Yo acuso.
Rodolfo Walsh y los años oscuros en la Argentina
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Carolina Castillo2
Universidad Nacional de Mar del Plata


 

   
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Con tu máquina de escribir te metiste en los intestinos del pueblo, en el dolor y la humillación de la pobrería, de los azuzados. Mientras otros se dedicaban a cuchilleros o hacían romanticismo con antiguos generales fusiladores, vos -decepcionando a los críticos literarios consagrados- te metías en la actualidad: ¡oh pecado!, y todas sus mafias. Algo imperdonable para el olimpo y los repartidores de prebendas. Pero ni reparabas en esto. Trascendías a todas las sectas de café y de cátedra. Estabas en la calle con los perros y los piojos, los jóvenes y los ilusos, eras el Agustín Tosco de las redacciones.
     Osvaldo Bayer, “Carta a Rodolfo Walsh” (Página/12, abril de 1995).

La verdad está en marcha y nada la detendrá.
     Emile Zola. “Yo acuso” (1898).

 

A partir de mediados de la década de los años cincuenta, y luego de la Revolución Libertadora, comienzan a circular en la Argentina una serie de textos inscriptos en el denominado género novela de no ficción o relato testimonial. En este sentido, suele pensarse que los narradores norteamericanos han sido los precursores, tal es el caso de Norman Mailer, Truman Capote o Tom Wolfe, sin embargo, años antes de que Capote publicara A sangre fría (1965)3, Rodolfo Walsh ya había publicado en nuestro país su reconocida Operación masacre (1957)4, instaurando de este modo una narrativa que pondría definitivamente en crisis ciertas categorías tradicionales como realidad, ficción y verdad.

El género novela de no ficción implica, en el ámbito de América Latina y de la Argentina en particular, una correlación específica entre la serie literaria y la serie político-social. En el caso de la serie nacional, esta correlación está determinada -a nuestro entender- por el fenómeno del peronismo, su derrocamiento y posterior proscripción y resistencia. En este sentido, es posible pensar los relatos walshianos en el marco de una política de escritura que recupera vestigios del pasado reciente, discursos truncados u obliterados, constituyéndose como red alternativa de información periodística y como lectura a contrapelo de la historia oficial.

La revisión de las características estéticas, políticas y culturales del género, dentro del marco de los estudios literarios, supone como problema central lo que Mas´ud Zavarzadeh ha dado en llamar la confluencia entre lo real y lo ficticio, en términos de la constitución de un campo externo y un campo interno en la modalidad narrativa de dichos textos5. En este mismo sentido, Ana María Amar Sánchez se ha referido al “relato de los hechos”, atendiendo al carácter anómalo que define este tipo de relatos, surgidos como producto del ensamble entre lo factual -en tanto denuncia del engaño perpetrado por el discurso de la historia oficial- y lo narrativo -determinado por el empleo de estrategias y procedimientos compositivos propios de la escritura de ficción-. Dichas obras tienen por objeto la construcción de una suerte de verdad colectiva y alternativa, que se enfrente al discurso hegemónico instaurado, contemplando -de este modo- los testimonios de sobrevivientes a los actos impunes cometidos durante los años oscuros de la historia nacional. Razón por la cual, Amar Sánchez la define como una “escritura reparadora”, que busca restablecer un orden perdido y evitar el olvido.6

Estos escritos testimoniales se originan como una suerte de discursos de resistencia fuertemente inscriptos en el espacio de lo social, en el contexto de la proscripción de 1955 y del proceso de violencia política que se prolongaría hasta mediados de la década del ochenta. En este sentido, vale decir que muchos autores nacionales han retomado la línea inaugurada por Walsh, para dar cuenta de los hechos acontecidos en el contexto de las décadas del sesenta y del setenta en nuestro país, deteniéndose especialmente en el período comprendido entre la muerte de Eva Duarte de Perón hasta el Juicio a las Juntas, durante el gobierno democrático de Raúl Alfonsín, inclusive. Tal es el caso de escritores y periodistas como Miguel Bonasso o Tomás Eloy Martínez. Estos autores, como otros latinoamericanos, que se han abocado al género testimonial -Elena Poniatowska en México, por ejemplo- han retomado las preceptivas instauradas por Rodolfo Walsh hacia 1957 en la Argentina, a partir de la puesta en escritura del cruce discursivo entre historia y ficción, atendiendo a la reconstrucción de los hechos a través del trabajo documental. Por otra parte, han continuado el camino de la indagación en el nunca agotado problema del lenguaje: la constitución de una dimensión representativa respecto del mundo real y su capacidad productora de imaginarios sociales.

Buena parte de los hechos más significativos de la historia argentina contemporánea pueden reconocerse en los textos de este género y de los autores mencionados, de los que Walsh sería una suerte de “padre en la militancia de la escritura”. Pero fundamentalmente, y en este punto Walsh es sin duda el autor paradigmático, en todos y cada uno de estos textos pueden rastrearse las huellas e indicios de un imaginario que se corresponde con las distintas etapas del peronismo en el devenir socio-político de la nación. Basta considerar novelas como: ¿Quién mató a Rosendo? (1969)7, del propio Walsh, Recuerdo de la muerte (1994)8 y El presidente que no fue (1997)9, de Miguel Bonasso, o La pasión según Trelew (1997)10, de Tomás Eloy Martínez, para acceder a instancias cruciales en el proceso de apogeo, gobierno, posterior derrocamiento del peronismo e instauración de la violencia política, prolongada durante los años de plomo de la dictadura militar. Las luchas entre peronistas y antiperonistas, la proscripción del líder y de su movimiento, el exilio del general, la desaparición del cuerpo de Eva, el golpe de Onganía y las protestas obrero-estudiantiles, el nacimiento de las guerrillas urbanas y el protagonismo de Montoneros -como brazo armado de la juventud peronista-, el secuestro y asesinato de Aramburu, la institucionalización del terrorismo de Estado, las elecciones del ´73, el protagonismo de Cámpora y la vuelta de Perón, el gobierno de Isabel, la creación de la Triple A y el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, entre otros, son los puntos y figuras claves que conforman el mapa de lectura / escritura del género inaugurado por el precursor / periodista Rodolfo Walsh.

En su caso, y al mejor estilo de la literatura comprometida instada por Jean Paul Sartre, la tarea del intelectual emerge en un contexto conflictivo, el del autoritarismo en la Argentina. Períodos no democráticos, a instancias de supresión de las garantías constitucionales, donde la palabra contestataria se encuentra vedada, a riesgo de ser sancionada con la pena capital. A mayor grado de compromiso, mayor exposición y -como lo ha dicho David Viñas en alguna oportunidad- a mayor grado de exposición, mayor riesgo de sanción. Pues bien, baste como ejemplo, y como máxima aporía, la acusación final y última, la firma de la sentencia en las propias manos del sentenciado, la escritura y posterior envío de la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” (1977)11. Luego de la publicación de las dos crónicas anteriormente citadas y del Caso Satanowsky (en 1958 su primera versión y en 1973 la actualización bajo el formato de libro)12, cumplido el primer aniversario del golpe de Estado en manos de la Junta Militar, Rodolfo Walsh envía al gobierno de facto su denuncia pública. Último y heroico acto de escritura que, recuperando el sentido del “Yo acuso” (J´accuse) de Émile Zola, expone una serie de acusaciones sostenidas con la estructura argumental de la invectiva latina. Así como Zola, hacia 1898, escribe su alegato a favor del capitán Alfred Dryfus, en una carta abierta dirigida al presidente de la República de Francia y publicada en el diario L´Aurore, Walsh hace lo suyo, poniendo en evidencia el sistema perverso de violación sistemática de los derechos humanos que por entonces comenzaba a profundizarse en la Argentina.

La carta de Emile Zola expresa textualmente su intencionalidad de “gritar la verdad con toda la fuerza de la rebelión del hombre honrado”, alegando en su último apartado que:

Sólo un sentimiento me mueve, sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito del alma.13

Bien podrían ser éstas las palabras de un Rodolfo Walsh que de algún modo “elige” morir denunciando las consecuencias inmediatas de la fuerza brutal de la dictadura, a tan solo un año de gobierno:

La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años (Walsh 1995: 415).

Con éstas líneas, Walsh da comienzo a su alegato, para concluir con dos sentencias que determinan el decurso su historia como individuo y el futuro próximo de la historia colectiva que a todos los argentinos les tocaría en suerte, más allá y a pesar de la muerte del autor:

... las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.

[Últimas líneas, la voz de Emile Zola recorre el texto:]

Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles (Walsh: 424).

En un tono preciso y definitivo, la contundencia de sus palabras cava una grieta entre el antes y el después de la historia del periodismo y la literatura comprometida en la Argentina. Tenía por entonces unos cincuenta años y vislumbró el caos y el infierno, como nadie por entonces fue capaz -al menos- de expresarlo, con una voz que hasta nuestros días sentimos desde la persistencia que sigue haciéndose resistencia.

Muchos han sido los críticos argentinos que, movidos por el interés que despierta en los intelectuales la obra de Rodolfo Walsh, se han abocado al estudio pormenorizado de sus textos más significativos, así como de las circunstancias que les dieron origen. Precisamente atendiendo a un tipo de literatura que se construye sobre el valor de los testimonios y las pruebas documentales, poniendo en tela juicio el rol que el Estado ha cumplido durante ciertos contextos críticos, durante los cuales se han encubierto en forma sistemática e institucional las prácticas ilícitas de sus miembros y representantes, favoreciendo la impunidad de sus actores en torno de múltiples crímenes y delitos oficiales.

En tal sentido, resulta significativa la labor que como crítico y compilador ha realizado Jorge Lafforgue, con su antología Textos de y sobre Rodolfo Walsh14, en la cual ha reunido trabajos por demás relevantes de especialistas y no especialistas, del ámbito de las letras argentinas y de otros, tal es el caso de: Ricardo Piglia, David Viñas, Horacio Verbitsky, Roberto Ferro, Eduardo Romano, Rita de Grandis, Ana María Amar Sánchez y el propio Lafforgue, entre otros. El proyecto de realizar un dossier, dedicado exclusivamente al autor de Operación masacre, tuvo como punto de partida la admiración compartida de estos “lectores” por la escritura de Walsh, por su honestidad intelectual -según testimonia el compilador- y por lo que denomina la elección de “su camino de vida” (Lafforgue 2000: 3). Se trata de rendir un homenaje a quien es tomado como paradigma en el campo de la pluma y el fusil, en el ámbito de la lucha desde la palabra y por la palabra. Homenaje que, por otra parte, se ha actualizado y ampliado a lo largo de los años, con la publicación de varias ediciones antológicas por parte de Lafforgue, que han tenido como referencia la figura walshiana.

Como bien lo sostiene el compilador, en la presentación a su antología, si bien cuando Walsh publicó el grueso de su obra se produjeron bastos comentarios en torno de la misma, se le hicieron reportajes y notas periodísticas, cobrando notoriedad tanto su figura como su producción, será recién hacia principios de la década de los setenta el momento en el cual un crítico efectúe -a partir de dicho material- una exhaustiva indagación en los márgenes de su escritura. Este es el caso de Aníbal Ford. El mismo que en el trabajo Desde la orilla de la ciencia. Ensayos sobre identidad, cultura y territorio15, publicado hacia fines de la década de los ochenta, dedicará un capítulo a los dos desaparecidos: Haroldo Conti y Rodolfo Walsh. En el marco de un libro que indaga en ciertos aspectos significativos de la cultura nacional, “entendida ésta no como algo cristalizado y transparente sino como un cruce de procedimientos, temáticas y problemas cuyos hilos centrales no son siempre verificables” (Ford 1987: 11), el apartado dedicado a nuestro autor -“Walsh: la reconstrucción de los hechos”- tiende a sostener la hipótesis central del libro de Ford, que precisamente apunta a demostrar que existe “un modo nacional de ver las cosas”, pero que ese modo puede distinguirse en diferentes zonas o desde diversos ángulos de la cultura, que es posible que tenga tanto que ver con un recorte teórico en torno de la visión del mundo así como también con un enfoque aplicado a la práctica cotidiana, porque tanto de un modo como de otro resulta posible transitar los caminos de la nación. En este sentido, las vías de acceso al conocimiento no son otras que: la memoria, las identidades, la cultura popular, las creencias y diversas formas de expresión entre las cuales se encontrarían: el ensayo, el testimonio, la biografía, el periodismo, la oralidad:

Walsh generó Operación masacre en las cotideaneidades de una charla de café y murió sin haber realizado un proyecto de novela que le había exigido una minuciosa exploración de la cartografía del Río de la Plata; Conti se perdía en los amores, las amistades, las microhistorias de la vida de su pueblo pero también exploraba el mundo del trabajo y de los caminos. Su Argimón bien puede ser el símbolo de una Argentina no realizada económicamente. Jauretche cruzaba todos estos conocimientos en la elaboración de una metodología que alimentara la autonomía nacional, que diera vuelta las redes de la dependencia (Ford: 13).

El trabajo de Aníbal Ford intenta, por sobre todas las cosas, poner de relieve un tipo de cultura arquetípica -que se constituiría en el anverso de la cultura hegemónica, impuesta por la élite-, enmarcándola en el cuerpo de nuestra historia social. En este contexto, y atendiendo a la conformación de las identidades y las memorias, la obra de Walsh resulta un ejemplo paradigmático para abordar la realidad nacional, tomando como referencia el giro de su producción desde el juego del enigma al análisis comprometido de la realidad circundante, en tanto nuevo uso de la inteligencia y la capacidad de análisis.

Otros críticos como Roberto Baschetti o Daniel Link también han dedicado su tiempo al armado y cuidado de ediciones especiales inspiradas en el escritor argentino de no ficción -y de ficción también-. Baschetti ha compilado y prologado la antología de textos que conocemos bajo el título de Rodolfo Walsh, vivo16, obra que Ediciones de la Flor publicara durante la década de los noventa.

Daniel Link, por su parte, ha estado a cargo del dossier El violento oficio de escribir17, publicado un año después del libro de Baschetti. Dicho libro ha sido construido a partir de la selección de los textos periodísticos más conocidos de Walsh, que van desde 1953 hasta 1977 inclusive, año en el que -como anteriormente señalamos- culmina su labor con el envío de la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. En este sentido, la labor del compilador apunta a establecer un recorrido -de tipo cronológico- por el “cotidiano, violento y maravilloso oficio de escribir”, desde las incursiones del periodista en la revista Leoplán, en los años cincuenta, hasta su desempeño como fundador de la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA) y de la Cadena Informativa, hacia los setenta, pasando por su trabajo en Prensa Latina (la agencia de noticias cubana), en el periódico sindical CGT, como en el Semanario Villero (producto de los talleres de periodismo organizados en las villas de emergencia durante 1972 y 1973).

Por último, y aunque en este momento se me escapan algunos otros críticos a quienes seguramente debiera mencionar, no puedo ni quiero dejar de nombrar al autor de los ensayos que componen magistralmente la obra crítica titulada Literatura argentina y política18, me refiero a David Viñas, como era de suponerse.

La mayoría de los ensayos que integran la obra fueron publicados en 1964, provocando elogios y discrepancias en los lectores de la época. Sin embargo, su vigencia hoy día pone en evidencia la lucidez plasmada en estas lecturas que, a primera vista, pueden resultar provocadoras, pero no por ello menos rescatables, sino más bien todo lo contrario, harto apetecibles.

En el tomo que Viñas denomina “De Lugones a Walsh”, precisamente el último apartado está dedicado -como bien lo indica el título- al escritor desaparecido. Pues bien, sus reiteradas menciones a las circunstancias del ´77, nos conducen a una conclusión por demás evidente: dicho ensayo no ha sido publicado en 1964, como la gran mayoría de los que integran la obra de Viñas. Probablemente éste sea el último de los textos que el autor agregara a su colección crítica, como así lo demuestra el orden dispuesto según la capitulación.

El ensayo “Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra”, quizá sea uno de los trabajos más conocidos y leídos en torno de la figura de nuestro autor. A través de una lectura sagaz y fragmentaria, Viñas recorre la obra y la vida del escritor, desde los inicios de su tarea en el arduo trabajo de escribir, hasta su momento final y último. Importa en esta instancia hablar de quién era aquel que conocemos por Rodolfo Walsh, observar su evolución como escritor de la industria cultural a la literatura del compromiso y por el compromiso, traer a colación su paso firme e incansable por el circuito periodístico, nombrar a Fidel, a Eva, al Che, a Perón, y recordar -de este modo- las conversaciones con Rodolfo en la casa del Tigre. Se trata de leer críticamente la obra a la par que se leen con astucia los desplazamientos del peronismo y las revisiones posteriores al ´55 y a la Libertadora, como si lo que importara fuera ver(se) en el otro, reconocer(se) a través del otro y por el otro, en el devenir de la historia nacional, en el decurso de la serie narrativa argentina, en el hecho de hacer crítica como una forma de resistencia que busca a la literatura y al periodismo, del otro lado de los verdugos y de este lado de la razón.

 

NOTAS.

[1] Una versión del presente trabajo ha sido presentada en el marco de las IV Jornadas Críticas “Poéticas de la crítica”, organizadas por la licenciada Rosalía Baltar y desarrolladas en el ámbito de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata, en el mes de noviembre de 2003.

[2] CAROLINA CASTILLO cursa el último año de las carreras de profesorado y licenciatura en Letras, en la facultad de Humanidades de la UNMdP. Desde 1997, integra el Grupo de Investigación Estudios de Teoría Literaria, dirigido por la magister María Coira. Su proyecto de investigación se denomina: “Narrativa de no ficción: problemáticas y casos en la serie discursiva nacional”, y aborda autores argentinos tales como Rodolfo Walsh, Miguel Bonasso y Tomás Eloy Martínez, a partir del análisis del carácter testimonial de muchos de sus escritos.
  Por otra parte, desde hace cinco años se encuentra adscripta a las asignaturas a cargo de la Magister Coira, desempeñando tareas en docencia ad honorem, y desde hace tres años es ayudante alumno -por concurso de antecedentes y oposición- en las asignaturas mencionadas, las cuales conforman el área de Teoría y Crítica Literarias de la carrera de Letras (Introducción a la literatura, Teoría y Crítica Literarias I y II).

[3] CAPOTE, Truman. A sangre fría, Barcelona: Bruguera, 1980.

[4] WALSH, Rodolfo. Operación masacre, Buenos Aires: Planeta, 1994.

[5] ZAVARZADEH, Mas´ud. “Anatomía de la novela de no ficción” (Capítulo 3), en: The Mythopoetic Reality: The Postwar American Nonfiction Novel, University of Illinois Press, 1976 (Traducc. interna: Dra. Elisa Calabrese, UNMdP).

[6] AMAR SÁNCHEZ, Ana María. El relato de los hechos, Rosario: Viterbo, 1992.

[7] WALSH, Rodolfo. ¿Quién mató a Rosendo?, Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1984.

[8] BONASSO, Miguel. Recuerdo de la muerte, Buenos Aires: Planeta, 1994.

[9] ________________ El presidente que no fue, Buenos Aires: Planeta, 1997.

[10] MARTÍNEZ, Tomás Eloy. La pasión según Trelew, Buenos Aires: Planeta, 1997.

[11] WALSH, Rodolfo. “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, en: El violento oficio de escribir, Buenos Aires: Planeta, 1995.

[12] WALSH, Rodolfo. Caso Satanowsky, Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1997.

[14] ZOLA, Emile. “Yo acuso”, en: LAFFORGUE, Jorge (Comp.). Textos de y sobre Rodolfo Walsh, Buenos Aires: Alianza, 2000.

[15] FORD, Aníbal. Desde la orilla de la ciencia. Ensayos sobre identidad, cultura y territorio, Buenos Aires: Puntosur, 1987.

[16] BASCHETTI, Roberto. Rodolfo Walsh, vivo, Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1994.

[17] Ob. Cit. WALSH.

[18] VIÑAS, David. Literatura argentina y política, Buenos Aires: Sudamericana, 1996.

 

© Carolina Castillo 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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