La desconstrucción del tiempo de la historia
a través de la ficción en la novela
“El exilio del tiempo” de Ana Teresa Torres

Javier Meneses Linares
Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas
La Universidad del Zulia
Maracaibo, Venezuela


 

   
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Resumen: Dice Octavio Paz que “todas las historias de todos los pueblos son simbólicas”, que esas “historias y sus acontecimientos y protagonistas aluden a otra historia oculta”… y que ellas son “manifestaciones visibles de una realidad escondida”. Estudiar la desconstrucción del tiempo de la historia venezolana dentro del contexto latinoamericano a través de la mediación de la literatura en la novela “El exilio del tiempo” no es solamente desentrañar esa realidad “escondida” sino teorizar sobre la vida y la conducta del hombre y del proceso histórico- político que se ha venido desarrollando desde finales del siglo XIX en nuestro país. Es buscar la respuesta producto de esas experiencias generales y de las situaciones particulares de cada grupo. Sabemos que una historia es un relato verdadero o falso y éste puede ser histórico o bien una fábula. La historia entendida en términos modernos es una función común a todos o una categoría de lo real. Para entender nuestra fábula, debemos analizar los planteamientos de nuestros grandes problemas sociales e históricos y su ambigüedad: nación, raza, narratividad, tiempo, entre otros, entendiendo nuestra contemporaneidad como un proceso de captación y comprensión desde el presente, hacia nuestro pasado y viceversa, porque se trata como dice Derrida de “dislocar las estructuras que sostienen la arquitectura conceptual de un determinado sistema o de una secuencia histórica” donde el escritor hace de la literatura un arte, pero al mismo tiempo una ciencia, donde plantea bajo el manto de la ficción la verdadera identidad del hombre despojado y sin máscaras.
Palabras clave: escritor, tiempo, desconstrucción, historia, literatura, raza, nación.

 

A Johnny Barrios Aponte, desconstructor de su historia

I

“Y hacía cuanto se recomienda en estos casos de olvidos verdaderos: desandar lo andado, detenerse de pronto y volver a situarse por sorpresa ante los objetos exteriores tal como debió estar en el momento de la distracción, pues era ya absolutamente necesario que se le hubiese olvidado lo que fue a hacer y no hizo o a decir y no dijo”...
     Rómulo Gallegos, Canaima

 

Hugo Achugar cita un proverbio africano que reza así: “hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de la cacería seguirán glorificando al cazador”, refiriéndose al conflicto de tres personajes: leones, cazadores e historiadores. Achugar establece un paralelismo entre los oprimidos, los opresores y los intelectuales. Al mismo tiempo que alude a una historia, diseña dos lugares y dos prácticas intelectuales: la de los leones y la de los cazadores.1

La construcción escénica está relacionada sin duda alguna con las más polémicas discusiones que tienen lugar en la actualidad y que están relacionadas o giran alrededor de los conceptos de nación, raza, religión, historia, globalización, entre otras; con eje central en el tema de la posicionalidad. Pero, volviendo al proverbio citado por Achugar, esto supone el debate del propio relato historiográfico y las localizaciones de la memoria: su estatuto (tanto oficial, como colectivo, desde el poder como desde los oprimidos). Esta discusión de la posicionalidad no es nueva, sin embargo, presenta algunas diferencias con respecto a décadas atrás. Discusión que se presenta y proyecta como novedad desde la perspectiva de la historia, pero, que existe en la mente del letrado americano (y digo letrado y no escritor) desde hace tiempo, desde hace más de un siglo para ser exactos. Y si bien es cierto que existen muchas críticas sobre la complicidad de éste con el Imperialismo o sectores del poder, la revisión desde su otredad está todavía realizándose. La escritura que sin duda rompe e integra un desdoblamiento del hombre y que está relacionada con esas voces que se cuelan tras la máscara de algún personaje, nos exige la reflexión, la revisión y la relectura no sólo de las obras de finales del siglo XIX y comienzos del XX, sino también la de nuestra crítica, la de nuestros ensayos y en definitiva la de nuestra conciencia tan intoxicada de discursos.

Toda memoria, su recuperación y representación implica una evaluación del pasado y de nuestro presente y de sus múltiples historias (dominantes o silenciosas, hegemónicas o subalternas), todas ellas son elementos centrales de la categoría de “nación”.

Toma particular importancia el espacio desde dónde leemos a América Latina y cómo la leemos, ella como hemos dicho está nutrida por múltiples memorias que se llaman: Martí, Bolívar, Mariátegui, El Inca Garcilaso, Bello. Su desconstrucción imaginativa o historiográfica hace las veces de una escritura de la escritura, porque se trata como dice Derrida “de otra lectura no ya imantada a la comprensión hermenéutica del sentido que quiere decir un discurso, sino atenta a la cara oculta de éste… a pensarse y a pensar su origen dividido en múltiples raíces, que no permite descansar en una unidad consigo mismo”…2

Este dislocar de las estructuras de la historia está implícito de manera muy marcada en la narrativa escrita por mujeres venezolanas a finales del siglo XIX, como pilar de la manera postmoderna de repensar las posibles formas de conocer el pasado reciente y su secuencia histórica en las escritoras de la actualidad, aún cuando está enmarcada por un estilo heredado de almas soñadoras, revolucionarias y edificadoras del cambio; es la voz de nuestra historia no oficial, esa que habla de su fracaso, de sus aciertos y desaciertos, de la unión de cosas, de estilos… de sus circunstancias. Es un proceso que alcanza su grado de madurez con la aparición de las obras de Teresa de la Parra a principios del siglo XX.

La historia de la literatura escrita por mujeres venezolanas no es ni una historia de sus adquisiciones y ni una historia de ocultamientos de verdades, es una historia de veridicciones según Derrida3, es la historia de sus condiciones, de su precio y de lo que han pagado por ello. Su historia tiende a la discontinuidad, aunque no sean trascendentes. Lo particular, lo local y lo específico reemplazan lo general, lo universal y lo eterno. Los problemas particulares (de género, raza, situación social, entre otros) ocupan el sitio que una vez perteneció a lo universal y trascendente, o sea, al hombre como sujeto y centro de la historia.

En “El exilio del tiempo”, se destacan las características antes mencionada. Además que aporta a la narrativa venezolana la presencia de una voz que va más allá de una simple muerte del “sujeto”, que busca su reubicación y construye desde la posición de “letrado”4 el discurso del “otro”.

Nuestro trabajo se concentrará en precisar algunos de esos aspectos o problemas particulares no a partir de la inserción de la mujer dentro del contexto histórico social y literario, porque es un recorrido cronológico de un trabajo más extenso, sino desde la concepción postmoderna de retorno a la historia como modelo de ubicación y situación del sujeto. La obra de Ana Teresa Torres retoma (según la crítica) con bastante acierto el término introducido por Unamuno y la generación del ’98 de “Novela intrahistórica”5. En sus novelas “El exilio del tiempo” y “Doña Inés contra el olvido” hay una liberación del culto a los hechos, ellos son circunstancias para otra historia sin restricciones, una historia que se desconstruye, que transforma a los personajes y a los acontecimientos en simples textos, que privando al pasado del sentido de realidad y a la historia de verdad absoluta se permite atenuar la distinción entre historia y ficción. En la obra de Ana Teresa Torres está reflejado la conciencia del tiempo que le toca vivir y de la particular importancia que toma la mujer, su historia, y su visión en el nuevo milenio, pero, al mismo tiempo surge en ella el cuestionamiento de ese poder, esa oportunidad de convertirse también en una historia oficial, que se constituya en la representante de la clase, la raza, o el género, porque aún desde la barrera de la postmodernidad ¿no está acaso también en la lucha por el poder?: “Temo también que todo sea a veces lo mismo y que haya una sola historia, repetida y monótona, con discretas variantes. Nuestra vida, tan coincidente y yuxtapuesta ¿no será el eco y los anuncios de otras?... ¿son nuestras coincidencias o espejos diversos de otras nosotras mismas que hubiéramos podido ser, múltiples configuraciones o juegos de luz, violentados personajes con los que ensayamos juntos obras inconclusas, siguiendo guiones desconocidos, tanteando diálogos perdidos?6

Asunto delicado que supone, un escritor menos sometido a una disciplina y más a un arte, esto es, a una percepción de la realidad de manera sensible pero, en constante cuestionamiento. En la búsqueda, de ¿quiénes somos los latinoamericanos?, que es la eterna pregunta por nuestra identidad, la cual nos ha acompañado durante los últimos dos siglos, puede ser quizás hasta un afán desmedido que terminará como dice Rama “absorbiendo toda libertad humana, porque sólo en su campo se tiende la batalla de nuevos sectores que disputan posiciones de poder”.7

 

II

“En el echarse atrás ya late el salto hacia delante. El precipitarse en el Otro se presenta como un regreso a algo de que fuimos arrancados. Cesa la dualidad, estamos en la otra orilla. Hemos dado el salto mortal. Nos hemos reconciliado con nosotros mismos”.
   Octavio Paz, El Arco y la Lira

La novela “El exilio del tiempo” se arma y se desarma en más de cien años de historia venezolana, una voz femenina narra la historia, la oficial (la escrita en los diarios o cartas del tatarabuelo y el bisabuelo) y la cotidiana (desde la intimidad de la casa, la que se da en las conversaciones, en lo doméstico del día a día), donde el yo narrador se hace multiplicador de muchas voces que cuentan la historia y se cuestionan sobre sus formas de hacerse. La redes entre la historia del país vista desde la óptica de las mujeres miembros de una familia de “clase alta” y la historia no oficial que surge precisamente de esa condición de ser mujeres, nos brindan esa historia política- social y cultural a través del “otro”.

Tanto en “Doña Inés contra el olvido” como en la novela que nos ocupa, se parte de una ficción del poder, en ambas la voz femenina preside la narración, aún o a pesar de su condición de mujer, la clase social a la cual pertenecen las narradoras de la historia esta relacionada con la clase dirigente. La escritura del pasado es en “El exilo del Tiempo” una operación que desplaza al lector hacia un pasado real. Es la historia que define Certeau como “historia que llega a lo vivido, a lo que ha sido exhumado gracias al conocimiento del pasado”… intenta restaurar lo olvidado y encontrar a los hombres a través de las huellas dejadas.

Cuando leemos la novela tenemos la extraña sensación de un diálogo permanente con el otro en uno mismo, las voces femeninas y la escritura de los hombres, en forma de cartas y diarios personales con personajes del poder, pero desde la intimidad del hogar narran a través del estado anímico y espiritual cómo se percibe la historia en los que la viven y la sufren, son las voces de los contrastes, donde se cuestiona el poder, es la constante pregunta, la respuesta. Son las voces de Olga que nunca se casó porque no la dejaron con el hombre que amaba o la de María Josefina, que se divorció varias veces o en Mercedes que descubre que en la historia ajena se determina la de uno mismo. En sus mundos aparentemente limitados a las paredes de sus casas trascienden a la muerte y esta al tiempo. La búsqueda se hace sujeto en la novela y obliga al lector a llenar vacíos, a suponerse, porque la novela sugiere su construcción fragmentada “si la vida fuera una película parecería filmada por un director inconstante que en los momentos de dramatismo cortara la escena y pasara a otra” (168). Entonces esa reformulación del discurso histórico que se ha evidenciado desde la burguesía que el yo narrador representa, se va diluyendo en otras voces narrativas, una tramitación nos va dando amplitud en el círculo del tiempo, se van despojando de su validez algunos enunciados y se concretizan otros a través de un examen colectivo de la conciencia.

 

III

“Ese otro es también yo. La fascinación sería inexplicable si el horror ante la “otredad” no estuviese, desde la raíz, teñido por la sospecha de nuestra final identidad con aquello que de tal manera nos parece extraño y ajeno. La experiencia del otro culmina en la experiencia de la Unidad”.
    Octavio Paz, El Arco y la Lira

A través de los recuerdos de la narradora se hace un recorrido por temas constantes en la narrativa venezolana y latinoamericana: las diferencias sociales, el adulterio, el patriarcado, las ansias de poder, el privilegio, las concesiones, las dictaduras, etc. Se cuestiona todo, entendiéndose cómo reconocerse en los errores. El letrado asume su condición de crítico y hacedor también de la historia, desde Zárate de Eduardo Blanco, la visión del escritor es trágica ante los acontecimientos del país: “Si radical, en lo político fue la transformación de Venezuela al separarse de la madre patria, pocas alteraciones en lo privado de sus tradicionales costumbres sufrieron los pueblos americanos de origen español, a pesar de la guerra y la emancipación de la metrópoli. Largos años después de ser independientes y llevar vida propia, conservaron nuestros padres, y con ellos la generación que les siguió inmediatamente, los usos y costumbres heredados de sus mayores… pero, no obstante tan violentos como trascendentales cambiamientos, no había alcanzado a desarraigar, en lo privado, las preeminencias sustentadas por tres siglos de perdurable estabilidad, ni logrado penetrar en el santuario del hogar…”8

El letrado latinoamericano ha estado desde sus inicios en una constante autocrítica, su labor artística, que es también filosófica, sociológica, antropológica e histórica así lo demuestran, su máscara de ficción sólo hace reafirmar su conciencia clara de nuestros grandes problemas porque en realidad “en eso poco hemos cambiado. La adulancia, el afán de trepar y el enriquecimiento fácil y peculoso sólo mudan su etiqueta política”9 (125), un gobierno tras otro, alzamientos, revoluciones y más promesas: ”Inventaron el liberalismo, Alejandro… Y es que el mundo ya no es mundo y han ocurrido tantos cambios que ya no lo entiendo. Ahora a nosotros nos llaman oligarcas y ellos a sí mismos se llaman liberales. ¿Qué cuál es la diferencia? No lo sé… Puedo decirte que no han hecho otra cosa que inventar promesas y en eso han en mucho aventajado a otros que las hicieron primero… esta tierra ha sido la invención de una promesa.. y tú también eres culpable, tú le prometiste a Juan del Rosario, tú hijo mal habido, unas tierras que te sobraban… y ya sabes los años que me costó demostrar la vanidad de esa promesa… Durante la guerra esto fue una piñata de promesas… y ¿qué fue lo que hallaron? Más promesas” (91).10

El tiempo indefinido de los recuerdos permite a la narradora ir recorriendo el tiempo cronológico de la historia de Venezuela, lo cual da la oportunidad de emitir juicios, retractarse, hacer otros, reconciliarse con ellos, porque “somos no productos de nuestras circunstancias sino apenas los residuos de ella, los quiebres y las rasgaduras del tiempo, puros momentos discontinuos, y la violencia contra mí ejercida no era sino el eco de otra más general, imposible de achacar a nadie, salvo entrando en las grandes generalizaciones como la Historia, el Tiempo y la Sociedad”11

Convencida de que “la experiencia del otro culmina en la experiencia de Unidad” como dice Paz, Ana Teresa Torres emplaza mediante la división a través del conflicto a cambiar nuestra mentalidad. Todas las historias son válidas, no hay una historia aparte, todas se complementan. Es el punto donde se pertenecen el uno al otro, la muerte del segundo es sinónimo de la desaparición del primero. Esa complementación que nace a raíz del mestizaje nos permite ver que a la historia desde la visión de la mujer fortalece el discurso, agregando las voces marginadas.

 

IV

“Y quizá el verdadero nombre del hombre, la cifra de su ser, sea Deseo. Pues ¿Qué es la temporalidad de Heidegger o la “otredad” de Machado, qué es ese continuo proyectarse del hombre hacia lo que no es él mismo sino Deseo? Si el hombre es un ser que no es, sino está siendo, un ser que nunca acaba de serse, ¿no es un ser de deseos tanto como un deseo de ser?
Octavio Paz, El Arco y la Lira

La discursividad12 en “El exilio del tiempo” evidencia la ruptura con la novela histórica tradicional, porque su función no es ya plasmar la desilusión y la miseria del negro después de abolida la esclavitud como lo hace Gallegos, o la reflexión sobre el pasado colonial e invitación a construir una Venezuela mejor, o su inexistencia en Ídolos Rotos de Manuel Díaz Rodríguez o El hombre de hierro de Rufino Blanco Bombona. La intención de Ana Teresa Torres es presentar desde la intimidad, desde su condición de mujer, desde su condición de letrada, la exposición de los procesos y de las estructuras del cambio social. El recuerdo es la excusa para reconstruir, para hacer venir la presencia, los procesos mentales de la mujer que aún perteneciendo a las capas sociales más altas, estaban relegadas a tareas muy limitadas y que por lo tanto no dejaron huella de sí mismas.

La sutil textura y el delicado hilo de los límites que intentaron mantener separados los sucesos íntimos de la realidad socio- cultural se desvanecen, ya no se trata de insertar a la mujer en el contexto histórico, ella no se puede añadir, ella está. La desconstrucción y discursividad presentes en las voces a través del yo narrador no hacen sino imperativamente necesario buscar su puesto, recuperar desde su pasado la reconfiguración histórica:“Estoy recordando todo el tiempo hacia delante y vaciando el presente de recuerdos anteriores, en el objetivo imposible de fijar una imagen, de parar la cámara, de gritarle a mi director implacable (la historia), no filme más, apague las luces, quite el decorado, salga todo el mundo de la escena… no más coyunturas por favor, no me coyunturéen más”…13(173).

La búsqueda en los recuerdos de esa también comunidad sugiere más que la necesidad de indagar, el deseo de ser, y las comunidades dice Anderson “no deben distinguirse por falsedad o legitimidad, sino por el estilo con el que son imaginadas”14: “quizás ésa sea la diferencia entre mis fracasos y los aciertos que por lo visto ellos han tenido, quizás a ellos le daban la clave antes o no se la dan nunca, y por eso fracasan sin saberlo”…15 (175).

“Todo está en un constante cambio o devenir” dice Heraclito de Éfeso, la voz de nuestra América también, traspasadas las fronteras de la civilización y barbarie o el pensamiento “del buen salvaje al buen revolucionario”, pasamos a la comunidad16, lo que significa como dice Uslar Pietri “que lo que por tanto tiempo nos hemos limitado a ver como historia local, en gran parte es la prolongación de un acontecer y de un hacer, que pertenecen a la historia universal”.

El permanente recordar a través de los recuerdos de otros implica el reconocimiento de ese otro en más de un siglo de historia, sugiere a mi modo de ver no una salida salomónica de evasión o una conclusión pesimista como han apuntado ya algunos críticos. Es un testimonio que convierte a esa voz de la mujer en el proceso de libertad17. Representa la re- construcción del conflicto existencial del hombre latinoamericano.

A Ana Teresa le dejo las últimas palabras…

“tantos objetos que podían encontrarse, ligados al nombre que les daba propiedad y por eso los teníamos, aparecían y reaparecían y yo creo que hasta se multiplicaban en silencio, quizás todos mezclados podrían urdir un pasado nuevo, historias renaciendo de ellos y confundiéndose unas con otras, uniéndose a nuevos objetos de pasados más próximos y aun futuros, porque era necesario conjugarlos con los nuevos, con los no adquiridos pero por adquirir, para que todos cupieran y tuvieran su espacio cuando fueran pasado para otros aunque para nosotros fuera futuro”…

 

Bibliografía Consultada:

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Achurar Hugo.- Leones, cazadores e historiadores. A propósito de las políticas de la memoria y del conocimiento. En revista electrónica: Teorías sin disciplina.

 

Notas:

[1] La cita tomada del trabajo: Leones, cazadores e historiadores, a propósito de las políticas de la memoria y del conocimiento, de Hugo Achugar, tiene pertinencia fundamental en este ensayo que parte del principio posmodernista de que el escribir la historia es un ejercicio de interpretación básicamente del ser, vía examen de la historia.

[2] Tomado del libro: La desconstrucción en las fronteras de la filosofía. (pág. 15).

[3] Entendidas como las formas según las cuales se articulan, en un cierto dominio de cosas, discursos susceptibles de ser enunciados como verdaderos o como falsos.

[4] Tomado del concepto “Ciudad letrada” de Ángel Rama: el que define la norma metropolitana de la lengua que utiliza y también la norma cultural de la metrópolis que producen las literaturas admiradas en las zonas marginales.

[5] Utilizaremos la redefinición que hace Gloria da- Cunha Giabbasi de Intrahistoria: son obras cuyos personajes son anónimos como la gran mayoría de los hispanoamericanos, y sus actuaciones nunca llegan a destacarse como para que hubieran merecido la inscripción en la galería oficial. Estas obras revelan las pequeñas y cotidianas hazañas para sobrevivir de unos seres al verse sacudidos por el impacto del oleaje de la historia del dominador.

[6] Ana Teresa Torres El exilio del tiempo.

[7] Ángel Rama.- La crítica de la cultura en América Latina.

[8] Eduardo Blanco.- Zárate. 1992: 130

[9] Ana Teresa Torres.- El Exilio del Tiempo.

[10] Ana Teresa Torres.- Doña Inés contra el olvido.

[11] Esta cita reafirma la idea de la escritora de que por más que la escritura parezca producirse en una hoja en blanco, está siempre determinada por esos accidentes que la constituyen.

[12] Entendida por Noé Jitrik la que surge por encadenamiento y la concentración de todos los pasajes que hacen el discurso y, por lo tanto, lo consideraremos un objeto epistemológico y, metafóricamente, el lugar de encuentro de todos los momentos semióticos que originan la identidad de un discurso. Como lugar, sin embargo, no resulta de un acumulativo sistema de copresencias: es también un lugar al que se debe ir y, por lo tanto, un lugar de “análisis”, entendiéndose por tal un sistema indagatorio que no sólo aísla semiótica de semántica y que si, por necesidad, parte de un punto de la cadena discursiva, no podría llegar a establecer el “lugar discursivo” si no tuviera presente la totalidad de esa cadena, desde las operaciones de enunciación hasta sus propias operaciones de análisis.

[13] Ana Tersa Torres.- El exilio del tiempo.

[14] Es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión.

[15] Ana Teresa Torres.- El exilio del tiempo.

[16] Se imagina, dice Anderson, porque, independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal.

[17] Libertad que define Octavio Paz no como una filosofía o una teoría del mundo, sino “una posibilidad que se actualiza cada vez que un hombre dice No al poder. No es una idea sino un acto… la libertad no es justicia ni fraternidad sino la posibilidad de realizarlas, aquí y ahora…se ejerce.

 

© Javier Meneses Linares 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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