Tragedia, Paraíso y Utopía

Julián Serna Arango
Universidad Tecnológica de Pereira, Colombia


 

   
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Se pone en cuestión la posibilidad de conquistar sentido en un mundo que gira alrededor de un centro, registra la existencia de un Norte o asume el primado de unos principios o de un método. Se reivindica, en cambio, la finitud de la existencia como fuente de sentido. Se opone el paradigma trágico a la metafísica y al monoteísmo, al tiempo que se destacan sus vínculos con la concepción del fenómeno religioso en Rudolf Otto, así como su vigencia en el mundo contemporáneo.
Palabras claves: Tragedia, metafísica, monoteísmo, politeísmo

 

1. El elemento trágico de la existencia

Acaso hubiéramos preferido un tipo de vida en el que las dichas fueran proporcionales a nuestros méritos y los infortunios a nuestras culpas, en el que las opciones fueran comparables, en el que al elegir algo no tuviéramos que prescindir del resto, en el que fuera posible trazar las fronteras entre la sabiduría y la ignorancia de manera nítida, precisa. No fue así. El azar, la querella, la duda abundan entre nosotros, y por ello la vida no siempre es meritocrática ni hay elección sin sacrificios ni punto de vista sin supuestos. Porque habitamos un mundo en el que abundan los imprevistos, las encrucijadas, las excepciones, ha sido lugar común en Occidente calificar nuestro mundo de trágico. Porque aspiramos a un mundo ordenado, depurado, predecible, no hemos aceptado así no más el mundo que nos tocó en suerte sin merecerlo siquiera como lo señalara Orígenes. Las reacciones no se han hecho esperar. No hemos escatimado esfuerzos para reconstruir el mundo, para someterlo a una rigurosa taxonomía, en fin, para corregir al demiurgo. Ingentes cruzadas, verdaderas titanomaquias hemos emprendido para conjurar, para exorcizar el elemento trágico de la existencia.

Por medio de religiones monoteístas, sistemas filosóficos, modelos políticos hemos pretendido domesticar ese mundo finito y relativo, cruzado por múltiples antagonismos, ese mundo injusto, inconmensurable, adicto a la entropía, para hacer de él un mundo regulado, mensurable, previsible. No sólo sería necesario descubrir el orden del mundo, sino además garantizar el mayor éxito relativo de quienes se ajustan a él. Porque el templo, la escuela, el partido han creído descubrir el orden del mundo, de allí derivan las moralejas correspondientes. Entre los intentos por garantizar los -merecidos- dividendos de quienes se ajustan al orden del mundo se destaca el de Platón. Así lo sintetiza Martha Nussbaum: "Platón consideraba que la persona buena no puede ser dañada por el mundo: su vida no es peor ni merece menos elogios como consecuencia de circunstancias adversas"1. Bastaría seguir el camino correcto para neutralizar el elemento trágico, para devenir invulnerable, en medio de los avatares de la existencia. Aristóteles no comparte el optimismo platónico. Si bien elegir el camino correcto -en determinado contexto, ser cristiano entre cristianos, marxista entre marxistas por ejemplo- contribuye decididamente a la felicidad del individuo, no la garantiza. Aunque la eficacia de determinadas tradiciones, cartillas, criterios haya sido probada repetidas veces, no menos cierto es que no son infalibles ni mucho menos. A ello alude Aristóteles en la Etica a Nicómaco: "La ley toma en consideración lo que más ordinariamente acaece, sin desconocer por ello la posibilidad de error"2. Administrar la vida con cartilla, por ilustrada que sea, no asegura el resultado, no constituye una vacuna contra el infortunio, así lo pudiera hacer menos probable. El hombre verdaderamente bueno y sensato no es invulnerable. A él se refiere Aristóteles en los siguientes términos: "No será removido de su felicidad fácilmente, ni por los infortunios ordinarios, sino por los que sean grandes y muchos"3. La explicación es simple. Para ser feliz, dirá el estagirita, se requiere algo más que desarrollar las potencialidades propias del ser humano, se requiere de amigos, familia, riqueza, influencia política4. Un debate similar se dio entre los judíos. El libro de Job constituye un esfuerzo sin par por demostrar que la persona buena no puede ser dañada por los infortunios por calamitosos que sean. No obstante, los judíos terminaron por rendirse ante la evidencia. ¡Cuántos justos infelices, cuántos malvados sin castigo! Es cuando habilitan el más allá, la vida eterna, como una segunda oportunidad para corregir las injusticias no reparadas en un mundo como el nuestro no propiamente meritocrático.

Entre los ismos que pretenden conjurar, exorcizar el elemento trágico de la existencia hay puntos de acuerdo todavía más precisos. Entre la sabiduría y la ignorancia no hay zonas de conflicto, no hay litigio de fronteras si nos atenemos a los autores comprometidos con los diferentes ismos que pretenden conquistar una posición hegemónica en Occidente. El cristiano, como el marxista, distingue sin dificultad la verdad del error. Evangelizado el pueblo, instruido el ciudadano, adoctrinadas las masas, el Norte será el mismo para todos. Un credo, unos principios, un manifiesto serán el santo y seña requerido para sintonizarse con el curso de la historia. Por su conducto el éxito está asegurado, bien sea para los individuos en el más allá, bien sea para la humanidad en este mundo. No sólo eso. Para quien cree detentar la verdad, se proclama su vocero y se dispone a socializarla a cualquier precio, no habría dificultad alguna en elegir algo y renunciar al resto, lo haría sin remordimientos ni vacilaciones. Ello no es todo. Entre las exclusiones realizadas a nombre de la verdad, abundan las arbitrariedades, las injusticias. Algunos ejemplos. Las obras de Anaximandro y de Protágoras fueron quemadas en Atenas. En tiempos del Imperio Romano, el cristianismo exigía de sus fieles renunciar a la magia, al sexo, al poder, a la usura, a la guerra, a la tolerancia, inclusive. El destierro a Siberia de manera brutal, la pérdida del empleo de manera sutil, serán otras tantas vías elegidas para preservar la ortodoxia, y la comunidad, la cultura pagan por ello oneroso precio.

Para exorcizar el elemento trágico de la existencia no sólo es menester abolir los dilemas del presente, sino además neutralizar el porvenir. Aunque las predicciones de la historia a nivel individual se han revelado las más de las veces fantásticas, abundan las filosofías de la historia que pretenden domesticar el porvenir en sus líneas más gruesas por lo menos. Leemos en Hegel: "(…) la razón rige al mundo y, por tanto, ha regido y rige también la historia universal"5. Aunque la posición de Marx respecto de las leyes de la historia puede resultar ambigua, cuando al decir de Le Goff: "No formuló leyes generales de la historia, sólo conceptualizó el proceso histórico, pero a veces empleó el peligroso término de 'ley' o aceptó que su pensamiento se formulara en esos términos"6, no menos cierto es que abundan entre los marxistas (Lenin por ejemplo) quienes postulan su existencia. No fue otro el filón explotado por los totalitarismos de todos los colores en el último siglo y cuyas cifras de víctimas han batido todos los récords de la historia.

Generaciones de letrados, de intelectuales, diseñaron innumerables prototipos de ese mundo ordenado, sin fisuras, antisísmico. Los paraísos perdidos y las utopías políticas constituyen los más elocuentes ejemplos en esa dirección. En nombre de Dios, de la razón, del progreso se multiplicaron las versiones corregidas, aumentadas, mejoradas, y en cualquier caso diferentes del mundo feliz. Porque algunas versiones del mundo feliz hicieron carrera, ellas fueron puestas en escena. No en muchas partes -en las más se revelaron descontextualizadas-; no por mucho tiempo -pronto se revelaron anacrónicas-, sin embargo. Las mayoría de las versiones del mundo feliz contaron con menos suerte, y su récord se reduce a una serie de reseñas en las hospitalarias páginas de las historias de la filosofía, cuando no de los periódicos de provincia. En medio de la lucha de todos contra todos, el fracaso de los ismos reputados verdaderos por determinada sociedad o cultura era la oportunidad esperada por los partidarios de los ismos no acreditados todavía, siempre al asecho. Cuantas veces un modelo de mundo se revelaba ineficaz, no faltaban candidatos dispuestos a relevarlo. Ello se repitió numerosas veces.

Porque la fe de los hombres no deja de ser humana, es decir, finita, algún día tenía que agotarse, y tarde o temprano la crisis de determinado ismo se transmutaría en la crisis de la dinastía de los ismos, como en efecto ocurrió. Con la crisis de los sistemas se perdió la esperanza de exorcizar el elemento trágico de la existencia, dicho en otras palabras, se perdió la esperanza de construir un mundo feliz, cuando las prótesis espirituales habilitadas para tal fin se revelaron fantasmagóricas. Un par de generaciones de pluralistas -pudiéramos conjeturar- y el mundo de las ideas, el motor inmóvil, las ideas innatas, la razón pura y la idea absoluta, pero también una serie de términos como "realidad", "historia universal", "sujeto", "objeto", "hombre normal" se contarán entre los incunables del museo de la metafísica.

 

2. El "mundo feliz" en cuestión

Aunque un mundo ordenado alrededor de un centro, en función de un Norte, ha sido visto por algunos como la panacea, como el fin de la historia, inclusive; después de haberlo conquistado numerosas veces, después de haberlo perdido otras tantas, Occidente encalló en el nihilismo. Aunque abundan los nostálgicos del sistema, los fieles de la dinastía de los ismos, los adictos al confort metafísico (expresión acuñada por Nietzsche) propio de la era del tratado, también hay quienes sospechan que Occidente tomó la senda equivocada al comprometerse con un dogma, con unos principios, con un léxico. Nietzsche, Heidegger, Derrida, Rorty entre ellos. Cuando la crisis de los sistemas nos ha dejado a la deriva de las circunstancias, si nos asecha el nihilismo, ha llegado la hora de repensar las bondades del paraíso, de preguntarnos por la viabilidad de la utopía, de discutir, en síntesis, la conveniencia de un mundo sin tragedia.

Un mundo en el que los premios se ajustan a los méritos y los castigos a las culpas, como sería un mundo no-trágico, sería un mundo previsible, en el que el futuro estaría -literalmente sea dicho- presente, en el que -forzoso es concluir- no habría futuro.

¿Hubiéramos preferido un mundo en el que la intersección entre el conjunto de las virtudes y el conjunto los vicios no fuera otro que el conjunto vacío, en el que el horizonte moral hubiera sido urbanizado por un maniqueísmo a prueba de excepciones, por una rigurosa taxonomía? Si ello fuera así hubiéramos terminado por adoptar una concepción fijista acerca de los valores, del deber ser, como antaño se asumió de las especies biológicas. Ello no estaría exento de implicaciones. A falta de mutaciones nos haríamos poco resistentes a los imprevistos, al caprichoso azar, como las comunidades comprometidas con la endogamia lo terminan siendo a las enfermedades. No es el único símil por supuesto. Una sociedad en la que la jurisprudencia no muta, tarde o temprano terminará desbordada por las nuevas conductas punitivas; una lengua en la que el léxico no muta, entrabará la comunicación, la hará inviable, inclusive.

¿Hubiéramos preferido un mundo en el que no hubiera litigios de linderos entre la sabiduría y la ignorancia, en el que sus fronteras fueran trazadas de una vez por todas ? Si hubiera un orden del mundo, una naturaleza humana, un fin de la historia, bastaría descubrirlo una vez, y en lo sucesivo únicamente restaría socializarlo. Muchos han creído descubrir el orden del mundo, las pautas para su construcción también. Muchos han pretendido colocar punto final a la conversación iniciada por Tales de Mileto acerca de los interrogantes cruciales de la existencia. Porque ha sido un número plural (y en exceso) el de quienes han creído descubrir el orden del mundo, las pautas para su construcción, los unos se han encargado de refutar a los otros, y ninguna de las posturas filosóficas ha salido indemne de la escaramuza. Como lo han dicho varios en diferentes circunstancias, Tertuliano el primero, si alguna vez se hubiera podido deslindar lo verdadero de lo falso, la filosofía estaría de más y nuestras facultades intelectuales habrían alcanzado su jubilación anticipada.

Un hombre sin futuro, una sociedad vulnerable, unas facultades intelectuales atrofiadas serían, en síntesis, las consecuencias derivadas de un mundo sin tragedia.

Por el sufrimiento que nos provoca y el sentido que nos potencia, la ambivalencia de la condición trágica de la existencia constituye el protofenómeno de múltiples ambivalencias surgidas alrededor suyo. Al tiempo que nos tienta, la novedad nos atemoriza. Al tiempo que perseguimos la estabilidad, huimos de la monotonía. Nos seduce el cambio, aunque lo consideramos peligroso.

No es casual ni mucho menos que la existencia de conflictos irreductibles, de valores inconmensurables, haya sido registrada por el teatro antes que por otro género literario, en la medida en que éste asume el elemento dialógico de la vida humana (cuando el otro no es simplemente el otro para mí, sino otro yo, de acuerdo con Bajtín) en toda su plenitud. El teatro, dirá Artaud, en apretada síntesis: "Desata conflictos, libera fuerzas, desencadena posibilidades"7.

 

3. Los dioses no son neutrales

Como protagonistas de la tragedia griega, los dioses inducen los conflictos que atraviesan la vida de los mortales, les imponen responsabilidades desmesuradas, no les perdonan el más mínimo desliz. No en vano dirá Domenach: "Nada reemplaza a la tragedia en su papel escandaloso de volver a colocar al espíritu humano frente al mal injustificado"8. Pero son esas dificultades provocadas por los dioses las que permiten a algunos mortales transmutarse en héroes y potenciar el sentido de la existencia como ocurre con Eteocles, con Antígona, con el titán Prometeo, inclusive. Vistos desde ese ángulo, los males fomentados por los dioses servirían como medio para un bien mayor.

Porque el poder de los dioses griegos es un poder repartido, los conflictos no sólo se hacen posibles, sino además probables. Porque entre ellos se distribuye la virtud y el vicio, las divinidades de los politeísmos no son del todo buenas ni del todo malas. Los dioses pueden ser magnánimos, ecuánimes, leales, pero también lo contrario. Los mitos en los que es posible registrar la infidelidad, la maquinación, el engaño de los dioses son legión. Pero son justamente esas divinidades iniciadas en el mal, las que estarían en condiciones de utilizarle como medio para un bien mayor, de introducir periódicas cuotas de caos en el cosmos para garantizar la diversidad, la incertidumbre necesaria para sacar adelante el proyecto de hombre como un ser abierto a sus posibilidades, es decir, como un ser con futuro.

Aquellas concepciones que apostaron por un modelo ordenado de mundo, que conjuraron (a su manera) el elemento trágico de la existencia, requerían, en cambio, de un tipo diferente de divinidad:

- Porque el mundo no es meritocrático, porque ello constituye el mayor de los escándalos, es menester garantizar al hombre premios y castigos justos, así sea mediante la introducción de algunas hipótesis adicionales, como sería la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. No es otra la tesis de Kant en la Crítica de la razón práctica.

- Asegurar a los mortales una segunda oportunidad allende este mundo exigía un poder fuera de serie, el concurso de una divinidad cuya palabra fuera ley, y en última instancia, de una divinidad omnipotente.

- Porque no son posibles varias divinidades omnipotentes al mismo tiempo, una divinidad cuya palabra fuera ley no podía darse sino en el marco del monoteísmo.

Lejos de ser natural, la dicotomía monoteísmo-politeísmo fue producto de una cierta evolución (o involución) del fenómeno religioso. Así en la primera fase del monoteísmo hebreo, Yahwéh se revela no sólo como una divinidad bondadosa, misericordiosa, sino además como una divinidad colérica, arbitraria; en una segunda fase, en cambio, las acciones de dudosa estirpe son endosadas al demonio, el agente del mal. Repartidas las cargas, eximida la divinidad del trabajo sucio, de la misma manera que el Tribunal de la Inquisición delegara la ejecución de los condenados al brazo secular, queda abierto el camino para una concepción estrictamente moral de la divinidad. A ello se refiere Hernández Catala: "(…) en la medida en que la figura de Dios se va 'eticizando', Satán adquiere valor negativo propio"9. Separado el bien del mal, transcendida la coincidentia oppositorum de los primeros tiempos, es posible desarrollar una concepción monolítica de la divinidad, una concepción coherente, lógica, como en efecto acontece en el marco de la teología, cuando el concepto en cuestión se reduce a un inventario de cualidades positivas superlativas, cuando se multiplican por infinito las cualidades humanas y se habla de omnipotencia, de omnisciencia, de suma bondad por ejemplo.

Al tender un abismo entre la divinidad y el hombre, el monoteísmo se propone confinar la existencia humana dentro de límites claros y precisos. Otro tanto harán el racionalismo, la Ilustración, cuando la fe en la razón y la ciencia alcanza dimensiones superlativas, cuando hay quienes apuestan por el progreso de la sociedad, la felicidad del individuo y la paz universal. Mientras los teólogos apartan a Dios de los hombres, cuando sostienen la exclusividad de los atributos del primero, no dejando para los últimos otra vía que la fe, otro rol que la obediencia; los filósofos, en cambio, alejan al hombre de Dios, bien porque afirman la autonomía del primero, bien porque niegan la existencia del último. Se trata de dos vías complementarias por supuesto. Ello tiene sus implicaciones, sin embargo.

Que los teólogos hayan realizado ingentes esfuerzos por ofrecer una imagen coherente, lógica de la divinidad, y atribuir a su objeto de estudio las virtudes humanas multiplicadas por infinito para fasto de su facultad y envidia de las facultades vecinas en la universidad medieval, revela una incomprensión del fenómeno religioso. Lejos de asumir una condición monolítica, el fenómeno religioso estaría articulado por elementos antagónicos. Leemos en Lo santo de Rudolf Otto: "El contenido cualitativo de lo numinoso (…) está constituido de una parte por ese elemento (…) que hemos llamado tremendum. Pero, de otra parte, es claramente algo que al mismo tiempo atrae, capta, embarga, fascina. Ambos elementos atrayente y retrayente, vienen a formar entre sí una extraña armonía de contraste"10. Así haya sido suprimida por las teologías, la ambivalencia de lo sacro resulta compatible, en cambio, con la ambivalencia de lo trágico, en cuanto la participación de las divinidades en la vida de los hombres constituye al mismo tiempo el dique que contiene y la dificultad que forja.

Entre el monoteísmo y el politeísmo no sólo varía la concepción de la divinidad, otro tanto sucede con la relación dios-hombre. Mientras reserva para los suyos la bienaventuranza eterna, Dios condena a los pecadores al castigo eterno. No sólo eso. Entre los teólogos de los monoteísmos no faltan quienes definen este mundo como un valle de lágrimas haciendo todavía más evidente la asimetría entre el bien y el mal. Semejante concepción maniqueísta del sufrimiento característica del más allá, se opone diametralmente a lo acontecido en este mundo tal como fuera registrado por los trágicos, quienes hacen del sufrimiento un medio para un bien mayor, quienes explican la vida humana como una dialéctica entre el sufrimiento y el sentido, quienes comprometen a los dioses con semejante estratagema.

 

4. Actualidad de lo trágico

Hay quienes replican que el mundo cruzado por múltiples conflictos del que fueron protagonistas, testigos y víctimas los hombres de la Grecia arcaica, de la Grecia clásica, fue producto de la superstición, la especulación, cuando no de la ficción; quienes asumen que los conflictos trágicos fueron exorcizados por el Positivismo, cuando no por la Ilustración. No faltan las objeciones, sin embargo.

Con la crisis de los sistemas colapsó la era del tratado, se perdió el confort metafísico que antaño permitía al hombre conservar la esperanza de un mundo feliz. No sólo es posible registrar el conflicto entre la seguridad y el sentido, y ante el cual se debatieron Adán y Eva cuando fueron tentados por la serpiente. No sólo hay conflicto entre el presente y el futuro, el mismo que padeció San Agustín cuando pedía a Dios castidad, pero todavía no. Hay también otros conflictos cuyo protagonismo resulta indiscutible en los tiempos presentes. El conflicto entre la libertad y la igualdad, ideales políticos que no ha sido posible armonizar a pesar de los esfuerzos realizados por gobiernos comprometidos con los más disímiles idearios políticos, en la medida en que la libertad genera desigualdad. El conflicto entre la cantidad y la cualidad, entre la abundancia y la exclusividad de los bienes adquiridos, conflicto característico de la Sociedad de consumo, y que las tarjetas de crédito intentan resolver hipotecando el futuro, es decir, relevando un conflicto por otro.

Porque vista desde las antípodas la creación es también destrucción; porque toda revolución implica la redistribución del poder, la alteración del orden; porque pensar es repensar, a riesgo de socavar nuestro confort metafísico; porque no es posible una auténtica transformación espiritual sin antes morir en lo que se es y renacer otro, la dinámica del cambio, por su propia inercia, se traduce en la transgresión de los prejuicios, las presunciones, los presupuestos preexistentes, y ello no acontece sin dolor, sin nostalgia.

Lejos de ser una patología de la existencia, un error, un desvío, los conflictos constituyen la condición de su posibilidad, y no estaría en nuestras manos suprimirlos. El paraíso es utopía. Es cuando adquieren vigencia términos como reingeniería, cuando se asume la universidad como universidad permanente, cuando se reivindica, en síntesis, el paradigma trágico, solidario éste con una concepción de mundo como mundo a medio hacer, con una concepción de hombre como ser en camino. Porque cualquier reconstrucción de mundo que se adelante, acontece a expensas de la construcción anterior, de las demás opciones, del tiempo disponible, no estaría exenta de conflictos.

 

5. Conclusión

El demiurgo, el hipotético responsable de la creación del universo estuvo -lo podemos conjeturar- en una verdadera encrucijada, en lo relativo al diseño del más elaborado de sus prototipos. Mortal o inmortal, no sería otro el dilema en lo relativo a la creación del hombre. En una vida sin fin el valor de las cosas se difumina; en una existencia finita, en cambio, todo se pierde con la muerte. En medio de un conflicto evitación-evitación, el demiurgo debía decidirse… El hombre fue mortal. Las dificultades derivadas de su elección saltan a la vista. ¿ Cómo valorizar las acciones del hombre a pesar y a partir de la conciencia de su finitud ? El demiurgo diseñó, creó la condición humana de cara al futuro, de manera que abundara en tensiones a través de las cuales el individuo y la sociedad no sólo difieren, aplazan, solapan las meditaciones relativas a su perentorio final, sino que además potencian su sentido. En medio de las opciones disponibles, el demiurgo -justo es reconocer- dio prueba de su ingenio.

 

NOTAS

(1) NUSSBAUM, Martha. La fragilidad del bien. Madrid: Visor, 1995. p. 415

(2) ARISTÓTELES. Etica a Nicómaco, I, X. Bogotá: Universales, 1994. p. 127

(3) Ibid. p. 25

(4) Cfr. ARISTÓTELES. Op. cit., I, VIII

(5) HEGEL, Georg Wilhelm F. Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Barcelona: Altaya, 1994. v. I, p.84

(6) LE GOFF, Jacques. Pensar la historia. Barcelona: Altaya, 1995. p. 94

(7) ARTAUD, Antonin. El teatro y su doble. México D.F.: Sudamericana, 1992. p. 33

(8) DOMENACH, Jean Marie. El retorno de lo trágico. Barcelona: Península, 1969. p. 21

(9) HERNÁNDES CATALA, Vicente. La expresión de lo divino en las religiones no cristianas. Madrid: BAC, 1972. p. 89

(10) OTTO, Rudolf. Lo santo. Madrid: Alianza, 1998. p. 51

El presente texto hace parte del volumen titulado: Finitud y sentido

 

© Julián Serna Arango 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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