Sobre el arte de la representación
Entrevista a Gustavo Sainz

Guadalupe Ángeles


 

   
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A quienes leemos sus libros con avidez, nos pareció un acierto el que hubiesen premiado la novela de Gustavo Sainz “A troche y moche” por partida doble este año (para su publicación en francés y el Premio Colima), con ese pretexto, tengo la fortuna de encontrarlo (como casi cada año) en los pasillos de la Feria Internacional del Libro, y le pido que conteste a ese cuestionario que redacté en cuanto terminé de leer la novela hace unos meses, me dijo que sí, y la conversación nos fue llevando por caminos, como siempre en las buenas conversaciones, inesperados. He aquí nuestras palabras:

G.A -¿Cuándo descubrió, y cómo, su vocación de escritor?

G.S. -Esa pregunta puede ser muy larga de contestar ¿eh?

G.A. -Tenemos noventa minutos.

G.S. -Bueno, yo cuando era pequeño, como a eso de los diez años, vi que había un concurso de la embajada argentina en México para escribir una biografía del General San Martín, que es el Miguel Hidalgo de Argentina, yo participé y gané el premio, quinientos pesos.

G.A. -¿A los diez años?

G.S. -A los diez años. A los doce, hice un editorial para el periódico que se llamaba “Adiós escuela mía”, porque había terminado la primaria y lo llevé al periódico El Universal, allí me lo publicaron en la página editorial. Yo quería ser escritor. En la secundaria, hacía el periódico, hacía cuentos, hacía cartas de chiste, hacía un periódico mural y conocí a mis primeros amigos escritores, que me llevaron con Elías Nandino, con él hicimos una revista que se llamaba “Estaciones” de la que salieron veinte números, y todo el grupo, ahora son escritores famosos; éramos: Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo, Elena Poniatowska, José de la Colina y yo. Todavía no publicaba nadie nada, en esos años, antes de que yo cumpliera veinte, o cuando cumplí veinte, salieron las primeras plaquetes de Sergio Pitol: “Victorio Ferri cuenta un cuento” y de José Emilio Pacheco que era de dos cuentos. El escritor más formado de todos nosotros era José de la Colina, que había publicado “Cuentos para vestir a la muerte”.

Yo quería hacer una novela, sufría mucho porque no sabía cómo hacerla, cuál era mi lengua, la estructura que debía seguir, e hice una novela que al principio tenía muchos títulos, cuando pedí la beca del Centro Mexicano de Escritores se llamaba: “Muchacha sobre espejo de mano roto”, después se llamaba “Conejo extraordinario”, luego “Los perros jóvenes”, y cuando la entregué ya se llamaba “Gazapo”, el libro tardó dos años en salir, historia que cuento en otro libro que se llama “Quiero escribir pero me sale espuma”.

G.A. ¿Ese fue el segundo libro?

G.S. -No, esa historia la cuento después en ese libro. Que es la historia del escritor sin libro publicado, y cuando salió “Gazapo”, pues todo cambió realmente, porque se volvió un libro de mucha venta, se tradujo a muchas lenguas, ello llevó a que editores de otros países me presionaran para que escribiera otra novela.

G.A. -¿Del mismo corte?

G.S. -Pues no del mismo corte, no condicionaban nada. Yo hice una novela muy cerebral, muy extraña, que se llamó “Obsesivos días circulares” (que acaba de ser reeditada por Alfaguara) y ya en ese momento no podía echar marcha atrás, ya era un escritor.

G.A. -¿Pero lo eras felizmente, porque decir “…marcha atrás…”?

G.S. -Pues lo era… mira, mi libro “Gazapo” se tradujo a catorce idiomas, viajaba mucho a Estados Unidos a dar conferencias, a la República Mexicana a dar conferencias, vivía como escritor perfectamente.

Mi tercera novela fue un éxito más rotundo todavía, fue: “La princesa del palacio de hierro”, que salió en el año 1974, ganó el premio Xavier Villaurrutia, y se volvió un libro así, que, no tienes idea, todo mundo lo ha leído, es un libro famosísimo, acaba de salir otra vez en Alfaguara.

G.A. -¿Si existe “La vestida de hombre”?

G.S. -Si existe La vestida de hombre, y El verde y el Guapo guapo y las Tapatías también.

Después de allí ya siguió “Compadre Lobo”, “Fantasmas Aztecas” y muchas más, hasta dieciséis con “A troche y moche” que es la última. Aunque la catorce todavía no ha salido.

G.A. -¿Cómo se llama?

G.S. -“A rienda suelta”.

G.A. -¿Por qué no ha salido?

G.S. -Pues por diferentes razones, la tenía Plaza Janés, pero yo le quité todos mis libros a Janés para que me los hiciera Alfaguara, entonces esa novela quedó flotando, cuando iban a publicar esa, yo traía “A troche y moche”, les gustó más e hicieron esa.

G.A. -Aunque parece que ya está contestado ésto, va: ¿tuvo siempre claro que el camino del arte era el suyo, o hubo algunas otras ramas del conocimiento humano que lo sedujeran como para dedicar su vida a ellas?

G.S. -Había muchas otras: dibujaba muy bien, diseñaba portadas de libros, hacía historietas, y el dibujo me llamaba mucho la atención, pero resulta que, haz de cuenta que yo hacía un dibujo que me tomaba tres, cuatro días hacerlo, y lo vendía, en digamos, ciento cincuenta pesos, y hacía un artículo en quince minutos y lo vendía en ciento cincuenta pesos.

G.A. -Usted debe haber sido un gran lector desde muy joven para ser un escritor con esa facilidad para escribir.

G.S. -No, pues no es ninguna facilidad, pero es el precio, es lo que tú pagas por pensar y reflexionar y querer aprender a escribir. Yo desde muy chico… mi papá era periodista, y yo hacía en cuarto año de primaria una revistita, en hojas dobladas y luego cortadas y engrapadas, así chiquititas, que se llamaba “Las aventuras del flaco anemia” (porque yo era muy flaquito), la hacía dibujada y con textos, luego hice unas cosas que ahora me impresionan: un libro sobre la Independencia de México.

G.A. -Yo tengo ese libro.

G.S. -No, este es el libro de notas de mi libro, que indudablemente existe, que nunca he publicado.

G.A. -Pero ¿cómo se llamó?

G.S. -Así se llamaba “La Independencia de México”, donde yo te cuento toda la independencia de México, como en trescientas páginas en verso, rimadas.

G.A. -¿Lo escribió cuándo?

G.S. -Cuando tenía dieciséis años. Luego hice una novela “Con tinta sangre del corazón” que se agotó y no ha salido de nuevo, que son las notas de pie de página de esa versificación que yo hice hace mucho.

G.A. -Esa es la que yo tengo. Aunque al escucharlo hablar de su padre, pudiéramos considerarlo así, ¿en su etapa de formación tuvo algún maestro al que pudiera atribuirle su interés en la literatura?

G.S. -Tuve muchos. El otro día le contaba a una amiga que en la universidad me inscribí en la clase de teoría literaria, el maestro era Agustín Yáñez, que era el Ministro de Educación Pública, yo era su único alumno, le decía: ¿pero cómo viene Usted desde el centro de México hasta la ciudad Universitaria, a darme clases sólo a mí?, pues mejor yo voy a su oficina, él decía: No, no, tiene que ser aquí en la Universidad. Y luego cuando se acababa la clase, me iba en su coche con su chofer, me llevaban a mi casa. Así un año, cada semana conversando con Agustín Yáñez, era maravilloso; pero también le contaba otra cosa, porque mi amiga hizo su tesis sobre Guadalupe Dueñas.

G.A. -Sí.

G.S. -Le dije, fijate, con Guadalupe Dueñas, he llegado a pensar que estuve casado, porque…

G.A. -“Todos los días iba al cine con ella durante un año…”

G.S. -¡Nueve años!

G.A. -¿Nueve años?

G.S. - De lunes a viernes todos los días fui al cine con ella.

G.A. -¿Y luego por qué no tuvieron hijos?

G.S. -Bueno, porque apenas nos tocábamos, pero cómo nos reíamos juntos, nos reíamos mucho. ¿Es mucho, verdad?

G.A. -Toda una vida.

G.S. -Como secreto te contaré que la infancia de Amparo Carmen Teresa Yolanda de “Compadre Lobo”…

G.A. -Es la de Guadalupe Dueñas.

G.S. -Es la de Guadalupe Dueñas.

G.A. -No es secreto, lo vamos a publicar.

G.S. -Bueno, hasta hoy era secreto.

G.A. -¿Alguna vez se preguntó (o sintió) que ser escritor en México era una actividad con la que tuviera que pelearse de algún modo?

G.S. -Yo creo que no hay actividad en la que no te pelees, ser escritor implica luchar con la expresión, luchar con la estructura, luchar con el público, con los editores, con el mercado, pero sobre todo luchar con las maneras de la representación, con las maneras de decir, con los innumerables lenguajes que tiene la sociedad ¿no?, así que yo te diré que no hay profesión tranquila realmente, y sigue la repostería.

G.A. -Bueno, ¿pero se pelea más en México o en el extranjero?

G.S. -En todas partes es igual. Mira, un escritor no puede tomar el lenguaje como le viene, tiene que castigarlo, tiene que fustigarlo, tiene que cambiarlo, tiene que alterarlo, tiene que festejarlo, esa es una lucha que a veces le lleva la vida.

G.A. -Entonces no hay facilidad implícita.

G.S. -No, para nada. Claro que, te diré, hoy estaba en la mesa de los caricaturistas y estaba Sergio Aragonés y una mujer que no conocía pero que me cayó muy bien: Maitena, ella dijo: “yo empecé a dibujar y pensé que eso era lo que me gustaba y que no tenía que trabajar”, como si el dibujo no fuera trabajo, entonces, eso no se puede decir de la literatura.

G.A. -Claro.

G.S. -Porque a ti, te cuesta trabajo empezar, te cuesta trabajo terminar, te cuesta trabajo corregir, te cuesta trabajo adjetivar, desadjetivar, etcétera, etcétera.

G.A. -¿Cuáles fueron las diferencias -si es que existen- que notó al ser escritor en México y serlo en el extranjero?

G.S. -No las puedo notar, porque yo soy escritor mexicano hecho en Estados Unidos también, y tengo un respeto de muchas comunidades por ser eso, entonces no noto ningún cambio, lo que sí noto, en cambio, es que México es un país único, porque no hay ningún otro país en el mundo donde el escritor tenga el papel social que tiene en México.

G.A. -¿Cuál es el papel social del escritor en México?

G.S. -¡Es totémico! Un escritor vale como el presidente de la República. Si García Márquez dice una cosa, tapa a Fox, si Carlos Fuentes, Octavio Paz dice una cosa, tapaba al Papa.

G.A. -Pero siempre y cuando tengan cierto prestigio ya ganado.

G.S. -Bueno sí, pero eso lo ha ganado por el público de México. Los escritores quebequenses me decían que era increíble la gente que venía a la Feria del libro aquí en Guadalajara, que en Canadá jamás irían mamás con hijos a la Feria del libro.

G.A. -Pero, por ejemplo, todos éstos jóvenes, ¿vendrán porque admiran a los escritores o porque los mandan de la prepa?

G.S. -Pues una y otra cosa, y como los mandan de la prepa a lo mejor cuando sean grandes de veras les gusta ¿verdad?

G.A. -Bueno.

G.S. -A mí me hubiera gustado que me hubieran mandado de la prepa, yo estuve en una prepa que era más bien aburrida.

G.A. - Hablando de esto, el placer derivado de la contemplación y/o ejecución de cualquier tipo de arte, ¿le parece puede ser accesible a todos, en nuestro país todavía se pudiera hablar de “una cruzada para estimular el acercamiento a las artes”?

G.S. -Sí, y se hace todos los días, pues tú mira los periódicos de esta semana, hablan de la FIL todos, la televisión, también, esos espacios culturales no los hay en las otras sociedades, en Estados Unidos no lo ves nunca, jamás.

G.A. -¿No hay ningún interés en la cultura?

G.S. -Ningún interés, los escritores son “Don nadie”, no importan.

G.A. -Están en un mundo muy aparte.

G.S. -Sí, no tienen vigencia social, mira, aquí yo fui a la prepa de ella (me señala a su amiga M. y M.), allí la conocí, en Estados Unidos ¿tú crees que voy a ir a un High School, o no yo, un escritor norteamericano? Nadie. No se les ocurre. Yo hice toda la escuela pensando que el único escritor mexicano que había era Sor Juana Inés de la Cruz. Imposible que en la escuela nos hubieran puesto a leer a Juan Rulfo o a Carlos Fuentes. Ahora los ponen a leer eso, hace una diferencia notoria.

G.A. ¿Cree que el trabajo del escritor es egoísta por su esencia?

G.S. -Pues sí, ¿no? Depende del escritor, por ejemplo yo sí, porque si yo escribo, pues, hago una vida asocial, y no me traiciono nunca, porque si no, sería actuar de mala fe, entonces, te diré, todos los días aquí en la FIL me invitan a fiestas y yo nunca puedo ir...

G.A. -¿Porque está escribiendo cuando está en la FIL?

G.S. -No, pero estoy reflexionando, estoy meditando, y aparte tengo un ritmo de vida que me impide desvelarme. Es una especie de compromiso y de respeto que tú tienes por tu profesión y no estoy jugando a ser escritor, digamos, lo tengo que asumir con responsabilidad. Necesito levantarme todos los días temprano porque me gusta trabajar en las mañanas, acostarme por las noches temprano y no excederme.

G.A. -Eso suena muy coherente.

G.S. -Es mi compromiso con mi tarea, que asumo.

G.A. -Considera, o alguna vez en su vida, ha comprobado que alguna acción de los intelectuales ha repercutido de manera favorable en alguna problemática social.

G.S. -Miles de veces. Por ejemplo, la guerra de Vietnam la detuvieron los estudiantes universitarios norteamericanos. Por ejemplo, la mitologización del año 68 en México la hicieron los intelectuales mexicanos, y así como eso, mucho.

G.A. -¿El once de septiembre?

G.S. -El once de septiembre, eso pasó allá, no te puedo decir, está demasiado cerca.

G.A. -Susan Sontag algo dijo por allí.

G.S. -Pero ella está en contra de Bush, yo también, Gore Vidal también dijo, y muchos intelectuales, pero no son mayoría, son como una minoría marginada, y lo que te digo, si eso hubiera pasado en México, y habla Carlos Fuentes, es la catástrofe, sobre todo si habla con honestidad y rebeldía.

G.A. -Se supone que sí lo hubiese hecho.

G.S. -Sí.

G.A. -¿Necesitan tener un rumbo fijo las novelas, o pueden ser hijas naturales de la digresión más pura?

G.S. -Hay muchas definiciones de novela. Te voy a contar la de Camilo José Cela, que es la que me gusta más: Si un libro se puede quedar paradito así (éste no se puede quedar, este no es novela), pero si se queda paradito, es novela.

G.A. -¿Porque tiene que ser gorda, o por qué?

G.S. -No, también las delgaditas se quedan paradas.

G.A. -Eso de que se queden paradas es una metáfora ¿a ver?

G.S. -No, no, es un chiste muy bonito de Camilo ¿no? Nadie sabe qué es una novela. De veras nadie lo sabe.

G.A. -¿Entonces cómo dicen que está muerta?

G.S. -Nadie ha dicho que esté muerta, eso tú lo inventas. Pues después de que se murió la novela nació la novela-novela, la nueva novela francesa, la antinovela.

G.A. -¿Ya ve que sí se murió?

G.S. -No, mira, lo que pasa es que yo como escritor tengo que seguir la obra de los escritores que me precedieron, los autores que me precedieron son: Martín Luis Guzmán, de hecho Rulfo, Arreola, hasta Fuentes, yo tengo que decir lo que ellos no pudieron decir, y aprender y tratar de decirlo de una manera diferente a como lo habrían dicho ellos. Las formas que adopta mi texto tienen que ser diferentes a las que ellos adoptaron, y sigue siendo novela porque sigue siendo narración, sigue siendo drama.

G.A. -Hay la trama.

G.S. -Sigue siendo entramado (¿si conoces la palabra rizomático?), es como las ramas de un árbol: hay un tema central, y hay muchas disgregaciones hacia todas direcciones. La novela que a mí me gusta, lo que más me gusta es la lucha con la lengua que tiene el escritor, y luego que en vez de una historia única: encuentran el tesoro, o se divorcian después de años de pelear, hay mil y ocho historias, muchisísimas, como la vida misma pues. Esas son las que me interesan más.

G.A. -Eso me recuerda que alguna vez fue llamado “El príncipe de la digresión” (sólo se ríe al recordar el sobrenombre inventado en su novela “A la salud de la serpiente”). Ahora, después de la experiencia de la lectura de “A troche y moche” (publicada por la editorial Alfaguara, de la cual ya se encuentra en las librerías la segunda edición, ya que la primera, editada en 2002 se agotó y fue de cinco mil ejemplares), y si se tratara de establecer una ecuación que favoreciera la plenitud de la existencia, cree que debería destinarse el 50% del tiempo a la actividad física y el mismo 50% a las tareas de la mente: reflexión, lectura, adquisición de conocimientos, etc., o habría que dar un mayor porcentaje al pensamiento?

G.S. -No lo había pensado por porcentajes, yo había pensado que todo niño tiene que cuidar a un enfermo, cuidar una viejita o un viejito y pasar unas horas al día escribiendo en su cuaderno lo que hizo en ese día y que eso es muy bueno para su crecimiento moral y emotivo. De manera que sí, hay que estimular el pensamiento crítico, estimular el cuestionamiento. Yo a mis hijos lo primero que les hice aprender a ver fue el cine complaciente, a prever lo que va a pasar en la película que estamos viendo, porque siempre pasa lo mismo.

G.A. -En el cine comercial.

G.S. -Así van aprendiendo a cómo hacer la crítica de lo que están viendo. Y con mis estudiantes, leemos una novela, luego leemos la crítica que ha recibido esa novela y luego criticamos la crítica que hicieron los críticos a la novela.

G.A. -¿Y en cuánto al ejercicio físico?

G.S. -Yo no estoy en contra del ejercicio físico, pero siempre que me dan ejercicios, me acuesto hasta que se me pasan las ganas de hacer ejercicio.

G.A. -¿Qué le llevó a escribir “A troche y moche”?

G.S. -Iba en un coche con cuatro de mis estudiantes graduadas, habíamos ido a una conferencia a Kentucky, y ya nos regresamos en la noche, un poco cansados todos, y como yo no quería que se me fueran a dormir, porque yo me iba a dormir también, y yo iba manejando, les inventé la historia del escritor que ganaba un premio y lo secuestraban y así las tuve muy entretenidas hasta que llegamos, pero estaban tan contentas con la historia que dije, bueno, la voy a escribir.

G.A. Pues sí, si ese éxito tuvo con ellas.

G.S. -La escribía y les daba a ellas los capítulos. Decidí hacer un capítulo cada viernes, iban a mi oficina por él y se lo llevaban, me lo regresaban el lunes y me decían qué les había parecido. Y así la hice.

G.A. ¿En cuánto tiempo?

G.S. -En nueve semanas.

G.A. -¿Pasó algún tiempo con los ojos vendados para escribir esta novela?

G.S. -No, pero yo una vez hice una editorial, de que por qué nos daba tanto gusto que alguien se escapara de la cárcel, siempre es noticia de primera plana, siempre son unos héroes los que se escapan, porque todos nosotros queremos escaparnos de una cárcel, que es nuestro cuerpo, nuestra salud, la relación cohercitiva, nuestro estrato económico, el monolingüismo, la incultura, siempre estamos en una cárcel, nuestro vicio por el alcohol o por el cigarro, la mota, por lo que sea, entonces, ese es el secuestro, eso es lo que nos tiene invalidados de salir y no sabes quien te propició eso, quien te encerró allí, incluso puede ser hasta una sexualidad, eso es lo que, digamos, mi novela metaforiza, mediante una línea narrativa que, ya una vez puesta a contarte la historia del escritor, pues empieza a reflexionar sobre la oscuridad, la soledad, la muerte, el sufrimiento, la cultura, porque él se pregunta ¿para qué he leído tanto si no puedo ni desamarrarme el antifaz, la venda de los ojos, de qué me sirve mi Schopenhauer a esta hora, que tengo ganas de ir al baño y no me puedo ni levantar?

G.A. -Qué triste. ¿El desdichado escritor protagonista de esta historia, vivía en su pensamiento para no vivir en su cuerpo?

G.S. -Sí, eso me gustó mucho, porque lo gozaba mucho cuando lo estaba escribiendo, me gustó por ejemplo que él pensara cómo se han muerto los escritores que a él le gustan, y que empezaba a contar sus muertes, o que él pensara en cómo se ha medido el tiempo a lo largo de los años, quien hizo el calendario que tenemos nosotros.

G.A. -Asumiendo que es una mentira el tiempo.

G.S. -Asumiendo que es una mentira y que no podemos dejar de signarlo, de medirlo.

G.A. -Este libro contiene cláusulasy frases de alto contenido filosófico, para los lectores poco avezados en estas cuestiones, ¿cree que les será revelada la íntima conexión que poseen filosofía y vida?

G.S. -Entre Filosofía y Literatura yo diría ¿no?, yo no diría “alto contenido filosófico”, simplemente, hay muchas frases reflexivas, y la novela, en efecto, comienza diciendo que el infinito está dentro de nosotros y no afuera, hay un cuestionamiento también del cuerpo, y de la sensualidad, y de todos los temas que yo consideré centrales para esto, pero sobre todo el silencio y la oscuridad.

G.A.- Muy becketiano.

G.S. -¿Será? Pues no se me ocurrió pensar en Becket, aunque me gusta mucho la prosa de Becket, es uno de los escritores que más me gusta. Es una influencia subrepticia Becket.

G.A. -¿Si fuera un crítico literario, cómo definiría “A troche y moche”?

G.S. -Qué complicado. “Otra jalada de Sainz”.

G.A. -Fácil y concreto.

G.S. -Básicamente me centraría en la novedad. Mira, es una novela llena de lo que llamamos “elipsis”, puesto que yo no te cuento casi nada, pero tú descubres cómo está él, dónde está, todo lo vas descubriendo, tú, sin que él te lo de y bueno, ese como primer truco, luego, segundo truco, la enorme cantidad de historia de la literatura que allí se vierte, y bueno, solos se van sumando como los subtemas, yo te podría hacer un tratadito de la soledad, o del silencio, o de la oscuridad, nada más reuniéndote todas las frases en ese libro que se refieren a eso.

G.A. -(Buen trabajo de tesis.) Si le preguntara al escritor que vive en esta novela, si cree que el pensamiento sostiene la vida, estoy segura de que me contestaría que sí, aunque mi seguridad sea sólo conjetura de lectora, es por eso que le hago a Usted la pregunta: ¿cree que el pensamiento sostiene la vida?

G.S. -Sí. Esto realmente no lo sé por mí mismo, pero, yo leí una novela de un tipo que se apellida London, que se llamaba “La Confesión”, sobre los prisioneros de Stalin, y estos prisioneros, como defensa para sobrevivir, trataban de mantenerse pensando, para mantener su circulación y su corazón palpitando empezaban a pensar en lo que fuera, pero no había que dejarse ir, digamos.

G.A. -¿Había que mantener controlada...?

G.S. La mente.

G.A. -La idea que fuera surgiendo.

G.S. -Sí, eso fue algo de lo primero que leí sobre el tema, lo leí como en 1960 y me quedó muy grabado. O sea que si yo estoy insomne, pienso pienso pienso hasta que ya me vence el cansancio. Verás, estaba abriendo el libro de Fábulas pánicas de Alejandro Jodorowsky y tiene una muy bonita, que va con un niño del brazo y le dice el niño ¿Que es la soledad? La soledad es el hombre que no sabe estar consigo mismo.

G.A. -Jodorowsky es un psicoanalista.

G.S. -Sí. Pero está muy bien visto ¿no? Yo sí sé estar conmigo mismo, yo puedo estar solo mucho rato y estoy pensando, aparte estoy desarrollando cosas que luego voy a aplicar.

G.A. -En su trabajo como escritor.

G.S. -Sí. Exactamente.

G.A. -El hecho que se narra en la novela se resume en apenas un par de palabras, al igual que “Beber un cáliz” de Ricardo Garibay (“Alguien muere”, en ese caso), sin embargo, “A troche y moche” alcanza las 199 páginas, ¿podría decirse que esto significa: su amor por la palabra, la importancia que da a la reflexión o, que entiende la vida como un corpus de sentencias que le dan significación al hecho de estar vivo?

G.S. -Sí. Está bonita tu idea porque, ¿qué harías tú sin la idea del nacimiento que tenemos todos, o sin la idea de la creación del mundo, o de Dios, o los mitos que fundó la cultura mexicana, desde el gran Teocalli hasta el pulque y el maguey, la Virgen de Guadalupe y Miguel Hidalgo y Cuauhtemoc, pues no seríamos nada, es decir, somos orgullosamente mexicanos porque tenemos todas esas historias, todas esas sentencias, esas reflexiones, todas esas estatuas...

G.A. -Que son símbolos que nacen del pensamiento.

G.S. -Y que nos dan nuestra idiosincracia, o sea, nuestra diferencia con los demás. Entonces mi libro, por una parte se puede resumir en dos líneas, pero al mismo tiempo no se puede resumir en dos líneas porque todo vale, ya las ciento noventa y nueve páginas son la sinopsis de un libro enormemente más grande.

G.A. -Me causó gran maravilla descubrir que haya contado algo de manera lineal y al mismo tiempo de una manera ávida, como si la novela fuera un viaje desde un punto hasta otro, pero disparándose a ratos en muy diversas direcciones, ¿existe un nombre para esta estructura narrativa?

G.S. -No, pero es la manera de narrar de muchos narradores que a mí me gustan, por ejemplo Jorge Semprún, un español, es así: yo te estoy contando una historia, pero para contarte esta historia, en el diálogo que hemos mantenido desde que estamos juntos, ella ya te contó otra historia, ya te conté como la conocí a ella, ya hablamos de otros libros de antes que no tenían nada que ver con esta entrevista, nosotros mismos nos disgregamos; entonces en mi novela, trato de mantener un hilo narrativo, a donde van entrando flash-backs, o sea, recuerdos de antes, y flash-aheads, o sea vaticinios de lo que puede pasar, visiones a futuro.

G.A. Pues rizomática, como hace rato dijo. ¿Es una novela rizomática? ¿Una novela que presenta cierta “arboración”?

G.S. -Esta estructura se define como las ramas de árbol, la hizo Guartari, para explicar algunas novelas, esto es un rizoma, entonces, hacer un libro con esta estructura es rizomático, ¿qué es esto? es una línea central a donde se van abriendo otras líneas.

G.A. -De hecho, casi todas sus novelas son así ¿no?

G.S. -Sí.

G.A. -Al iniciar el trabajo de creación de esta novela, o al finalizarlo, ¿cree que se le pueda definir con las palabras de Sergio Pitol (tomadas de “Soñar la realidad”)?: “…un acto semejante al de tejer y destejer varios hilos narrativos arduamente trenzados donde nada se cierra y todo resulta conjetural; será el lector quien intente cerrarlos, resolver el misterio planteado, optar por algunas opciones sugeridas: el sueño, el delirio, la vigilia.”

G.S. -Sí. Es muy bonita cita de Sergio y estoy de acuerdo completamente.

G.A. -Sí, aparte, creo, ya me lo dijo de otra manera. ¿Considera que sus novelas son como bolas de fuego que lanza a los lectores?

G.S. -Bueno, para algunos lectores, no para todos, pero para algunos.

G.A. -Para los que tienen mayor práctica con el fuego no. ¿Alguien le ha reclamado el haber sido incendiado por sus páginas?

G.S. -Sí.

G.A. -¿Como reclamo?

G.S. -Como reclamo y a veces como agradecimiento. Los primeros eran gente que me decía que se había enamorado con Gazapo, que le habían puesto Gisel a su hija por Gazapo y cosas así por el estilo, o que se veían, que yo había contado su vida en “Quiero escribir pero me sale espuma”, que él también es un escritor sin libro publicado, en fin, siempre hay gente que llega a contarte cómo le moviste el tapete.

G.A. -¿Cómo definiría al Arte de la Escritura?

G.S. -Yo te diría: “juguemos al arte de la representación”, sin copiar ningún modelo, tratando de inventar la representación.

G.A. -¿De inventarla?

G.S. -De inventarla, porque mira, si tú piensas: ¿cómo representaban los aztecas?, pues en círculo, al contrario de las manecillas del reloj, se lee el calendario azteca, y ¿cómo representaban los japoneses? Como historieta, el retrato de un viejito, no es el retrato de tu credencial, sino es el retrato de cuando nació, cuando fue a la escuela, cuando le dieron un perro, cuando fue a pescar, cuando se murió su abuelita, cuando fue a la universidad, cuando hizo el servicio militar, y lo tienes que ver de cierta manera y luego, en sesenta viñetas, lees toda la vida del viejito y ese es su retrato. Las cámaras kodak te toman así de frente, con cara de estúpido, para tu credencial, ese es otro recurso. El cine americano inventó lo que se llama “plano americano” que es de las rodillas para arriba, o el cine de estrellas, el Star System inventó solamente las caras de los actores, todo el tiempo, para que tú vayas a ver al actor, no te importa la película, nada. Entonces, tú vas encontrando que hay muchas maneras de representar, en la pintura los expresionistas, los cubistas, Picasso, Giacometi, Cuevas, los caricaturistas, todos estamos representando lo mismo, estamos representando al género humano, pero cada escuela, cada movimiento, cada persona, tiene que encontrar su manera de representar, entonces en la escritura también tienes que hacer lo mismo, tú no puedes escribir como Kafka, serías una parodia, o como Borges, o como Julio Torri, tú tienes que inventar tu manera. Hay algunos escritores mexicanos muy buenos entre los jóvenes, como Elmer Mendoza, Luis Humberto Croshwhite, Mario González Suárez, Cristina Rivera Garza, y otros.

G.A. -Pues gracias. Después de esta entrevista volveré a leer “A troche y moche” para encontrar los trataditos que encierra.

 

© Guadalupe Ángeles 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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