La pesada sombra

Rafael Fauquié
Universidad Simón Bolívar (Venezuela)


 

   
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“Me nutría el calor de incansables espectros”.
         Rafael Cadenas: Inmediaciones

 

Todo recuerdo histórico puede hacerse influencia. Poseer muchos y, en ocasiones, opuestos rasgos: ser inspiración, impulso, vitalidad; o, por el contrario, ser memoria que oprime o estorba, fantasmagoría que se sobrelleva o se padece. Ciertos recuerdos venezolanos parecieran sugerir, incesantes, la inevitabilidad en nuestra historia pasada y presente de hombres providenciales: individidualidades extremas y autosuficientes colocadas mucho más acá o mucho más allá de la tradición y la norma. El culto a la figura del hombre providencial abunda en la memoria y los rituales venezolanos. Por sobre todas las cosas, se nos enseña a venerar a Bolívar, el más providencial de todos los hombres providenciales; y, junto con él, se nos enseña a idolatrar, también, la gesta guerrera que él protagonizó. El único recuerdo realmente dignificado de toda nuestra historia nacional es el de la Emancipación; idolatría hacia un paréntesis de diez años dibujado bajo el signo de la espada de Bolívar; apenas una década de tiempo convertida en fetiche único de todas las referencias, en centro absoluto de las miradas del recuerdo oficial, en lugar irradiante de cualquier imaginería patriótica.

La memoria venezolana ha hecho de la gesta bolivariana un lugar común alrededor del cual giran todas las liturgias. Ceremonias del recuerdo que no cesan de repetir, incansablemente, lo mismo: la epicidad heroica de la Emancipación, desde luego; pero, más allá de eso, su condición genuinamente inauguradora, su signo originario y fundador dentro de la historia venezolana. Con Bolívar y con la Independencia pareciera haber comenzado una interminable convicción del tiempo venezolano: la de que para empezar algo es preciso destruir lo que existía antes; la de que ninguna obra posee sentido si, primero, no se desvanece hasta la memoria de lo que había antes de ella. Algo que ha significado la deshilvanación del recuerdo de nuestros propios itinerarios convertidos en un catálogo de interminables restas; protocolarizada visión del paso del tiempo como un inacabable vaivén de desolaciones y reinicios, de vacíos y renovaciones.

Destruir para construir y olvidar para recomenzar: sobre el imaginario de la Independencia a los venezolanos se nos enseña a venerar el cambio, a idolatrar el renacimiento, a identificar los tiempos nuevos como necesarias construcciones erigidas siempre a partir de las cenizas de épocas dejadas para siempre atrás. Los venezolanos pareciéramos habernos habituado a despreciar la tradición, habernos familiarizado con la ignorancia de las costumbres, haber rutinizado el olvido de lo anterior. No cesamos de asignar valor a lo que es o luce nuevo, a lo que recomienza, a lo que renace, a lo inaugural. Nuestra memoria es una memoria de rupturas, de quiebras, de hiatos, de fragmentaciones. Pareciéramos habernos acostumbrado a creer y a confiar mucho más, por ejemplo, en las voluntariosas iniciativas de ciertos iluminados personajes, generalmente percibidos por encima, muy por encima de la tradición y de la ley, que en las lentas y pausadas construcciones colectivas. Identificamos nuestras más perdurables huellas mucho más con los deslumbrantes ademanes de algún carismático dirigente que con las sólidas hilvanaciones de todos construyendo juntos el tiempo. Creemos que logros, aciertos y conquistas afortunadas, si acaso llegan, llegarán desde fuera de las fronteras de la tradición, al margen de lo consolidado, lejos de lo establecido. Somos un país de rompimientos institucionalizados donde la excepción prevalece siempre sobre el canon.

Pero, curiosa y contradictoriamente, esa familiaridad con la figura del hombre providencial y esa cercanía ritualizada a las grandilocuentes memorias guerreras, convive muy estrechamente con perpetuas recordaciones de fracasos y de errores colectivos. Es la otra cara de la moneda de la grandilocuencia: la memoria de una historia de muchas víctimas, el interminable y caricatural recuento que dibuja un pasado venezolano siempre a partir de los mismos diseños: el despojo, la humillación, la desolación, la injusticia, el desafuero, la inmoralidad, la infamia. Memoria de culpas, de errores, de desaciertos que no cesa de repetir que la Conquista fue pillaje, violación y asesinato; que la Colonia fue el exceso de unos pocos favorecidos en contra de todos los demás: incontables e imperecederas víctimas; que el período republicano postindependentista fue la desolación de casi todos y el aprovechamiento de algunos poquísimos privilegiados; que la segunda mitad del siglo XX fue la corruptela y la inmoralidad y la sinvergüenzura de una vida democrática corrompida a manos de unos partidos políticos que eran el recipiente de todos los errores y abusos imaginables.

Historia de dos colores; recuerdo en tonalidades siempre extremas y groseramente contradictorias: lo blanco y lo negro; o mejor: lo dorado junto a lo negro. O sea: la gloria y la miseria, el máximo acierto junto al máximo error, la presencia de todos los atributos y el desperdicio de todos los atributos. Tuvimos a Bolívar -nos dice la versión de nuestra memoria oficial- y no fuimos dignos de su herencia ni supimos estar a la altura de sus sueños ni logramos imitar su grandeza. Fuimos ingratos y, sobre todo, fuimos estúpidos. Nuestro es el fracaso de quien pareció siempre empeñarse en fracasar, el error de quien pareció predestinado al error. Mucho más recientes imaginarios, nos dicen a los venezolanos que no hemos cesado de purgar todo tipo de extrañas penitencias: por ejemplo, la de la pobreza en medio de la riqueza, la de la desventura vivida por entre la fortuna. Esos imaginarios no cesan de recordar que, a pesar de ser un país con un subsuelo atiborrado de petróleo, no fuimos capaces de lograr nada con esa inmensa riqueza que súbitamente llegó a nuestras manos. El tema del petróleo ha reforzado en el recuerdo venezolano viejísimos códigos de frustración y pesimismo. La celebérrima frase de Arturo Uslar Pietri acerca de la necesidad de “sembrar el petróleo” se ha incorporado a las más cotidianas referencias colectivas venezolanas como una especie de interminable admonición. Los venezolanos vivimos bajo el constante convencimiento de que, a fin de cuentas, no supimos sembrarlo; de que lo malbaratamos desaprovechando para siempre las oportunidades que su riqueza nos brindaba.

Los venezolanos hemos hecho de nuestra memoria colectiva un diseño de itinerarios que parecieran poseer la forma de un círculo interminable o de un laberinto sin escapatoria. Círculo o laberinto de trazos y de movimientos que no dan nunca lugar al avance; sólo a la desorientación, a la reiteración, a la inconclusión. Recuerdo a Cioran cuando en su libro Historia y utopía habla del “círculo vicioso de la insatisfacción”. La insatisfacción, la autocondena parecieran ser siempre circulares. En el caso venezolano es la circularidad de resentimientos y acusaciones que no cesan de repetirse en contra de culpables siempre parecidos: despojadores, abusadores, deshacedores, “oligarcas”... También las víctimas son semejantes: los desposeídos, los despojados, los desasistidos, “Juan Bimba”, el “pueblo”... Retahíla de culpas y condenaciones que nos ha arrastrado hacia un laberinto de desconciertos e insatisfacciones. Circularidad de la memoria y laberinto del movimiento desorientado sin hilvanación ni avance; círculo y laberinto de las huellas siempre confusas y, a la larga, desvanecidas.

Venezuela es, hoy por hoy, ya entrado el siglo XXI, un país que precisa otra manera de relacionarse con su pasado. Ni venerarlo ni execrarlo: conocerlo. Hacer del recuerdo del tiempo vivido un sustento y no una agobiante deuda. Venezuela necesita erigir nuevas actitudes frente a la percepción de sus itinerarios. Actitudes que rehúyan, por igual, las forzadas veneraciones y los impuestos resentimientos, las generalizadas indiferencias y los naturalizados olvidos. Actitudes que se afirmen mucho más en la cercanía y respeto a una tradición que en la incesante mitificación de lo que es nuevo o lo que luce cambiante. Creo que un altísimo número de venezolanos no logra ya reconocerse, o está harto de que lo fuercen a reconocerse, en tantos y tan reiterados códigos de idolatría y de resentimiento. (Desde luego es mi caso: pesonalmente, estoy cansado de que se me obligue a identificarme con una caricatura que entremezcla el odio con la más insensata devoción). Otra Venezuela pareciera haberse ido conformándose desde mediados de la segunda década del siglo XX. Es el país heredero de la gran emigración de la segunda postguerra, al que, por centenares de miles, llegaron personas provenientes de todas partes del mundo y se radicaron para siempre en la tierra nueva que los acogía. Seres que identificaron a Venezuela con otras visiones: la de promesa y posibilidad, la de oportunidades posibles para todos, la de la inclusión y la convivencia; en suma: un mundo donde todos podíamos caber, un universo de horizontes tan amplios como los sueños que ellos eran capaces de albergar.

En estos días los venezolanos nos vemos envueltos en una de las más graves crisis de nuestra historia reciente. Se exacerban a nuestro alrededor diferencias sociales que llegan a convertirse en intolerante negación de toda forma de otredad. La inconformidad ante lo otro se vuelve virulenta condena, y el rechazo a lo distinto se convierte en exaltado repudio. Los tiempos cambian e imponen diferentes creencias y verdades. Nuestro presente mundial asigna, con fuerza creciente, una fe en ideales de encuentro, de solidaridad, de comunicación. Es no sólo el signo de nuestra época, sino que fue también el signo de la moderna Venezuela. Sin embargo, la división y la incomunicación se multiplican hoy, dolorosamente, cuando un nuevo gobierno luce absurdamente empeñado -¡una vez más!- en hacer tabla rasa con el pasado, anunciando su propósito por iniciarlo todo, por reconstruirlo todo, por rebautizarlo todo; algo que llegó al delirante extremo de proponer un nuevo nombre para el país. Absurda imagen del reinicio total, del absoluto renacimiento: un nuevo nombre para Venezuela.

Muy al principio de la gestión chavecista, se ofrecieron al país ilusiones que parecían responder a necesarias rectificaciones colectivas: mayor justicia social, una más activa participación del pueblo en las decisiones nacionales; y, desde luego, la prédica de una tercera vía de poder, alejada tanto del totalitarismo de la conducción y la planificación estatal como de la libertad injusta y despiadada de un omnipotente Mercado. Pero esos proyectos iniciales y, sin duda válidos, rápidamente fueron cediendo y desdibujándose en beneficio del desmesurado crecimiento de una reiterada imagen del hombre providencial que, otra vez, volvía a hacerse protagonista de los itinerarios venezolanos. Era la pesada sombra de un pasado que parecía condenado a regresar. El hombre providencial asomaba su rostro y vociferaba sus verdades a través de discursos tremebundos y dogmáticos. Discursos que colocaban de nuevo en el escenario nacional a muy antiguos “culpables” e imponían, otra vez, memorias de agoreros lamentos. El exceso de una retórica que resucitaba imágenes de violencia que se remontaban al tiempo de la Independencia y al de los años de la Guerra Federal fue, sin duda, el peor error del chavecismo. Ya entrando al siglo XXI volvían a escucharse en Venezuela los antiguos gritos de los seguidores de los caudillos de la causa federal: “¡Mueran los blancos, los ricos y los que saben leer!”. El discurso divisionista oponía, brutalmente, el país del “nosotros” en contra del país del “vosotros”.

Exclusión: negación del otro, desconocimiento de la voz y del rostro ajeno, indiferencia hacia esa voz y ese rostro; no diálogo sino monólogo. Exclusión que, en algún momento significó, también, la instauración de una política de consciente temor despertado en los opositores que no comulgaban con el estilo y la gestión del gobierno de Chávez. En algún momento de su novela La misa de Arlequín, dice Guillermo Meneses: “el gobierno se parecía cada vez más al miedo de la gente”. Son complejos y difícilmente descifrables los miedos colectivos. Miedo hacia cuanto pueda lucir vulnerador; miedo hacia lo “otro”. El miedo es puerta abierta a todas las debilidades. Paraliza al ser humano en el umbral de sus acciones. Por el miedo, el rostro colectivo puede convertirse en mueca: cosificado gesto o caricatura de una faz acartonada en rictus de congelada expresión. Al miedo hay que dominarlo: vencerlo, expulsarlo, exorcizarlo. El gobierno de Chávez pareciera haber asentado su fuerza y su capacidad de convocatoria sobre consignas de temor despertadas en los adversarios. Sin embargo, ese miedo no ha tardado en dar paso a un abierto rechazo y a un desafiante cuestionamiento de la gestión gubernamental. Una gran parte de la sociedad civil venezolana ha ido enfrentándose más y más directamente a un Estado que, paulatinamente, debilitaba sus rasgos democráticos.

Dos cosas pareció entender el país nacional que adversaba a Chávez: que le era necesario recuperar la fe en los partidos políticos y que debería apoyar sus expectativas, sueños y creencias en una ideología que hiciera posible canalizarlos. El país nacional redescubrió, también, la necesidad de una mayor participación en el hecho político. Y descubrió algo que, quizá, había sospechado desde mucho tiempo atrás: que los gobernantes venezolanos suelen estar por debajo, muy por debajo del pueblo que gobiernan. Que nuestro país rarísima vez ha tenido suerte con sus dirigentes. Que esa mala fortuna, sin duda relacionada con la reiterada y absurda esperanza en algún imposible hombre providencial, ha vuelto a cobrar su doloroso impuesto y nos ha arrastrado hacia una nueva equivocación.

Evoco una frase de País portátil, la novela de Adriano González León: “los venezolanos hemos luchado siempre por mandar y no por ser más felices”. ¿Qué es mandar? ¿Acaso significa sólo mantenerse en el poder? ¿O que cada nuevo gobernante cumpla con sus ambiciones? ¿Es mandar que un jefe imponga a todos su voluntad y que todo se supedite a esa voluntad? ¿Es mandar conservar el poder contra viento y marea? ¿O vencer al contrario valiéndose de todas las triquiñuelas imaginables? ¿O, por el contrario, mandar significaría, más bien, esa posibilidad de que todos podamos llegar a “ser más felices”, a la que se refiere González León?

Hoy más que nunca, los venezolanos necesitamos reconstruir la relación con nuestro tiempo. Percibir menos hostilidad en sus itinerarios. Contemplar la historia nacional como un lugar más hospitalario en el que la lenta construcción y la amplitud y ligereza de las memorias puedan hacerse hechura de nuestro destino. Divisar menos rupturas, menos recomienzos y menos incomunicación en nuestros recorridos. Distinguir en el paso de las épocas más fluidez y continuidad, mayor hilvanación. Y, desde luego, dibujar en nuestra memoria colectiva menos extremas imágenes de fracaso o idolatría.

Nuestro universo colonial, tan poco y tan mal conocido por casi todos los venezolanos, fue mucho más que sopor de misa y de siesta al que lo condenaron nuestros recuerdos oficiales. Fue, también, muchísimo más que esa interminable sucesión de rufianerías, bajezas y excesos con que lo dibujó el novelista Herrera Luque en su célebre obra Los amos del valle. El fue, sobre todo, una época de consolidación; tiempo creado por una sociedad que nacía y que, lenta y trabajosamente, iba haciéndose, formándose. Nuestro siglo XIX fue, aparte de la Independencia, recuerdo que opaca todo lo demás, mucho más que sólo esa constante evocación de los muy distintos caudillos que gobernaron el país en medio del más grosero nepotismo. Es, también, mucho más que la larga sucesión de guerras y alzamientos y revoluciones y rebeliones que asolaron el país. Porque junto a tantas guerras y caudillos, existió otra Venezuela: una nación empeñada en la búsqueda de un igualitarismo social, un país impulsado por genuinas convicciones democráticas y por anhelos necesarios de justicia colectiva.

Y ya en la segunda mitad del siglo XX, durante los cuarenta años de democracia, el pueblo venezolano fue, también, construyendo, haciendo. Hubo en esos años errores, limitaciones y excesos; pero hubo, también, la consolidación de una vida en común. Fueron años que nos acostumbraron para siempre a los venezolanos que cualquier forma de convivencia en nuestro país no podría ser sino democrática. Y fueron, también, los años que nos enseñaron a creer en una sociedad civil que se fortalecía, que no deseaba regresar al pasado pero que sentía que necesitaba apoyarse en ese pasado. La sociedad civil venezolana, ésa que existe desde siglos atrás, ésa que pareció importar muy poco para las memorias oficiales, ésa que se forjó a la sombra del tiempo colonial y protagonizó y padeció la sangrienta violencia de la Independencia, ésa que vivió bajo un siglo XIX plagado de caudillos y guerras y más caudillos y más guerras, ésa que llega al siglo XX y vive los cambios del país petrolero, ésa que junto a los nuevos partidos políticos creyó en ideales de democracia, ésa que se fue apartando de esos partidos cuando comenzaron a fallarle, ésa que se encuentra ahora confusa y dividida en medio de la confusión y la división nacional... En ella encarna cierta esencial continuidad de las cosas en Venezuela, en el tiempo venezolano. Encarna una tradición que sería el contrapeso imprescindible y necesario para la trasnochada imagen del individualismo mesiánico como el único posible hacedor de la historia nacional.

Nuestro tiempo venezolano, comenzado ya un nuevo milenio, sigue dibujando trayectorias, urgido por superar los conflictos que, como nunca antes en su historia reciente, lo envuelven. El peso del hombre providencial es, junto con la necesaria superación de una memoria lastrada por paralizantes lugares comunes, una sombra que los venezolanos deberemos desvanecer. Ése es nuestro reto para la construcción de un tiempo por venir muy alejado de la desorientación que tantas veces nos condujo hacia el inabarcable laberinto o hacia el círculo interminable.

Caracas, febrero de 2003

 

© Rafael Fauquié 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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