Manuel Felipe Rugeles
Jinete insomne en las crecidas del alma

Pablo Mora
moraleja@telcel.net.ve
Profesor Titular, Jubilado, UNET
San Cristóbal, Táchira, Venezuela


 

   
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Flor y luz de los jardines

Empezó su canción con tema de cosas ya olvidadas. Dejó que el alma pasajera apacentara sus sueños. Lejos, perdida, olvidada, y sin embargo tan cerca, la ecuménica majestad de Dios, la advirtió en el espejo de la estrella y del agua. Buscó su voz perdida entre las rutas altas de la montaña, en la ciudad de la sangre. Buscó acercar su alma a toda cosa. Descubrió la alegría en el revuelo de pájaros que habitan los bosques, en los pájaros de la tarde. Habló de paz y amor en sus parábolas. A cántaros, pidió a su Dios se hiciera en él la voz de su grandeza eterna, iluminada. Clamó en nombre de los tristes del mundo, por los oprimidos. Y, casi blasfemando, dijo: “Y tú, Dios, perdonando la mentira y el odio / y la sangre vertida que corre en nuestras manos.” Revélale al hombre el hondo destino de los hombres.

Entre cuatro horizontes, pasó su niñez entera hasta descubrir un camino que lo llevaría siempre a regresar al territorio inédito de sus asombros. A la aldea dio su alma. Y la aldea le sigue dando de turbio en turbio palo y palo. Lanzado a todos los puertos, nunca dejó de caminar por su corazón adentro. Sintió la voz de oro de los pájaros, el silencio augusto de abejas, árboles y aire. Cruzó una y otra vez frontera. Supo de la íngrima soledad del hombre. Del páramo y su larga pena. Tendió su mano al labriego. Llevó en su canto niebla y desvarío. Fue, anduvo, regreso, vino, siempre con su montaña a cuestas: con los pinos, los prados, los sauces, los páramos, los valles, la neblina -la palabra alada del agua-.

Su casa fue la casa de la harina. Cantando estuvo con su propio canto. Gritando anduvo con su propio grito. Supo de la encina, de la fe, del llanto; de la arena, el mar, la sangre, los fusiles; de la nostalgia, del Ande y de sus breñas. De la soledad, la lluvia, los caminos...

Aunque en la sombra sigue, su corazón lo habitan altos sueños, fraternidad, jardines, fuentes, mariposas, lontananzas, cánticos de esperanza y voces nuevas; anónimos patriarcas en zarzales, gritando en la corteza de las siembras, mientras viste la tarde de neblina y va cayendo el sol, el agua, el iris. En su interior, aromado de almendro, viven los labriegos de pie, sobre la tierra, esclarecidos. Las espigas, los frutos, las colmenas, la tristeza y la música y sol de los arroyos y la flor y la luz de los jardines. Su palabra -viento sobre el ala- y el ala y la luz de su presencia, hasta la sombra en su rosal de olvido.

 

Jinete insomne

El poeta es un jinete insomne, cabalgando la vida entera en el paisaje que se beben sus pasos. Como si la tierra que camina fuese enarbolando magias que su pupila deshace en versos de madrugada, para reencontrar el hombre que las habita. Allí entre esos horizontes que dan cuenta del mundo, el poeta construye su equipaje frugal de pájaros y neblinas, para no perder jamás la vasta hondura que lo contiene. El jinete insomne cabalga estrellas hasta el amanecer. Barco de larga travesía, ola lenta de fuertes resonancias, cabalga que cabalga las estrellas, a caballo en las crines de la mar.

“El poeta no sólo sabe imaginar. Puede sentir lo que ocurre a su alrededor, lo que sucede lejos de su siglo, lo que quizás nunca suceda, haya sucedido o pueda suceder... Cuando el mundo colisiona vuelve sus ojos al poeta, quien proporciona un faro de chispazo eterno para combustionar los elementos. Son águilas azules que trazan signos con su vuelo herido. Por eso cuando se va el poeta se va el equilibrista que tambalea sobre una línea de luz tras un telón de sombras; un mago de la inseguridad -diría Char- y bien podría afirmarse que aún la muerte azuzará en él su rebeldía de infinito, se irá sonriente y pálido, jineteando la vida, copulando con la muerte, y ya sentado en el bostezo de la noche le seguirá tirando palos a la luna.” (Tirso Vélez). Le seguirá tirando besos a la aldea.

Se va jineteando la vida, pero convocando el galope que resuena sobre la hierba, que hace cauce en el viento, que toma impulso en el corazón del hombre, cuando se asoma, asombrado, a las claves que le ofrendan las palabras que dicen los árboles, la neblina, los pájaros, la aldea. Ese es el trayecto que el poeta invita a rescatar, desde el solar de cada casa, cada huerto, cada espacio habitado por una soledad y un silencio que él convierte en surtidores de amor, en un tiempo traspasado de guerras, ocupado en la propiedad de la semilla, más que en multiplicar los hornos para repartir un pan de espigas, aliñado con levadura de neblina y polen de amapola.

¿Será por eso que se recitan sus versos en el tono bajo de quienes comparten un secreto? ¿Será por eso que su gloria -su palabra, su coraje, su canto-vida, su semilla- ni nos convoca, ni nos reta, ni nos lleva a echarla en el viento que prospera? ¿Será esa la razón por la cual sus versos piruleros con sabor a risa, no se aposentan en los rostros de quienes dejaron de ser niños? ¿Será por ello que, a cien años de su nacimiento, aún no relumbra su aldea florecida? Rendirle homenaje debe significar abrirle compuertas al amor, encontrar nuestro propio lenguaje-acción para multiplicar la existencia de un hombre capaz de leer en los almendros encendidos, los samanes y las acacias, la dimensión exacta de la vida que tendrá que ser.

El poeta no anda solo, se desvive y es en el otro y a través del otro. Su pena se confunde con la pena del mundo. Convoca la palabra del otro. Una palabra liberada, purificada, primordial, esencial, resolutiva, signo del ser, una palabra-ser a la que da rienda suelta hasta que revele el porvenir. Habla de una vez para mañana. Pronuncia la palabra decisiva. Envuelto en subversiones y versiones, marchas y contramarchas, da con la palabra necesaria, subversiva. Confirma que la civilización no es más que una injusticia armada. Que la poesía es una insurrección. Que no se ofende el poeta porque le llaman subversivo, cuando le dicen insurgente.

 

Armados de una ardiente paciencia

Desciende por favor a sus entrañas. Verás que el corazón de los poetas es un injerto de desierto y luna. Amigo de la sombra y sus caudales, de la sombra difusa de la muerte, de las maneras de morir al día. Revelarás el triunfo del poeta: saberse polvo, polvo enamorado, velando a pensamientos desatados.

Vive fuera de sí o muy adentro. Sabe el tamaño exacto de la pena. Conoce el lado oscuro de la rosa y la terrible majestad del pan. De lumbre en lumbre, en orfandad suprema -hijas de los trigales y las piedras- su cólera y ternura vagando andan por campos, farallones y veredas. Vigilia del asombro detenido, marchándose de prisa sin moverse, estatua en soledad, en estampida. Remontando hacia adentro de la lumbre, entre umbrales, abrojos y neblinas, subterránea fuente al descubierto.

Así como la poesía fluye, eterna, en el espacio cósmico, palpitante girará en el espacio blanco de la hoja y la esperanza. Mientras la lógica pretende explicar el mundo, será la Poesía la que se encargue de salvarlo. Sólo, entonces, la razón poética podrá rescatar para nosotros el mundo destruido por la razón científica, la razón técnica y la razón política. Sólo, entonces, al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades (A. Rimbaud).

 

La edad eterna

A cien años del nacimiento del poeta, recorrer el itinerario vital de su palabra es asistir, una vez más, al alumbraje de esta tierra-aldea y sus neblinas, atravesar con él el cauce natural del hombre para descifrar su lento asombro; por el que paulatinamente busca afianzarse, eternamente predicando y develando lo enigmático, lo irredimible; lo lumínico, lo inimaginable, lo asombroso, lo inaudible que reposa en la oquedad fulgente del camino. Ciudad de Sombras, Viendo la noche, Lunas y Ocultamientos, Las casas líquidas, La costumbre de ser sombra, Donde aclaran los abismos, Todos los instantes, El reverso del reloj, El color de la nada, Fuego por tierra, Tierra de ámbar, Amenaza del Tiempo, Tiempo de guerra, Hileras de sol, Materia de eternidad, El pozo de los sueños, Parte de asombro, en aparente complicidad, se hermanan para alumbrar la maravilla, descubrir la dicha oculta, exultar la certeza sensible, volver al hallazgo de estar vivos, de ser definitivamente un gran dolor en viaje, la voz antigua de la tierra.

Con Manuel Felipe Rugeles, celebramos la edad eterna de la verdadera poesía, la que Neruda declara indestructible. La que se hará mil astillas y volverá a ser cristal. La que nació con el hombre y seguirá cantando con él. La que canta y cantará. Manuel Felipe, el hermano de la harina, es por eso quien nos entrega el pan de cada día, amasado de neblina y almendros, hojarasca y mariposa, aliñado con la tristeza del hombre que no vuela, y a quien él le construye alas de pájaros, para un bosque infinito de cielo enamorado.

 

El peso de la andinidad

Todo este cúmulo de ideas, constituye la plataforma estética que signa el magisterio poético de Manuel Felipe Rugeles, máxima estrella de nuestras letras regionales, poeta mayúsculo en la lírica iberoamericana. Ecólogo, ecologista, Manuel Felipe Rugeles rindió culto al hombre y la naturaleza: a lo telúrico, al paisaje y a lo humano. Consciente de que el hombre habita en cuanto construye, respetando la tekne aristotélica, en tanto creación, arte, ‘poner al descubierto’; conocedor de la tríada heideggeriana: ‘construir, habitar, pensar’; de que el arte -la poesía- contiene y edifica un mundo a la medida del hombre, se propuso realizar su mayor anhelo: ser fabricante de la ilusión espiritual, de los sueños de su tierra y de su gente.

Poner al descubierto la palabra matriz, fundante, inicial, el logos seminal -la sustancia de origen, de cópula, de semen, de sangre-, la palabra sustancial, sustantiva, la del engendramiento del telúrico hormigón, fecundación y canto, apertura de un nuevo territorio; revelación de Los Andes ante el orbe a través de las sendas naturales que, generosa, brinda la montaña.

Así, el “destino escritural” en la sustancialidad de la palabra se hizo verbo, verso, imagen, metáfora, sueño, vida. Sabía que alguien tenía que cumplir, entre nosotros, con una suerte de tarea, de pasión adánica: nombrar para que fuesen nuestros seres y cosas, nuestra vasta geografía, nuestro hombre, nuestro paisaje, nuestra neblina, nuestros confines, nuestros sueños campesinos, siderales.

Entonces, su mirada fue. Y conoció la lejanía. Imagen verbal, precisa, grano, semilla, germinación y fruto. Figura decisiva en los laureles, hundidas sus raíces bien a fondo, a prueba de tormentas, con él surgió uno de los árboles mayores de la patria, con la verdad deslumbrante de su armonía nativa.

Armonía natural que con Rugeles, el hegemón, consagró el peso de la andinidad, “la tradición de la poesía andina, afincamiento en la teluridad de la vida campesina serranera, prisionero y tributario del paisaje de las tierras altas con toda una manera de decir, con todo un léxico peculiar...” Lo que hace pensar a Lubio Cardozo que “no es fácil zafarse al peso de una habitud tan densa como la literatura de la andinidad, esconder las voces del hechizo del entorno de la serranía andina.” Literatura que encierra “ese orbe de panoramas, costumbres -mores patrii-“ pozo del patrimonio, el suelo, la memoria.

Leer a Rugeles es encontrar fuentes innumerables, inagotables, que nos revelan hurganzas, riquezas y hallazgos; ráfagas, jirones, pensamientos y versos, que difícilmente uno hallaría y que de pronto están allí reunidos, como un manjar para quien busca en ellos huellas, claves, líneas, designios poéticos y vitales.

La lectura de sus textos siempre enriquecedora. Dueño colectivo de la neblina y los paisajes andinos, hechos de sombras, de lumbres, de azules mariposas y procelosos soles, los dejó correr, los echó a andar, los dejó libres, para que poblasen el horizonte, nombraran el asombro, disolviesen las sombras desde el fondo de la oscuridad, hasta que, tomando el vuelo de los azulejos, aromados de pomarrosas, enarboló y lanzó al voleo, tendiendo su oficio creador hacia esa ilusión de refundar la humanidad.

Sembrado, así, en los huertos y en la neblina de nuestros territorios siderales, en la terca, pertinaz esencia de este suelo; de esta tristeza, de este grito, de esta angustia, este alarido, este anhelo; fincado en el desiderátum y en la trayectoria de la esperanza que cultivamos, su palabra -vuelo de colibrí en sembradío- visión del mundo para un solar lluvioso, aliento y tempestad para los vuelos altos, para el largo rodeo, para el jinete insomne que a pulso de trigal y de neblina, soltándole las riendas al ensueño, ¡puro, como la harina de los trigos! toma por asalto los amaneceres.

Palabras sustanciales a modo de hitos emblemáticos inundaron, entonces, el acervo poético nacional, continental: cántaro, neblina, niebla, aldea, memoria, melodía, presencia, valle; vereda, zarzales, espiga, cielo; paz, terrazgo, copla, canto.

Todo:

Para que exista menos hambre,
menos dolor y menos miedo.

...Y no el mal de una nueva guerra
que atice el odio contra el odio
de hermano a amigo o camarada.

... para que al fin sobre la tierra
no haya más sangre derramada.
...Para que siempre con su brillo
duerman las vírgenes espadas.

... Para que el hijo se levante
como la espiga de las eras
y se renueve la esperanza
del solitario o del vencido.
Para que nunca haya una sombra
que apague el sol de nuestra frente,
ni la verdad de nuestras manos.

...Y en la plenitud del espacio,
sobre el azul de los abismos,
triunfe la bíblica paloma
con el mensaje de sus alas,
anunciador de la Alegría!

Canto a la Paz
(Dorada Estación)

 

Todo, por el hombre:

Este hombre es el mismo que conocen los siglos.
Vencedor o vencido, filósofo o esclavo,
justo o impenitente, conforme o vengativo.

Este hombre es el mismo
que ha tirado el guijarro o ha aromado la venda,
que ha escondido el puñal o ha cortado la rosa,
que ha erigido el patíbulo o ha apagado la hoguera.

El que avivó la ira o prendió la alegría;
el que vistió la púrpura o el que anduvo desnudo
o lloró frente al mar o atizó la tormenta.

...O el que desesperado sin esperar blasfema,
o el que ha hundido sus labios en la herida de Cristo
o el que ahoga su llanto profético en la sombra
o el que mide su vida por un grano de trigo.

Todos el mismo hombre que conocen los siglos.
Y en la historia o la fábula diciéndonos hermanos.
Y tú, Dios, perdonando la mentira y el odio
y la sangre vertida que corre en nuestras manos.

Hombre
(La Errante Melodía)

 

Todo, por la pena que da mirarlo:

Mi voz perdida en la niebla
como pluma sobre el viento,
ha de llegar hasta ti
por estos desfiladeros.

Indio sin tierra, sin rancho,
sin cobija, sin sombrero,
solo, desnudo en el páramo,
con hambre de pan moreno.

Indio que ya nada tienes
allí donde fuiste dueño
y que ahora por la sierra
vas caminando en silencio
tras el caballo y la sombra
del último encomendero.

Mi voz perdida en la niebla
te va buscando a lo lejos.
Mi voz sacude el tambor
primitivo de tu ancestro.

Indio sin pez, ni laguna,
sin carnada, sin anzuelo.
Indio que estás en la tierra
como un sauce a campo abierto.
Ruina impasible. Dolida
estatua. Pájaro ciego.

¡Qué pena me da mirarte
y saber que eres tan nuestro!

Qué pena me da mirarte
(Aldea en la Niebla)

 

Todo para que nos detengamos a mirar al hombre solitario que cabizbajo camina las piedras.

La cobija rojinegra
sobre los hombros.      ¡Qué frío
el de los páramos!

Mirad al hombre.      Miradlo.

Junto a la cerca de piedra,
cabizbajo.

Frente al hierático pino,
solitario.

Mirad al hombre.      Miradlo.

Aguda barba de oro.
Ojos oscuros, lejanos.
A la orilla de las parvas
mirad al hombre.      Miradlo.

¡Qué soledad!      ¡Quién pudiera
saber lo que está pensando!

Mirad al hombre, miradlo
(Aldea en la Niebla)

Y Manuel Felipe Rugeles, con su verso, dio aliento y cauce sonoro a esa soledad, porque cuando el hombre tiene una aldea, tiene el universo entero, en los cristales que le da el río, los pájaros que le da la huerta y a Dios sobre la hierba, caminando en el viento.

 

Escuela Andina

Nunca el paradigma naturaleza-creación mejor enarbolado que por él, Fundador de la Escuela Andina, donde la belleza y la musicalidad de nuestro paisaje son la razón de ser de nuestras grandes pertenencias o manifestaciones en orden a lo poético, lo musical, lo pictolírico -estímulo, motor fundamental de nuestras mayores creaciones, realizaciones-. Lo que ipso facto conduce a una visión ecopoética basada en un peculiar entorno estético-natural, esencia primordial que define la luz frutal de nuestra gracia.

Dentro de la concepción de la ‘sabiduría del ser’, de la Ontología Psicosomática, diríase que Rugeles encarnó como ninguno el cuerpo ecosistémico -ecologizado, libre-, haciendo realidad, con su vida y su palabra, la sabiduría del ser y del ser regional.

Hombre verdaderamente “musical”, hizo honor a la racionalización intelectual del “patrimonium salutis”. En uno como patetismo, envolvió, registró y reportó los flujos y reflujos naturales elevados a la mayor dimensión poética.

El escenario andino -belleza corporal auténtica- sublimado, idealizado, es ensalzado entre suprema gloria, magistralmente, contrastándolo con la bellísima e inconmensurable energía del ser humano universal. Nadie como Rugeles, en fulgurante encarnación de su terruño, confirmó mejor que sólo quien ahonda en su aldea universaliza. Tal como la poesía de Rugeles universaliza a su región andina.

Siempre al caer de la tarde.
Yo, solitario en la sombra,
mirando el final del valle.

Oyendo la voz del río
que jamás cambia su cauce.

... Yo, solitario en la sombra,
no sé si acaso perdido
y sin volver a encontrarme.

Oyendo el agua del río,
mirando el final del valle.

Yo, solitario en la sombra,
por fin un desconocido.
Uno más. Un habitante.

... El valle es de oros tranquilos
siempre al caer de la tarde.

Yo, solitario en la sombra
(Dorada Estación)

 

Rugeles, nacido lejos del mar, es quien mejor entiende la dimensión más vasta del espacio, aquella que adivina en el cerca el horizonte más lejano, y en la gota de agua el cauce que conduce a las lejanas orillas.

Madre, mirando uno el mar
de cerca se sueña lejos.
Parece que el agua tiene
la luz de todos los puertos.

Por mi corazón adentro
(Aldea en la Niebla)

 

Su palabra es su herramienta construida desde la soledad. Su sueño es alcanzar con su amor el corazón del mundo.

Ve tú, palabra mía,
como un golpe de viento sobre el ala
de una gaviota oscura.

Ve tú, palabra mía,
con el beso ignorado de cien bocas
y la música y sol de los arroyos.

Ve tú, palabra mía,
con la caricia leve de cien manos
y la flor y la luz de los jardines.

Ve tú, palabra mía,
a sosegar su corazón que tiembla.
Y hasta la sombra en su rosal de olvido,
lleva el mensaje del amor al mundo.

Ve tú, palabra mía
(Dorada Estación)

 

La georgicidad

Faceta determinante, nos presenta a Rugeles en toda su potencia imaginativa, recogiendo las íntimas relaciones entre ella y el quehacer humano; de cuerpo entero el poeta de la rusticidad, de la campiña, del campesino, de la solidaridad, de la vida campestre.

Tal georgicidad nos la explica Lubio Cardozo: “Uno de los poemarios más hermosos del siglo veinte literario venezolano sobre la tierruca nativa es Aldea en la niebla (1944). Se desarrolla en sus páginas, de manera fulgente, el tema de la georgicidad. Lírica inspirada en el mundo campesino, de los panoramas sometidos a la agricultura, de la belleza domesticada del ámbito rural, de esa geografía dulcemente por el labrador domeñada para la obtención del alimento, la fecunda gleba de los valles, de las faldas de las imbricadas colinas del Táchira. Exaltación de ese paisaje entre silvestre y humano, de campos provinciales de un verdor tranquilo y ordenado, bajo el cuido y la vigilia amorosa del agricultor, de la comarca salpicada de aldeas, de pueblos, de plantíos, de rebaños, de abejales, sustentadores de la atenuada alegría de la sociedad rural.”

Horizontes de una aldea liberadora porque los caminos que llevan a tierras lejanas, siempre vienen de regreso al corazón de donde salen:

Preso entre cuatro horizontes
pasé mi niñez entera.
Después descubrí un camino
nacido al pie de mi aldea.

La aldea
(La Aldea en la Niebla)

Es el paisaje que moldea al hombre de la montaña, que borda con su silencio las sonoridades de la palabra tejedora de versos:

Mundo apenas recobrado
por la luz es este mundo
que con el ojo circundo:
río, camino, arbolado,
bueyes que van al arado,
hombres de ruda certeza,
fuentes donde el alba empieza,
flores que alumbra el rocío
forman este mundo mío,
¡pleno de naturaleza!

Mundo
(Décimas en Azul)

Porque de tu entraña soy
y de ti, montaña, vengo,
a tu silencio me doy
y a tu palabra me entrego.

Montaña
(Coplas)

Un poeta que le pone nombre de árbol a la entrada y la salida del vivir, amor y despedida, conjugados en la raíz de la que se parte:

Este pueblo de montaña
tiene amor y despedida,
con un samán a la entrada
y una acacia a la salida.

Realidad
(Coplas)

Ofrendó el espacio habitado de corazón de su niebla, otorgó el ingreso al territorio sagrado de su aldea, moldeando con su propia mano el cacharro-cuenca que habrá de dar de beber al hermano hombre.

El agua que es nuestro vino
siempre en vasijas de barro
la bebimos. El cacharro
tiene un sabor cristalino.
¡Ya lo sabes, campesino!
¡Ya lo sabes, alfarero!
Vete a la arcilla, primero,
y haz la vasija redonda,
de modo que ella responda
siempre a la sed del viajero.

Obra
(Décimas en Azul)

 

Epístola a Manuel Felipe Rugeles

Esta tarde hablo contigo,
Manuel Felipe Rugeles:
cien años de cielo y gloria
pesan sobre tu palabra,
y aunque sigas en la sombra,
con tu sombra fatigada,
tú diste vida a una fuente
y en el soñar te acompaña.

... En tu tierra -nuestra tierra-
todas las cosas te aguardan.
“Coplas”, “Neblina” y “Azul”
perviven en tu morada.

Y aquel Antonio Machado,
de soledades lejanas.
El clavel de los domingos
siempre abierto en la montaña.
Y la plaza con su sol
y la niña en la ventana.
Las violetas de la Ermita
que adornaban tu solapa,
y el agua dulce del río
que hoy no alegra tu garganta.

... ¡Ah, sigamos recordando,
antes que se nos caiga

la noche y estemos ciegos,
sin ver todo lo que pasa!
Hay que hacer algo esta tarde
para templar la añoranza,
para renovar los sueños,
para juntar la nostalgia.
Unidos pétalo y trino,
virtud de pureza intacta,
guardados y defendidos
por invisibles murallas,
viven aún los poemas
que maduró la esperanza,
puestas las manos al viento
con un temblor de alborada.
Testimonio de tu espíritu.
Rescoldo azul de tu llama.

Al fin de cuentas, hermano
Manuel Felipe Rugeles,
la vida no es lo que importa.
¡Es lo que al morir se salva!
Ya lo dijo Omar Kayam.
Lo dijo en el Rubayata:
“Barco que al final se rompe”.
Y yo agrego estas palabras
para comprender tu sino
de copa que se derrama
con lumbre, aceite, rocío,
perfume, vino, miel, agua.
¡Tu canto es ya vida eterna!
Y es amor que nos traspasa,
aroma que no se extingue,
luz que no nos desampara.
Lo mismo que las violetas
y el clavel de la montaña,
tu canto es flor que ha vivido
en su plenitud de gracia
y que se eleva hasta el cielo,
midiendo tiempo y distancia,
con sus raíces profundas,
crecidas dentro del alma.

Romance para un poeta
(Dorada Estación)

 

Hermanó el viento con el canto de los pájaros, a sabiendas de que en el bosque, la presencia del amor, más allá de los desvelos, sería arrimo de luz.

Vamos a entrar ahora en el bosque
donde ya han esperado tanto tiempo los pájaros
tu presencia y la mía.
Vamos a oír las voces
del viento que en los árboles
se hermanan con el canto de los pájaros.

... Sobre antiguos desvelos,
sobre cicatrices ya viejas,
pongamos este arrimo de luz que nos ofrecen
las entrañas del bosque.

Vamos a entrar cantando
hasta encontrar la hebra
del primer trino en algún árbol.
Vamos a entrar despacio
hasta el follaje denso
donde el sol llega apenas en jirones,
dorando la tierra y las raíces de los cedros.

Tu presencia y la mía
en el bosque la esperan hace tiempo los pájaros.

Tu presencia y la mía
(Cántaro)

 

Manuel Felipe, hermano de la harina, permanente juglar de nuestra aldea, testigo fiel de toda la odisea de esta sufrida tierra campesina. Manuel Felipe, acaso la neblina -tu dulce amante- solamente sea tenue sombra que apenas señorea en este valle de tristeza andina. Manuel Felipe, en lumbres jornalero, apenas si se ven las mariposas, apenas si se siente el ventisquero. El oculto presagio de las rosas nos recuerda tu claro derrotero hacia la luz total de nuestras cosas.

La paz que tú soñaste ya no cuenta. Los niños hacen guerra apenas nacen. Las crónicas son todas policiales. Ya no es nuestro el sabor de nuestra música. El último poema para niños ellos lo escriben con sus propios sueños: es sólo una parábola a la guerra con todas las metáforas en gris. Andrés Eloy ya no anda por aquí, el pobre Aquiles tuvo un accidente y se nos fue. Ya casi no contamos con poetas que quieran a los niños. Manuel Felipe, hermano de las cumbres, casi nadie le canta a la neblina.

Manuel Felipe, ya nadie apacienta ningún sueño detrás de los rebaños; los viejos cántaros nos son extraños así el crisol del horno los presienta. La neblina quizás apenas sienta la ausencia de los sueños aledaños y en el rojizo almendro de tus años tal vez ningún turpial ya ni se asienta. Tal es el precio de la vida, hermano: echar un barquichuelo en la quebrada, echarlo de mañana, bien temprano, luego irse con la tarde alucinada y estarse con la luna de la mano para caer en cuenta de la nada.

Epístola a Manuel Felipe Rugeles
(A coro en el asombro)

Pero no fue la nada lo que nos dejó. La luna en la mano sigue siendo el talismán que nos entrega, cada tarde alucinada, para echar el frágil barquichuelo a la travesía de la vida, que se mide por la hondura de la neblina o los sueños que se aposentan como fulgores delante, no detrás de los rebaños de nubes que las altas montañas regalan a los ríos.

 

La casa vesperal

Esta es la casa vesperal del poeta -su canto paradigma-.

Entrad. Esta es la casa vesperal del poeta
que aún lee a Horacio y habla del ruiseñor de Keats.
El mismo que os dio a tiempo la flor de sus jardines
y os ha tendido siempre sin oquedad la mano.

En su huerto aún quedan retazos de neblina
temblando sobre el fuego de las enredaderas.
Y pájaros y estrellas en el verde y el agua
su claridad y júbilo juntan bajo su cielo.

... Venid a oír sus cantos de juglar en reposo,
ya cuando en las colinas eterniza el otoño
su dorada estación. Y el clamor vive siempre
como un dios en la cima lejana de su canto.

... Entrad por esta casa de par en par abierta
sólo para vosotros, ¡oh! poetas, ¡oh! hermanos,
que al crear en silencio vuestra canción más pura,
cobráis la paz del alma que anhela vuestro sueño.

Esta es la casa vesperal del poeta
(Dorada Estación)

Un juglar nunca en reposo, creador de una canción que aún falta por componer, para que alcance su estatura de ofrenda.

 

Lugar para los árboles

Entre tanto, a la luz de nuestros padres mayores, los árboles, -porque somos hijos del árbol- Manuel Felipe, con Jorge Rojas y Carlos Augusto León, nos increpa en alto sueño:

Si quieres acercarte más a mi corazón
rodea tu casa de árboles.

... Y cuando esté maduro el silencio del bosque
pártelo como un fruto, pronunciando mi nombre.

Jorge Rojas: El salmo de los árboles

 

En los pequeños pueblos
rodeados por la siembra.
En todas las ciudades que han crecido,
en todas las ciudades por nacer.
                          Dejad, amigos,
                          lugar para los árboles.

... Hombres de todas partes,
de toda edad, de toda
manera de vivir,
si es que queréis que el Hombre
siga vivo en la Tierra.
                        Dejad, amigos,
                        lugar para los árboles.

Carlos Augusto León: Canción en Defensa de los Árboles.

 

Sálvame del que se empeña
en hacer del árbol leña.
Y del hacha y del hachero,
como el rayo, traicionero.
... En mi follaje se encierra
vida, amor, canción y vuelo.
Tengo la raíz en tierra
y la copa abierta al cielo.

Manifiesto del árbol
(¡Canta, Pirulero!)

 

Todo está aquí

Definitivamente, antes que llegue muerta la neblina o tremenda locura se le ocurra o alguna cosa grave le suceda, Rugeles a pulso de puntada larga y noble, hilvanó las raíces profundas de su canto, de su suelo, crecidas dentro del alma, para que sus hermanos en el tiempo, con el tiempo las cosiesen, de una y otra manera, con el mismo y el mejor tino, con igual y superior empeño, con la propia sonante verdad del tinajero.

A la muerte llegaríamos y más allá del cielo, tal vez hasta donde duerme la neblina o vive la lejanía, tratando de hilvanar, pespuntear y rematar el mejor elogio, homenaje, a Manuel Felipe Rugeles. ¡A su alfabeto de trinos!

Sentimos que a sus cien años de encendida paz y fulgurante gloria, jinete insomne en el vendaval andino, jineteando la vida tras los entresueños del alba, hoy nos trae, como ayer al hijo, a conocer los viejos caminos de su aldea, nuestra aldea. Viene a entregarnos las llaves doradas de su infancia, para que abramos las puertas azules de la aldea y siempre en ella encontremos lo que tanto él supo amar: su Retorno a la Heredad.

Gregory Zambrano nos recuerda:

Ahora, después de cien años,
el poeta cabalga estrellas
hasta el amanecer,
es jinete insomne...

... El poeta no cree en lo que ve, por eso
lleva siempre un farol entre sus manos
y toca la realidad como para salir de dudas.

Gregory Zambrano: Poeta en estado de emergencia.
En: Desvelo de Ulises y otros poemas

Todo está aquí nos dice:

Anhelaba esta hora de vida en la montaña.
Esperaba este sol para buscar senderos
perdidos en la niebla de la remota infancia.

Me detuve en la orilla luminosa del río
y jugué con el agua, limpia como un espejo,
y en ella vi mi rostro como cuando era niño.

Piso mi valle. Siento la verde luz del campo,
la gravedad del pino que se curva ya viejo
sobre la tierra y siento las grietas del arado.

Estoy aquí sembrado como si fuera un roble
que respira en sus aires y se yergue hacia el cielo
con una algarabía de pájaros cantores.

Creo en el sol de junio y en el pan de la espiga;
creo en las amapolas que iluminan los huertos
y en las simples violetas que oculta la neblina.

Creo en el hombre triste, sin palabra y sin llanto,
que anda por las veredas con su vara y su perro,
apacentando sueños detrás de los rebaños.

Creo en la niña pálida que casi va desnuda
y detiene a su paso las palomas en vuelo
o dobla ante una malva la flor de su cintura.

Creo en los manantiales y en el fuego sin límite
del frailejón de oro, guardando su secreto
más allá de la noche que su aliento percibe.

Creo escuchar la abeja que despierta a la rosa.
La ronda de los niños, segadores del tiempo.
La rueda de los juegos girando en mi memoria.

Todo está aquí: la brisa, la flor, la mariposa.
Y Dios está en la yerba. Camina sobre el viento.
¡Ah! ¡Creo oír el canto matinal de las horas!

Todo está aquí
(Retorno a la Heredad. En: Cantos de Sur y Norte)

 

Hasta más acá del alma

Errabundos, soñamos con la paz de los primeros días. Lentamente, todos los caminos se hacen nuestros. Entre el herbaje vamos siendo. De ida o de regreso, damos con el viejo patio de la antigua casa, donde un árbol, único entre los árboles de la casa ya muerta, nos recuerda la infancia, solo entre la zarza herida, olvidado de todos, simple memoria viva, profunda de la tierra.

A pesar de la noche de la guerra, como gota de lluvia deshojada, la sombra, el gemido o el recuerdo de una casa aguardará al hijo del mañana al pie de un viejo almendro encendido, donde se quedaron para siempre sus voces rondando su silencio.

Manuel Felipe regresa desde el tiempo donde morimos a la luz del frío. ¡Porque el poeta es eterno! Porque no hay muerte sino vida. Porque estamos en ese gran libro de la naturaleza como enigma y respuesta. Porque otros hombres hablarán por él tarde o temprano también comprometidos con la vida hasta la muerte.

Nuestros encuentros no tienen mundo. Se hacen en el ser instantáneo que pasa y muere -como pastor y bestia- entre surcos y siglos paralelos. Nuestros encuentros no tienen número ni punto y menos muerte. La Poesía -el dolor más antiguo- busca en la neblina el milenario flujo de los sueños. El ojeroso cántaro del indio, el autóctono grito de amargura, la mazorca, la espiga, el arrebato, los escondrijos, vértebras y heces, el agua circular de la argamasa, los pómulos y húmeros vallejos.

Desde el insomne amanecer, Jinete Insomne, Rugeles perfectamente sabe que la memoria no es un sepulcro para recuerdos muertos, que la inmortalidad está en la memoria de los otros y en la obra que dejamos... Más allá de nuestra muerte corporal queda nuestra memoria. Sabe que el poeta es inmortal; el hombre, inmortal mientras viva en el recuerdo de los suyos, de su aldea, de sus goznes, sus cosas y sus sueños.

¡Somos! ¡Seremos! ¡Hasta más allá de la noche! ¡Hasta más allá del viento! ¡Hasta más allá del sol! ¡Hasta más allá de la lejanía! ¡Hasta más acá de la neblina! ¡De más acá del alma o de la vida! Del lado allá del canto, del lado allá del vuelo, del lado allá del tiempo.

Manuel Felipe, fue, es, será. La Antigua Ceiba lo recuerda. La Aldea en la Niebla lo recuerda. Cántaro lo recuerda. El Clamor por los oprimidos. La Errante Melodía. La Puerta del Cielo. La Luz de tu Presencia lo recuerdan. Lo recuerdan el Canto a Iberoámerica. La Memoria de la Tierra. ¡Canta, Pirulero! Los Cantos de Sur y Norte. La Dorada Estación lo aguarda en la tierra prometida, donde su amor, iluminado y fuerte, ya empieza a florecer en soledades, hasta alcanzar la eternidad del canto.

 

Jinete insomne, pan de espiga

Mientras a cien años del nacimiento de Manuel Felipe Rugeles, Los Andes reclaman su voz; y la neblina, las cascadas, el verdor, añoran su presencia, si queremos que florezca la oscuridad, juntemos nuestros sueños a su verso, su coraje y gloria para la eterna celebración de la vida, desde este alegre cielo y apacible temple.

Esta navidad
faltan pinos
para los tristes de la tierra.
El pan y el vino de la cena
¿les podrá caer alguna vez de las estrellas?

Para la navidad de los tristes
(Cántaro)

¿A quién busco en ésta la ciudad / en que no hay sino piedras derruidas / y sangre derramada entre las piedras; / calaveras de azul fosforescencia / y árboles fulminados y caídos... a quién en ésta la ciudad / de los muertos. Los muertos no llorados./ No recogidos. No enterrados. Muertos / que se pudrieron en la sombra, junto / a la casa y al árbol y a la fuente / de piedra milenaria. Sólo muertos...? (Elegía a una ciudad muerta. Memoria de la tierra).

¿A quién busco en esta casa que después la regaron / con sal los mercaderes, / al profanar la dicha / que había en sus umbrales / y el ámbito que ornaba sus cimientos? (Viejo almendro encendido. Dorada Estación).

¿A quién busco en la tierra de los pinos / y las palomas de alas extendidas/ sobre las viejas torres desvaídas / en la niebla al azar de los caminos? // ¿A quién sobre estos páramos andinos, / sobre estas nieves, águilas caídas, / y estos valles que añoran recias vidas / a la sombra o la luz de los molinos? (M. F. Rugeles: Voz de respuesta. De: Aldea en la Niebla).

Mi corazón hoy vuelve a la montaña, llega desde la fiera guerra huyendo, de plácemes encuentra a la neblina, al pájaro, a la tarde... a la entraña jubilosa de aquel almendro siendo enhiesto campanario en la colina.

Jinete insomne, lleva en sus alforjas una canción hecha de sol de junio y pan de espiga. Soplo de aire, soplo del alma, que desde los prados del Paraíso se nos rompió, y que el poeta recompone una y otra vez, soñando porvenires de rebaños de luz y amaneceres de alegría. He ahí la tarea poética, la pasión poética. He ahí la Canción Distinta tras la que apunta toda obra creadora en búsqueda del Orden Nuevo, Necesario, Imprescindible. El que ha de llevar al hombre, a la entera Humanidad, a la Insurrección que falta y se precisa para alumbrar la oscuridad, adelantar el porvenir desde los porhaceres del hombre, su contienda, su coraje, su vereda, sus zarzales.

Manuel Felipe cumplió su cometido de alfarero de la neblina, hortelano de los bosques, encendedor de almendros, palabra del hombre que en silencio recuesta su tristeza sobre la aldea de su destino, y que entendió que no tiene horizontes la tierra cuando la cabalga un jinete de la vida, un cantor de amapolas encargado de develar las violetas más allá de toda neblina, para entregarle al hombre su estación florecida. En esa escuela lo ubicamos, más allá de todo calificativo, en el centro de la canción insurgente del hombre que reclama el alba extendida sobre una aldea-bosque habitada de pájaros-hombres en permanente trabajo de hacedores de pan de amor.

Gloria de luz en su inefable gloria, sobre la mancha gris de los caminos. De noche lo despierta la neblina. Es ella el santo y seña del poeta. Casa, sauce de par en par abierto, su verso quiere ser, eternamente. Del aire al aire ir, de puerta en puerta. De mano en mano, estar, vivir, seguir.

Acepta, ¡oh! Dios, el peso de su gloria a la hora encendida de este infierno mientras corre la sangre en el camino. Y sobre tanto lloro y tanta pena se habrá de alzar su canto como un lirio y su himno de amor se oirá más fuerte.

¡Abramos casa, corazón y huerta!

 

POSTFACIO

Zafra crítica

Manuel Felipe Rugeles (1903-1959), el poeta por antonomasia del Táchira, es alguien a quien no ha sido posible ubicar fácilmente dentro del concierto de la lírica venezolana, por pertenecer más bien al reino de lo clásico, dentro de su perdurabilidad y fidelidad a su tiempo.

En efecto, los críticos venezolanos no se han puesto de acuerdo en la justa ubicación generacional de su obra. Pedro Díaz Seijas la sitúa en la Vanguardia del 28. Juan Liscano la ubica y desubica en el Grupo Viernes. Mientras Pedro Pablo Paredes lo considera el “mayor representante de la Generación del 18, puesto que es quien hace realidad estética cabal de los ideales de dicha generación; incorpora a la lírica nacional el paisaje andino, en una como especie de neo-nativismo; y alcanza, en cuanto que fue fiel a su tiempo y a su ámbito, categoría de clásico. ¿Tuvo conciencia de su destino lírico, de sus posibilidades de perduración, el poeta? Si no, no habría escrito en uno de sus instantes cimeros:

La aldea me dio su alma.
Yo di mi alma a la aldea
”.

“... Estos dos versos de Aldea en la Niebla -libro fundamental en la lírica de Rugeles- son sin duda alguna clave de toda su producción, tanto de la juventud visionaria como de la madurez nostálgica.” (Fernando Paz Castillo).

Agrega Paredes: “Manuel Felipe Rugeles, en cuanto que constructor de poemas, se sitúa, muy inteligentemente, a igual distancia del esmero orquestal modernista y las libérrimas estructuras establecidas por el vanguardismo... Es quien mejor plasma estéticamente los ideales de la Generación del 18: exaltar lo esencial venezolano.”

Ubíquesele donde se le ubique, lo que todos corroboran, es el hecho evidente de que fue Rugeles el autor que se encargó de incorporar a la poesía nacional, a las letras patrias, el paisaje andino. Allá aquellos que se desvelen por ver en Rugeles un poeta menor dentro del nativismo, criollismo o costumbrismo, sin méritos de renovación dentro de un neo-nativismo, por lo menos. Es el caso de Juan Liscano, quien señala: “Su verdadera vocación lírica le inclinaba hacia lo popular, lo romántico, inclusive lo discursivo... Cantor de inspiración fácil, cordial, bohemio y reverente a la vez, en sus libros predominan las estilizaciones folklóricas, el color regional, las cancioncillas, los romances, cuando no la poesía entonada y elocuente.”

Al considerar a Rugeles como la más auténtica revelación poética de Los Andes del siglo XX, se está también de acuerdo en que su temática mayor es la tierra: su tierra andina, en toda su plenitud. He ahí su leitmotiv. En su caso, plasmada en la imagen de la Aldea en la Niebla, transformada al final de su itinerario vital en la Aldea Global, para decirlo, quizás no muy felizmente con McLuhan.

Su visión del terruño, su cosmovisión inmediata y mediata, hacen que su primera aldea sea, en fin de cuentas, el mundo entero. Lo que permite a Orlando Araujo sostener la tesis de que “la de Manuel Felipe Rugeles es una de las obras poéticas de más lograda circunferencia en las letras de América Latina.”

Uno de los poetas más representativos entre los que perpetúan la huella del nativismo de Andrés Bello y Lazo Martí, con marcadas afinidades con la lírica española de su época, Rugeles crea una poesía esencialmente vernácula a partir de una purificación de nuestro folklore y nuestro cancionero.

Olvidábamos decir, con Jacinto Fombona Pachano, que “si a algún poeta pudiera hallársele, a cualquier hora, en la actitud eufórica y armoniosa del agua que fluye cristalina, ese poeta sería Manuel Felipe Rugeles”. Poeta por la gracia de la tierra. Poeta del Hombre y la Naturaleza Poeta de la montaña y de los niños venezolanos. “... Y es que en la poesía de ‘¡Canta, Pirulero!’ el lenguaje se hace música; esa música que no oyen los oídos del cuerpo de los niños, sino que es audición imaginífera provocada por el dintorno de estrellas, árboles, flores, pájaros, agua cristalina y torrentosa, viento silbante y taumaturgo; elementos naturales que los niños -los más grandes mitómanos y soñadores- conjugan para fabular el mundo maravilloso de la infancia.” (Alberto Castillo Arráez).

 

Afinidades electivas

Sin llegar al extremo -lejos de nuestra intención- de subestimar en algo la obra de Rugeles, valdría la pena un estudio sobre sus afinidades con Antonio Machado que reconocemos existen. Estudio que establecería deslindes y especificaciones y en donde, ciertamente, la obra rugeliana aparecería cada vez más resplandeciente y con luz propia.

Entre tanto, adelantemos algo. A ambos creadores les une el entusiasmo por la tierra y el paisaje, “sus” paisajes. Los títulos y contenido de “Soledades” y “Campos de Castilla” del sevillano están muy cercanos al de “Cantos del Sur y Norte” de Rugeles. El plectro de ambos poetas es la tierra, unida al noble sentimiento por el paisaje luminoso que, desde niños, los encandila. Los colores castellanos, sus olivares, sus estaciones, los cotidianos espectáculos de las callejuelas, las alusiones infantiles, pueden fácilmente intercambiarse con el Color de la Patria, el Color del Ande, del Valle, de junio, del mar; con el Retorno a la Heredad, escogidos por el venezolano. La consubstanciación de Machado con Soria -con sus “colinas plateadas, / grises alcores, cárdenas roquedas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria...”- equivale a la pasión de Rugeles por eternizar sus visiones andinas:

¡Dejad, amigos, que os recuerde
la edad azul de los rebaños,
cuando el vellón de los rediles
era la nieve de estos campos!

Elegía pastoral
(Memoria de la Tierra)

Todo en esta comarca se adivina
de pronto así como recién nacido:
el valle, la hondonada, la colina,
están cambiando ahora de vestido.

Tríptico del color de junio
(Cantos de Sur y Norte)

Mientras Machado en su soneto titulado “Primaveral” nos habla de cómo el campo se viste de juveniles atavíos:

Los caminos van del valle al río
y allí, junto del agua, amor espera.
¿Por ti se ha puesto el campo ese atavío
de joven, oh invisible compañera?

Sin ánimo de repetir algunos paralelismos, ya detectados entre ellos y que perfectamente pudiesen equivaler a meras imágenes eidéticas, nos permitimos presentar dos. Nos referimos a la famosa cuarteta de Machado:

¿Dices que nada se crea?
no te importe, con el barro
de la tierra haz una copa
para que beba tu hermano.

Frente a la de Rugeles:

No en vano medita el indio
junto a sus blancas vasijas,
sabiendo que son sus manos
las que dan forma a la arcilla.

Igualmente, ilustrativas estas otras cuartetas:

¿Dices que nada se pierde?
Si esta copa de cristal
se me rompe, nunca en ella
beberé, nunca jamás.

Proverbios y Cantares - XLII
( A. Machado)

Si un vaso desvencijado
tiene alguna utilidad,
un corazón viejo y triste
puede servir mucho más.

Certeza
(M. F. Rugeles: Coplas)

Siempre nos ha llamado la atención la calificación de “naranjos encendidos” de Machado frente a la de “almendro encendido” de Rugeles; aunque no desconocemos la profunda devoción que le guardaba el poeta al referido almendro familiar -emporio de su infancia y de su vida-. ¿Serán acaso los “naranjos encendidos” de Machado la lámpara que dio lumbre al “almendro encendido” de Rugeles? Es el corazón del hombre el candil que hace del árbol un lucero, del cielo un bosque de luceros, de la aldea la tierra toda de la alegría del hombre, de la tristeza el cauce que hay que recorrer para alcanzar el porvenir. Antes que querer empañar la obra de Rugeles, lejos de señalarle alguna rémora, somos los primeros en reconocer en este poema Viejo almendro encendido uno de los más definitivos, paradigmáticos, de su obra, al tiempo que uno de los de más carga elegíaca de la lírica venezolana, latinoamericana.

Insistimos en que estos señalamientos sólo se proponen motivar a nuestros estudiosos universitarios en cuanto al análisis de la obra de Rugeles, una de las de más unidad temática y hondura lírica en Venezuela e Hispanoamérica. Mientras más la estudiemos, de seguro que encontraremos no sólo alguna influencia, que no es pecado alguno por aquello de las afinidades electivas goethianas, sino que corroboraremos su extraordinaria originalidad en el concierto de las letras patrias, donde no tiene par en lo atinente a la poesía infantil.

Por lo demás, para nadie es secreto que algunos críticos han hallado afinidades temáticas y experienciales entre Rugeles y García Lorca, Bécquer, Garcilaso, Novalis, Heine, Hölderlin, Hernández, Alberti y Rilke. De hecho, a estos dos últimos dedica Rugeles dos de sus poemas. Afinidades -repetimos- que, sin duda, ennoblecen al poeta y a su obra, antes que enturbiarla en lo más mínimo. De ellos tomó el soplo de viento que los encendía, para llevarlos a nutrirse de su paisaje. Antes que pretender ver en toda Cántiga del desterrado” a una mozuela llevada al río o en todo compromiso a un “preso hasta la madrugada”, reconocer en Rugeles a un adelantado en los oficios y licencias de la actual generalizada intertextualidad, donde predominan la absorción y transformación textual a modo de mosaico más o menos reconocible.

 

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© Pablo Mora 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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