos y que no se limita únicamente al brillo producto de la refracción que poseen todos los cuerpos cristalinos. La diferencia entre brillo y destello sería que en aquél sólo existe el acto físico del reflejo luminiscente cuyo origen se encuentra en una fuente luminosa exterior; mientras que en éste, la emisión del destello se acuna en el interior, en la espiritualidad que nos anima a los seres humanos en algunos momentos de plenitud.

Entendido así, el espejo sería un símbolo.

 

Cultura es naturaleza

Finalmente, necesito decir algo sobre la ecuación “cultura es naturaleza” apuntada por el Dr. Aguirre.

Acertadamente Joaquín María señala la relación entre cultura y naturaleza: “A nuestra naturaleza biológica hemos superpuesto una capa cultural que nos envuelve determinando nuestras posiciones y relaciones”. De este binomio es posible deducir más de una intimidad relativa; cultura y naturaleza: se oponen, se complementan, se corresponden, se fusionan, etcétera.

Por mi parte me intereso y destaco una: la cultura es naturaleza; dicho en términos hindúes: esto es aquello; o sea, la cultura es la acción humana que alimentando su naturaleza la transforma en culta; entendiéndose “culta” como “distinta” de lo original. Aceptado así, no existirían los hombres naturales; cuando menos no por siempre puesto que todos, salvo quizá los alienados, producimos o incorporamos cotidianamente a nuestro ser algún elemento factible de considerarse como cultural; es decir, algo que modifica el estado adánico que nos adjudicamos cuando recién nacidos; estadio universalmente aceptado como completamente “natural” y efímero. De tal suerte, al evolucionar perdimos irremediablemente la naturaleza al trastocar nuestra animalidad en humanidad. Irremediable, he escrito, pues creo que, como lo señala bellamente Saint Exupery en El principito, la domesticación (variante ésta de la culturización) del zorro por el príncipe niño resulta irreversible. Cuando bajamos del árbol a la pradera nos transformamos en otro tipo de primate, a la vez próximo y lejano del chimpancé; en un mono culto. De ahí en adelante nuestra naturaleza fue ser cultos. Y hasta la fecha, cuando arriesgamos el paso hacia el multiculturismo.

 

El último reflejo

Como colofón relataré una práctica de los indígenas del sureste de mi país. Lo grupos étnicos del estado mexicano de Chiapas (cuyos patronímicos son maravillosos: zotziles, zetzales, tojolobales, etcétera), han vivido un mestizaje cultural del cual destacan, entre otros, el sincretismo religioso. Sus deidades hoy día son una mezcla, tanto en sus nombres como en sus representaciones figurativas, de dioses indígenas y santos católicos. Ejemplo maravillosa de ello se encuentra en el poblado de San Juan Chamula (quizá también en otros pueblos cercanos, pero en éste lo he visto con mis propios ojos), puesto que sus deidades presentan un atributo singular: no poseen un rostro y su lugar lo ocupa un espejo; por lo demás estos santos, figuras de San José o San Ignacio, no se hayan colocados en nichos altos sino que se yerguen al ras del piso, de ahí que todo aquel que se aproxima, ya sea a orar o a conversar con él, lo que mira al hablar es su propia faz reflejada. A pesar de mis pesquisas, no logré que alguno de aquellos devotos me aclarara si la transmutación era que el creyente se mira como santo o si el santo se personaliza en el momento de la oración. Felizmente, aquellos hombres y mujeres no tienen estas preocupaciones existenciales y deben haberme imaginado loco o descreído por hacerle tan insolente y absurda pregunta. Lo cierto es que la dimensión que adquieren las plegarias frente a un santo con mi propio rostro es infinitamente más impactante y comprometedora, pues el interlocutor y depositario de mis penas y necesidades no se encuentra en un remoto e inaccesible lugar celeste, sino que se halla en mi propia dimensión y temporalidad por lo que no es posible la delegación en ojos distintos a los propios de las fallas, carencias y temores personales. El espejo/rostro del santo impide eludir la responsabilidad al afirmar en su reflejo: “nadie más es tu naturaleza y tu cultura”. Nadie más.

 

© Patricio Eufracio 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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