No leemos para matar el tiempo,
sino para volver a él aún más vivos

Entrevista al joven poeta y narrador colombiano
John Jairo Junieles

María Elvira Luna Escudero-Alie
Literature_courses@yahoo.com


 

   
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El año 2002 John Jairo Junieles obtuvo el Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá, con su libro de poesía: Canciones de un barrio en la frontera; en esa oportunidad también le fue concedida la Beca Nacional de Novela del Ministerio de Cultura de Colombia, con un proyecto sobre los tres mil escoceses que murieron intentando colonizar el Darién colombiano. La editorial Eafit de la ciudad de Medellín acaba de publicar: El temblor del kamikaze, su último libro de cuentos. Nacido en Sincé-Sucre, este abogado y periodista, vive actualmente en Bogotá, pero dice no olvidarse del barrio Lo Amador de Cartagena de Indias, ciudad donde vivió durante muchos años.

¿Qué significa escribir para usted?

Cuando me pregunto eso, recuerdo a ese monótono y oscuro abogado de una compañía de seguros que trabajaba todo el día en una oficina, luego llegaba a su casa y se dedicaba a escribir, casi de una manera secreta, hasta altas horas de la noche y de la madrugada. Como presintiendo que le quedaba poco tiempo: Franz Kafka. Creo que ahí hay una enseñanza para todos. Los abogados me ven raro por ser escritor, los escritores me ven raro por ser abogado; una doble marginalidad que no me sorprende. Pero recuerdo a Pessoa haciendo contabilidad en algún puerto portugués, a T.S. Eliot, fungiendo como empleado bancario, a Mario Vargas Llosa con siete empleos para sostener a la familia, a Sábato resolviendo fórmulas y ecuaciones, Bohumil Hrabal, como abogado, oficinista, viajante de comercio, obrero siderúrgico, jornalero y tramoyista. Y a tantos otros que hicieron parte de su obra casi en la clandestinidad, exiliados del mundo. Pienso en ellos y enseguida me siento mejor conmigo mismo.

Leyendo las solapas de su libro de cuentos, es obvio que existe de su parte una devoción por este género.

La literatura empezó cuando al final del día los cazadores contaban a la tribu sus aventuras en los montes. Con gestos y muecas relataban ante la hoguera cómo escapaban a las fieras, y como lograban cazar los antílopes. La literatura, en su íntimo significado, empezó allí, y no se deberían olvidar esos orígenes, en ellos se puede encontrar la fuerza para renovarse estéticamente. Francis Ford Coppola dice: "Un cuento corto y malo, también es bueno a su manera, pues no nos ha hecho perder el tiempo". No podemos decir lo mismo de una novela. Leemos, entre otras razones, para escapar de nuestro tiempo hacia otro tiempo más libre, que está en una historia. No leemos para matar el tiempo, sino para volver a él aún más vivos.

Si las editoriales pusieran la maquinaria al servicio del cuento y la poesía, también se venderían. Universalmente se vive una revaloración de las formas breves; en el cine de hoy es el cortometraje quien realmente abre los caminos hacia nuevas formas fílmicas en los largometrajes. El cuento es breve, como el hombre.

¿Qué opinión le despierta la literatura colombiana de hoy?

Es diversa, y esa diversidad es lo mejor que tiene. Cada escritor con sus obsesiones temáticas, con su particular manera de sentir, y mostrar el mundo. Lo que creo que sufrimos es la ausencia de compromisos con la realidad. Antes el escritor era un revolucionario de su sociedad, teorizaba y actuaba en busca de una sociedad más justa y digna. Hay que revalorar el ejemplo de Sartre y de Camus, su activismo social. Yo soy abogado y periodista, y me gusta serlo porque me abre puertas a mundos distintos al mío. Debe ser aburridísimo ser uno mismo todo el tiempo, es mejor perderse de uno para encontrarse en los otros.

¿Cómo escribir en un país como Colombia?

Esta es una sociedad atrapada entre grupos de poder: Una subversión violentando a la sociedad civil, perdiendo el favor popular, y teniendo en los tres mil asesinados de la Unión Patriótica una lección difícil de olvidar, a la hora de estudiar las vías democráticas (ahora algunos violentólogos dirán que eso fue "coyuntural"). Los paramilitares, como la guerrilla, engranados en el negocio del narcotráfico y abriéndose espacios en la política regional. La corrupción legendaria de las familias políticas en sus feudos regionales, amparados por sus escaños en el Congreso. Una clase política servicial para con sus inversionistas en las campañas electorales, abonando, regando, multiplicando la corrupción: esa silenciosa modalidad de terrorismo; y, por supuesto, los oscuros intereses extranjeros tejiéndose en torno a nuestros recursos naturales, y las ventajas estratégicas de Colombia en la geopolítica de la región.

Todas esas vidas invisibles, atrapadas en esta debacle deberían aparecer sutilmente en nuestros cuentos y novelas. Pero antes debemos aprender cómo hacerlo sin caer en el panfleto, como contar los dolores ajenos como propios, y las alegrías ajenas como nuestras, y al mismo tiempo no dejar de cazar nuestros fantasmas personales.

¿ Qué nos dice de sus proyectos creativos?

En la próxima feria del libro de Bogotá se lanzará mi primera novela: “Hombres solos en la fila del cine”, que aborda ciertas situaciones sociales desde experiencias humanas; las incursiones nocturnas de grupos de limpieza en los barrios populares de Cartagena de Indias; entre otros aspectos. Y actualmente escribo: Nosotros, los siervos de Nueva Escocia”, una novela sobre la historia real de tres mil escoceses que intentaron fundar una colonia en la región selvática del Darién colombiano, en el siglo XVII; murieron casi todos, pocos regresaron a Edimburgo.

No sé si lo que he hecho, o estoy haciendo, merezca la designación de novela; es tan difícil saber hoy qué es una novela. ¿Una partitura de palabras guiadas por nuestro ritmo y estilo? El posmodernismo ha abierto las puertas para muchas experimentaciones que muchas veces no pasan de ser gratuitas; claro, que por otro lado, está el hecho irrebatible que no podemos darle la espalda a nuestro propio tiempo, a sus descubrimientos creativos, la influencia del cine en la dinámica de las voces, en la celeridad de las escenas, la forma de presentar las ideas.

No podemos escribir sin olvidarnos del Quijote, pero tampoco podemos repetir sus fórmulas al contar nuestra realidad. Nadie quiere escribir otro Quijote, ya lo hizo Cervantes, y muy bien, hay que releerlo. Pero para qué tocar las mismas puertas, probemos con las ventanas, los tragaluces. Hay que leer los clásicos bien leídos, e intentar buscar nuevos mundos con nuestros mapas personales. Sería tonto olvidar los hallazgos de Faulkner, Borges, Perec, Alfonso Reyes, Arreola, Gómez de la Serna, Sábato, William Kennedy, García Márquez, Mario Vargas Llosa, Coetzee; ellos fueron, o son, exploradores de lo desconocido. Picasso decía:”Yo no busco, yo encuentro”; cómo se puede hacer eso en la literatura de hoy, ese es nuestro compromiso, intentar descubrirlo; y no perder de vista lo esencial, aprender a contar una historia bien contada que sirva de compañía.

 

© María Elvira Luna Escudero-Alie 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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