Cuervo o la construcción
de un personaje "no simpático" por Clarín

Juan J. Del Rey Poveda
I.E.S. Nicolás Estévez Borge (Tenerife)


 

   
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Leopoldo Alas comienza su novela corta Cuervo (1892) con la descripción del lugar en que vive el protagonista. Desde el principio, aparecen elementos negativos: “El pueblo, por dentro, es también risueño, y como está tan blanco, parece limpio” (169)1. Fijémonos en el verbo “parecer”, que proporciona el dato para hacernos una idea de la ciudad de Laguna. Esta descripción ocupa el primer capitulillo y es necesaria para ubicar al protagonista, porque no hay personaje sin su medio físico.

El segundo capitulito trata del exceso de defunciones que hay en la ciudad, tema que anticipa la aparición de Ángel Cuervo, el protagonista. Laguna es una ciudad insalubre, pero además los médicos no están bien preparados profesionalmente. La consecuencia es una alta mortalidad, algo normal a finales del siglo XIX en España.

La descripción de Ángel Cuervo aparece al comienzo del capitulillo tercero. En ella destaca la robustez de su persona y su desaseo. También se nos presenta la descripción moral, en la que se pone de relieve su felicidad, su pobreza y, sobre todo, su afición a todo lo que rodea a los difuntos. Por eso decimos, siguiendo a Émile Zola, que Clarín construyó un personaje no simpático2, alejado de las costumbres de los lectores burgueses de finales del XIX. Es un personaje, ciertamente, repulsivo.

La enemistad entre Cuervo y don Torcuato se explica en el capítulo IV. A pesar de su forma de vida, don Ángel ha estudiado dos cursos en el Seminario, lo que suponía una cierta formación en la época en que se desarrolla el relato. Lo que sorprende es que no se hiciera sacerdote, al gustarle tanto los funerales y el trato con el clero. En el siguiente capítulo -el quinto- se sigue hablando de la enemistad entre los dos personajes, basada en diferentes opiniones sobre la causa de la gran mortalidad que se produce en Laguna.

Cuervo, por fin, vence a don Torcuato y este tiene que huir de la ciudad. Estamos en el capítulo sexto. Es significativa la gran saña que exhibe el protagonista frente al pobre médico. Incluso el narrador duda de que sea realmente médico. La huida del doctor tiene una gran significación, pues a partir de ahora ya no hay voces disidentes y críticas en la ciudad. Además, se afirma que Cuervo era la alegría en los duelos, de ahí su éxito social.

El trato que don Ángel da a los moribundos y a los difuntos se narra en el capítulo séptimo. Él tiene una afición desmedida por todo lo fúnebre, tanta que es su verdadera vocación, como señala el narrador. En el capítulo siguiente se describen las costumbres de Cuervo en casa de una persona que está a punto de fallecer. En ellas predomina la voluptuosidad y las ganas de vivir.

En el capítulo noveno el narrador explica con claridad y profundidad el modo de obrar de Cuervo, que con su vocación logra comer y tener prestigio social. Gracias a él, las familias logran olvidar rápidamente al difunto. En el capítulo siguiente se describe la estrategia que nuestro protagonista sigue con las viudas, para que olviden al finado y disfruten de la vida. El gozo de don Ángel era confrontar la muerte con su salud. Para él la muerte no tiene ningún valor, pues es lo contrario a la vida.

El undécimo capítulo relata cómo se conocieron Cuervo y Antón el bobo. Con estos dos nombres el narrador los ridiculiza y degrada, y a través de ellos a la sociedad que representan, básicamente hipócrita, voluptuosa y materialista. Los dos son tal para cual: “en la absoluta indiferencia con que Antón miraba el doloroso aparato de la muerte, y en el placer con que saboreaba los elementos pintorescos y dramáticos de los entierros, Cuervo veía un espejo de sus aficiones, ideas y sentimientos” (194). La literatura para Clarín siempre tiene ese componente moral, de denuncia social.

Esta es la estructura de la novela corta, que es bastante ordenada3 y toda su construcción gira en torno a cómo entiende Cuervo la muerte: como un placer. Por eso no puede ser un personaje simpático para el lector de la época. Numerosos datos, aportados por un narrador omnisciente y moralista degradan a este personaje a los ojos de cualquier lector. Analicemos los más significativos:

1. La poca limpieza de su indumentaria: “le tapaba la tirilla de la camisa, no muy limpia tampoco ordinariamente” (175), “y usar sombrero de copa de forma anticuada y algo grasiento”. Es el primer dato negativo, después del nombre, claro. Es curiosa esta falta de limpieza en un personaje que es tan social y que acude a actos de mucha gente.

2. Su falta de puntualidad y el poco valor que le otorga a su trabajo: “Disfrutaba un destino muy humilde en el palacio episcopal; pero lo despreciaba, y pocos días asistía a la hora debida” (176)4. Personaje, pues, poco serio. Por otra parte, no tiene propiamente un oficio, lo que es sin duda una crítica velada por su falta de contribución a crear riqueza y bienestar, en una época en que comenzaba a desarrollarse tímidamente la revolución industrial. Cuervo es como el símbolo de una España atrasada y fanática. Nos hace recordar Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós.

3. Su desprecio del periodismo, uno de los pilares importantes de la formación y la cultura, e incluso del desarrollo de cualquier país: “despreciaba la prensa local con todo su corazón” (177). Esto revela el carácter contrario al saber que tiene Cuervo. Él sólo quiere imponer, como sea, su punto de vista.

4. Cuervo muestra su ignorancia de conocimientos cuando critica a don Torcuato: “dice que vivimos hoy más..., por término medio, ¿Qué es eso de vivir por término medio? Yo sí, pienso vivir mucho, tanto como el más pintado de nuestros ilustres ascendientes; pero no pienso vivir por término medio, sino todo entero, como salí del vientre de mi madre. Mediante una cuenta de dividir, o de quebrados, o no sé qué engañifa, ese señor Resma saca la cuenta de lo que nos toca a cada quisque estar en este mundo; y, según esa cuenta, resulta que yo estoy de sobra hace muchos años. Y a eso le llaman higiene , o geografía, o democracia, y dicen que lo dijo San Quetelé o San Tararira” (180). Esta mezcla de conceptos -higiene, geografía, democracia- muestra a un personaje ignorante, que desprecia lo mucho que no sabe.

5. Nuestro protagonista es mentiroso, lo cual le aleja -como en tantas otras cosas- del cumplimiento de los mandamientos cristianos: “Don Ángel no perdonaba medio de desacreditar al otro. Para ello mentía si era preciso. De él salió la sospecha de que el título de Resma pudiera ser falso. Aquel rumor, que él fue alimentando, se convirtió en una intriga de partido más adelante; y combinadas las fuerzas de los cuervistas o antehigienistas con las del bando político contrario al en que militaba don Torcuato, se fue condensando la nube que al fin estalló sobre la cabeza del pobre médico, que tuvo que escapar del pueblo, acusado, no se sabe sin con razón, de falsario” (181).

6. Otro de sus vicios es la impaciencia, la prisa para que se muera cuanto antes el enfermo. Esa impaciencia está muy bien disimulada: “Ni el ojo avizor de la más refinada malicia podría notar en aquel trato de don Ángel con los moribundos un asomo de impaciencia contenida. Había sin embargo, esa impaciencia; pero ¡qué recóndita, o, mejor, qué bien disimulada!
          Sí, don Ángel tenía prisa” (184).
En esta última cita el narrador descubre su posición, al certificar la verdad de la afirmación.

7. Es difícil definir la pasión de nuestro protagonista por la muerte, quizás sea una perversión5: “anunciaba siempre cuál sería la última noche, y aquélla la pasaba él en vela en casa del paciente. [...] Lo mejor era que aquella noche no velasen ni esposo, ni padre, ni hijos, ni demás parientes cercanos. Entonces sí que gozaba de veras don Ángel, sin malicia alguna [...]; gozaba sin darse cuenta de ello, saboreando el placer recóndito, que era el alma, la más profunda médula de toda esta pasión invencible de nuestro hombre” (185).

8. Cuervo y otros personajes, cuando velan a un moribundo por la noche, sienten una gran voluptuosidad, algo difícil de explicar en una situación como en la que se encuentran: “Solía entrar alguna mujer, una criada, una amiga de los amos, una monja de buen color, con ojos frescos. Cosa rara; sin pensarlo ellos, sin quererlo nadie, por el contraste, por la hora, por el frío soñoliento del alba, por lo que fuese, como en los viajes, como en las campañas, aquella mujer era el símbolo de todo el sexo; sus ojos equivalían a una desnudez, pinchaban; si se recataban, peor, pinchaban más. Los contactos eran eléctricos, y cuanto más calladas, disimuladas y rápidas estas sensaciones extrañas, inverosímiles, más íntimo el placer” (186).

9. La principal tarea de Cuervo era que ayudaba a olvidar al difunto, algo poco humano y despiadado: “Cuervo era para el olvido de eficacia más inmediata, pues presentaba de una vez, como un acumulador, la fuerza olvidadiza que los años van destilando gota a gota. Don Ángel vertía a cántaros el agua del Leteo” (188).

10. En la ayuda que presta a la familia del difunto, Cuervo se sobreexcede: “llegaba a la jaula vacía, a la alcoba del enemigo, porque en adelante ya lo era el difunto. Comenzaba la guerra sorda, irreflexiva. ¡Abrir ventanas! Venga aire, fuera colchones; todo patas arriba, aquí no ha pasado nada. Como no hubiera orden expresa en contrario, y a veces aunque la hubiera, Cuervo transformaba el escenario de repente como el mejor tramoyista; y a los pocos momentos nadie reconocía la habitación en que había resonado un estertor horas antes” (190).

11. El narrador acusa a Cuervo de lanzar a la viuda en busca del placer: “don Ángel venía a ser la Celestina de estas relaciones ilícitas entre la viuda y la infidelidad futura, el amor repuesto, la voluptuosidad aplazada” (191).

Por tanto, demasiados elementos negativos para caracterizar al protagonista. Con ellos el narrador busca que el lector sienta rechazo hacia don Ángel. El narrador realista siempre ha de tomar partido.

Llama la atención que el capítulo más largo de todos, con diferencia, sea el último. Algo debe tener de especial. Clarín le dio, sin duda, gran importancia y con él algo nos quiso transmitir. Además, como es el final de la novelita, su lectura se queda más grabada en el lector. Parece que todos los personajes y la naturaleza no tienen en cuenta a la muerte y tratan, ante todo, de gozar durante su vida. El placer o gozo es la columna vertebral de la sociedad que retrata Alas en su novelita. Como esta sociedad es básicamente hipócrita y materialista, su forma de pensar no es válida para el lector progresista de finales del XIX. Sin duda, es chocante que don Ángel trate de que la familia del difunto le olvide cuanto antes. Por otra parte, todas las ceremonias en torno a la muerte está muy ritualizadas en la novelita, y en ellas predomina la hipocresía social y el valor del dinero: los funerales se convierten en una exhibición de lo que la familia puede económicamente, y esto no es cristiano, y por eso lo denuncia Alas, pero no directamente, sino a través de su relato.

Como moralista que es, el narrador nos ofrece intencionadamente el estudio de un personaje llamado Cuervo, estudio de que se sirve para describir una situación inmoral. En palabras del relato, “a desenmascarar a Lucrecia Borgia, o sea a la descarada inmoralidad, que lo invade todo” (174). Esta situación es la que se refiere a la banalización, degradación y mercantilización de la muerte.

La banalización, encarnada en Cuervo, se resumen en frases como “aquí no ha pasado nada” (190), “Cuervo [...] era la alegría de los duelos” (182), “algo había a veces, anterior a la consumación de la desgracia, que le parecía de perlas; era lo que él llamaba la noche del aguardiente” (185), “aquella mujer era el símbolo de todo el sexo” (186), “Después, a la vuelta, la viuda ya se había recogido el pelo, se había echado un pañuelo sobre los hombros; el hijo se había puesto una levita. Y la levita y el chal por esta parte, y las paletadas de cal y tierra por la parte del muerto, los iban separando, separando...” (187). Notemos la fuerza semántica del gerundio “separando” que, incluso, se repite dos veces.

Queremos destacar que en el primer capítulo, cuando se describe la ciudad de Laguna, Clarín utiliza la forma es, que sirve para situar la acción en el momento presente, para así darle realismo y verosimilitud. Ya el profesor González Herrán había señalado que “<> coloca bajo la lupa de su sátira tipos, actitudes y tópicos característicos de la época” contemporánea.

Cuervo, por tanto, es un relato decimonónico sobre la hipocresía en torno a la muerte.

 

Notas:

[1] Todas las citas de la novelita corresponden a la siguiente edición: Leopoldo Alas <>, Doña Berta. Cuervo. Superchería. Edición de Adolfo Sotelo Vázquez. Madrid: Cátedra, 2003.

[2] Émile Zola escribió: “On vous dira qu´il n´y a pas de livre, surtout pas de pièce posible sans personajes sympathiques. Le personnage sympathique représente l´idée que l´hypocrisie d´un public [...] se fait de la créature humaine. Ainsi une jeune fille sympathique este une essence de pudeur et de beauté” (Émile Zola: “De la moralité dans la littérature”, in Émile Zola, Oeuvres completes. Édition établie sous la direction de Henri Mittérand. Tome douzième. Préfaces de Georges Besson, Henri Mitterand et Gaétan Picon. Paris: Cercle du Livre Précieux, 1969, pag. 510.

[3] No estamos de acuerdo con la afirmación siguiente de Mariano Baquero Goyanes sobre Cuervo: “configurado como uno de los relatos satíricos mejor escrito de Alas, pero con sensación de algo estirado incompleto” (Mariano Baquero Goyanes, El cuento español: del romanticismo al realismo. Edición revisada por Ana L. Baquero Escudero. Madrid: C.S.I.C., 1992, pág. 255.

[4] Era habitual en Leopoldo Alas la descripción de perversiones, sobre todo en una novela como Su único hijo.

[5] José Manuel González Herrán: “Construcción y sentido de <>, en Los Cuadernos del Norte. Monografía nº. 4. Oviedo, 1987, pág.

 

© 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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