Francisco A. Flores, Juan José Arreola
y El hímen en México

Felipe Vázquez
Universidad Nacional Autónoma de México
felipevazquez@yahoo.com


 

   
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La desconstrucción del género literario

Desde el título de cada libro, la propuesta escritural de Juan José Arreola (1918-2001) anuncia que no sólo juega a ser otra escritura sino que vuelve siempre sobre sí misma y que, al tomar conciencia de sus estrategias de enunciación, sabe sonreír con la gracia de quien ha dado un salto mortal perfecto. Además de ser un tejido armonioso que incluye diversas redes culturales, en la obra del autor de La feria (1963) converge una variedad de registros genéricos. Los márgenes del cuento, el poema en prosa, la parábola, el aforismo, la carta, el diario íntimo, la noticia periodística, la novela, el anuncio comercial, la reseña, la entrevista, el ensayo, la glosa, el epitafio, la receta de cocina, el epigrama, la filípica, etcétera, se interpenetran y producen formas híbridas. Desde el punto de vista de los géneros literarios, esta escritura es de frontera: un mismo texto participa siempre de dos o más géneros. Por otra parte, dicha textura semeja un preciso y delicado instrumento cuyos hilos hacen resonar, al mismo tiempo, la sátira y la tragicidad de un hombre que ha tocado las raíces del desengaño. Si el texto además incluye un poderoso coeficiente poético, diremos que la escritura arreoliana se instala en un más allá de sí; desde esta perspectiva, cumple una de las leyes de la poesía: el poema será siempre otro poema. La precisión de este tipo de máquinas verbales se logra -en ciertos casos- a partir de mecanismos desconstructivos; mecanismos que, a su vez, producen una ambigüedad de alta tensión.

 

Un médico positivista y romántico

En este ensayo quiero acercar el lente crítico hacia una máquina desconstructiva que se mimetiza en la forma de una reseña científica. A diferencia de Borges y Lovecraft -por citar a sólo dos glosadores de libros inexistentes-, Arreola no siempre necesita inventar un libro ni a su autor, ni el contexto social e intelectual del lugar y la época en que quiere situar la narración; al contrario: toma el libro y al autor de la realidad y, al hablar de ellos, crea una atmósfera cuya ironía hace que dicho autor y su obra ingresen en un plano de sarcástica irrealidad. Me refiero a "El himen en México", aparecido en Palindroma (1971), texto que parece la reseña de un tratado médico legista del mismo título, escrito por Francisco A. Flores a fines del siglo XIX. Como señalaré párrafos abajo, no pocos lectores y críticos han supuesto que el libro reseñado en ese cuento es ficticio y han escrito ensayos que versan sobre la invención del libro en el libro. Hallé el tratado de Flores en la biblioteca del Museo de la Medicina Mexicana; no sabía que unos años antes Gerardo Deniz y José de la Colina habían descubierto, a su vez, un ejemplar en la Biblioteca de México. Reproduzco el pie de imprenta a partir de la portada:

El hímen en México. Estudio hecho con unas observaciones presentadas en la cátedra de medicina legal en la Escuela de Medicina el año de 1882 por Francisco A. Flores, profesor en Farmacia, alumno de la misma escuela, socio correspondiente de la Academia Náhuatl y miembro de las sociedades Mexicana de Historia Natural y de la Médica “Pedro Escobedo”. México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, calle de San Andrés núm. 15, 1885 [104 pp. + XVI láminas].

Francisco de Asís Flores y Troncoso nació en Silao, Guanajuato, el 4 de octubre de 1855 y murió en la ciudad de México el 2 de octubre de 1931. Los investigadores no se han puesto de acuerdo en el año de su nacimiento. El diccionario de Historia, biografía y geografía de México editado por Porrúa y la Enciclopedia de México registran que nació en 1852. En Historia y medicina. Figuras y hechos de la historiografía médica mexicana (1957), el doctor Germán Somolinos D’Ardois calcula que nació en 1853. Y Juan Somolinos Palencia, en su tesis titulada Francisco Flores, primer historiador de la medicina mexicana. Su vida, sus escritos y la trascendencia de su obra (1962), luego de cotejar documentos académicos y burocráticos, concluyó que Flores había nacido en 1855. A los 16 años recibió su certificado de estudios en farmacia; en 1878 ingresó en la Escuela Nacional de Medicina para cursar la carrera de médico cirujano; y a los pocos meses se inscribió en la Asociación Metodófila Gabino Barreda (fundada en 1877), donde fue iniciado en la filosofía positivista; recordemos que Barreda fue discípulo de Auguste Comte, autor del Cours de Philosophie Positive (1839-1842). Al estudioso de la literatura mexicana quizá le agrade saber que Francisco de Asís fue primo del poeta Manuel M. Flores (quizá más conocido hoy por su relación con Rosario de la Peña que por sus versos) y gran amigo de Juan de Dios Pesa; como ellos, escribió poemas y una novela (inédita) que, acorde con la moda del romanticismo francés, tituló Leonor. Publicó artículos literarios, políticos y científicos en El Siglo XIX, El Diario del Hogar, El Combate y El Imparcial. En uno de sus ensayos y con base en las teorías cosmogónicas de Laplace, sostuvo la hipótesis de “La unidad de la materia”. Y como tesis recepcional presentó la tal vez primera summa historiográfica de la medicina mexicana. Reproduzco el pie de imprenta del primero de los tres tomos de su obra:

Historia de la medicina en México desde la época de los indios hasta la presente, obra escrita por Francisco A. Flores, profesor en Farmacia, socio correspondiente de la Academia Náhuatl, miembro de la Sociedad Mexicana de la Historia Natural y de la Médica “Pedro Escobedo” y autor de la monografía médico-legal “El Hímen en México”, con un prólogo del Dr. Porfirio Parra, tomo I. México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, calle de San Andrés, núm. 15, 1886.

Además de ceñir esta obra a los preceptos positivistas, Flores intentaba emular quizás el carácter racional, totalizante y sistemático de la Histoire Naturelle de Georges Louis Leclerc (1707-1788), conde de Buffon. Sugiero esto no sólo porque Flores cita de manera constante al “gran Buffon” sino porque comparten una misma actitud estética de la escritura. Recordemos que el naturalista nacido en Montbard escribió un Discours sur le style (1753), ensayo donde considera que “le style est l’homme même”. A semejanza de su maestro, el médico guanajuatense cultivó una poética del discurso científico; sin embargo, luego de un siglo de revoluciones escriturales, este discurso resulta de pronto amanerado, sentimental e inverosímil. “¿Quién puede reprochar a un científico, si a la mitad de sus disertaciones de anacoreta se ve arrebatado de pronto por el ángel?”, diría Arreola en “defensa” de El hímen en México, libro escrito a caballo entre la inspiración lírica y la observación científica donde Flores, por otro lado, asimila el “poético lenguaje” del médico legista y psiquiatra Pedro Mata y Fontanet (1811-1877). No olvido que el concepto de escritor profesional no existía en el México de esos años y quienes se dedicaban a las letras debían hacerlo muchas veces desde una profesión liberal (leyes y medicina casi siempre) o desde la burocracia. No fue extraño entonces que, en la Escuela de Medicina, Francisco A. Flores estuviera rodeado de románticos incurables; escritores jóvenes a quienes el recuerdo de Manuel Acuña -el estudiante que se había suicidado en 1873 a causa del amor no correspondido por Rosario de la Peña- les incitaba quizás a emular los versos del poema filosófico “Ante un cadáver” o, peor aún, los del “Nocturno” dedicado a Rosario. La inmisericorde exaltación de los sentimientos era el tono de moda en la literatura, en las artes y en algunos tratados de ciencias naturales. Somolinos D’Ardois cuenta además que Manuel M. Flores, quien era “el poeta del momento”, introdujo a Francisco de Asís en los salones literarios de la época, pues “el verso le brotaba con facilidad” y aun sus colaboraciones en periódicos y revistas estaban escritas “con verbo fogoso y juvenil”.

No obstante la proeza de haber escrito una voluminosa Historia de la medicina en México, Flores nunca llegó a recibirse de médico, pues adeudaba la materia de Raíces Griegas. Resulta extraño que un hombre tan inteligente haya preferido renunciar a una carrera promisoria que cursar una disciplina poco difícil para quien había estudiado ya latín, inglés, francés y alemán. Luego de su poca fortuna como médico, en 1897 fue “nombrado delegado de la Dirección General de Instrucción Primaria en el territorio de Tepic”. Leyó dos ponencias en el XVII Congreso Americanista, celebrado en 1910: “La medicina entre los indios mexicanos antes de la conquista” e “Historia, arqueología y etnología del territorio de Tepic”. Ese mismo año fue diputado por el distrito de San Andrés Chalchicomula, en el estado de Puebla. Se unió en 1914 a las fuerzas revolucionarias que luchaban contra el dictador Victoriano Huerta. A partir de 1917 hasta 1928 ejerció tareas diversas en la burocracia. Tal vez su último trabajo relacionado con la historiografía médica fue “Hechiceros y curanderos en México en la época antigua y en la actualidad”, ponencia presentada en el VII Congreso Médico Nacional, realizado en 1922.

Más allá de sus logros, hubo una suerte de sino fatídico en la vida de este miembro honorario de la Sociedad Antonio Alzate: quedó huérfano siendo niño aún, fue un médico clandestino, estuvo a punto de morir de tifo, abandonó la práctica médica y las investigaciones historiográficas, ingresó a la burocracia donde hizo una carrera sin relieve, y desde las primeras décadas del siglo XX se reconoce que la erudición de la Historia de la medicina en México es no pocas veces errática. Por si esto fuera poco, fue reinventado cuarenta años después de su muerte por la sátira melancólica de Arreola, quien hizo de él un adalid de la virginidad, atribuyéndole la idea de crear un Instituto Nacional del Himen y la de organizar un ejército de inspectores cuya misión consistiera en velar y certificar la pureza de las doncellas mexicanas.

 

En la línea divisoria de la realidad

Francisco A. Flores redactó El hímen en México por encargo del médico legista Agustín Andrade, y su resonancia histórica fue casi tan nula que, cuando Arreola lo hizo protagonista de “El himen en México”, se consideraba que el libro era ficticio. Y excepto entre eruditos de la historiografía del siglo XIX, los críticos llegaron a suponer que no sólo había inventado las citas de un tratado poco verosímil desde la perspectiva de la investigación médica, sino al autor. El hímen en México cruzó el siglo XX como un fantasma, incluso los biógrafos de Flores lo nombran de paso. Germán Somolinos D’Ardois no le dedica ni una línea, excepto en la parte donde transcribe un texto biográfico de Flores. Juan Somolinos Palencia, hijo de Germán, le dedica sólo un párrafo indirecto de su tesis, donde comenta que Flores resumió este libro en uno de los capítulos del tomo tercero de la Historia de la medicina en México, y lo tituló “Estudio médico legal de la virginidad”. Y en el estudio introductorio de la edición facsimilar de la Historia de la medicina en México (1982), Víctor M. Ruiz Naufal y Arturo Gálvez Medrano lo citan sólo de oídas. Además ninguno de los cuatro investigadores lo consigna en sus referencias bibliográficas. Este hecho señala que ni siquiera buscaron el libro para verificar su existencia.

Unos años antes de la muerte de Arreola, hubo referencias que hicieron quizá más sospechosa la realidad de este libro. Gerardo Deniz hizo una reseña muy breve en la sección “Red de Agujeros” de la revista Viceversa (mayo de 1995), afirmó que “igual que casi todo lo escrito hace cien años, El hímen en México es una mezcla de aburrimiento y ridiculez”, y citó con agudeza mordaz tanto pasajes del libro como los (falsos) datos biográficos de Arreola sobre Flores. José de la Colina lo menciona en su ensayo “De libros fantasmas”, publicado en Biblioteca de México (marzo-abril de 1998); y no obstante señalar dónde se halla, ofrece datos tan vagos que induce a pensar que no se tomó la molestia de hojearlo. El número siguiente de la misma revista (mayo-agosto de 1998) publica, en un recuadro a pie de página, la portada del libro y un comentario que intenta dar veracidad al ensayo de José de la Colina. Luego, en 2002 la misma Biblioteca de México dedicó el número de enero-abril a la memoria de Juan José Arreola y, entre otras cosas, publicó otra vez la portada de El hímen en México, el índice y una nota a pie de página que asegura que la obra de Francisco A. Flores sí existe. Sin embargo, ante la falta de un contexto documental, el lector se pone en guardia y sospecha que Gerardo Deniz y su ironía despiadada, José de la Colina y su tono lúdico, y los editores de dos revistas se han confabulado con el autor de Varia invención y que los testimonios bibliográficos son una vuelta de tuerca de la fábula arreoliana. La veracidad literaria desplegada en “El himen en México” es tan poderosa que incluso la evidencia de pruebas resulta parte del juego literario.

Ahora bien, El hímen en México fue redactado en una prosa sentenciosa, conservadora, retórica en el peor sentido, y con fundamentos históricos, médicos, jurídicos y matemáticos que hoy parecen demasiado arcaicos. El tono sentencioso no carece de apelaciones a la modestia, el discurso técnico apuntala ciertos principios morales, la propuesta de una teoría general del himen adquiere cierta forma de patriotismo, y la exaltación lírica incluye una ingenua fe por la ciencia positiva. Casi un siglo más tarde, Arreola -un lector tan fino como artero- descubrió que un libro con estos atributos podía dar pie a una lectura maliciosa y de ficción científica. Y la hizo. Y para sugerir un radical extrañamiento, la tituló tal y como Francisco de Asís había titulado su libro 86 años antes, adoptó la estrategia de la literalidad a la hora de referir el contenido de ese tratado que nos remite hoy a la infancia de la anatomía médica, y emplazó la narración en una primera persona que roza el carácter autobiográfico. Arreola concibe aquí la superficie textual como el espacio de la ocultación.

 

Un tratado médico de 1885

Así como la ciencia de hoy fue la ciencia ficción de anteriores siglos, así la ciencia de antaño nos parece hoy una de las formas de la superstición y del humor involuntario. El hímen en México fue escrito desde la perspectiva del positivismo pero su discurso tiene un aire oscurantista y pueril. A pesar de este inconveniente, debemos reconocer que la actitud científica y erudita se muestra desde el epígrafe:

Faire l’histoire de l’hymen serait certainement écrire un curieux chapitre de critique médicale. [Escribir la historia del himen será, ciertamente, un curioso capítulo de la crítica médica.] Pénard.

Contra la idea de Buffon de que la virginidad es un “sér fantástico”, “un sér moral, una virtud que tan sólo consiste en la pureza del corazon”, Francisco A. Flores justifica su estudio en la certeza de que “Hoy la virginidad es una de las joyas que más avaro busca el hombre”, y aduce que, al contrario de los pueblos bárbaros, la salvaguarda del himen es una práctica de las sociedades cultas: “Las naciones civilizadas, todas velan sobre su respeto estableciendo penas rigurosas en los atentados contra ella cometidos”. Por lo tanto, la tarea obligada consiste en “Estudiar el estado de la membrana: hé aquí el nudo gordiano, como dice Penard; demostrarla existente é íntegra es el principal papel del médico-perito”. A partir de estos argumentos, irrefutables para él, formula su teoría del himen en México, no sin antes hacer una observación (parafraseada luego de manera mordaz por Arreola en su cuento):

Util seria comenzar esta parte dando las dimensiones de la vulva en las mujeres mexicanas. Desgraciadamente este punto fué descuidado en las observaciones, y si he de hacer mérito de los pocos datos recogidos, su longitud varía entre 7 cm. 3 y 8 cm. en las jóvenes. [Página 35, transcribo de manera fidedigna.]

Noticia muy pobre si consideramos que estudió los hímenes desde la etapa fetal hasta la de la menopausia; se aclara sin embargo cuando nos dice que tomó los datos de un archivo de la cátedra de medicina legal. Ignoro hasta qué punto se basó en investigaciones de campo.

En la primera parte, este socio de la Academia Náhuatl hace un seguimiento histórico de lo que ha significado el himen en sociedades disímiles, cita con ánimo polémico a diversas autoridades en la materia, y justifica por qué es importante el estudio del himen desde el punto de vista médico, legal y social. Incluso refuta a Buffon, al que compadece por pertenecer a “una época de incredulidad”, y por dudar de la “virginidad física”, argumento éste que le hace exclamar de manera indirecta: “Horroroso desengaño se apodera del espíritu al ver semejante escepticismo, y las dudas vienen”.

En la segunda, muestra cuadros estadísticos de los hímenes observados en México y los clasifica en regulares y anómalos. Los regulares son el anular, labial, semilunar, franjeado, y en herradura (“en la clasificacion médico-legal debe dársele un lugar al hímen en herradura, que ningun autor menciona” y que presenta “una resistencia que le es propia, y por observársele con alguna frecuencia en el país”). Luego considera las anomalías y las expone con minuciosidad de teratólogo: himen biperforado, en herradura obturado, imperforado, trifoliado, multifoliado y coroliforme (este último es quizá el más poético de los hímenes y sólo fue observado en una joven de 16 años por el doctor Maldonado y Moron en 1880; Flores lo nombró así porque presentaba “una grande analogía con la corola de una flor”).

Muestra, en la tercera parte, cómo se desgarra el himen según su estructura, y establece -con la ayuda del ingeniero civil Luis Cortés- las fórmulas que definen la forma y la resistencia de cada “opérculo natural de la vagina”. Ejemplifica cómo esta teoría del himen ayuda a resolver algunas cuestiones médico-legales. Hace cuadros comparativos para argumentar que la contextura del himen cambia según la edad. Demuestra que eminentes himenólogos han dado una visión limitada sobre el misterio que encierra la existencia de esa membrana que otorga la pureza, y expone una teoría personal sobre “el origen del himen y sus formas”.

La última parte está dedicada a unas conclusiones que vale la pena reproducir; primero, porque sintetizan los descubrimientos del joven médico; y segundo, para que el lector vislumbre la complejidad del tema y saboree el tono de la época:

Voy, por fin, á terminar.

Laboriosas é ingratas fueron las tareas y vigilias que me impuso la formacion de este trabajo.

Con placer, sin embargo, las consagré á un estudio que me cautiva.

En él puse á contribucion todas mis fuerzas para lograr algo útil.

Véase lo que he alcanzado:

Conclusiones

1ª. La ausencia completa del hímen es rara en México.

2ª. Las formas regulares observadas, son: los hímenes anulares (regular é irregular), el labial, el semilunar y el en herradura, que merece un lugar en la clasificacion médica mexicana.

3ª. El himen franjeado no es una forma autónoma, sino una variedad de todas las demas.

4ª. Las anomalías no son raras (un 8 %), y algunas de ellas (el hímen biperforado) parecen observarse con más frecuencia que la que les dan los autores europeos.

5ª. El estudio de la forma de la abertura tiene importancia en Medicina legal, variando, segun su amplitud, el mayor ó menor obstáculo que el hímen oponga á la introduccion de cuerpos extraños.

6ª. El hímen, como opérculo natural de la vagina, presenta una resistencia que, medida por el trabajo mecánico gastado en vencerla, puede evaluarse para los hímenes labial, anular, en herradura y semilunar en: 6 : 4 : 3 : 2.

7ª. La resistencia de cada una de estas formas es un dato importante para resolver los cuestionarios que se ponen á los peritos.

8ª. El grado de frecuencia de las formas del hímen varía en las distintas edades, predominando el labial sobre el anular en las niñas, hasta los diez años; el anular sobre el labial de esta edad en adelante.

9ª. El estudio de las formas del hímen, tratándose del estupro y de la violacion de doncella, debe hacerse en niñas mayores de diez años, por ser en esta edad próximamente cuando el hímen toma su forma definitiva, y por ser tambien en ella cuando aquellos delitos son ya realizables.

10ª. El hímen cambia de forma con la edad: labial en la mayor parte de las niñas, se convierte en anular, semilunar, etc., en las jóvenes. No basta, por lo mismo, para las necesidades de la jurisprudencia médica un cuadro estadístico general.

11ª. El hímen resulta de la reunion de los fondos de saco de las trompas: es, pues, una dependencia de la vagina y de los órganos genitales internos, y, por consiguiente, de la hoja interna del blastodermo.

12ª. El hímen primitivo es siempre y por siempre el imperforado. Más tarde, viniendo la reabsorcion, aparecen con ella las distintas formas que tengo estudiadas.

13ª. Las anomalías resultan, ó de la torsion de los oviductos, ó de la reabsorcion tardía é irregular de la membrana.

[Páginas 97-99, transcribo de manera fidedigna.]

La monografía incluye al final varias láminas de Echávarri donde se muestran los dibujos anatómicos de los hímenes estudiados, así como figuras geométricas mediante las que el doctor Flores -miembro también de la Sociedad Científica Leopoldo Río de la Loza- expone la “resistencia de las diversas formas de hímen” y “el origen del hímen y sus formas”.

 

La moral positivista del himen

Más allá de que escribir la historia del himen sea un curioso capítulo de la crítica médica, de que el polémico libro de Flores haya contribuido a precisar la anatomía del aparato reproductor femenino y de que sus observaciones sean pioneras en la medicina legal mexicana, la aparición de El hímen en México se comprende en el contexto de una sociedad que considera la virginidad un pasaporte moral y mercantil. Analizar con paciencia de miniaturista una membrana, no sólo tenía la finalidad de perseguir delitos y castigar al himenófilo sino que muestra la obsesión de una sociedad que cifraba en el himen una temperatura moral mayor que en el plano del espíritu, pues hace que la pureza y la dignidad de la mujer dependan de eso que en términos estrictos podemos llamar un pellejo vaginal. El culto a la virgen es quizá una perversión de las épocas conservadoras. La idolatría del himen sólo puede surgir en una sociedad misógina e incapaz de pensar la virginidad más que en términos de pérdida y ganancia. El mito de don Juan, su origen y prestigio, se explica en ese contexto. El himenófilo será siempre un burlador, a la burlada le corresponde ocupar su no-existencia en la sociedad. El estudio del himen entonces, y más allá del discurso científico-legal, está orientado para salvaguardar la sospechosa honra del hombre y la salud de la sociedad. Pero hay que considerar también que el himen era un arma temible cuando la mujer lo empleaba como un argumento social y psicológico. De ahí que, entre otras cosas, el matrimonio adquiriera la forma de trueque entre mercancías y sentimientos.

¿Por qué Flores considera que la escritura de su libro fue también una tarea ingrata y laboriosa? Aparte del necesario estoicismo científico, quizá porque la materia estudiada incluye cierto grado de incertidumbre: “Demostrar la integridad del hímen, hé aquí lo que el médico-legista busca para concluir que una jóven es probablemente vírgen”. En esta probabilidad radica tal vez lo ingrato de la tarea. Antes había dicho que “Hoy el médico, pronunciando esta palabra [virginidad] vuelve el sosiego perdido á un hogar y la honra no mancillada á una familia”. El himenólogo entonces debe estar siempre alerta en sus dictámenes anatómicos, un diagnóstico erróneo puede propiciar un equívoco moral de consecuencias funestas tanto para la joven como para la institución familiar, puede incluso provocar el suicidio del novio. Y no basta la experiencia, pues

habrá casos que hagan excepcion á la regla y se encuentre himen íntegro y sin embargo efectuado el coito; pero en esta circunstancia, ya lo dije, el médico sólo busca signos físicos; si éstos no existen, al juez toca clasificar el delito. Parent du Chatelet confiesa haberse equivocado muchas veces al reconocer á jóvenes perdidas. Jacquemier asegura haber visto prostitutas cuyos órganos genitales ofrecian todas las apariencias de la virginidad. El mismo Parent du Chatelet, en su obra citada [Historia de la prostitución en la ciudad de París], cuenta que una prostituta de 51 años, entregada al libertinaje desde los 15, tenia sus partes genitales como una vírgen que acaba de salir de la pubertad. Fabricio d'Aquapendente habla de una jóven, la cual no pudo ser desflorada por todos los alumnos de un colegio. Esto nada tiene de imposible; casos de éstos podrán presentarse, pero forman la excepcion. [Página 27, transcribo de manera fidedigna.]

La materia exigía ser tratada con métodos científicos, y Flores no se arredra cuando se trata de aventurar una ecuación que calcule la resistencia y las posibles rupturas del himen, pues arguye que en la forma de la desgarradura está la clave para saber si la desfloración fue consentida, forzada, accidental, o por vicio (“Casos por el contrario habrá en que la mujer sea físicamente vírgen y sin embargo su hímen presente alteraciones. La masturbación, dice Mata, es un vicio muy comun en las muchachas y doncellas”). La luz del conocimiento exige la hybris de la razón:

Acaso peque de atrevido al formular una teoría exponiendo mis ideas; empero, ántes de emitirlas las he sujetado al cartabon de la ciencia, en que ellas se fundan, siguiendo rigurosamente el método analítico ó deductivo. [Página 54, transcribo de manera fidedigna.]

Hoy vemos las fórmulas Cortés-Flores sobre las transformaciones del himen como si hubieran sido enunciadas desde el pensamiento mágico; sin embargo vale la pena citarlas como una curiosidad de la arqueología científica y porque, bien miradas, podemos pensarlas desde la perspectiva del humor negro. Aunque Flores y el ingeniero Cortés ignoran por qué la resistencia de cada himen está en función de su forma, parten del principio de la física clásica según el cual “la resistencia se mide por el trabajo mecánico empleado en vencerla”, y se calcula como sigue (p es la potencia o suma de fuerzas empleadas para romper el himen y t es unidad de tiempo o la duración que dichas fuerzas necesitan para vencer la resistencia):

Para el himen labial:

Para el himen anular:

Para el himen en herradura:

Para el himen semilunar:

De donde se deduce que el labial ofrece mayor defensa “a la introducción de cuerpos extraños”, y que basta una mínimo “trabajo aplicado” para vencer al semilunar. Este alarde de abstracciones no agrega nada a lo que Flores ya sabía de antemano; y no es necesario ser ducho en matemáticas para darse cuenta de que estas ecuaciones son incapaces tanto de calcular la elasticidad y resistencia de un tejido vivo como de prever sus diversas formas de ruptura. Con dichas ecuaciones se podía conjeturar la fortaleza de un puente, la de un huevo de gallina o la fiabilidad estructural de la Torre Eiffel, pero ni entonces ni hoy estaban en condiciones de predecir el comportamiento de un tejido cuya textura será siempre muy relativa. Esta himenología algebraica fue, qué duda cabe, una consecuencia positivista de la moral.

 

Las huellas de la lectura

En una tesis en proceso titulada La escritura compartida, Nelly Palafox ha mostrado que Arreola ya había leído El hímen en México cuando escribió “Anuncio”. En efecto, el confabulador conocía este libro antes quizá de 1961, pues “Anuncio”, cuento escrito ese año, revela huellas inconfundibles de su lectura. Al analizar las formas en que se desgarra cada tipo de himen, Flores argumenta que

Mucho se discute actualmente si las carúnculas mirtiformes aparecen desde los primeros coitos ó hasta despues del alumbramiento, no observándose en las mujeres que no han parido. Desde muy antiguo se admitia que se formaban durante las primeras relaciones sexuales, y aun eran tenidas como un buen signo de la desfloracion, hasta que Schroeder vino poniendo en duda el hecho, y que Budin asentó terminantemente que no se observan sino despues del primer parto. Para que las rupturas del hímen den lugar á la formacion de carúnculas, se necesita que se extiendan hasta el anillo de la vagina, y así puedan cicatrizar independientemente los colgajos. [Página 66-67, transcribo de manera fidedigna.]

Cuando el narrador de “Anuncio” expone -desde una estrategia narrativa que adquiere la forma del discurso comercial- las virtudes sexuales, emocionales y redentoras de la muñeca Plastisex©, seduce al posible comprador con un argumento himenofílico:

Y por lo que toca a la virginidad, cada Plastisex© va provista de un dispositivo que no puede violar más que usted mismo, el himen plástico que es un verdadero sello de garantía. Tan fiel al original, que al ser destruido se contrae sobre sí mismo y reproduce las excrecencias coralinas llamadas carúnculas mirtiformes. [Confabulario total (1941-1961), página 130.]

Diez años más tarde, El Último Juglar -como Arreola gustaba que le dijeran- vuelve sobre el tópico de las carúnculas en “El himen en México”. Aquí el narrador se considera himenólogo aficionado y discípulo entusiasta de don Francisco A. Flores, y al sugerir cuál ha sido el aporte verdadero de su maestro en el ámbito de la medicina legal, aborda otra vez el tema, con palabras muy semejantes, y siempre con malicia, pues en otras líneas nos hace el retrato de Flores como de un moderno enmienda virgos capaz de devolver cada himen a su forma original. La parte medular de El hímen en México, dice ahora nuestro narrador, constituye

el primero, tal vez el único estudio serio en su género: aquel que trata de las carúnculas mirtiformes. Como todo mundo sabe, esa designación se refiere a las pequeñas excrecencias coralinas que aparecen en número variable y morfología infinita, una vez que los restos del himen destruido se contraen sobre sí mismos. [Palindroma, página 49.]

Otro indicio de lectura se basa en un pasaje de Flores que ya he citado. Se refiere a las observaciones de Jacquemier y Parent du Chatelet que aseguran “haber visto prostitutas cuyos órganos genitales ofrecian todas las apariencias de la virginidad”; y al testimonio de Fabricio d'Aquapendente donde habla de una joven que “no pudo ser desflorada por todos los alumnos de un colegio”. Aunque Gerardo Deniz lamenta, en su reseña citada, que Arreola no hubiera explotado este último pasaje y, en cambio, alargara el tema con invenciones; tengo casi la certeza de que no aprovechó allí la anécdota porque la había fabulado ya en La feria.

No olvido que la prostituta virgen y la mujer inviolable -y en esta misma tipología, el de la vagina dentada- son arquetipos populares de la seducción-horror que de manera simultánea sienten los hombres hacia la mujer, tampoco se me escapa que han dado pie a interpretaciones disímiles. Sin embargo, no indagaré en qué hondura de la conciencia arreoliana se hallaban sus temores ni cómo se filtraron en su escritura, señalaré, con la prudencia del caso, que las historias de Jacquemier, Du Chatelet y D'Aquapendente inspiraron tal vez el pasaje de Concha de Fierro en La feria. Recordemos que el personaje principal de esta novela es el pueblo de Zapotlán, lugar de nacimiento de Arreola. Ahora, en el pasaje que narra la reubicación de la “zona roja”, uno de los médicos encargados de dar el certificado de sanidad a las prostitutas de Zapotlán, comenta que

-A mí me cayó en las manos Concha de Fierro. ¿Han oído hablar de ella? Yo creía que eran mentiras, pero es la pura verdad. Lleva tres meses con Leonila y sigue virgen y mártir porque todos le hacen la lucha y no pueden. Es la principal atracción de la casa. Y claro que no pueden, porque se necesita operarla. [...] Antes de irse me preguntó que cuánto le costaba la operación. Pero Leonila le dijo: "¿Estás loca? Ya quisiéramos todas haber empezado como tú. Ojalá y nunca halles quien te rompa para que sigas cobrando doble y acabes tu vida de señorita..." [La feria, página 79].

Homo nomen est: “Concha” es el hipocorístico de Concepción, pero es también uno de los sinónimos del sexo femenino, podemos decir entonces que el nombre de la mujer es ya su cinturón de castidad; nombre paradójico pero exacto para una prostituta: ella es la concepción imposible. Hacia el final de la novela, asistimos al desenlace de Concha de Fierro, cuya desfloración adquiere la forma de una fiesta taurina. Quiero citar el pasaje completo porque tiene la estructura de un cuento de hadas (para adultos) con un final feliz y porque, aunque situado en un espacio que dista mucho de un colegio, escenifica la historia de D'Aquapendente:

Concha de Fierro siempre estaba triste. Desde lejos venían los hombres atraídos por el run run: “Yo le quito los seis centavos porque tengo lo que tengo y ella tiene por donde”. Bailaban primero y luego se echaban sus copas. “¿Vamos al cuarto?” Y volvían del cuarto acomplejados:

-Palabra, le hice la lucha, pero me quedé en el recibidor.

Doña María la Matraca consolaba a Concha de Fierro:

-¿Qué quieres, muchacha? Ya no le hagas la lucha, tú no eres para esto, dale gracias a Dios.

Pero ella era terca:

-Ya vendrá el que pueda conmigo. Yo no voy a vestir santos.

Y llegó al fin su Príncipe Azul, para la feria. El torero Pedro Corrales, que a falta de toros buenos, siempre le echan bueyes y vacas matreras. Después de la corrida, borracho y revolcado pasaba sus horas de gloria en casa de Leonila. Y alguien le habló de Concha de Fierro.

-¡Échenmela al ruedo!

Poco después se oyeron unos alaridos. Todos creyeron que la estaba matando. Nada de eso. Después del susto, Concha de Fierro salió radiante. Detrás de ella venía Pedro Corrales más gallardo que nunca, ajustándose el traje de luces y con el estoque en la mano.

-¡El que no asegunda no es buen labrador!, gritó un espontáneo.

-Al que quiera algo con ella, lo traspaso. Dijo Pedro Corrales tirándose a matar.

Y ésa fue la última noche de Concha de Fierro en el burdel. Dicen que Pedro Corrales se casó con ella al día siguiente y que los dos van a retirarse de la fiesta.

[La feria, páginas 184-185.]

Esta versión satírica de la dama y el príncipe recuerda, no en la morfología ni el tema sino en el plano mimético de la escritura, el cuento “Pueblerina”, aparecido en Confabulario (1952), que aborda el tema del marido cornudo y cuya trama y desenlace son concebidos desde la tauromaquia. Baste haber citado estos pasajes para comprobar que El hímen en México fue una de las líneas de tensión escritural en la densa red intertextual de la obra arreoliana.

 

La lectura desconstructiva

“El himen en México” de Juan José Arreola toma desprevenido al lector -que ignora la existencia de ese libro- y casi de manera distraída lo hojea ante sus ojos incrédulos: “Caído del cielo, sin que lo busque o lo solicite, viene a dar a mis manos El hímen en México, obra notable de don Francisco A. Flores [...] impreso sin erratas en la Oficina Tipográfica”, etcétera. Con voz reposada, el narrador en primera persona expone el currículum del profesor en Farmacia, luego el contenido del libro y la militancia himenológica de ese miembro de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, y hacia el final argumenta que el libro que tiene en las manos -para “envidia de los lectores bibliógrafos”- es nada menos que el ejemplar del propio Francisco A. Flores: "El ejemplar de El hímen en México que poseo está trufado con notas, agregados y enmiendas de puño y letra del autor, en vistas probablemente a una edición futura, corregida y aumentada, que no llegó a hacerse”. Ahora bien, los datos consignados de Francisco A. Flores, así como el pie de imprenta, los temas, las citas, los nombres de los médicos que se mencionan en el libro, las ilustraciones, la nomenclatura de los hímenes e incluso las ecuaciones matemáticas que calculan la resistencia de cada tipo de himen (fórmulas reproducidas con fidelidad en este cuento-reseña) son fidedignos, excepto lo que respecta a la fundación del Instituto Nacional del Himen, lo del himen coroliforme que lleva el nombre de Francisco A. Flores y una cita de dos párrafos que al final reproduce entrecomillada. Para los filólogos obsesos cabe aclarar que el libro sí tiene algunas erratas de ortografía; en las citas entrecomilladas, Arreola actualiza la norma ortográfica, suprime con puntos suspensivos las líneas incidentales o que no contribuyen a potencializar la fábula, y agrega una palabra o dos sólo con fines aclaratorios.

No pocos lectores y críticos han pensado que el libro referido en este cuento-ensayo era un artificio más del autor de Varia invención. Sara Poot Herrera afirma en Un giro en espiral (1992), quizá el mejor estudio sobre Arreola, que "El himen en México" es "ejemplo de un trabajo de escritura sobre otra escritura, la del libro, aunque sea éste inexistente". Hay que considerar, sin embargo, que nuestro autor mencionó casi siempre libros que existen y que sus citas son también casi siempre literales, ¿por qué entonces "El himen en México" nos da la sensación de ser una sátira como la de "Anuncio", "Baby H. P." o “De balística”? ¿Por qué el libro reseñado nos orilla a concluir que no puede tener realidad histórica una obra de esa naturaleza? ¿Y por qué Francisco A. Flores parece ingresar al espacio ficticio donde habitan los protagonistas de “In memoriam” y “Sinesio de Rodas”? Creo que no es difícil deducirlo.

Primero. Palindroma se divide en tres partes. La última pertenece a una obra de teatro, la segunda se titula “Variaciones sintácticas” y está integrada por poemas en prosa; dejaré ambas al margen de mis comentarios. La primera parte da título al libro e incluye seis textos cuya prosa enrarecida guarda muy poca semejanza con un cuento convencional, son textos de frontera: están en el límite de otra cosa; además, el yo autoral juega a ser el yo escritural y viceversa, y los planos del realismo y la ficción se funden y confunden. Excepto en la obra de teatro, los demás textos dan la sensación de ser una escritura oblicua, a veces reversible, a veces afuera de sí misma, siempre minada por las estalactitas irónicas de la incerteza. Cada artefacto verbal está cohesionado por una tensión lírica que lo vuelve aun más ambiguo. En “Tres días y un cenicero”, esa suerte de autobiografía anómala, el narrador no puede distinguir sus delirios y deseos del plano de lo real; y uno de los muchos indicios de que este ¿cuento? pretende ser una biografía psíquica radica en este pasaje: “Marcel Bataillon me descubrió mediante Antonio Alatorre, la existencia de Francisco de Sayavedra, el fraile aquel que mencioné en La feria, el que puso su iglesia de Zapotlán aparte”. En el segundo texto, “Starring all people”, Cristo habla de su pasión en términos de superestrella mediática. En “Hogares felices”, un corresponsal especializado en hechos sobrenaturales narra cómo la dimensión espacio-temporal de una película entra como una cuchillada en la realidad de los espectadores y cómo, a su vez, esa realidad incide de manera brutal en la trama de la película que se está proyectando. Si De Quincey escribió un opúsculo donde habla del asesinato como una de las bellas artes; en “Para entrar al jardín”, Arreola considera el crimen amoroso como una forma del arte culinario y nos da una receta para cocinar la desaparición de la mujer amada. En “Botella de Klein”, el narrador no sólo asiste a la imposible materialización de una figura geométrica, sino que juega a ser Arreola y se vuelve ese objeto matemático que no tiene adentro ni afuera porque adentro es afuera y viceversa. Luego de las estrategias palindrómicas desplegadas en estos cinco textos y una vez establecida una pauta de lectura, ¿cómo leer “El himen en México” sino como un puro juego de la imaginación?

Segundo. Con aparente seriedad, Arreola comenta un libro médico, reproduce el aire científico del autor, pero hacia la mitad del texto el discurso se dispara hacia lo absurdo (la fundación y preservación del Instituto Nacional del Himen) y concluye con una cita que induce al asombro perverso, cita que, lo sospechamos, Francisco A. Flores nunca anotó en la última página de su ejemplar impreso.

Tercero. Desde el título hasta la cita final, la reseña-semblanza nos atrae hacia una lectura satírica; no parece serio un libro del siglo XIX mexicano con ese título, menos un estudio del himen en esos términos, y en el colmo de la extravagancia: ¿cómo un ingeniero civil puede calcular la resistencia y las transformaciones del himen desde ecuaciones algebraicas cuyos resultados habrán de permitir conclusiones médicas y legales? ¿Cómo tomar en serio una teoría del himen expuesta desde un discurso que hoy nos parece conservador y “lírico” -poco o nada apropiado para abordar con objetividad la anatomía médica- y que, merced a las sabias interpolaciones de Arreola, adquiere la forma de una sátira de ficción científica?

Cuarto. Algunos críticos han considerado al autor de Bestiario como un epígono de Borges y quizá imaginaron que en “El himen en México” no había más que una estrategia narrativa del autor de El aleph, quien tenía la fama de inventar libros y hablar de ellos con verosimilitud asombrosa. Lo que no imaginaron fue lo inverso: Arreola partió de un libro real y -mediante una suerte de alquimia narrativa que incluye la desconstrucción genérica, la intertextualidad, la parodia y la sátira- lo hizo ingresar al orbe de lo fantástico.

Y quinto. Quizá Arreola mismo indujo el equívoco. Sabedor de que sus detractores publicitaban su parentesco borgiano, confió en que despistaría a sus lectores y, en un rápido giro verbal, nos deslumbró con una ilusión cuyo mecanismo tardó muchos años en ser develado. Añadamos que, para sostener la broma (y hasta donde recuerdo), él nunca declaró que existiera Francisco A. Flores ni su libro de título casi inverosímil. Sus lectores supusieron, pues, que este himenólogo lírico y erudito era tan ficticio como Gunther Stapenhorst, Sinesio de Rodas y el barón Büssenhausen.

Con la finalidad de que el lector se asome a la malicia artera de Arreola, citaré dos pasajes y el colofón de El hímen en México, páginas donde Flores abandona la objetividad del discurso histórico y científico y recurre a un lirismo que hoy nos parece cursi y ridículo, no obstante que a fines del siglo XIX haya podido parecer elegante y de buen gusto. Veamos qué imágenes emplea Flores al hablar de los órganos reproductores de la mujer y de la trascendencia moral del himen:

¡Qué más bello que esa blanca flor de la virginidad aun no acariciada por el céfiro avieso! Felizmente esos pueblos que en tan poco valor la tienen, son los últimos en ilustracion y que aun permanecen en la infancia primitiva. [Página 22, transcribo de manera fidedigna.]

No hay que salir de América, digo á mi vez, para ver á la virginidad idolatrada. En México se la rinde culto y allí están sus leyes protegiéndola contra todo atentado; allí está el médico-legista volviendo á cerrar á la azucena, próxima á abrirse, y descubriendo al insecto que quiso anidarse en su corola. Para el jóven que adora á una mujer, su más soñada ilusion está en la virginidad. La ilusion más hermosa, dice Mata, que puede formarse el jóven de su adorada, es considerarla pura como el boton de la rosa que no ha tocado aún ni con su trompa el insecto, ni con sus brisas el alba. Decidle en el parasismo de sus celos al jóven enamorado que su amante ha soñado placeres, que ha mirado, que ha pensado en su rival, y ya no la ve con la pureza de los ángeles; la considera desflorada, indigna del ara santa que le habia erigido en su corazon como una divinidad inmaculada. [Páginas 24-25, transcribo de manera fidedigna.]

El cielo y el infierno están cifrados en el himen. El espíritu se fortalece ante una virginidad intacta (ni siquiera manchada por el pensamiento) pero se despeña ante la sola sospecha de saberla impura. A semejanza de los diamantes malditos, esa membrana otorga la dicha y el dolor, la honra y la condena social, el hosanna litúrgico y el clamor desde el abismo. La idolatría del himen, desde esta óptica, se muestra como una de las muchas formas de locura colectiva.

Además de evidenciar las huellas estilísticas de Buffon y de Pedro Mata -quien fuera el principal difusor del positivismo en España-, los párrafos citados son un ejemplo de la torpe lectura que hicieron del romanticismo los países hispánicos, que confundieron el espíritu romántico con el sentimentalismo, la poesía con el lenguaje florido y la sensibilidad con los prejuicios morales. Ahora, una vez que el himenólogo inquisidor ha identificado los órganos femeninos con una suerte de taxonomía de floricultor -no olvidemos que se apellida Flores-, citaré el colofón, cuya modestia ambigua no hace honor a su santo patrono (san Francisco de Asís) sino que tiene cierto aire perverso:

Terminé, por fin, mis penosas y rudas labores.

Labrador tenaz y constante, vine sembrando con esmero pobrecillas simientes, avaro del producto que ellas me pudieran dar.

Plantas nacidas al suave y tibio calor del estudio, hélas venido cultivando con cariño.

Obtenida ya la cosecha, temo que en vez de haber recogido maduras y sabrosas mieses, sólo haya alcanzado anémica y enfermiza zizaña.

Si sólo obtuve la última, culpa mia no fué carecer de esa exuberante sávia con cuyo riego se producen buenos y abundantes frutos.

Francisco A. Flores

[Página 104, transcribo de manera fidedigna.]

El doble sentido de esta confesión no pedida se presta para hacer una paráfrasis maligna, o una parodia, que Arreola injertó al final de su cuento-reseña. Véanse las correspondencias irónicas del colofón citado con el supuesto comentario que -según la lógica narrativa de “El himen en México”- el mismo Francisco A. Flores estampó de puño y letra en su ejemplar de autor:

Personalmente, yo no he roto himen alguno. Lo que se dice romper. Por un azar del destino, que finalmente prefiero bendecir, sólo me tocó el complaciente y anular... Tal vez la nostalgia de no haber podido verificar hasta ahora personalmente la exactitud de mis cálculos, me llevó a reunir en este opúsculo los trabajos que hice en otro tiempo, cuando entregado al estudio, me sustentaba en las ubres del saber, cuando me atreví a cantarte también, oh himen, con versos juveniles, bajo las frescas arquerías de la Escuela Nacional de Medicina...

Ya en el umbral de una vejez viuda de ilusiones, pienso dedicar las horas que me quedan a tu estudio, con mayor pasión y no menos embeleso... [Palindroma, página 55.]

Esta última cláusula hace referencia a "Dos palabras", suerte de introducción de dos páginas con la que inicia el tratado himenológico del que también fuera miembro honorario de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; pero mientras que en la versión arreoliana habla un médico anciano (cuyo tono, quién sabe por qué, me hace pensar en un sátiro jubilado), en el tratado habla un hombre de 30 años:

No una vana pretension ha hecho que asíduo consagre algunas de mis vigilias al estudio y sazon de esta Memoria.

La materia que de ella se ocupa, es, y con mucho, de aquellas que me seducen, como que, en mis ratos de solaz, acaricio la idea de dedicar parte de mi porvenir á su estudio. [Transcribo de manera fidedigna.]

Arreola paladea la paráfrasis, pero uno de los momentos más sublimes radica en las consecuencias que desprende de la fórmula matemática de cada himen. El autor de Confabulario cita a Flores: “El joven que se casa, sueña en la noche de su boda con la resistencia que va a encontrar al satisfacer sus ardientes pasiones”; luego añade artero y certero: “veamos ahora las pesadillas que aguardan al joven soñador, suponiendo que se enfrente a una de estas cuatro barreras”; y con sádica erudición transcribe las arduas ecuaciones que cifran los hímenes labial, anular, en herradura y semilunar. Párrafos adelante cierra con una paradoja: “Como puede verse, el sueño ideal del joven en su noche de bodas debe situarse, como en la vida despierta, entre ambos fatales extremos”.

Otra de las bromas radica en haber impreso la fama del médico en la no siempre renovada existencia de cierto tipo de himen. A semejanza del científico que se inmortaliza cuando alguno de sus descubrimientos lleva su nombre, Arreola -sin descuidar el apellido del profesor en Farmacia ni el emblema de la onomástica según el cual el nombre es el hombre- rebautizó el himen coroliforme para inscribir a Francisco A. Flores en la posteridad:

[En El hímen en México] se hicieron notables descubrimientos [...] Baste mencionar aquí el hallazgo de cuatro anomalías importantes del himen: el trifoliado, el multifoliado, el de herradura franjeada con úvula obturante, y el más sorprendente de todos, un don más de México al mundo: el coroliforme o Himen de Flores, cuyos folios nacarados, circuidos por bandeletas, reproducen y mejoran por su aspecto y natural frescura, el botón de una rosa en rosicler.

Desgraciadamente para Flores, el himen coroliforme que su nombre lleva, no ha sido vuelto a encontrar en ningún rincón del universo femenino. [Palindroma, página 54.]

Por su solo apellido, comenta Nelly Palafox, pareciera que Flores estaba destinado a estudiar “esa blanca flor de la virginidad”. Parece también haber dado la razón al adagio latino: nomen est omen. Pero Francisco de Asís no dedicó su porvenir al estudio del himen; quizá debido a que perdió la modestia franciscana que exigían esas “penosas y rudas labores”, pues unos años más tarde, en el prefacio de su Historia de la medicina en México, lo vemos pontificar desde las alturas de la ciencia positiva: “Con sumo temor lanzamos esta obra al público, y nos entregamos resueltos á la crítica, sin dar de antemano, por sus faltas, disculpas de una modestia que no tenemos”. Más adelante habla de su misión histórica: “hemos trabajado esta obra para poner por nuestra parte los cimientos de la Historia de la Medicina pátria”. Y de las críticas, afirma de tajo que “no responderémos á ninguna”.

 

El juego pirandelliano

Si durante casi 30 años hemos leído “El himen en México” como ficción pura, se debe a que el genio arreolesco reinventó El hímen en México. Desde el siglo XIX, Francisco A. Flores andaba en busca de su autor, y lo halló en Arreola; para desgracia de Flores, su demiurgo estaba poseído por un humor trágico. Lo sustrajo del olvido, sí, pero lo rescató para la historia del humor involuntario.

“El himen en México” es un cuento que es una reseña que es una sátira que es una anécdota personal que es una semblanza del médico decimonónico Francisco A. Flores que es un ensayo cuyas paráfrasis minan el texto científico (el hipotexto) y lo atraen al territorio del humor. Esta propiedad metamórfica del texto literario (hipertexto) borra los límites genéricos y establece una nueva frontera escritural. Frontera móvil desde la que adivinamos la mirada maliciosa de Juan José Arreola, más irónica tal vez cuando advierte el extravío de sus críticos.

Al asomarnos a esa suerte de transmutación alquímica que va desde la prosa plomiza de Flores hasta la prosa arreoliana de limpios metales, hemos visto cómo El Último Juglar desconstruye una realidad bio-bibliográfica para crear otro libro y a otro autor; en suma, otra realidad: desacralizada, satírica y trágica pero, quizá por ello mismo, más memorable desde la invención literaria. Pocos autores han podido leer la tradición escritural con tanta delicadeza y humor. Y aún menos autores han podido mantenerse en las fronteras de la escritura. Arreola lo logró, y de alguna manera este logro lo condujo al silencio.

 

Nota

Una versión muy primitiva de este ensayo fue publicada en mi libro Juan José Arreola: la tragedia de lo imposible. México: Verdehalago-Instituto Nacional de Bellas Artes, 2003. [Dicho libro obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas 2002]

 

Bibliografía citada

Arreola, Juan José, Confabulario total (1941-1961). México: Fondo de Cultura Económica, 1962 (Letras Mexicanas).

_____, La feria. México: Joaquín Mortiz, 1963 (Serie del Volador).

_____, Palindroma, en Obras de Juan José Arreola. México: Joaquín Mortiz, 1971.

Biblioteca de México, núms. 67-68 [número dedicado a Juan José Arreola]. México, enero-abril, 2002.

Colina, José de la, “De libros fantasmas” en Biblioteca de México, núm. 44. México, marzo-abril, 1998, pp. 19-28.

Deniz, Gerardo, “El himen en México” en Viceversa. Medios, Cultura, Fotografía, Ideas y Estilo, núm. 24. México, mayo, 1995, p. 80.

Flores, Francisco A., El hímen en México. Estudio hecho con unas observaciones presentadas en la cátedra de medicina legal en la Escuela de Medicina el año de 1882. México: Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1885.

_____, Historia de la medicina en México desde la época de los indios hasta la presente, prólogo de Porfirio Parra, t. I. México: Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1886.

Palafox, Nelly, La escritura compartida: Juan José Arreola. Tesis de maestría en proceso. Universidad Nacional Autónoma de México.

Poot Herrera, Sara, Un giro en espiral. El proyecto literario de Juan José Arreola. Guadalajara: Editorial Universidad de Guadalajara, 1992 (Colección Fundamentos).

[Portada de El hímen en México] en Biblioteca de México, núms. 45-46. México, mayo-agosto, 1998, p. 11.

Ruiz Naufal, Víctor M. y Arturo Gálvez Medrano, “Introducción” en Francisco de Asís Flores y Troncoso, Historia de la medicina en México desde la época de los indios hasta la presente, t. I [edición facsimilar]. México: Instituto Mexicano del Seguro Social, 1982, pp. X-LVIII.

Somolinos D’Ardois, Germán, “La Historia de la medicina en México de Francisco Flores” en Historia y medicina. Figuras y hechos de la historiografía médica mexicana. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1957, pp. 85-128.

Somolinos Palencia, Juan, Francisco Flores, primer historiador de la medicina mexicana. Su vida, sus escritos y la trascendencia de su obra [tesis recepcional para obtener el título de médico cirujano]. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Medicina, 1962.

 

© Felipe Vázquez 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/himmexi.html