Espéculo

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PROUST Y RUSKIN: SOBRE LA LECTURA
Dr. Luis Veres

Siempre es una grata noticia la aparición en el mercado editorial de textos clásicos que nunca habían encontrado espacio en las numerosas colecciones que se publican en España. Si el autor de dicho texto es el francés Marcel Proust, el interés es doble, puesto que resulta interesante el descubrimiento de nuevas muestras de su prosa que hasta ahora eran desconocidas en castellano: porque, aunque la traducción que viene de la mano de Miguel Catalán no es la primera traducción en español de las conferencias de Ruskin que en 1905 tradujo el autor de A la búsqueda del tiempo perdido junto al prólogo que pretendía encabezar el volumen con el prólogo de “Sobre la lectura”, sí que aparece por primera vez traducido un grueso corpus de notas al pie que marcel proust añadió a los textos de Ruskin.

La compilación representa el capítulo final de una aventura de profunda idolatría que mantuvo Marcel Proust con la obra del esteta y crítico social inglés John Ruskin (1819-1900). Como se reconoce en la introducción la obra de Ruskin fue definitiva en la configuración de la personalidad literaria de Proust: su gusto por la pintura prerrafaelista, su fascinación por la arquitectura medieval o su admirada mirada hacia el universo veneciano aparecen en ruskin y luego se constituirán en elementos esenciales de la narrativa proustiana. Proust también tomó de Ruskin su capacidad para describir los paisajes y elementos naturales con esa exactitud obsesiva que es uno de los rasgos más salientes de la serie A la búsqueda del tiempo perdido. Y, finalmente, la figura de Ruskin sirvió a Proust para tomar como ideal moral el propio trabajo fundamentado en un ideal del arte y la literatura condiderados como un fin vital en sí mismo.

Mucho más distante queda Marcel Proust de las ideas más destacables del utilitarismo de John Ruskin: como los programas sociales para mejorar la situación de los más desfavorecidos o su propuesta de creación de una gran red de bibliotecas públicas, cuestión presente en “Sésamo y lirios”. Verdaderamente estos asuntos le traían indiferente.

Pero el presente volumen destaca sobre todo por el interés intrínseco de los textos. El prólogo de Proust “Sobre la lectura” es una breve introducción fundamentada en el pensamiento finisecular de Ruskin que, finalmente, resulta leída de la misma manera que Por el amor de Swam o Sodoma y Gomorra, ya que Proust juega, en esta detallada descripción del proceso de lectura, con los mismos procedimientos y los mismos artificios que en su producción novelística: el juego con el tiempo o la minuciosidad descriptiva, los saltos temporales y la atmósfera finisecular. Y en este sentido, destaca el profundo amor al arte que salpica todas sus páginas y su consideración de que la lectura es un trabajo que continúa la labor del escritor, una vez finalizada la obra, cuestión de radiante actualidad, en lo referente a la recepción de los textos literarios, y que ya ha creado escuela. Sin embargo, Proust también nos advierte sobre los peligros del ejercicio lector, porque, si bien su práctica nos adentra en territorios en donde nunca hubiéramos penetrado por nosotros mismos, su obsesiva presencia en nuestras vidas puede llegar a suplir a nuestro propio espíritu y a nuestra propia vida.

Por su parte, la primera conferencia de Ruskin, “Sésamo: de los tesoros de los reyes” nos advierte ya de la necesidad de una selección rigurosa ante la lectura que supone una renuncia de todos los placeres vulgares y mundanos: “¿Pero habéis medido y previsto esta corta vida y sus posibilidades? ¿Sois conscientes de que si leéis esto, no podréis leer aquello? ¿Que lo que perdéis hoy no podéis ganarlo mañana? ¿Iréis a cotillear con vuestra doncella o vuestro mozo de cuadra, cuando podríais estar conversando con reyes y reinas?”

Del mismo modo, la concepción sobre la lectura de Ruskin se fundamenta en la idea de la cultura como una institución perteneciente a la elite intelectual, institución que debe extenderse pragmáticamente al resto de la sociedad. Esos reyes y reinas, finalmente, deberán estar al alcance de toda la población mediante diversas tareas del estado, como la educación del gusto o la creación de bibliotecas. A su vez, Ruskin defiende la lectura de aquellos libros que suponen una contraposición a las ideas más arraigadas en nuestro pensamiento, puesto que de dicha actividad surgirá la reflexión y el replanteamiento del problema desde una nueva óptica. Por ello, Ruskin, en ambas conferencias, supone un revulsivo contra ideas asentadas o los hechos consumados: de ahí que ataque el analfabetismo infantil, la incultura de las mujeres de su época, la adulación literaria, la imitación y la puesta en escena, idea muy actual, de un circo que engloba toda la actividad alrededor de la literatura. El verdadero artista debe quedar al margen de todo ello. Quizás sea aquí donde resida la verdadera importancia de los textos de Ruskin, en esa tentativa, que se adelanta a su época, de aglutinar una atrevida propuesta moral con un programa social junto al desdén aparente por la maquinaria industrial de la institución artística en una época en donde el mercado y una decadente cultura de masas lo invadido todo.

24/11/2003


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2003