Vuelta a la patria

Harry Almela


 

   
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Las líneas que siguen intentan ser una reflexión en voz alta acerca de las circunstancias que enfrentamos -en medio del fragor de estos días terribles que nos ha tocado vivir- los poetas pertenecientes a la generación de los años ochenta en Venezuela, tanto en el territorio del ejercicio de la ciudadanía como en el campo de lo que ha convenido en llamarse el compromiso de los escritores. Al confesar esto, me es necesario aclarar que este intento excluye toda intención de normativa moral que atienda lo que semántica e históricamente se ha entendido como compromiso. Está lejos de mi intención el asumir un papel fiscalizador acerca de deberes y derechos. Se trata más bien de compartir mi preocupación acerca de algunos abismos. Propongo, en resumidas cuentas, una discusión abierta acerca de los logros del período y del avance en el terreno de la independencia del campo intelectual, lo cual busca poner en el tapete la antigua discusión acerca del carácter de voz de la tribu que tiene el poeta, concepto que cierta tradición ha puesto en boga desde hace ya algunas décadas y que me ha servido de punto de partida para ubicar mi oficio en las circunstancias actuales.

Por eso, he evitado -en la medida de lo posible- nombrar directamente a los personajes, interesado como estoy en proponer una lectura no estética sino más bien desde el punto de vista social y político. Acá se presenta otro inconveniente. Estoy seguro de que estos dos vocablos no disfrutan de prestigio alguno entre los compañeros de generación. Pero son pocas las alternativas. Por más que no sea de nuestro agrado o interés, y más allá de que tengamos o no conciencia de ello, toda literatura conversa de alguna forma con su circunstancia espacial y temporal. Por eso, el siguiente texto intenta evitar la primera persona del singular, con el deseo de buscar resonancias en el lector. Me ha sido imposible evitar el tono de ironía en algunos párrafos. Soy conciente de ello y lo asumo plenamente. En fin de cuentas, uno no escoge sus perversiones.

¿A quién le habla la poesía escrita por nuestra generación? ¿Con cuál país conversa? ¿Cuál es el país que fundan los poetas al re-escribir su imaginario? ¿Cuáles son los logros? ¿Cuáles los desaciertos?

.Lo que sigue es un alto en mi camino. Me preocupa lo que pasa en el país. En eso no me diferencio del resto de los mortales que viven en esta Venezuela que se debate entre su puesta en duda de la modernidad, su precaria intención de rescribirla y su franca vocación posmoderna. Quizás en la puesta en escena de estas reflexiones me acompañen algunos lectores y en el camino pueda responderme una pregunta que me agobia en las noches: ¿para qué y para quién escribo ahora, en estos tiempos de indigencia?

 

Silva criolla

Nuestra generación, aquella que se ha convenido en llamar la de los poetas de los años ochenta, ha despertado de un sospechoso, cómplice ­-o al menos particular- letargo, marcado por un desdén infinito por lo que ocurría en el otro país, el real, el de todos los días. De manera gratuita o cerebral, inocente o presumida, habíamos execrado de nuestro interés poético a la Venezuela postpetrolera que ocultaba, bajo un manto de primorosa y pulcra retórica, las excentricidades y torpezas de una clase dirigente que, a su vez, había decidido execrar de su campo de interés a gran parte de la gente común y corriente, incluyendo a sus escritores e intelectuales, condenándolos (desde los años del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, inc iba) a los bares, a las universidades, a las publicaciones periódicas o de libros, a los subsidios y a pequeñas y mediocres canonjías. En otros casos, los poetas se ofrecieron como cuadros medios o altos en la gerencia de todo tipo de asuntos burocráticos, incluyendo por supuesto los de carácter cultural, para mayor o menor ventura personal y colectiva, asumiendo -sin saberlo- los roles propios de lo que Ángel Rama ha llamado los oficios de la ciudad letrada. Mientras nos entreteníamos en este juego de arañas, los mismos personajes que presumíamos haber dejado en el siglo xix han venido desmantelando poco a poco al país, dejándonos sólo su recuerdo o, cuando más, un leve sabor en la boca.

Los indicios de este desdén lo encontramos cuando notamos -en los poemas escritos en el período- la poca presencia de toponímicos, nombres de plantas y animales, ritmos musicales, o referencias al gran libro de nuestra historia y de nuestra cultura. Cierto que hubo quienes nombraron al cristofué o a los lugares de la infancia, pero la excesiva presencia de alondras o de sitios como Venecia es preocupante. De entre los otros que se salvaron de tales omisiones, algunos lo hicieron con cierta desconfianza ante el temor de poner en el escenario del poema vocablos poco prestigiados por el uso literario. Algunos otros asumieron el riesgo de nombrar al país a conciencia, dando respuestas a sus propias necesidades expresivas y -de manera oblicua- continuidad a los grandes poemas de nuestra tradición: Silva a la agricultura de la zona tórrida, de don Andrés Bello; Vuelta a la patria, de Juan Antonio Pérez Bonalde; Silva criolla, de Francisco Lazo Martí; Mi padre, el inmigrante, de Vicente Gerbsi y Derrota, de Rafael Cadenas. Cabe señalar aquí que tales ausencias también son visibles en otras expresiones estéticas, como la música culta, la danza (moderna, clásica o contemporánea) y en gruesos sectores de las artes visuales.

Durante años, nuestra generación se mantuvo aferrada a la ilusión parasitaria de considerarse a sí misma como perteneciente a una clase media -como si tal cosa sirviera de algo en un país del Tercer Mundo- con los tristes beneficios y privilegios que de ello se derivan: ascenso social por la vía de los estudios universitarios dentro y fuera del país, acceso a bienes culturales más o menos refinados, acceso a los canales de formación y circulación del hecho escritural (talleres y grupos literarios, concursos, publicaciones periódicas y libros, asistencia a ferias y festivales nacionales e internacionales, ser objetos de estudio en el ámbito académico o ensayístico). Además, disfrutamos con absoluto placer y sin saberlo del desconocimiento o ausencia de una tradición literaria qué atender, respetar, seguir o superar. De alguna manera, fue positivo que estuviésemos más pendientes de las formas del haikú que de la décima popular, más pendientes de la poesía en lengua portuguesa que de nuestros poetas del siglo xix, más pendientes del olor de las ciudades extranjeras que del temblor oculto en las nuestras.

Las editoriales oficiales del momento (la ya moribunda Fundarte y sus compañeras de ruta, las colecciones Las formas del fuego y Altazor de Monte Ávila Editores) supieron estar a tono con las circunstancias personales y colectivas de una generación que, a pesar de su deslumbramiento por lo contemporáneo, abría nuevas rutas estéticas en la continuidad discursiva de nuestra poesía. Irreverente, una parte de ella se levantó contra las poéticas que tenían como base exclusiva y excluyente la sonoridad, eso que un manifiesto ya famoso (y poco estudiado en profundidad) calificó en su momento como el lanzamiento hasta la náusea del golpe de dados del lenguaje, experimentación ésta de clara procedencia francesa. Como respuesta -y desde el punto de vista estrictamente personal- intentaron arriesgarse en propuestas que estuviesen a tono con un temperamento -continuamos con el fraseo del mismo manifiesto- más solar. Esto ocurrió -es importante señalarlo- más allá de la ciudad de Caracas. La preocupación derivó más hacia el carácter comunicacional de la poesía que a su registro como forma de conocimiento. En busca del lector perdido, salieron al encuentro de poéticas donde el receptor estaba presente como estrategia discursiva, reformulando el hecho poético en un lenguaje que, si bien había dejado de ser novedoso en otras partes del continente, era un ponerse al día con esas formas latinoamericanas.

Quienes se negaron, por convicción o incapacidad, a asumir estos riesgos, se cobijaron a la sombra de poéticas ya consagradas por el prestigio o por el reconocimiento académico. Para nada les valía el viejo refrán. El árbol les ha caído encima, pues ante el posible y tramposo atractivo de los epígonos, siempre serán más interesantes los discursos de primera mano. Confundidos entre el reconocimiento inmediato y la labor de búsqueda y del logro a largo plazo, se rindieron ante la exigencia del segundo o tercer libro, aunque los hubo también quienes, en el transcurso de los siguientes doce o trece, repitieron la receta de lo telúrico, lo mágico, lo nocturno y lo que de infancia les quedaba en la memoria.

Claro que hubo poetas -esta lista es más amplia- que no bailaron ninguno de estos ritmos. Fieles a su oído y a sus propias lecturas literarias y del país, lograron conquistar espacios estéticos por cuenta propia, alejados de todo rumor modernizante y de toda intención epigonal.

En tales condiciones, el gran avance de la generación lo realizaron, sin lugar a dudas, las mujeres poetas. Dueñas del hogar desde su útero, escribieron una poesía para nada menesterosa, donde el cuerpo era el dramatis personae. Al final, como suele ocurrir en toda época de decadencia, muchos de estos libros convirtieron la condición doliente del yo poético en una retórica llena de sangre lunar, ángeles de Baudrillard y monólogos dramáticos de diosas y personajes griegos.

Mientras los hombres escribíamos mucha (demasiada) poesía en busca de la morada perdida, las mujeres poetas comprendieron desde el principio su condición de casa, lo que les permitió alejarse rápidamente de las formas comunes del desamparo que el tema supone. Cuando hablaron acerca de tales asuntos, lo hicieron para fundar poéticas personales o como un alto en el camino de sus búsquedas, mientras los hombres lo hacíamos más bien como una manera de retornar al Paraíso y dar un platónico testimonio de pertenencia. Esta idea de la casa se convirtió en el gran tema en muchos poetas, hombres y mujeres. No era para menos en un país de campamento como el nuestro, donde la modernización se ha expresado en ese talante de mudanza y derrumbe que caracteriza a la ciudad y al campo. Aquí es deber también tomar en cuenta el desplazamiento masivo hacia los centros urbanos o las constantes mudanzas en la misma ciudad. La casa, en fin, se torna materia prima de la poesía, ya sea por ausencia o por eliminación en el mundo real. Su condición de útero es, ha sido y será nuestro mejor argumento. En el momento en que se vaya a escribir la historia de nuestros espacios urbanos y rurales, serán la poesía y en las artes visuales los mejores lugares para ofrecer documentos capaces de brindar testimonio. Allí, en su imaginario, se han de encontrar los vestigios de una patria que, en el territorio de la realidad, se nos ha ido confiscando con paso más o menos apresurado pero efectivo.

Hay dos situaciones más que es necesario referir, pues tuvieron una influencia directa en las condiciones para poner en circulación los bienes literarios en esos años finales del siglo xx. La primera tiene que ver con la forma en que se expresó la antigua lucha -que ha venido desarrollándose desde nuestro nacimiento como nación- entre lo que ha convenido en llamarse el campo del Poder y el campo intelectual, es decir, la lucha por independizar los espacios culturales de lo que Octavio Paz ha denominado -con propiedad- el ogro filantrópico. En ese territorio, la formación de profesionales en los distintos ámbitos del mundo editorial ha sido por demás fructífero, implicando formas de profesionalización en el campo de las traducciones -por ejemplo-, y en las distintas facetas de la producción de materiales impresos, fortaleciendo -en el precario espacio de nuestra demanda de libros- un circuito que hace tiempo ha dejado de confundir impresores con editores. Por allí transitamos hasta que pudieron nuestras fuerzas, hasta que logramos la extraña y ansiada seguridad personal o hasta que nos encontramos con el muro. Esa profesionalización en tareas propias del hecho literario significó una ampliación con respecto al período anterior, caracterizado por la profesionalización por la vía académica, de la burocracia menor o en el ejercicio de carreras liberales como el periodismo, que también continuaron profundizándose en estos años. Lástima grande que ese mínimo empuje no estuviese acompañada por la profesionalización en el campo de la investigación académica. Unas escuelas de letras que son capaces de graduar a profesionales hasta con un poemario, un libro de cuentos o un ensayo, no constituye un estar al día con las necesidades del campo cultural. El divorcio entre el país y los intelectuales dedicados al estudio de la literatura es característico de estos años, marcados también por el inarticulado andamiaje que siempre ha existido entre los estudios de pregrado y las maestrías y doctorados en literatura. Era más fácil -por increíble que parezca- encontrar a estudiantes y jurados universitarios capaces de valorar en una tesis los logros formales y estilísticos de El proceso de Franz Kafka -aunque no dominásemos para nada el idioma alemán- antes que arriesgarse en un estudio acerca de El círculo de los tres soles de José Rafael Muñoz. Aquí ha hecho mucho daño una concepción de lo literario como forma de expresión del espíritu libre, en detrimento de lo literario como imaginario acerca de nuestra realidad. La generación de los años ochenta, ya fuera del espacio académico, ha venido asumiendo tímidamente esas preocupaciones y algunos de sus integrantes se han dedicado por cuenta propia a investigar las sinuosidades de nuestra historia literaria. Además, muchos de los escritores del período han comenzado a ser -como anotábamos anteriormente- objeto de preocupación en el territorio académico. Sin embargo, se trata de casos aislados y aún nos falta por articular vasos comunicantes suficientemente sólidos entre el campo académico y el campo de los creadores.

Una última circunstancia que nos ha caracterizado (y nada despreciable, si tomamos en cuenta lo que ocurre en otros países de nuestro continente) es nuestra capacidad de comunicación entre las distintas generaciones. Consecuencia misma de nuestra permeabilidad social, en un mismo acto pueden coincidir poetas respetados y bisoños. Autores consagrados han dado -en su momento- libros a pequeñas editoriales, dirigidas en su mayoría por jóvenes poetas. Sin mayores problemas, un poeta en ciernes puede aún tomar un teléfono y llamar a quien quiera, con la absoluta convicción de que sus inquietudes -expresadas en un montón de poemas convertidos en libros cerrados o en proyecto- serían leídos con la debida atención. Esto aún se conserva, a pesar de la difícil situación política que vive el país, asunto que será motivo de reflexión en las líneas que siguen. Es importante señalarlo porque en esa comunidad minoritaria y muda - ¿a cuál país le hemos hablado? - se conversa, se sugieren lecturas, se intercambian libros, se proponen escenarios para la difusión de la poesía. También se conciben las amargas espinas de las zancadillas y los más desprendidos actos de solidaridad.

 

El muro

Pero, he aquí que el país se ha rebelado. La pústula sanguinolenta no se puede contener por mucho más tiempo. Sería demasiado extenso listar los hechos ocurridos desde el 2 de febrero de 1999. Sería más interesante intentar describir las líneas gruesas, ambicionar un sumergirse en las profundidades del río antes que describir sus meros márgenes. La realidad insiste, nos aplasta día a día, pero lo anecdótico no debe distraernos de aquello insondable que nos aturde.

Quizá el rasgo social y político más notorio de los días que hoy transcurren, sea el de la puesta en duda -por parte de los excluidos y de sus voceros oficiales- de los logros de la modernidad y, como corolario, de la forma de nuestra vinculación como país al escenario internacional. El discurso de la modernización en el campo económico, político, social y cultural ha demostrado -en muchos escenarios de nuestro continente- claras señales de fracaso. Los fríos números que hablan acerca de los excluidos están allí para demostrar la incapacidad de ese proyecto para desmontar las circunstancias donde se desarrolla la vida cotidiana de un alto porcentaje de venezolanos. Los excluidos lo son no por meras condiciones económicas, sino por carecer de posibilidades de desarrollo individual, uno de los deseos más acariciados por el proyecto de modernización, en su clara y necesaria intención de separar lo público de lo privado para beneficio del gran capital. Ante el fracaso del proyecto, y sin intención de superarlo desde sus mismas circunstancias, la respuesta a la que se ha recurrido pretende retrocedernos al siglo xix con la finalidad de re-escribir nuestra historia, como si el fracaso del proyecto modernizador se resolviera en un comenzar de nuevo. De allí proviene la continuidad del talante militar impulsado desde los espacios del Poder actual, como si aún el proceso de Independencia no se ha llevado a efecto. De allí proviene el discurso que privilegia a los héroes de nuestra Independencia. De allí proviene el discurso que pone en duda los logros del capitalismo para privilegiar formas de producción inmediatas en busca de solucionar los problemas del desempleo, sin que dicha propuesta se encamine hacia la formación de riqueza colectiva. De allí proviene el discurso que intenta marginar lo civil y particularmente a la clase media letrada -en el campo de las ciencias y las humanidades- en beneficio de la burla que provoca las distintas formas y expresiones del conocimiento en los sectores menos favorecidos de la población y en sus voceros oficiales. De allí proviene el discurso de carácter religioso que ha pervertido al discurso político, cargándolo de emotividades en detrimento de la racionalidad moderna, convirtiendo la discusión cotidiana en una disputa entre Dios y Satán el cual, a su vez, reelabora el antiguo discurso acerca de la Historia como un desenvolvimiento de la Idea Positiva. Aquí, el único fin ha de ser el advenimiento del Paraíso Perdido, presentido ya en las culturas que tienen como punto de partida un libro sagrado. Esta forma de la religiosidad ha sido harto explotado por el discurso oficial. Tienen su libro sagrado. Tienen sus ritos de exorcismo y comunión. Tienen sus dioses celestiales y terrenales. Tienen su Pantocrátor y su panóptico que mira, observa, supervisa y aprueba las formas totalitarias del ejercicio del Poder. Tienen su ejército militar y civil que ha venido desarrollando su particular Guerra Santa, con el apoyo de sectores internacionales que comparten la misma forma de ver la Historia. Tienen su discurso de espejo retrovisor, su desenfado a la hora de hablar del presente cotidiano y su esperanza puesta exclusivamente en el futuro provisor. Todo aquel que no comparta estas premisas debe ser puesto de lado, pues se trata de anular todo espacio individual en función de los espacios colectivos. De lo que se trata, en el fondo, es de llevar al país en su conjunto a un espacio y un tiempo premoderno, donde no existan diferencias entre lo público y lo privado. En ese escenario, es preciso anular o acabar con las instituciones intermediarias entre el Estado y el ciudadano, en beneficio de la figura del líder. Cuando se entregan tierras o alimentos a los ciudadanos, se establece el vínculo directo entre ellos y el líder. Las instituciones no cuentan para nada.

Esta forma de resolver el conflicto de nuestra particular manera de acceder a la modernidad, puesto en marcha a partir de 1999, pone en el centro crucial del debate la situación de los creadores y de los intelectuales en general. En efecto, los intelectuales que se habían formado en la duda del proyecto modernizador, que habían aceptado el reto de ponerse al día en ese debate que ocupaba el escenario intelectual dentro y fuera del país, de pronto se quedaron sin palabras. Secuestrados por la ilusión de la modernidad, pusieron su esfuerzo en buscar la manera de sentirse a sí mismos compartiendo un espacio social que diera cuenta de sus necesidades y de sus logros. Ese esfuerzo se hizo también desde la exclusión. Ahora, la generación de los años ochenta está doblemente excluida: estamos afuera porque el arte y la cultura no son bienes útiles y comerciales; estamos afuera porque el arte y la cultura son expresión del espíritu positivo del cual ahora se reniega desde el Poder, en su frenética pasión adánica y en su bizarro deseo de comenzar todo de nuevo, excluyendo a los que consideraba estaban incluidos y viceversa, en su avieso plan de repartir los pocos panes culturales que no alcanzan ya para tanta boca estremecida.

De allí procede la cada vez más visible preocupación de los creadores e intelectuales de esta generación, expresada en las soluciones que se han planteado en su búsqueda de pertenecer a algo, sea en el mundo de la política o en el mundo escritural, situación agravada por las circunstancias ya señaladas al principio. ¿Cómo resolver, entonces, nuestra manera de re-ligarnos a algo de lo cual siempre estuvimos separados? ¿Cómo insertarnos en un espacio del cual habíamos renegado, por convicción o por inocencia? ¿Cómo encontrarnos con un país que tuvimos siempre a nuestras espaldas, por convicción, por inocencia o por la mecánica impuesta por el Poder?

La generación de los ochenta -hasta ahora- ha vivido de manera contradictoria ese doble exilio. En la búsqueda de la solución, algunos decidieron intentar el reencuentro, ya sea por el discurso del retorno a los paraísos personales o por la apuesta de nombrar al país o a la ciudad, y nombrase a sí mismos en el escenario. Otros aceptaron definitivamente su condición de extranjeros en un mundo sin promesas, desconociendo el libro de la cultura y de la historia nacional, poniendo en la escena del poema -tanto en su sintaxis como en su semántica- los espacios ya consagrados por la cultura occidental. Pero -¡oh, destino implacable y fiel!- siempre el fantasma del exilio interior ha estado allí. Lo que varió fue la manera de enfrentarlo. Apocalípticos o integrados, siempre partieron del mismo punto: el de vivir en un país que no los reconocía como individuos, a pesar de cumplir con los guiones cotidianos que impone el concepto moderno de ciudadanía.

 

¿Vuelta a la patria? ¿Mi padre, el inmigrante?

Ha llegado el tiempo de la ruptura de tan precarios acuerdos. Acá, el problema central está en intentar resolver una sórdida contradicción: en plena época de la aldea global, de separación de lo público y lo privado, de tecnologías de la comunicación y de la información, en fin de cuentas, de la globalización, ofrecer resistencias individuales y colectivas ante el avance del discurso premoderno que se quiere imponer, intentando además encontrarnos de nuevo con el país perdido. Nombrar ese país es el reclamo. También lo es el descubrir los libros de autores como Cecilio Acosta, Lisandro Alvarado, Pedro Manuel Arcaya, Rafael María Baralt, Andrés Bello, Rufino Blanco Fombona, Juan Vicente González, Mario Briceño Iragorry, Juan Liscano, Enrique Bernardo Núñez, Isaac J. Pardo, Mariano Picón Salas, José Rafael Pocaterra y César Zumeta. La lista puede ser más amplia, pero es necesario puntualizar el pensamiento que proviene del mundo civil. Allí nos daremos cuenta, con desolación, que el país descrito sigue siendo el mismo. La desolación no proviene de esa certeza sino del hecho de que no hemos hecho mucho para cambiarlo. Se hace necesario insistir en el pensamiento civil, pues la labor de nuestros padres libertadores concluyó en 1821. A partir de ese año, quienes están en el deber de construir la nacionalidad es el mundo civil, y he allí una de nuestras mayores precariedades. Llama la atención que, al momento de ejercer el voto -el acto de civilidad más elemental de la modernidad-, seamos custodiados por hombres armados y uniformados, precisa metáfora y caricatura de nuestro talante militarista e irrespeto seguro a nuestra condición civil.

En este escenario, también será pertinente releer los libros de la culta Europa (la frase es de Bello) e insertar esas ramas en nuestro tronco. De esa manera podríamos continuar con nuestra inserción intelectual y creativa en el gran libro de la cultura occidental. Acá no se expresa una vocación conservadora, que busque aislarnos de la escritura de ese libro de la cultura occidental. Pero es demasiado evidente que nuestras preocupaciones estéticas e históricas han querido desenvolverse en los seguros territorios de la cultura europea. Es importante leer a Celan o a Ungaretti, a Simone Weil o a Walter Benjamín, a Cavafy o a Pessoa. Pero es deber decir que tales obras se producen como una muy válida reflexión estética acerca de realidades temporales y espaciales que nos son ajenas desde el punto de vista de lo cotidiano, de la hermenéutica y de la epistemología. Lo importante aquí no es el producto, sino la causa de esa reflexión estética. Por eso, sería un acto de justicia reconocer, junto a la autoridad de Foucault en su campo, la autoridad de Andrés Bello o de Mariano Picón Salas en los suyos.

En estos días de doble confinamiento, se hace necesario también meditar acerca de los mecanismos paraliterarios, aquellos que facilitan la inserción del decir poético. Ante la cada vez más aplastante realidad de nuestras editoriales nacionales -por ejemplo- será preciso fortalecer las llamadas editoriales alternativas o también proponerse la posibilidad de construir nichos en las editoriales extranjeras. En este sentido es preciso poner en escena la reflexión acerca de nuestra decantación literaria. No es alarde afirmar que la poesía escrita por la generación de los ochenta en Venezuela es una de las más vigorosas de entre las muchas que usan el español como lengua. Las tesituras, repliegues, logros y búsquedas que han caracterizado a la generación -a pesar de lo planteado al principio, o quizás precisamente por ello- constituye una muestra de lo que mejor podemos agregar a la tradición poética de nuestra lengua. Ya quisiera la poesía que actualmente se escribe en España, México o Colombia -por citar ejemplos queridos y cercanos- tener nuestra soltura y nuestra irreverencia sintáctica y semántica. En esa búsqueda de independencia, originalidad y representatividad literaria de la que habla Ángel Rama, nuestra poesía se ha debatido entre lo nacional y lo universal, entre lo personal y lo colectivo, entre lo huidizo y lo permanente, pero siempre ha tenido -muchas veces sin proponérselo- una vocación de país, una vocación de construcción de su particular imaginario. En esa construcción se juega la vida la continuidad discursiva del país como acto que proviene en identidad, de aquello que Andrés Eloy Blanco llamaba el ser hormigas de la misma cueva. Sería interesante que, más que una sumatoria de azares, esa vocación de país se convirtiera en una actitud conciente por parte de los poetas de la generación.

La otra alternativa -seductora, intransitiva, renunciada y sin duda apocalíptica- es pensar seriamente en jugar a ser, individual o colectivamente, el tema de Mi padre, el inmigrante en otras tierras.

 

¿Derrota o Fracaso?

En la antología poética que Rafael Cadenas preparó para Visor, el poema Derrota no aparece. Ya era tiempo. A pesar del final irónico, el de levantarse cada día hasta el día del juicio final, la derrota es mucho menos virtuosa que el fracaso y ofrece menos alternativas. En efecto, la derrota supone la aniquilación, el aceptar que el otro (o Lo Otro) ha triunfado a nuestras expensas, que hemos sido borrados de cualquier escenario posible en el mundo de la materia y del espíritu. Por eso, en clara señal de supervivencia con ganancias marginales, parte de los derrotados de la década de los sesenta comparten hoy escenarios con el Poder. Aquellos que tuvieron la posibilidad de vivir esos violentos años, aún conservan en su lengua el amargo sabor de la derrota, se complacen en ella y han construido su mundo en el rencor que supone.

El poema Fracaso, en una vía absolutamente opuesta, propone el aprendizaje espiritual ante los hechos de la avasallante realidad. Mientras en Derrota no hay salida, en Fracaso hay agradecimiento. Si Derrota se ha propuesto -como lo indica la academia- resumir el talante de una generación, eso no toca para nada a los poetas de los años ochenta. Para nada, excepto para el rencor que aún acompaña a algunos de sus integrantes que se han ido detrás de un hombre a caballo, ahítos de una solución fácil al conflicto planteado por la manera equívoca en que asumimos nuestra modernidad. Es preferible asumir el fracaso, a condición de agradecer -sin la cristiana condición de víctima que ello pueda suponer- a los heraldos negros.

Es en este sentido que nuestra generación debe considerarse más como fracasada y nunca como derrotada. Fracasamos en nombrar al país, fracasamos en nuestra intención de hablarle. Fracasamos en no darnos cuenta de la trampa fácil que supone cualquier canonjía. Fracasamos en no ampliar y consolidar el campo paraliterario. Todo eso lo debemos agradecer, mientras aprendemos a escribir en nuestra piel, con letra gruesa, las posibles lecciones que de ello se derive. En fin de cuentas, se trata simplemente de nuestra noche oscura del alma y ese dolor de estar ausentes ha de ser nuestra mejor cuerda para saltar el alto muro que nosotros mismos erigimos.

El país, mientras tanto, sigue allí, esperando de nosotros una actitud ciudadana y una actitud literaria. Ciudadanos, a pesar de nuestra distancia por ser escritores. Y en la continuidad que supone haber pertenecido y pertenecer a una generación algo bizca y con problemas auditivos, nos ha tocado ser -y sin querer enterarnos- la voz de una tribu que no nos lee.

Celebremos -mientras tanto y con candor- nuestras ausencias mientras llega el resplandor que debemos fundar.

Y en la poesía, celebremos -mientras tanto y con temor- la magia que toma/ hasta en labios del tosco marinero/ el dulce son de mi nativo idioma, como bien supo saberlo Juan Antonio Perez Bonalde.

 

Notas:

[1] Nos referimos, por supuesto, al manifiesto del grupo Tráfico, publicado por vez primera en la revista Zona Franca , tercera época, n° 25, julio-agosto 1981. Una reedición del manifiesto puede consultarse en Juan Carlos Santaella, Manifiestos literarios venezolanos, Caras, Monte Ávila Editores, pp. 19-115.

 

© Harry Almela 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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