Vida/Muerte:
De la dicotomía existencial a la pugna por el poder
en la narrativa de Miguel Ángel Asturias

Saúl Hurtado Heras (*)
reboth@yahoo.com
Universidad Autónoma del Estado de México


 

   
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Existen diversas alternativas para discutir el problema de la muerte en la narrativa de Miguel Ángel Asturias. Una de ellas es la que he expuesto en el libro Por las tierras de Ilom: el realismo mágico en Hombres de maíz (2000). En esa oportunidad he pretendido mostrar el fenómeno como un arquetipo cuyo significado está en la pugna constante, consciente e inconsciente, que su referencia tiene en la vida del hombre. Pese a las comunes declaraciones para aceptar la muerte como un fin inevitable, la tendencia en todo momento es negarla. Conscientemente, la muerte se acepta como fin de la existencia terrena, pero inconscientemente se evita a toda costa. Considerado este fenómeno en toda la producción de Asturias, el esquema resulta mucho más esclarecedor.

Mis consideraciones expresadas en la investigación previa sobre Hombres de maíz acerca de la muerte parecen quedar respaldadas no sólo en los relatos de Asturias, sino con las circunstancias y el ánimo que rodeó al novelista durante los últimos días de su existencia. Sería interesante saber concretamente cuánto de la angustia sobre la muerte que se percibe en El Árbol de la Cruz representa la angustia de Asturias en los momentos últimos de su vida, tal como lo han sugerido Segala [1996b] y Bellini [1999]. De ser cierta esta relación, estaría muy vinculada con las reflexiones que sobre la muerte he señalado antes, porque muy distinto debió ser el ánimo de Asturias al escribir sobre la muerte desde sus años juveniles hasta, digamos, Tres de cuatro soles, y el de Asturias que a sus 74 años veía la muerte como algo muy cercano y concreto. Segala lo ha señalado: "El salto es grande entre las representaciones de la muerte en Clarivigilia primaveral y Tres de cuatro soles y la que aparece en El Árbol de la Cruz. En este último texto la muerte lo afecta por primera vez como un acontecimiento privado, personal, inminente, íntimo" [Segala, 1996b, 325]. Si, como señala Segala, el salto entre las representaciones de la muerte es grande, habría que tener presente que El Árbol de la Cruz fue configurado durante el último año de su existencia (por 1973. Asturias murió en junio de 1974).

Bajo este entendido y con base en la naturaleza del tratamiento de la muerte en toda su narrativa, se tienen al menos dos posibilidades para interpretar el asunto.

a. Existencial.

b. Socio-política.

Varios son los ejercicios que han optado por la primera posibilidad. Entre ellos el de Nahum Megged [1979], Sergio Fernández [1991], el citado de Amos Segala [1996b]. Incluso, mi ejercicio precedente se inscribe en esta tendencia.

Sin renunciar a aquellos planteamientos y, en cambio, para ampliar lo que de particular puede tener el tratamiento de la muerte, prefiero optar por otra alternativa: proponerlo en relación con los mecanismos del poder.

Precisamente por considerarse un acontecimiento único e irrepetible, llama la atención los vínculos que tiene con el ejercicio del poder.

La siguiente reflexión tomará como punto de partida el problema de la dicotomía existencial, tal como lo expuse en Por las tierras de Ilom (2000), para concluir con la segunda alternativa, más acorde con la orientación de este trabajo.

A aquellas formulaciones iniciales a que me refiero, habría que agregar otro aspecto para redondear el núcleo de esa proposición. Este agregado lo resumiré en la leyenda del Mal Ladrón, "símbolo central de la obra de Asturias desde las Leyendas de Guatemala", según Carlos Marroquín [1994: 84]. En esa leyenda se encuentran muchos de los ingredientes que definen el problema de la dicotomía existencial vida/muerte.

Con la referencia a la doctrina de los adoradores del Mal Ladrón no sólo queda clarificado el estrecho vínculo asturiano con la religión católica, y no con la cosmogonía precolombina, como también lo sugerían varios relatos. Pues si bien la cosmogonía tradicional es explotada para magnificar lo indígena, considerado por el autor en algún momento como sustancia primordial de lo nacional, la fuerza de su profesión de fe católica se hizo mucho más evidente desde los primeros hasta los últimos relatos. Interesa enfatizar las características de las primeras narraciones por la insistencia con que se manifiesta la preocupación cristiana con nulos o apenas mínimos atisbos de su interés por la cosmogonía tradicional. Sus primeras narraciones están más estrechamente vinculadas al aliento que se aprecia en relatos de Gómez Carrillo. Por ejemplo, el tono de Un par de invierno, de Asturias, es muy semejante al de Bohemia sentimental, de Gómez Carrillo. Esto puede darnos una idea de la redefinición poética de Asturias.

Una experiencia de infancia en el sótano de una iglesia de Guatemala determinó el encuentro con la imagen del Mal Ladrón. Esta impresión lo acompañaría a lo largo de casi toda su producción artística. En la leyenda de Gestas, crucificado a la izquierda de Jesucristo, Asturias encontró una veta para emprender una reflexión sobre la vida y la muerte, y la contradicción existencial que dicha reflexión conlleva. Si bien desde un punto de vista histórico la doctrina del Mal Ladrón le permitiría destacar su convencimiento acerca del falso fundamento cristiano de la Conquista (en la doctrina del Mal Ladrón se halla el principio de todo despojo a las conquistadas tierras americanas), por otro lado también hace posible localizar las contradicciones de la dicotomía existencial.

La doctrina de los adoradores del Mal Ladrón privilegiaba la materia sobre el espíritu y, más importante, establecía la negación de la vida eterna. Esta concepción materialista suponía que la existencia del hombre acaba con la muerte "por no existir otra vida después de ésta! ¡Ésta y se acabó!" [Maladrón, 95] (Las obras de M.A. Asturias se citan por el primer sustantivo del título, seguido de la página).

Sin embargo, ninguno de los adoradores del Mal Ladrón puede renunciar con facilidad a sus convicciones católicas: "No me resigno a no tener eternidad ¡maldita sea!" [Maladrón, 105].

Varios acontecimientos enseñan con claridad el temor a la muerte y a lo incierto de la existencia. Ni siquiera estos supuestos saduceos escapan a contradicciones de esta naturaleza. Y no sólo por sus declaraciones es como queda clarificada esta preocupación existencial. Existen otros elementos que enfatizan el dilema. Uno de ellos es la figura del hijo, asumido como alternativa de perpetuidad. El hombre encuentra eternidad en sus descendientes (tómese en cuenta el caso del apóstata Antolín Linares que, sin embargo, no acepta que su hijo Antolincito sea bautizado conforme a la doctrina de los saduceos).

Asturias enfatiza la idea de que uniones sin descendencia son uniones vacías. Esto es señalado reiteradamente en varios relatos pero, sobre todo, está simbolizado en el castigo que imponen los brujos de las luciérnagas a los envenenadores de Ilom en su novela Hombres de maíz: la esterilidad.

En cambio, asumida la muerte como un fin inevitable, la fe cristiana encuentra al menos esperanza en otras posibilidades de trascendencia terrena. Por un lado, con la construcción metafísica de un espacio transterrenal, éste sí, eterno. Por otro, con la señalada exaltación de figuras (como la del hijo) que garanticen la perpetuidad de la estirpe a través del tiempo. Además, Asturias es muy insistente en el manejo de imágenes alternativas al problema de la muerte. Una de ellas es la de las desapariciones, que tiene su máxima expresión en Hombres de maíz y en El alhajadito.

Un recurso tan explotado por Asturias para destacar el fenómeno de las desapariciones físicas es el símbolo del agua-espejo. El agua, dice Megged, arrastra figuras totalmente mitológicas [Megged, 1979: 123]. Así ocurrió con Ilom, Isaura Terrón (en Hombres de maíz), Mayarí (en El Papa verde), Lida Sal (en El espejo de Lida Sal), el niño ciego y los alhajados desaparecidos en el Charco de los Limosneros (en El Alhajadito).

Con la desaparición, no con la muerte, las convicciones existenciales son llevadas por otro camino: el de la esperanza. De Ilom se cree que no murió en el río porque "parecía un pescado en el agua". Salió más abajo y se hallaba escondido, según. La imagen de Mayarí subsiste como posibilidad de inocular en los despojados el ánimo de recuperar sus ancestrales derechos vilipendiados por el imperialismo voraz. Por su parte, la familia de los alhajados, todos desaparecidos, tiene un sitio en el hogar que aguarda su retorno mucho tiempo después de su desaparición.

Si bien el vacío es asumido como peor que el infierno y la desaparición peor que la muerte, por la ansiedad y la angustia que provoca el desconocimiento del paradero de los desaparecidos, en relación con la doctrina materialista, la desaparición al menos profesa la esperanza. El materialismo saduceo se fundamentaba en la falta de creencia, que es "el verdadero lugar donde se pierden todas las esperanzas" [Megged, 1979: 125]. La pérdida de la esperanza es un atributo materialista saduceo. Demás está señalar el recelo de Asturias por esa doctrina que cobra vida en varias páginas de sus relatos. Contra la falta de creencia, contra la pérdida de la esperanza, su narrativa se erige como un triunfo metafísico de lo nacional, de lo "propio", aun a costa del sacrificio colectivo y del autosacrificio como voluntad heroica. Por su relevancia, cabe acercarse a estas dos variantes.

 

1. Sacrificio colectivo.

Como resultado de un enfrentamiento bélico, los acontecimientos en que tiene lugar la muerte colectiva (españoles contra el pueblo Mam, en Maladrón; la Policía Montada contra pobladores de Pisigüilito, en Hombres de maíz; o militantes del ejército liberacionista contra correligionarios del gobierno de la Revolución, en varios cuentos de Week-end en Guatemala), aportan un material vasto para discutir el sacrificio colectivo como mecanismo de imposición ideológica. Destaca el sacrificio colectivo no sólo del oponente, sino del aliado, como se atestigua en El Árbol de la Cruz. En este relato, los soldados aliados al poder de Anti son lanzados a su suerte para que los devoren los tiburones. A estas variantes se suman los sacrificios como el de los enfermos del hospital en El señor Presidente. En esta novela, la muerte de más de un centenar de enfermos (más los que faltaban, de no tomar una medida para evitarlo. Alternativa que, como se ve, nunca se tomó) se debió al suministro de sulfato de soda que les daban como purgante por desidia del Jefe de Sanidad Militar, por robarse unos cuantos pesos.

Con el sacrificio colectivo, lejos se está de alcanzar la muerte como descanso, como la había entendido Asturias ("descansar en la muerte, a su hora, qué dulce debe ser"). Si en la muerte encontraba "el dolor más grande" [París, 361], más dolorosa era la muerte obtenida por voluntad ajena, con base en intereses protervos. "Sólo cuando uno está contento cae bien la flecha de la muerte. El que muere alegre, no muere" ["Cuculcán" en LG, 114]. Con esta síntesis tiene que ver el título y el símbolo que constituye la novela de 1960: los muertos ejecutados yacen con los ojos abiertos, y así permanecerán en tanto la justicia esté ausente. Sus ojos abiertos son el aliciente para la búsqueda de la justicia.

En el clima de imposición ideológica contra la voluntad popular, el sacrificio colectivo no sólo es una medida para nulificar al opositor. En el cuento "Cadáveres para la publicidad" [Week-end], los trabajadores disidentes del reciente régimen impuesto con violencia son sacrificados con el fin de hacer un manejo de los medios de información y desvirtuar la realidad de los acontecimientos.

Hasta ahora sólo se han tomado en cuenta como variante los sacrificios colectivos. Se eluden los casos de asesinatos individuales con el mismo fin de imposición ideológica, lo cual no impide advertir que en conjunto dan una idea muy clara acerca de la muerte, bastante alejada de la generalizada e ideal aspiración de convertirla en un fenómeno natural, como fin de la existencia terrena.

Importante todo ello porque expresa la convicción del autor acerca de los mecanismos con que es asumido el poder. Ejercido con el instrumento de la muerte, el poder deja de ser resultado de un consenso popular. Es resultado de la imposición violenta con fines muy particulares. El poder establecido a través de medios coactivos desplaza al poder ejercido con base en la voluntad popular.

El ejercicio del poder por parte del Estado deja ver, en todo momento, la carencia del más mínimo respeto por la vida humana. Habría que señalar cómo estos acontecimientos se anticiparon a las continuas matanzas que emprendió el Estado durante los años de la guerrilla en la historia reciente de Guatemala.

La muerte, parece sugerirlo la narrativa asturiana, se convirtió en un hábito en el ejercicio del poder, ya no sólo para imponer una idea, sino sencillamente como una forma de vida de los autores materiales de los asesinatos. De otra manera, ¿cómo se explicaría la ansiedad del subteniente Secundino Musús, en Hombres de maíz, por hallar un motivo para dar muerte al carguero del ataúd destinado a resguardar los despojos del brujo Venado de las Siete Rozas? ¿Cómo se explica el ánimo belicoso de los hombres de la Policía Montada? Todos ellos llegan "deseosos de probarse con los cuatreros", pues "para sacudirse el frío y la murria no hay como una asamblea de balazos" [Hombres, 68]. Asimismo, habría que destacar el pasaje de esa novela, cuando se hace alusión a que la policía llega "la carabina lista y deseandito darle gusto al dedo" [Hombres, 199].

 

2. Autosacrificio como voluntad heroica.

Ahora bien, existen otros acontecimientos que parecen contradecir los presupuestos de la dicotomía existencial ya que, sobreponiéndose a este principio, se hacen aparecer como una especie de suicidio.

A tanta ocurrencia de asesinatos, resulta muy sugerente insertarlos en sus diversas modalidades y relacionarlos a su vez con aquellos donde la vida es arriesgada con una voluntad heroica.

En conjunto, se aprecia la visión utópica de Asturias al sugerir el autosacrificio como heroica alternativa para hacer frente al asesinato, recurso característico de la imposición ideológica.

La armonía que Asturias creyó encontrar en el espacio precolombino se vio afectada también en el giro que habría de tomar el concepto de muerte. Al sacrificio voluntario como ofrenda de comunión con la divinidad, lo sustituye el sacrificio violento, involuntario, que, paradójicamente, niega la comunión en el seno de la fe cristiana por transgredir un dogma divino.

En los relatos inscritos en la realidad social contemporánea, el autor imbrica las modalidades de la muerte tal como lo había intentado en los relatos de recuperación mítica. De ellos, los casos más significativos son los de Gaspar Ilom, de Hombres de maíz, y de Mayarí, de El papa verde, porque reflejan muy claramente la confluencia del espacio mítico con el presente. Y lo más relevante: porque lejos, muy lejos de concebirse sólo como una medida ostracista de negación de la historia, los autosacrificios de ambos personajes enfrentan su historia colectiva, una historia construida con la humillación, el despojo y el desprecio a las convicciones tradicionales.

Simbólicamente (en esa dimensión es como debería valorarse toda la narrativa asturiana), los autosacrificios ven fructificado su empeño en el triunfo espiritual, metafísico. Por ejemplo, todos los responsables de la muerte de Ilom reciben castigo y reconocen como razón la que alienta la convivencia armónica con la naturaleza. Por su parte, Mayarí logra mantener en alto el espíritu de resistencia a la intromisión imperialista.

Revisemos los siguientes casos concretos:

a. Gaspar Ilom, baluarte contra la destrucción emprendida por los ladinos maiceros. Ante la disyuntiva: "Negar, moler la acusación del suelo en que estaba dormido con su petate" o "trozar los párpados a los que hachan los árboles, quemar las pestañas a los que chamuscan el monte y enfriar el cuerpo a los que atajan el agua de los ríos" [Hombres, 5], Gaspar Ilom opta por una determinación: cerrar el paso a la destrucción ladina, "o a mí me duermen para siempre". Ilom organiza la contraofensiva y es envenenado por el enemigo. En el río, con el auxilio del agua, logra minimizar los efectos del veneno y sobreponerse a la muerte. Sin embargo, al descubrir que su gente ha sido masacrada, se lanza otra vez al río con el ánimo de acabar con su vida. Como jefe que era "comprendió que su papel era también irse con los que ya estaban sacrificados" [Hombres, 50]. Al atestiguar la matanza de sus correligionarios, se lanza voluntariamente al río para morir con ellos. Con esa actitud suicida, Ilom expresa la coherencia que tuvo su empresa opositora al avance del "progreso" que representaban los maiceros. Diezmada su gente, enfrentarse a la vida para él significaba el oprobio, vivir en la vergüenza, testigo impotente de la destrucción de su mundo.

b. Hermenegildo Puac, (Viento fuerte) pequeño productor de plátano, afectado por el enclave bananero de la "Tropicaltanera". En su desesperada impotencia para vengarse de los estadounidenses, entrega su vida al brujo Rito Perraj a cambio de que éste invoque con su poder la intervención de un viento que arrase con las instalaciones de la compañía, incluidos todos sus empleados.

c. Mayarí, la joven nativa de El papa verde. Su amor por Maker Thompson pasa por alto la carencia de emoción y ensueño del enamorado. Incluso le soporta sus burlas de las creencias de la nativa y otras cosas más pasaría por alto. Pero su espíritu nacionalista se sobrepone a su amor porque no está dispuesta a tolerarle a su novio el desprecio por la gente del país. Esto se complementa con la xenofilia de su madre, con un impulso malinchista atentatorio de la suerte colectiva de la nación. El sacrificio de Mayarí en el río Motagua simboliza su matrimonio-unión con los intereses nacionales y su implícita desvinculación de los fines de enriquecimiento personal de su madre y de Maker, que reducían todo al valor monetario.

d. Emilio Croner Jaramillo (Milocho), el guía de turistas en "Americanos Todos" (Week-end en Guatemala). Una circunstancia pone al guía de turistas al volante del autobús que conduce un grupo de paseantes estadounidenses, de Antigua a Atitlán. La soberbia de su novia estadounidense, Alararica Powel, lo desquicia al grado que Milocho induce el desbordamiento del autobús con todos los turistas estadounidenses que conducía, como venganza a las acciones bélicas que Estados Unidos había cometido poco antes en Guatemala. En el accidente todos perecen, incluido él.

e. Tocho Marchena, terrateniente del cuento "Los agrarios" (Week-end en Guatemala). Con la controversia desatada a raíz de la distribución de terrenos incultos a pequeños propietarios, se desencadena la ofensiva de los terratenientes, adheridos por razón de intereses comunes al golpe comandado por la compañía frutera. Tocho Marchena oscila entre la defensa de sus intereses de terrateniente y su adhesión a los agrarios. Finalmente decide su causa por la distribución de tierras a pequeños propietarios, se une a la causa popular y, al verse sin alternativa, se quita la vida con un balazo en la frente. Antes de morir, le dedica la siguiente frase a su sobrina Coralia Marchena, que también simpatiza con sus ideas: "¡Cierra los ojos...no veas... espera que tu país vuelva a ser libre...!"

f. Otra modalidad del sacrificio la expresan los guerreros Mam (en Maladrón), que incrustan sus cuerpos en las armas de sus enemigos "para impedir con su sacrificio suicida otras muertes" [Maladrón, 26]. Este ánimo de búsqueda del interés común los acompaña en el cautivero. En ese estado, lo que más lamentaban los guerreros Mam de su condición cautiva, era no estar en el campo de batalla mientras la guerra continuaba.

Existen otros casos de menor relevancia, como el de Coralia Marchena en "Los agrarios" (en Week-end en Guatemala), Atala Menocal en el relato "Week-end en Guatemala" y Octavio Sansur en Los ojos de los enterrados. De menor importancia porque sus actitudes dejan ver un nacionalismo parecido a los casos anteriores, con la diferencia de que arriesgan su vida por un ideal pero no llegan al autosacrificio, como sí ocurre en los casos de Gaspar Ilom, Hermenegildo Puac, Mayarí, Emilio Croner, Tocho Marchena y los guerreros Mam.

Más que una contradicción con los planteamientos de la dicotomía existencial, el autosacrificio de estos personajes puede muy bien vincularse con un exaltado espíritu nacionalista que debería sobreponerse, en la consideración de Asturias, a las preocupaciones individuales. El destino colectivo debería sobreponerse a la comodidad personal.

Parece nada gratuito que estos acontecimientos se manifiesten precisamente en el marco de intromisiones externas: los maiceros en el mundo tradicional de Ilom; la introducción del imperialismo en el caso de Mayarí; la invasión española en el caso de los guerreros Mam.

Se trata de agentes externos que atentan contra la armonía interna de grupo. Negar este hecho equivale a pasar por alto varias declaraciones del autor mediante las cuales proclamaba la necesidad de reestructuración interna de la sociedad, prescindiendo de todo vínculo externo ¿Utopía asturiana esta sobreposición de la dicotomía existencial? En todo caso, no será el único testimonio de su utópica idea de nación, entendido por el momento lo nacional como la armonía colectiva.

 

BIBLIOGRAFÍA CITADA:

OBRAS DE MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS:

El Papa verde, Salvat, España, 1971, 257 pp.

El señor Presidente, FCE (edición crítica coordinada por Ricardo Navas-Ruiz), España, 1978, 306 pp.

Hombres de maíz, FCE (edición crítica coordinada por Gerald Martin), España, 1981, 474 pp; segunda edición en ALLCA XX/FCE (col. Archivos, N°. 21), España, 1996, 764 pp.

Leyendas de Guatemala, Biblioteca Básica Salvat, España, 1971, 168 pp.

Los ojos de los enterrados, Losada, Buenos Aires, 1979, 6ª ed., 492 pp.

Maladrón, Losada, Argentina, 1974, 4ª ed., 217 pp.

París 1924-1933: periodismo y creación literaria, ALLCA XX (col. Archivos, No. 1) [edición crítica coordinada por Amos Segala], México, 1989, 981 pp.

Viento fuerte, Alianza Tres/Losada, España, 1988, 216 pp.

Week-end en Guatemala, Alianza Tres/Losada, España, 1984, 261 pp.

 

CRÍTICA SOBRE LA OBRA DE MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS:

Bellini, Giuseppe (1999), Mundo mágico y mundo real: la narrativa de Miguel Ángel Asturias, Bulzoni Editore, Italia, 1999, 242 pp.

Fernández, Sergio (1991), "La nostalgia del paraíso: Torotumbo -Una novela corta de Asturias-" en El estiércol de Melibea y otros ensayos, UNAM, México, 1991, pp. 367-386.

Hurtado Heras, Saúl (1997), Por las tierras de Ilom: el realismo mágico en Hombres de maíz, UAEM/UNAM, México, 1997, 207 pp.; 2°. Ed., UAEM, 2000.

Marroquín, Carlos (1994), "El mito en el joven Asturias" en Cuadernos Hispanoamericanos, No. 528, junio de 1994, pp. 79-84.

Megged, Nahum (1979), "Maladrón o la religión del materialismo" en Texto Crítico, No. 14, 1979, pp. 117-131.

Segala, Amos (1996b), "El Árbol de la Cruz en la obra de Miguel Ángel Asturias" en Miguel Ángel Asturias, El Árbol de la Cruz, ALLCA XX/FCE (col. Archivos, No. 24) (edición faccisimilar coordinada por Aline Janquart y Amos Segala), España, 1996, 2ª ed., pp. 313-330.

 

Saúl Hurtado Heras es Maestro y Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México y se desempeña como profesor investigador en la Unidad Académica Profesional Amecameca, dependiente de la Universidad Autónoma del Estado de México. Escribió su tesis doctoral sobre la poética narrativa en Miguel Ángel Asturias.

 

© Saúl Hurtado Heras 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/asturias.html