Fundamentalismo, trangresión y espejamiento
de las protagonistas femeninas
en La canción de Dorotea
de Rosa Regàs

Josefina Saravia Ortega
I.E.S. La Selva del Camp (Tarragona)


 

   
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“ El deseo de ser diferente de lo que eres es la mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona”.

 

Así nos introduce en el relato la autora de la novela “la canción de Dorotea”. Esta cita de Sandor Marai es el eje temático de la narración, nos está indicando que es la historia de un fracaso vital y de una frustración humana puesto que las protagonistas femeninas quieren cambiar porque no se aceptan como son, quieren ser la otra, quieren cantar la canción de Dorotea no la suya propia. Para ello, la autora emplea un recurso de la estilística feminista que consiste en la utilización par de dos personajes protagonistas femeninos, las cuales toman conciencia, se autodescubren a sí mismas a través de la otra. Se produce un espejamiento mutuo como individualidades similares que comparten un universo femenino común.

La siguiente pregunta es: ¿y cuál es ese universo femenino compartido?, inmediatamente la autora nos da la respuesta con los versos de F. García Lorca:

“¡Ay, voz secreta del amor oscuro!
¡Ay, balido sin lanas! ¡Ay, herida!
¡Ay, agua de hiel, camelia hundida!
¡Ay, corriente sin mar, ciudad sin muro!"

Aparece el elemento catalizador, la razón por la cual desean ser otra persona y no ellas mismas, de convertirse y transformarse en Dorotea. El amor oscuro es la causa activadora de las pasiones en su estado primario, que son corriente sin mar, ciudad sin muro, hiel y herida para las dos protagonistas y será también para ambas el origen de su tragedia, puesto que, como dice el personaje de Aurelia:

“Los celos son serpientes que se escurren por todos los entresijos de la imaginación y la conciencia”.1

Los celos, un sentimiento que no tiene género masculino o femenino y que no es exclusivo de un solo sexo, que llega a desencadenar las reacciones más imprevisibles e inesperadas, de resentimiento, venganza o tragedia.

Así pues, se nos muestran en la novela unos amores oscuros, bajos, pasionales que arrastran y dejan sin voluntad a sus dos protagonistas, las cuales acaban transfigurándose en otro ser desconocido ante ellas mismas y que las inducirá a cantar la canción de Dorotea.

Dorotea va a ser ese personaje inventado y paralelo a la vida de las dos protagonistas que les sirve para esconder las acciones más sórdidas, los pensamientos y sueños más obscenos de los bajos instintos sexuales. Únicamente el destino propio de cada una de ellas se encargará de dar su veredicto y condenar en un justo castigo tanta mentira de obra y de pensamiento, tanta desvergüenza y negligencia por parte de sus autoras.

La escritora es partidaria de la libertad femenina, una liberación sexual, económica, social, una liberación íntegra, y así es como van a actuar, o por lo menos lo van a intentar ambas protagonistas cantando otra canción que no es la suya, la que les va a permitir dar rienda suelta a sus anhelos y deseos más íntimos y secretos, liberar esos caballos blancos y alados que las transportarán por caminos y vidas forjadas en el jardín prohibido de sus misterios y fantasías y que únicamente Dorotea les puede ofrecer, por tanto, esa es la única canción para ellas y es la que deciden cantar.

En una entrevista que le hacen a la escritora contesta así:

“Hay que tener coraje para ir al fondo de las cosas, para ir descarnando cada historia al máximo sin miedo”. 2

Y en otra nos dice lo siguiente:

“Si no tenemos historia nos convertimos en esclavos de cualquier persona que nos quiera imponer su propia versión”.

“Cuantas más versiones haya de nuestra historia más cerca estaremos de su conocimiento verdadero”.3

En mi opinión existe una especie de manifiesto feminista al igual que una descarnada crítica social donde la narradora va descubriéndonos con una mirada radiográfica, insolente y costumbrista: hechos, vicios, situaciones, vivencias, acciones..., de nuestra actual sociedad y con el fin de llegar al conocimiento a la verdad última de cualquier aspecto o tema que nos sea necesario descubrir o desvelar y que son según la escritora esas:

“pequeñas corrupciones de cada día. Vivimos en un mundo de corrupciones más o menos aceptadas”.4

Una sociedad, la nuestra, en la que se perciben todavía y a pesar de los pesares, valores inmovilistas, retrógrados, faltos de ética y moral cerrados a cualquier viento de igualdad sexual, social y cultural para nuestras dos protagonistas.

Así le responde un policía a Aurelia cuando ésta intenta averiguar cómo están los asuntos que son de su incumbencia:

“Quien tiene que ir al juzgado a enterarse de lo que ha pasado es un abogado, no usted. A usted no le dirán nada, y añadió como para provocarme: y menos siendo mujer”.5

O cuando descubre la infidelidad, el triángulo amoroso que mantiene Adelita con el hombre del sombrero, un ser oscuro, ladrón, jugador y macarra, que la convierte ante sus ojos en puro objeto sexual, puesto que se vislumbran los valores del patriarcado en los cuales la mujer es propiedad del hombre, una mercancía, un ser oprimido física y espiritualmente:

“La pasión que la unía a ese hombre tenía que ser por fuerza la que le hacía desaparecer y aparecer según fuera voluntad de él”.6

Este punto se podría enlazar con uno de los temas recurrentes en la narrativa de R. Regàs y es el vínculo de dependencia que se crea entre las personas que se aman y la propia autora nos define así:

“El amor nos vuelve dependientes y dejamos de vivir nuestra propia vida para acoplarla a otro ser”.

Es una dependencia hombre-mujer, pero también se crea entre padres - hijos y puede producir una relación de subordinación de tipo económico, sentimental o moral.

Así lo experimenta Aurelia, la protagonista cuando se pregunta si lo que siente no es idéntico a lo que sentía Adelita, o lo que es lo mismo, Dorotea, y que la llevó a su propia destrucción y muerte:

“O tal vez si lo que quiero con esta última escena no es encontrarle un final a Dorotea, sino a la historia o, mejor aún, lo que estoy haciendo no es otra cosa que contar mi propia historia dando vueltas siempre a lo mismo con otro aspecto y otro enfoque, y así yo también me voy envolviendo en una soga, convencida de que no es la mía, una soga que me inmoviliza cada vez más hasta que me convierto en un mero paquete, un bulto, que apenas interviene en su propio devenir”.7

De nuevo apreciamos que nuestra protagonista se está autodescubriendo a través de la otra, se está identificando y espejando en Adelita, o en ese ser paralelo de ambas que se llama Dorotea, descubriendo horrorizada que ya no sabe quien es ella misma, o, tal vez, lo que realmente le espanta es esa revolución interna en la que se está reconociendo por fin, gracias a su conversión en Dorotea.

Este autodescubrimiento le produce miedo. Ya tenemos otro motivo que se menciona a lo largo de toda la narración, siente miedo de la situación desconocida y enrarecida que se ha creado en su entorno, del hombre del sombrero, de sí misma, del desenlace de los acontecimientos:

“...y es que el miedo, sí, el miedo me tiene atenazada...”8

Es un miedo a no saber por donde camina, a no pisar tierra firme, tal vez, a un universo desconocido y diferente, pero es el miedo que sienten las mujeres sensatas que tiran de sus riendas, autónomas, independientes, de ideas comprometidas y avanzadas como lo fue ella en su juventud, que está viendo como todo se desmorona porque puede perder su status, su sistema de vida que conllevaría una sumisión y una opresión ya presentes en las ideas autoritarias de su padre porque representaban los valores de la represión, el poder de estado, las armas o el oscurantismo de la iglesia.

Sin embargo, ese miedo no la paraliza, ni la inhabilita para saber más, para conocer todo lo que pasó en su casa debido a Adelita, para llegar al final de toda su experiencia y angustia. Nos aparece entonces ese personaje de su juventud, valiente, inteligente, forjada en unos privilegios de clase con unos valores políticos, sociales y culturales sin restricciones, un halcón, pero que finalmente se convertirá en paloma como Adelita, con la cual existe esa identificación, un ser sin coraje que se deja llevar una enfermedad del alma, en este caso el amor oscuro:

“...de todos modos, fuera cual fuere el camino que a partir de ahora me deparaba el destino, nunca de sería dado saber si la canción que iba a cantar sería alguna vez la mía”.9

La narradora nos deja un final abierto en la novela, sin resolución, pero en cualquier caso es un final por amor, como el de Adelita, como lo va a ser el suyo, lo cual ya es una justificación en sí mismo, porque el amor es un estado de enajenación, crea una dependencia, como nos dice la autora, y además es la alineación de un ser en otro.

A través de la lectura de la obra, podemos comprobar como las dos protagonistas experimentan una evolución y finalmente un cambio. Al principio, y hasta el momento en que se empiezan a desencadenar los hechos decisivos y relevantes, hay una adaptación de una a la otra, es el momento en que se dan instrucciones con respecto a las tareas de la casa, descubren las limitaciones de sus respectivos caracteres, se conocen una a la otra, esto es lo que las va a hacer sabedoras, en principio, de donde proceden y cual es su lugar.

Adelita es de clase social baja, es mentirosa, se inventa a sí misma y desearía ser como Aurelia que es alta, guapa, delgada, inteligente y rica, que finalmente acaba corrompiéndose para conseguirlo y agradar.

Aurelia es una profesora, prototipo de una burguesía sin raíces, que finalmente descubre que ha tenido una trayectoria vital anodina, basada en la seguridad y la comodidad, una vida falta de pasión y amor y que desea cambiar:

“¿Conocía yo lo que era la pasión? ¿La había experimentado alguna vez?”.10

Son significativos los nombres de ambas protagonistas, Adela significa “buena madre”, y Aurelia “del color del oro”. Si realmente nos están dando las características de la esencia de la persona que los ostenta, en esta ocasión los valores, los fundamentos en los cuales se basan el significado de los nombres son transgredidos por sus portadoras representantes.

Ni Adela acaba siendo buena madre, ni ejemplo de esposa, ni ama de llaves. Ni Aurelia es de oro por su confesión personal e íntima, ni por el camino que decide tomar al final, puesto que, somos testigos y lo podemos comprobar de que no es oro todo lo que reluce. Sin embargo, y haciendo un alegato en defensa de las protagonistas, no solamente ellas, no son trigo limpio, sino, todo lo que tiene relación con ellas y con su entorno: amigos, familiares, compañeros, miembros de la justicia, de la policía, personal de la administración, vendedores ambulantes y no ambulantes, vecinas del pueblo; unos y otros se muestran ante nuestros ojos en toda su crudeza y realismo, repletos de defectos, de vicios, de intereses propios, de chismorreo sarcástico y gratuito, por tanto, carguemos las tintas, no solamente contra ellas sino contra todo el panorama que nos describe la autora.

En la relación que mantienen entre sí las dos protagonistas desde el principio se produce un cambio y es el de enfrentamiento, de oposición de actitudes y valores, no se quieren apear de su actitud, no se aceptan mutuamente, incluso intentan suplantar la personalidad una de la otra, usurparse el lugar que ocupan, finalmente, se produce una identificación, un reflejarse una a la otra con el mismo color del cristal del espejo.

Es en este proceso, donde podemos hablar de fundamentalismo y de una transgresión de los valores planteados en la novela, pero no solamente entre las protagonistas femeninas, que defienden sus privilegios de clase, sus actuaciones, que emprenden una batalla territorial y se enfrentan entre sí, para conseguir el lugar que les corresponde o creen ellas que es el que les corresponde por derecho propio.

Es un fundamentalismo porque los valores que abanderan cada una de ellas se transforman en universales, puesto que, son valores, ideas que se excluyen entre sí, en algunas ocasiones, o se intentan imponer en otras:

“Tal vez Adelita tenía razón, con aquella teoría de la impenetrabilidad de nuestros mundos, aunque no debido a la riqueza y el poder de los unos respecto de los otros como ella creía, sino porque a ellos, los otros, los distingue la posesión de algo más profundo, más elemental también, pero infinitamente más efervescente, cuyas reglas secretas desconozco.”11

Es la historia de una transgresión porque se violan los propios valores de clase, éticos, morales y sexuales, porque se destruyen las barreras que existen entre ellas cuando se suplantan entre sí, se comprenden, se perdonan, en definitiva, se identifican porque se reconocen una en la otra.

Esta transgresión nos permite observar con mayor facilidad que estamos ante una narración que cuenta las relaciones de dos mujeres entre sí, sus dificultades y habilidades para hacer y conseguir aquello que les interesa, el entramado en el que se ven inmersas y los sentimientos que esto les puede provocar, lo cual nos sitúa ante una determinada forma de expresar y contar, una poética indiscutiblemente femenina; a pesar de ello, la autora tiene un concepto claro de literatura femenina o masculina:

“No hay literatura femenina es sólo que las mujeres han introducido en la literatura algo que los hombres no hacen, hablar de los problemas desde la más profunda intimidad.” 12

Existe también un fundamentalismo y una transgresión paralela en la obra, no solamente el que reflejan las dos protagonistas con la defensa de su statu quo y su modus operandi, sino el que se recoge con el conocimiento de la sociedad establecida que refleja y retrata una moral determinada, la hipocresía, el machismo, prejuicios sociales, supersticiones, un tipo determinado de educación; y existe una transgresión en ese tipo de sociedad prediseñada porque está desdibujada y corrupta en todos los ámbitos que se ven pincelados y destacados por la mano de la narradora.

Hay que señalar, finalmente, que las protagonistas femeninas son víctimas de sus propias debilidades y cadenas, de las cuales no consiguen liberarse, porque no hay una liberación final, ya que los hechos se suceden como consecuencia de todo lo que han hecho anteriormente, y esto ha sido únicamente y en todo momento por motu propio:

“Un instante antes de quedar aprisionada entre la pared y su cuerpo, en el momento en que sus brazos me envolvían y se acercaba a mi boca el aliento de la suya, un último relámpago de lucidez me vino a decir que era yo y no él quien justificaba la oscura y descalabrada historia de Dorotea”.13

 

Notas:

[1] Regàs, Rosa: La canción de Dorotea, Planeta, 2002

[2] Entrevista en “El País” 7/11/01

[3] Entrevista en “El Avui” 13/01/00

[4] Entrevista en “El Avui” 23/04/01

[5] Op. cit, 288

[6] Op. cit, 159

[7] Op. cit, 284

[8] Op. cit, 284

[9] Op. cit, 301

[10] Op. cit, 138

[11] Op. cit, 254

[12] Entrevista en “La prensa literaria” 01/02/98

[13] Op. cit, 301

 

© Josefina Saravia Ortega 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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