Ciudad y memoria en “Mañana de ámbar”
de Manuel Orestes Nieto

Erasto Antonio Espino Barahona
Universidad Santa María La Antigua (Panamá)
Universidad de La Sabana (Colombia)
eramap@cable.net.co


 

   
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“La ciudad es un discurso y este discurso es verdaderamente un lenguaje.
La ciudad habla a sus habitantes, hablamos nuestra ciudad, la ciudad donde nos encontramos, simplemente por habitarla, por recorrerla, por mirarla”.
Roland Barthes

Existen muchos modos de explicar y hacer legible nuestra presencia en el mundo. La religión, la literatura y la filosofía no son otra cosa que algunas de las instancias discursivas y de las prácticas sociales que definen nuestro estar ‘aquí y ahora’, estableciendo -cada una a su modo- una forma de experimentar y de leer los diversos estadios del tiempo: tanto el devenir, como el pasado irrecuperable y el futuro que ignoramos.

Justamente, una de las herramientas que permiten aferrar e inscribir nuestra presencia en el tiempo, es decir, en la Historia, es precisamente la escritura. Ésta, junto con la lectura, constituye la díada fundamental de los procesos cognitivos que hoy exige la sociedad globalizada y conforman la médula o la acción fundante de esa práctica estético-discursiva conocida con el nombre de Literatura.

Una de las funciones de la escritura es la textualizar las circunstancias espacio-temporales. Circunstancias que, potenciadas por las condiciones de la comunicación literaria, permiten dar cuenta estética y ficcionalmente de un fragmento de lo real, permiten volver a hacer presente las historias extraviadas “en la convulsa colisión de los años” (Nieto, 40). Pienso que ésta es una de las intenciones cifradas por Manuel Orestes Nieto en su poemario “Mañana de ámbar”. Texto que conforma la primera parte del libro Nadie llegará mañana con el que Orestes ganó por cuarta vez el Premio Nacional de Literatura ‘Ricardo Miró’ en el 2002, máximo galardón literario otorgado por el Estado panameño a través del Instituto Nacional de Cultura.

Retomando lo anterior, diré que “Mañana de ámbar” es un discurso poético mediante el cual el hablante se confronta con sus recuerdos y los recupera literariamente, a través del ejercicio escritural. El poeta apuesta por focalizar el pasado a través de una meditación lírica con y desde aquél que fue su barrio de infancia en la ciudad de Panamá en los años cincuenta; espacio urbano hoy transmutado por las migraciones sociales y la desterritorialización típica de la metrópoli.

El poeta tematiza, por tanto, los recuerdos de infancia cómo tópico discursivo. La intentio opera pasa, entonces, por la recuperación del escenario urbano y de los sujetos que habitaron aquél que fue su primer entorno. Mediante un lenguaje pulido y esencial -mantenido a lo lago del poemario-, Orestes evoca y nombra en el canto 35, el comienzo, el sitio fundacional de su propia historia:

el lugar originario,
el recuerdo más antiguo,
el territorio único
donde pudo pastar a sus anchas
la inocencia.
(41)

Como puede observarse, entra a jugar aquí un logrado manejo del lenguaje conversacional o del coloquialismo. Rasgo lingüístico que Fernández Retamar (1995) señaló alguna vez, como una de las características de la posvanguardia latinoamericana1. Pienso que esta aparente falta de retoricidad en el lenguaje, es una de los grandes aciertos del texto, pues posibilita una intensa comunicación lírica.

Ahondemos en ella, deteniéndonos en el título del poemario “Mañana de ámbar”. ¿No es acaso la mañana el primer lapsus del día, la irrupción de la luz, el tempo que marca de la jornada, el comienzo? ¿Y la inocencia, no campea libre (“a sus anchas”) en la temprana infancia, allí donde el aguijón de la disfunción social no se ha hecho aún presente?

Por otro lado, el poeta, se sirve de la adjetivación para marcar, desde el inicio, el título del poemario: “Mañana…”, sí, pero “Mañana de ámbar”. El complemento adjetivo permite unos efectos de sentido altamente sugerentes. Recordemos que el ámbar, es una resina fósil fruto de coníferas prehistóricas, cuya acción conservante ha permitido preservar valiosísimas restos fósiles, a pesar del paso de los siglos. Su tono amarillo tostado la hace apetecible para la elaboración de fina joyería. Entonces, una “mañana de ámbar” connotará un inicio valioso en el tiempo, un momento hermoso y primigenio que debe perdurar y atesorarse igual que una joya preciosa.

Ahora bien, ¿qué es lo que se atesora? ¿Y en qué contexto se opera el rescate de lo atesorado? Ese bien que el poeta busca tutelar y que nombre metafóricamente desde el título “Mañana de ámbar”, no es más que la infancia. Su inicio en el periplo vital, en otras palabras el comienzo de la aventura existencial. El contexto que cobija la textualización de los recuerdos, no es más que aquél de la ciudad.

En efecto, nos hayamos ante un cronotopo decididamente urbano justo en la mitad del siglo XX: Panamá, década de los cincuenta. Diríase, incluso, que los dos polos que configuran la escritura del poemario, son -como anuncié en el título de ésta comunicación-la ciudad y la memoria. Dos espacios: uno físico y uno cognitivo, uno sensoperceptible y el otro intangible pero real.

Sabemos que la ciudad es algo más que un tema en la tradición literaria occidental y latinoamericana.2 Tópico y metáfora fecunda de múltiples narrativas, ha sido menos explorada por el discurso poético. Ello no obsta para que desde el yo lírico se parta de la polis para fundar y generar la enunciación del poema. Éste es uno de los méritos -dentro del campo literario panameño- que se advierte en el texto de Manuel Orestes. El hablante poético, de hecho, teje -ya desde el canto primero- un diseño donde viene en evidencia una carga nostálgica de poderoso aliento. Carga emocional que impregna las interrogaciones retóricas del hablante, sobre una ciudad y un barrio que estuvo y que se fue:

¿Viven aún en ti
las gruesas gotas de los aguaceros de zinc
de esta ciudad en octubre?
¿O es que aquellas lluvias
fueron el naufragio gris de una memoria baldía,
un cristal herido por el limo,
una calle enroscada en las sombras?

¿Dónde estará la mañana de ámbar
y su luz que, al partir,
no esperó por mí?
(41)

Hay una radical sensación de pérdida, de “naufragio”, de erosión de las raíces significadas en ese amanecer “de ámbar” que no goza ya de existencia positiva. Transmutado el barrio y la ciudad de entonces3, puede intuirse la irrupción de una realidad otra, diversa de aquella que se añora y que se evoca bella y luminosa. El poeta constata la fragilidad de su “memoria baldía”, saqueada por el tiempo y violentada por una ciudad que no resistió inmune el devenir.

Uno puede leer aquí el resorte lírico del gesto escritural que constituye el poemario. En otras palabras, el texto puede mirarse como un “mental map”-para decirlo con el feliz término de Lynch, recogido últimamente por Sara González de Mójica en una excelente publicación sobre cultural studies. “Mañana de ámbar” es, en síntesis, un mapa mental. Una representación que reconstruye “la imagen del espacio urbano que tienen los ciudadanos y que ha sido formado por sus recorridos y usos” (González de Mojica, 43).

La recuperación de la ciudad desdibujada por el vaivén del tiempo y del progreso se logra mediante el acto de la memoria vuelta escritura. Poco importa la veracidad objetiva de los recuerdos4. Lo relevante no son tanto los hechos en sí, sino el modo, el tono y la toma de posición desde los que se evocan, sobre todo los acontecimientos más cotidianos. Así en el canto 2, el hablante confiesa:

Llegaba el verano
y no íbamos al mar.

En esta guarida de pobreza
no había aviones que abordar
hacia otros países;
el planeta se reducía a estas calles
que conocíamos con los ojos vendados.

Muchos de nuestros juguetes
los hicimos con nuestras propias manos;
corríamos por el barrio
hasta la muerte del sol
y volvíamos a casa,
evadiendo el regaño y las preguntas,
como quienes viven
entre el miedo
y las ganas de crecer
. (5)

La mirada de la estrechez económica temprana y de la mentalidad lúdica infantil, desde la perspectiva adulta del poeta de hoy, deja espacio -en el canto 4- a una relectura lúcida y sincera de aquellos años primeros:

No ocurrió nada memorable
para ser escrito en los libros
de historia patria.

No protagonizamos los sucesos
que ocurrieron mientras crecíamos;
no nos dimos cuenta
de los escándalos y las noticias,
de los muertos en los periódicos,
ni supimos cómo se iniciaban
aquellas batallas campales
entre estudiantes y policías.

Fuimos un cardumen disperso
en la tempestad de sobrevivir.

No quedó registro,
huellas
ni discusiones acaloradas.

A lo sumo, el trazo de una bengala azul,
esta bruma en los recuerdos,
fracciones de rostros,
contradictorias vergüenzas
y alegrías fugaces que estallaron
en las bocacalles.
(7)

El recordar es un modo de poner orden, de dar coherencia a la “bruma” de “los recuerdos”, de nombrar las “fracciones de rostros” y esclarecer las “contradictorias vergüenzas” que pueblan el espejo de lo que fuimos. La construcción de la memoria -en este caso activada por la enunciación poética- nos capacita para re-visar, esto es, volver a ver, visitar y comprender nuestra propia historia (Myers, 47). Es por ello por lo que el poeta puede -en el canto 25- volver a mirarse a mismo en la lejanía, allá donde emerge luminosa su imagen de niño[5] y se entrecruzan el verso y la memoria:

Aquel niño que ves allá,
en la acera rota
y entre la luz de la tarde,
el que juega
pix,
hace filigranas con su hilo y su trompo,
pierde sus canicas en el
ñuflú,
es el
delantero derecho de su equipo
y juega béisbol
como
pitcher izquierdo,
ese niño bañado en sudor
que grita alegre
y hace piruetas en el cemento,
me invita a jugar,
me mira desde lo que fui
y permanece allí, de pie,
en la misma tarde violácea
en que nos despedimos para siempre,
con un abrazo
y sin decir palabras.
(30)

Los cantos finales (30-35) dan cuenta tanto del drama de la vuelta tardía al barrio, como de la pregunta y el descubrimiento doloroso de sentirse extraño en aquél que una vez fue el propio territorio:

¿Cuándo sucedió esta corrosión?

¿Cómo llegó aquí esta ruinosa tristeza,
este derrumbe
y este bullicio seco?

¿Cómo fueron muriendo,
a la vista de todos,
las escalinatas,
las aceras,
los vecinos
y el orgullo que nos envanecía?

¿Dónde diablos fuimos a parar
y dónde están las paredes y los clavos
que nos sostenían?
(37)

Y más adelante dice aún, en el canto 32:

De pie, en este terreno baldío,
entre la yerba y el polvo ocre,
siento que he perdido el rastro,
que secuestraron la luz,
el impulso,
el cincel que nos hizo
y el aire
que respirábamos a bocanadas
y que fue toda nuestra libertad.
(38)

Para volver a encontrar su asidero, su eje, la evidencia esencial de sus raíces, el poeta ha puesto en marcha el mecanismo de la expresión lírica. Por medio de ella, reflexiona y se interroga -a través de un símil demoledor- sobre el sentido del habitat en el que empezó la vida y sobre cuál validez podrá tener éste a los ojos de los demás:

¿Importará al mundo
que este sitio,
como la escama desprendida de un pez,
se haya extraviado
en la convulsa colisión de los años?

¿Será así como se pierde el hogar,
las ciudades, el país?
(40)

El olvido, ese descuido mortal de la memoria, resulta nocivo no sólo para el sujeto individual, sino para el conglomerado nacional, esto es, para el proyecto de vida colectivo. “Mañana de ámbar” resulta, por ello, un gesto textual necesario en un país que se apresta para celebrar el primer centenario de su existencia, revisando el pasado e interrogando el futuro en el marco de los avatares de la historia.

El evocar los recuerdos, aferrándolos poéticamente, permite la recuperación existencial del pasado perdido y el re-encuentro con lo que fue -memoria, palabra o utopía rediviva de la infancia-, aquel barrio popular del Panamá de mediados de siglo:

una especie de patria diminuta,
concentrada en la humedad,
con la raíz en el cemento
y en el magma ardiente
de un tiempo irrepetible.

 

Notas

[1] Para la importancia del conversacionalismo en la tradición poética hispanoamericana contemporánea, veáse la iluminadora conferencia “Antipoesía y poesía conversacional en Hispanoamérica” en Fénandez Retamar (1995).

[2] De la preocupación por la ciudad como espacio significante dentro de la óptica de las disciplinas del discurso -crítica literaria, lingüística y semiótica, entre otras-, debo referirme a un texto, de algún modo fundacional, esto es, al célebre artículo/conferencia de Roland Barthes “Semiología y Urbanismo” publicado en 1971. Para una reciente versión en español consúltese: Barthes, Roland. (2003). “Semiología y Urbanismo”. Pre-til¹, 1, 12-21. Barthes reconoce a los escritores como aquellos primeros intelectuales que “han hablado de la ciudad en términos de significación” (pág. 14).

[3] El vertiginoso cambio de las ciudades y el consecuente desarraigo y desterritorialización es propio de nuestra contemporaneidad: “Una de las características del desarrollo urbano moderno es el crecimiento de las zonas suburbiales que dependen económicamente del núcleo de la ciudad. Gran parte de esta creciente población de las ciudades modernas se aloja en el extrarradio. Los habitantes de las zonas más antiguas de la ciudad van siendo desplazados por la proliferación de comercios e industrias; las instalaciones de transporte rápido hacen posible que las personas que trabajan en la ciudad puedan residir en los distritos más apartados”. "Ciudad." Enciclopedia® Microsoft® Encarta 2001. © 1993-2000 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

[4] Desde la Sicología, David G. Myers (1995) da cuenta del artificio de la memoria cuando explica que: “Muchos recuerdos no son copias de experiencias que permanecen en depósito en un banco de memoria. Más bien, construimos los recuerdos en el momento de la recuperación, ya que la memoria implica un razonamiento retrospectivo. Infiere lo que debió haber sido, dado lo que creemos o conocemos ahora. (…) reconstruimos nuestro pasado distante combinando fragmentos de información mediante el empleo de nuestras experiencias actuales” (p. 45-46).

[5] Fernández Retamar, al señalar las características de la “poesía conversacional”, destaca que en ella “hay evocaciones con cierta ternura de zonas del pasado” (p. 174). El poema citado es muestra de ello.

 

Bibliografía

1. Barthes, Roland. (2003). “Semiología y Urbanismo”. Pre-til¹, I 1, 12-21.

2. Fernández Retamar, Roberto. Para una teoría de la literatura Hispanoamericana. 1ª edición completa. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1995.

3. González de Mojica, Sara. Constelaciones y redes, literatura y crítica cultural en tiempos de turbulencia. Bogotá: CEJA, 2002.

4. Enciclopedia® Microsoft® Encarta 2001. © 1993-2000. Redmond, WA: Microsoft Corporation.

5. Myers, David G. Psicología social. México: McGraw-Hill, 1995.

6. Nieto, Manuel Orestes. Nadie llegará mañana. Panamá: INAC / Editorial Mariano Arosemena, 2002.

 

Erasto Antonio Espino Barahona. Profesor del Programa de Estudios Generales y del Postgrado de Estudios Éticos de la Universidad Católica Santa María La Antigua en Panamá. Dicta la cátedra de Lecturas Selectas 1 en la Facultad de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad de La Sabana (Colombia).
   Egresado de la Maestría en Literatura Hispanoamericana del Seminario Andrés Bello del Instituto Caro y Cuervo; ejerce la crítica e investigación literaria y lingüística en MAGA y en La Antigua. Ha publicado también en Palabra Clave (Bogotá), SELA (South Eastern Latin Americanist) y en Espéculo (Universidad Complutense de Madrid). Ha sido jurado, entre otros, del Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró (1997) y organizador del I Congreso Internacional de Literatura Panameña (1999).

 

 

© Erasto Antonio Espino Barahona 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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