Lenguaje y discriminación racial. En torno a la negritud

Félix Rodríguez González
Universidad de Alicante


 

   
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El lenguaje cotidiano refleja, como la vida misma, los valores culturales y morales de nuestra sociedad. Pero también los transmite y refuerza, de ahí el enorme poder de la palabra. Los prejuicios contra cualquier minoría o grupo social que se siente desfavorecido, perseguido o proscrito en algún momento de la historia, por razón de su sexo, etnia, o cualquier otro factor, enseguida afloran en el lenguaje cargando de connotaciones negativas los términos empleados para designarlos. Y como reacción, para contrarrestar o mitigar sus efectos y ocultar una realidad que se percibe como ingrata e indeseable, los hablantes a veces rehúyen o edulcoran la expresión por medio de eufemismos o bellas palabras.

De lo que antecede es un buen botón de muestra la serie de apelativos empleados para referirse a los homosexuales. Tanto el término invertido (sexual) (calco del inglés sexual inverted), puesto en circulación a fines del pasado siglo en los medios científicos, como el tradicional y popular marica (en inglés queer, pansy, etc.), así como otros sinónimos del mismo jaez, resultaban claramente despectivos. En tales circunstancias, el término homosexual con el tiempo se convirtió en el más adecuado para el lenguaje científico y general, por la asepsia y neutralidad de sus connotaciones y su carácter altamente descriptivo, a lo que se uniría la fuerza de la analogía de otras expresiones igualmente inequívocas como heterosexual, bisexual, etc. Pero ni siquiera el término homosexual dejó contento a los propios homosexuales hasta que descubrieron la palabra gay, que en inglés significa `alegre' y es portadora de connotaciones más positivas y agradables, tanto en inglés como en español.

El ejemplo es bien ilustrativo y puede ayudar a comprender el sentido de las connotaciones y los vaivenes a que se han visto sometidas las designaciones referentes a los negros, otro de los grupos que injustamente llevan la impronta del estigma social. Y esto se hace patente sobre todo en América, tanto la hispana como la inglesa, donde el contraste de la población negra es más visible y los prejuicios resultan, por tanto, más evidentes.

Curiosamente, en uno y otro idioma se emplea la voz negro, y en ambos tiene una connotación negativa que enlaza con una larga tradición cultural. El símil “trabaja como un negro” (lo mismo que su equivalente “como un esclavo”) es un fiel testimonio de la servidumbre y sumisión de los negros llevados al continente americano.

Debido a esta fuerte asociación, en español el término negro se ha metaforizado pasando a designar al escritor anónimo que realiza un trabajo, muchas veces ingrato, para una persona destacada en el campo del saber (escritor, investigador, etc.) sin que se le reconozca su autoría. Cuando esta persona es muy prolífica a veces se piensa, no sin cierta malevolencia o envidia, que “tiene un negro” detrás. También se aplica a quien escribe las memorias de algún personaje que, bien por su incompetencia o múltiples quehaceres, opta por esta fórmula. Los ingleses, haciendo uso de una mayor delicadeza, lo llaman ghost-writer, esto es, un “escritor fantasma”.

Pero no es sólo trabajo duro lo que podemos leer en las metáforas que tienen por base el color. Algunas contienen referencias más denigrantes. Al negro se le ve como una persona carente de orden y anárquica, pronta a saltarse las reglas que rigen nuestra sociedad. La imagen queda bien plasmada en el modismo español “una merienda de negros”, empleado en sentido figurado como sinónimo de confusión y desorden, y que tampoco encontramos en inglés (free-for-all y bedlam son algunas de las traducciones utilizadas).

Estos comentarios pueden resultar halagadores para el público anglosajón, pero no por ello queda exento de culpa. De hecho, en inglés, la voz negro tiene un matiz más despectivo que en español desde su mismo nacimiento. Su aparición en la lengua se remonta al siglo XVI (concretamente al año 1555, según el Shorter Oxford English Dictionary), y su origen español y portugués apunta claramente a unas referencias históricas y culturales que muchos tratan de olvidar. Es la historia de la esclavitud negra con largas jornadas de trabajo, trabajos forzados, latigazos y otras vejaciones a manos del todopoderoso amo blanco. Con estos antecedentes se comprende que en el siglo XIX, coincidiendo con unos aires más democráticos y liberadores, se propiciara el uso y posterior difusión de black, que es el término usual para referirse a negro de un modo general, pero que hasta entonces no se había aplicado en el sentido de raza. Con el tiempo esta voz serviría para arrinconar y teñir de una fuerte carga negativa a negro, así como a nigger, creado sobre un modelo inglés pero mucho más peyorativo.

Como sucediera con homosexual en inglés, black tiene una connotación más neutra, desprovista de reminiscencias coloniales, pero que no todos encuentran agradable. La misma lengua ampara este particular sentido, pues las connotaciones de que son portadores el blanco y el negro en el habla diaria son bien diferentes. En el entorno cultural que conocemos la blancura es sinónimo de muchos atributos de carácter positivo: puro, honesto, bello; por el contrario, lo negro es impuro, atemorizante, malévolo, oscuro, difícil. Lo blanco es salvífico, tal es la cualidad del alma; lo negro es generador de mala suerte.

En inglés, Ossie Davis (1969: 74) ha comparado los sinónimos de white `blanco' y black `negro' (y los sustantivos abstractos whiteness `blancura' y blackness `negrura, obscuridad') que aparecen en el conocido diccionario de sinónimos de Roget (Thesaurus of the English Language), llegando a los siguientes resultados: whiteness tiene 134 sinónimos, de los cuales 44 tienen una connotación favorable y sólo 10 tienen un matiz ligeramente negativo; y blackness tiene 120 sinónimos, de los cuales 60 son claramente desfavorables, y ninguno de ellos es ni siquiera ligeramente positivo.

En la lengua española existen montones de expresiones idiomáticas que reproducen también esta visión maniquea. Hay una “suerte negra” (“tener la negra”, “un día negro”, etc.) que con actitud supersticiosa algunos tratan de inculpar a los gatos de ese color; hay una “mano negra” que corroe muchas instituciones, una mano invisible pero bien fuerte, extendida por personas y grupos con “negras intenciones”; un “mercado negro” y un “dinero negro”, así llamados por su ilegalidad; y un “garbanzo negro”, una “oveja negra”, un “pozo negro” ... Todo en negativo. En ninguna de estas expresiones el blanco está presente, y cuando lo está, el contraste es bien significativo: existe una “magia negra” pero, al contrario que la blanca, implica a poderes maléficos e infernales. No es casual tampoco que en el juego del ajedrez las piezas blancas sean las primeras en moverse.

Heredado de una tradición cultural, este esquema tiene una firme raigambre, y por tanto no puede cambiar de la noche a la mañana, lo que sirve muy bien a los propósitos racistas. Ahora bien, aunque parezca paradójico, los prejuicios raciales de supremacía de los blancos se hacen más patentes en el rosario de términos existentes en el idioma para referirse al concepto de negritud. Cuando lo negro se refiere a la raza, en abstracto, no parece dudarse en adjetivarse de tal modo, y con toda normalidad decimos “la raza negra”, o black people en inglés. El problema surge cuando la referencia es al individuo, al objeto concreto de nuestra xenofobia, en cuyo caso se acude a procedimientos más o menos indirectos.

Al estudiar los términos utilizados en el habla popular para referirse a los negros y mulatos en distintas zonas de la América hispana, Beatriz Varela, en su libro El español cubano-americano (1992), ha espigado un buen número de singulares y pintorescas expresiones, entre ellas charolitos, morenos, pardos, tizones, chocolates, así como otras no menos humorísticas como caimitos, zanates cuscos, monos. A mi modo de ver, el carácter festivo e irónico de muchas de estas denominaciones es muy revelador, pero no lo es menos la larga serie a que dan lugar. En el argot, cuando un concepto es estigmatizado o tabuizado, en seguida genera una gran concentración de sinónimos en torno a él. En español, son más de dos mil las expresiones empleadas a lo largo de la historia para referirse a las prostitutas, según un recuento del lexicólogo Miguel Casas (1986). Aun sin llegar a ese número, resulta llamativo cuando menos el número de términos utilizados para referirse a los homosexuales, así como a los drogadictos y los narcotraficantes, en los dos idiomas. A esta luz adquiere todo su significado el extenso campo léxico creado en torno al negro. El sociólogo norteamericano I.L. Allen, en un magistral estudio monográfico sobre el tema (The language of ethnic conflict, 1983), ha recopilado 233 alusiones a la raza negra en el inglés de Estados Unidos, bien que muchas de ellas tienen un carácter efímero y pasajero. Tales designaciones, y las variadas asociaciones a que dan lugar, describen de una manera muy plástica la visión estereotipada que la sociedad blanca tiene de los negros.

Como es de suponer, toda esta riqueza sinonímica del habla popular contrasta con el lenguaje ordinario y culto empleado dentro de un estilo de habla formal. En este caso las expresiones utilizadas son escasas y sus connotaciones más positivas, pero no por ello resultan afortunadas. De entre ellas merece destacarse por su generalidad la calificación de color (“gente de color”, “personas de color”), y su correlato inglés colored (colored people), que parece ideada para tranquilizar a las bienpensantes almas blancas. A pesar del carácter más o menos neutro de sus connotaciones, la clara intención eufemística de su uso, y sobre todo su imprecisión y ambigüedad, le restan utilidad como forma sustitutiva.

Otro término muy distinto por sus connotaciones, y que está cobrando cierto auge en Norteamericana, es Afro-American (afro-americano). No hace mucho tiempo la premio Nobel de Literatura Toni Morrison, haciéndose eco del sentir de algunos intelectuales negros, decía que no era negra sino afro-americana. Tal expresión, acuñada ya en el siglo pasado y resucitada en los años sesenta, proporciona unas referencias etno-históricas positivas, al evocar con orgullo el origen africano de sus antepasados; además se aprovecha de la analogía de formaciones de similar composición como Cuban-american, Latin American, Mexican-American, etc. Su uso es, sin embargo, restringido, pues sólo puede encontrar aplicación en el contexto norteamericano.

Hace ya algo más de tres décadas, en 1969, un lexicólogo americano, David Rafky, hizo una encuesta entre personas pertenecientes al ámbito universitario norteamericano y la mayoría de ellos dijo preferir black, en detrimento de otras formas equivalentes, incluida la de Afro-American (Rafky 1970: 33). Precisamente fue en los años sesenta cuando black empezó a despuntar sustituyendo a negro como palabra más usual (cf. Toffler 1970: 153). A mi modo de ver esta es la elección más acertada, por tratarse de un vocablo tan descriptivo y exacto; y más cuando se considera que el inglés cuenta con la ventaja sobre el español de tener un término como black, carente de las reminiscencias de negro. Lo demás son subterfugios, medios más o menos indirectos, y más o menos agradables, para referirse a la negritud pero de un modo un tanto ambiguo.

Se puede argumentar que esta continua búsqueda de connotaciones es algo fútil si no va acompañada de un cambio en la percepción de la realidad. En la historia de la lengua hay palabras y expresiones que, debido a sus connotaciones negativas, se pierden paulatinamente por sí solas como consecuencia del cambio en los valores o actitudes sociales. Por citar un ejemplo bien conocido, en inglés spinster, lo mismo que en español solterona, así como otros términos sexistas, han ido cayendo en desuso con el creciente movimiento de liberación de la mujer, otro de los grupos tradicionalmente sentidos como oprimidos. Pero, no lo olvidemos, estos cambios idiomáticos se han producido a resultas de una nueva actitud hacia el sexo, un factor que se revela mucho más poderoso que cualquier intento de ingeniería lingüística.

En el caso de la raza la cuestión del prejuicio debe ser matizada, pues el color de la piel es algo irrenunciable, un signo de identidad colectiva del que no solo el blanco sino también otras etnias, minoritarias o no, debieran sentirse orgullosos. Bien lo entendieron los negros radicales del Black Power, al reivindicar y sublimar los valores de la propia raza con eslóganes contraculturales como the soul is black `el alma es negra' (¿y acaso alguien podría dar testimonio de su blancura?) y black is beautiful `lo negro es bello'. Referirse a la raza negra de un modo que se aleje del lenguaje sencillo y directo, con expresiones que no sean black en inglés y negro en español, resulta cuando menos sospechoso. La realidad, empero, no siempre discurre del modo más racional y de acuerdo con los deseos de uno.

Pero es algo que no resulta nada fácil de evitar, y, por lo que parece, vano sería esperar conseguirlo sólo mediante la aplicación de una terapéutica verbal. Poco podrán cambiar las connotaciones, o los términos que las hacen portadoras, si la visión del referente no cambia. Y la cosmovisión, individual y colectiva, se apoya sobre una experiencias e imágenes de lo más negativas.

De nada sirve que en nuestros días el cantante más famoso del orbe (Michael Jackson) y el cuerpo más cotizado de las grandes pasarelas (Noemi Campbell) sean negros, si todo un continente (África) y el país más pobre de América (Haití) también tienen ese color. Por no hablar de los negros que, sin atisbo de pudor, conscientemente se cruzan con blancos o mulatos para blanquear su piel y mejorar así su estatus o su imagen, como ocurre en el mísero Haití.

Lo que sí sería más fácil de corregir, o mejor, de eliminar, son los epítetos étnicos más o menos jocosos e insultantes, dirigidos desde fuera del grupo. Y ello sería tanto más deseable cuanto que son expresivos de unos estereotipos sociales que no sólo reflejan una discriminación racial (que entronca con otra de orden político y económico), sino, y esto es lo más pernicioso, que actúan a modo de control social, con la consiguiente pérdida de autenticidad, autoestima y fe en los propios valores.

 

Referencias bibliográficas

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Toffler, A. (1970): Future Shock. Nueva York: Random.

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Varela, Beatriz (1992): El español cubano-americano. Nueva York: Senda Nueva de Ediciones (esp. “Eufemismos para el negro y el mulato”, págs. 148-50).

 

Este artículo fue previamente publicado en Letras de Deusto, vol 26, nº 70, 1996, 223-229.

 

© Félix Rodríguez González 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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