Luisa de Carvajal: Aventurera y escritora

M. García-Verdugo
Purdue University
mlgarver@calumet.purdue.edu


 

   
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Luisa de Carvajal y Mendoza llama la atención por la multiplicidad de papeles que tuvo que representar en su vida, su pasión religiosa, vital, y el desenfreno con que se entregó a las causas que eligió como objetivos. Pero lo más importante para nosotros es que, además de ser una mujer entregada a una lucha, también supo dejar constancia de ello en sus escritos y esto nos permite hoy día poder echar una mirada a los mundos en que vivió y escribió la autora. Carvajal a través de su epistolario y de su autobiografía abre una ventana a lo que sucedía entre bastidores en el teatro político y tras las puertas cerradas de los palacios. Conocemos la poesía ascético-mística de la época, los sucesos históricos de las relaciones políticas entre España y Europa, y las manifestaciones exteriores de la fe católica en este momento crítico en que la iglesia se fracciona, pero la lectura de las obras de esta singular escritora, sin intención aparente, nos ofrece una perspectiva interior.

Hay dos problemas que surgen al iniciar un estudio de Carvajal. Por una parte esta la dificultad de entender la complejidad del aparato artístico que maneja la autora, su uso de la poesía religiosa y el sistema de símbolos culturales. No nos es próximo; es un mundo de imágenes para el cual ya no tenemos referente, particularmente si se estudia a Carvajal fuera de España. El Imperio y la Contra-Reforma, o la Reforma Católica, son los fondos ideológicos en los que se genera una figura intelectual de la naturaleza de la escritora que nos ocupa, si se la saca de sus contextos resulta un personaje dislocado. Pero lo que resulta más chocante para nosotros es toparnos con su autobiografía. En ella estudiamos el camino que recorre hasta llegar a ser el personaje que se solidifica en su madurez misionera y activista. He de dar crédito a todos aquellos que han contribuido a este libro ya que sus trabajos han arrojado una luz sobre la comprensión de Carvajal. Ya que la obra de Carvajal es polimorfa, es justo que se la estudie con diferentes patrones para abarcar toda su complejidad

La vida de Luisa de Carvajal, 1566-1614, coincide con la Contrarreforma, las luchas contra los ingleses, la rebelión de los Países Bajos contra la dominación Española, la invasión de Italia, las luchas contra los turcos en el Levante español y la conquista de América. Carvajal es hija de las épocas más turbulentas y apasionantes de la historia de España. Fue, tal y como la presenta Sainz de Robles en su Ensayo de un Diccionario de Mujeres Celebres, “admirable mujer de acción y escritora”, y creo que ese es el orden correcto para calificarla, primero una mujer de acción y después escritora. A pesar de la sólida formación que tuvo, no fue su vocación la de sentarse y escribir, sino la de batallar. Las fuentes de las que bebe el intelecto de Carvajal son las hagiografías y probablemente los martirologios que llegaban a España que describían los sangrientos acontecimientos de la Inglaterra Jacobina en los que se torturaba y asesinaba a la minoría católica, tal y como hacían los católicos contra protestantes cuando tenían oportunidad. También podemos ver en la poesía de la autora las huellas de la poesía mística del renacimiento, San Juan de la Cruz en particular.

Sigue los cánones casi en todo; durante su formación acata la autoridad de su aya y de su tío, al sentirse dueña de su vida en su juventud tiene que elegir su destino. No es de ninguna manera una mujer desposeída y débil; se ha criado en un ambiente noble y, en su concepción de sí misma, se ve que es plenamente consciente de su autonomía y de su fuerza; su elección no satisface a su hermano con el cual no ha crecido y quien probablemente querría utilizar a su hermana para un buen matrimonio o para otro tipo de arreglo que fuera menos incomodo que una hermana díscola y respondona. Entiéndase que Carvajal reta a la autoridad del mundo, representada por su hermano, su tío el marqués y el mismísimo rey, pero, al mismo tiempo, respeta la estructura social, la jerarquía de la iglesia y sobre todo los principios de las sagradas escrituras. Digamos que solo Dios gobierna a Carvajal. Así cuando le llega la hora de definir su camino, rechaza el matrimonio, rechaza entrar en convento, sigue le única vía abierta en la que una mujer española de la nobleza podía vivir y ser respetada por sus iguales, la vida de religiosa seglar. Nótese que hace votos de pobreza y castidad, pero el de obediencia solo a Dios.

Así en el contexto social, Carvajal se define como mujer a través de su negativa al matrimonio, su autonomía económica y su pertenencia a la aristocracia. Estas circunstancias y sus elecciones personales la dotan de libertad como mujer y de poder en los círculos religiosos y políticos. Ejerce sus libertades y entre sus cartas y sus escritos autobiográficos nos ofrece un retrato de sí misma, humilde ante Dios y beligerante ante sus contemporáneos. No es único el caso de Carvajal; el acceso de las mujeres al poder en esta época venía marcado por el derecho de sangre; las mujeres que se decantaban por una vida virtuosa y religiosa multiplicaban su respetabilidad ya que su invulnerabilidad a los encantos masculinos las fortalecía a los ojos de la sociedad. Recuérdese el caso de la soldado Catalina de Erauso, salvó la vida porque había permanecido virgen aun conviviendo con hombres en las guerras de colonización de América.

Luisa tenía suficiente influencia por sus contactos con la corte y con los jesuitas para mantener sus posturas, incluso a pesar de la presión de su hermano, acaban en los tribunales.

El espíritu de lucha de los jesuitas, soldados de Cristo, casaba muy bien con la necesidad de Carvajal de acción. La dialéctica del Imperio es la dialéctica de la guerra, del sacrificio de la vida por un bien superior, o la gloria del guerrero o la Gloria divina del Santo. Los jesuitas se negaron a crear una rama femenina de su orden pero aceptaron el apoyo y la ayuda económica de mujeres como Luisa que se convirtieron en incondicionales de su misión. Pasa un periodo de entrenamiento como “madre” en una casa en Madrid y cuando consigue reunir el apoyo y los fondos para irse a hacer su cruzada marcha para Londres, uno de los focos más violentos de las luchas religiosas europeas. Cabe preguntarse por qué elige Londres para realizar su labor de activista. La llegada a la mayoría de edad de Luisa coincide con el momento álgido de la crisis con Inglaterra. La invasión de Inglaterra era un proyecto que había sido apoyado por los jesuitas. También entrega sus bienes para la fundación de un noviciado jesuita en Lovaina. Así pues vemos que su militancia jesuita es activa y entregada. Su entrada en política se liga con su afán religioso. No es una mujer con ambición propia, pone su talento y sus contactos al servicio de su fe. No le interesa la diplomacia, ni las negociaciones, no valora la paz. Hoy día sería considerada una integrista religiosa. Aunque la literatura didáctica sobre y para las mujeres, como por ejemplo La perfecta casada de fray Luís de León o la Educación de la mujer cristiana de Luís Vives, aboga por una mujer serena, tranquila y silenciosa, Carvajal no cae dentro de la idea que pudieran tener fray Luis o Vives de una mujer; es una mujer real. Tiene su voz y, como ha renunciado a tener una existencia social y fisiológica de mujer, ha ganado el derecho a opinar. El honor que defiende Carvajal no es el honor familiar, sino el honor de Cristo, el Amado, por lo tanto cualquier razón humana es insignificante ante la fuerza de lo divino que es a la que se acoge la asceta.

Luisa es, por encima de todo, un producto de la resistencia de catolicismo contra la agresión política y religiosa de los disidentes de la iglesia católica, y dentro de este contexto es como deben entenderse las violentas penitencias que describe en sus escritos autobiográficos. Las penitencias, la confesión, las reliquias, la sangre y la carne de los mártires son elementos de resistencia del catolicismo frente a las ideas protestantes. Cierto que Inglaterra no es un país luterano ni calvinista, pero Carvajal es una católica soldado de Cristo y el castigo del cuerpo es un medio para reafirmar su identidad religiosa en un ambiente de contiendas. Es extremadamente fácil y razonable aplicar nuestros conocimientos sobre la psicología humana, la patología del comportamiento a un caso tan sobresaliente como las penitencias de Carvajal. El hecho es que la lectura de las penitencias despierta en lectoras y lectores una respuesta emocional intensa, y esa emoción sobrepasa al buen critico dejándonos con el corazón encogido y preguntándonos que es lo que realmente está pasando en este texto tan sugerente. La situación es la siguiente: el confesor le pide a la beata que escriba sus memorias, ella debe andar rondando los cuarenta cuando esto sucede. La beata accede y sigue el patrón clásico de las autobiografías de religiosos, en las cuales toda la información que se presenta está encaminada a justificar la elección del individuo por una vida dedicada al servicio divino, comenzando por la niñez, después la adolescencia y finalmente la vida adulta. La parte que ha generado controversia es la descripción de las penitencias que tienen lugar en la adolescencia. Tales descripciones son gráficas, resultan cuadros eróticos de gran impacto.

Cuando la adolescente se convierte en adulta decide vivir de acuerdo con su fe y renuncia a la vida en común con un hombre, como muchas otras jóvenes que prefieren estar al servicio de Dios. Las penitencias del marques quizás surten el efecto deseado de doblegar la voluntad de su protegida, porque la voluntad que quieren romper es la voluntad de supervivencia, de comodidad, de placer mundano, de soberbia y de debilidad, la voluntad que finalmente triunfa es la voluntad de martirio. Carvajal se niega a sí misma para reafirmar su amor a Cristo; Carvajal ha de morir para vivir en Cristo. Es interesante considerar que posiblemente la escritora elige dejar constancia en sus escritos autobiográficos de sus sufrimientos cuando niña, de la dura disciplina de la criada Ayllón, y finalmente del celo del tutor en su educación para transmitir cuál fue su “camino de perfección”. Así fue su preparación desde niña para soportar el dolor físico y así fue como dio alas a su pasión religiosa, dejando atrás el apego al cuerpo y a lo mundano.

La negación del propio cuerpo es la clave, y a través de esa negación se afirma el Cuerpo, la Sangre y la Carne humanos y divinos. Este es el contexto artístico en el cual se genera la obra ascética. Desde los poemas de amor andalusíes hasta el flamenco contemporáneo, el deseo del amante por sacrificar su propia carne para satisfacción del deseo por el amado es un motivo constante. Está anclado con fuerza en la cultura mediterránea con anterioridad al cristianismo y, en el caso de la cultura religiosa cristiana, se renueva y refuerza con la figura de Cristo sangrante y la conmemoración de la pasión y muerte cada año.

Hasta hace pocos años, las obras de Luisa de Carvajal1 han sido estudiadas como documentos para su proceso de beatificación, el cual nunca llegó a buen término. Solamente tenemos un libro en el que sus poemas son tratados como obras literarias y sometidos a análisis2. Camilo María Abad, en sus estudios sobre Luisa de Carvajal, se centra sobre todo en las virtudes cristianas de la escritora. Georgiana Fullerton escribió una biografía de Luisa de Carvajal, publicada en Londres en 18733. La obra de Fullerton es una hagiografía en la cual es más importante resaltar los valores del sacrificio de la misionera católica que estudiar los escritos de la misma por su propia valía. Tanto Abad como Fullerton se apoyan en escritos de terceros para informar sus biografías, en particular en los estudios de Luis Muñoz, Vida y Virtudes de la venerable Virgen Doña Luisa de Carvajal y Mendoça, su jornada a Inglaterra, y sucessos en aquel reyno, de 1632 en el caso de Fullerton, y en él de Abad, en las investigaciones inconclusas de Jesús González Marañón, en 1933.

Sin embargo, a raíz de los estudios de Anne J. Cruz4 sobre las relaciones económicas y políticas con los jesuitas y sobre la penitencia en Carvajal, se están abriendo nuevas vías interpretativas que se aventuran más allá del valor estrictamente religioso o didáctico-moral en los escritos de Carvajal.

En este ensayo se estudia la descripción de la pasión en la autobiografía de Luisa de Carvajal: pasión como se entiende en los escritos de Carvajal, como la pasión espiritual por Jesucristo como amado y como modelo de sacrificio, y pasión como estado anímico generador de un lenguaje erótico propio de las literatura ascética.

Sus escritos autobiográficos comienzan con su nacimiento en Jaraicejo, en Cáceres (1566), llegando hasta a algunas de sus actividades misioneras en Londres, donde muere en 1614. Carvajal nos transmite la narración singular de sus avatares. Mezcla sus vivencias con abundantes referencias a la vida cotidiana de la época en descripciones llenas de claroscuros. En su lenguaje llano, se aprecian influencias de la prédica y la literatura hagiográfica en cuanto al estilo literario. Se tratan abundantemente las luchas de la autora con las tentaciones del mundo.

En la obra de Camilo María Abad, Escritos autobiográficos, se organiza el material de la forma que se presenta a continuación; hemos omitido los títulos de las secciones para no alargarnos demasiado y, en cambio, se han organizado las secciones por temas. Abad organiza el material en tres grupos: Autobiografía, Redacciones autobiográficas fragmentarias y finalmente Otros escritos autobiográficos. Algunos de los sucesos de la vida de la autora fueron narrados dos veces; esto se hizo porque tenían un significado especial. Seguidamente se presenta un esquema del orden de la edición de Camilo María Abad:

Autobiografía:

I. Jaraicejo y León: Niñez y primeros 6 años

II. Madrid: Hasta los 10 años.

III. Monteagudo y Almazán: De 10 a 13 o 15 años. Primeros años con su tío el Marqués de Almazán.

IV. Pamplona: La vida en casa de su tío y primer desarrollo espiritual: Penitencia y abnegación.

Redacciones autobiográficas fragmentarias:

I. Vida en palacio, Monteagudo y Almazán.

II. Traslado a Pamplona, penitencias extraordinarias.

III. Más noticias de su vida en Pamplona

Otros escritos autobiográficos:

Escritos religiosos

Escritos autobiográficos: Viaje, enfermedades, cartas, testamento.

Luisa de Carvajal inicia su historia refiriéndose a su nacimiento. Aparece ya una innata inclinación a la divinidad que la acompañará, según ella, desde su primer día de existencia entre los mortales: “Sirviose la dulcísima virginidad de Dios de echarme en este mundo tras muchos ruegos y oraciones de mi madre, que con insistencia le pedía una hija.”...“Catorce infelicísimos días estuve sin bautizar: causaríalo el mucho frío de aquel tiempo”(131).

Los temas más importantes de la escritura de Carvajal aparecen en las primeras páginas: la religiosidad, el orgullo y las referencias a elementos cotidianos o circunstanciales, que se van a repetir y que sirven para crear el efecto de verosimilitud y de acercamiento al lector. Desde el principio aparece también otro componente, las referencias al dolor físico o al cuerpo: “Siendo de edad de cuatro años, pisándome la basquiña una muchacha, caí sobre una piedra muy aguda que me rompió la frente; y bañada la cara en sangre, llegué donde estaba mi madre con muestras de no pequeño corazón”. (132)

La estructura de la autobiografía está marcada mediante los acontecimientos que la Venerable consideró claves en su evolución vital. La primera etapa va desde su nacimiento hasta la muerte de sus padres cuando tenía seis años. Es muy confusa y parece sospechosa la forma en que cierra el capítulo referente a sus padres por el desapego y la crítica poco disimulada que muestra hacia su padre cuando habla de su muerte: “Así acabo harto mozo; y bien al parecer de todos, gracias inmensas sean dadas a Dios. Sin duda le ayudó mucho el gran entendimiento que Nuestro Señor le había dado, y él no empleándole en la devoción ni virtud que mi madre. Fue de modestísimo exterior y notablemente ahidalgado de talle. Dejóme en el testamento una buena cantidad de dinero”(137). Parece ser que anduvo de pleitos con su hermano Rodrigo a causa de la herencia paterna y este hecho debió afectarla durante la redacción de las memorias. En cualquier caso, es notable este final del capítulo sobre su infancia, sobre todo si tenemos en cuenta que el primer lector de esta autobiografía iba a ser su confesor.

Huérfana, deambula en manos de parientes y "curadores". Por deseo expreso en el testamento del padre, es Isabel de Ayllón la encargada de acompañar y cuidarla durante sus primeros años. Carvajal la menciona a menudo, en parte por cariño hacia su gobernanta y en parte por la dureza con que ésta la trató durante los años que la tuvo bajo su cuidado: “ Si me hallaba cosa contraria a su deseo, lo pagaban mis brazos, de manera que los traía llenos de cardenales y señales grandísimas ( que después que pasé de muy pequeñita, no me azotaba) y así me decía: ‹‹Yo no la tengo que gobernar por vía de azotes que es cosa de niñas; y es menester que tome pensamientos de mujer y sea muy cuerda y grave desde ahora››. Procuraba yo no supiesen el rigor que usaba conmigo nadie de casa, ni las otras niñas que en ella había; Porque aún sólo lo que se vía, que era lo menos, tomaba muy mal la Marquesa; y la gente moza decía era cautiverio; y para que sufría aquellos rigores y penalidades de mi criada, ni la obedecía siendo su señora.” Pero en la reacción infantil -lejana- que escribe Carvajal se anuncia una dinámica de relación con los demás que transciende la niñez: “Yo las oía, y reparaba en ello; y al fin me resolvía en amarla y estimar lo que hacía, cada día más, hallando facilidad en perdonar demasías que me llegaban a la virtud y apartaban de vicio tan conocidamente”(144). La asociación dolor-amor-placer/ sierva-señora-víctima que se origina aquí se extrapolará a la relación amorosa con Cristo en la poesía religiosa de Carvajal y al resto de su autobiografía, alcanzando su máxima expresión en la narración sobre las penitencias extraordinarias.

Desde León, la niña viaja a la corte en Madrid (138) y queda bajo la tutela de doña María Chacón, aya de los hijos del rey. Muerta su tía doña María, es trasladada a Almazán, en la provincia de Soria. Debía tener unos diez años: "Y pareciéndole a mi curador buena ocasión para que se cumpliese el gusto del Marqués, mi tío, sin esperar que volviesen los ausentes, con solo la licencia de don Bernardo de Rojas, que ahora es Cardenal de Toledo, hijo de la tía difunta, y tenía a su cargo todas las cosas que tocaban a su madre, me llevaron a Almazán, y entregaron a don Pedro González de Mendoza, hermano de mi agüelo, a cuyo cargo estaban las hijas del Marqués y el gobierno de su estado; y él mismo me llevó a la fortaleza de Monteagudo, do estaban mis primas, doña Isabel y doña María, niña de mi edad”(142). Vemos que en este fragmento la descripción se hace minuciosa, en él justifica su llegada a la fortaleza de su tío el Marqués de Monteagudo, don Francisco de Mendoza, quien tendrá a la pequeña Luisa bajo su tutela desde los diez años hasta bien entrada en su juventud. Don Francisco Hurtado de Mendoza, hermano de la madre de Luisa, la inicia en los caminos del ascetismo, la disciplina y las penitencias. Por consejo de su tío, Luisa, en su temprana adolescencia, practica la mortificación y el castigo de la carne:“ Y no con menos cuidado me exhortaba mi buen tío a una perfecta obediencia y negación de mi propia voluntad; que decía era contagiosa peste espiritual y fundamento de millones de males; y que, de no haberla procurado eficazmente quebrantar y vencer muy a los principios, se tomaban torcidísimos caminos en grandes y chicas materias; y, fortificada con la costumbre larga, atravesaba por cualquier razón sabia sin darle oídos; y que así, los muy voluntariosos no sólo hacen pecados, pero desacreditan sus naturales entendimientos en materias morales y de prudente gobierno. Y de mil modos probaba y quebrantaba la mía. Y cuidando en esto más y más cada día, se resolvió de ejercitarme en modo bien extraordinario y dificultoso a mi natural humor, teniendo yo entonces catorce años de edad”.(161)

La descripción de las penitencias ordinarias y extraordinarias es recurrente en los Escritos autobiográficos. En algunas de las descripciones se intensifica el énfasis en el dolor o el daño producido: “Probó [mi amiga] a quitar la toalla, y no pudiendo sin llevar pedazos de la carne tras ella en que sentí un dolor tan fuerte, que parecía que me tiraban de las entrañas” (174). Es difícil hacer una lectura neutra de los episodios que describe Carvajal; la crudeza de la descripción de estas escenas es tal que se pierde el sentido de lo que expone y dejando al lector únicamente con una reacción emocional. Somos testigos de un momento íntimo, definitivamente secreto en que la joven en su deseo de elevarse hacia el Amado, Cristo, se somete a torturas y a humillaciones. Desde el punto de vista literario, está claro que la calidad de la descripción hace que estas lecturas sean tan perturbadoras: las alusiones a la desnudez, a la edad de la penitente, a la presencia del tío en la sombra, la frialdad del suelo, la “sierva” que golpea con cuerdas de vigüela hasta cien veces o más, las lágrimas de amor. También es inevitable asociar las descripciones de Carvajal y las de una escena, brutal y oscura, de literatura sadomasoquista.

Al cabo de su educación ascética en el castillo de Almazán, guiada por los consejos de don Francisco de Mendoza, Luisa de Carvajal alcanza un estado de independencia intelectual que le permite alejarse de la casa familiar y emprender su propio camino: “Siendo de diecisiete años, y no sé si aún menos, en mi retirada oración empezé a tener grandes deseos de martirio: esto era, morir por el dulcísimo Señor que murió por mí, aun primero que yo tuviese ser para reconocerlo. [...] Y representábaseme Inglaterra, pareciéndome que si me hallara en ella, me fuera de los grandes consuelos que pudiera tener y casi haberme reducido al estado de la primitiva Iglesia, o persecuciones dellas antiguas”.(189)

Las fuentes de esta estética del dolor fueron los martirologios, libros que describían los tormentos que habían sufrido los mártires desde los tiempos de la “primitiva Iglesia”, y los escritos de San Ignacio de Loyola -por ejemplo, la meditación sobre ‘los cuatro derramamientos de sangre de Cristo’- a la cual se refiere la autora. El Cisma de Inglaterra del jesuita Pedro de Ribadeneira, biógrafo de San Ignacio de Loyola5 es una obra contemporánea a la producción de Carvajal y sigue un modelo de expresión de lo corporal similar al de Carvajal. El padre Ribadeneira, en su obra sobre la reacción de la corte de la reina Isabel I de Inglaterra contra los católicos, describe explícitamente los tormentos físicos que se les aplicaban a los prisioneros de religión. Abundan los cuadros de desmembramientos, descabezamientos y sangres que saltan por los más inusuales orificios de cuerpo humano. Además, es muy importante el hecho de que Ribadeneira, y sus discípulos después que él, hacían público el nombre y linaje de los mártires.

La debilidad de Luisa fue "afecto de la honra" u orgullo de casta (p. 211), como confesó ella misma. La “vanidad y estima del honor” era un rasgo que formaba parte de la fibra más profunda de la mujer española de este momento. En el caso de Carvajal ella misma define lo que entendía por honor u honra: “la leche que mamaba” y “el resplandor mundano”. Luisa parece estar muy preocupada por el reconocimiento público de la nobleza de su linaje y, aún más, por mantener una particular imagen de su propia persona. La siguiente cita ilustra esta vulnerabilidad de forma candorosa: “Pero yo estaba tan presa desta loca afición del honor, que pequeñísimas cosas o descortesías en que otras casi no reparaban, me pasaban el corazón con sentimiento grandísimo, lo cual yo disimulaba; y, callando, procuraba cuidadosamente gobernarme de tal modo, que nadie me hiciera descortesía, aun tan pequeña como era sentarme en alto alguna criada delante de mí.”(192)

La negación del “regalo” del cuerpo, la búsqueda del control de la voluntad a través del dolor físico y la culminación de una vida en la inmolación sagrada del martirio por la fe son el camino que Luisa de Carvajal elige hacia una vida más allá de la “honra temporal”. El deseo de trascender lo que la autora llama “la vanidad del siglo” es una manifestación del deseo perpetuar su linaje noble a través de la fama, de la memoria colectiva.

La tensión entre la negación de su entidad física de mujer temporal y la afirmación de su entidad espiritual como parte de un linaje atemporal, es la fuerza que inspira a Carvajal para perpetuarse en la escritura. Es precisamente esa negación explícita de lo corporal, la que hace al cuerpo más presente en el texto. El cuerpo de la asceta aparece materializado, siempre en poses contorsionadas, y rodeado de símbolos conectados con la imaginería religiosa del martirio6. La honra y el concepto del cuerpo femenino como frágil recipiente de la misma son dos de los problemas que Carvajal y sus contemporáneos han querido tratar con insistencia. Estos dos temas, en Carvajal, adquieren una dimensión diferente y son presentados como parte de la vida privada y pública. Son privados, en cuanto a que se originan en la esfera de lo doméstico -la relación con la servidumbre, por ejemplo-, para transformarse en público al ser escritos en un libro de “ejemplo”.

Cuando la escritora redactó su autobiografía, el orden cronológico se detiene en el momento en que su vocación misionera se realiza. Los demás escritos autobiográficos son redacciones cortas e independientes. La redacción de sus memorias a que nos referimos es extensa, tiene un orden, y hay continuidad de estilo. Hay, por lo tanto, una intención de relato coherente. El relato intencionado empieza con el nacimiento y llega hasta el momento en que la evolución de la autora alcanza dos hitos: por un lado la entrega total de sus afectos y voluntad a Dios, superando así la obediencia y el afecto que había profesado hacia su tío, el Marqués de Almazán; y por otro, el comienzo de su autonomía física y sus deseos de marchar a Inglaterra para entregar su vida por el catolicismo.

La autobiografía, en general, no tiene por qué ser una confesión sincera y completa7. Hay evidencia -y sin aludir a la escritora que nos ocupa -de que la falsa autobiografía es uno de los géneros literarios más exitosos. Es un recurso excelente para llevar al lector escándalos e indiscreciones que infaliblemente, si el escritor es hábil en su oficio, van a atraer y mantener su atención. Pensemos en El Lazarillo de Tormes, por ejemplo. Quien escribe su propia vida, ya sea por encargo o por propia iniciativa, se sabe excepcional y bajo el escrutinio del público. Ya hay una noción de quién es o cómo debe ser y la autobiografía puede inclinarse a confirmar o a negar esa preconcepción. También quien se retrata a sí mismo necesita cierta distancia, cierto artificio, que le permita verse, debe salir de su propio papel para poder describir el comportamiento propio como si fuera ajeno. Una autobiografía es selectiva, de hecho ha de ser extremadamente discriminatoria, para poder aislar ciertos acontecimientos considerados claves por el autor y además, transformar estas acciones en discurso, como es conocido en el caso de otras dos mujeres también de grandes espíritus religiosos, Santa Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz. Las descripciones de Carvajal son, otra vez como en estas escritoras, un intento de representación de un Jesucristo en mujer y de la transfiguración de una mujer en Cristo, mediante lo cual se transciende la subjetividad.

La distancia requerida para el proceso del autorretrato la proporciona la fe de la escritora, quien se ve a sí misma como un instrumento de Dios, poseída por un espíritu superior a su entidad humana y temporal. Luisa, como ser humano, se pierde en el tiempo y desaparece en la fuerza que la arrastra hacia la divinidad. Esta es la justificación personal y social que permite que una mujer transcienda la abnegación en la que se la ha educado, para aprender a controlar su voluntad y su destino por un lado, y por otro para perpetuarse en la palabra escrita por otro. El deseo de escribir la propia vida, o lo que uno desea que se sepa, implica un reconocimiento y, lo que es aún más importante, una voluntad de expresión que no era común en la mujer del siglo diecisiete español. No olvidemos que se sabe leída, a menudo con hostilidad. Fray Luís de León escribe en La perfecta casada su opinión sobre las mujeres y sus derechos de libre expresión: “Más, como quiera que sea, es justo que se precien de callar todas, así aquellas a quien les conviene encubrir su poco saber, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben; porque en todas es, no sólo condición agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco.”(F.L. de León, 175)

La autobiografía de Luisa de Carvajal es una respuesta rotunda al agustino, aunque también ha sido rotunda la ignorancia con que se ha castigado a esta escritora española. Ella defiende su derecho a la palabra basándose en su inteligencia: “He oído que, aun siendo tan niña, escuchaba con extraordinaria atención a las personas de alguna importancia que hablaban delante de mí en cualquier grave materia, o cosas de ingenio, cualquier largo tiempo, sin mostrar cansancio. De donde procedía que, quedándome muchas dellas en la memoria, después me aprobechaba en las ocasiones. Me tenían por niña de buen entendimiento”(139). Defiende su derecho a vivir a su manera acosada por sus “curadores” en pleitos interminables para quitarle su herencia: “Y avivándose cada día más el afecto [por la cruz], se acabaron los pleitos; y, como todos vieron, dejé en muy llano estado los recaudos de la cobranza” (225). Lucha para estar sola con su Dios, sometiendo su voluntad sólo a Él. En sus escritos separa radicalmente el poder divino, al que se somete humildemente, y el humano contra él que se subleva y al cual afrenta en continua desobediencia tan pronto como adquiere cierto grado de madurez: “Maledictus homo qui confidet in homine...” (160).

Carvajal es una escritora barroca por razones históricas obvias. Es parte activa en el plano político y religioso de la Contrarreforma por su relación con la corona y con los jesuitas. A través de la redacción de sus escritos autobiográficos, se integra entre las creadoras de la estética de su época. Pero, además de su contribución a su momento artístico, la escritora deja constancia de la compleja construcción que es como mujer religiosa y entidad activa en el proceso de su propia definición literaria. Es esta particular construcción la que recoge la complejidad de su tiempo.

El desengaño frente al mundo, la conciencia de protagonismo individual y ser parte de una colectividad en movimiento, son rasgos tradicionales temáticos que también la sitúan. Su tratamiento de lo corporal es la marca definitoria de un barroquismo religioso. Como señala Jorge Checa: “las prácticas devotas oficialmente promovidas desde el Concilio de Trento tienen asimismo un carácter masivo, y estimulan formas externas, sensoriales de culto, donde se incluye la veneración a objetos sagrados como las reliquias”; es la capacidad de representación de lo sensorial lo que sobresale ostensiblemente en la autobiografía de Carvajal8.

La sensualidad se lee en la presencia rotunda de lo físico y presupone una afirmación de la femineidad de la autora. Al autodefinirse en lo corporal femenino, Carvajal se sitúa en oposición directa al modelo masculino de autoridad religiosa, el cual rechaza lo físico en favor de lo espiritual, lo femenino en favor de lo masculino. Sin embargo no abandona su sumisión a esa autoridad porque se presenta como cuerpo femenino castigado y humillado. Lo que leemos en Luisa de Carvajal coincide en gran medida con la visión que, según Paul Julian Smith, proyecta Santa Teresa de sí misma, en la que la mera experiencia religiosa es también intrínsecamente física9. La esencialidad de lo físico es parte del acto de escribirse a sí misma en Luisa de Carvajal.

 

NOTAS:

[1] Se usa en este estudio la edición Escritos autobiográficos de la Venerable Luisa de Carvajal. Barcelona: Juan Flors, 1966. Las páginas dadas en paréntesis corresponden a esta edición. Se ha consultado también Una misionera española en la Inglaterra del siglo XVII. Santander: Pontificia Comillas, 1966.

[2] Poesías Completas de Luisa de Carvajal y Mendoza. Edición, introducción y notas de María Luisa García-Nieto Onarubia. Badajoz: Clásicos Extremeños, Diputación de Badajoz: 1990.

[3] The Life of Luisa de Carvajal, by Lady Georgina Fullerton. London: Burns and Oates, 1873.

[4] Anne J. Cruz trata con amplitud y acierto los aspectos históricos y políticos de las relaciones de Luisa de Carvajal con la Compañía de Jesús en Madrid, Valladolid y Londres. Da una idea clara de que, además de ser escritora y activista religiosa, Luisa poseyó cierta influencia política y conocía en profundidad la complejidad de las relaciones de la corona española con Inglaterra y Flandes.

[5] Huelga transcribir aquí los episodios sangrientos que narra el padre Ribadeneira, pero su obra sobre la persecución y masacre de los católicos en Inglaterra tuvo que producir un gran impacto en España, y su lectura ha sido considerada obligatoria en instituciones religiosas de enseñanza hasta hace veinte años. Sería muy interesante contrastar esta obra, de propaganda Contra Reformista evidentemente, con las de propaganda Reformista que tanto contribuyeron a crear la Leyenda Negra de la Inquisición española. Obras escogidas del Padre Pedro Ribadeneira. Ed. Vicente de la Fuente. Biblioteca de Autores Españoles. Vol. 60. Madrid: BAE, 1952.

[6] Sobre este tema véase el interesantísimo artículo de Ruth El Saffar, “Self and Other in Some Spanish Golden Age Texts” en Hispania., 75-4, 1992. p.862-73. El Saffar trata de la formación de Yo que se define por oposición a un Otro que acarrea la culpa, el mal, el deseo, el dolor etc. Estudia la autobiografía de Santa Teresa y, en particular, la relación entre transformación espiritual y escritura “Teresa writes of being afraid of losing her mind, of weeping so much she thought she might go blind, of experiencing a sense of pain and loss so acute as to be beyond description at this period in her life. Distinguishing her from so many long forgotten visionaries and witches set to trial and condemned, however, was the requirement that she write. The act of transforming experience into image and word has the effect of creating a container for the otherwise inchoate self. In the successive acts of writing her life, Teresa was forced to gather together the fragments of a being, and to create a place of her own on which to stand.”(Hispania 869)

[7] Algunos estudios sobre autobiografías en la España del Siglo de Oro:

Spanish Golden Age Autobiography in its context . Rainer H. Goetz New York: Peter Lang (Romance Languages and Literature Series II, vol.203), 1994.

La autobiografía española hasta Torres de Villarroel de Randolf D. Pope. Frankfurt : Peter Lang, 1974. Ambas ofrecen materiales y análisis muy valiosos, aunque ninguna de las dos trata la autobiografía de Luisa de Carvajal y Mendoza. Goetz, en su capítulo “Mucho deseo conoceros y conocerme”, trata la autobiografía de Ribadeneira, dentro de la tradición agustiniana, y da información pertinente para la comprensión de los escritos de Luisa de Carvajal en su contexto religioso y dentro de la estética jesuítica de invitación al martirio.

Y finalmente, el capítulo sobre una lectura posmodernista de la obra teresiana de Patrick Dust: “A Methodológical Prolegomenos to a Post-Modernist Reading of Santa Teresa’s Autobiography” en Autobiography in Early Modern Spain. Ed. Nicholas Spadaccini and Jenaro Talens. Minneapolis: Hispanic Issues, The Prisma Istitute, 1988.

[8] En la antología de escritores de prosa que influyen en el Barroco, Jorge Checa habla de la importancia de la de las formas externas de adoración, de lo sensorial y de la preferencia por la imaginería vívida y macabra.

[9] En el análisis que Smith hace de las visones teresianas utiliza el aparato crítico de Julia Kristeva y Luce Irigaray. A la pregunta que se plantea sobre la dicotomía de la lectura femenina/ simbólica en la escritura de la mística abulense: “How, then can we read the texture of Teresas’s writings in a womanly or semiotic way? Smith aprecia finalmente que no es posible diseccionar ambos conceptos:“The semiotic and the thetic are inseparable.” (Smith 26)

 

OBRAS CITADAS

Carvajal y Hurtado de Mendoza, Luisa. Escritos autobiográficos de la Venerable Luisa de Carvajal. Barcelona: Juan Flors, 1966.

Cruz, Anne. “Luisa de Carvajal y Mendoza y su Conexión Jesuita”. Actas Irvine-92. Asociación Internacional de Hispanistas. v. II. La mujer y su representación en las Literaturas Hispánicas. Ed. Juan Villegas. Irvine: University of California, 1994.

Checa, Jorge. Barroco Esencial. Madrid: Taurus, 1992.

El Saffar, Ruth. “Self and Other in Some Spanish Golden Age Texts”. Hispania., 75-4, 1992. p.862-73.

León Fray Luís de. La perfecta casada . Ed. Javier San José Lera. Madrid: Espasa, 1992.

Ribadeneira, Pedro de. Obras escogidas del Padre Pedro Ribadeneira. Ed. Vicente de la Fuente. Biblioteca de Autores Españoles. vol. 60. Madrid: BAE, 1952.

Smith, Paul Julian. The Body Hispanic: Gender and Sexuality in Spanish American Literature. Oxford: Clarendon Press, 1989.

 

© M. García-Verdugo 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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