Blackland o la nueva Babilonia

Teresa Baquedano
Universidad de Zaragoza


 

   
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El presente trabajo pretende dar cuenta de un fenómeno geográfico que nos rodea: la “ciudad”, centro neurálgico de la vida cotidiana, de la socialización y allí donde el ser humano es reflejo de sus necesidades, cuyo carácter nace de la armonía con el paisaje y la tierra.

Así, el hombre ha podido alcanzar la Luna, la cima de las más altas montañas, el fondo de profundos océanos; ha atravesado selvas, desiertos, ríos, ha conquistado su espacio y todo esto gracias a una ilusión, un sueño. Más tarde ha imaginado ciudades que se levantarían en estos lugares: bajo la tierra, bajo el mar, en la Luna… pero ¡se ha ocupado más en soñarlas que en describirlas!

El caso de Jules VERNE es totalmente contrario. No sólo ha cantado las excelencias del océano, los desiertos, las tierras vírgenes, en plena época colonial europea, sino que las ha utilizado. Este “poeta de la tecnología”, se ha convertido junto a su obra en el germen de algunos inventos y proyectos del siglo XX. El genio francés nacido en 1832 fue junto a Émile ZOLA uno de los escritores más leídos y con más éxito del siglo XIX., tanto es así que se le llegará a reconocer como maestro fundador de un “nuevo” género literario al que finalmente se decidió llamar Ciencia Ficción, término demasiado preciso y vago a la vez como para enmarcar la obra de VERNE, ya que ésta se desliza por otros dos géneros más: el fantástico y la utopía.

L’étonnante aventure de la mission Barsac, se trata de una obra póstuma, 1920, perteneciente a la serie de los Viajes Extraordinarios terrestres que VERNE comenzaría en 1867 y serían los más numerosos. Su localización espacial es el continente africano, al lado de otros títulos tales como Cinq semaines en ballon o Un capitaine de quinze ans. Con el objetivo de “pintar la tierra” este escritor anticipador ha recorrido los cuatro elementos dándoles una vida y un mundo propios a partir de la ficción donde él se convierte en el maestro de ceremonias de la unión entre la Naturaleza y la Ciencia, ya sea para bien o para mal.

La historia es la de una esperanza y una libertad en pleno período colonial en el que África no era más que un gran pastel para repartir. La lucha entre los pueblos, la cuestión de las razas, siempre presentes en el afán de conquista del espíritu humano, dan lugar a una discusión antitética donde el autor se mostrará a la vez patriota y liberal.

Una notable capacidad científica y erudita, y un dominio de la cultura de su tiempo, rinden homenaje a una novela con personajes sólidos y diferentes de final optimista, pero en la que no se nos ahorra la amargura para dar lugar a un mensaje tan alentador como desolador. De ahí que la ciudad, centro de poder, no sea sino el producto de una visión doble, relacionada con la tecnología y el dominio de la naturaleza pero cuyos muros esconden más de un secreto.

 

1. LA LLEGADA A LA CIUDAD IMAGINARIA: BLACKLAND

La expedición Barsac ha alcanzado su punto culminante; se han presentado extraños incidentes y los viajeros están cada vez más preocupados: sin comida, acompañados y abandonados por una nueva escolta de dudosa reputación y multitud de kilómetros delante sin suficientes caballos, muertos por envenenamiento. Las observaciones del viaje muestran ahora poblados incendiados y saqueados y sus habitantes, llenos de miedo y rabia, rehúsan la entrada y el alojamiento a los expedicionarios. Todo parece indicar que se dirigen hacia la catástrofe, las pistas que encuentran les hacen sentir que el caso será pronto cerrado.

Un componente esencial de esta caída progresiva es la premonición o advertencia por medio de la magia. Sin embargo en una novela de aventuras que no comparte su protagonismo con el género fantástico, lo maravilloso no es más que una nota exótica de estas regiones salvajes que sirve para marcar la diferencia entre la racionalidad francesa y los métodos africanos. Aún así, si observamos que esta intervención mágica para adivinar el futuro de algunos viajeros es totalmente falsa, vemos cómo el elemento maravilloso es ridiculizado y no será sino la ciencia tecnológica la que establecerá las pautas para designar lo posible y lo irreal.

La cohorte de poblados en el camino continua, llevando lenta y firmemente al desastre, a la agonía de la crisis. El tiempo, esa mano inexorable que impone la frontera entre la vida y la muerte, cuenta los días, minutos y segundos de la supervivencia con la necesidad impuesta de alcanzar el puesto militar francés más cercano.

Tras el paso por varios de estos pueblos indígenas los viajeros saben desde hace tiempo que alguien les sigue. Lo que no saben es que es la última vez que dormirán al aire libre ya que van a ser hechos prisioneros y trasladados a una ciudad fantasma: Blackland. Alrededor del 24 de marzo tiene lugar la llegada:

« Si, plus hardie que ces nègres pusillanimes, quelqu’un s’était aventuré dans le désert […] il aurait vu ce qui n’avait jamais été vu, ni par les géographes, ni par les explorateurs, ni par les caravanes : une ville»1 (p.205).

La exactitud geográfica del terreno se nos da desde el primer momento; una de las características de VERNE es esta generosidad de información y datos que no hacen solamente verosímil el texto sino también más científico. Blackland, la terrible Tierra Negra, aparece en esta inmensidad geográfica ignorada como una ciudad aislada de la que no se tiene conocimiento en ninguna parte; vive desde hace ya tiempo al margen de los mapas y guías sobre el país y sin embargo es una urbe plenamente poblada, con estructuras fijas e innovaciones increíbles más allá de sus dominios.

Blackland se trata sobre todo de una de las ciudades imaginarias de la literatura en medio de un territorio real que es recorrido por una expedición de ficción a la manera de los grandes exploradores del siglo XIX. Para analizar esta ciudad seguimos las indicaciones de ROUDAUT que establece ciertos criterios para organizar las ciudades imaginarias2, acotando la descripción en dos partes: una física y otra psicológica o interna.

 

2. LA ANATOMÍA DE LA CIUDAD

La ciudad imaginaria según esta relación directa alma-cuerpo existente entre sus elementos exteriores e interiores, es analizada desde el punto de vista de su contacto con lo real. Este criterio divide las ciudades en dos grandes grupos: las que logran mantener la ilusión de lo real y aquéllas que la ocultan para producir una atmósfera de extrañeza.

Blackland se sitúa en el primer bando, en el caso de una ciudad inventada que a causa de su exactitud y referentes geográficos, además de encuadrada por el marco real de un viaje de descubrimiento por territorios medio salvajes medio colonizados, logra obtener esa ilusión de una posible confusión con lo real.

Su organización física está estructurada según un esquema descriptivo racional: de lo más básico al elemento superficial, de los fundamentos a los detalles. Este eje dentro-fuera comprende los puntos siguientes de la ciudad: sus medidas, las secciones que contiene, los espacios públicos, el espacio privado, la organización interna y sus alrededores. Perteneciente a la misma ciudad pero en una vía paralela se encuentra la Fábrica, merecedora ella sola de la misma atención que esta primera parte de Blackland.

“C’était une ville très singulière […] était divisée en trois sections inégales, que limitaient d’infranchissables murailles en pisé demi-circulaires et concentriques, hautes de dix mètres et d’une épaisseur presque égal à la base » (p. 207).

La construcción morfológica al igual que las secciones mediante las cuales se divide forma parte del plan de la ciudad y no sería arriesgado decir que por el trazado y el diseño de construcción urbanístico se conoce a sus habitantes o, al menos, al arquitecto.

En primer lugar, y a propósito del plano, lo que más nos interesa es su construcción de una manera tan exacta y simétrica como extraña, sin hablar de sus medidas. El hecho de poseer una semicircunferencia como base da como resultado igualmente un semicuadrado como parte de la figura geométrica anterior. Así pues, constatamos que tenemos la mitad de dos estructuras, combinación binaria pues, que no podemos olvidar en ninguna de sus formas.

Las referencias a ambas formas geométricas comparten los significados que se les atribuyen: por un lado, la figura cuadrada aparece como el espacio de la multiplicación del centro de poder, de la racionalización y de la regla y mesura; por otro lado, nos encontramos frente a lo circular, a la espiral laberíntica al estar rodeada de una muralla concéntrica en la que se distingue un centro claro con la pérdida del elemento racional en beneficio de una eterna ida y venida de la forma sobrecargando los sentidos.3

La función de una estructura tan poco común y extraña puede responder a diferentes necesidades sin olvidar que Blackland está seccionada por dos áreas: la ciudad y la Fábrica, cada una con un orden y un funcionamiento propios según las reglas de ambos representantes. La estructura circular reúne todos los puntos de fuga en un único control desde todas las direcciones haciendo imposible la evasión por las esquinas, mientras que el muro, como parte de la estructura cuadrada que encierra la semicircunferencia, tiene una posición de vanguardia o retaguardia, elemento éste que acota, delimita el fin y separa los dos mundos. Así pues, la muralla, símbolo urbanístico de la protección, multiplicada en esta Tierra Negra, nos lleva más bien al significado sobre el control: nadie que haya entrado podrá salir tan fácilmente… a menos que sea por aire. La muralla es una advertencia de la regla impuesta, la representación del cambio de un pasado cuyos recuerdos quedarán atrás en beneficio del presente y de una nueva vida, pero también es la imagen de la protección, del saberse resguardado cálidamente como en el vientre materno. Consecuentemente, todo aquél que aceptara el control sería también el protegido, pero, de qué o quién ya que nadie conoce la existencia de esta ciudad; es por esta razón que la función protectora no tiene cabida alguna en los planteamientos de Blackland.

Junto a la pura descripción hay que resaltar la importancia de los adjetivos calificativos: “murailles infranchissables”, “demi-cercle rigoureux”, “sections inégales”, que además de redondear una visión sin relieve, acentúa sus radicales detalles y, por supuesto, los de su fundador.

En cuanto al segundo componente del plano urbanístico, las secciones, se nos anticipa ya que son desiguales, lo que indica un fallo deliberado de esa perfecta simetría por parte de su autor.

A este propósito hay que subrayar la diferencia existente en relación con el orden básico y exterior. La primera y tercera secciones son zonas pertenecientes a la raza blanca. Aquélla es la más importante dado el espacio que ocupa, ya por su posición preferente, ya por sus dimensiones. La tercera se haya desplazada del centro mostrando su reserva, como en una categoría inferior a la espera de avanzar su posición estratégica. En cuanto a la segunda, se trata de la más extendida por razones contrarias a las de la primera: si ésta ocupa más espacio que su homóloga a causa de la importancia social, el área de los esclavos necesita mayores dimensiones porque éstos son necesarios. La ciudad, bien abastecida entonces de personas que trabajen para el resto de habitantes, les ofrece un espacio material pero nunca una posición social, de manera que la relación espacio-privilegio es directamente proporcional para los blancos e indirectamente para los esclavos negros.

El resto de elementos fundamentales pertenecientes a la estructura física hacen referencia a la vertiente de su disposición interior. En primer lugar, cimentando con una primera capa el esqueleto de la ciudad se sitúan las dos clases de espacios, el público y el privado, y su mecanismo de funcionamiento, su organización vital:

Sur la rive gauche de la Red River […] la muraille d’enceinte se continuait, en effet, délimitait un rectangle […]. Cette seconde ville […] se divisait elle-même en deux parties égales, que séparait une haute muraille transversale.

Esta “segunda ciudad” no es más que una continuación del mismo lugar sin diferencias sustanciales salvo que su espacio vuelve a ser ordenado de acuerdo a una simetría perfecta utilizando esta combinación binaria del doble/mitad, y donde la muralla vuelve a hacer su aparición como un guardián silencioso.

Es allí donde los espacios públicos y la organización interna de la urbe se unen lógicamente desde el punto de vista estructural, como lo hacen las entrañas a las arterias y las venas. Éste es el espacio en el que se combina la utilidad y la “belleza”: el puente para el necesario río que da vida a toda la ciudad y el jardín, lugar de recreo, curiosamente, para los hombres más malvados. Los accidentes geográficos, el río y una colina, dejan igualmente su huella sobre el plano y la disposición de la ciudad aprovechándose en un terreno tachado de extremadamente plano y seco.

Por otro lado, y en relación con éstos, encontramos la presencia del espacio privado que en Blackland no está representado por las viviendas de sus habitantes sino exclusivamente por la de un solo ciudadano, Harry Killer, el criminal dueño de tan poderosa ciudad. A pesar de este carácter de maldad y anarquía moral la construcción tiene las mismas designaciones de una gran ciudad en un país cualquiera: la inmoralidad no está reñida con el protocolo y las instituciones, al menos exteriormente.

El Palacio es indiscutiblemente el lugar estratégico de Blackland; situado en esta estructura semicircular al norte representa el poder señorial, visto desde todos lados en el lugar de la Estrella Polar: aquéllos que se sientan perdidos no tendrán más que elevar sus ojos hacia la cima para reencontrar el camino, su norte. Espacio privilegiado, el Palacio es el centro de todas las cosas, la morada de un dios encumbrado a las estrellas y la de un monstruo agazapado en el fondo de su caverna.

En última instancia, una vez cubierto el esqueleto urbanístico sólo quedan los alrededores para completar el cuerpo. Blackland al primer golpe de vista hacia el exterior se muestra como una perfección; los calificativos no faltan para sostener esta apreciación. Una ciudad limpia, cuidadosa de la belleza y el recreo a pesar de su terrible muralla. Ella es el oasis por excelencia en mitad del desierto, de la nada. La magia y lo increíble vuelven una vez más a despertar la conciencia de lo maravilloso racional, construido, dominado por el hombre: el prodigio científico y tecnológico contra el prodigio natural e indómito del desierto descontrolado. Cualquiera que viera el paisaje que rodea la ciudad no podía por menos que creerse en las puertas del Paraíso y, sin embargo, dentro se encontraba el infierno.4

Por otro lado, antes habíamos citado una verdadera segunda ciudad dentro de ésta con una estructura y organización propias. La Tierra Negra no está sola porque

Au milieu du vaste espace demeuré libre, il existait d’autres constructions ; une autre ville plutôt, incluse dans la première, dont les divers bâtiments, les cours et les jardins intérieurs courraient à eux-seuls neuf hectares. En face du Palais se dressait l’Usine (p.212)

Desde el momento en que la Fábrica aparece Blackland se encuentra dividida de pronto en su interior, una hermana gemela se alza a su lado, transformándose la ciudad entera en un monstruo de dos cabezas o, más bien, desde la perspectiva de un laberíntico complejo de Jonás comienza el recorrido hasta el vientre materno5. Solamente en este punto el lector empieza a sentir una débil esperanza.

Curiosamente su descripción física está ya hecha; si veíamos que para el resto de Blackland existía una cuidadosa atención concerniente a su aspecto exterior, la Fábrica representa el caso contrario, sólo una rápida pincelada por sus rasgos anatómicos principales que no se diferencian excesivamente de los de la otra parte de la ciudad. Sobre una base de nueve hectáreas varios espacios dan la primacía al interior a través de los patios y jardines que tienen su referencia física y moral en el edificio de la Fábrica cara a cara con el Palacio, como dos capitanes preparados, en caso necesario, para la batalla. Así, esta figura insiste mucho más en el vector interior, en el alma de una ciudad constituida por sus habitantes y su funcionamiento.

 

3. PSICOLOGÍA DE LA CIUDAD

La ciudad en L’Étonnante aventure parece casi humanizada por esta perspectiva dicotómica del ser humano alma/cuerpo y la necesidad de abrir esta vertiente se impone por la misma estrategia binaria textual.

El aspecto general de Blackland es de una mezcla imposible confrontando la simetría perfecta de su estructura al desorden psicológico, puesto que la heterogeneidad de sus habitantes, de su procedencia, hace de esta ciudad una segunda Babel.

Sin embargo, la sangre que corre por las venas de la ciudad, su elemento vital, está corrompido. Blackland está enferma porque sus habitantes están anegados en la impureza y el crimen, y así como el plano urbanístico se dividía en tres secciones éstos constituyen tres grupos particulares para cada una de las secciones: los Merry Fellows, el Civil Body y los esclavos, por orden de importancia.

Los primeros, aquéllos que habitan la zona privilegiada al lado de su jefe son los elegidos. Sus funciones como ciudadanos de primer orden consistían en una especie de policía militar y ser guardianes del cabecilla, su diversión en la de saquear poblados y guerrear constantemente con o sin motivo aparente. En un escalón más bajo, en el segundo grado, el Civil Body que no había podido entrar en la primera zona, esperaba a tener allí una plaza; su función era comercial. En último lugar y sin grado estaban los esclavos, un numeroso grupo del que se servían como se hace con la comida. Sus funciones eran las más penosas, ya fueran agrícolas o urbanas, y siempre amenazados por los dos otros grupos; sus vidas, como la arena del desierto, no valían nada sino que al contrario siempre eran puestas por las de los demás.

Éstos eran los habitantes de la Tierra Negra, por un lado el grupo de los que afligen, por otro el de los afligidos. La riqueza tecnológica contrasta con la penuria moral bañada por el Río Rojo, la gran tumba que transporta la sangre de los asesinados en la siniestra Tierra Negra.

En frente, en la segunda ciudad, ese lado que no se sobrepasaba nunca y que vivía como autónoma aislada en la propia Blackland, una isla dentro de otra isla, la Fábrica, reservaba otra clase de habitantes:

Cette population d’honnêtes travailleurs, qui contrastaient si étrangement avec les autres habitants de la ville, logeaient tous dans l’Usine, d’où il leur était rigoureusement interdit de jamais sortir. (p. 212).

Todos en los dos casos, eran los mejores, la élite de sus oficios, tanto los criminales más temidos como los obreros más cualificados y gracias a esta hiperbolización del “oficio” experimentamos una vez más la antítesis a la que nos estamos habituando: el factor maniqueo encuentra en los habitantes sus mejores aliados.

Por encima de esta gradación “psicológica” de los habitantes s encuentran los jefes, representantes del interior y de toda la ciudad: el criminal Harry Killer y el científico Marcel Camaret.

Harry Killer es el perfecto símbolo de la venganza, padre de la idea de Blackland más que su verdadero creador. No es más que el odio lo que le empuja a la construcción de la ciudad para crear un hogar que albergue al crimen y a la tecnología a la vez. La descripción de Su Majestad como llaman los expedicionarios a un rey de la anarquía moral, está marcada especialmente por los rasgos físicos al igual que Blackland, ciertamente hiperbolizada por la falta de características psicológicas favorables. En ella se unen los cabos de la inmoralidad y la fuerza bruta donde no se encuentra oportunidad alguna para el refinamiento del Mal. Todo en él es exagerado: su cuerpo, su carácter, sus borracheras y su odio.

C’est la tête surtout qui retient l’attention. Le visage est glabre, d’un caractère complexe, puissant et vil à la fois.

Le personnage n’est certes point banal. Tous les appétits, tous les vices, toutes les audaces, il les a sûrement. Hideux, oui, mais redoutable. (p.236)6

La exageración alcanza incluso a su nombre: Harry Killer no es más que una simple construcción para indicar “Harry el asesino”; con este pseudónimo oculta la identidad de William Ferney, un personaje doble marcado por un antes y un después. Sin embargo, nadie guarda su verdadera identidad en Blackland, salvo los obreros de la Fábrica y su director. La ciudad es en gran manera una ciudad fantasma, no existe en los mapas ni atlas geográficos, pero incluso sus habitantes han dejado de existir.

El ciudadano de Blackland ha sufrido un cambio vital, una renovación producida por la pérdida de su identidad anterior7 y la adquisición de una nueva vida consagrada a su pasión, oficio y diversión: el crimen. Un rasgo extraño de esta nueva identidad es que está constituida por dos nombres propios, nunca aparece un apellido como tal: Josias Eberly, John Andrew, Gilman Ely, etc. Esta chocante asociación que huye del patronímico manifiesta la simplicidad contenida en una identidad presente aportada por el nombre frente a la herencia y el arraigo del apellido por más que aquél sea inventado.

Por otro lado, Marcel Camaret, es el gran inventor de Blackland. Comprometido con esta tierra y encerrado en la Fábrica no vive en el mundo real, no tiene conciencia total del nombre de la ciudad, no se ocupa de otra cosa que de pensar y poner en funcionamiento nuevos inventos. Pertenece al modelo del sabio distraído, preocupado por la ciencia como si ésta fuera su único alimento, por sus invenciones como si fueran dignas hijas suyas:

Marcel Camaret était doué d’une énergie sans limite […] Il pensait. Il pensait fortement, il pensait uniquement et toujours […] machine à penser, machine prodigieuse, inoffensive- et terrible. (p. 215)

Si Killer era descrito en base especialmente a su impronta física y la manera de vestirse, Camaret es presentado a través de su alma y de rasgos psicológicos al igual que la Fábrica. Si los órganos de la fuerza y la potencia física estaban en las manos y músculos, esta vez los de la lucidez y la clarividencia se encuentran en los ojos y la cabeza8. El pensamiento es la vida de Camaret, perola genialidad, como el poder, tiene una doble cara: protección o crimen, razón o locura, según sus combinaciones el resultado podrá ser muy diferente; el azar en esta ocasión también juega con dos dados.

El genio ha sido siempre un desconocido, padre de la ciencia y de la tecnología él alumbra su obra pero no la cuida; ocupado en crear, otorga la libertad a su creación y parte en busca de nuevas invenciones, como Dios para los deístas, pone en funcionamiento la máquina y espera el resultado. Camaret, preocupado por su magnífica creación en Blackland no es más que un vidente ciego9, el demiurgo que aún no ha alcanzado la pureza total. No obstante, si Killer representa el orden impuesto, la norma y el terror, Camaret es el creador, la generosidad del don y el milagro racional. En el momento en que la derrota de Blackland es inminente sus últimas palabras serán dedicadas a su obra, es decir a su vida misma, a él mismo:

“La mort de mon œuvre!...la mort de mon œuvre !... […] Dieu a condamné Blackland !... ». Dans son esprit, Dieu c’était lui-même, évidemment à en juger par le geste dont il accompagnait la sentence de condamnation. (p. 371)

En último lugar, y como miembros honorables de la ciudad, no se pueden olvidar los inventos creados por Camaret y utilizados por Killer como testigos directos del desarrollo urbano, de la llamada a la tecnología. Hijos legítimos de Blackland, son los herederos de una sangre criminal a los que el tiempo, y quizá también el azar, intentará dar una nueva oportunidad a sus vástagos genéticos. Los planeadores, la telegrafía sin hilo, la utilización del campo magnético, la energía eléctrica y el teléfono, entre otros, asisten mudos al espectáculo urbano; dirigidos, son el único elemento neutro de la historia, aunque su uso no tiene más que dos posibilidades: como todo en la novela, el punto de equilibrio es prontamente llevado a uno de los dos extremos.

Killer y Camaret, son dos gigantes alma y cuerpo de una ciudad dividida cuyos habitantes no son más que piezas de sus ejércitos que haya que reponer llegado el caso. Una mala alianza la de la tecnología y el crimen que algunas veces puede originar buenos frutos. Sin embargo, tras plantar la semilla Blackland se convertirá en el escenario del más criminal de los juegos, del más importante de los robos: Killer, Prometeo desencadenado, Camaret, Zeus engañado, y en medio el fuego robado con astucia, triste historia en la que Prometeo acabará quemándose y Zeus resultará herido para siempre.

Así pues, Blackland, con su ciudadela y la Fábrica, cumple la imagen del más allá como un Avalon terrestre: la inexactitud de su emplazamiento, la dificultad para acceder, la imposibilidad de retorno -sólo vuelven los revenants, los muertos en vida, como los expedicionarios-y los grados cualitativos según los cuales cada uno sería colocado en uno u otro lugar, hacen de esta ciudad un conjunto que separa la muerte a una vida anterior y el renacimiento a otra nueva. Un conjunto que divide el área infernal, llena de burlescos demonios y cuyo jefe es un torpe diablo tan humanizado como poco inteligente, de la del purgatorio, más próxima naturalmente al infierno, en una ciudad que proclama su nombre de Tierra Negra donde el objetivo consiste en hacer méritos y añadirlos a la lista poco engrosada aún por los crímenes de su vida anterior. Finalmente, del otro lado del muro se extiende esa especie de Paraíso o reino de la inocencia en la que ángeles trabajan en la obra del creador, poderoso y débil a la vez, dando la vida y la libertad a sus máquinas, siempre reconocido y nunca alabado.

El desierto angustioso, la inmensidad del cielo y la amenaza de la piedra de esta Tierra Negra rígida como la terrible Esfinge que esconde tesoros desconocidos, guardiana de las puertas de la sabiduría y de la caída humana, advierten a todo aquél que, inexperto, quiera entrar: “El que entre en Blackland no volverá a salir…siendo el mismo”.

 

CONCLUSIÓN

A través de la estructura del viaje VERNE se desliza por la temática de la ciudad, desde la aglomeración o poblado africano hasta la gran urbe europea en tierra extranjera, mediante una relación antitética.

Esta novela es ante todo la novela de una ciudad y de un descubrimiento; es, sin ir más lejos, la historia de un viaje iniciático, de una búsqueda filosófica que comienza con la defensa de los más altos valores tales como la libertad -la igualdad y la fraternidad- del imperium francés para acabar en otra guerra de las Galias. No hay aquí necesidad de evasión, de exotismo o de aprendizaje, sino sólo el descubrimiento inesperado de la ciudad más importante y desconocida del mundo en esta época, una nueva Babilonia que nos hará ser testigos de otra realidad.

Los viajeros se convertirán en iniciados de lo oculto como víctimas desde la perspectiva del farmakos: los ojos vendados, la llegada al lugar de difícil acceso e imposible salida, el cambio de identidad o nombre clave, los diferentes grados de sus habitantes, todo se mezcla en un profundo misterio hermético donde nada se esconde, salvo el tesoro de Harry Killer.

Blackland es, finalmente, la reina de las ciudades, la urbe de la alegoría humana. La misión Barsac dejaría de tener como objetivo real la observación del grado evolutivo del pueblo africano porque su verdadero destino era Blackland, el viaje al fondo del corazón humano dividido entre las más cruel ignominia del instinto animal y la superioridad re-creadora del ser creado por la divinidad, esto es, el estado crítico de la existencia humana. La Tierra Negra expresa la perfección física, el detalle simétrico, la organización superior anclada bajo el libre arbitrio que aún no se sabe dominar. Una dolorosa dualidad invade toda la novela como en una interminable situación de espera, de espera final para saber quién ganará esta batalla ancestral, quién se decidirá finalmente a romper el equilibrio.

Si pudiéramos pensar a priori que VERNE sigue un mismo modelo en toda su obra que repite cambiando la trama, consagrado a la tecnología y los adelantos científicos como fruto de una evolución humana, si creemos en él solamente como el “creador” de la ciencia ficción, el trovador de la máquina, estamos equivocados. Blackland o la tecnología anticipada no es sólo el elemento bienhechor, cura de la humanidad y símbolo del progreso, sino también muerte y destrucción porque la máquina es libre y esta libertad nos abruma y nos asusta. Así, en el punto final del relato hay un gran silencio, el mismo que recorre toda la novela, el que oculta VERNE entre las medidas perfectas de Blackland, el que se ahoga con el ruido de los planeadores, pero también el que se rompe en Paris au XXe siècle, el silencio de la creación rebelada contra sí misma en esta doble perspectiva que no es más que pura pasividad frente a la contemplación de los hechos.

Ciertamente hay que releer a VERNE como la crítica contemporánea se ha propuesto hacer y pensar que posiblemente no cante, no alabe a la máquina, sino que cuenta, imagina, explica y deja la elección al lector, una elección múltiple que exige ver en el fondo del alma para hacernos creer que la ciencia es una esperanza pero no la salvación eterna, ya que ¿dónde está la verdad de la ciencia, dónde la obra perfecta de seres imperfectos?

 

Notas:

[1] VERNE, Jules, L’Étonnante aventure de la mission Barsac, Paris, Hachette, 1987, p. 204.

[2] ROUDAUT, J., Les villes imaginaires dans la littérature française, Paris, Hatier, 1990.

[3] Blackland pertenece a la categoría de ciudades con un imaginario demoníaco, en las que desde el punto de vista geométrico FRYE destaca las imágenes de la espiral, la cruz y el círculo siniestros. FRYE, N., Anatomy of criticism, Princeton University Press, 1971, p. 150.
   Por otra parte, también desde la perspectiva del imaginario BACHELARD y DURAND exponen sus conclusiones sobre lo cuadrado y lo circular; para ellos el espacio cuadrado hace referencia a la defensa de la integridad interior, mientras que el circular acentuaría el simbolismo de la voluptuosa intimidad (BACHELARD, La terre et les rêveries du repos, Paris, Corti, 1948, p. 148; DURAND, Les structures anthropologiques de l’imaginaire, Paris, Bordas, 1969, pp. 283-284). Sin embargo hay que observar el hecho de que estas dos estructuras se presentan en la obra divididas cada una por la mitad, reprimiendo completamente y doblegando su significado primero de protección e intimidad.

[4] Nada tiene que ver aquí la dicotomía: exterior-agresividad/interior-protección; como notábamos antes; la idea del espacio interior en Blackland como un doblete del vientre materno o la casa confortable que proponen DURAND y BACHELARD se transforma más bien en el arquetipo de las fauces del animal, fantasma de agitación, agresividad y crueldad (DURAND, G., Structures anthropologiques, op. cit., pp. 90-91). A este respecto BACHELARD dedica además un interesante capítulo a la “Dialéctica de lo de dentro y lo de fuera” desde una perspectiva ontológica (BACHELARD, G., La poética del espacio, (trad.) México, Fondo de Cultura Económica, 1965, pp. 250-270)

[5] BACHELARD, G. Terre et rêveries du repos, op.cit, , pp. 129-182.

[6] Killer se enmarca en el tipo de liderazgo sostenido en el mundo demoníaco descrito por FRYE: “The demonic human world is a society held together by a kind of molecular tension of egos, a loyalty to the group or the leader which diminishes the individual”. FRYE, op. cit. p. 147.

[7] CAMPBELL trata el tema de la pérdida o aniquilación de la identidad del héroe cuando éste se aleja llamado a la aventura y ha cruzado el primer umbral: “el héroe en vez de conquistar o conciliar la fuerza del umbral es tragado por lo desconocido y parecería que hubiera muerto” (p. 88), y por tanto, “el paso del umbral es una forma de autoaniquilación”. (p. 89). CAMPBELL, El héroe de las mil caras, (trad.) México, Fondo de Cultura Económica, 1959.

[8] Camaret representa el isomorfismo del imaginario entre el soberano, el juez y el mago por medio de la imagen del clarividente, ofreciéndonos como resultado la unión demiúrgica de la omnipotencia y la rectitud moral. DURAND, Structures anthropologiques, op. cit., p.170-172.

[9] Todo dentro de Blackland parece representar lo opuesto de su significado profundo, ya que aquí no puede entenderse el “ciego” como el que sacrifica su ojo para obtener una visión sublimada y aún más transcendente (DURAND, Structures anthropologiques, op. cit, p. 172).

 

© Teresa Baquedano 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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