Gaspar Melchor de Jovellanos versus Francisco Ayala:
dos hombres y una misma vocación de destino

Julia Cela
Instituto Universitario Ortega y Gasset
Universidad Complutense de Madrid


 

   
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Con motivo de la celebración del segundo centenario del nacimiento de Gaspar Melchor de Jovellanos, el Centro Asturiano de Buenos Aires encarga al escritor Francisco Ayala un ensayo sobre el Jovellanos sociólogo, para la posterior preparación de un libro que abarque la personalidad y la producción literaria, de este insigne asturiano de la Ilustración1. Ayala acepta el encargo gustoso y se prepara a indagar y estudiar la personalidad y la obra de Jovellanos. Aquel personaje que con aspecto sereno y noble, con cabeza en reposo pintara Goya, tapiz que conoce el autor y que junto con algunos recuerdos breves del bachillerato, completan el cuadro un tanto desdibujado de la figura del escritor y político dieciochesco. Pero lo que nunca supuso Ayala al iniciar el estudio de su obra y al evocar los pasajes de su vida, era el parangón que existía entre ambos y la seducción que Jovellanos ejercería en el autor. Por aquel entonces, todavía un joven escritor y ensayista instalado en el exilio bonaerense, que comenzaba a despuntar con obras de pensamiento, y que nunca hubiera imaginado, que este maduro ilustrado se convertiría en una personalidad tan admirable a sus ojos, un ejemplo de vida apoyada en los valores tradicionales heredados de la infancia, que continuaría en su vida pública y en su obra ensayística, siempre impregnada de esos valores tradicionales, pero en pos del progreso de su patria.2

Estudiar una figura histórica no es tarea fácil, y cualquiera que desee ser biógrafo de una persona de relevancia, no sólo debe conocer todas las circunstancias que rodean al personaje en cuestión, poseer todos los documentos posibles a su alcance, indagar en su carácter, estudiar en profundidad la época en la que le tocó vivir, etc.3 Además es necesario, como le ocurrió a Ayala con Jovellanos, llegar hasta su alma, que exista el verdadero encuentro, ese encuentro que como en el amor es la chispa que produce la comunión de las almas, que lo hace diferente y singular a cualquier otro encuentro; y si eso no se produce, nunca podremos decir que conocemos a nuestro biografiado. Esto último no le sucedió a Ayala, si a través de la profusa documentación que maneja no hubiera encontrado la mirada de Jovellanos, "no estaría en condiciones de interpretar su personalidad". Si no fuera por la celebración del segundo centenario, no se hubiera visto impulsado a estudiar detenidamente su obra, y su vida no se hubiera enriquecido sobremanera con esta experiencia, no se hubiera encontrado con "un hombre de alma excelsa", un hombre singular, que curiosamente tiene tanto en común con el propio Ayala.4

El ensayo que hoy el autor retitula "Jovellanos en su centenario", borrado ya el título con el que apareció en su edición original "Jovellanos sociólogo", no ha sufrido con el tiempo y las sucesivas ediciones transformación alguna en su contenido. El cual podemos dividir en tres partes: las dos primeras de breve exposición que denominaremos biográficas, ya que explican la vida y personalidad del autor; en la primera de ellas, su infancia y origen familiar, así como la impronta que marca esta en su trayectoria vital y sus escritos; en la segunda, las influencias juveniles que dejarían huella indeleble en su futuro personal y en el de su obra; y la tercera parte, que conformará el grueso principal del ensayo, nos conduce a través de casi prácticamente toda la obra de Jovellanos y de su pensamiento. El de un hombre profundamente liberal, humanista e ilustrado, tanto en su vida privada como pública, y en la exposición de sus ideas a lo largo de toda su obra escrita, de la que hoy nosotros somos legatarios.

Esa mímesis5 que Ayala encuentra entre la personalidad de Jovellanos y la suya propia, surge -como ya se ha indicado- del estudio de la personalidad del autor y de su tiempo, y surge también, como interiorización personal de la experiencia vivida del autor estudiado en la comparación y posterior identificación con la experiencia vivida por el propio Ayala. A la vez que, Jovellanos llega a encarnar un ideal que le es muy próximo en sus concepciones éticas y morales de la existencia y su manera de comportarse y actuar ante él mismo y ante el mundo. De ahí, esa definición que hemos dado de un hombre profundamente liberal, humanista e ilustrado -que hoy puede parecer demasiado aventurera y arbitraria por el cariz y distintas connotaciones que han ido adquiriendo estas palabras-, que se puede explicar como liberal imbuido por las doctrinas de los padres del liberalismo, que tan bien conocía Jovellanos: Adam Smith, Locke, etc., y que quedan patentes en algunos de sus escritos, sus ideas sobre la Constitución española o la reforma agraria; humanista, en el término de perfecto conocedor, propulsor y propagador de la sociedad y la historia de su tiempo; e ilustrado, como heredero de la Ilustración, de sus ideas de progreso y del predominio de la razón frente a la incultura, la superchería y la superstición. ¿No podemos entonces utilizar estos tres conceptos para definir a Jovellanos, e incluso no pueden llegar a ser válidos con la evolución de su tiempo histórico, en Francisco Ayala?

Tal vez el rasgo común que más una a ambos ensayistas nace precisamente en el seno de la infancia, al pertenecer Jovellanos a una familia aristocrática provinciana (con todo lo que ello comporta), y Ayala a una familia terrateniente y burguesa provinciana. Los dos tienen un origen familiar muy similar y han recibido una educación en sus hogares acorde a ese origen, una educación fundada en la defensa de los valores tradicionales, de las convicciones cristianas, de la virtud, la elegancia, el decoro, etc., transmitida no solo por educadores, sino sobre todo, por una madre portadora de todos esos valores. En ambos la personalidad de la madre deja una huella imborrable en sus conciencias infantiles, influencia que se hace patente a lo largo de sus obras.6

Al estudiar la biografía del noble asturiano y su educación, Ayala se siente transportado a la Granada de sus primeros años, y sin querer, compara las enseñanzas morales que le transmitieron en su infancia, esas que ahora años después, alojadas en su memoria, vuelve a encontrar en el carácter de Jovellanos, que le dotaron de una singular nobleza de comportamiento que se vería reflejada en todos los avatares de su vida, sobre todo en aquellos marcados por el infortunio; y que también contribuyeron en su formación intelectual, a conformar sus concepciones políticas y sociales. Así, con estas palabras de admiración, Ayala descubre dos siglos después el carácter de Jovellanos, un carácter fraguado en los primeros años de la infancia:

"La reserva elegante, la dignidad sin soberbia, el decoro que niega quejas a la desventura, la igualdad del ánimo, es sin duda resultado armonioso de una adecuada posición social en un alma cuyo noble metal quién sabe qué sones agrios de violencia o de santidad hubiera podido arrancar una formación adversa, con las torturas que el destino acompañó tantas veces a la crianza de otros grandes hombres"(LE 1058)

¿Y no son esos valores los mismos que Ayala recibió de sus progenitores, y que le acompañaron a lo largo de su vida, aún en los momentos mas difíciles de su existencia?

Si existe un gran paralelismo en su educación infantil no es menor el que se encuentra en sus años juveniles, en sus estudios de letras y leyes. Y sobre todo, el tener que dejar la ciudad natal para acudir a la Universidad en la capital y ahí abandonar la forma de vida tradicional provinciana, para entrar en contacto con las nuevas ideas y una nueva forma de vida que irradia desde Europa.

Ambos se vieron influenciados en sus años juveniles por dos tertulias capitales, que marcarían sus existencias y que se ven reflejadas las ideas que allí se discutieron en sus posteriores obras de pensamiento. En el caso de Jovellanos la tertulia apuntada es la de Pablo Olavide en Sevilla. Era este Pablo Olavide, un enciclopedista peruano que había sido nombrado asistente de Sevilla e intendente de los cuatro reinos de Andalucía, por aquel entonces era el más importante intelectual de la ciudad, quién además estaba en contacto con los filósofos franceses de la Ilustración. En su casa se reunía el mejor ambiente sevillano de funcionarios ilustrados, al que acudía Jovellanos con vivo interés a escuchar y debatir las últimas novedades filosóficas y literarias provenientes de Francia, de las que se encontraba puntualmente informado el anfitrión Olavide. En ese reducto elitista, reservado solo para una minoría selecta, Jovellanos se sintió estimulado en su vocación literaria y a la vez impregnado de nuevas ideas de pensamiento que luego desarrollará en sus escritos, con el fin de aplicarlas al progreso de su propio país.

Prácticamente dos siglos después, Ayala acude también a la capital donde realiza sus estudios secundarios y universitarios. Durante estos últimos frecuenta una tertulia, también elitista, en la que se reúnen los más importantes intelectuales de la ciudad a cuyo frente se encuentra su mentor, José Ortega y Gasset. No nos vamos a extender en relatar las características de esta famosa tertulia por ser ya muy conocida, tanto en los asuntos allí tratados, como por los insignes componentes que acudían7, pero sí destacar, como esta tertulia también propició la vocación literaria del joven Ayala, y las ideas y autores allí comentados, fueron objeto de atenta lectura y posterior germen de sus obras ensayísticas.8

Otro rasgo de similitud que encontramos en las biografías de estos autores es la condición de hombres de Estado, de funcionarios públicos al servicio del Estado. Jovellanos durante el reinado reformista de Carlos III ocupa varios cargos relacionados con su carrera de leyes, primero en Sevilla (donde fue nombrado Alcalde del Crimen)9 y después en Madrid, en los que destacó por sus ideas reformistas y su personal integridad. Mientras que bajo el reinado de Carlos III fue ascendiendo en su actividad pública, (siendo incluso el elegido para leer la oración fúnebre a la muerte del rey), con la subida al trono de Carlos IV en 1788 sus relaciones con la Corte cambiarían por completo, hasta el punto de sufrir destierro y confinamiento en su Asturias natal, desde 1790 a 1797, e incluso reclusión en la isla de Mallorca desde 1801 hasta 1808 que es liberado; aún así, durante el gobierno de Godoy fue nombrado ministro de justicia en 1797, cargo que solo ocupó ocho meses. En tanto, que su pensamiento ilustrado siguio coincidiendo con el de la España de Carlos III, sus ideas fueron totalmente denostadas, hasta hacerle caer en desagracia durante el reinado antirreformista de Carlos IV. De ahí también, el parangón con Ayala ungido por los avatares de la historia de España. Mientras que durante la II República, el joven Ayala empezaba a despuntar como funcionario al servicio del Estado, como Letrado de las Cortes, catedrático de Derecho Político, Diplomático, etc., esa prometedora carrera pública no sólo empieza a decaer, sino que se ve cortada de raíz al ser vencida la República en una Guerra Civil que le obligaría a abandonar España y comenzar una nueva vida en el exilio. Exilio, en el caso de Ayala, y confinamiento y reclusión, en el de Jovellanos, que cortaron sus carreras públicas al servicio del Estado español, pero que significaron años prolíficos en el desarrollo de la vocación literaria de ambos autores, y en la exposición de sus ideas políticas y sociales a través de los ensayos que podemos estudiar hoy.

Esas ideas políticas y sociales que ambos reflejan en sus obras, son herederas de su formación intelectual y sobre todo, se encuentran insertas en la época que les ha tocado vivir, es otro rasgo de semejanza en sus vidas. Dos siglos separan a estos dos ensayistas, dos siglos diferentes en la historia de España y en la del mundo; y a la vez con grandes paralelismos en los difíciles momentos que tuvieron que presenciar, dos épocas históricas sumidas en la crisis, en los procesos de cambio, que arrancarían en ambos de las ideas provenientes de Europa, para encauzarlas en períodos de progreso y reforma, y que después tras una guerra volverían a ser de crisis y retroceso. Y de ahí, la biografía de cada uno impregnada por los avatares de la historia española, y de ahí también, su obra impregnada por la misma historia.

Jovellanos bebería sus ideas de la fuente europea, que por aquel entonces era Francia e Inglaterra, procesaría en su pensamiento las ideas ilustradas y las incipientes ideas liberales, y las desarrollaría con éxito en un periodo de cambio y reforma el de Carlos III; conocería la Revolución Francesa y sus consecuencias, lo que esta supuso para los países de su entorno, el cambio de ideas y el retroceso de su país durante el oscuro reinado de Carlos IV; la guerra de Independencia que no llegó a ver concluida. Y como no, todo este proceso histórico que el presenció en el que a veces hasta llegó a ser actor y no sólo mero espectador, es el que le inspirará los temas de pensamiento y reflexión que trata en sus obras: Informe sobre la Ley Agraria, Informe sobre el libre ejercicio de las artes, la Monarquía Constitucional, la religión; y aquellos otros temas sociológicos: las supersticiones, los espectáculos públicos, la situación de la mujer, etc.

La obra de Ayala también se encuentra inserta en el tiempo histórico que le tocó vivir: las ideas fascistas y nacionalsocialistas que provenían de Europa y marcaron toda una época; la dictadura de Primo de Rivera; la República Española a contratiempo con las ideas imperantes en Europa; la Guerra Civil española que le llevó al exilio; la Segunda Guerra Mundial; la Guerra fría; etc. Todos esos acontecimientos que Ayala presenció se encuentran reflejados en los temas de sus ensayos: la búsqueda de la identidad del pueblo español, el ser de España; la idea del liberalismo frente a la idea de nación y nacionalismo; el deber del intelectual en la sociedad de masas, la importancia y desarrollo de las nuevas tecnologías en esa misma sociedad; el poder como usurpación de la libertad del otro, etc.

Si analizamos el pensamiento de Jovellanos a través de sus obras, nos encontramos con un estilo claro, aunque él se queje de redundante y decimonónico; un estilo en el que expresa en ocasiones de forma apasionada las convicciones de su época, así como en otras hace gala de una gran mesura. Jovellanos se queja de su desigualdad en el estilo, como si no fuera él mismo, como si distintas voces desde su interior afloraran con las ideas propias de varios hombres. (Marichal La originalidad histórica de Jovellanos) Por ello, no podemos hablar de un pensador sistemático, que incluso encaja la realidad en sus propios moldes, para que sus ideas prefiguradas resplandezcan, dándose la razón a sí mismo; sino, todo lo contrario, la variedad de temas que trata y su forma distinta de expresarlos, acordes con las influencias filosóficas del momento y con el devenir histórico, nos enfrentan con un pensador fiel a si mismo y a sus contemporáneos.

Siempre se le estudia dentro del enciclopedismo español, ya que tal vez sea uno de los hombres que mejor recojan el término ilustrado en nuestro país. Y aunque esa definición es demasiado genérica, y como diría Ayala es como no decir nada; no se pueden separar de sus ensayos la corriente enciclopedista europea que él tan bien conocía: "estaba en el aire, lo impregnaba todo, y había servido de inspiración a una política adornada por el prestigio de la monarquía y acreditada por el éxito".(LE 1064) Ese enciclopedismo está presente en el estudio de conocer al hombre, el Universo y el puesto que ocupa en él, la naturaleza y la forma de dominarla; todo ello ayudado por la razón, la única que puede hacer posible su afán de dominio, dotarle de una fuerza superior que puede hacer frente al poder de los elementos.

"...Reconozcamos, pues, que, no teniendo otra superioridad que la de nuestra razón, si por ella dominamos en la naturaleza, debemos también dominar según ella. Empecemos, pues, perfeccionando esta razón, cuya excelencia no se cifra tanto en su vigor cuanto en la facultad de adquirirle; no tanto en su perfección cuanto en su perfectibilidad". (LE 1066)

Este texto es un breve reflejo de las ideas enciclopedistas, y como este nos podemos encontrar tantos, que apelen a la razón del hombre, sus derechos naturales, a las leyes de la naturaleza, etc.

Si las ideas enciclopedistas inspiraron la Revolución Francesa, y esta siempre se vio como evolución y progreso en la historia de la humanidad, -pese a su coste en pérdida de vidas humanas y daños materiales, propio por otra parte de la mayoría de las revoluciones- ha llamado poderosamente la atención siempre, a todos los estudiosos de la vida y la obra de Jovellanos, su condena y repulsa a la Revolución que se producía al otro lado de los Pirineos. Ayala sale en defensa de Jovellanos de los ataques que han recaído sobre él, como: insinceridad intelectual o inconsecuencia. El lo defiende desde la perspectiva de un hombre que ha sido participe en una revolución en su propio país, que no ha sido solo mero espectador desde otro. No es lo mismo ser partícipe y en la refriega perder la racionalidad propia del hombre y embargarse de la pasión con la que arrastran a uno los acontecimientos, a ser solo, un mero teorizador de un cambio político y social a quién los acontecimientos revolucionarios e incluso los derramamientos de sangre le repelen, que lógicamente ve innecesarios para la consunción de su ideal, ideal que luego se ve desorbitado por la realidad a la que le toca hacer frente. Mientras los revolucionarios franceses se vieron atrapados en la sucesión de los acontecimientos, del mismo proceso revolucionario, los enciclopedistas españoles, meros espectadores, vieron con horror el desenfreno de sus vecinos y el miedo a verse sumergidos en la vorágine de la Revolución.

El propio Jovellanos lo ilustra fielmente en estas breves palabras escritas a su amigo el cónsul inglés en La Coruña, Alexander Jardine, "creo que una nación que se ilustra puede hacer grandes reformas sin sangre y creo que para ilustrarse tampoco es necesaria la rebelión".10

En varios textos Jovellanos deja patente su repulsa al imprudente gobierno francés que abrió la puerta a la desenfrenada libertad de imprimir, y dio impulso a "tantas y tan monstruosas teorías convencionales" (frases que parecen contradictorias con su espíritu de defensa de las libertades del hombre y entre ellas la libertad de expresión). Pero no olvidemos, que la Revolución significaba para Jovellanos una violación de "los sagrados fueros de la justicia", que él siempre defiende junto con el imperio de la ley y la razón (por otra parte ideas propias de los enciclopedistas); y la consumación de la ejecución del rey, que supuso un gran desafuero en toda la Europa monárquica y que lógicamente no podía aprobar Jovellanos, del que nunca podemos olvidar "la gran base tradicional sobre la que se asientan y organizan sus ideas", y menos todavía su condición social de noble.

La condición nobiliaria también fue fuente de inspiración en sus escritos, según Ayala: "la solera nobiliaria contribuyó de manera bien positiva y concreta a nutrir y perfilar su ideario político-social, en un sentido que difiere bastante de la ideología entonces vigente en el mundo". (LE 1074) En toda su obra, como en su vida, refleja un profundo respeto a esta clase social a la que se siente orgulloso de pertenecer. Pero no por ello reconoce y reprocha las actuales actitudes de la nobleza, que ve cada vez más distante de su comportamiento tradicional y de lo que se espera de ella como salvaguarda de antiguos valores que preserven la defensa y el bienestar del Estado.

"La nobleza (según palabras de Jovellanos), examinada en su acepción política, no es otra cosa que una cualidad accidental, que coloca al ciudadano en aquella clase de la sociedad que se distingue de las otras por sus funciones peculiares, sus títulos de honor, sus privilegios y sus prerrogativas. Llámola cualidad accidental porque no fue establecida por la naturaleza, sino por el arbitrio; porque es independiente de las perfecciones naturales del individuo que la posee... A los que poseían esta cualidad; esto es, al cuerpo de la nobleza, fió la antigua constitución de Castilla la defensa del Estado. Esta era su función peculiar. Los nobles poseían las distinciones de su clase, con el gravamen de velar continuamente sobre la pública seguridad." (LE 1075)

En su acepción política el privilegio de la nobleza estaba autorizado por las leyes, pero a cambio debía velar por la seguridad del Estado. Con el paso del tiempo, los privilegios siguieron conservándose y Jovellanos espera que a cambio la nobleza demuestre cualidades tales, como: "el valor, la integridad, la elevación de ánimo", y otras calidades que requieren los grandes empleos, que no pueden ejercer aquellos que sólo poseen una oscura y pobre educación y que tienen que proveerse el sustento, mientras que están llamados a ellos quienes no buscan la fortuna, sino la reputación y la gloria. Para ello deben conservar los mayorazgos, como un mal menor indispensable, en su afán por el bienestar público. Pero si se alejan de esta idea, y el bienestar al que contribuye no es al de los demás, sino sólo al suyo propio, rodeados por la ociosidad y el lujo y consumiendo en ello toda su fortuna, entonces: "Venga denodada, venga la humilde plebe en irrupción, y usurpe lustre, nobleza, títulos y honores. Sea todo infame behetría; no haya clases ni estados".(LE 1078) Su concepto de nobleza aunque parezca en principio decimonónico, en realidad es moderno, el de mantener una clase privilegiada -hoy puede ser la clase política-, siempre que preste servicio a la comunidad y obre con rectitud, sino no tiene sentido su existencia. "¿De qué sirve la clase ilustre sin virtud?", se pregunta. Si esta clase ilustre no guarda el decoro, la elevación y la ética del hombre íntegro, si cae fácilmente en la corrupción. Ese ideal de virtud que defiende Jovellanos en sus escritos, lo ve Ayala como la cualidad del ciudadano, del burgués -de ahí la gran influencia de la Revolución y las ideas enciclopedistas- en contra de la cualidad de gloria que defendían las monarquías. Por ello, el que proponga la defensa de la virtud, como base de la nobleza, en vez de la gloria, expresa la aceptación del cambio de las circunstancias históricas a la vez que defiende las ideas de su siglo, siempre insertas en su realidad social.

Defendiendo las ideas de su siglo y adaptándolas a la situación histórica de su país, le conduce su actuación política, que queda reflejada en sus obras. Como aquellas que dedica a la Constitución histórica española, la cual reorganiza según los nuevos esquemas intelectuales, ya de vigencia contemporánea, conforme la concepción política de Montesquieu, que conoce Jovellanos y adapta al caso español. No solo postula los tres poderes del Estado, sino también el principio de legalidad, pretendiendo que "entonces es cuando propiamente se podría decir que no serán los hombres, sino las leyes, quien dirija las acciones y defienda los derechos de los ciudadanos, en lo cual está cifrada la suma de la perfección social".(LE 1084)

Rechaza como "monstruoso estado" todo el Derecho político de la Monarquía absoluta, a la vez que defiende las máximas de la Ilustración para diseñar una Constitución moderna, según los principios políticos que la burguesía defenderá durante todo el S.XIX. Una Constitución cuyos principios en grandes líneas podríamos resumir así: Que asegurara al rey el poder ejecutivo, siempre conforme a la Constitución y a las leyes, siendo sus ministros responsables a la nación de su observancia. Que asegurara a la nación el poder legislativo, por medio de sus representantes en las Cortes, con toda autoridad para defender y mejorar la Constitución, aunque sin derecho a alterar su forma y esencia. Que asegurara al poder judicial el derecho de administrar la justicia con arreglo al tenor de las leyes, en toda su plenitud. Y por último, que divida la representación nacional en dos cámaras, una compuesta por todos los representantes del reino, libremente elegidos, por ellos mismos, y la otra, del clero y la nobleza, reunidos; a la primera se le adjudicaría el derecho de proponer y formar las leyes, y a la segunda, el derecho de reverlas y confirmarlas.(LE 1086)

¿No es esta la esencia fundamental de nuestras Constituciones contemporáneas, no buscaba Jovellanos la misma esencia para España, en su patriotismo de hombre ilustrado? Ayala nos habla del patriotismo de Jovellanos, el que se origina en la virtud del ciudadano ilustrado, que ofrece sus luces al servicio de su país, favoreciendo el progreso de este. Así entendía el patriotismo Jovellanos y los hombres de su época, desgraciadamente hoy esta palabra ha sido desacreditada por el uso oficial, que la ascensión del fascismo, el comunismo, etc., le han otorgado, y hoy a veces la escuchamos con entusiasmo y otras con escéptica sospecha. Para Jovellanos era el fervor reformista a la política de la Ilustración y a los ideales inspiradores de los enciclopedistas. Era, sobre todo, no un patriotismo de patria abstracta, sino, "un patriotismo de España, sí; mas de esa España concreta que veía con sus ojos y palpaba con sus manos, en cuyo inmediato contacto pensaba, actuaba y escribía, y cuya historia reconocía en su vida presente como condición de un desenvolvimiento futuro dirigido por nuevas ideas y necesidades".(LE 1091) Con cuánto fervor, y a la vez con cuánta melancolía describe Ayala el patriotismo de Jovellanos. Desde su exilio bonaerense se asoma a su patria, la observa a través de los ojos de un ilustrado y humanista que había vivido la historia española de hacía dos siglos. Pero el transcurso del tiempo no lleva siempre al hombre hacia el progreso, por ello la historia contempla épocas de verdadero avance y otras oscuras de verdadero retroceso.

Y al igual que Ayala dejó atrás una patria desolada, sumida en el dolor y la pobreza, encogida por el miedo, árida y abandonada, despreciadora del saber, etc. Estos son los mismos términos actualizados, que en su día usó Jovellanos para describir su país, en la oda: Manifestación del estado de España, bajo la influencia de Bonaparte, en el gobierno de Godoy11. Si España sufrió un giro histórico con la caída de la II República debido a la Guerra Civil y el advenimiento del franquismo; la España de Jovellanos también sufrió un giro histórico con la subida al trono de Carlos IV, giro -que como muy bien dice Ayala-no solo sería funesto para el destino de España, sino que también tendría repercusiones inmediatas en la vida de Jovellanos, ya que desde entonces comenzarían sus épocas de confinamiento y destierro; y en el caso de Ayala le conduciría al exilio, al abandono durante muchos años de la patria. Pese a todas las dificultades vitales por las que pasa Jovellanos, Ayala admira en él su comportamiento digno y humano, y su ideal reformista siempre presente para España -aunque los avatares del destino, le hayan hecho perder la ilusión-, no así, sus ideas primigenias de progreso inspiradas en el mas puro enciclopedismo, que mantuvo con la misma coherencia hasta el final de sus dias. La misma dignidad personal y coherencia de ideas que ha guiado a Ayala también durante toda su vida, en el deambular por el exilio y en el retorno a la patria perdida. Ambos consagraron sus ideales al servicio de España, una España que quisieron sacar de su postración y ver integrada en el mundo, y no como desde la Contrarreforma a contracorriente; ambos sufrieron persecución por sus ideas; ambos nos han dejado una obra ensayística de inestimable valor inserta en la realidad histórica de la época que les vió vivir; ¿no hay mayor paralelismo entre estas dos vidas y su obra?

Esa identificación personal que un día de 1944 encontró Ayala en Buenos Aires -desde el exilio, que le impusieron las circunstancias históricas de su país- en la vida y en la obra de este noble ilustrado del S. XVIII. Esa identificación hemos intentado entresacarla del texto que escribió Ayala para conmemorar el centenario del ensayista, desde: la misma extracción social, hasta los mismos valores inculcados en la infancia, las influencias juveniles, etc. Y sobre todo, la defensa de la virtud humana, la elegancia y la calidad del hombre, que ellos admiran y adoptan como actitud de vida, aún en los momentos más difíciles, que les dota de una gran dignidad de actuación y pensamiento, hacia si mismos, y hacia sus semejantes. Es esa coherencia -que a muchos llama la atención- no sólo expresada en el quehacer cotidiano, sino también en sus obras ensayísticas, coherencia de pensamiento y evolución, unida al devenir histórico del que no han sido solo espectadores, sino, en algunos casos auténticos actores, con mayor o menor protagonismo según las circunstancias. Y como idea central en sus vidas -cada uno desde su atalaya y su época- el progreso humano, el progreso desde la razón, capacidad vital y distintiva del hombre, herederos de los padres de la Ilustración y del liberalismo, en lucha constante contra la opresión y a favor de la libertad. Por ello, podemos concluir que ambos se encontraron unidos, desde épocas tan distantes por la misma vocación de destino.

 

Notas:

[1] Este ensayo de encargo que fue titulado "Jovellanos sociólogo" se publicó en el libro que el Centro Asturiano de Buenos Aires editó con motivo del centenario del autor. VV.AA. Jovellanos, su vida y su obra. Homenaje del Centro Asturiano. Buenos Aires: 1945. Además de Ayala colaboraron entre otros escritores: Claudio Sánchez-Albornoz, y Jesús Prados Arrarte, este último con el ensayo: "Jovellanos economista".

[2] Así lo reconoce Ayala cuarenta y ocho años después al escribir el prólogo de la reedición que de su ensayo publica el Ayuntamiento de Gijón: "La oportunidad del centenario me movió a mí a estudiar con detenimiento una figura magna de nuestra historia en la que desde entonces sólo de pasada había reparado. Y quien con atención lea las páginas que en aquella sazón escribí, percibirá sin dificultad el diálogo mudo que un dolorido español del exilio entabla con el prócer admirable, y qué lecciones de templanza pudo desprender con la lectura de sus silenciosas palabras." (Jovellanos 20)

[3] El profesor Juan Marichal especialista en el estudio de biografías históricas de políticos españoles, nos da cuenta de la complejidad creciente del proceso histórico de las biografías individuales. Concretamente en su libro biográfico sobre Manuel Azaña así nos lo expresa: "Quien intente restaurar vidas pretéritas ha de esforzarse, por lo tanto, en ser fiel a la totalidad biográfica individual: "Excluir de ella cualquier rasgo -decía Azaña en 1919, adelantándose a defender enérgicamente sus fueros de biografiado- es una mutilación preñada de inexactitudes y de injusticias." Y más adelante añade: "Los métodos reconstructores del historiador consisten fundamentalmente en resistir las simplificaciones ofrecidas por los que podríamos llamar "quevedos de la muerte": o sea, debe aspirar ante todo a restaurar el "enjambre de posibilidades" que es siempre toda vida humana". (La vocación de Manuel Azaña 20-21)

[4] Tres años antes, en 1941 Ayala también realiza un estudio sobre una personalidad relevante en el pensamiento español. En esa ocasión el encargo fue hecho por la editorial argentina Losada, para su colección Pensamiento vivo, y la personalidad objeto de estudio era la del diplomático y escritor Saavedra Fajardo (1584-1648). Como en el caso de Jovellanos provenía de una familia noble, en esta ocasión de origen galaico; respetaba y cultivaba los valores tradicionales heredados de la infancia; ocupó diversos cargos públicos a servicio del Estado y la Monarquía; y realizó una obra de pensamiento singular en la que destaca la preocupación por su país. Obras de pensamiento las de ambos autores precursoras del "tema España", que tanto preocupara a las distintas generaciones de escritores y ensayistas españoles y al propio Ayala. Este trabajo de exploración de la vida, el momento histórico y sobre todo de la obra de Saavedra Fajardo, sería precursor del ensayo sobre Jovellanos. Exposición interesante de la obra de este autor, que si bien es verdad no ha tenido la difusión que el dedicado a Jovellanos y no se conoce ninguna posterior edición a la de Losada de 1941 (si exceptuamos la inclusión del prólogo en algunas reediciones de Razón del mundo); también debemos apuntar que la comunión de almas que existió con el noble asturiano no se produjo con el noble gallego. Aún así este ensayo ofrece aspectos muy interesantes sobre el pensamiento nacional de España que serán reflexiones precursoras de otras obras de Ayala como por ej. Razón del mundo. Una España que ya en el S.XVII se encontraba medio participante y medio excluida de la comunidad cultural europea..."En todo lo que es producto de la fuerza espiritual de España suele advertirse junto a la nota de grandeza, esta otra nota de frustración, en que se refleja su historia entera de empresas casi siempre malogradas por falta de ensamblaje con la dirección de la actividad europea, pero tan gigantescas que cuando uno acierta a cuajar acredita magnitudes asombrosas en la obra". Al igual que en la creación de algunos espíritus españoles exponentes de las circunstancias históricas y de las condiciones sociales en las que se fraguaron.

[5] En estas páginas establezco una comparación entre ambos escritores, una mímesis entre sus vidas y sus obras, aunque los dos pertenezcan a siglos diferentes. Puede parecer esta comparación en la que encuentro tantos puntos en común, tal vez, un tanto forzada, pero no lo creo así, el parangón entre ambos es notorio, y de él Ayala extrajo ese encuentro tan importante en su vida. La profesora Carolyn Richmond en su edición a la obra de Ayala: Los Usurpadores, ya refleja esa similitud entre ambos, pero no se extiende más en la idea, no la explicita en profundidad cómo en este trabajo, pero sí queda señalada con estas palabras: "Es posible que la relectura, en fecha tan tenebrosa como 1944, de la extensa y variada obra de Jovellanos influyera de manera muy efectiva sobre nuestro autor en aquel ensayo, no sólo la admiración sino también la identificación espiritual que siente Ayala con dicha figura". (41).

[6] En el caso de Ayala la figura de la madre se ve reflejada en pasajes de sus obras, ya que fue la inspiradora de su afición por la pintura, e incluso también por la literatura. Pero es en su libro de memorias Recuerdos y olvidos en donde nos relata de forma entrañable la admiración que siempre tuvo por ella, como por ej. en este pasaje en el que nos habla de las convicciones religiosas de la familia: "La educación liberal que mi madre había recibido, así como su natural discreción y espíritu de tolerancia, eliminaban también cualquier pugnacidad, (dentro del ámbito familiar) tanto más que en el campo delicadísimo de la religión no podía haber disconformidad alguna entre los cónyuges. (...) Mi madre, criada dentro de un ambiente doméstico laicista, agnóstico y anticlerical, se consideraba a sí misma católica sin la menor sombra de duda. (...) Lo cierto es que su religiosidad era muy pura. (...) Mi madre era lo que puede propiamente llamarse un alma cristiana." (42)

[7] Ayala en su libro de memorias nos relata como llegó por primera vez a la tertulia de Ortega y Gasset, gracias a la presentación de Benjamín Jarnés, y como a partir de entonces ya acudiría todas las tardes a dicha tertulia. En ella conoció entre otros contertulios a: Blas Cabrera, Lorenzo Luzuriaga, Antonio Marichalar, José Tudela, la condesa de Yebes, Rosa Chacel, María Zambrano, Victoria Ocampo, Ramón Gómez de la Serna, Fernando Vela, Manuel García Morente, Antonio Espina, Zubiri, etc. (RyO 107-111)

[8] Muy poco se ha estudiado en la obra ayaliana la impronta que dejó en su juventud la tertulia de Ortega, y los temas allí tratados, así como la sugerencia del maestro de la lectura de libros que se publicaron en aquellos años (finales de los veinte y principios de los treinta) que Ayala leyó con gran interés y que constituyeron la base de su formación intelectual, que luego se verá reflejada en sus ensayos de ciencia política escritos en el exilio. (Sobre esta reflexión no me voy a extender en este trabajo, ya que no es el objeto del mismo, y ya ha sido señalado en mi Tesis Doctoral). Siguiendo con el magisterio de Ortega y Gasset en la obra ayaliana que se hace patente en la mayoría de sus escritos políticos y sociológicos, es curioso lo poco que por el contrario Ayala habla de Ortega a lo largo de su obra, si exceptuamos el capítulo que le dedica en su libro, El escritor y su imagen (13-38).

[9] Fueron estos diez años que pasó en Sevilla muy prolíficos en sus actividades al servicio del Estado, al igual que en su formación intelectual. Ambas su preparación intelectual (en la que tuvo gran influencia la tertulia en casa de Pablo Olavide) y sus actividades públicas sembraron la simiente de sus escritos posteriores. Sobre su vida pública en los años sevillanos nos da debida cuenta Luis Santullano, en su libro Jovellanos, del que sirve de ej. este párrafo que corrobora lo anteriormente expuesto: "Es esta una época laboriosa e interesante en su vida. En las funciones de la magistratura produce informes de gran importancia sobre la reforma de la Policía, abolición de la pena del tormento, interrogatorio de los delincuentes, mejora de las cárceles, etcétera, y llama la atención en discutida causa por muerte violenta de una mujer embarazada, pues, contra la opinión general, halla justificadas eximentes de orden patológico para el marido homicida. Estos merecimientos hacen que ascienda en 26 de febrero de 1744 a Oidor de la misma Real Audiencia". (21)

[10] Frase que recogemos del trabajo ya citado sobre Jovellanos del profesor Marichal, quien a su manera también defiende la postura de Jovellanos, ya que esta hay que situarla en su momento histórico. Y recoge a continuación la frase de Jovellanos, en la que fundamenta su idea de progreso: "Es necesario llevar el progreso por sus grados". Que Marichal glosa: "Se trata, por lo tanto, según Jovellanos, de acomodar siempre las reformas al estado particular del país y al momento de su evolución, al "eslabón" histórico en que se halla". (122-123).

[11] Durante el gobierno de Godoy, Jovellanos dirige el ministerio de Gracia y Justicia, pero fue tal la disilusión que este gobierno produjo en su ánimo, debido a su integridad y rectitud que solo estuvo en el cargo ocho meses, hasta el 15 de agosto de 1797. Poco se sabe de su gestión (pero el desanimo debió ser muy grande cuando se expresa en esta Oda, con palabras tan duras) sobre la que así especula uno de sus biógrafos Angel del Río: "Hay entre el programa de regeneración, expuesto en su correspondencia con Godoy (que es de suponer tratase de llevar a vías de realización) y la esterilidad de su paso por el Poder una desproporción tan grande, que, con haber sufrido Jovellanos persecuciones tan duras, ninguna página de su biografía deja en el ánimo de quien posea alguna sensibilidad histórica impresión tan triste como la de este esfuerzo fructífero, repetido mil veces en la política española".

 

Obras citadas:

Ayala, Francisco. El pensamiento vivo de Saavedra Fajardo. Buenos Aires: Losada, 1941.

_______. Razón del mundo. Buenos Aires: Losada, 1944.

_______. Los ensayos. Teoría y crítica literaria. Prólogo de Helio Carpintero. Madrid: Aguilar, 1972. 1055-1106.

_______. El escritor y su imagen (Ortega y Gasset, Azorín, Valle-Inclán, Antonio Machado). Madrid: Ediciones Guadarrama, 1975.

_______. Recuerdos y olvidos. 1. Del paraiso al destierro. 2. El exilio. 3. Retornos. Madrid: Alianza, 1988.

_______. Los Usurpadores. Edición de Carolyn Richmond. Madrid: Cátedra, 1992.

_______. Jovellanos en su centenario. Edición de Carmen Díaz Castañón y prólogo de Francisco Ayala. Gijón: Ayuntamiento de Gijón, 1992.

Cela, Julia R. El exilio de Francisco Ayala en Buenos Aires (1939-1950). Una trayectoria intelectual. Tesis Doctoral, 1994.

Marichal, Juan. La vocación de Manuel Azaña. Madrid: Alianza, 1982.

_______. "La originalidad histórica de Jovellanos". Teoría e historia del ensayismo hispánico. Madrid: Alianza Universidad, 1984. 117-126.

Río, Angel del. Jovellanos. Obras escogidas. Madrid: Espasa-Calpe, 1935.

Santullano, Luis. Jovellanos. Madrid: Editorial Aguilar.

 


Este texto fue publicado en Revista Hispánica Moderna, nº 2 diciembre 1997, Hispanic Institute, Columbia University, N. Y. pp. 241-252

 

© Julia Cela 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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