España, Francia y la tradición nacional argentina,
según Enrique Larreta

Artículo costumbrista en once cuadros [*]


Jesús Peris Llorca
Universidad Cardenal Herrera-CEU
peris@uch.ceu.es


 

   
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Primer cuadro: La conversión de un descreído.

"Tenía razón su primo. Hay que darle su parte al divertimiento y a la pereza. También el Cura tiene razón. Sevilla tiene razón. Chicago no tiene razón. Yo me reía de la pasión, señor Domínguez, y la pasión se ha vengado".

Estas entrecortadas palabras son pronunciadas por el empresario norteamericano William Wilburns en su lecho de dolor en el capítulo 27 de Zogoibi, de Enrique Larreta1. Y la verdad es que no le faltan motivos para replantearse el sentido de su vida. Todos los puntos sobre los que se asentaba, se han perdido. Su orgullosa fábrica de jabón, que tanto revolucionó el paisaje de la pampa, se ha ido al traste por culpa de su falta de previsión, y de las inmotivadísimas huelgas de sus trabajadores, sobre las que el narrador ha ironizado siempre que ha podido. Su mujer, la sofisticadísima Zita, que tantos estragos ha hecho sobre la plácida sociedad de la llanura, está a punto de huir a París con una de sus conquistas criollas. No es mucho que el grave y trabajador señor Wilburns pida opio a voz en grito.

Y es que, claro, ¿a quien se le ocurre no hacerle caso nada más y nada menos que a un joven estanciero criollo (el "primo" que aparece en la cita), que le aconseja el modelo señorial y nada apresurado de vida, y a un Cura, así, con mayúscula, que le había advertido que "el verdadero progreso no puede estar sino en nuestra alma"2, y que, por cierto, es español? Pero, sobre todo, ¿cómo puede alguien contrariar las sabias enseñanzas de la ciudad de Sevilla, por hacer caso a algo tan dudoso y de tan poca enjundia como Chicago? Aún le pasa poco.

Sevilla frente a Chicago. Un cura español frente a los descreídos extranjeros y su carga de disipación, lujuria y fábricas. España, en una novela argentina de los años 20, ofrece el modelo de conducta, la mejor filosofía de la vida a los atribulados personajes de una pampa esencial, una pampa paradisíaca y señorial en peligro, vista y recordada desde la estancia o desde una quinta en Belgrano. Y es que, al final, madre no hay más que una, y la Madre Patria es la Madre Patria. Si el general San Martín levantara la cabeza...

Segundo cuadro: una nueva triste por demás.

"Aflígeme una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la madre Teresa de Ahumada. Entró en el gozo del Señor, como una santa, anteayer en Alba de Tormes.

Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de la estancia. Algunas mujeres sollozaron.

El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo".

Todo esto y más puede leerse en el capítulo 1 de La gloria de don Ramiro3. La España de los tiempos de Felipe II, como dice el título, se interna lentamente en su decadencia. Se le mueren las santas. Las campanas tañen en el crepúsculo. Los personajes, no menos atribulados que los de la pampa también crepuscular de Zogoibi, viven en oscuros y pétreos palacios, y deben mantenerse fieles a sí mismos y a sus apellidos en el ocaso de una sociedad señorial.

Sin embargo, en sólo 7 páginas de novela aparecen don Juan de Austria, la batalla de Lepanto y Santa Teresa de Jesús, sin duda frecuentada por los nobilísimos protagonistas. Qué histórica grandeza la de la ciudad de Ávila -comparese a santa Teresa con el párroco zumbón de Zogoibi-, qué fruición estética en la contemplación de estas históricas piedras, qué hondas enseñanzas para los argentinos pueden leerse en estos ancestros remotísimos. Ávila tiene razón. El París de las cocottes poetisas que enseñan vicios malditos a los incautos criollos4, no tiene razón.

Sevilla y Ávila, Castilla y Andalucía: hidalgos empobrecidos y dignos de mirar taciturno, y la alegría de los que dan su "parte al divertimiento y a la pereza". ¿Qué otra cosa es España por aquellos años en que los médicos se ven desbordados por una nueva enfermedad profesional de los intelectuales llamada precisamente dolor de España, sino la extensión imaginaria de determinadas ficciones de Castilla y Andalucía hasta ocupar los límites del Estado? "Castilla, esta tierra esmaltada de nombres maravillosos -Tordesillas, Medina del Campo, Madrigal de las Altas Torres-, esta tierra de Chancillería, de ferias y castillos; es decir, de Justicia, Milicia y Comercio, nos hace entender cómo fue aquella España que no tenemos ya, y nos aprieta el corazón con el dolor de su ausencia", proclamará ocho años después de la conversión de Mr. Wilburns José Antonio Primo de Rivera en el "Discurso de proclamación de Falange Española de las J.O.N.S.5 ¿Será casualidad, entonces, que la malvada extranjera de Zogoibi sea calificada más de una vez como "la polaca esa"6, o será un ejemplo sugerente de cómo a veces el tiempo completa los textos? En cualquier caso, Avila y Sevilla son sabias. Los polacos no tienen razón. Faltaría más. O tempora, o mores.

Tercer cuadro: un viaje ceremonial a una Francia sin cocottes.

En 1914, poco después de declararse la Primera Guerra Mundial, como él mismo recuerda en un artículo publicado por Noticias Gráficas casi veinte años después, Enrique Larreta debe viajar a Suiza para reunirse con su familia, que se encontraba en Francfort en el momento del estallido. El viaje transcurre sin incidentes hasta llegar a Tarbes, donde un control militar les impide el paso. Un cabo tiene órdenes terminantes de no dejar pasar a nadie ajeno al ejército, y no parece dispuesto a hacer ningún tipo de excepción, ni siquiera diplomática. El cuñado de Larreta, que le acompaña, insiste:

"'Se trata del Ministro de la República Argentina, que va a buscar a su esposa' -explicó.

Bastaron estas palabras para que el cabo perdiera su rigidez y, saludando con la mano sobre el kepis, interrogara ansioso:

'¿El señor Ministro de la República Argentina? ¿El señor Larreta? ¿El autor de La gloria de don Ramiro? ¡Ah! Yo tengo muchos deseos de saludarle".

Inmediatamente, tras el emocionado saludo del admirador, prosiguieron el viaje. "El escritor había triunfado sobre el político", anota H. N. Campanella al citar la anécdota. "Bien es cierto -concluye Larreta- que sólo podía ser posible en un país como aquel, bajo aquel cielo de Francia donde el espíritu conserva todos sus derechos".7

Situado por encima de los avatares políticos, e incluso de una guerra, el escritor triunfa cuando el otro reconoce que la frontera militar no va con él, que está por encima del que la custodia, e incluso del que la pone, más allá, en otro orden. Son los derechos del espíritu, que el escritor venía reclamando desde el final del siglo anterior, la sublimación de su apartamiento, de su lugar marginal en las sociedades modernas. El soldado no deja pasar al diplomático, sino al escritor, ser excepcional, en otro plano, puro espíritu, desmaterializado, y, para el que, por tanto, nada significan las barreras que se colocan para el resto de los mortales.

No existen para él las fronteras. Discurso cosmopolita, por tanto. Pero discurso cosmopolita que encuentra su espacio propio en un país determinado, Francia. Allí no hay fronteras para los artistas, y este hecho supone el establecimiento de una nueva frontera esencial. Francia es el espacio donde para el escritor argentino que evoca en 1933, son reconocidos los derechos de los escritores, donde se les otorga su estatuto especial consecuencia de su especial relación con el espíritu. Y esto se recuerda en Argentina en un artículo dedicado a lectores argentinos.

El discurso reivindicador del lugar del arte en las sociedades modernizadas convierte a Francia en el espacio utópico de referencia, en un lugar donde el verdadero progreso ha dado ya al arte la posición que se merece. El discurso de quien habla se ve reforzado por el conocimiento directo de tal precedente, con lo cual duplica su preeminencia. El viaje ceremonial que David Viñas describe como propio de los gentlemen del 808, se nos presenta en toda su vigencia a comienzos de la década de los 30, pero convenientemente resemantizado. Puede figurar ahora como referente ideal de un discurso que critica las consecuencias de la modernización. Puede ser el referente desde el que trazar la posición que se reclama en la sociedad propia.9

Al mismo tiempo, no hay que olvidar que el síntoma que demuestra la valoración francesa del espíritu no es otro que la valoración de los méritos literarios de Enrique Larreta, que llega hasta las jerarquías bajas del ejército, a la generalidad de los patriotas franceses, y aun en las circunstancias más difíciles. Se halla implícito un reproche al propio país, a los patriotas propios. Es evidente que en este relato, cuando Larreta habla del espíritu se está refiriendo a sí mismo. Él es quien ejemplifica sus derechos. Y él es quien constata que algo así sólo es posible en Francia, y no en Argentina, y ello a pesar de que su misma consagración en este país ideal, aquí sin cocottes, como corresponde al viajero, habría de incrementar, en su lugar de origen, su propia grandeza.

Y además, por otro lado, ¿esa diferencia abismal entre esta Francia donde el espíritu conserva todos sus derechos, y la que devuelve a los deslumbrados personajes de Zogoibi estragados por la disipación y el vicio, está en Francia, o en la diferente índole de los viajeros? Los tiempos van como van, parece decir el discurso subterráneo que recorre y une estos dos textos, entre otras cosas, porque a Francia viaja cualquiera. Sólo espíritus superiores y formados deberían enfrentarse a la opulencia de París, para distinguir el grano de la alta cultura que enriquece de la paja del lujo vano y de la lujuria que debilita.

Si el viaje ceremonial, entonces, sigue siendo consagratorio para el argentino, es porque pueden jerarquizarse esos viajes. Los de los otros son malos, para ellos mismos, y para la esencia del país. Los propios enriquecen, y siguen sellando una diferencia. La teorización de esa jerarquía, que el relato biográfico citado deja leer, reproduce pues, desplazado, el mismo discurso de la legitimación del espacio literario culto como específico y como superior, en el momento en que el proceso modernizador extiende la alfabetización y crea nuevos espacios de cultura, nuevas voces y nuevos discursos. Viaja demasiada gente a París. Demasiada gente lee y escribe. Enrique Larreta no puede dejar de percibir esto como el crepúsculo -con tañido de campanas- de la nacionalidad y de su esencia.

Cuarto cuadro: sobre el amor al libro o la historia de cierta agridulce congoja.

"Contaba Larreta, con su agudeza habitual, que habiendo viajado con su familia a su querido "Potrerillo", estancia ubicada en Alta Gracia, provincia de Córdoba, al recoger sus baúles advirtió que habían sido violentados; en uno de ellos llevaba el escritor un paquete de ejemplares de La gloria de don Ramiro, y, con sorpresa no exenta de cierta agridulce congoja, comprobó que pese a estar abierto los ladrones no habían retirado ninguno".
        Hebe N. Campanella, Enrique Larreta: el hombre y el escritor, p. 25.

No es lo mismo un soldado francés que un ladrón argentino del interior. Pero es además sangrante -incluso sorprendente- que al mismo escritor al que se le abren las trincheras de la civilizada Europa en plena guerra mundial con solo el fulgor de su obra, un ladrón de su tierra, que se supone que se dedica a robar objetos de valor, le desprecie una lectura tan provechosa, que por cierto habla de España, en un baúl abierto. Eso es lo que hay que aprender de Francia, y no los vicios: a reconocer el talento, los derechos del espíritu, aunque sea extranjero, pero sin dejar de ser francés, patriota y soldado.

Quinto cuadro: un modelo de educación patrocinado por un buen criollo.

Federico de Ahumada "fundó, para las muchachas, una pequeña escuela de faenas agrícolas, a fin de enseñarlas a vencer las condiciones de su vida semisalvaje y evitarles a un tiempo el peligro de la enseñanza con que enloquece las pacíficas chozas la escuela oficial".
      Zogoibi, capítulo 6. p. 50.

Sexto cuadro: el árbol genealógico del buen criollo.

"Como tantos otros estancieros de la primera época, el padre de Federico no fué sino un conquistador español, trocado por los tiempos en señor campesino, sin que ello le hiciera perder ni un ápice del tesón y la bizarría de los tataradeudos. Implacable en el mando y muy recio en la faena con los demás y consigo mismo, era, sin embargo, don Francisco llano, tierno y generoso con sus hombres, fuera del trabajo, hasta departir a menudo con ellos, en el fogón, de igual a igual, como uno de tantos".

Este retrato del padre del criollo que la malvada y sensual extranjera vendrá a malograr, sintetiza de manera ejemplar la estructura de la Arcadia gaucha que diferentes escritores, al menos desde Leopoldo Lugones, construyen con sus ficciones, y que obtiene su más acabada expresión en Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, publicada curiosamente el mismo año que Zogoibi. Pero esta cita, como la totalidad de la novela, escribe también lo que esas ficciones armoniosas venían a poetizar. La campechanía en el trato entre patrón y peones, que les permite departir de igual a igual junto al fogón, es una concesión, reverso de la condición implacable en el mando que ostenta también este señor campesino. Otras ficciones dejarán fuera de campo este aspecto. Los peones que respetan y quieren a sus patrones, que les enseñan a ser patrones, la ley y las jerarquías, lo presuponen a la vez que lo ocultan con lirismo, que lo cubren en la profundidad misma del discurso sobre las esencias.

Pero la exposición de los preclaros ancestros del protagonista continua:

"Provenía de una vieja estirpe de Catamarca, una de cuyas ramas se estableciera en Buenos Aires, en tiempos del Virrey Sobremonte, llegando a ser familia de mucho fuste […] Según el padre Torres era cosa indudable que estos Ahumadas de la Argentina, descendían de algún hermano de Santa Teresa.

-¿Acaso? -preguntaba don Álvaro, hablando con Federico- ¿Acaso, no estuvieron todos ellos en América? […] Los siete hermanos -decía- unos con el nombre de Ahumada, otros con el nombre de Cepeda, ilustraron, desde la Florida hasta Chiloé, la historia de la Conquista. Ya sabe usted, Federico, que Rodrigo, el predilecto de la Santa, el compañero de su niñez, el que jugaba con ella en el jardincillo de Ávila, estuvo con Mendoza en la primera fundación de Buenos Aires […] En cuanto a Agustín, el heroico soldado cantado por Ercilla, el más famoso y travieso de todos, el que fue nombrado, al final de su vida, gobernador del Tucumán, guerreó mucho en Chile y nada tendría de extraordinario -proseguía, picarescamente, don Álvaro- que anduviera, también, haciendo de las suyas por Catamarca. Además, Federico, no hay más que mirarle a usted la cara […].

Después de tales suposiciones, más de una vez, al mirarse al espejo, hallóse Federico facha de español legendario."
      Zogoibi, capítulo 5, pp. 45-47.

Un Cura, así, con mayúscula, español, para mayor legitimidad discursiva a la hora de hablar de rancias estirpes, construye al nombrar el parentesco de Federico con Santa Teresa. Obsérvese que tal parentesco no deja de ser conjetural ("nada tendría de extraño que..."), es algo que establece esa instancia ajena al propio sujeto -u objeto- del linaje, instancia, por otro lado, sacerdotal. No está mal como metáfora en el interior del texto del lugar de esta autoridad narradora que establece filiaciones y da y quita patentes de argentinidad, o del sacerdocio del arte modernista convertido ahora en autoridad estética y en cronista esencial.

Lo que esta autoridad establece no es otra cosa que la continuidad entre los señoríos, la filiación entre las noblezas, la cédula de la limpieza de sangre criolla, que une pasado hispánico y fundación de la tierra, y garantiza, por tanto, capacidad y legitimidad para comprenderla, para encarnarla, y para poseerla. A los conquistadores, nada menos, hay que remontar ese derecho: es el "justo derecho de conquista", que diría Felipe V de Borbón en otras circunstancias y que recorre, también, junto al tesón, a la bizarría y la implacabilidad, la narración de la historia de este otro Estado y de sus nuevas y viejas plantas.

Séptimo cuadro: la efigie del prócer.

"La medalla, cien piezas numeradas, revela un detenido estudio anímico de los dos personajes: el autor y su héroe. En el anverso aparece Larreta vestido de frac, cubierto a la española con una capa que la mano echa sobre el hombro izquierdo. La expresión es dulce pero altiva, y la mirada se pierde en la distancia y el ensueño. La nariz, aguileña, y los labios, finos y rectos bajo un tupido bigote. La mano, elegante, luce un grueso anillo en el dedo medio. El conjunto tiene verdadero señorío. […] En el reverso surge la figura de expresión orgullosa y angustiada a la vez de don Ramiro […]. En la parte superior se lee la siguiente inscripción: 50 años de La gloria de don Ramiro; y abajo, en un círculo, la sigla de la Institución. Fecha (1958) y firma cabalgan sobre las murallas. La labor de Aquino fue realizada desinteresadamente e inició una serie que habría de continuar con otras medallas conmemorativas de Martín Fierro y su autor, de Don Segundo Sombra y Güiraldes, etc."
     Hebe N. Campanella, Enrique Larreta: el hombre y el escritor, p. 58.

La Institución, así, con mayúscula, como el cura, que aparece en la medalla, es la Sociedad Numismática, es decir, aquélla que se encarga de rescatar del valor de cambio el objeto que precisamente lo representa, para convertirlo en objeto estético, susceptible de aura. El escaso número de piezas, y el hecho de que aparezcan numeradas, sella su exclusividad, clausura la reproductibilidad técnica, la limita. La medalla es un objeto artístico exclusivo y de lujo.

En ella, don Ramiro es el reverso de la efigie de Larreta, altivo y soñador, y, además, está en el lugar que ésta ocupaba, ante las murallas, en el cuadro que le pintó Zuloaga. Sus ropas, en el espejo de la representación en el bronce, en el inicio de la vida del prócer, le dan la facha del español legendario que tiene detrás, personaje y autor equiparados en la doble faz de la medalla. El conjunto, figuras humanas, nombres esculpidos y murallas, entonces, tiene verdadero señorío. No es extraño que las siguientes acuñaciones prosigan con el Martín Fierro, leído como imagen de la tradición por la crítica del Centenario, y por esa pastoral señorial que es Don Segundo Sombra.

Textos literarios que reconcilian leyes y saberes, o que construyen armonías interclasistas en la tradición nacional; textos críticos, como la Crítica del Centenario o la biografía de Larreta que describe y califica la efigie del prohombre, que ofrecen exégesis definitivas y cierran las lecturas como las notas de las biblias -otra vez la imagen del sacerdocio-; confluyen, clausuran y materializan el relato y el sentido de la historia en las dos caras de una medalla, de oro, el metal de los vencedores, para sus cien afortunados y selectos poseedores, dueños del metal, del espíritu del artista puro y alado, de la obra original e irrepetible del desinteresado Aquino, y de la representación.

Octavo cuadro: Otros dos árboles genealógicos con verdadero señorío.

"Don Alonso descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primer gobernador y alcalde de la ciudad, cuando fué repoblada por el conde Raimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la de los sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con Aja Galiana, y casi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo databa la resolución del Consejo de que siempre que saliera gente de a caballo de la ciudad, en servicio del rey 'hubiese de ser su caudillo o adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro linaje. Otrosí su pendonero o alférez'".
     La gloria de don Ramiro, capítulo 5, p. 28.

He aquí un modélico linaje castellano, y los privilegios que de él se desprenden. Veamos un reverso posible del blasón, a la altura de tanto señorío.

Enrique Larreta, "por parte materna, desciende del conde de Tepa y de la marquesa de Prado Alegre, ambos de la provincia vasca de Álava. Su hijo, el mariscal don José Joaquín de Viana, fue gobernador de Montevideo y sobrino de Alzáibar, primer colonizador del Uruguay. Nieto suyo fue el brigadier-general don Manuel Oribe y Viana"
       André Jansen, Enrique Larreta, novelista hispano-argentino, p. 53.10

Eso para empezar, pero las investigaciones del propio Larreta, ocupando respecto a sí mismo el papel del padre Torres respecto a Federico, le permiten profundizar más:

"La hija de Carlos IV de España, Carlota-Joaquina, reina de Portugal por su matrimonio con João VI de Braganza, estuvo a punto de hacerse coronar reina del Río de la Plata en Buenos Aires. Su agente confidencial en esta última ciudad y su embajador cerca del Cabildo de Montevideo se llamaba Felipe Silva Téllez y Contucci. Sabemos por otra parte que el escultor y arquitecto florentino del Renacimiento, autor de una de las puertas de oro del baptisterio de Santa María de las Flores de Florencia, Andrea Contucci, llamado 'Il Sansovino', pasó más de diez años en Lisboa. Don Felipe, declara Larreta, era el fruto de sus amores con una Silva Téllez. Desposó a la hermana del general uruguayo Oribe […]. Éste, a su vez, casó con la hija de este matrimonio, su sobrina por alianza matrimonial. Y precisa: 'Yo mismo soy descendiente de Felipe Silva Téllez y Contucci y del general Oribe".
      André Jansen, Enrique Larreta, novelista hispano-argentino, p. 73

Nada que ver con los inciertos y desconocidos orígenes de Zita Wilburns11, o con la cara de mestizo, la "risilla de esclavo", y la "doble herencia del negro y del indígena", observables fácilmente en Cabrera, uno de los argentinos deslumbrados indebidamente por París en Zogoibi12. Aristocracia española, fundadores criollos y, ahora, también, artistas de la Italia del Renacimiento, se reúnen en la voz que, en nombre de la tradición, de la historia y del arte, puede, así, dar espesor y legitimidad a su propio lugar de enunciación elevado y diferente. Hidalgos criollos defendiendo, a la vez que la construyen, su especificidad y su preeminencia frente al vértigo de la modernidad. Es la triple aristocracia que le otorga Berenguer Carisomo: "la de la sangre, la del dinero, y la del talento".13

La crítica literaria, -una determinada crítica- de nuevo, viene a confirmar el discurso de Larreta y también, mientras legitima a su vez su propia función como intérprete autorizado, la condición de oráculo, de semidiós, de aristócrata con prosapia efectiva o sin ella que el escritor modernista, que una determinada versión del escritor moderno, pretendió ser.

Noveno cuadro: un viaje ceremonial a una España, por supuesto, sin cocottes.

"El 2 de julio de 1948, ante el Gobierno Civil, a la entrada de Ávila, el gobernador le recibe, en compañía de numerosas personalidades, para conducirle a la actual plaza de la Victoria […]. Las autoridades municipales le esperan allí, rodeadas por los maceros de la ciudad. En el vasto salón rojo del Consejo, bajo el viejo techo 'artesonado', el alcalde le ofrece la presidencia de la insigne asamblea. Obispo y gobernador, alcalde y concejales se agrupan allí […].

Como viajero infatigable, sabe escoger guías inigualables. Gregorio Marañón le hace visitar Toledo […]. Valero Bermejo, gobernador de Ávila, le muestra aspectos ignorados de Arévalo, de Madrigal de las Altas Torres (donde va a la casa natal de Isabel la Católica) -emocionante perenigraje para un americano-, castillo de Villaviciosa y Segovia. […] Pilar Primo de Rivera le conduce después a Lagartera, esa ciudad pintoresca de la región toledana, donde podrá adquirir uno de aquellos magníficos vestidos populares bordados, destinado a su palacio de Buenos Aires"
      André Jansen, Enrique Larreta, novelista hispano-argentino, p. 76-77.

El literato, como en Francia tantos años atrás, había vuelto a triunfar sobre el político. Su ficción de Ávila, su España imaginada, le abre las puertas de las Instituciones, pone a sus pies, amontonadas, a las jerarquías civiles y militares y le granjea guías inigualables. Si en Francia, le abrían los soldados las trincheras, en España, las jerarquías le esperan en la plaza de la Victoria. Ese es el auténtico viaje consagratorio, el que invierte el recorrido de las carabelas, el que permite a un argentino -"emocionante peregrinaje para un americano", como puntúa el biógrafo- visitar la casa natal de Isabel la Católica, ungirse de origen, viajar al centro dimanador de la propia nobleza y, repleto de señorío, comprobar la continuidad de las noblezas, que las ficciones propias de España coinciden con las de los prohombres indígenas, que reconocen también esa comunidad. "Estamos en unos momentos muy parecidos a las vísperas de Lepanto […] -había declarado a su llegada- y no sería difícil que España volviese a ser cabeza y defensa de la Cristiandad"14. El literato, sin duda, había triunfado sobre el político.

Madrigal de las Altas Torres era precisamente uno de los nombres maravillosos que esmaltaban las tierras de Castilla según el fundador de la Falange. Ahora, es Pilar Primo de Rivera la que acompaña a Enrique Larreta para que se compre un traje de lagarterana y complete con él su propio "palacio", como, significativamente, lo llama el texto. Este otro traje folklórico, "pintoresco", compartirá, quizá, aquellos muros, con el chiripá y las boleadoras, con otras imágenes fijadas de las esencias nacionales, con otros preciosos decorados de cuadros costumbristas, con otros uniformes de Coros y Danzas.

Viaje consagratorio, entonces. Viaje que escribe ejemplarmente el lugar de España y sus ficciones en el mundo narrativo de Larreta. Pero viaje consagratorio, definitivo también, momento climático, en el relato de la vida del escritor que hace el biógrafo. Él sella la importancia del momento, él llama nuestra atención de lectores sobre las jerarquías que se agolpan y que enmudecen ante la palabra de Larreta, él consagra como inigualables los guías que lo conducen por los caminos de España. Sólo en su voz tanta grandeza completa su sentido.

Décimo cuadro: La cadena de las tejedoras o Patria, Justicia y Pan en la pampa bonaerense.

"La sección femenina de la Falange aspira a la realización de todos los servicios que concuerden exactamente con el espíritu y facultades de sus masas, cumpliendo con ello en la Falange las funciones de la mujer en el hogar -arreglo material, aliento y cuidado- y de otra parte los servicios extraordinarios de participación en la obra sanitaria y desarrollo de la obra social y benéfica".
       Del Capítulo I de los estatutos de la sección femenina de Falange Española y de las J.O.N.S.15

"En cierto momento en que todos callaron, Federico volvió a representarse a Lucía, entre su madre y su abuela, tejiendo junto a la lámpara. […] El recuerdo de la conversación con Lucía, la evocación de su belleza y de sus encantadores gestos habituales le envolvía en dulcísimo aire de esperanza, de pureza, de sosiego, como el que aspira el alma en los claustros herbosos"
     Zogoibi, capítulo 25, pp. 304-305.

"'Hada de los ranchos', la llamó, una vez, la abuela de Federico.

Casi todos sus ahorros los empleaba Lucía en comprar ropas y embelecos para distribuirlos entre la gente rústica; pero esas dádivas no eran tomadas y agradecidas, sino como una de tantas señales de aquella bondad que envolvía en luz de dicha maravillosa a padres y a hijos, cada vez que la preciosa 'patroncita' penetraba en sus chozas humildes. Los chicuelos solían besarla el vestido, cuando ella no los veía".
       Zogoibi, capítulo 24, p. 278.

Undécimo cuadro: un retrato de familia.

Extranjeros heresiarcas que abjuran de sus errores en el lecho del dolor, soldados patriotas que saben reconecer la pureza del espíritu en cuanto la ven, escritores que atraviesan trincheras invocando su nombre, argentinos que viajan a Francia y el vicio los estraga, linajudos caballeros abulenses que frecuentan a las santas, caballeros criollos que frecuentan a Curas, españoles y con mayúscula, campanas en el crepúsculo, gauchos en el crepúsculo, caballeros linajudos, estancieros linajudos y escritores linajudos, Felipe II y Oribe, el General San Martín, don Juan de Austria, y Andrea Contucci, el Sansovino, José Antonio Primo de Rivera y su abnegada hermana, una presunta polaca sembrando la lujuria y el caos, Sevilla y Ávila teniendo razón, una bella patroncita que da luz, y los niños que le besan el vestido, Chicago no teniendo razón, una medalla con un caballero con facha de español legendario y un español legendario en su reverso, escuelas que enlocecen las chozas, un libro sobre Enrique Larreta llamado Cumbres del modernismo, y un prólogo de Isabel Padilla y de Borbón a otro libro sobre Larreta16, generaciones de mujeres que tejen, intelectuales con dolor de España, obispos y autoridades a los pies del escritor en el salón de un ayuntamiento, guías inigualables, un crítico que los llama guías inigualables, una plaza que se llamó del "Mercado Chico", y después, de la Victoria, patrones que se visten de gauchos y un traje de lagarterana. Todas estas cosas, y algunas más, han sido convocadas por los textos de Enrique Larreta, y se reúnen en el retrato de familia que cierra estos cuadros costumbristas. En todas esas direcciones, a través de los recorridos subterráneos que las unen, es posible leer.

En el fondo del retrato, por supuesto, la pampa, "remedo de la eternidad", que escribió Azorín17. "¡Qué tierra para la contemplación!", como exclama en Zogoibi el padre Torres, español y sacerdote.

 

Notas:

[*] Este artículo surge en el contexto de las investigaciones realizadas gracias a la concesión de una Beca Post-Doctoral por parte de la Fundación Caja de Madrid, y de la ayuda concedida por la Generalitat Valenciana al grupo I+D de la Universidad Cardenal Herrera-CEU del que formo parte (CTDIA/2002/59)

[1] Sigo en mi trabajo la "edición definitiva", aparecida en Jacobo Peuser Lda (Buenos Aires, 1926), p. 331.

[2] Ibidem, p. 175.

[3] Cito por la novena edición publicada por la editorial Austral: Madrid, 1955, p. 15. Por cierto, que la primera edición está fechada el 23 de mayo de 1939, es decir, apenas mes y medio después de la finalización de la Guerra Civil Española.

[4] "Este vicio maldito, (hizo el ademán de levantar hasta la boca el bambú diabólico), me lo enseñó una cocotte poetisa", op. cit., p. 322.

[5] Discurso pronunciado en el Teatro Calderón, de Valladolid, el dia 4 de marzo de 1934. En PRIMO DE RIVERA, J. A., Obras completas, Bilbao, Ediciones Arriba, 1939, es decir el "año de la Victoria, III triunfal de España y del nacional-sindicalismo" (sic), p. 30.

[6] El padre Torres, alarmadísimo, le dice, por ejemplo, a Federico: "Me está pareciendo que ya metió el demonio su rabo. (Santiguándose). ¿No le habrá embrujado a usted la polaca esa de la fábrica, la Wilburns?", op. cit, p. 74. Por cierto, que ante tal adjetivo, Federico exclama "con extraordinaria viveza": "¡No es polaca!", ibidem.

[7] Noticias Gráficas, 17, junio de 1933. Citado en CAMPANELLA, H. N., Enrique Larreta: el hombre y el escritor, Buenos Aires, Marymar, 1987, pp. 27-28.

[8] "Con la solidificación del grupo social que dirige al país luego de 1880, el viaje europeo se institucionaliza: ni pioneros, ni precursores, ni aventureros, quienes lo celebran adoptan cada vez más el aire de oficiantes y el itinerario se convierte en rito. Se viaja a Europa para santificarse allá y regresar consagrado", VIÑAS, D., De Sarmiento a Cortázar. Literatura argentina y realidad política, Buenos Aires, Siglo XX, 1971, p. 180.

[9] En realidad, nada tiene esto de sorprendente, ya que, como señala el propio David Viñas: "esta creciente espiritualización de la burguesía liberal homogeneizada hacia 1880 tiene como contraparte la materialización de las nuevas clases que empiezan a estructurarse y presionar a consecuencia del impacto inmigratorio", ibidem, p. 182.

[10] Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1967.

[11] En la p. 206, por ejemplo, la encontramos negándose a revelar a su amante el nombre de su lugar de nacimiento.

[12] Op. cit., p. 84.

[13] CAMPANELLA, H. N. op. cit., p. 60.

[14] Citado en CAMPANELLA, H.N., op. cit., p. 50.

[15] Los citados Estatutos, aprobados en 1937, aparecen reproducidos en GALLEGO MÉNDEZ, M. T., Mujer, Falange y franquismo, Madrid, Taurus,

[16] Me refiero al ya citado de H.N. Campanella.

[17] AZORIN, "Cervantes y Hernández", en en Isaacson, José (comp.), Martín Fierro: cien años de crítica, Buenos Aires, Plus Ultra, 1986, p. 164. Originalmente apareció en forma de artículo en La Prensa, el 27 de febrero de 1938. Sigo en mi trabajo la "edición definitiva", aparecida en Jacobo Peuser Lda (Buenos Aires, 1926), p. 331.

 

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Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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