Espéculo

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CUANDO EL ADOQUÍN SE ESTRELLÓ CONTRA EL VIDRIO

Teresa Domingo

Una novela desnuda con lo que quiero decir desoladora y construida sólo con los elementos lingüísticos y narrativos absolutamente imprescindibles.

La novela se desarrolla en su mayor parte en el Madrid actual -el paréntesis jamaicano está fuera del mundo, es parte de esa huida de los personajes, y, un mero marco exótico para copular-, está narrada en tercera persona y comienza in medias res. En el depósito de cadáveres se encuentran tres personas, amigas de su época universitaria, pero hace ya treinta años que no se ven, todos ellos, salvo Paula, compartieron militancia. El suicidado, Enrique, era otro de los miembros de aquella panda. Dos triunfadores: Carlos y Paula y tres perdedores: Lucía y su exmarido Juan, ahora en paradero desconocido, y Enrique. Para todos ellos la vida carece de sentido. Quizá lo que más destaca en la novela es la frialdad, gélida: en el ambiente, en la visión de los personajes, en el trato entre ellos, en su misma indumentaria... Así la novela comienza en un amanecer de enero con luz gris en el depósito, ante un paisaje madrileño "raquítico". El gesto de Paula: "Se arrebuja, con la mano izquierda, ahora desnuda, el rostro en las solapas de negra piel que irisa como el acero de los revólveres en una vieja película de gánsteres. Con la derecha, tira de su brazo [de él]" -p.26-. Es el primer encuentro a solas en el cementerio, Paula y Carlos se abofetean -como parte del cortejo amoroso- y de la voz de ella se dice: "cortante como un vidrio roto" -como los cristales rotos cuando se conocieron y como el preludio que abre la novela-. El abrigo de Lucía: "gris. Oscuro. Idéntico a los mil abrigos grises de todas las iguales mañanas en un vagón de metro. La indistinción anónima del gabán de confección, mal cortado, tiene, sobre ese cuerpo excesivo, un desazonador acento obsceno." -p.17-. De la casa de Carlos dice Paula: "Es bonito esto. Me gusta. Para mirarlo, claro. No sé cómo puedes vivir aquí, pero me gusta. Así como de Casa ideal, todo diseño. Me moriría de angustia dentro. Pero tú siempre fuiste un rato obsesivo para tus cosas. ¿No te da un poco de miedo esto de la cama colgada entre dos vigas y sin una puta barandilla?" -p.43-. Y el piso de Lucía está situado en "Tierras de nadie" y pertenece a "un bloque, no demasiado destartalado".

Éste es el tono.

Unas relaciones frías son las que se establecen entre ellos. Soledad y egoísmo. Inmersos en la masa anónima o en la moda.

La obscenidad es la base de los encuentros sexuales de Carlos y Paula, para darles interés precisan la sala de cine o Jamaica y, siempre, esporádicos, inesperados; el adulterio ya no es atractivo suficiente. Parece como si fuera imprescindible un elemento exterior o exótico que los haga atractivos. Luego, también, aparecerá la muerte; pero no según el clásico Eros y Thanatos.

Unos terroristas, asesinos calculadores, que informan con absoluta frialdad y detalle para que otros pistoleros ejecuten.

Una vida sin sentido la de la hija de Lucía, Nora: una adolescente delincuente y drogadicta, sin ningún valor ni pudor, que emplea una lengua siempre soez, y se despide así de su madre, por medio del contestador: "-Adiós, mamá. Estaré bien. Sin ninguno de vosotros. Hasta nunca." -p.171-.

Ni en los adultos ni en los jóvenes se advierte que respeten ningún valor. Se mueven en la huida hacia ninguna parte, su mundo y su fin es la nada. No es el desencanto, es el vacío. Con los cristales del preámbulo cae derribado cualquier valor (la amistad, la familia, el decoro, el respeto a los demás, las ideas - o se han adaptado a la moda mayoritaria o al tiro en la sien- y, en fin, el valor del hombre). El texto muestra la bruticie de nuestra época, la de la nada -palabra muy repetida en la novela- tiene valor porque nada tiene sentido y todo vale. El dinero sirve para gastarlo y satisfacer los instintos más primarios. En este ámbito no hay ni trascendencia ni inmanencia. Vivimos en el tiempo en que Dios ha muerto. Frío.

El título relaciona -o abarca- la degradación y deshumanización que ha marcado casi todo el siglo XX y lo que va del XXI. Y la metáfora del principio ilumina sobre el desarrollo y el tema.

Como diría Kafka, este libro es como un mazazo que no da tregua al lector, que no puede sentirse cómplice de lo narrado porque le parece odioso y le produce horror, pero, al mismo tiempo, no puede dejar de reconocer la verdad del texto y ésta siempre hace daño, duele. Y la lengua con que se analiza nuestro mundo es un bisturí o no sé si una navaja -depende de que cada cual piense si tiene o no solución-.

En resumen, novela desoladora; pero extraordinaria.


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2003