Silencio interior, soledad y belleza,
tres constantes en la trayectoria literaria
de José Jiménez Lozano

Ana Calvo Revilla
Universidad San Pablo-CEU de Madrid


 

   
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El 12 de diciembre de 2002 el jurado del más reconocido galardón de las letras hispánicas y de literatura en lengua castellana ha defendido la solidez de la trayectoria literaria de José Jiménez Lozano con la concesión del Premio Cervantes. Anteriormente, en 1988, le había sido concedido el Premio Castilla y León de las Letras; en 1989, el Premio Nacional de la Crítica de Narrativa por su libro de relatos El grano de maíz rojo, y en 1992, el Premio Nacional de las Letras Españolas.

Natural de Langa (Ávila, 1930), posee una amplia formación jurídica y humanista. Licenciado en Derecho y Filosofía y Letras por las Universidades de Valladolid y Salamanca, trabajó en la redacción del diario vallisoletano El Norte de Castilla -del que más tarde sería nombrado director en 1992-, donde pronto destacaría por su maestría como columnista, que le ha merecido establecerse dentro de una generación de escritores que ejercen el periodismo, como Miguel Delibes o Francisco Umbral, entre otros. En este campo recibió en 1994 el premio Luca de Tena de Periodismo por “El eterno retablo de las maravillas”, y en el 2000 el V Premio Nacional de periodismo Miguel Delibes por su artículo “Sobre el español y sus asuntos”.

Prolífico cultivador de géneros distintos, se ha mantenido siempre al margen de las modas pasajeras, del afán desmedido de contemporizar con su tiempo, cultivando con idéntica maestría la prosa y el verso; se ha acercado al ensayo, cuando ha necesitado hacer un análisis o exposición de hechos o ideas; al relato, para contarnos historias y vidas siempre breves que, prolongadas en el tiempo, perderían intensidad; y a la poesía, cuando sólo podía escribir de esa manera, como si de fulguraciones se tratara.

Lector infatigable, fascinado en su niñez por las lecturas bíblicas que narraban la vida de José y sus hermanos, por Los viajes de Gulliver y Corazón de Edmundo de Amicis, y amante de los cuentos de Poe, es hoy autor de una ingente producción literaria, en la que la muerte, la naturaleza y los temas religiosos son compañeros de camino.

Sus primeros tanteos literarios los realiza con el ensayo Un cristiano en rebeldía en 1963, y Meditación española sobre la libertad religiosa (1966). Cultiva posteriormente la novela, en concreto, la novela histórica: en 1971, con la novela Historia de un otoño y, en 1972, con El sambenito, ambientadas amabas novelas, respectivamente, en el drama de Port-Royal y en la España de finales del siglo XVIII.

En 1973, -en esta ocasión teniendo de fondo la guerra civil española-, escribe La Salamandra, y también una recopilación de artículos de temática religiosa aparecida bajo el título La ronquera de Fray Luis de León y otras inquisiciones (1973). En 1974 vuelve a la reflexión religiosa con El aggiornamiento del papel del laico en la Iglesia y su acción apostólica, Juan XXIII.

Le suceden El santo de mayo (1976), y un año después, en 1977, publica una serie de artículos en Retratos y soledades, seguidos del ensayo publicado en 1978, Los cementerios civiles y la heterodoxia española. 1982 es testigo de la publicación de la novela Duelo en la casa grande y del ensayo Sobre judíos, moriscos y conversos.

En 1986 publica el primer volumen, de una serie de tres dietarios, que recoge anotaciones del autor, Los tres cuadernos rojos, que irá seguido de otras publicaciones: el ensayo Guía espiritual de Castilla (1984), Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda 1325-1402 (1985), el ensayo Los ojos del icono (1988), y también de este año el ensayo Ávila; la novela Sara de Ur (1989), Los grandes relatos (1991), El Mudejarillo (1992) y el ensayo de crítica cultural y segunda serie de anotaciones del autor, Segundo abecedario (1992). 1993 es la fecha de la publicación de su poemario, Tantas devastaciones, y de su novela, La boda de Angela, y Relación topográfica. Y en 1993 aparecen publicados el estudio introductorio a la Poesía de san Juan de la Cruz, y los noventa y un relatos, cuentos fugaces, brevísimos que constituyen El cogedor de acianos.

Las siguientes novelas publicadas son Teorema de Pitágoras (1995), en la que se nos narra la presencia del mal, sin que no haya lugar para gestos llenos de bondad en algunos de sus personajes; le sigue un año de intensa producción literaria, pues en 1996 se publican: el tercer volumen de las anotaciones penetrantes y críticas del autor recogidas desde 1988 a 1993, La luz de una candela; la novela Las sandalias de plata; y Un dedo en los labios, una serie de cincuenta y cuatro relatos cortos que constituyen una selección de semblanzas femeninas, entre las que se dibujan, mediante finas pinceladas de matizado tono poético, los rostros bíblicos de Sara, Ruth o la Virgen María.1

Les suceden Los compañeros (1997); y en 1998 la novela de contrastes, Ronda de noche, y la serie de relatos titulada El balneario; en 1999 se publica Las señoras, y en el 2000, Un hombre en la raya.

La vida de un maestro de pueblo castellano nos es contada por tres de los que fueron sus alumnos en Maestro Huidobro, no sin antes haberla dejado reposar y dormir durante cuatro años. En 2001 publica una semblanza del agustino Fray Luis de León, y de la sociedad de su época, y también Los lobeznos. El tema bíblico -la historia del profeta- vuelve a ser central en El viaje de Jonás (Cuadernos del Bronce, 2002), y le permite recrear con un tono poético el tema del conocimiento del mundo, de su realidad ontológica o apariencial.

Con la publicación de Los cuadernos de letra pequeña (Pre-Textos, 2003) vuelve a su faceta literaria de escritor de diarios; en esta obra tienen cabida las notas y reflexiones efectuadas por el autor entre los años 1993 y 1998 a raíz de acontecimientos de la vida cotidiana, que reflejan las inquietudes, los pensamientos de un espíritu abierto a la trascendencia.

A su vocación de articulista regresa con la publicación del libro Ni venta, ni alquilaje (2003), en el que se hace una defensa a ultranza de la “individualidad poética”, en palabras de José María Pozuelo Yvancos.2

Su obra poética, tardía si se tiene en cuenta que su primera publicación poética es de 1993, y algo dispersa en el tiempo, está constituida por los siguientes títulos: Tantas devastaciones -publicada por la Fundación Jorge Guillén de Valladolid-, por Un fulgor tan breve (Hiperión, 1995), El tiempo de Eurídice (Fundación Jorge Guillén, 1996), y Elegías menores (Pre-Textos, 2002).

La dureza de la posguerra le hizo acercarse con ternura al ser humano y ser testigo presencial de un tiempo lleno de historias narradas y contadas; José Jiménez Lozano escribe basándose en la memoria de otros, sin permitir que en su alma aniden y tengan cobijo los violentos odios y rencores del momento vivido. Y son éstas, y otras historias que nos cuenta, retazos de vida contados por el mero placer de ser contados. y nos transmite su pasión por las historias de la gente, de las que él ha declarado ser un apasionado.3

Su narrativa tiene la habilidad de penetrar en el alma de los personajes, y también de los lectores; nos aproxima a vidas sencillas, de seres auténticos, a personajes de carne y hueso; vidas sencillas de gentes sencillas que, cuando cuentan historias, tratan de ser protagonistas de sus melancolías, curiosidades, confidencias e inquietudes; historias y vidas, con las que el autor se encuentra en una relación de empatía, en una comunidad de sentimientos y de afectos íntimos, por tratarse todos ellos de temas afines a la condición humana, de esos universales antropológicos o formas de lo imaginario cultural.4

Sus personajes simbolizan un mundo espiritual, profundamente interiorizado, escondido al ruido exterior, al bullicio y alejado de cualquier forma de frivolidad y superficialidad. Quizá por este motivo, su obra reclama una lectura silenciosa, serena y reflexiva.

José Jiménez Lozano cree que el escritor lo recibe todo, y que sólo ha de cultivar una actitud permanente de escucha y una especial sensibilidad ante lo que percibe; nuestro narrador y poeta es consciente de que si él no logra vivir las vidas de sus personajes, tampoco podrá el lector vivirlas y no habrá entonces historia ni mundo literario. La veracidad del relato no responde, pues, a la existencia física del mismo, sino a la veracidad de los rostros, y de las almas.

Los protagonistas de sus obras son personajes con alma propia, con un rostro propio, con sus propios ojos y su propio mirar. Ellos tienen su vida y José Jiménez Lozano la suya. Y el autor respeta la peculiaridad de cada uno de ellos; cada personaje habla como lo que es. Y son las palabras de cada uno de ellos los que nos dan a conocer sus secretos, sus sentimientos más hondos. Se entiende así que José Jiménez Lozano haya manifestado su disgusto hacia el término creación, para aplicarlo a la literatura, y a la concepción del narrador como un demiurgo.

José Jiménez Lozano nos enseña a mirar. La poesía siempre nace de una mirada. Es la suya una mirada llena de ternura, de ironía, de comprensión y respeto. Una mirada que está en el silencio interior, en seres marginales como la Zótica de Los grandes relatos, o la Luisilla de Un dedo en los labios, descrita en estos términos:

“Era como un gorrioncillo, y siempre estaba sentada en la escalera, en un descansillo, contra la pared para no hacer estorbo; y miraba a todos con aquellos ojos tan grandes que le comían media cara y eran tan azules; tan rubio y sedoso su pelo, tan triste su sonrisa”.5

La mirada, los ojos, son una constante en su producción literaria; y es que -como él mismo ha contado- escribe ofreciendo los ojos de sus personajes al mundo para mirarlo de otro modo. Tras las miradas, los gestos, movimientos y acciones de sus personajes late un universo profundo, íntimamente humano, que ha convertido al ser humano en el centro de su obra. Unos ojos inventados, unos personajes que no tienen una réplica en el mundo real, pero que gozan de una realidad superior, más consistente que la que nos ofrece este mundo real que habitamos.

La mirada de José Jiménez Lozano se desarrolla en el tiempo y está llena de la condición temporal de la existencia humana. Por este motivo, en su mundo literario desempeña un papel fundamental la memoria, inmersa en una cierta nostalgia de la realidad, de los sucesos acaecidos en el pasado6; con frecuencia, los recuerdos parecen esperar en un rincón de la memoria hasta que alguien los saca a la luz, en medio muchas veces de una neblina -uno de los motivos temáticos recurrentes en su obra-. Esta memoria se convierte en un universo estético y colorista, impregnado de sensaciones visuales, táctiles, olfativas, que facilitan al lector la tarea de reproducir lo narrado.

Es frecuente en su narrativa el recurso a las imágenes sacadas de la naturaleza7 y del mundo animal; y también la presencia del silencio, asociado unas veces a la muerte8, y otras, al sufrimiento; un silencio ambiental que acompaña a la soledad, que deja tiempo para la reflexión, un silencio petrificado, que añade dramatismo.

En sus páginas nos encontramos ante una literatura de lo cotidiano, de lo sencillo y ordinario, de los detalles minúsculos del vivir de cada día; eso sí, narrados de modo magistral, con la sublimidad poética que permanece escondida en las realidades más sencillas, que de la mano de José Jiménez Lozano aprendemos a descubrir.

Su lectura invita a la reflexión propia del silencio y de la soledad. Su frescura y sencillez, su ingenuidad y pureza chocan frontalmente con la realidad descarnada, deshumanizada, que desde otros ambientes literarios se nos presenta con toda su carga de hipocresía y vacío existencial. Nada hay de superficial ni marginal en sus mundos ficcionales. Nos encontramos ante un humanista cristiano, que contempla la vida desde una óptica religiosa.

El autor cultiva con soltura los poderes evocadores, sentimentales e imaginarios de las propiedades formales del texto, que adquieren en su prosa y en su poesía un significado pleno, porque las alienta la grandeza de espíritu de los personajes que las encarnan.

Sobresale en su narrativa la capacidad del lenguaje para nombrar, y del lenguaje literario para expresar un sentimiento sin decirlo, para evocar lo visto y oído, a través de una descripción colorista de la realidad vivida, imaginada o soñada.

Se aprecia un gusto deliberadamente cultivado por la brevedad y por la depuración de la expresión, de toda palabra banal y superflua. Y en ese esfuerzo de brevedad y trascendencia, sostenido por su deseo de captar la esencia y la máxima intensidad de la expresión, se mantiene a lo largo de su trayectoria. Y es que el poeta que es Jiménez Lozano nos muestra que la poesía necesita pocas palabras. Y cuando estas palabras aparecen, lo hacen trazando hilos de complicidad, lazos estrechos entre el autor, el lector y el mundo. Al lector le basta una mirada serena para comprenderlo.

José Jiménez Lozano maneja con mimo el lenguaje y nos ofrece un estilo depurado, sobrio, pausado, con frecuencia sensual, impregnado de matices cromáticos. Una fuerte expresividad emotiva y poética, lograda a través de la dosificación de mecanismos formales (polisíndeton, pausas moderadas en el ritmo de las palabras, enumeraciones y acumulaciones de sintagmas nominales, diminutivos, e interjecciones, etc.), y de una metáfora conscientemente desechada9. El adjetivo preciso y sobrio, la reiteración de las palabras, la presencia en su literatura de muchos rasgos de oralidad constituyen una forma especial de ver el mundo y los seres que lo habitan.

Su prosa poética está revestida del sabor afectivo y cariñoso del diminutivo, de un elevado valor emotivo, eco de esa proximidad afectiva que mantiene con los personajes que desfilan en cada una de las historias narradas, contemplados siempre desde su mejor óptica, desde aquella que manifiesta más su belleza y genera ternura y comprensión en el lector que se acerca; la mirada se recrea en los detalles nimios, imperceptibles a una mirada superficial, rápida o poco serena; con propiedad se podría hablar en su obra de la presencia de una estética de lo pequeño, de lo frágil y quebradizo o fragmentario.

El gusto de Azorín por lo pequeño, la prosa depurada de Miguel Delibes, el misticismo religioso de San Juan de la Cruz, el pathos existencial y agónico unamuniano, entrecruzándose con la vida de algunos de sus personajes serán, entre otros, los ecos que el lector encontrará a lo largo de estas páginas tan brillantes de la literatura hispánica y nos atrevemos a presagiar, universal.10

Este modo tan entrañablemente humano de acercarse al mundo, a las personas y a las cosas, termina por configurar su mundo literario, dominado por un velado y sobrio tono poético, por un espíritu sosegado y tranquilo, y por un castellano que alcanza ahora una de sus cimas en este siglo XXI.

Es fácil presagiar que se cumplirá el sueño que manifestó en una entrevista que se le hacía en el diario El Mundo, cuando se le preguntaba sobre el deseo del eco de su obra en la posterioridad: “tengo la ambición de que pueda acompañar a alguien” (16 de mayo de 1998).

Estamos convencidos de que así es. Si en su vida penetraron las lecturas de la Biblia, de la Subida al Monte Carmelo, Pascal, Spinoza, Cervantes, Edith Stein, Flannery O’Connor, Julien Green, Péguy, Mauriac, Bernanos, Simone Weil, Pirandello, Keats y Dostoievski, etc.11, también serán muchas -eso esperamos- las vidas acompañadas de la lectura de José Jiménez Lozano, que ya ha entrado en ese canon de autores -y de libros- tan magistrales que, como las personas, puedan cambiar el rumbo de una vida y trastornarla; para muchos lectores, José Jiménez Lozano quedará, sin duda, como un amigo con quien se charla en conversación sincera y pausada; como él declaró en una entrevista acerca de algunos de los autores anteriormente citados, “esos señores y señoras son muy viejos amigos, y se charla con ellos. Es lo que nos enseñaron que había que hacer”.12

La belleza, la bondad, la ternura, la compasión y la gratuidad son, entre otros, los valores que nos ofrecen los personajes de su producción literaria, de amplias raíces culturales. Su obra bien puede ser definida como un canto a la belleza, a esa belleza de la que él en una de sus colaboraciones periódicas en la Tercera de ABC, del 13 de diciembre de 2002 diría: “es que parece que de belleza y de lo que en ella se cuenta, los ojos y el corazón de los hombres no pueden pasarse, sin disminuirse y dar en idiocia o en barbarie (…)”.

Terminamos ya con aquellas otras palabras que manifestara el 13 de mayo de 1998 en su periódico El Norte de Castilla: “En las antiguas posadas españolas, había un letrero que decía: ‘Aquí, el viajero encontrará lo que traiga’, y eso es lo que nos ocurre en nuestra vida: nos encontramos con un mundo que vamos a ver, entender y sentir, según lo que llevemos dentro de nosotros; y quien lee ya lleva consigo “anteojos de siglos”, pensares de siglos, sentires de siglos, que le han dado los libros y él ha ido rumiando. ¿Cómo iba a enterarse si no, por su propia cuenta?

Y animamos a nuestro lector a dejarse acompañar, en su soledad interior, de la obra de José Jiménez Lozano; a dejarse habitar por los ecos de esta poesía y narrativa inextinguible, nacida y crecida en el aislamiento consciente de los círculos públicos literarios, del bullicio -quizá porque la más auténtica y genuina literatura nacen, como a él le gusta decir, del silencio interior, impregnado de soledad, de rumia, de reflexión; y son fruto, también, de ese enigma que hay en todo ser humano y, por lo tanto, en toda literatura y manifestación artística-.

 

Notas:

[1] Cfr. P. Alonso Palomar, “Notas sobre la mujer: Sara de Ur, de Jiménez Lozano”, Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 1995 (13), pp. 287-294.

[2] Cfr. J. M. Pozuelo Yvancos, “Tener discurso”, Blanco y Negro Cultural, 2003, 22 de febrero de 2003, p. 9.

[3] Cfr. A. Garrigós, “Sobre la lectura. Carta abierta a Don José Jiménez Lozano”, Archipiélago, 1996 (26-27), pp. 146-153.

[4] Para un estudio sobre la poética de lo imaginario resultan imprescindibles las siguientes lecturas: cfr. García Berrio, A., “¿Qué es lo que la poesía es?”, Lingüística española actual, 1987, IX, 2, Homenaje al Profesor Julio Fernández Sevilla, pp. 177-188, y García Berrio, A., Teoría de la Literatura (la construcción del significado poético), Madrid, Cátedra, 1994, 2ª ed. revisada y ampliada. También M. Rubio Martín, “Fantasía creadora y componente imaginario en la obra literaria”, Estudios de Lingüística, 1987, 4, pp. 63-76.

[5] Cfr. Jiménez Lozano, J., Un dedo en los labios, Madrid, Espasa-Calpe, 1996, p. 67.

[6] Véase el estudio profundo realizado por F. J. Higuero sobre la función de la memoria en la narrativa de José Jiménez Lozano; cfr. Higuero, F. J., La memoria del narrador. La narrativa breve de Jiménez Lozano, 1993, Valladolid, Ámbito. También está reflejado este aspecto, aunque referido a una obra concreta, en el estudio de M. J. Schneider, “José Jiménez Lozano, Los grandes relatos”, Anales de la Literatura española contemporánea, 1994, 19 (1-2), pp. 399-401.

[7] El papel desempeñado por la naturaleza en su obra Un fulgor tan breve, ha sido objeto de estudio por parte de F. J. Higuero, “Diseminación deconstructora de la identidad en un Fulgor tan breve, de Jiménez Lozano”, Signa. Revista de la Asociación Española de Semiótica, 1997, (6), pp. 327-342.

[8] Cañizal de la Fuente, L., “Jiménez Lozano: Castilla, muerte y vida”, Insula, 1986, 41, pp. 470-471.

[9] Unos apuntes sobre el estilo de José Jiménez Lozano han sido efectuados por L. Cañizal de la Fuente, “Dos maneras de inquietar: Zamora Vicente y Jiménez Lozano”, Insula, 1977, (371), pp. 12-13.

[10] La huella de la prosa de Azorín o de Miguel Delibes ha sido señalada por algunos críticos literarios: cfr. L. Suñén, “Duelo en la casa grande de José Jiménez Lozano”, Insula, 1983, p.17 y T. Mermall en Reseña sobre “El mudejarillo”, Anales de la Literatura española contemporánea, 1993, 18, pp. 399-40, respectivamente

[11] A José Jiménez Lozano le gusta de hablar de “complicidades”, en lugar de influencias, tal y como manifestó en la entrevista que se le hizo en 1994: cfr. ABAD, C., “José Jiménez Lozano: el escritor no puede lamer los zapatos de la clientela`”, en Nuestro Tiempo, 1994, mayo, pp. 68-75.

[12] Cfr. entrevista realizada por Alfonso Armada a José Jiménez Lozano, publicada en ABC, 13 de diciembre de 2002, pp. 52-53,

 

© Ana Calvo Revilla 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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