La mirada de Gaitán:
aproximación al interior de Bolero de G
y otros textos inéditos

Nelson González Leal
negole@hotmail.com


 

   
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Tengo tiempo de sobra, parece una frase que sólo puede emitir un niño en pleno ejercicio de su escasa autonomía. Para él la continuidad no es más que la aventura de un juego de acertijos que de todas formas no está en la obligación de resolver. No, mientras es todavía infante y la vida no sabe bien cómo acusarle de irresponsable. Puede darse el lujo, incluso, de asumir el desafío y mezclarlo de cuando en cuando con la ternura, para establecer los límites de su carácter. Lo hará aún sin mucha conciencia, por fortuna.

Pero tener tiempo de sobra para regresar al día siguiente y recomenzarlo todo, es asumirse casi como inmortal, como ajeno a la penumbra y al miedo, que es esa espesura de la sangre que nos impone el largo silencio ante lo humano. Y anunciarlo puede ser el llamado al nacimiento de una esperanza. Tengo tiempo de sobra, es una frase invocatoria, conjura de la modorra, del lento desplazarse del hombre por un espacio o una geografía plagada de minucias y de inalterables congojas. El resultado de la invocación puede ser un destino confrontatorio, donde lo antiguo del ánimo -el alma- tome el espacio que siempre le ha pertenecido, para trocarlo en una emulsión en donde vaguen indisolubles los anhelos y los secretos.

Tal el tiempo que anunció Jorge Gaitán Durán en Bolero de G y otros textos inéditos (“- Tengo tiempo de sobra / Podía regresar al día siguiente y recomenzarlo todo. Inmortal era la Cabrona; inmortales eran las lavanderas; inmortales mis actitudes de señor, cuatrero u hombre de negocios. Siempre inventaba tareas urgentes…”1). De sobra como conciencia de la pérdida del imperio, como invocación confrontatoria con el silencio ante lo humano. El poeta no es un niño, ni tampoco un inmortal, sino un hombre con pleno conocimiento del alcance de las horas, que no dan tregua, que avanzan silentes y eficaces en la tarea del desgaste, en el empuje hacia la muerte, por lo que sabe que “siempre es demasiado tarde para hacer los consabidos gestos (contra ella).”2

Gaitán busca el tiempo, hurga en la posibilidad de retenerlo no como perpetuidad -nada más lejos de él que esa pretensión goetheana de congelar el instante para hacerse dueño de su perdurable belleza-, sino como hálito de coincidencia para el encuentro con lo interior, con lo real del ánimo, como laboratorio donde mezclar los elementos del deseo y la necesidad, con el propósito de buscar la improbable estabilidad de una fórmula que siempre ha sido volátil: el Yo.

En su mirada adolescente, que vemos en el retrato de familia extraído del archivo de Paula Gaitán3, se proyecta el desafío. Ya desde entonces Gaitán no mira a los objetos con la actitud de entrega, o de resignación, ante su fortaleza temporal. No, los reta, como reta a la cámara que pretende congelarlo en una edad donde todavía es fundamental el titubeo, la búsqueda, y sobre todo la nunca negada posibilidad de ser perpetuamente otro.

La mirada de Gaitán tiene la intención de trasmitir una vitalidad desafiante, inteligente, proclive al escaso asombro, negada por lo menos al asombro fácil, fútil, a la resignación de la entrega a lo cumplido, a lo formal. Lo formal oculta, tapa, arropa, maquilla, limita el contenido interior, la expresión de lo real, e impulsa al vano intento de conjurar la muerte. Vertiginosa, la mirada de Gaitán se cuela en sus textos, les da ánimo, revela el trato intenso de la palabra con las ideas que observa y las sustrae de la abstracción y de la pena; las coloca, irreparablemente, fuera de sí, en equilibrio desafiante con el placer del otro y del Yo, con el destino final, invocatorio, de todo hombre, el de su discontinua presencia.

 

La foto, el desafío, la búsqueda

Jorge Gaitán Durán reservó para después de su muerte los textos de Bolero de G; se tiene noticia de que desechó varios y conservó pocos (¿en un afán de cumplir a cabalidad con su premisa de la desconfianza ante todo lo que se puede elegir de manera inmediata? ¿O en un simple trabajo de recomposición de la excelencia? O en ambas, que son en realidad lo mismo). A alguno de estos llego por un albur que se torna doble: no busco a Gaitán, tampoco sus textos, pero me topo con ellos y también con él.

La muestra que recoge la revista colombiana elmalpensante, en su edición de enero-febrero 1997 Nº 2, viene acompañada de cuatro fotografías. Una de ellas me atrapa, o mejor, lo que en una de ellas encuentro, luego de la lectura de los textos -y pudo haber sido también antes. En algún punto impreciso de un paisaje montuvio, la familia Gaitán Durán ha decidido perpetuar su estampa. Están allí Delina Durán, la madre, vestida de gala, con chaqué de solapa ancha, el cabello guardado en dos trenzas y el rostro ligeramente severo y ligeramente dulce, como el de una insigne maestra de escuela. La maestra ciñe suavemente la cadera del hijo menor, Eduardo, de rostro perplejo y pícaro. A su lado, Emilio Gaitán, el padre, campechano, de sonrisa fácil, de sombrero, posa con delicadeza tres dedos de su mano derecha sobre el hombro del mismo perfil de su hijo mayor, Jorge, que está sentado sobre una piedra a la que debió colocar una pañoleta blanca para evitar el daño a su pulcro, elegante, viril traje de corbata con nudo italiano. Resulta inevitable concentrar la curiosidad sobre el joven Jorge, sobre su rostro, sobre su media sonrisa, sobre la intensa adherencia de su mirada. Si yo hubiese sido el fotógrafo, no hubiese podido desprender el foco de ese gesto.

La actitud de Gaitán es la actitud de su palabra: el desafío y la búsqueda. Puede decirse que es una primaria disposición al género intelectual, pero la obra que he leído antes, Bolero de G, La Cabrona, La modorra en Cúcuta, trasvasa elementos de una trasgresión perenne y ello hace que se mantenga a salvo del registro distante. Gaitán tiene tiempo para jugar con el paisaje del amor y de la muerte, sin pretender conocerlo -ni mucho menos revelarlo- todo, porque en él, en sus gestos literarios, como prefiero llamar los trabajos que leo, el deseo se supedita a “la tarea irrevocable de inquirir”4 cuál es el deseo, el del YO.

Todo este gesto escritural, literario, de Gaitán, posee algo de fisura, de corte sobre lo sempiterno, sobre la pretensión de inmortalidad que enferma al acto de escritura, de conformación poética de la realidad: Gaitán puede recomenzar indefinidamente, desechar y restituir, como un ejercicio de pulcritud sobre el arte que es “la gota de nada que le permitiría ser (él mismo)”.5

La búsqueda del hombre es un baile desesperado alrededor de la muerte, de allí viene la pasión que lo impulsa al delirio de la perpetuidad: al amor, a la cópula, a la literatura, a intentar hacerse parte del paisaje en una fotografía para tener tiempo de sobra, por ejemplo.

 

Notas:

[1] De La Cabrona. En revista elmalpensante, enero-febrero 1997, Nº 2, pág. 21

[2] De La modorra en Cúcuta. En revista elmalpensante, enero-febrero 1997, Nº 2, pág. 22

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] Ibidem.

 

© Nelson González Leal 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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